| El Rey de Eiselorn. Libro I: Elwendur. AJEC |
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| Escrito por Max Kahl | |||
| Lunes, 26 de Octubre de 2009 00:00 | |||
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SINOPSIS Tras las invasiones de los Pueblos del Este, una época de oscuridad y desidia se cierne durante más de 50 años en el Continente de Imnavel. Tan sólo unos pocos reinos, mermados por décadas de lucha, resisten las invasiones para mantener sus pueblos a salvo. Pero el último Rey de Derehlar, Dighlon, conquista la Montaña Elevada de Iver Osterith, último bastión de defensa de los habitantes de Imnavel. Los Déspotas del Este capturan en la gran Cima a Gahlandir el Sempiterno, el Valedor, junto a Aldrids y Epsígoras, alentados por el poder de los Seis. Este último acto hace que los supervivientes de Imnavel se agrupen para repeler las invasiones o perecer para siempre. Nuevos ejércitos se levantan. Nuevas armas son blandidas. Nuevos aceros son forjados. Bosques y lagos mueren. Incluso los Antiguos oyen nuevamente el rumor de la guerra, el viejo rumor que no se oía desde las Primeras Eras. A partir de allí, los Hermehrs esperaron por su revancha, una que les devuelva su pasado e historia, sus antiguas tierras y sus viejas canciones de nobles reyes e hidalgos señoríos. Las Eras Doradas y las Eras Sabias habían llegado a su fin para dar comienzo a la Era del Elwendur, la Migración de los Pueblos.
FICHA TÉCNICA: Título: El Rey de Eiselorn. Libro I: Elwendur. Autor: Max Kahl Colección: Excalibur Fantástica Encuardernación: Cosida Con Solapas Formato: 22x15 Cm Páginas: 424 Precio: 17,95 Euros Isbn: 978-84-96013-70-4 Portada: Jean Sebastian Rosbach Género: Novela / Fantasía Épica Saga: Rey De Eiselorn/ 1 Avance de El Rey de Eiselorn. Libro I: Elwendur Las Sombras de Dargmentor por Max Kahl
Sobre el horizonte se desdibujaban las últimas figuras doradas de Asdur. Los colores se entremezclaban refulgentes en todos los retazos, donde las blancas aves se bañaban libres sobre el último vestigio del día. La vertiginosa claridad celeste fue contorneándose de forma pasiva y pausada en las lejanas colinas, donde las sombras pintaban un pálido color en todas sus laderas. Allí, la altura de oro cedía paso entre las protuberancias rocosas y salientes predominantes de las cotas, tornándose invisibles para volverse parte del fondo del cielo. Abajo, las antorchas y las llamaradas comenzaban a iluminar las ciudades.
Los candelabros se hallaban pálidamente enrojecidos, como hojas de espadas recién forjadas en imperiosas calderas, asemejándose a mundos pequeños de fuego que danzaban al movimiento del viento. Incontables, los puntos de luz de las edificaciones eran granos de luminaria que agujereaban las sombrías facciones de los paredones, eran dedos ígneos que moldeaban las esculturas de la ciudad y acariciaban las misteriosas imágenes que se recortaban y se proyectaban a lo largo de las fachadas. De vez en cuando, una de ellas era apagada por el aliento del aire que recorría incansable todas las texturas rocosas. Otras eran avivadas aún más y alimentadas por las nutrientes que les daban de beber como la lluvia fresca del Crolin Ereddas daba de beber a las raíces, tallos y hojas de las plantas que ansiosas y sedientas esperaban por aquél toque de vitalidad. Las torres de las fogatas y de las calderas elevaban sus humos hacia las alturas, los aromas y fragancias se perdían y se fusionaban con los de las chimeneas. Hembrehl, Heredald, Gerhalia, Axedur, Durkalia y las demás ciudades de Hermehrian entraban en la noche a paso lento y era posible contemplar desde la lejanía como los hilos de oro y plata se tejían y se devanaban en las fronteras del horizonte, donde algunos mantos de luces se levantaban hacia el cielo para recubrir las superficies de las colinas y las lomas. Era el año 558 C.H. cuando Hingel ingresó apresurado a Thelion. Corrió largos pasillos de estatuas y se llevó con él las atentas miradas. Tras él iban Desper y Leaff. Llevaba un paso preciso y portaba en su brazo derecho el casco de metal de su uniforme. Su sobria capa bermeja revoloteaba al mismo ritmo tras él y lo seguía como una sombra de terciopelo. Su espada dorada colgaba a un costado de su pierna izquierda. Desper, de rostro severo e inquieto, y Leaff, rígido y firme, iban formados de a dos y portaban también cascos en sus manos. Ninguno de los tres dijo nada, pero las expresiones de sus ojos eran las mismas. Sus miradas sólo apuntaban hacia la gran puerta que descansaba al final del corredor. Los dos guardias estaban armados con lanzas de metal que sujetaban el estandarte de Hermehrian y escudos perfilados en cuero y madera, cuando abrieron las pesadas moles de hierro y dieron libre paso. Por él ingresaron al Salón de Amnin. Esta vez, con pasos más lentos y medidos, recorrieron el trayecto que los separaba de los dos tronos. Ante las escalinatas, los Iggards se arrodillaron y sus cabezas se inclinaron. El Rey les ordenó que se parasen y les recomendó que subieran al estrado. Jurg estaba postrado en su trono y sus ojos recorrieron incesantes los escritos que sobre la gran mesa descansaban. Sus atuendos negros sobresalían en lo alto de la tarima, adornado por tramas de hilo dorado y plateado que hacían juego con sus guarniciones de metal. La capa negra lo escoltaba inmutable. Jurg, Décimo Rey de la Dinastía Eráhlica, levantó entonces su copa incrustada de piedras y la arrimó a su boca enmarcada por una barba que escuadraba su filosa y recta nariz. De ella bebió un sorbo de vino, del mejor que se podía obtener en todos los territorios de la Nueva Derehlar y aún fuera de ella, resultado de los cuidados y bien preparados viñedos de Axedur y los vinos que de allí salían eran de exquisito sabor y excelente color y tinte, siendo la preferencia del Castillo de Thelion. En Axedur se hallaban los viñedos del viejo Duman, famoso por el preparado y el cultivado de la Vid Roja, la Lith, la única uva en su especie en todo el Continente de Imnavel, los más grandes viñedos de todo el nuevo reino, y el viejo Duman era el orgulloso y afortunado dueño, además de ser haber sido elegido por el Erahl IX, padre de Jurg, quien había catalogado sus vinos como»la bebida que todo Rey merece». Su hijo apoyaba esa idea bebiendo continuos tragos del fresco brebaje. Ante él, Hingel dijo: —Mi Señor, traigo saludos de Circess, Señor del Ejército de Sénistriar, quien envía a Su Excelencia las noticias que pronto pondremos en evidencia—. Hingel hizo una pausa y respiró. Luego agregó: —He estado con Lund, Ordinario de Armas de Larem. Se hallaba en Lugan Dalur y me ha explicado los resultados de sus jornadas por las Tierras Neutras. Posteriormente daré mis informes, en cuanto nos hallemos listos—. El Rey respondió efusivamente: —Agradezco tu mensaje, Hingel. Has llevado a cabo una excelente labor que oportunamente será recompensada. Hace mucho tiempo que no veo a Circess y Lund, y las palabras que tengan para mí serán bienvenidas entonces—Jurg mostró una sonrisa apenas visible, apenas palpable. Continuó después: —Has tenido un largo viaje tras tus espaldas y sería injusto hacerte quedar aquí, por los tanto, puedes ir a descansar. Ve y bebe, come algo antes de que la junta comience. Lo mismo es para ustedes. Desper. Leaff. —Agradecidos estamos, mi Rey. Así lo haremos—respondió Hingel. Desper y Leaff se mantuvieron en silencio. Los Hermehrs se retiraron y dieron paso a una quietud que era común en el castillo, mientras el Rey seguía observando los documentos que se hallaban en su posesión. Antelor era Iggard de la Furlan y recién llegaba de sus viajes hacia los Mares del Norte. Con él llegó Nemmes quien era Iggard de la Haslan y había emprendido varios recorridos hacia las Tierras Desiertas cercanas a los límites con Vaddeland y Dammland. Ambos aparecieron por la puerta de entrada al Salón de Amnin como dos fugaces destellos de luz. Al acercarse a las escalinatas, fielmente saludaron y se arrodillaron. El Rey no alzó la voz. Nemmes exclamó: —Mis honores a Su Excelencia. Ha de permitirme anticiparle que, si no es inadecuado de mi parte, quisiera que cuanto antes comience la reunión. —Y así será. Sólo queda aguardar por algunos Gilgonds que se han demorado por razones que desconozco. Sé que están prontos a llegar, pues les hice saber que ésta junta era importante. En cuanto a las noticias que traen, no quiero que me anticipen nada más. Cuando estemos todos listos para escucharlas y atenderlas será entonces cuando las presenten sobre nuestras manos—dijo el Rey. —Bien, Señor. Permítanos entonces retirarnos hacia el salón y reunirnos con los Gilgonds que ya han llegado—exclamó Antelor. —Todo ha marchado en perfecto orden, tal como se planearon éstas campañas. Los barcos se hallan en excelentes condiciones y en éstos momentos están siendo revisados por segunda vez. Me atrevería a decir que en pocos momentos, antes del alba tal vez, estarán guardados nuevamente—agregó Antelor. —Los caballos que nos han acompañado han sabido sobrellevar muy bien las cargas que suponían a través de terrenos desiertos y escarpados. Los animales se hallaban muy bien preparados y por ello no se produjo ningún inconveniente en el viaje de ida ni en el de vuelta. Lo mismo puedo decir de los carros de combate, Su Alteza. Todos ellos se encuentran en perfecto estado—dijo Nemmes. —Perfecto. Bien, muy bien—pensó un dubitativo Jurg, a la vez que bebía su ya acostumbrado trago de vino y ojeaba una y otra vez las hojas que se desplegaban bajo su severo rostro. —Ya que todo ha salido como lo pensamos y no ha ocurrido ningún percance con los barcos y los carros y ninguno de los Hermehrs de la Akerlan ha salido herido, los invito a ambos a pasar al Salón de Idrith, donde los esperan los Gilgonds. Súmense a ellos y pongan en orden sus asuntos e ideas. Pronto me uniré a ustedes—dijo el Rey. Los Hermehrs se perdieron a través del largo recorrido de las galerías hacia los estratos internos del castillo, caminando todos los pasillos exuberantes y hermosos que llevaban al Salón de Idrith. Los Gilgonds llegaron a la par de los Iggards. Entre ellos, Estel, Gilgond de Heredald, Nemeril de Gledia y Algress de Dastorg. Los otros ya se hallaban adentro, aguardando impacientes la llegada de los faltantes y del Rey. Sobre la gran mesa ovalada, en cuyo centro se hallaba detallada la insignia de la Nueva Derehlar, se encontraban los informes de todos los Gilgonds de los Storderths de la nación. Reunidos en ordenada formación alrededor de la mesa se hallaban sentados los restantes, algunos de los cuales hablaban en voz baja con los que a sus lados se encontraban, otros atendían a sus escritos y otros bebían diversas bebidas, mientras esperaban al Rey. Finalmente, Jurg abrió las puertas de la entrada y por ella se adentró a paso firme y lento, con su capa volando tras él como un halo de género que cortaba el aire, recorriendo los pasos que lo separaban de la gran mesa central sin decir palabra. Los Gilgonds se pusieron de pie y dieron sus saludos al Rey. Entonces Jurg exclamó: —Pueden sentarse ya. Luego depositó sus papeles sobre la tabla y se sentó en el sillón central del extremo de la punta del ovalo de madera, cristal y hierro. A su espalda se mostraba un embellecido ventanal de vidrios de varios colores, con motivos y adornos de figuras legendarias que iluminaban todo el Salón de Idrith. Lo rodeaba un marco de oro reluciente, entremezclado con relieves de plata que hacían de la ventana una obra de arte por la que entraba la gran cantidad de luz que embellecía el ambiente con tintes azules, violetas, rojos y celestes. La figura del Rey podía dejarse ver delante del luminoso fondo y recortarse coronada por un interminable baño de claridad que acariciaba los bordes de su cuerpo. Hubo un silencio que cortó las voces y los susurros que antes invadieron la sala. Nadie dijo nada. Aguardaban a que el Rey rompiera el hielo y el ahogante silencio que enmudecía las gargantas. Al fin, Jurg dijo: —Los he hecho llamar para hacerles saber que he recibido importantes noticias, desde que enviamos Nemmens a ciertas regiones, previos a las expediciones de la Akerlan, la Furlan y la Haslan—expresó, quien luego se detuvo por un momento y luego prosiguió. —Los informes que he recogido no son buenos, por lo tanto, y esto es quizás, pues no quiero confundirlos, la amenaza que aquejó a nuestros ancestros posiblemente esté de vuelta en nuestro pueblo—dijo Jurg, mientras que hubo confusión en el Salón de Idrith y susurros entre los presentes. La prematura noticia alertó a los Gilgonds, los que luego se prestaron a realizar cuestionamientos. —Silencio—ordenó Antelor. —Dejemos que sea el Rey quien nos dé sus palabras de información y no nuestras propias conjeturas—agregó. —No quiero que sea esto causa de precipitados argumentos, pues necesitamos las confirmaciones al respecto—dijo Jurg, a lo que agregó algo aturdido: —Los Déspotas que tomaron Derehlar posiblemente estén en camino hacia éstas Nuevas Tierras de Osderland. Ya enviamos nuevamente Heraldos hacia las fronteras de Vaddeland y Dammland y ellos están ya enterados de lo que tal vez les llegue—. Luego de las palabras del Rey, un revuelo casi instantáneo se alzó entre los