La Estrella Oscura: Crónica de Nerdhos AJEC Imprimir E-mail
Escrito por Leonardo Ropero   

Detalle de portada: La estrella oscura Una antigua leyenda profetiza la conquista y destrucción de Nerdhos.

 

AVANCE EDITORIAL Grupo AJEC

Novela finalista del Premio Minotauro

 

SINOPSIS
En la península de Nerdhos, cuatro reinos mantienen un delicado equilibrio de poder. Albhanta, último vestigio de un otrora glorioso imperio, que dominó antaño toda la región y los mares que la circundan. Edarian, una joven y prometedora potencia, aliada tradicional de Albhanta y famosa por su eficaz caballería pesada. Detra, comandada por el Príncipe Nedgar, un hombre ambicioso y sin escrúpulos que ansía adueñarse de los reinos vecinos, creando un nuevo imperio controlado por su inmenso ejército. Y las enigmáticas encomiendas de los Caballeros de Nerdhos, formadas por místicos guerreros cuya única razón de existir es el combate. No conocen el miedo; jamás se retiran del campo y su valentía es legendaria. Pero en el sur de la península comienzan a suceder extraños acontecimientos. Nada proviene del Estrecho de Darnar, y quien allí va, jamás regresa. Casi nadie recuerda una antigua leyenda que profetiza la conquista y destrucción de Nerdhos. Ni siquiera Larten, un caballero de Edarian que recibe un extraño regalo, y que tendrá, sin saberlo, el destino de Nerdhos en sus manos. La guerra se desencadena. Ahora no se luchará por el poder o la gloria: se combatirá por la supervivencia.

Ficha Técnica:
Título: La Estrella Oscura: Crónica de Nerdhos
Autor: Leonardo Ropero
Colección: Excalibur Fantástica
Encuardernación: Cosida Con Solapas
Formato: 22x15 Cm
Páginas: 386
Precio: 17,95 Euros
ISBN: 978-84-96013-74-2
Portada: Estudio AJEC
Género: Fantasía Épica
   

LA ESTRELLA OSCURA: CRÓNICA DE NERDHOS
   

por Leonardo Ropero

   
    CAPÍTULO I. EL VELAR DE UN REY

   
     Una de las mayores virtudes del buen general es saber convertir lo imposible en posible. Cualquiera puede ganar un combate cuando es superior a su enemigo. Lo difícil es vencer cuando se está en desventaja. Es entonces cuando se manifiesta la excelencia de un general.
   

    Tratado de las Estrategias, “Del Buen General”.

   
   
    Cayo Tesseloribaro no podía dormir esa noche. No había motivo aparente; tanto las tareas palatinas como los asuntos del reino parecían discurrir normalmente. Por la ventana de su aposento podía observar la plácida noche sobre la bahía de Albhanta. La luna reflejaba su luz sobre las aguas del océano, que arrancaba destellos en las olas. Oía murmullos lejanos provenientes de la Ciudadela, sin duda procedentes del cambio de guardia. Su esposa Claudia, la Reina, dormía plácidamente. Pero en su interior, Cayo sabía que algo iba mal. Quién sabe, quizás ese sexto sentido que su general Erobio aseguraba le era innato le avisaba de algún peligro. De ser así, graves acontecimientos se auguraban, ya que nunca había tenido un presentimiento tan fuerte. Pero ignoraba el motivo de su desconcierto.
    Los reinos vecinos de Edarian, Nerdhos y Detra se mostraban pacíficos en los últimos meses. Algunas disputas entre nobles, algunas escaramuzas con los levantiscos pueblos de las montañas, aún impermeables a la civilización, pero nada más.
    Cayo desistió de volver al lecho. Abrió cuidadosamente la puerta del aposento para no despertar a Claudia y decidió ir a ver a Erobio. Hombre de armas acostumbrado a la guerra, seguramente estaría despierto, enfrascado en el estudio de la Poliorcética, o ensimismado en el Tratado de las Estrategias, códice que, podría asegurar, quería como su más preciado tesoro.

 

Detalle de portada La estrella oscura

 

