| Resurrection Day |
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| Escrito por Augusto Uribe y Alfred Ahlmann | |||
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Resurrection Day Kennedy y Krischev lanzaron los misiles Premio Sidewise 1999
Su punto jumbar supone que en la crisis de los misiles de Cuba de octubre de 1962, en la gran partida de ajedrez que jugaron Kennedy y Kruschev, uno adelantó -le adelantaron- su pieza una casilla más y el otro respondió con un movimiento similar, desencadenándose una guerra termonuclear en la que la Unión Soviética perdió a nueve de cada diez de sus habitantes y no conservó ni una ciudad, sólo fangosos poblados. Los Estados Unidos perdieron también muchos hombres, aunque no tantos, pues el arsenal soviético era muy inferior al estadounidense. La novela se inicia con citas auténticas de Kruschev y Kennedy y responde a un par de what-ifs. ¿Qué hubiera sucedido si el premier ruso no hubiera sido el hombre prágmatico que fue y que recordaba la carnicería de Stalingrado? ¿Y qué si el Presidente norteamericano no hubiera sido un hombre que escuchaba a su hermano Bob y a su consejero áulico William McNamara antes de actuar? Se supone que los alternativos no lo fueron. Lógicamente Cuba es una ruina atómica y su poca población superviviente ha de abandonar la isla. China no aprovecha la ocasión al colapsarse en una larga serie de guerras internas y es Europa la que mejor sale librada. Desde las bases americanas en Europa no se lanzan misiles de corto alcance sobre Rusia y ésta respeta a los demás países del Continente, su enemigo es otro. No se debe reprochar aquí al autor una falta de coherencia como han hecho varios de sus compatriotas. Desaparecidos los Pactos de la OTAN y de Varsovia, con una Rusia que no está ni en las Naciones Unidas, los países del Este quedan libres del dominio soviético y los del Oeste pasan a ser liderados por el eje París-Berlín. El programa espacial lo desarrolla Europa, con una Guayana que juega el papel de Cabo Cañaveral y el "milagro japonés", que igualmente se da, sufre la dura competencia mercantil de Francia. Gran Bretaña, que es ahora la potencia hegemónica del planeta, permanece como aliado de su ex colonia, a la que ayuda en su reconstrucción. Tropas británicas y canadienses se despliegan en los Estados Unidos y actúan como fuerzas de contención en la posguerra, sin que falten quienes sospechan que albergan intenciones de mayor calado. La nube radiactiva que originan los cohetes caídos sobre la URSS se extiende sobre Asia, matando a millones de personas, y varios gobiernos juzgan a los miembros de las Fuerzas Armadas americanas allí destinados como criminales de guerra. Los EE.UU. han de retirar a su personal destacado en el extranjero, empezando por Vietnam.
La propaganda militar imperante atribuye la guerra a la temeridad e incompetencia de Kennedy, al que la opinión pública mira como a un carnicero: el único miembro significado de su Administración que ha sobrevivido, McGregor Bundy, está encerrado en la prisión de Leavenworth. Los altos cargos militares, en cambio, se ven como los salvadores de la patria, el primero el Jefe de la Fuerza Aérea, general Ransey Curtis, del que no se puede decir que sea un cameo, pero sí un personaje de ficción directamente inspirado en el oscuro general de la realidad Curtis LeMay, al que alguien podrá recordar en alguna película.
El tema de los veteranos de guerra está presente a lo largo de toda la novela. 1962 no fue sólo el año de la crisis de Cuba, fue también el año en que los americanos empezaron a sufrir grandes pérdidas en Vietnam: quizá alguien las recuerde visualmente en aquella película de Mel Gibson, "patriótica" pero interesante, Cuando éramos soldados, que narra una de las dos solas batallas que ganaron. Fue una victoria pasajera y amarga en el país en que América perdió tantas esperanzas jóvenes. Pero la guerra de Vietnam no fue nada comparada con la de Resurrection Day, una novela que tiene más de apocalíptica que de catártica y asusta a los americanos donde más les duele. La investigación es cortada de raíz por la censura militar. Landry, de inquieto espíritu curioso, bucea en el pasado de Sawson, hace averiguaciones y entra en sospecha de que hay cosas que no se han contado, lo que le lleva a preguntarse quién tomó realmente la decisión en el gabinete de guerra de la Casa Blanca o quién apretó realmente el botón que disparó los misiles. Lenta y gradualmente irá descubriendo secretos calientes que afectan al abandono de Nueva York o a documentos cruciales codiciados por diversas facciones para diversos fines. "Nadie recuerda", se dice repetidamente, "lo que estaba haciendo el día en que el Presidente Kennedy intentó matarlos", mas JFK todavía conserva partidarios que no suponen que fuera nunca Mordred, sino siempre el buen rey Arturo de Camelot. Cuando finalmente se conocen las respuestas, todo resulta plausible. Pasa a acompañar a Landry Sandra Price, Sandy, una joven y bella periodista del London Times, y juntos descubren que hay miembros del Gobierno británico y de sus Servicios de Seguridad a los que agradaría un anschluus sobre los Estados Unidos, para anexionarlos a la manera en que hizo el Tercer Reich con Austria en 1938 y volver a ser sin oposición la nación más poderosa del mundo: Inglaterra juega su papel "ex-céntrico" desde el Canadá, que pasa a ser el polo de la política norteamericana. Se dieron igualmente en el otro continuum las crisis de Suez, el Norte de Borneo y Chipre, nunca se distancia del nuestro más de lo preciso. La guerra fría se traslada a los EE.UU. pero sigue siendo la misma que existió en Centroeuropa a mediados del siglo XX, con sus redes de espionaje y sus listas de personas desaparecidas, en la mejor línea de la serie de Harry Palmaer.
Una broma irónica para nosotros es la pregunta: "¿Puedes imaginar a hindúes y paquistaníes con la bomba atómica?" Otra, la utilización de "Queen and Country" en vez "King and Country", plena de sentido porque la muy british Isabel II es reina, pero que nunca se había escuchado. Y un guiño conseguido es el que se hace con la samizdat, la clandestina prensa autoeditada de la Rusia de detrás del telón de acero, que se traslada a los EE.UU. Resurrection Day se escribió en 1999, antes del fatídico 2001 de Nueva York, y quizá por eso DuBois escribió después la traducida Ocaso (Twilight), como una respuesta emocional al atentado: "Durante años supimos que algo iba a pasar, pero no hicimos nada. Ahora estamos sufriendo las consecuencias..."
© 2008 Augusto Uribe y Alfred Ahlmann
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