Gilgonds de Hermehrian, acosando el aire y atestiguando la incógnita de lo que vendría luego. —Dejaré la palabra a quienes me han informado casi sutilmente, con algunas dudas, lo que he podido descifrar como mensajes no demasiado alentadores—dijo Jurg. Nemmes se hallaba concentrado en sus profundos pensamientos, jugueteando con las carillas de caracteres escritos en Lengua Ahlin, cuando tomó la voz y se recuperó de su aislado viaje interior para exponer ante la audiencia expectante. —El resultado de nuestra expedición a las Tierras Desiertas no concluyó precisamente allí. Nuestro viaje siguió camino hacia Vaddeland, y en su Ciudad Principal he encontrado al Rey Larul, quien me recibió en su palacio. Aquí tengo en mis manos escritos pertenecientes a los Ahlins que dan cuenta de movimientos y corrimientos de Hungors hacia el Oeste, siguiendo la Línea Media de Alisth, la Línea del Norte y la Línea del Sur. Las hordas se están desplazando desde el Este, desde los antiguos asentamientos instalados en lo que antes era el país de Delania. Los Ahlins sabían que para el 556 de la Cronolgía de Hermehrian ya se hallaban cruzando el Río Dargul. Aún no han llegado a la frontera Este de Vaddeland, pero en algunos meses quizás podrían estar llegando a los primeros poblados Ahlins. No obstante, el Ejército de los Vaddelen ya se halla organizado y preparado y han llevado sus carros y caballos hacia los bosques que anticipan a Vaddeland. —Entonces habrá una guerra allí, la que seguramente se extenderá hasta nosotros—replicó Laker, el Gilgond de Tesperk. —Es lo más probable—respondió Nemmes—, pero los Ejércitos de los Países de la Tercer Alianza de Astirian están también preparando sus armas y soldados para ser enviados con urgencia hacia Vaddeland. —Pensaremos planes para encontrar la forma de compartir nuestros recursos con la Tercer Alianza de Astirian enviando guerreros, naves y carros de apoyo—afirmó el Rey. —Una vez finalizada ésta reunión concretaremos los detalles—apuntó Jurg. Hingel se puso de pie de un golpe. Su altura era elevada y su uniforme relucía de perlas luminosas talladas por la luz. —Hemos marchado hacia las Tierras Neutras, habiendo pasado por Lugan Dalur, en Sénistriar. Circess y Lund han compartido sus peripecias previas en las Tierras Neutras y en las fronteras de Krommenian con Larem. Enterado de ellas, emprendimos un nuevo recorrido hacia aquél lugar, ésta vez acompañados por los mismos quienes nos han conducido donde ellos habían ido previamente.—Se propuso entonces a sí mismo un breve descanso, un segmento de silencio antes de continuar con su relato. —Hemos tomado las laderas nórdicas de las Montañas de Norvith y por ellas hemos escalado a gran altura para poder observar los hechos que sucedían al otro lado de ellas. Cuando llegamos a la cima de los cerros, nos encontramos con la sorpresa. Cercanos a la frontera de Krommenian y Hulthanian observamos movimientos de formaciones. No cabe duda en mí ahora, más que se trata de soldados Krommenians y Hulthanians en actividades conjuntas. Tenían carros y extrañas cajas, enormes, que se hallaban tapadas por cueros y pieles. Según Lund, eran Gunlards. —¿Gunlards?—preguntó Algarth, el Gilgond de Blummen, quien abrió sus ojos sorprendido. —Juzgando la cantidad de soldados y maquinarias de guerra con que se desplazaban, la cantidad de carruajes que parecían hallarse repletos de armas, y por las grandes alturas de éstos últimos, yo diría que los planes próximos son avanzar a través de las Tierras Neutras hacia Sénistriar o hacia nuestra nación. Creemos que existen Gunlards en éstos carruajes porque hemos observado que dentro de las pieles con que estaban cubiertos existían salvajes movimientos, además de oírse los característicos gritos de éstas bestias. Nor era Gilgond de Axedur y replicó: —De acuerdo a lo visto y conocido, creo que deberíamos pensar en lo que pueda suceder con esas hordas que nada bueno infunden, en caso que decidan atacar las Marcas de Axedur o Gerhalia, que son los puntos por donde los Déspotas podrían ingresar a Hermehrian. —Ya he pensado en eso, Nor, y he dispuesto un considerable número de arqueros, ballesteros y jinetes para que se dirijan hacia las fronteras de los dos Storderths—dijo el Rey. Luego Eggar de Durkaner, agregó: —Estamos ante un momento que nos acecha por primera vez sobre éstas Nuevas Tierras y que tiempo atrás destruyó el pueblo de nuestros ancestros. El peligro casi inminente que corre nuestra nación ha de llegar por partida doble. Por un lado, Guhmolds y Hungors que se acercan por el Oriente, y por el otro, ésta nueva alianza entre Krommenian y Hulthanian desde el Sur. Lo que vamos a hacer debemos discutirlo pronto y lo antes posible, ya que cada instante cuenta. No quisiera olvidarme de las Gunlards que traen consigo, pues de ser ciertos los rumores, nos traerán graves problemas. —Los Oords, Ugulls, Emmons, Umoths y quien sabe que otro detestable engendro regresarán a las mentes de los Hermehrs como agujas clavadas, las mismas que tiempos pasados penetraron impunemente a nuestros antepasados, en la Derehlar ocupada por los Déspotas—dijo el Rey, consternado y pensante, trayendo quizás para sí las vivas imágenes de la antigua contienda azotando los albores de la nueva civilización de Derehlar. Dentro del castillo, las palabras afloraron al son de la noche, para extenderse durante varias Horas, donde los conceptos discernían entre sí y las opiniones marcaban diferencias que sólo eran puestas en orden mediante la intervención de Jurg. —Tengo en mis manos resultados de investigaciones realizadas por los Gahlands acerca de las posiciones y locaciones de los Guhmolds sobre el lado Oriental del Gran Estrecho de Lumm, que converge en los Archipiélagos del Norte y en los congelados Mares Nórdicos. Estos valiosos documentos me fueron dados por Kívor y Ahlekil, quienes se encontraban inquietos y disconformes con los nuevos hechos. Según sus enviados hacia las costas del Gran Estrecho, barcos de gran porte armados fuertemente cruzaron de día y de noche sus aguas hacia las tierras del Oeste. Algunas de estas naves se dirigieron hacia los Mares Nórdicos y otras lo hicieron hacia el Mar Herel. —Es muy obvio—interrumpió Verk de Mistiss. —Estos grupos planean una invasión de gran dimensión desde el Norte, el Este y el Sur. Me temo que las oleadas de los bravíos llegarán al mismo tiempo desde éstas tres grandes zonas para atacar más fuerte y despiadadamente las marcas de los Imperios del Norte, los Imperios Centrales y las instalaciones de Larem en el Oeste y Dammland en el Este, éste último quizás por parte de Sehrmentian, cruzando el Estrecho de Cereth—agregó. —No hemos tenido noticias de algún suceso en las costas del Sur del Estrecho de Cereth, ni revueltas provenientes de Laggonesh—dijo Acroth, Iggard de la Haslan y ayudante de Nemmes, quien lo acompañó hacia las Tierras Desiertas. Al rato agregó: —Tal vez como tú dices, Verk, ejércitos de Sehrmentian estuvieron o estén preparando algún movimiento hacia las Marcas de Dammland. Holin junto a Othen, Jefe de Guerra, y sus Adalides, Uhlon y Lenn, tienen muy bien conocido esto y tomarán las medidas necesarias. Esto reflejará con seguridad las fuerzas de éstos Ahlins poniendo de manifiesto el Damm que se podría desplegar sobre aquellas tierras en una más que probable contienda. —Ya que toda la evidencia ha sido puesta en vista, el asunto es más delicado de lo que podamos imaginar—dijo Duminer, Gilgond de Orsus. El Rey peinó sus largos cabellos y los dirigió hacia la parte trasera de su cabeza. Luego, llevó sus manos a su cara. Se levantó de la mesa y caminó lento, llevando los documentos que tiempo atrás leía con esmero, rodeando las sillas donde estaban sentados los Gilgonds. —En pocos días trataremos esto con los Reyes de la Tercer Alianza de Astirian. Mientras tanto, Larul y Holin harán lo propio en Lendd, a donde enviaremos representantes de Hermehrian para apoyar las iniciativas que desde allí surjan. Nuestra junta se llevará a cabo en Behriar, y mañana mismo partiré llevando las propuestas que hoy propongamos. Hasta entonces, desearía tener un resumen de las cantidades que manejamos, un informe detallado que muestre y verifique las condiciones con las que contamos, para los refuerzos y las contenciones que puedan surgir. Quiero el resumen mañana, antes de mi viaje a Behriar. —Su Majestad, permítame cuestionar acerca de las tropas fronterizas que deberíamos llevar hacia las Marcas de Luvitor, Nemmur, Orsus, Mistiss, Gerhalia y Axedur. Según sea la situación, los grupos deberían partir lo antes posible para levantar instalaciones necesarias para las detenciones del enemigo—dijo Fols de Nemmur. —Tienes razón, Fols, ya he previsto eso. Por esa razón, las tropas viajarán en cuanto regrese de Helkar. Entre tanto, arreglarás los asuntos con Leaff, quien recorrerá Nemmur con soldados de la Haslan. Gerhalia y Axedur corren el mismo riesgo de recibir ataques de Krommenian y Hulthanian, por lo tanto su protección es imperante y necesaria. Sihr, Iggard Segundo de la Haslan, acompañará a Lagar con cargas de caballos y carruajes, Hermehrs y provisiones, y según sean las noticias traídas por los Nemmens, serán levantados muros, vallas y torres de defensa. La madrugada sorprendió al castillo con los primeros fríos que cayeron desde el cielo, en incrédulas imágenes de helada y rocío posándose sobre los techos, balcones y áticos. Los cristales del Salón de Amnin se empañaron. —Desper, prepararás Hermehrs de la Akerlan que se dirigirán a las fronteras de Orsus, donde desplegarán puestos en los sectores Orientales. Sugiero que ultimen los detalles tú y Duminer. Mientras tanto, Acroth, irás junto a Aross hacia Luvitor y harán lo mismo. Lleva corceles y móviles de combate también. Posteriormente decidiremos si construimos vallas de contención y paredones. —Mi Rey. Las naves de guerra se hallan ya preparadas para zarpar en cualquier momento. Quisiera partir ya mismo hacia los puertos de Mistiss para vigilar las aguas del mar. Por ellas, los Déspotas podrían entrar en nuestros territorios e ingresar por las costas de Gerhalia y la propia Mistiss—dijo Antelor —Efectivamente, había pensado en enviar a Elmess hacia los puertos del Mar Mistiss, hacia donde llevará navíos de todas partes de Hermehrian para recorrer aguas adentro y vigilar los márgenes del mar. —¿Cabe la posibilidad de que Krommenian y Hulthanian envíen barcos a través del Océano Sigio, los Mares Occidentales y por último el Océano Dragio para atacar los puertos oceánicos de la Tercer Alianza de Astirian?—preguntó Elmess. El Rey respondió: —Muy oportuno de tu parte, Elmess. En verdad, esa situación ya la habíamos tenido en cuenta y un ataque por agua no se nos había pasado por alto. Nor agregó: —Krommenian y Hulthanian son naciones marítimas y no cabe duda que sus flotas de navíos de guerra son impresionantes y me atrevería a decir que casi con seguridad tratarán de romper las barreras de nuestros países por mar. —Flotas de combate partirán hacia las Penínsulas de Lannersted y Durkaner. Cuidarán los puertos ubicados en las aguas de los Mares de Gaudol y de Warord. Aunque no hemos recibido comunicación alguna desde Larem. Debemos recordar que ésta nación es el puente entre los Mares del Sur y los Mares Occidentales porque posee el control de toda embarcación que circule por sus aguas. Derivaremos apoyo a las ya existentes para reforzar las líneas de defensa de los Storderths de Dassnel y Durkaner—dijo el Rey. —Antelor. Prepara los barcos disponibles para llevar a las zonas de entrada a Hermehrian—ordenó. —Su Majestad, Dammland y Vaddeland se hallan a orillas del Mar Thelar y enfrentados a Sehrmentian, quien tal vez se levante junto a nuevas hordas por venir y deban cruzar el Estrecho de Cereth hacia las Naciones de los Ahlins o ingresar en las Penínsulas de Kromm y Wulf por los Mares del Sur. —Ekir. Irás con navíos hacia los Mares de Gaudol y Warord y allí establecerás puestos de vigilancia. Antelor, serás tú quien te dirijas a Dammland y Vaddeland y te unirás a las flotas que se encuentran postradas en las costas del Mar Thelar. Hingel, tú te trasladarás con tropas hacia Axedur. Estén listos. Y Nemmes, la ruta planeada para ti está en el Sur, en las Tierras Neutras. En la reunión de Helkar expondré, entre otras cosas, la creación de una barrera de soldados, ballesteros, arqueros, lanceros, catapultas y jinetes cuyas ubicaciones se establecerían, en un principio, en la Línea Media de Alisth, abarcando desde la frontera Oriental de Sénistriar hasta las costas del Mar Mistiss, en el Sur, al Oeste, con el propósito de frenar de esa manera cualquier posible avance de Krommenian o Hulthanian. —¿Qué es lo que ocurrirá con las Penínsulas de Irar Halin? ¿Enviaremos guerreros hacia Goor Bukk y Lender Uhr? Creo que debemos tener en cuenta las embestidas por agua de los Guhmolds—dijo Algarth, quien con su mano izquierda trazaba líneas imaginarias con sus dedos sobre los mapas. El Rey dijo: —Por el momento, estamos esperando más información de los Gahlands acerca de los nuevos avances sobre sus territorios, bien sea por el Estrecho de Lumm o por el Mar Herel. No obstante, sé que los Reyes de las Penínsulas Altas enviarán representantes