    Hacía dieciocho años que lo conocía. Había accedido al rango de General el mismo día que su padre, Asterio, murió luchando en una emboscada de los norteños. Por aclamación, sus tropas le nombraron Jefe, y él accedió, a pesar de contar con tan sólo veinte años. A Cayo no le disgustó; presentaba indudables dotes de mando, grandes conocimientos del arte de la guerra, sin duda aprendidos de su padre, y no estaba viciado con la fogosidad de la juventud. Era calculador y le gustaba estudiar cuidadosamente sus movimientos. Pero era también implacable en el combate. Sus hombres sencillamente le adoraban, lo que aunado a su inteligencia podía hacerle peligroso como rival político; por suerte él no estaba en absoluto interesado por el poder: había nacido para la milicia. Desde luego, no podía imaginárselo sentado en las Cortes; esa sola idea le hacía sonreír. Seguro que al cabo de unos instantes habría hecho callar de malas maneras a alguno de los nobles, en su mayoría ricos y orondos, cansado de su palabrería interminable.
    Llamó suavemente a la puerta del aposento de Erobio. Aunque era el Rey y podía permitirse sin duda ahorrarse ciertos formalismos, no le pareció correcto irrumpir en la habitación de un soldado, que además era su amigo, a esas horas de la noche. Del interior de la habitación una voz firme respondió.
    —¿Quién va?
    —Soy el Rey, mi viejo amigo. ¿Permites pasar a un hombre insomne?
    Erobio abrió la puerta. Sobre su mesa, a la luz de las velas, Cayo pudo ver el Tratado de las Estrategias abierto. No podía ser de otra manera, pensó.
    — Teniendo en cuenta la hora que es, y puesto que no venís acompañado de alguna hermosa dama, lo que sería un buen regalo para un pobre soldado como yo, intuyo que tenéis preocupaciones. Quizás mayores de lo que el intelecto de un soldado que nada sabe de política puede entender.
    — Mi buen Erobio, todo va bien. No se trata de ningún problema en concreto. No puedo dormir, es cierto, pero el motivo es que vuelvo a tener otra vez esa extraña inquietud.
    Erobio arqueó las cejas. Sin decir nada, se acercó al arca que tenía siempre sobre su mesa, y extrajo de ella un pequeño frasco de aguardiente y dos copas de cristal de roca. Esa sensación... la última vez que le oyó pronunciar esas palabras fue en la batalla del Valle de Linta. Aquel día, al ver la expresión de su cara, ordenó detenerse en seco a la caballería ligera, a la que había ordenado envolver a su enemigo por el flanco derecho; desplegó a los arqueros y envió exploradores en avanzadilla. Éstos descubrieron que el paso por donde había de atacar la caballería estaba erizado de trampas, tan bien disimuladas que habían pasado desapercibidas en el reconocimiento previo del terreno. Sus jinetes habrían tenido que parar la carga, y sin la ventaja de la movilidad, habrían sido presa fácil para la infantería del enemigo. Nunca se perdonó el no haber sido capaz de descubrir la celada con más antelación y haber estado a punto de enviar al matadero a su caballería. Desde entonces creía ciertamente que el rey Cayo tenía una suerte de sexto sentido que le advertía del peligro, para su ventura.
    — Mi Rey, tras haber vivido la batalla del Valle de Linta junto a vos, cada vez que os oigo decir esas palabras siento deseos de correr hacia mi espada. Sentémonos, y si así lo deseáis, hacedme partícipe de vuestras preocupaciones. Aunque ahora no tengo caballería con la que maniobrar en esta habitación...
    — No seas modesto, Erobio. El que salvó la situación en Linta fuiste tú, al descubrir aquellos pozos y zanjas tan hábilmente ocultos. De hecho, aún hoy en día el General Braegos debe estar todavía preguntándose cómo pudiste encontrarlas. Y lamentando los destrozos que le causaste con la infantería pesada y los arqueros. No fue, al final, un buen día para él. Pero siento venir a preocuparte. Simplemente no podía dormir, con esa sensación de vacío a la espalda que conoces.
    —¿Se agravan las intrigas de vuestros opositores? ¿Las cosechas? ¿Problemas con los mercaderes? Porque dudo que la Reina Claudia o vuestra hija Edera os causen trastornos; ningún hombre puede ser más afortunado que vos en este aspecto.
    Erobio sonrió al pensar en Edera. Una deliciosa joven de lisos cabellos rubios, piel tan blanca como las nieves del invierno y una sonrisa más terrible que el dardo de una ballesta. El mar envidiaba sin duda el color verde de sus ojos, y al caminar bien parecía que hasta el viento se hacía a un lado para no molestarla. Pero también había heredado el sentido político de sus padres, y su inteligencia la convertiría, sin duda, en una excelente reina. De hecho, entendía perfectamente el motivo por el que su hijo Alejandro se azoraba tanto en su presencia. Resultaba curioso, teniendo en cuenta que a sus diecinueve años le había visto galopar hacia el enemigo en orden de combate con la misma alegría que demuestran los jóvenes en las fiestas del solsticio de invierno.
    — Por ahora mis opositores siguen con su línea habitual: Molestos pero todavía inofensivos. De hecho, muchos de ellos están tan preocupados por engordar y enriquecerse que no debe quedarles demasiado tiempo para conspirar. Por otro lado, como bien dices, pocas preocupaciones me da Edera, que tiene una madurez poco común a los diecisiete años. Quizás debería empezar a preocuparse un poco por el futuro y comenzar a pensar que la futura Reina de Albhanta debería tener a su lado a un Rey.
    — No se deben adelantar los acontecimientos; dejad que la naturaleza siga su curso. Vuestra hija acertará con la elección que haga, cuando la haga, ya que es una mujer inteligente y sensata, a la par que hermosa. Me preocupa más conseguir evitar que mi hijo Alejandro se caiga del caballo cada vez que pasa junto a su lado.
    —¡Ja ja, Erobio! ¿Y cómo eras tú a su edad? ¡Seguro que eras tan temible con las damas como con el enemigo, sino más aún!
    — Mi señor, jamás habría osado mirar siquiera a una Princesa de Albhanta a los ojos.
    — Erobio, no te azores; sabes que podemos hablar con franqueza de cualquier cosa. Hemos masticado el mismo polvo, y esquivado las mismas flechas, que no distinguen entre reyes y soldados. Y tienes razón, dejemos que la naturaleza haga su trabajo. Nada podremos hacer por evitarlo, por otro lado, ni con todo nuestro ejército. Pero sigo sin poder explicarte el motivo de mi preocupación, y estoy impidiéndote descansar. Cosa que deberías hacer; los Cuatro Movimientos no van a escaparse del Tratado de las Estrategias mientras duermes.
    — Sabéis que duermo poco, mi Rey, así que no os preocupéis. Y los Cuatro Movimientos no conseguirían nada escapándose del Códice, ya que lo atesoro completo en mi cabeza. Pero esperad un momento.
    Erobio se acercó al arcón que tenía a los pies de su cama. De él extrajo un objeto envuelto en terciopelo morado, y se lo entregó a Cayo.
    — Mi Rey, ésta es la daga que portaba mi padre el día que cayó en la emboscada del Paso de Runtas. La he conservado todos estos años como uno de mis objetos más sagrados. Os ruego que la guardéis junto a vos, ya que si es humano el objeto de vuestros desvelos, me sentiré más tranquilo si podéis defenderos.
    — Gracias, Erobio; guardaré este presente como merece, y te agradezco de corazón el honor que me haces al entregármelo. Gracias también por tu compañía.
    Erobio acompañó al Rey hasta sus aposentos, e inspeccionó a la guardia. Mientras volvía a sus habitaciones, pensó que esa noche él tampoco podría dormir.
    

 

CAPÍTULO II. HACIA EL CASTILLO DE DOR’ON
   
 
Detalle de portara Estrella Ocura   El sonido de los cascos de los caballos resonaba con fuerza en el Valle de Mardiis. A ello contribuía el empedrado que aún permanecía en bastante buen estado, trazando la Vía del Sur, recuerdo de tiempos lejanos en los que, sin duda, los hombres construían admirablemente.
    Larten estaba encantado con el viaje. La Vía, en ese punto, le gustaba particularmente. No tenía un motivo concreto para ello; el paisaje de la zona era bastante agreste, como corresponde a un paraje montañoso. La vegetación, principalmente arbustos y pequeños árboles, pugnaba por abrirse paso a los lados de la senda. Ésta, que iba rodeando suavemente el monte Corecius, se abría poco antes de su cima en una amplia explanada, el Valle Alto. Yerma durante el verano debido al intenso sol que la abrasaba, marcada por las cicatrices de los rayos que durante las frecuentes tormentas caían en el terreno, y completamente cubierta de nieve durante el invierno, que la hacía especialmente peligrosa en los meses más duros debido al acecho de los lobos y a las intensas nieblas. Ahora la única compañía animal era la de los molestos tábanos, que preludiaban la presencia del ganado que vagaba plácidamente cerca del manantial en el que solían detenerse a descansar. Muy cerca de él se abría la entrada de una pequeña cueva, que los campesinos aseguraban era la morada de las ninfas de la fuente, y que proporcionaba el único lugar fresco y sombrío durante el verano. Con todo, resultaba un paraje bastante duro y poco agraciado, pero a Larten le gustaba igualmente. Su lugarteniente, Arteos, bromeaba diciendo que posiblemente Larten habría sido pastor en la zona en una vida anterior; que un rayo debió enviarle al Reino de las Sombras, por lo cual decidió hacerse soldado en la siguiente vida, y que no le había ido mal, ya que era un renombrado caballero al servicio del Rey de Edarian, conde por derecho de nacimiento, mientras que él, que aborrecía aquél paisaje, se había quedado en simple lugarteniente. A continuación se reía con grandes carcajadas, dándose palmadas en los muslos, lo que hacía balancearse el enorme hacha de combate que colgaba de la silla de su caballo, recuerdo de un afortunado combate contra los piratas, en la que su legítimo poseedor perdió algo más que su arma bajo el mandoble de Arteos.
    Más agradable que la frescura de la gruta resultaba la de Arteos para Larten. Se habían criado juntos, ya que su padre, el Conde Eon, acogió al buen Arteos y su madre como si de su propia familia se tratase; Arteos no tenía más de dos años entonces, y lamentaba por ello no poder recordar a su padre, portaestandarte del Rey, que nunca volvió del campo de batalla. Desde entonces eran como hermanos, y al llegar a la madurez, además de disputarse a las mismas doncellas y convertir las posadas en paisajes desolados, se protegían y cuidaban mutuamente. Arteos había jurado eterna lealtad al Rey y al Conde Eon, y velar por Larten, como pobre intento de devolver los favores que su familia le había brindado. De tez morena y barba cerrada, muy rasurada, con el cráneo rapado y casi dos metros de estatura, Arteos parecía más bien un descendiente de los Gigantes que un ser humano. Larten le provocaba en las posadas diciéndole que, posiblemente, su padre le encontró en el Este, durante una campaña, porque allí le había dejado abandonado algún Titán, cuando se percató de su falta de intelecto. Y si la cerveza había corrido lo suficiente, acto seguido se iniciaba una tremenda pelea, ya que siempre había algún pobre incauto que cometía la equivocación de reírse.
    Larten aún recordaba el último incidente, cuando con motivo de un viaje protocolario al reino de Albhanta, se habían detenido a descansar en una posada, muy cerca de la frontera con el Reino de Detra. La ruta del sur resultaba más larga, pero el camino era más cómodo, y evitaba además atravesar los territorios de los pueblos montañeses, que siempre resultaban peligrosos. Unos caballeros les observaban hostilmente desde una de las mesas; el águila dorada bordada en el hombro de sus mantos les delataba como soldados de Detra. Cuando la posadera sirvió dos frescas jarras de cerveza a Larten y Arteos, éste propinó una sonora palmada en su trasero, cuyos ecos se dispersaron entre las risitas de ésta, las carcajadas de Arteos y una voz proveniente de la mesa de los detranos.
    —Eh, animal, ¿En Edarian no os enseñan a respetar a las damas? ¿O acaso en lugar de hombres hoy tenemos aquí a unos salvajes?
    —Claro que nos enseñan a respetar a las damas, piojoso, —respondió Arteos—. De hecho yo las respeto mucho más desde que dejé encinta a tu madre, ¡viendo el lamentable resultado que produjo!
    La tormenta estaba desatada. Con un bramido, el detrano ofendido volcó su mesa acometiendo a Arteos, no se sabe si por haberle faltado al respeto a su madre o por haberle llamado piojoso. Arteos puso en pie su enorme mole, y frenó el envite de su oponente estampándole la jarra de cerveza en la cabeza, con lo que el soldado se derrumbó como un fardo a sus pies.
    —Debo una disculpa, ciertamente. ¡No pretendía ofender a los piojos! Porque pelean mejor que tú, hombrecillo; los edarianos deberemos portar jarras en lugar de espadas en adelante, por lo visto.
    Los compañeros del caído desenvainaron sus espadas, por que los acontecimientos comenzaron a tomar un cariz peligroso. El posadero gritaba en una esquina, y el resto de los clientes se apartaron rápidamente de lo que parecía iba a convertirse en un campo de batalla.
    —Fuimos ofendidos primeramente, y por mi parte estamos en paz; presento mis disculpas a la dama en nombre de mi amigo —dijo Larten—. En todo caso, si deseáis morir aquí, no veo inconveniente. Decidid.
    La hoja de la espada de Larten comenzó a relucir mientras se deslizaba fuera de su funda. La fría mirada de Larten, su evidente apariencia de ser un personaje principal, y, por tanto, muy probablemente un buen guerrero, terminó por apaciguar los ánimos de los restantes detranos, que recogieron a su compañero y se encaminaron hacia la puerta con fieras miradas hacia los dos amigos.
    — Esto no quedará así, podéis estar seguros —balbuceó el soldado derribado por Arteos. Volveremos a vernos.
    — Perfecto, pero por si ello no ocurriera, ¡dale recuerdos a tu madre de mi parte!
    Ya no cabía más negociación. Larten agarró a Arteos por el hombro y le obligó a salir por una ventana, ya que la puerta estaba cubierta. Mientras ellos saltaban sobre sus caballos, los soldados detranos gritaban como furias desatadas persiguiéndoles.
    Aquel encuentro provocó un incidente diplomático entre sus reinos, y poco faltó para que el Conde Eon les mandara azotar a los dos, debido a que las relaciones entre Edarian y Detra ya eran lo bastante difíciles, y a que el Conde tuvo que presentar todo género de excusas ante el embajador de Detra. También debió influir que, posiblemente, las carcajadas de los dos jóvenes debieron oírse desde la propia Detra.
   
    A causa de la rivalidad inmemorial que enfrentaba a Edarian con Detra, y que por ello había convertido a Albhanta en aliado natural de la primera, no se descuidaba la línea defensiva fronteriza, que tenía en el castillo de Dor’on el principal bastión de Edarian. Por esa razón, con cierta frecuencia el Rey Trenton ordenaba inspeccionar y revisar la fortaleza, honor que en este caso había recaído en el joven Larten. Por otro lado, al conde Eon no le disgustaba tener alejados a sus dos hijos un tiempo de la Corte, aunque ciertamente le preocupaba la proximidad del reino de Detra, y las posibles escaramuzas. Al fin y al cabo, una emboscada tendida a soldados de Edarian siempre podía ser ocultada convirtiéndola en un simple ataque de bandidos. No sería la primera vez que ocurría.
   