a Behriar. Kívor enviará a Gall, su Principal de Armas, mientras que Onin, el Jefe del Ejército de Goor Bukk, será quien lleve la bandera de su reino. Ahlekil me ha hablado muy bien de él la última vez que tuvimos contacto. Luego de la junta de Helkar decidiremos si parte de nuestra Akerlan será derivada hacia Irar Halin. El gran silencio siguió nuevamente en el Salón de Idrith, uno que acosó la tensa atmósfera que imperaba en él. Los rostros mostraban preocupación a lo que sucedía. Las miradas eran penetrantes y los ceños se hallaban fruncidos, mientras algunas cabezas se encontraban gachas. Se hallaban todos atentos a sus documentos, acomodándolos y revolviéndolos agitadamente, a la vez que observaban al Rey Jurg concentrado sobre su puesto. De un lento esfuerzo se levantó de la silla, apoyó ambos brazos sobre la mesa y mirando fijo a todos los Gilgonds, dijo: —La amenaza se ciñe nuevamente sobre nuestras cabezas y será nuestro deber defender estas tierras como nunca antes lo hicimos. Lo que por un tiempo fue paz y tranquilidad, para nosotros podría convertirse en caos y destrucción. Nosotros mismos deberemos tomar parte de las armas y lanzarnos a los campos de batalla. Debemos estar preparados. Sé que todos y cada uno de nuestros guerreros dará lo mejor de sí porque creo en nuestra gente. Y sé que tanto ustedes como yo no deseamos ninguna guerra, pero de llegar a haberla, las armas son lo único que nos traerán de vuelta los días de gloria o las viejas épocas de dolor. Esta es la realidad que no debemos negar. Los Semblantes nos aguardarán. Confiaremos en ellos y en ustedes, en sus compañeros de batallas, compañeros del Reino de la Nueva Derehlar. Jurg agachó su cabeza y luego la elevó al techo. Por un momento, los Hermehrs quedaron más callados que nunca y en el Salón de Idrith se podían oír las respiraciones de los guerreros sentados al borde de la mesa, los que atentos miraban al monarca. Este miró a cada uno de ellos y continuó. —Les deseo Buenos Augurios en cada una de sus acciones. Gilgonds, Gobernantes de los Storderths de Hermehrian. Iggards. Está en ustedes y en mí conservar el futuro de éste reinado y está en ustedes y en mí preservar el dominio que nos pertenece y que recibirán nuestros hijos en las generaciones por venir. No debemos negarles ésta libertad que nosotros hemos heredado de los héroes que sus vidas entregaron por las nuestras. Por los ancestros de Derehlar y por los descendientes de Hermehrian es que hoy los insto a que estén preparados—.Luego, el Rey calló por un instante. —Esta junta ha resultado ser reveladora y prometedora, pero ahora concluye aquí. Que los Semblantes de Summod los acompañen—. Jurg hizo un gesto con ambos brazos y todos los presentes se levantaron de sus asientos. El Rey despidió a la Alfald y finalizó. —Los saludo. Gilgonds e Iggards. Hermehrs de mi reino. Y les deposito en sus corazones mi sincero deseo de victoria para que lo lleven consigo adonde quiera que vayan. Que la Gesta de Summod esté siempre con ustedes. Pueden retirarse—dijo, y conforme la Alfald, los Iggards y los Gilgonds se retiraban, Jurg fue quedándose solo en el medio del Salón de Idrith. Sobre el brillante piso, meditando, se arrimó sigiloso al ventanal que dominaba toda la pared posterior de la gran sala. Un impresionante abanico de colores fue pintando su rostro, delineando cada uno de sus rasgos y proyectando la sombra sobre el largo de la mesa. De un fuerte tirón abrió ambas partes de la ventana. Toda la inmensidad de Hembrehl se desplegó bella ante sus ojos claros. Sus edificios y casas invadieron la vista de la distancia a lo lejos donde el Río Térsis corría libre hacia ambos lados de las Sierras Delt, mientras que partes de las Montañas Vaddel aparecían detrás y se perdían en la lejanía septentrional. Cuando asomaban desde el Este los primeros indicios del alba, manifestante en claros celestes, los débiles hilos azulados del amanecer sorprendieron a un Jurg cansado. Un tibio y débil viento, una suave brisa matinal jugueteó con sus cabellos. Un joven de nombre Helmar irrumpió en el Salón de Idrith, armado con espadas y cuchillos, acercándose al Rey. Depositó su yelmo sobre la mesa, junto con su espada de reluciente brillo. —Padre. Me he enterado de lo ocurrido. Sé lo que está sucediendo en el Este y en el Sur. ¿Cómo puede ser posible otra guerra para nuestro pueblo nuevamente?—dijo. La sorpresa del Rey fue elocuente al ver al muchacho. —Mi querido Helmar. Acércate a mí. Te diré algo—. Jurg apoyó ambas manos en los hombros de su hijo, de espalda al ventanal. —Lo que pueda suceder con el futuro de nuestra nación no es algo que yo decida, hijo. Supongo que estás ya al tanto de lo que sucede o al menos tienes conocimiento de una parte. Pero lo que realmente importa es que por cualquier razón, y bajo todo punto de vista, nosotros haremos lo posible por defender Hermehrian. Quiero que confíes en mí. Trataré de hacer lo mejor para solucionar éste conflicto, pero debes tener fe en mí, como Rey sí, pero como tu padre también. Por nada del mundo dejaré que los lastimen, a ti o a tu madre. Por eso, te pido, hijo mío, apóyame en esto, así como seguramente lo haré yo contigo. Estaremos juntos hasta el fin—. Helmar sonrió y asintió con la cabeza. —Claro que he de apoyarte, padre. Puedes contar con mi ayuda. No dejaré que estés solo en éste tiempo de difícil respuesta. —Gracias, hijo. Lo sabía. No tenía duda de ello al respecto—. Luego Helmar saludó a su padre y se retiró bordeando las sillas de terciopelo. Jurg vio a Asibel, cuya figura se entrecortaba con la luz de los pasillos internos. Con su perfecto atuendo y su blanco vestido ingresó en la sala. La dorada diadema brilló en muchos signos que se abrieron en flor sobre su cabeza. Lentamente se arrimó al Rey y luego se detuvo, para suavemente inclinar su cabeza. Jurg se le acercó y la observó un instante tomándola entre sus brazos. —Asibel. ¿Cómo te encuentras? Te he extrañado tanto—dijo Jurg. —Sé que la junta les ha llevado toda la noche y parte de la madrugada—dijo Asibel. —Todo esto de las posibles guerras me ha alterado bastante. Una y otra vez pensé en ti mientras pasaba la noche—agregó Jurg. —Lo sé, pues yo también lo he hecho, mi querido. No quisiera seguir perturbándote con más preguntas. Es tarde ya y creo que deberíamos ir a descansar. Mañana tendrás una larga jornada. No quiero que los problemas de éste mundo te afiancen débil y agotado. Vamos. Mañana es otro día. —Tienes razón, hermosa esposa. Vamos—dijo el Rey. Ambos se tomaron de los brazos y se dirigieron a los corredores que llegaban a las habitaciones, mientras la claridad ya florecía y comenzaba a ser testigo de un nuevo día en Hermehrian. Para Jurg, la jornada que había concluído no había sido como cualquier otra, pues había traído las reminiscencias de los hechos de los tiempos que corrían para dejar en claro que el futuro podría cambiar de un día para otro, como un minúsculo pestañeo que relampagueaba en la constante rueda del tiempo.
Un negro manto sobre Vaddeland y Lender Uhr La noche estaba poblada de grises nubarrones y había descendido como rocío sobre los Campos de Dein, en la frontera Oriental de Vaddeland. Ahmoen correteó sobre las praderas de las cuales las historias corrían como agua entre las piedras. Los árboles y flores se contorneaban entre la poca niebla que se elevaba desde todas partes y parecía subir desde el centro mismo. Más allá de los bosques se levantaban las fortalezas empedradas de defensa y todas sus estructuras asomaban sobre las copas verdosas. Los guardias en sus puestos deambulaban recorriendo incansables los pasillos de las murallas. Antorchas ardientes iluminaban las paredes externas e internas y los rostros de los Ahlins haciendo nacer luces en sus espadas y hachas, en sus cascos y escudos. Entonces, alarmantes gritos llegaron desde las oscuras hondonadas. El alerta de los guardias pronto se hizo notar y un grupo de ellos se dirigió hacia las espesuras vegetadas. Eran diez que llevaban armaduras, lanzas y hachas dobles, cuando se acercaron a los árboles más altos de la foresta. Los aullidos se hacían más intensos y penetrantes y en los Ahlins creó sensaciones de miedo, mientras caminaban más lentos y se sumergían en la oscuridad. A pesar de las lámparas de aceite que transportaban, las hojas, ramas y plantas cubrían casi toda la luz que se emitía desde ellas y sus sombras jugaban bromas demasiado tenebrosas para que aquél grupo no sintiera sus efectos. Los Ahlins que se quedaron a la vigilancia desde las torres tomaron arcos y flechas y se formaron en líneas sobre el corredor dentado de la fortaleza a la espera de cualquier suceso inesperado. Pronto las luces fueron perdiendo su rastro entre los senderos internos del bosque, lo que alarmó a los Ahlins de la fortaleza. El silencio que siguió desde que los Ahlins penetraron en la arboleda perturbó enormemente a los guardias, obligándolos a enviar más de ellos al lugar. No hubo respuesta alguna del primer grupo y las luces antes visibles tenuemente habían desaparecido totalmente. Dos Ahlins se aproximaron al sendero por el que tiempo atrás habían perdido el rastro los integrantes del equipo de búsqueda. Asían grandes arcos de gran porte revestidos de pieles y cueros, acompañados por una veintena de flechas alojadas en los portadores. El guardia principal, desde lo alto de las torres, gritó inquieto: —¡Lemb! ¡Ulun! ¿Hay algo? —Nada, Señor. No hay siquiera huellas de pisadas. El sendero se halla totalmente vacío. Los gritos también cesaron. ¿Ingresamos, Señor?—preguntó Lemb. El capitán, preocupado, asintió con la cabeza y los Ahlins entraron en la oscuridad de la densa vegetación, con sus ojos alertas y cautas expresiones. Otro quejido nació de las entrañas de la foresta haciendo espantar a las aves que allí moraban, las que repentinamente volaron hacia lo alto del negro firmamento. El ronco gorgoteo estalló en todos lados y el eco de su ferocidad llenó todos los rincones de la noche. Los guardias adoptaron rápidamente posiciones de ataque, apuntando sus flechas hacia el lugar. Nadie salió de él por mucho tiempo. El capitán entonces replicó: —Algo muy extraño está sucediendo allí. ¡Soldado!—dijo señalando a un Ahlin que portaba un arco blanco y negro, lejos de él. —¡Alístese para partir en cualquier momento hacia Arnesnel! No sabemos qué es lo que hay allí, o quién está, pero pronto lo sabremos. Una sombra surgió desde la profundidad opaca y salió a la vista de todos con las manos en alto. Era un Ahlin. —¡Señor! ¡Ha sido terrible!—exclamó horrorizado y sin aliento. —¡Están todos muertos!¡Todos!—agregó. —¡Cálmate, Ulun, cálmate y reúnete conmigo aquí en la torre! ¡Cuéntame lo que ocurrió!—ordenó el capitán. Ulun se sacó su casco y su coraza ensangrentada y se apoyó en un rincón de la torre. Luego dijo: —Hay un ejército de Gunlards, capitán. Está asentado en el bosque. No se los pueden ver, pero son miles de horribles formas que mataron a Lemb y al grupo. —¿Ejército de Gunlards?—preguntó el capitán. —Se ocultan muy bien entre las malezas, Señor, y detrás de los grandes troncos. Yo mismo vi como un Ugull devoraba a Lemb. Cuando me vio a mí, le arrojé una flecha que impactó en su pecho y le provocó la muerte. Pero en ese momento, una legión salió desde todos lados. Lo único que atiné a hacer fue arrojar el arco y correr hacia la salida para salvarme. No me siguieron. No sé porque no lo hicieron. Fue horrible, Señor. Luego vi los cuerpos despedazados del grupo y corrí aún más fuerte hasta llegar aquí. —Está bien. Tranquilízate. Pediremos refuerzos y avisaremos a Arnesnel para que tropas armadas vengan a ayudarnos. Me temo que esto nos traerá serios problemas. Mientras tanto, quiero que avisen al puesto de vigilancia de Serbil. No se encuentra demasiado lejos. ¡Preparen los carros y váyanse! ¡Rápido! Díganles que tenemos intrusos muy peligrosos y no sabemos cuantos son pero que su número es elevado. Díganles que hemos perdido varios soldados y esperamos refuerzo de ellos. Necesitamos arqueros, ballesteros y lanceros—ordenó. Un grupo de guardias obedeció y pusieron a punto los carruajes que los llevarían al puesto más cercano. —La Muralla de Serbil se encuentra al Norte. Bordeen el Río Sund hasta la aldea de Leven. En las afueras se halla el puesto. Cuantos más guerreros lleguen de él mejor será para nosotros contener las salvajes criaturas que nos acechan. ¡Váyanse ahora! ¡Rápido!