    Al llegar al manantial, detuvieron los caballos y descabalgaron. Larten hizo una señal a la escolta, para que desmontasen igualmente y descansaran. Llevaron a sus monturas a abrevar; también tenían derecho a reponerse de los últimos retazos del estío. Como siempre hacían, Larten y Arteos se encaminaron a la entrada de la gruta mientras sus hombres se preparaban para pernoctar.
    De la entrada de la cueva surgía un viento fresco y reconfortante, que se convertía en auténtico frío si uno se adentraba en ella. Era evidente que el agua corría por su interior. Los pastores de la zona aseguraban que la cueva continuaba bajo tierra hasta el río, situado a cierta distancia valle abajo.
    —Larten, visitar el castillo de Dor’on ¿se debe simplemente a pura rutina, o tenemos problemas con Detra?
    —La verdad es que nuestros belicosos vecinos se han mostrado en los últimos tiempos muy tranquilos. Demasiado. No hay ningún motivo para desconfiar, en principio, pero una serpiente resulta tan peligrosa cuando duerme como cuando amenaza morderte. El rey es un hombre precavido, y no quiere correr riesgos innecesarios. Perder la fortaleza de Dor’on sería siempre una gran desgracia, ya que cortaría a Edarian el acceso al reino de Albhanta por el sur, y constituiría una avanzada muy peligrosa para futuras incursiones de Detra. Sería como una espina clavada en un costado. Imagino que por ello el rey, desconfiado, quiere que se compruebe de nuevo la solidez de la fortaleza y la preparación de su guarnición.
    —Deberíamos aplastar de una vez a esa estirpe de gusanos de Detra y terminar con esta situación. No nos crean más que problemas, y en Albhanta deben ser de la misma opinión.
    —No es tan sencillo. Detra es un reino fuerte, protegido en su flanco oeste por la cordillera de Linta, y con un ejército más numeroso que el nuestro y bien preparado. Además, Albhanta no vería con buenos ojos esta empresa, ya que entonces nos haríamos más grandes y fuertes, y amenazaríamos a su propio reino.
    —Demonio de política; si todo fuera tan sencillo como hundir unos cuantos cráneos a mazazos... pero tienes razón; la gente de Albhanta me cae bien, a pesar de sus fastidiosos aires de superioridad y grandeza. Particularmente esa princesa que tienen que parece de cristal, Ternera o como se llame. Es un ser delicioso.
    —Edera, se llama Edera, Arteos; y eres un auténtico animal. No deberías referirte de ese modo a la futura Reina de Albhanta.
    —Je, lo que pasa es que a ti también te ha cautivado, sobre todo si tenemos en cuenta que la has conocido personalmente. A mí no me engañas.
    —Arteos, en nuestra próxima visita a Albhanta, si se produce, cállate y mira al suelo, porque tu inmensa bocaza sería muy capaz de provocar una guerra. Y no me gustaría medirme con Erobio Hexmano. Es un gran estratega.
    —¡Bah! Con ese puñado de damiselas que tiene por ejército... ¡Pero por el Trueno, si hasta llevan plumas en el casco! ¡Parecen Hadas!
    —Eso es algo que nunca haría Erobio: subestimar al enemigo. Cierto es que en sus modos y uniformes puede parecer un ejército desfasado y extraño, pero su gran fuerza reside en su tremenda disciplina, organizada por un gran general. Ése es el motivo por el cual Albhanta, a pesar de ser un reino pequeño, con pocos recursos y habitantes, sigue siendo independiente y temido. Estoy seguro de que Detra estaría encantada de poder hincarle el diente a ese territorio, sobre todo con el fin de conseguir una salida al mar y el próspero comercio de sus puertos, pero todavía no se atreve a acometer esa empresa, según creo.
    —Bien, Larten, y en tu experta opinión, ya que Detra no se atreve a meterse con Albhanta, y nosotros somos sus aliados más que nada por fastidiar: ¿qué es lo que harías para hacerte con ella? Seguro que aquí no nos espían los detranos y por tanto no puedes darles ideas.
    —Obviando tu ironía, yo lo que intentaría es una alianza matrimonial. De esta forma conseguiría unir los reinos sin lucha, y una vez unificados, obtendría, de buen grado o por la fuerza, los territorios vecinos. Pero te aseguro que en esto ya habrá pensado el príncipe Nedgar de Detra. Su único problema es que las relaciones actuales con Albhanta son demasiado tirantes, pero eso puede enmendarse.
    —Lástima que no seas Infante del Reino... mira tú por donde podrías llegar a ser rey, tener por esposa a esa muñequita y arrearle a los detranos, empresa para la cual contarías con mi inestimable colaboración, a cambio de tan sólo un humilde marquesado.
    —Arteos, yo sólo soy un caballero y tú un auténtico bruto, además de mi hermano y mejor amigo. Así que no deberíamos intentar resolver problemas que nos sobrepasan, sino pensar en terminar nuestro viaje, preparar Dor’on para que pueda resistir a cualquier enemigo, y volver a casa cuanto antes.
   
    El cielo se estaba tornando ya de un hermoso color naranja, anunciando la llegada de la noche. El frescor de la cueva comenzó a ser molesto, por lo que Larten y Arteos se acercaron a la hoguera que los soldados habían preparado cerca del manantial.
    Mientras cenaban, Arteos pensaba en las palabras de Larten. Se habían criado como hermanos, aunque reconocía las evidentes diferencias entre ambos. Él era un hombre de acción, poco dado al ejercicio del intelecto, mientras que Larten había heredado todas las virtudes de su padre. Excelente soldado, gran conversador, culto. Habían recibido la misma educación, pero Larten demostraba una inteligencia que él no poseía. Quizás el destino tiene el camino de una persona prefijado de antemano. Esperaba que el futuro le deparara a su hermano todos los éxitos y honores; él ya estaba sobradamente recompensado por el mero hecho de haber crecido arropado por su familia. Realmente pensaba que era una lástima que Larten no tuviera sangre real; creía firmemente en que podría llegar a ser un gran gobernante. Y siempre contaría con su ayuda.
    Arteos reconoció que, de noche, el paraje no parecía tan abrupto. Le gustaba observar las estrellas sobre su cabeza, y disfrutar del silencio, sólo roto por el murmullo del agua y los leves sonidos de los insectos. Tras comprobar que los centinelas se encontraban en sus puestos y alerta, se cubrió con su manta. Mañana les esperaba otra dura jornada de viaje.
   
   

Larten se despertó sobresaltado. Los vigías seguían en sus puestos y todo estaba tranquilo; no entendía la razón de su alarma. Supuso que debía haber sufrido una pesadilla. Decidió levantarse y dar un paseo para volver a conciliar el sueño.
    Se aproximó a la entrada de la cueva. Ahora, a la luz de la luna, se le antojaba amenazadora y desconocida. Con cuidado, para no tropezar con los salientes rocosos, se adentró en la cámara principal. Es curioso cómo cambia la apariencia de las cosas la falta de luz, pensó. Se sentó en una piedra y comenzó a escuchar los sonidos del agua, imperceptibles durante la mañana, y que sin embargo ahora se hacían claramente presentes. Goteos, susurros, repiqueteos contra la roca.
    —No deberías estar aquí a estas horas, Larten.
    Saltó como impulsado por un resorte, con su daga empuñada. Intentaba ubicar la procedencia de la voz; no había visto a ninguno de sus compañeros seguirle.
    —Si es una broma, deberías saber medir sus consecuencias. No soy amigo de esta clase de chanzas.
    —Larten, las bromas se gastan en otros momentos, ¿no crees? —respondió la voz—. Pero no debes sentirte amenazado por mi presencia.
    Larten escudriñó las sombras. Si Arteos quería reírse a su costa, no se lo iba a perdonar fácilmente. No le estaba haciendo ninguna gracia.
    —No estoy de humor para juegos, así que déjate ver de una vez.
    Un pequeño resplandor surgió del fondo de la cueva. Al aproximarse, Larten pudo distinguir la figura de una mujer. No entendía nada, y apretó la empuñadura de su daga.
    —Dime quién eres y qué quieres, o te aseguro que para ti la noche será eterna. Los pastores deberíais saber que no se debe bromear con los soldados.
    —Larten, aunque quisieras, no podrías matarme. No tengo por costumbre ver la luz de día. Ni tengo ganado que cuidar. Sabes de mi existencia a pesar de no haber creído nunca en ella.
    Comenzó a sentir temor. No estaba acostumbrado a ello; no le asustaban los hombres, pero por primera vez, se enfrentaba a una situación que no podía controlar.
    — Fíjate en mí y dime quién soy. Realmente es digno de ver tu asustado gesto.
    Larten se sentía cada vez más desconcertado. Ahora podía distinguir claramente a su interlocutora. Era indudablemente una mujer, vestida de noche, hiedra y musgo, con el cabello ensortijado sobre sus sienes y una divertida expresión en su rostro.
    —Me estoy cansando de esto, mujer. Antes de desaparecer de mi vista dime cómo es que conoces mi nombre, y qué es lo que quieres.
    —Siempre has sabido que existimos, aunque te has negado a reconocerlo. Tu pueblo nos conoce como Ninfas, aunque nuestro nombre es indudablemente más hermoso. Y ahora olvídate de tus temores y escucha lo que he venido a decirte.
    —Es evidente que estoy soñando. De otro modo esta situación no tendría ningún sentido. Así que habla.
    La mujer se sentó junto a él. Sus ojos verdes, casi transparentes, se clavaron en los suyos.
    —Se avecinan tiempos difíciles, Larten. Y no tienes la menor idea de a qué peligro te enfrentas. No vengo a seducirte y matarte; vengo a advertirte.  Tú no crees en aquello que no puedes ver, lo que no quiere decir que no exista. El destino de esta tierra está ligado al tuyo, así que escucha mi mensaje:
   
     Tres Elementos tienen la llave del poder.
     Tres Elementos separados, que no deben ser unidos.
     Si se funden, no deben ser destruidos.
     La Estrella Blanca, La Estrella Oscura, y el Orden.
     Los Tres Elementos unirá Larten
     Y para su pena lo hará sin saber
     Que la desgracia para todos los Reinos traerá sin querer.
     Albhanta será un bastión
     Que con tu vida debes defender.
   
    —Por el Cielo, muchacha, que no entiendo nada de lo que me estás contando. ¿Qué son esos elementos? Si no deben ser unidos, ¿Por qué no pueden ser destruidos si ello ocurre? ¿Por qué me conviertes en portador de desgracias, si toda mi vida la he dedicado al servicio de mi rey? ¿Y qué tiene que ver Albhanta en todo esto? Habla, mujer, porque mi paciencia se ha agotado.
    Larten agarraba la empuñadura de su daga cada vez con más fuerza, hasta el punto de que los gavilanes le herían el pulgar. Estaba completamente confundido.
    —Entenderás mi mensaje a su debido tiempo. Deberás cambiar el curso de los acontecimientos, pero no puedes evitar su comienzo. Toma este presente, y no lo pierdas. Será tu perdición y tu salvación.
    En la mano, la mujer portaba una piedra verde, engarzada en dos lazos cruzados de oro. Con delicadeza, la depositó en la mano izquierda de Larten.
    —No olvides mi mensaje y descansa, pues necesitarás todas tus fuerzas para el futuro.
    Y aproximándose suavemente hacia Larten, que estaba petrificado, le dio un beso. Él cerró los ojos. Un dulce calor le recorrió los labios; la chica olía a tomillo y rosas. Jamás había sentido tal sensación de bienestar.
   
    —¡Eh, muchacho! ¿Pero qué te pasa? ¡Hace rato que ha amanecido! ¡Nunca te había visto dormir de este modo! ¿Te encuentras bien? ¡Me estás asustando!
    Larten abrió los ojos. La luz del sol le hirió al levantar los párpados. Arteos le zarandeaba como un muñeco, con una visible expresión de preocupación en su rostro.
    —Por todos los rayos, Arteos; he tenido el sueño más extraño de toda mi vida, y no soy amigo de fantasías. No sé qué diantre me ha ocurrido.
    —Larten, hermano, ¿acostumbras a dormir con la daga empuñada? Pero ¿qué te preocupa? Si estoy yo aquí, hombre, ¡Ni un Titán se atrevería a molestarte en mi presencia!
    De un salto se puso en pie. Temerosamente, se miró las manos. No las sentía. En su diestra empuñaba su daga, y en la zurda, apretaba con tal firmeza un objeto, que se clavaba en su palma hasta hacerle brotar sangre. Abrió despacio la mano, y pudo ver la piedra verde. Pensó en el sueño que había tenido; ¿sueño? Y el recuerdo del beso de la Ninfa le hizo estremecer.
    —Montemos, buen Arteos, y mientras cabalgamos te contaré mi sueño. Y prométeme que me dejarás terminar y que cuando lo haga, no me pegarás un puñetazo.
   