—ordenó el capitán. Los carromatos de madera y hierro partieron deprisa cuyo destino común era el Norte. A través de los caminos y rutas que ladeaban los paredones y muros posteriores de la fortaleza zarparon seis carros tripulados por tres Ahlins cada uno, seguidos de una densa y opaca nube de polvo que los acompañó hasta desaparecer en las bocas de los lejanos montes. Por ellos ingresaron y los Ahlins, alertas, observaban los entornos de los montes. Mas nada parecía rondar por esos espesos montículos arbóreos, pues ninguna señal de actividad se había puesto en evidencia. En la fortaleza, inquietos y movedizos ojos se balanceaban por todas partes y sus corazones latían con más fuerza y rapidez, como el de aquél que esperaba la violencia en cualquier momento. Rígidos, tensos y expectantes, los vigilantes tenían preparadas sus armas en lo alto de la fortaleza y desde ella cuidaban los alrededores. Las lanzas y flechas apuntaban a los árboles y las cinco catapultas desplegadas en las cuatro torres y en el camino central que daba al bosque se hallaban ya en posición de ataque. Ballesteros y lanzadores estaban prestos para lo que pudiera ocurrir. Entonces, en el filo de la expectativa, Ulun dijo: —Señor. No sólo eran Ugulls los que allí se hallaban. Estos eran anómalos seres que jamás he visto en mi vida. —Dime lo que recuerdas, Ulun—contestó el capitán. —Mi prisa por escapar fue primordial y no puedo asegurar que mis ojos no me hayan engañado, pero sé que los cuerpos y las formas de éstas Gunlards no se asemejaban a los Ugulls ni a nada que conozcamos antes. Estos eran más corpulentos y altos. Tenían más pelajes de colores rojizos y negros. —¿Estás seguro? Tal vez sean Ugulls armados y cubiertos de pieles—dijo el capitán mientras no despegaba sus ojos del bosque. —Como antes dije, no estoy muy seguro, pero sé que éstas Gunlards eran más grandes y tenían más altura que los Ugulls. No lo sé. Quizás se volvieron más feroces, o tal vez crecieron nuevas—dijo Ulun, pero una seña con la mano derecha del capitán lo obligó a callarse. Pronto, todos adoptaron posturas de defensa más precisas, volviéndose hacia algunos árboles que bruscamente se habían movido. —¿Han visto eso? Hay alguien allí. Estén preparados—dijo el capitán. Un silencio cruel y desesperante inundó las bocas de los Ahlins. Las ramas de algunos árboles creaban oleadas que serpenteaban frenéticamente. El capitán increpó luego fuertemente al aire, dirigiendo su voz hacia los movimientos —¡Quienquiera que allí se encuentre, le ordenamos que salga y se presente! ¡Están invadiendo territorio del Reino de Vaddeland! ¡Muéstrense!—gritó, pero nadie respondió al pedido, mas los movimientos cesaron de repente. —¡En el nombre del Rey Larul, les ordenamos que salgan de allí! ¡Están invadiendo tierras pertenecientes al Reino de Vaddeland! ¡Si no lo hacen, dispararemos!—regañó el capitán, pero nuevamente ninguna respuesta llegó desde el lugar. —¿Qué hacemos, capitán?—preguntó un Ahlin de mirada fría e inexpresiva. —Esperaremos a que lleguen los refuerzos. Mientras tanto, trataré de disuadir a quien allí se halle con palabras. Sé que esperan por algo. Aguardemos—dijo el capitán. —¡Escuchen los que allí se encuentran! ¡Sabemos que han asesinado a soldados de la Guardia de Vaddeland y por ello les corresponden los castigos que imponen las leyes de nuestro reino, además de apropiarse de terrenos que se hallan bajo la autoridad de Su Majestad Larul, monarca de nuestra nación! ¡Déjense ver y entréguense a la Guardia!—gritó el capitán otra vez, y sólo llegaron susurros de un frío viento desde el bosque y de las hojas que entrechocaban entre sí. En cierto momento las copas de los árboles comenzaron nuevamente a ser mecidas, ésta vez con mayor violencia. Entonces, un estruendo de ferocidad llegó a los Ahlins, cuando las Gunlards salieron desde todas partes y los gritos que emitían erizaban sus pieles. Como insectos depredadores brotaron todos a la vez desde todos los sitios escondidos, llenando los rincones. Camadas de bestialidades armadas y protegidas por negras corazas fueron vomitadas desde el corazón del bosque, llegando hasta los muros en un abrir y cerrar de ojos. Algunas fueron derribadas por lanzas y flechas, pero eran demasiadas para los pocos guardias que defendían la fortaleza de piedra que, constantemente, comenzó a ser abordada por perturbadas Gunlards. En aquél cimiento de horror, los Ahlins pudieron ver que existían nuevas razas que atacaban al unísono sus instalaciones y destruían piedra por piedra los grandes paredones. A pesar de sus alturas, no eran mayores obstáculos para éstas moles que se abalanzaban amenazantes fieras sobre los abrumados Ahlins, los que no dejaban de disparar saetas sobre sus bestiales cuerpos. Impresionantes alaridos ahogaron todo el bosque y más allá de él, llamando a las armas a más bestias, las que parecían multiplicarse. Guturales y broncos gruñidos como animales llevaban mensajes de muerte a las torres y las murallas. Rápidamente, nueva hordas se sumaron a la catástrofe y destruyeron gran parte del asentamiento. Éstas trajeron hachas y espadas de gran poder de aniquilación, las que eran arremetidas contra los indefensos Ahlins, que ya nada más podían hacer. No obstante, muchos intrusos fueron muertos, pero eran un gran número y los manojos de Ugulls y las nuevas especies llegaron como las flechas desde el cielo. Las lanzas, flechas y elementos de guerra de los Ahlins se habían acabado ya, obligando a los guardias a defenderse con espadas y hachas. Arriba, las últimas cargas eran disparadas desde los lanzadores de las catapultas y estallaban en plena horda, provocando la muerte de muchos de ellos. Algunas de esas cargas estallaban en los campos que rodeaban la fortaleza o en los cuerpos de los invasores. Pero pronto las cargas se agotaron también y los Ahlins lo sabían. Algunos intentaron escapar, pero rápidamente fueron exterminados cruelmente o devorados por los filos de las armas. Finalmente, todos los Ahlins fueron aniquilados y sus cuerpos abandonados en la tierra. El capitán y los suyos se hallaban esparrancados bajo ríos de sangre, sobre aceros quemados y cuerpos muertos de Gunlards y Ahlins. La fortaleza fue completamente demolida y convertida a rocas y hierros incinerados. Las triunfantes bestias depredadoras levantaron sus largos brazos al cielo y emitieron gritos y bramidos desesperantes, mientras caminaban entre las ruinas en llamas y humeantes estructuras. Otros llegaron luego, portando estandartes sobre las puntas de sus lanzas de metal. Cabalgaban formando dobles filas desde los caminos interiores del bosque. Los jirones pronto fueron clavados. En el cuello acosado de fuego, las Gunlards no cesaban de llegar y formarse sobre los costados de los restos llameantes y derrumbados. Otras provinieron de otros sectores, donde antes no fueron cruzados, y marcharon a lo largo del lugar con sus rugosas y ennegrecidas pieles, las que dejaban reflejar la luz del cielo azabache. Bajo él, custodiados por torres de humo, macabros rostros caminaron a través de los cadáveres de los Ahlins y los de su misma raza. Sus cuerpos eran de apariencia animal y estaban compuestos de grandes mandíbulas con feroces y fuertes dientes y colmillos, prominentes orejas, deformes protuberancias y salientes huesos cubiertos de plegadas membranas. Tenían cabelleras negras, rojizas y marrones y sus garras eran filosas. Otros eran lampiños de color negro, rojo y marrón. Éstos eran más pequeños y sus pieles eran muy similares al cuero de los animales y muy brillantes. Ninguna de las Gunlards llevaba un patrón bien definido, ya que sus contexturas físicas se correspondían muy poco entre sí, más bien parecían llevar características azarosas y sin ningún rasgo distintivo. Por entre los vegetales llegaron los Hungors, quienes estaban vestidos con pieles de animales y traían espadas y armas de todo tipo. Todos montaban a caballo, los jefes de las bestias que ordenaban movimientos y acciones. Hungors y Gunlards tomaron entonces posesión de las tierras de la fortaleza y pronto instalaron sus primeros asentamientos en las fronteras de Vaddeland. Seguidamente adoptaron estrategias de expansión y apertura hacia el Norte y el Sur para abarcar nuevos territorios. Los grupos se dividieron y fueron corridos en direcciones específicas. Esto fue en el 557 C.H. En Arnesnel, Larul, Rey de Vaddeland, se hallaba preocupado, y quizás más que nunca. Con sus manos en la espalda, caminaba con la cabeza hacia el suelo, parpadeando muy seguidamente. Vestía un pequeño pantalón ceñido al cuerpo de color azul acompañado por una chaqueta adornada con plateados hilos. Su espléndida capa era de color negro, con su interior revestido en tela cárdena. Llevaba una daga envuelta en cueros sobre un costado de su cuerpo y muñequeras de cuero negras. No llevaba puesta su corona, pues la consideraba pesada, grande y molesta como para tenerla todo el tiempo sobre su cabeza. Larul estaba acompañado por Leuss, Haevel y Lithin. El primero era Jefe del Ejército de Vaddeland, el segundo y el tercero eran sus Secundarios. Ambos se hallaban tras el Rey, observándolo, mientras que aquél se movía constantemente como un preciso y taladrante péndulo que parecía dejar surcos en los brillantes mosaicos del piso del palacio. Leuss se encontraba algo más alejado de ellos y tenía su yelmo en su mano derecha y la otra apoyada en el pomo de su espada, que descansaba sobre su costado. —Nuestras tropas han partido ya hacia las fronteras, mi Señor. No hay motivo para preocupación—dijo Leuss. —No es eso lo que me preocupa, más que la falta de respuestas del grupo que enviamos con los guerreros cuando los Guardias de Allum vinieron a solicitar nuestro apoyo. Quiero saber que es lo que ha ocurrido—contestó Larul. Haevel agregó: —Mi Rey. No debemos dejarnos llevar por la incertidumbre ni el descontento. Debemos confiar en los Ahlins que han ido en ayuda, y creo que de un momento a otro llegará información de lo que allí sucede. Por lo pronto, sólo debemos esperar. —Haevel tiene razón, Majestad. Si los Déspotas creen que no enviaremos apoyo, nuestros soldados podrían sorprenderlos y tomarlos desprevenidos, atacándolos por sorpresa y diezmando parte de su poderío. Por otra parte, una multitud de nuestros mejores guerreros fueron hacia Allum, lo que no será fácil para el enemigo derribar nuestras paredes e intentar cualquier maniobra de entrada a las tierras de Vaddeland—dijo Lithin. —Agradezco tu intención y tus palabras, Lithin, pero no puedo quitar de mi pecho ésta insondable sensación de que algo nada bueno está a punto de ocurrir. Espero equivocarme y que los Déspotas que se hallan ocupando nuestro territorio se retiren sin derramar una gota de sangre. Ya hemos tenido muertes. No quiero que ninguno de nuestros guerreros salga herido. —Los Reyes del Oeste ya están enterados de lo ocurrido y me han ofrecido su ayuda para con éste asunto, a lo que les he respondido que, por el momento, intentaremos manejar la situación nosotros mismos. No obstante, no podría negar cualquier apoyo que provenga de nuestros aliados si una guerra de grandes proporciones se batiera contra nuestra nación. Pero no debo realizar conjeturas ni sacar conclusiones precipitadas cuando no tengo en mis manos la información precisa e imprescindible para tomar medidas y ejecutar las acciones pertinentes—agregó el Rey Larul. El tiempo corrió precipitado, pasando como bólido que mellaba y rasgaba las débiles capas de la quietud. Vaddeland se preparaba para enfrentar a quienes mucho tiempo antes hbaía destruído el hogar de sus pueblos. Larul, Leuss, Haevel y Lithin se encontraron en medio del salón del monarca del palacio de Arnesnel. —Majestad. Con su permiso. Debo anunciar la vuelta de un enviado. Se halla en la antesala. ¿Debo hacerlo pasar, Señor?—preguntó. —Hazlo ingresar inmediatamente, Dall. Que se presente ante mí. Ahora mismo—dijo el Rey. El Ahlin ingresó sigilosamente, impresionado por la persona del mismísimo Rey, mirando hacia todos los rincones de la sala. Maravillado, el brillo de las paredes blancas y embellecidas por adornos y pinturas de tiempos pasados fue poniendo parpadeos intensos en su mirada. Atónito aún, se regocijaba plenamente de hallarse en el lugar donde se encontraba. —Mi más preciado saludo a usted, Su Majestad. Honorado y privilegiado me encuentro ante su presencia. Deberán ustedes disculpar mi mostrado asombro y mi inusitada sorpresa, pero no puedo dejar de maravillarme ante su persona, mi Rey, que es un ejemplo para nuestro pueblo—dijo el Ahlin, quien reclinó su cuerpo haciendo una reverencia a Larul, cerrando sus grandes ojos y depositando ambos brazos en la espalda. Su vestimenta consistía en un traje verde atravesado por un grueso y negro cinturón de cuero acompañado por una sobresaliente hebilla de metal que relucía por las luces. —Permítame presentarme. Gelseril es mi nombre. Pertenezco al Grupo Emmen, enviado especialmente hacia los Campos Dein y las fortalezas Allum y Serbil—agregó el Ahlin, pero la expresión en su rostro cambió abruptamente hacia la seriedad. Su sonrisa había desaparecido totalmente y el chisporrotear de sus ojos también cambió. Larul dijo: —Bien, Gelseril, cuéntanos rápidamente. La palabra es tuya—declaró Larul. Las pupilas de Gelseril eran claras y comenzaron a tomar un ritmo más agitado, y luego se volcaron directamente hacia Leuss, Haevel y Lithin, para finalizar en el Rey. —Mi Señor. Los Hungors han ingresado a Vaddeland. Su jefe es Alith. Fue él quien se comunicó con nosotros a través de sus enviados—dijo Gelseril. El rostro de Larul perdió su espera y se tornó duro. Callado se dirigió al trono y se sentó pensante sobre él. Apoyó su brazo derecho sobre su apoyabrazos y sostuvo su cabeza. —Me temo que no es todo. Los ejércitos enviados han sufrido bajas considerables. Las tropas enviadas desde Serbil hacia Allum fueron aniquiladas y los sobrevivientes fueron quienes recogieron éstos datos también—agregó Gelseril. Tomó aire y lanzó un suspiro leve, luego continuó. —Quisiera haber sido el portador de otra clase de noticias, mi Rey, pero los malos augurios son los que me han acompañado en mi travesía a la frontera. Larul habló y se vio más pensativo, tal vez dubitativo, pero su temple lo hizo levantarse de su aposento. —No esperaba algo así. Me ha tomado de sorpresa. Todo ha sido rápido y vertiginoso. No soy consciente aún de ello. Gelseril, tus anuncios me han conmovido, pero quiero que prosigas con los detalles. —La cantidad de los nuestros que, valientes, resisten en los Campos de Dein y en sus alrededores, aún en los bosques, es considerable y relativamente buena, pero como ya antes he mencionado, parte de ellos ha sido destruida. —¿Qué hay con el enemigo?