    Larten le contó todo a Arteos, que le observaba fijamente sin abrir la boca. Pudo incluso repetir exactamente el mensaje de la mujer; era como si lo tuviera grabado en el cerebro. Cuando terminó, le enseñó la joya a Arteos, que la tomó en su mano con cuidado, observándola detenidamente.
    —Muchacho, me preocupas. Te conozco desde que llevabas pañales, aunque ya no me acuerdo porque yo también los llevaba, y nunca te había visto así, ni me habías contado semejante historia. En la próxima posada, prometo que te haré beber leche de burra; la cerveza se acabó para ti. ¿Ninfas? ¡No fastidies! ¿Tú creyendo en magias? Fue tan sólo un sueño, y esa piedra la dejaría en tu bolsillo alguna dama de la corte para que te acordaras de ella, objetivo que desgraciadamente no consiguió. Relájate, hombre, que al fin y al cabo eres humano. Y ahora descríbeme con más detalle a esa Ninfa, a ver si con un poco de suerte me la encuentro yo en sueños también.
    —Arteos, tu sueño sería maravilloso, pero a ella le aterrorizaría. ¡Seguramente la perseguirías por todo el valle de Mardiis, y que yo sepa, las Ninfas no vuelan! Tienes razón, seguramente esta joya es propiedad de una dama de la corte, tal y como tú dices. ¡Jamás hubiera imaginado que fueras capaz de pensar!
    —Chico, voy a olvidar este comentario porque no deseo descabalgarte de un mamporro delante de tus hombres. Además, creo que me has hecho un cumplido, a tu manera. Pero otro chiste de ese tipo y Eon tendrá que encargarte otro yelmo, ya que lo abollaré con tu cabeza dentro.
    Larten puso su mano sobre el hombro de Arteos. Realmente quería a ese grandullón, y se sentía muy afortunado de tenerle por hermano. Arteos sonrió, y le dio una palmada en la espalda, que casi hizo volar a Larten por encima de la cabeza de su caballo. Guardó la piedra en su bolsillo, y se prometió olvidarse del tema; eso sí, deseaba encontrar a la dama propietaria del objeto. Más que nada, para quedar tranquilo.
    Dejaron atrás el Valle Alto y comenzaron a descender. Al llegar a la primera aldea, emplazada junto al río, a la izquierda y ligeramente por debajo del camino, Larten pensó en lo difícil que debía ser la vida de sus habitantes. Las cabañas eran de piedra, de forma irregular, casi sin ventanas; se arremolinaban unas junto a otras, como si quisieran protegerse. Los techos de paja, hábilmente colocada, presentaban una acusada pendiente, sin duda para mitigar las acumulaciones de nieve del invierno. Seguramente animales y hombres compartían la estancia para aprovechar el calor. Ni un alma en los alrededores. Aunque el rey no cobraba diezmos en aldeas tan remotas y pobres, era normal que los habitantes de la aldea se escondieran ante la presencia de un grupo de extraños armados hasta los dientes. Los montañeses eran duros, y desconfiados. No se lo podía reprochar. No creía que fueran capaces de distinguir entre los soldados del rey y un posible enemigo.
    Atravesaron dos aldeas más hasta llegar a las impresionantes paredes verticales de piedra de la Garganta de Belennos. El camino seguía el curso del río, y al final del desfiladero, arrancaba el sendero que ascendía serpenteante hacia el collado de Nieblas. Al otro lado del collado, y a un día de marcha, sobre un promontorio de roca que ya de por sí constituía una fortaleza, seguramente ocupado desde tiempo inmemorial, se encontraba el castillo de Dor’on.
    

 

CAPÍTULO III. ASAMBLEA EN CADAEL   
   
Portada: La estrella oscura. Crónica de nerdhos.    Hacía días que habían sido enviados emisarios desde Cadael, capital de Nerdhos, llamando a capítulo a los comendadores de las plazas fuertes de Direia, Alar-Thon, Berem, Oden y Rhena, los bastiones más importantes del reino. Se convocaba así una asamblea extraordinaria que tomó por sorpresa a casi todos los citados.
    Nerdhos era un territorio peculiar en muchos aspectos. Aunque era llamado reino por todos sus vecinos, en realidad no tenía tal estructura. Montañoso al norte, separado del reino de Edarian por la Cordillera del Lar y con un vasto terreno desértico al sur, no tenía grandes aglomeraciones de habitantes; sus pobladores se agrupaban alrededor de las plazas fuertes. Estaba regentado por los Caballeros de Nerdhos, que tenían una estructura social muy diferente a la del resto de reinos circundantes. Se llamaban entre ellos los Pares; la única jerarquía realmente diferenciada era la militar. Su dirigente, el Comendador de Nerdhos, era elegido en asamblea por los representantes de todos los caballeros, encarnados en los comendadores, cada cinco años. El cargo en ningún modo podía ser vitalicio o hereditario: cualquier soldado podía ocuparlo. Curiosamente nunca hubo problemas sucesorios ni luchas de poder. Quizás esto representaba una muestra de la tremenda disciplina que imperaba en el país.
    En Nerdhos cada habitante vivía exclusivamente dedicado a la milicia. Su ejército era poco numeroso, y se encontraba agrupado en sus bastiones, pero con un nivel de preparación y disciplina no igualado por ningún otro de la zona. Vivían con gran austeridad, preparándose constantemente para el combate. Eran unos auténticos expertos en el arte del manejo de la espada, posiblemente a causa de los contactos que en sus frecuentes viajes de exploración habían entablado con los lejanos pueblos del este, a muchos días de navegación de Albhanta. En combate nunca esperaban clemencia, y luchaban siempre hasta el final. No aceptaban rescates ni intercambios de prisioneros; su suerte estaba siempre sellada tras la batalla, y les apasionaba el conocimiento. Las bibliotecas de Nerdhos eran sencillamente impresionantes, sólo comparables con las de la propia Albhanta, aunque poseían una cantidad mayor de documentos y textos de otros pueblos lejanos.
    Se sabía poco de ellos. Además, algunas peculiaridades les diferenciaban profundamente de sus vecinos, como por ejemplo aceptar en el ejército a mujeres —de hecho habían descubierto que tenían una especial predisposición para ser excelentes arqueros, de fina puntería— e incluso que pudieran llegar a ostentar mandos de relevancia en él, o que repartieran su jornada entre el entrenamiento militar, el estudio, y la meditación. Su caballería pesada era temible, y disponían de escuadrones de arqueros a caballo, capaces de disparar sus armas en movimiento con una precisión asombrosa, característica que les hacía únicos.
    No entraban en las luchas de poder de sus vecinos, declinando realizar alianzas preferenciales con algún reino en particular. Esto, sumado al desconocimiento de sus costumbres y a la dureza de sus soldados, no les hacía muy populares.
    El regente actual era el comendador de Cadael, Oyanor. De mediana edad, era un corpulento soldado, que llevaba el pelo casi rapado, como la mayoría de los soldados de Nerdhos. Tenía el rostro surcado de cicatrices, recuerdos de pasados combates, una larga y poblada barba, de color más plata que negro, y su austeridad era sólo comparable a su valentía en la guerra. Había destacado en los combates contra los Pueblos del Mar, que frecuentemente atacaban las ciudades costeras de todos los reinos, sobre todo durante el asedio de Direia. La mayoría de sus cicatrices provenían de aquel combate, en el que asaltó junto con sus hombres, en la costa, justo en el momento del desembarco, una galera enemiga. Abordaron el navío en inferioridad numérica; lo conquistaron tras un breve y violento combate y le prendieron fuego. Las llamas, claramente visibles por el resto de los combatientes, desanimó a los piratas —nunca antes habían perdido un barco en la costa—, que iniciaron la retirada, abandonando el asedio.
    Qed-Nel era la comendadora de Oden; para muchos, la futura sustituta de Oyanor en la regencia. Pertenecía a la milicia desde su infancia. Contrariamente a lo habitual, no se había iniciado como arquero, sino que prefirió el arte de la esgrima. Su valentía casi suicida le había granjeado el reconocimiento del resto de los soldados, y tenía buenos conocimientos de estrategia. En el combate llevaba su largo pelo de color azabache recogido en una redecilla bajo la cota de mallas, lo que sumado a su armadura, le hacía aparentar ser un caballero más. De hecho, durante un combate, un soldado enemigo consiguió desprenderle el yelmo de un mazazo, a duras penas desviado por el escudo de la muchacha, retirándole en parte la cota de malla y dejando entrever su cabello. Los grandes ojos negros de Qed fueron lo último que vio aquel sorprendido guerrero, atravesado de parte a parte por la espada de Qed.
   
    La plaza fuerte de Direia, única ciudad costera de Nerdhos, era regentada por Rodión, otro de los asistentes a la a asamblea, que había sido convocada a petición suya. Este castillo era particularmente impresionante, debido a los frecuentes ataques de los Pueblos del Mar, que habían obligado a reforzar constantemente sus defensas. Rodión se había hecho famoso por sus viajes, en los que había visitado lejanos pueblos y recabado numerosa e importante información sobre su vida, costumbres y conocimientos, y era un experto en espionaje. Tenía más bien apariencia de comerciante que de guerrero, y hablaba varias lenguas. Era un hábil organizador, experto en la logística de sus tropas. Y protegía las fronteras más con la información que con las armas.
   
    Oyanor, Qed-Nel, Rodión, Nodnom, comendador de la plaza de Rhena, Stabias, comendador de Alar-Thon, y Salen, comendador de Berem, entraron en la sala capitular del castillo de Cadael, acompañados de sus consejeros. Ocuparon sus asientos en los escaños sin ceremonia. Tras un breve instante de silencio, Oyanor tomó la palabra.
    —Rodión nos ha convocado aquí, insistiendo en que esta reunión se celebrara con la máxima urgencia. Somos todos conocedores de la habitual calidad e importancia de sus informaciones; por ello le cedo sin más dilación la palabra. Rodión, ten la bondad de explicarnos qué ocurre.
    —Comendadores, siento haberos arrebatado de vuestras obligaciones, pero tenía que poner en vuestro conocimiento ciertos hechos que considero de tremenda gravedad.
    »Hace ya más de dos meses que no arriba a nuestro puerto ninguna embarcación procedente del sur. En principio no habíamos prestado demasiada atención a este hecho, pues podía achacarse a naufragios o ataques de piratas. Pero no sólo se ha interrumpido el tráfico comercial. Tampoco hemos avistado desde las torres de vigilancia costeras, en todo este tiempo, barcos piratas, que acostumbran a tentar las defensas de la zona. Hace veinte días enviamos una galera a explorar las costas, con órdenes de viajar hacia el sur y obtener información. Dicha embarcación no ha regresado, y no se tiene ninguna noticia de ella. Los marinos eran todos expertos en el arte de la navegación, y su capitán, uno de los mejores de nuestra Armada. El tiempo en estas fechas ha sido inmejorable, lo que hace descartar un naufragio debido a temporales, y la pericia de los marinos hace poco probable un hundimiento por colisión con bajíos costeros.
    —Rodión, si no fuera por tu experiencia, diría que no hay motivos aún para la alarma —intervino Qed-Nel—. Seguramente podrá encontrarse una explicación lógica a estos hechos, puesto que no se ha detectado ninguna amenaza en nuestras fronteras.
    —Al punto que Rodión enviaba su galera, Berem tenía destacado un escuadrón de reconocimiento en el sur, siguiendo los procedimientos habituales –adujo Salden-. Este escuadrón tampoco ha regresado, ni se tienen noticias de él.
    —Parece que nada viene del sur, y nada de lo que hacia él va regresa. Además, según nuestras noticias, El rey Trenton de Edarian ha enviado a uno de sus oficiales a inspeccionar y poner a punto las defensas del castillo de Dor’on. Dudo de que se trate de una casualidad. No creo en ellas —exclamó Oyanor—. Nuestros espías en Edarian, sin embargo, no han sido capaces de proporcionarnos más información. Podría interpretarse que Edarian refuerza su frontera en el sur.
    —Pero este tipo de visitas es habitual en el reino de Edarian –argumentó Nodnom—. Inspecciones rutinarias. Y en el reino de Detra no se observa ningún movimiento extraño; tan sólo las habituales escaramuzas fronterizas.
    —Tampoco se han registrado movimientos anormales en las proximidades de Alar-Thon, si bien, por nuestra posición, sería casi imposible recibir ataques sin que se enterasen en Berem u Oden —remató Stabias.
    —Es absurdo que Edarian nos ataque, y por las palabras de Nodnom, entiendo que no deberíamos preocuparnos por Detra —Qed-Nel se acariciaba la barbilla mientras hablaba—. ¿Podría estar intentando Albhanta una aventura marítima, expansiva, sin querer que trascienda?
    —Albhanta no posee ni la Armada ni el ejército necesarios para tal expedición –contestó Oyanor—, y además, sería irracional esperar un ataque por su parte. No tendría sentido; además nuestros informadores nos lo habrían comunicado. En definitiva, Comendadores: no tenemos ni la menor idea de lo que está sucediendo. Ignoramos si estamos en peligro o se está dando una sucesión de desafortunadas casualidades, y lo que más me preocupa: carecemos de información —Rodión asentía suavemente con la cabeza—. Por ello, he decidido poner a todas las guarniciones en estado de alerta máxima. Estas son mis órdenes: se reforzarán las patrullas de vigilancia, y dispondréis que las fuerzas de exploración siempre se apoyen en grupos, de manera que si una sufre un ataque, la otra pueda regresar a informar. Aquellos caballeros que caigan en una emboscada se abandonarán a su suerte, pues la protección de la mayoría merece el sacrificio de unos pocos. Las patrullas marítimas se efectuarán de la misma manera, en grupos que se apoyen mutuamente, y siempre con la presencia de una galera rápida que pueda regresar a informar velozmente en caso de entablarse combate. Se reforzará también la vigilancia en el resto de las fronteras; es virtud del buen soldado desconfiar hasta de sus aliados. Ocupaos de poner en marcha estas disposiciones con la máxima rapidez. En el caso de que haya novedades, enviad emisarios urgentemente a todas las plazas. No confiéis tan sólo en las palomas mensajeras. Salden, como comendador de la plaza de Berem, nuestro bastión más avanzado en el sur, te encargarás de realizar todos los preparativos para su defensa. Actúa como si esperaras un fuerte ataque y un prolongado asedio.
   