—preguntó Leuss. —Quieren derivar su gente hacia Vaddeland y destruir primero las aldeas para luego tomar Arnesnel. Puedo afirmar que son una cantidad numerosa. Impresionante, me atrevería a decir. —¿Puedes decirnos algo acerca de las Gunlards?—preguntó Haevel. —Enormes criaturas, y distintas también. Una nueva raza que no conocíamos y de la que no poseíamos registro previo alguno, ni en épocas recientes ni en las antiguas. Son más poderosas y más numerosas. Visten armaduras, corazas y cascos protectores. Portan espadas de gran tamaño, dobles hachas y mazas de piedra y madera. Pero lo que realmente nos ha sorprendido han sido sus desgarradores gritos y sus abrumadores quejidos, que se han hecho oír en todos los campos de los alrededores. Como ustedes tal vez imaginen, en el estruendo de la batalla, la suma de ellos erizó nuestras pieles y provocó en los nuestros expresiones de terror. Aún así, se lanzaron a la carga. Pero los Hungors se mantuvieron a los lados de los campos de guerra y ordenaban a las Gunlards los ataques. Muy raramente ingresaban ellos mismos a la batalla. Generalmente observaban desde lo lejos y manipulaban a las criaturas a su antojo, enviándolas hacia el Sur y hacia el Norte y así extender sus avances por otras tierras. —¿Hacia el Norte y Sur?—exclamó Lithin sobre un costado, quebrantando el silencio. Se veía enojado y severo. Su ceño se frunció entonces. —Si devastan lo suficiente por esas tierras, Dammland los tendrá muy pronto dentro de sus puertas. Tal vez esté en sus planes invadir la Tierra del Damm, desviándose hacia el Norte rumbo a Lender Uhr y Goor Bukk, sin quitar la posibilidad de que lo hagan hacia los países de Occidente, atravesando la Línea de Agold—dijo Leuss. —Todo luchador preparado deberá partir hacia Allum, Serbil y toda la extensión en la que se hallan éstas bestialidades. Lanceros, arqueros, jinetes y guerreros deberán ir al encuentro de los enemigos—ordenó el Rey Larul, quien se puso de pie y caminó en círculos con sus brazos tras su espalda y su vista sobre el piso. —Cuéntame de Alith—exclamó. —No he podido verlo con mis propios ojos, mi Rey. El mensaje que nos dio fue a través de su grupo. No es necesario agregar, a mi juicio, que es cruel, despiadado e inteligente. Existen grupos de guerreros que se han plantado ya sobre los campos y han levantado tiendas y demás depósitos. No puedo afirmar si son provisorios o piensan permanecer en esos lugares por más tiempo. También hay escuadras que se mueven al Norte y al Sur. Algunos con carros y caballos y otros con maquinarias de guerra. Han sido vistos grandes y altos móviles cubiertos por pieles y cueros, movidos por legiones de caballos y Hermehrs que tiraban desde sogas. Eran muchas de éstas moles que se dispersaban por los caminos y rutas que unían los poblados lejanos. —Has hecho una excelente labor, Gelseril. Mereces una condecoración por ello, la que a su debido momento será llevada a cabo, como podrás entender—dijo Larul. —Su Majestad. Asuntos que no pueden esperar ser atendidos están en juego. Es por ello que pongo mis servicios nuevamente en pos de futuras misiones, si es su deseo que así sea. —Tendremos en cuenta tu proposición, fiel servidor. Quizás, como tú has dicho, en un futuro necesitemos de tu ayuda y del Grupo Emmen al cual perteneces orgullosamente. Por el momento, sería injusto volver a pedirte algo después de todo lo que has hecho. Ve, retírate hacia tu hogar y los tuyos. Vaddeland, su Rey y su Corte te lo agradecen—dijo el Rey. —Mi Señor, he de agradecer sus animosas palabras hacia mí. Esperaré su llamado nuevamente. Si me permiten—dijo Gelseril sacando su sombrero y reverenciando nuevamente a Larul. Gelseril agachó su cabeza y con sus ojos cerrados dio media vuelta y tomó el camino que lo llevaba hacia las afueras de sala del Rey. Los taconeos murmuraron con ecos, mientras se perdieron en la puerta de salida. —La inesperada guerra ha comenzado. En la mañana trabajaremos hasta llegar a conocer las medidas que tomaremos—dijo el Rey. Su porte mostraba preocupación y pensamientos sumidos en su interior. —Tal vez debamos partir y no regresar jamás. Quizás lo hagamos. Definitivamente. Tal vez Ishnar no sea para los Ahlins. Si no tengo otra opción, no expondré a mi pueblo nuevamente a una devastación—pensó Larul. Los Ahlins ya se habían ido y nada hablaron, y se hundieron en sus propios pensamientos. Larul penetró entonces en su dormitorio y se acostó en su cama de madera. Allí, su vista se perdió en lo alto. Luego comenzó a tramar ideas y devanar pensamientos. Su hijo Elgerild recién llegaba cuando su padre, en un rapto de sueño pesado, se quedaba dormido en su habitación. Afuera comenzaba a llover intensamente, cayendo tanta cantidad de agua como nunca. Entonces Elgerild cubrió a su padre con unas mantas. Abrió sus ojos grandes. En el Norte y en el Este, la guerra ya se había desatado. Y los Ahlins morían bajo el filo de la oscuridad. Larul consideró entonces su última opción. En el Leikar Ereddas del año 559 C.H., los Déspotas habían ya atacado desde todas las partes visibles el Reino de Vaddeland, diezmando casi la población entera. Pero algo ocurrió que los hizo desviarse de su camino. En el 560 C.H. sus flechas llovieron desde el enrojecido cielo sobre Lender Uhr, tan teñido de sangre como el campo cubierto de cuerpos muertos y heridos. Batallaron impunemente, guerreros adiestrados por el mismo Dargmentor, pero los Gahlands habían arremetido contra ellas a toda carga. Blandían casi todos hachas de una o dos hojas y traían armaduras de metal que cubrían parcialmente sus cuerpos. Los Gahlands defendieron Lender Uhr desde el Noreste y muchedumbres de ellos llegaron desde las ciudades más importantes y cercanas, pero aún esperaban más luchadores. Carros de combate y navíos que llegaron desde los Mares Nórdicos y entraron en las zonas de conflicto, penetrando por las aguas del Gran Estrecho de Lumm, donde se toparon con las naves de los Guhmolds. Una cruenta, despiadada y multitudinaria batalla se desató en sus aguas. Con ello comenzó el Período Negro o de las Nuevas Guerras del Oeste de la Era de las Nuevas Invasiones. En las fronteras se agruparon Gunlards montadas a caballo que arrojaban cortes en el aire con sus espadas, rápidamente repelidos por los Gahlands, quienes cortaron las patas de los equinos para que éstas cayesen al suelo y se hallasen desprotegidas. La densidad era elevada, dado a que se trataba de una zona estratégica. En todas las colinas y declives de terreno la furia de las criaturas y de los altos Gahlands se batió en un fulminante duelo mortal, escoltados por el ensordecedor ruido de metal contra metal y cabalgatas de caballos. Las llamas aumentaron su tamaño y consumieron todo lo que se hallaba a su paso. Arboles, plantas, Gunlards, Gahlands, carruajes y caballos ardían intensamente. Los Guhmolds se mantuvieron apartados de la guerra, tal como lo hicieren los Hungors cuando tomaron Vaddeland. Sobre sus corceles negros, grises y blancos gritaron y elevaron sus armas en lo alto y sus engendros contestaron con ronquidos, levantando sus brazos al cielo y sus negras garras titilaron en la noche. Entonces, se abalanzaron sobre las líneas de protección y algunos allí cayeron y otros pasaron y llegaron al interior de Lender Uhr. No obstante, los guerreros Gahlands mataron a las Gunlards con esmerada técnica, conteniendo hasta que los refuerzos llegaron del propio Lender Uhr, Goor Bukk y de los Imperios del Norte. Pero en el rumor de muerte que fue la batalla no todo estaba visto, pues mientras los Gahlands combatieron fielmente, desde los cielos llegaron criaturas aladas vomitando venenos que derritieron hasta el acero, cubriendo el techo del mundo y volando al ras de las altas cabezas. Arrojaban espesos líquidos desde sus bocas, que fueron derramados sobre los Gahlands para matarlos al instante. Algunos tomaron contacto con las llamas y se encendieron rápidamente, incinerando la hierba, la madera y la carne que afloraba el suelo. Los fugaces ataques se sucedieron continuamente, cuando hordas de oscuros seres llegaron con alas negras desplegadas al cielo. Atrapaban abusivamente a los Gahlands, a quienes elevaban por los aires y los arrojaban desde lo alto a los fuegos. Sus cuerpos y cabezas eran inmensos. Sus músculos eran marrones y violáceos, y brillaban en la oscuridad, y sus pieles eran rugosas. Cargaron violentamente, pero los Gahlands descubrieron la manera de matarlos. Aún así, los Engors y los Midds no menguaron, ya que aparecían desde todos los lados y habían comenzado ya a diezmar las tropas de los Gahlands. Así pues la frontera se hallaba casi tomada y las escaramuzas de los Midds y Engors fueron peores que las flechas y las lanzas que encerraron el aire. Mas los Gahlands sufrieron las peores consecuencias, pues el número de bestias fue superior al de soldados de Lender Uhr. En la noche, lobos y hienas surgieron desde los bosques. Fueron enviados por los Guhmolds para atacar las piernas de los Gahlands y desgarrarlas salvajemente. Hicieron de la guerra una despiadada carnicería, un estruendo de destrucción y horror que se movía hacia Lender Uhr. Un sangriento clamor de guerra murmuró rogativas de terror, cuando los engendros destruyeron y mutilaron los cadáveres descuartizados, cuando los lobos y las hienas se alimentaron de los Gahlands que yacían sin vida sobre su sangre y cuando las Gunlards aladas fueron y vinieron y descargaron sus alientos mortales sobre los rostros de miedo. El caos reinante fue atroz y cruel porque la masacre había ya comenzado en Irar Astelur como en las Tierras Áridas. Las tropas enviadas fueron ultimadas y aniquiladas, con lo que el enemigo se abrió paso entre los cuerpos muertos para internarse en las tierras de Lender Uhr. El Rey Kívor supo de éste ataque cuando hizo llamar a sus generales y comandantes. Su palacio estaba revestido en hielo y nieve. El techo era inmensamente alto y tenía una gran cúpula central. Tenía columnas sobre los costados de las paredes y en el centro del salón existía una gran fogata que ardía y crepitaba sin cesar, encendida dentro de una fosa profunda. —Nada me digan—dijo Kívor. —Me ha llegado la cruel noticia. Los Guhmolds han penetrado la frontera y se dirigen ahora hacia Jund y Gaweer. Estas ciudades deben ser protegidas de inmediato. —Las tropas que enviamos han sido masacradas. En estos momentos se derivan los nuestros hacia el Trazo de Gaweer, ya que es ésta la ciudad más cercana a donde se encuentran las invasiones—dijo Gall. —En Arkun, el Jefe de Armas de Goor Bukk me ha informado que parte de su ejército llegará en un día a Gaweer. Flotas de navíos de guerra penetrarán por los Mares Nórdicos al Estrecho de Lumm y el Mar Herel—dijo Hestur. —El número de Gunlards ha aumentado enormemente. Existen nuevas especies que son letales en el aire ¿es esto verdad, Gall?—preguntó Negel. Sus ropajes consistían en pieles de osos que lo cubrían por completo. —Así es. No sabemos aún que clase de impulsos haya manejando Dargmentor en Clarr y Pétrear, pero los engendros que se han presentado diferían de las Gunlards que pelearon en Vaddeland y Dammland. Vinieron en masa, oscurecieron el cielo y se precipitaron sobre el suelo matando a nuestros soldados. Las zonas de las batallas son cruentas escenas de oscuridad. En los sectores tomados el humo ha tapado Hannun y Asdur se esconde tras una niebla opaca y gris que fluye de las hogueras y fogatas. Una garra de desolación y muerte hoy comanda donde antes reinaba la paz. Aparte de los muertos, los campos se han tornado negros y húmedos. En las fronteras mora un frío que no solamente se siente en el cuerpo, sino también en el suelo, demacrado, corrompido e infesto. Existe algo que desconozco pero que temo indudablemente, algo que invade nuestros corazones hasta hacer nacer el miedo a lo que desconocemos. Se halla en el aire y se propaga a velocidades extremas. He visto el cielo desde la montaña teñirse de azul y rojo, tras los cuales las criaturas volaban y gritaban. En las faldas y cumbres se levantaban sus cabezas, moldeadas en hendiduras y protuberancias, gimiendo groseramente en un siniestro vendaval que se alzaba sobre el horizonte. Retorcidos por las alas y sus membranas, las puntas de lanzas y sus espadas, tuve miedo, mientras peleábamos hundidos en su densa lobreguez—dijo Gall, comprendiendo que el terror de las sangrientas guerras ahogaría a más de un reino en la muerte. El plañidero y resentido eco del pasado había ya sobrevolado Lender Uhr, desplegando sus atuendos de horror y desconocido rostro cadavérico. Por ello, el Rey Kívor agachó su cabeza y miró por la ventana. Sólo emitió murmullos tenues que apenas se oían y que despertaron la duda. —Han interviniendo extrañas fuerzas que no conocemos dotadas de un poder inimaginable del cual aún no tenemos noticias. Han tomado a la fuerza de guerra la idea de una gobernación meramente oscura. Lo cierto es que poco se conoce para enfrentarlos o intentar una acción adversa. Han entrado en nuestra realidad y la han infectado enteramente—dijo el Rey. —¿Cuáles son los paso a seguir?—preguntó Hestur. —Lender Uhr peleará hasta el final. Como lo han hecho aquellos que han sido nuestros guerreros, nuestros aliados y nuestros antepasados. Esta incertidumbre que hoy carcome nuestros corazones ellos ya la han experimentado—dijo Kívor, quien enderezó su alto cuerpo. Todos escucharon. —Es el mismo aroma de guerra y el mismo incierto pesar que rellena nuestras vidas a pasos inmensos—agregó Kívor. Unor ingresó cerrando tras de sí las puertas. —Traigo noticias de Vaddeland—dijo Unor. —Bienvenido—agregó el Rey. —Prepárese a oír lo extraño. Los Ahlins han desaparecido—exclamó Unor. Gall interrumpió. —¿Qué significa ello? El asombro se reflejó en todos los rostros de los Gahlands. Kívor abrió sus ojos como nunca antes lo había hecho. —Cuando llegamos a Vaddeland nos hallamos con la sorpresa de que nadie había allí, excepto Gunlards y Hungors. Los Ahlins dejaron todo. —Pero, ¿dónde han ido? ¿Cómo han hecho para escapar?—cuestionó Negel. —Es extraño y confuso. Nada sabemos, pero han desaparecido totalmente—dijo Unor. —Todo esto es demasiado impreciso—dijo Negel. —Dime que sabes de sus ciudades y aldeas—dijo el Rey. —La mayoría de sus construcciones se han destruido por la guerra y los derrumbes de las batallas. Lo demás se halla en los lugares donde solían estar anteriormente, como si jamás se hubiesen movido de allí. —Esto puede traer consecuencias aún peores de lo que imaginábamos. Con tal acontecimiento, los Déspotas podrían desplazarse hacia el Oeste y el Norte con más rapidez—dijo Hestur. —Los Reinos del Oeste aún no se hallan enterados de ésto, pero ya lo harán. La noticia se ha esparcido por todo el Continente de Imnavel y los soldados en sus regresos reportarán de inmediato la desaparición de los Ahlins—dijo Unor. —Dammland y la Tierra de los Ahlins se han esfumado. Tal vez el Damm tenga algo que ver con todo esto—dijo Hestur. —Puedes que tengas razón, Hestur, y tal vez haya sido su única escapatoria de la dominación—agregó Unor. El Rey Kívor se pudo de pié y caminó entre las miradas expectantes con sus brazos en la espalda. La corona de oro relampagueó en el bramar del día. Llevaba una espada cruzada en el cinturón de cuero que portaba. Unor dudó y Hestur bajó la mirada. Gall se mantuvo retraído. —¡Guardia!—gritó el Rey. El guardia llegó y esperó. —Noll, prepárame el carruaje. Tenlo listo para mañana. Partiré de inmediato. Iré donde Elkar. —Señor—exclamó Gall. —Buscaré respuestas—dijo, y se dirigió hacia los corredores. Al día siguiente acompañaron a Kívor hacia las afueras de Lekiar y su carruaje se halló de pronto rodeado de una veintena de jinetes dispuestos de a diez a ambos lados siguiendo dos filas. Llevaban lanzas y arcos y flechas y los primeros y los últimos tenían cascos que cubrían sus cabezas y sus rostros con protecciones de metal. Los dos primeros llevaban en sus lanzas el estandarte de Lender Uhr, que flameaba en lo alto del mástil. Dentro del carruaje se hallaba el Rey sentado sobre terciopelo rojizo y apoyado con ambas manos sobre la empuñadura de su espada, la cual tocaba el piso de la carroza. Las altas copas de los árboles desaparecían tras el escudo negro de las sombras que bordeaban el camino de tierra. Kívor llegó al enorme portal de Enggar, en cuya cúspide se hallaban grabados caracteres en la Lengua de Werdia. Los Adash de Enggar, al ver al mismísimo Rey, mostraron asombro y desentendimiento. No obstante ello, reverenciaron a Kívor, quien caminaba a través del largo pasadizo. Fue escoltado por seis guardias, mientras el resto se había repartido en los pasillos, en las puertas y en las salidas. Caminaban el Rey delante y dos escoltas a ambos lados y tras ellos desfilaban a su vez los otros cuatro, quienes portaban armas brillantes. Al final del gran pasillo había dos escaleras que subían a otros pisos y salones. Kívor las subió y caminó hasta encontrarse con el Adash. En los pasillos había estatuas y antorchas. Un ser vestido de marrón y negro se acercó y dijo llamarse Idull. —Nuestros saludos a usted, Majestad. Nos hallamos más que sorprendidos por su presencia, pues no esperábamos ésta visita tan honorable. Es usted bienvenido a Enggar, como siempre. Siéntase en su hogar. —Gracias, Idull. —Pasen ustedes a la sala—dijo Idull. La sala era muy amplia, con un techo que era muy alto, tanto como las paredes de roca y adoquines de gran talla. Esculturas y cristales de adornos estaban dispuestos en salientes especiales para ellos. Había también una mesa de madera robusta y ancha, con sillas también de madera y sillones de hierro. Las lámparas de aceite emitían luz de color ámbar suave y los candelabros que se apoyaban sobre la mesa iluminaban más claramente. Sobre ella se encontraban libros. Tras la mesa, una ventana dejaba pasar la claridad de las calles, con cortinas largas y de color rojo. A ambos costados, sendos estantes repletos de más libros colmaban la pared del fondo. En el lado izquierdo se mostraba una puerta de madera y hierro. La manija se movió y la puerta se abrió lenta, chillando en llantos de metal contra metal. Otro sonido se manifestó luego ahogando la habitación. Kívor y dos guardias vieron ingresar al Hermehr con paciencia y concentración, quien cerró la puerta y, con su vista gacha y hundido en sus pensamientos, no se dio cuenta de la importante presencia, pues no había visto al Rey de Lender Uhr, ni a sus dos escoltas, ni a Idull. —Señor. El Rey se halla aquí—dijo Idull tímidamente, señalando al monarca con ambos brazos. Con estas palabras, el Swerr volvió en sí y parpadeó más rápidamente, moviendo su cabeza. Tenía atuendos largos y llevaba un libro bajo su brazo derecho. En su boca, una pequeñísima pipa emanaba humo y su sombrero de tela le colgaba a un costado de la senil cabeza. Poseía un gran medallón que colgaba de su pecho. El largo del atuendo no permitía mostrar los pies del Hermehr mientras avanzaba hacia el centro de la sala. Cuando se arrimó a los candelabros, sus ojos marrones relampaguearon bajo la luz de las velas dibujando formas y sombras sobre los relieves de su rostro. El Swerr de Enggar estaba serio y se acercó aún más al Rey. —¿Majestad?—preguntó. Elkar atinó a reverenciar al Rey, pero fue detenido por éste rápidamente. —No lo hagas, Elkar—dijo el monarca acariciando su hombro. —Estoy sorprendido. Bienvenido sea. Nadie me ha dicho nada con respecto a su presencia—expuso Elkar, mirando con miradas fuertes a Idull. Parecía enojado pero no lo estaba. Sabía que el bueno de Idull no poseía una buena memoria. Pensó que quizás se había olvidado. —Señor. Yo nada sabía—exclamó Idull, algo alertado. —No te enfades con Idull, Elkar. A nadie he avisado sobre esta visita, pues he decidido venir por mi cuenta y sin aviso alguno—dijo Kívor. Idull se retiró. —Entonces, Excelencia, ¿a qué se debe éste honor?—preguntó Elkar. Kívor calló y caminó hacia una silla donde luego se sentó. Los guardias miraban con ojos inexpresivos y directos. Elkar los siguió con la vista. —¿Sabes lo de la frontera?—preguntó el Rey. —Sí—respondió el Swerr. —¿Sabes algo de los Ahlins? —No. Más allá de la guerra, no. —Bien. Lo diré entonces. Los Ahlins han desaparecido—dijo el Rey. Elkar no dijo nada y dejó que el silencio se interpusiera de repente entre ambos. Se sentó al lado del Rey, quien lo miraba y esperaba una respuesta. —¿Los Ahlins han desaparecido?—preguntó observando a Kívor. —Sí. Estamos tan inseguros como tú, Elkar. Más bien diría que no sabemos nada en realidad. —¿Y qué opina usted, su Excelencia? —No lo sé. Por ello estoy aquí. —El Poder de los Ahlins es una fuerza muy poderosa. Siempre estuve seguro de que algún día sería utilizada, pero no ahora y de ésta manera. El Damm y el Swald son muy potentes y la desaparición podría ser causada por éstos. Quizás haya sido ésta la única solución para la sobrevivencia de los Ahlins. —¿Cómo puedes explicarlo?—cuestionó el Rey. —El mundo de los Ahlins es un mundo muy complicado que ni los Hermehrs ni los Gahlands entienden. Sus acciones entran en el campo de nuestras propias conjeturas y opiniones. El Swald de éstos Ehlirs data de los tiempos de Arses y Ernel y su Confinación de Poderes a los Ahlins. Los Ehlirs que poblaron aquél mundo eran variados. Nuestros ancestros convivieron con otros seres que no aparecen en las Crónicas de Heracedor y que aún no sabemos el porque de éstas omisiones. Idull ingresó trayendo el té y comidas para el Rey. Las dejó en la mesa y partió nuevamente. —Estos Ehlirs tenían un acondicionamiento del Damm y del Swald más profundo e intenso de lo que conocen ahora los Vaddelen de Dammland. —Entonces, ¿cuál es el punto? —El punto es que los Ahlins aprendieron de ellos el arte de la desaparición y creo que nunca lo han puesto en práctica hasta el momento de hoy. —¿Qué es ese arte del cual hablas?—preguntó Kívor. —Para los antiguos existían otras verdades que estaban superpuestas y que llamaron Aeshis, y estas estaban unidas y mezcladas entre sí. Por una razón que no sabemos, esa unión homogénea y singular se ha separado en partes y nuestra verdad es solo una de ellas. Pero allí no quedaba todo, pues parte de esa unión, la que ha quedado aquí, ha gobernado Ishnar hasta nuestros días, y esa fuerza armoniosa se transformó en el Damm, un Poder que opera en ésta Aeshi pero que se halla unida a otras—dijo Elkar. —¿Estás diciendo que los Ahlins han partido hacia otro lugar? —Es posible. Quizás los antiguos previnieron de un modo u otro la llegada de Furd y por ello decidieron partir hacia otro sitio, fuera de su alcance. Tal vez han dejado parte del Damm para abrir el único túnel posible hacia la infinidad. —Pero nada de ello aparece en Heracedor I—exclamó el Rey. —Solo vemos una tenue imagen en la niebla. Tras ella, otras cosas se abren. Solamente se ha desvelado una Aeshi, pero existen otras. Summod no se halla atado solamente a nuestros sentidos. Nuestras capacidades son limitadas y se han cerrado sobre sí mismas, ocultando la luz de nuevos conocimientos—agregó Elkar. —A menudo me lo he cuestionado, sin prejuicios ni vanidades. En Ishnar han existido cosas que no podemos ver pero que se hallan aquí, catalogadas de una manera tan compleja o tan simple tal vez que nunca quizás lo sepamos—dijo Kívor. —Así es. Indirectamente captamos sus acciones y entonces entramos en el juego de ésta Aeshi y con ello en la realidad de ésta. Nos es difícil hoy creer ciertas cosas que eran evidentes y normales en épocas pasadas, tal como las generaciones por venir que tomarán nuestros lugares y les resultará dificultoso creer en lo que ahora damos por sentado—dijo Elkar. —Tal vez es cierto—pensó Kívor. —El pórtico de paso es natural. Creo que los Ahlins ingresaron a otro vórtice a través de sus bosques y sus lagos. —¿Cómo podría ser?—preguntó Kívor. —Comprenderlo no es ni será fácil. Nos llevará tiempo llegar a entenderlos—contestó Elkar. —¿Qué sabes de las criaturas Gunlards?—volvió a preguntar el Rey. —Son sustancias inversas a la Gesta de Summod, quienes han tomado formas en las tres dimensiones de nuestra Aeshi. Llegaron para servir a la tiranía—dijo Elkar. —Me cuesta creer que tenemos al enemigo en las fronteras. Me aterra la idea de enfrentarme cara a cara con estas calamidades—dijo Kívor. —Lo sé, mi Señor—agregó Elkar. —Ha habido ya muchas muertes. Nos hallamos caminando por el borde del abismo, al límite de una catastrófica guerra—reflexionó Kívor. Se sirvió una taza de té caliente mientras Elkar encendía su pipa y le daba varias pitadas. El humo se elevó por el aire formando contornos azulados y figuras que bailaban tenues sobre el salón. Los inquietos ojos del Rey miraban todo, la mesa, la taza, la ventana, Elkar, sus manos, varias veces suspirando y viéndose pensativo. —Creo que pronto llegarán a las puertas de las murallas de Lekiar. No sé por qué, pero tengo un mal presentimiento respecto a ello. Veo imágenes de guerra dentro de nuestros murallones y paredes de defensa. Hemos comenzado mal la resistencia. Muchos han perdido sus vidas en ésta primera lucha. Si el enemigo se multiplica como lo ha estado haciendo, tendremos su llegada en unos pocos días—aseguró Kívor. Elkar meneaba su cabeza pensando. Se puso de pié y se retiró por un instante. Kívor sacó luego su espada de acero y la depositó sobre la mesa, contemplándola, asimilando cada curva, cada chispa que brotaba de su filo, cada línea rígida y pulida. Pensó en la guerra y en las batallas que vendrán. Sobre el brillo del metal vio sangrientas visiones de fuego y muerte, de ejércitos caídos y seres voladores, de dolor y destrucción. Vio a Ishnar bajo cielos oscuros y moribundos esclavos rasgando negras paredes con uñas de desesperanza. Vio su reino demolido en decadencia, cercado por huestes de la abismal tiniebla y de la densa neblina. Había gritos y desesperación y eso lo hizo recuperarse nuevamente y volver en sí. Cuando finalizó, se halló a sí mismo confundido y aturdido por la realeza de las visiones. Parpadeó rápidamente y apoyó el puño cerrado de su mano derecha sobre su frente, dejando descansar su cabeza en él. Se despidió de Elkar y partió hacia el carruaje que aguardaba en la salida. De una orden, los caballos partieron. Cruzaban un largo trecho de camino envuelto en robustas y altas arboledas cuando la marcha aumentó su velocidad. Los caballos corrían más rápido y un bestial estruendo de taconazos despedazando el suelo resonó potente estremeciendo la ruta. El Rey meditaba en silencio mientras miraba por la ventanilla el pasar de los árboles verdes y amarillentos que iban quedando atrás en esa caravana peregrina a través del espeso monte. Veía vegetación de toda clase, claros descampados, y luego otra vez vegetación que merodeaba la zona. Asomaban los brillantes ojos de los ciervos perdidos en el bosquecillo, liebres y conejos escapando entre matorrales alejándose de la ruidosa caravana que machacaba el sendero como un pesado herrero de madera marcando los pasos. Pero algo ocurrió en la noche, porque mortales flechas llovieron desde el Este y Kívor vio a sus guardias pelear valientemente mientras que dos Gahlands defendían el carro desde arriba de sus corceles. Contra ellos habían cargado tres Guhmolds, quienes llevaban enormes espadas. Los dos guardias dieron muerte a los tres atacantes, pero un astillero de flechas llegó nuevamente y se llevó las vidas de ambos. El Rey lanzó un grito de ira, tomó su espada y salió carruaje cubierto de flechas clavadas en la madera. —¡Mi Rey, no salga! ¡Manténgase protegido!—gritó un Gahland. Pero Kívor dio un salto y mató de un certero golpe a un Guhmold que llegaba desde detrás, con el hacha en su mano y listo para ejecutar al guardia. Al tiempo todos los guardias fueron asesinados. Solo dos lograron escapar. Kívor fue capturado y desarmado. Dos soldados Guhmolds incendiaron el carruaje y otros tres apuntaron al Rey de Lender Uhr con lanzas que apoyaron en su espalda. El líder de ellos se acercó a Kívor para contemplarlo despaciosamente. Había sangre en la frente del Rey, en su atuendo y en sus manos. Habló en un extraño idioma con sus soldados. El rostro de Kívor mostraba ira y sus ojos llevaban la marca de su fruncido ceño. —¿Quiénes son ustedes? ¿Qué es lo que quieren?—preguntó, mas los Guhmolds no respondieron. —Soy Kívor, Rey de Lender Uhr—dijo el Rey, pero el silencio continuaba. —Un ejército de Gahlands debe estar en camino hacia aquí—agregó Kívor. Entonces, una opaca, gruesa y distante voz llegó desde un costado hablando en Gahland. La figura llevaba un atuendo con un casco negro de metal que cubría su cabeza. Su rostro no se veía, ni siquiera sus ojos, pues se perdían en la oscuridad que existía bajo su yelmo. Sus manos cubiertas de cuero negro tampoco podían verse. Los soldados se arrodillaron ante su presencia y Kívor sintió miedo cuando se aproximó. —Estaremos ya muy lejos para entonces—dijo. El Rey lo observó y notó que su estatura era casi la misma que la de él, pero no pudo avistar facción alguna. —¿Quién eres tú?—preguntó Kívor. —Nada dirá mi nombre, Rey de Lender Uhr—dijo. El Rey se sorprendió que hablase Werdia. —¿Por qué no te muestras?—preguntó nuevamente. —Nada mostrará mi rostro—respondió fríamente. Tenía en su pecho un colgante que Kívor no pudo reconocer. Levantó una mano y los soldados quitaron sus lanzas de la espalda del Rey, quien primero los miró y después volvió su vista a la figura, la que esbozó una respiración más profunda y penetrante, naciente del vacío de su faz. Los soldados a su lado parecían haberse petrificado. Sus ojos no brillaban. Atrás, el carruaje se incendiaba en mil hogueras y los cuerpos de los guardias titilaban junto al fuego. En la lejanía, el Rey creyó ver un personaje oculto en ropajes negros, que portaba una gran espada, semejante a una lanza. Pero luego desapareció en la espesura. Kívor volvió entonces su atención. Sintió que sus ojos lo observaban desde detrás del manto luctuoso que era su cavidad facial. Sintió un escalofrío que trepó su espalda y se alojó en su nuca, congelándola, a la vez que las ropas de la figura se movían con el viento que soplaba frío y constante. No llevaba ningun arma y aún así infundía miedo y precaución en Kívor. —Mire usted alrededor suyo—agregó la figura. —Todo su mundo está cambiando—dijo. Kívor no respondió. —Se puede sentir en sus huesos. Ustedes no pueden verlos, pero se hallan dando vueltas por aquí y por allá, por todas las partes de su mundo—agregó. —¿De que hablas?—cuestionó Kívor. Extendió sus brazos horizontalmente y le dio la espalda al Rey, mientras su cabeza rondaba las lejanías de los árboles hundidos en oscuridad, tragados por las fauces de la densa penumbra que se abrían como mandíbulas de frío. Luego se volvió al Rey. —No comprenderá siquiera una ínfima parte de lo que hemos traído—dijo observando fijamente a sus guerreros que no se movían de su abismo. —La concepción a la cual se refieren en Ishnar es sólo una imagen. No poseen ustedes el entendimiento, porque son ustedes parte éste complejo y no pueden salir de él—dijo el Akrath, quien luego enmudeció. Pero desde dentro de su cabeza brillaron dos ojos rojos que se manifestaron por un instante y luego se apagaron. En el mismo momento, el cielo entero cambió y fue invadido por nubes negras que corrían a altas velocidades. Kívor vio fuego e imágenes que no pudo dilucidar. De repente, el casco cayó sobre sus hombros y dejó mostrar un rostro craneal. Su boca se abrió y escupió visiones regadas por una luminiscencia que no parecía haber sido vista antes por el Rey. Una extrema ráfaga de viento sopló hasta que se convirtió en tempestad. Cuando la vestimenta se abrió, otra ráfaga de luz incandescente cegó los ojos del Rey. El campo había cambiado totalmente. No era el mismo de antes. Los relámpagos en el cielo surgían de todas partes, pero el firmamento se hallaba mucho más alejado de lo normal. La atmósfera se había tornado enteramente roja y los colores habían desaparecido en grises y negros. Kívor abrió sus ojos y se encontró frente a un abismo desde el cual llegaban voces que lo aterraron. Se dio vuelta y se halló en un desierto rojo y arenas negras. Cuando agachó su cabeza, vio que estaba de pie sobre un sendero que conducía hacia una alta colina cuya cumbre no podía verse. Un relámpago estalló. Sombrías y lóbregas figuras se menearon en la lejanía. Otro se desintegró en los altos aires y sombras se movieron a los costados. Entonces, el pánico lo invadió y corrió hasta trepar la colina. El viento comenzó a silbar en sus oídos, y todo lo que vio fue oscuridad y un lugar enrojecido. Cuando llegó a la cima de la colina, se detuvo y se sorprendió con lo que halló. Una fortaleza de piedra que se elevaba entre las nubes rojas y negras, empotrada sobre un manto de niebla blanca que hedía. Su corazón palpitó en un interminable laberinto de golpes que martillaron su pecho. Aquél cuadro de agreste horror sólo incrementó su confusión. El frío penetraba como un cuchillo que no se veía y cavaba huecos en su cuerpo como la más puntiaguda lanza de acero. Llantos de animales sonaron en la soledad y llegaron desde las hondonadas y fosos escondidos entre mesetas pequeñas y colinas cubiertas por extraños vapores. Había luces sobre la fortaleza que se desprendían desde sus ventanas en la altura. Parte de la silueta de la construcción se perdía en la tiniebla y sólo era posible ver lo que era iluminado por una claridad rojiza que aparecía desde el cielo y bañaba toda la tierra. Parecía que la corona de Lender Uhr era apenas una débil somnolencia en su mente y un vago recuerdo que vagabundeaba en su cabeza. Por el momento, no tuvo pasado ni recuerdos. Ruidosos, los truenos rugían en lo alto. Sin embargo, las nubes negras y rojas se movían más rápido de lo que se podía haber esperado, cruzando todo el vasto firmamento e iluminando de sangre los campos áridos. Kívor tomó aire pero se sentía pesado al respirarlo y enrarecido. El inhalarlo de golpe le produjo mareos y hasta sintió náuseas. Comenzó a caminar muy despacio. Pensó que tal vez podría recibir ayuda detrás de los paredones, o por lo menos información acerca del lugar en donde se hallaba. Así, marcó un paso tras otro en una marcha lenta. Sus ojos se le salían de sus cavidades escudriñando los alrededores. Los relámpagos trajeron nuevamente consigo las visiones de las criaturas que se mostraban con cada estruendo de luz. Kívor intentó serenarse y tras avanzar con pasos muy lentos la imponente fachada surgía ante él como una mole de sombras. Tenía un puente levadizo y un foso que cruzaba los lados. Kívor llegó a él y observó hacia abajo, sólo la oscuridad se mostró ante él. El hedor se hizo más intenso. Entonces, cruzó el puente. Algunos cuervos salieron desde los altos rincones de la edificación y volaron en círculos sobre Kívor, pero las aves se marcharon hundiéndose en la noche. El Rey llegó así a la puerta principal, en donde existían antorchas que despedían fuego y se quemaban colgadas al paredón. Sobre el portal había símbolos. Sobre las paredes descansaban efigies que sostenían extrañas formas y objetos tallados. Eran rostros con alas de roca en cuyos ojos había dos piedras encendidas de una extraña forma. Sus bocas estaban abiertas y grandes colmillos asomaban desde sus encías. Una de las esculturas tenía sobre su hombro un cuervo posado misteriosamente y, petrificado, contempló al Rey, quien miraba hacia arriba y no movía su cuerpo. Pero el frío tallaba heridas profundas en él. Extraños ruidos llegaron desde lejos. Kívor sólo observaba hacia lo alto de la construcción y no pudo distinguir donde terminaba. Arriba, las cúpulas y los relieves se apoyaban sobre el fondo de nubes que se arremolinaban en lo alto. Giraban en círculos, cerrándose en espiral, moviéndose continuamente y cambiando constantemente de posición. El cuervo en lo alto de la cornisa de piedra resquebrajada tomó vuelo y se zambulló en el negro mar que ondeaba en olas de misterio por los aires. Kívor se sobresaltó al oír el aleteo del ave. Unas plumas negras se dejaron caer hacia el suelo siseando en el aire y zigzagueando en danzantes vaivenes, llegando a la mano abierta del Rey, donde se alojó. Sus ojos abiertos acompañaron la caída. Entonces, el Rey cerró su mano y guardó las plumas en el bolsillo derecho de su chaqueta. Frente a las puertas de madera y hierro, Kívor tomó el aro de metal y lo golpeó tres veces. Los golpes sonaron vacíos y secos y se mezclaron luego con el silencio que siguió. La mitad derecha de la puerta se movió con los toques y una parte de ella crujió torvamente. Pero nadie atendió al llamado y el Rey miró entonces a ambos lados nuevamente y la llamada se hizo ésta vez más poderosa. Kívor miró hacia un costado y vio que un camino paralelo al cordón se hallaba sobre el lado derecho al portal y se internaba en un túnel de árboles, bordeando la pared externa. Sin pensar nada ingresó en él. El sendero comunicaba a la vuelta de la esquina con una escalera que bajaba, entre la pared y los árboles. La escalera se hundía en una especie de bóveda. Existía una pequeña cavidad que hacía las veces de techo de la escalera y arriba había luces que salían por las aberturas de la roca. El Rey llegó al comienzo de la escalera tras pisar hojas secas y crujir de ramillas quebradas que alfombraban los adoquines del suelo. Bajó los pocos escalones y se internó en la oscuridad. Aún así, había alguna claridad que le permitía ver que existía allí una puerta también de madera y metal. Tiró de ella y no pudo abrirla. Luego trató de forzarla pero tampoco pudo. Entonces subió nuevamente y buscó un gran fuste o algún tronco caído. Cuando lo halló, descendió nuevamente y lo apoyó en un agujero que había entre la puerta y el suelo. Así, forcejeó fuertemente hasta que la puerta cedió y se abrió entre un rechinar de metal y polvaredas de tierra que volaron en el aire. Los rayos internos le fueron dando en el rostro, iluminándolo por partes. Venían desde dentro de la fortaleza, desde lámparas de aceite colgadas de las paredes. Cuando Kívor dejó entrar la brisa exterior, las llamas flamearon y dibujaron sombras sobre los muros internos, sombras que se movían y desaparecían, que se alargaban y se contraían, que llegaban y se iban. El resplandor de las antorchas no era posible verse desde afuera y sólo unos tenues hilos de luz se escapaban por la abertura de debajo de la puerta y Kívor no los vio. Se adentró en el largo y vacío corredor. Se sentía alerta a lo que pudiera encontrar dentro del lugar. Caminó despacio y sólo vio otra puerta al final, pues no había otro desvío o bifurcación. Sus lentos pasos trajeron consigo los ecos de sus taconeos que llegaban desde los rincones húmedos y polvorientos. En todo el tramo hasta la puerta, el Rey vio ratas que bordearon la pared y enormes arañas posadas en sus telares sobre los ángulos superiores del techo. Vio su propia imagen reflejada en los muros en forma de sombras que se agrandaban y se achicaban mientras se acercaba o se alejaba de la luz. Entonces llegó a la otra puerta. Esta no era de madera, pero sí estaba construida en rejas gruesas y fileteadas que dejaban ver a través de ellas. Atrás, otro pasillo se dividía en dos, uno que se encaminaba hacia la derecha y otro que se derivaba hacia la izquierda. Kívor supo que la cerradura no se encontraba porque había sido arrancada, pues lo supo por los retorcidos hierros que en ella se encontraban. Empujó y pasó a los pasillos. A ambos lados, escaleras subían y se mostraban entre las penumbras, en caracoles de roca sólida. El Rey optó por el izquierdo y subió los peldaños. La escalinata recorría varios pisos y sólo se quedó en el primero. Vio que por el otro lado también se llegaba al mismo piso. Frente a él, tres armaduras de distintos tamaños se apoyaban contra la pared. En las aperturas de sus cascos metálicos no había más que vacío y poseían una espada la más pequeña, una lanza la mediana y un hacha de doble filo la más grande. Tenían posturas amenazantes y belicosas. La más grande poseía un color cobrizo que resaltaba en su forma pulida y trabajada, mientras que la más chica tenía un color bronce dorado y la mediana era totalmente plateada. Las tres poseían relieves y salientes, guarniciones, cadenas y mallas de acero brillantes. Entre las estatuas de metal se encontraba una tercera puerta, enorme y maciza, que se hallaba abierta. Tras ellas, el Rey notó que la portezuela se hallaba frente a él y hacia ella fue. Una habitación contigua apareció tras ella. Con la cabeza aún observando las armaduras ingresó de lleno. En la fría sala sólo vio muebles muy viejos y armas colgadas de las tapias, libros y arañas que descansaban en los techos. Pero lo que más le llamó la atención fue el enorme caldero encendido que había en el centro de la habitación, un gran recipiente de metal color negro apoyado sobre enormes soportes, bajo el cual el fuego ardía y crepitaba salvajemente. Atrás, una chimenea estaba prendida y echaba humo. Kívor caminó lentamente observando hacia todos lados. Dentro del caldero se oían burbujas y el explotar del aceite hirviente que se deshacía en turbulentos humos de color ámbar y azul. Se arrimó entonces a la gran caldera que hervía en espesos y cenagosos líquidos y vio que el compuesto cambiaba de color en su interior. Una espada estaba guardaba en un soporte de la pared y la tomó con ambas manos. No era grande, pero le resultó cómoda y liviana. Pensó que lo protegería de lo que pudiera llegar a ocurrir. Cuando los grandes ojos se perdieron en el filo, alguien se acercó despacio desde atrás. El Rey sintió la punta cortante en su espalda como una herida casi latente. Se quedó paralizado e inmóvil. Su espada cayó al piso emitiendo un sonido a metal contra piedra y enseguida levantó los brazos y abrió la boca. No pudo ver quien se hallaba detrás de él. —No era mi intención ingresar en su morada—dijo asustado. —Tampoco ésta es mi espada—agregó. —Sé quien es usted—contestó la voz. —¿Lo sabe?—preguntó Kívor. —Usted es un ladrón—dijo nuevamente. —No—dijo Kívor, cuando ambos callaron. El Rey temblaba sintiendo aquella punta en su espalda. —No sé como he llegado a éste sitio—dijo el Rey. —Sé muy bien lo que trama. Robarme mis trabajos. —¿Trabajos? No. Me he extraviado en éstas tierras. Todo lo que deseo es volver a mi sitio, mi hogar. Es la verdad. —¿Por qué no ha golpeado la puerta entonces? —Existen ruidos de animales en el exterior y he visto figuras extrañas entre las sombras. Cuando llegué a su puerta, toqué dos veces, pero nadie había atendido. —¿Cómo ingresó aquí? —Me encaminé hacia un pasillo del costado, el que me llevó a una puerta que bajaba. —Sólo quise hallar a alguien que me dijera donde estoy—dijo el Rey. —¿Por qué no ha esperado usted más tiempo en la puerta? Yo le hubiera abierto. —Comprendo. De repente, me hallé en éste sitio y no tuve opción. Las sombras y las criaturas de allí afuera realmente me han asustado—agregó. —¿Qué es lo que ocurre aquí? Me hallaba en mi nación. Todo lo que recuerdo es eso. Ahora heme aquí, confuso y perdido, apuntado y amenazado por el arma de un desconocido en un lugar desconocido—dijo Kívor. —Creo que hasta ahora todo lo que usted ha hecho es tratar de engañarme—dijo el desconocido. —¿Es acaso normal que lo encuentre dentro de mi propiedad revisando mis trabajos? —Ya le he explicado. —¿Y qué es lo que estaba usted haciendo con mi espada? —Sólo observaba, como antes le he dicho. —Se aprovechan de mi ausencia en las demás salas e ingresan a robarme. Ya sé lo que ustedes hacen. Sí. Es eso. Un ladrón. —No soy ladrón. Me hallo perdido y no sé dónde estoy. —¿De dónde viene?—preguntó el ser. —De Lender Uhr—respondió Kívor. Un desentendimiento dominó al Rey, porque la punta amenazante no se hallaba más en su espalda, pues se había retirado ya y nada dijo quien la utilizaba para apuntar. — Soy Rey de Lender Uhr. Mi nombre es Kívor—agregó el Rey. —¿Kívor?—preguntó con tono preocupado. En ese momento, alguien gritó desde lejos. —¡Ya es suficiente, Akelanor! ¡Esperaba ésta visita!—ordenó. Kívor bajó los brazos, pues ya no sentía el filo en él. Mirando hacia todos lados giró su cuerpo. Vio a un Ahlin con una daga en la mano. —Su Majestad—dijo el Ahlin, quien agachó la mirada al piso y, arrojando su arma al piso, retrocedió sin hablar. —¿Me conoces? ¿Quién eres tú? El Ahlin levantó los ojos y se mostraron tan verde como los mares. Su expresión era juvenil, aunque representaba al mismo tiempo el paso del tiempo fundido en sus arrugas. —Akelanor—respondió el ser de la lejanía. —Akelanor—agregó el Ahlin, avergonzado y afligido. —Soy yo quien se debe disculpar. Soy yo quien debe hacerlo—dijo Kívor. —¿Tú?—preguntó el extraño. —Yo—agregó Kívor buscándolo. Akelanor se dio vuelta y se dirigió hacia un costado donde las candelas recortaban su silueta holgada y pequeña. —Por largo tiempo hemos sabido de su venida. Pero no nos imaginábamos que ésta fuera tan pronta —dijo Akelanor. El Rey no comprendió. —Su Majestad de Lender Uhr. Debe usted conocer a Meild, amo y señor de éste sitio—dijo Akelanor. Meild se mostró con su reluciente traje blanco y su largo cabello rubio. Sus orejas eran puntiagudas y su cinturón era plateado. —Bienvenido, Rey de Lender Uhr—dijo Meild. Kívor siguió sin entender. —¿Qué es lo que hago aquí?—preguntó. —¿Qué tierra es ésta?—agregó. Akelanor dejó de observarlo y se frotó la barbilla con sus pequeños dedos. Sus dientes se salieron de su boca y su nariz puntiaguda se movió graciosamente. Dejó ver después una muestra de seriedad. Luego se fue, dejando solo a Meild. —Me temo que eso no puedo decírselo, Rey de los Gahlands. Solo sepa esto. Yo lo he traído. Yo lo he salvado de ser muerto por un Akrath—dijo Meild. Pasaron luego a otra habitación aún más grande, atravesando la puerta, donde se encontraron con una gran recámara repleta de vidriados de cristal y arañas en el techo, más candelabros y más muebles. La sala tenía otro hogar que ardía en un rincón, junto a dos grandes sillones rojos con hilos tejidos en dorado a su lado. Bajo ellos, una alfombra se extendía sobre el suelo. Meild y Kívor se sentaron sobre los sillones. El fuego ardía al calor de los leños. —Deseo expresar mis disculpas por la confusión de Akelanor y sus infundios hacia su persona. No ha querido ser impertinente de su parte. Últimamente, algunos seres han ingresado seguidamente a éste, mi hogar, y he tenido que usar mis armas para con ellos. Esta tierra no es lo que solía ser, el páramo de belleza que ha sido. — Ahora soy yo quien se disculpa por penetrar sin permiso alguno—dijo el Rey. —No. Yo te he invitado a ésta morada, aunque hubiese querido que sea de otra manera. —Dime, Meild ¿qué es todo esto que está pasando?—preguntó Kívor mirando la llama de la vela. —Todo es confuso para mí. Solo rondan mi cabeza aquellos momentos vividos como meros recuerdos sin sentido, como si allí se hallaran, pero alejados de mí. Toda mi vida se ha tornado en estos instantes en los que he llegado a éste sitio, como el despertar de un largo sueño—expuso. —De pronto, heme aquí. Pero siento muy dentro de mí que esos momentos han sido reales—agregó Kívor. —Y así es—agregó Meild. —Dígame qué es lo que hay en su mente. —Un camino. Un carruaje. Yo sentado en él. En el camino no existen casas, sólo árboles y animales—expresó Kívor mirando el techo. Movía sus manos en el aire y hacía gestos que describían la historia que relataba. —Hemos sido atacados. Eran varios y yo me he defiendo como me ha sido posible. Mas los atacantes eran muchos. —¿Recuerda los rostros?—preguntó Meild. —No de los que nos abordaron. Recuerdo una presencia que se acercó luego hacia mí. No tenía rostro. Vestía un atuendo que lo cubría enteramente. Recuerdo a otro que miraba desde lejos, pero que pronto desapareció—dijo Kívor. —¿No tenía rostro el primero?—preguntó Meild nuevamente. —No. Había un vacío en su cara. —¿Ha hablado con él? ¿Ha hablado él con usted? —No lo recuerdo. —¿Tiene otra memoria de ellos o de él? —Después de un tiempo vi el carruaje totalmente incendiado. —¿Qué ha pasado con los que iban con usted? —No lo sé. No los vi más después de la depredación. Luego fue como un puente mental. Hubo una ausencia de memorias que me hizo despertar aquí. —Creo que ahora me es todo algo más claro—dijo Meild. —Un Akrath ha ido por usted. Se escabullen de noche por los cielos sin ser vistos. Como el humo o el viento, viajan sin ser notados. Llevan soldados con ellos. Sus guerreros han penetrado ya su tierra, escondiéndose en la espesura de los campos, llevando información. Ellos lo querían a usted. El Akrath ha sido enviado a cumplir una misión—dijo Meild. —Furd los ha enviado. Los Akraths se manifiestan de diferentes formas. Lo que se vea de él depende de quien lo observe. Y será en quien lo observe que se producirán cambios y reacciones en su interior. He allí su cometido. Ellos crean cambios internos. Siembre son temor y miedo. —Entonces, creo que se ha arraigado en mí de una forma muy fuerte. —Siendo así, ha cumplido su cometido. El trabajo se ha completado y ha surtido efecto en usted. Pero mi intervención ha sido justa. Solo un momento más y usted habría desaparecido—dijo Meild. Los dos se habían quedado mudos, pensando, meditantes, hundiéndose en sus mentes. —¿Cómo he llegado aquí? ¿Cómo me has traído aquí, Meild?—preguntó Kívor. Meild meditó. —Todo aquí es distinto al lugar de donde usted proviene. Incluso es distinto al lugar que era. Solía ser otro sitio éste. Aquí han nacido árboles, han crecido las aguas y han encendido llamas de sabiduría. Sí. Ha habido cosas grandes en éstas tierras—agregó Meild pensando. —Ahora Furd ha ganado terreno. Esas imágenes y esos sonidos que ha usted oído afuera son sus signos y sus rastros—dijo Meild. —¿Está usted listo a oír lo que debo decirle?—preguntó lanzando un suspiro. El Rey afirmó con un vaivén de cabeza. —Ha sido usted arrastrado a la fuerza hacia éste sitio. Los Akraths abren pórticos y secuestran a aquellos a quienes se les ha ordenado raptar. Usted ha sido liberado de ser prisionero de Furd. Yo lo he traído a éste lugar. —¿Cómo es posible?—preguntó Kívor. —A través de las Aeshis, acerca de las cuales supongo que ya habrá oído. Por lo que antes le he dicho, existen cosas que no conoce. Este sitio es uno de ellos. Yo he logrado abrir pórticos. Por uno de ellos usted ha llegado aquí—agregó Meild. —Pues he quedado a la deriva en un laberinto—dijo Kívor. Meild calló. —Summod es enorme y complejo. Somos insignificantes ante él, aún siendo parte. Lo que pensemos quedará atado a una limitada restricción mortal. Tal vez los Simientes que mueven los hilos jamás querrán que lo sepamos—dijo Meild. Sus ojos estaban perdidos. Se puso de pié y comenzó a caminar en círculos. Kívor lo seguía con la vista. Meild se había sumido en sus pensamientos. Su mente se escapó, vagando por otros razonamientos. El trato que Summod había hecho con él fue un mar de interrogantes para Kívor, quien levantó la vista y vio entonces a Akelanor. Lo vio sentado, aún meditando. Meild se había ido. Ambos no hablaron, sólo respiraron lentamente. —Debe usted saber que los Ahlins han desaparecido de Ishnar—dijo Akelanor. —No, creo que no lo sé. Por los menos, no lo recuerdo—contestó Kívor. Akelanor se puso de pie. —Debo retirarme. Vendré luego. Descanse y lea lo que usted desee, Su Majestad de Lender Uhr. En un momento estaré aquí nuevamente—agregó. En el corredor anexo, Akelanor se detuvo en su caminar y se dio vuelta para mirar al Rey. —Sólo le diré una cosa. Aunque no lo recuerde usted, o no lo sepa quizás, los Ahlins están aquí. Su papel en ésta historia volverá a jugarse. Meild vio oscuridad y dolor. Pero también vio una luz de esperanza. Habló algo de un Descendiente. Quizás Meild tiene planeado algo para usted. El lo salvó del Akrath. Sé que usted regresará. Y también los Ahlins. Ya pronto lo sabrá—dijo. Kívor quedó solo en la enorme sala, aún observando al corredor. Sorprendido, intentó comprender lo que le había dicho.
© 2009 Max Kahl. Reproducido con la autorización del Grupo AJEC.
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Las Eras Doradas y las Eras Sabias habían llegado a su fin para dar comienzo a la Era del Elwendur