    Como acostumbraba, Oyanor tan breve como contundente. Todos los presentes se pusieron en pie; se saludaron, inclinando la cabeza al unísono, y salieron rápidamente de la estancia. Nadie esperó a reponer fuerzas; llamaron a sus escoltas, dieron los detalles necesarios a sus hombres por si alguno cayera durante el viaje en acción de combate, y salieron al galope. Nerdhos estaba en pie de guerra desde ese preciso instante.
   
    Mientras cabalgaba, Qed-Nel intentaba pensar en lo que haría ella si fuera el general enemigo. Desde luego, una acción sobre Berem sería demasiado previsible, y recibiría con mucha rapidez refuerzos de Rhena y Oden. Direia estaba protegida por el sur por la Gran Cordillera, y el único ataque posible debería provenir del mar, del que informarían con tiempo las avanzadas de Rodión. El punto de penetración restante era Oden, su encomienda. Además, esta operación tenía la ventaja de ser absurda, pues si Oden era atacada, sobre ella podrían converger refuerzos desde Rhena, Berem y Alar-Thon. El enemigo debía estar seguro de que en Oden estarían confiados. “No existen planes imposibles; existen generales incapaces de ejecutarlos con éxito”, decía el Tratado de las Estrategias.
    Apretó las rodillas contra la silla y espoleó al caballo. Estaba segura de que, si al final estallaba la guerra, Oden iba a tener problemas.
    

 

CAPÍTULO IV. COMBATE EN VALDORO   
   
    Larten y sus soldados habían llegado al inicio del camino que, atravesando el collado de Nieblas, conducía al castillo de Dor’on. Desde ese punto podía divisarse la aldea de Valdoro, habitualmente tranquila debido a la relativa proximidad de la fortaleza. Resultaba impresionante la vista del poblado, recortado frente al murallón rocoso. A la izquierda de Valdoro podía divisarse el cercano bosque de Vald-uin, que desde lejanos tiempos había provisto de madera a la aldea para la construcción de las viviendas, fabricación de enseres, y como combustible. Larten tenía la mirada perdida en el bosque, hasta que algo llamó su atención.
    —Arteos, creo ver unas figuras a caballo saliendo del bosque, por el lado derecho. Dame tu opinión.
    Su hermano agudizó la mirada. Era fama que disponía de muy buena vista, que utilizaba con gran provecho en las monterías.
    —Sin duda se trata de jinetes. Saliendo de la espesura. Acierto a vislumbrar cinco o seis, aunque podría haber más. Los lugareños no acostumbran a cabalgar en grupos numerosos. ¿Soldados de Detra?
    —A esta distancia de Dor’on lo dudo; sería un atrevimiento. Podría tratarse de edarianos, en misión de reconocimiento. O de montañeses. Aunque también estarían un poco lejos de su área de influencia, estos pueblos son bastante imprevisibles.
   
    A pesar de que se solía denominar de esa forma a todos los pueblos que vivían entre Albhanta y Edarian, ocupando las montañas que se extendían entre la costa y el valle de Linta, en realidad eran tribus diferenciadas, no muy numerosas, que poseían una estructura muy distinta a la de los reinos circundantes. Térulos, Leganos, Arpetanos, Vedos, y Ardones, eran las tribus de mayor importancia. Mayoritariamente cazadores y recolectores, en otro tiempo habían ocupado mayores extensiones de terreno, pero la presión de los reinos vecinos les había empujado a ocultarse en la espesura de los bosques y en castros emplazados en estratégicas posiciones. Eran pueblos en muchos aspectos primitivos, que no aceptaban someterse a ninguna cultura ajena, y que en ocasiones atacaban las aldeas próximas a su territorio en expediciones de pillaje. Aunque se había intentado a menudo conseguir su sometimiento final, las dificultades orográficas, y el hecho de que siempre intentaran evitar el combate en terreno abierto contra ejércitos organizados, hacía que aún se les permitiera cierta libertad de movimientos. Tan sólo cuando sus ataques se convertían en demasiado atrevidos, o repetitivos, sobre todo en inviernos particularmente crudos, se organizaban expediciones de castigo contra sus aldeas fortificadas, que habitualmente eran encontradas desiertas.
    Cada tribu estaba regida por un caudillo guerrero —generalmente aquél que demostrara más destreza en el combate o mayor valentía—, que se ocupaba de las expediciones de saqueo y la defensa contra los ataques de otros pueblos. Para impartir justicia, o tomar decisiones de carácter no militar, se apoyaba en el consejo de ancianos. Éstos últimos eran tenidos en gran consideración en estos pueblos, a pesar de representar una carga para el resto del grupo. Pero no eran muchos los montañeses que conseguían llegar a viejos.
   
    Sus cabañas solían eran mayoritariamente de planta circular, y se disponían muy juntas para favorecer la defensa. Un cercado rodeaba los asentamientos, con rudimentarias atalayas donde apostaban a centinelas. En caso de peligro, el caudillo decidía si se debía convocar a los guerreros o, en caso de tratarse de una expedición militar de gran envergadura, abandonar rápidamente el poblado. Si eran acorralados, luchaban con fiereza hasta morir, ya que preferían caer en combate al cautiverio. Así se comportaban tanto los guerreros como las mujeres de la tribu. Eran expertos jinetes, y sus caballos se caracterizaban por ser pequeños y robustos, de largas crines. A pesar de sus modos primitivos, eran sin embargo excelentes alfareros y orfebres.
   
    Seguían saliendo jinetes del bosque, que se iban haciendo más visibles a medida que los caballeros se acercaban. De pronto, comenzaron a galopar en dirección al pueblo.
    —Nos han visto, y es evidente que sean quienes sean, no tienen buenas intenciones. Nos sacan un poco de ventaja, así que ¡démonos prisa! ¡Caballeros de Edarian, en orden de combate! ¡Al galope! –exclamó Larten.
    A Arteos se le iluminó el semblante. Podría decirse que disfrutaba aprestándose para la lucha; había nacido para ser soldado. Enarbolaba su hacha como si no tuviera peso, y mientras galopaba gritaba como un auténtico diablo.
    Llegaron a Valdoro poco después que los jinetes atacantes. Eran sin duda montañeses; muy probablemente se trataba de arpetanos. Larten prefirió dar cierta ventaja a los atacantes, para no cansar en exceso a los caballos. Debido al pequeño número de soldados, los montañeses continuaron con su ataque, quizás confiando poder vencer a la pequeña unidad edariana. Algunos tejados de paja comenzaron a arder, mientras unos aldeanos corrían y otros se defendían como podían, con sus arcos de caza y sus instrumentos de labranza.
    Los jinetes de Edarian entraron en tromba en el pueblo. Aprestaron sus lanzas para acometer a los jinetes que se aproximaban. Estos últimos avanzaban en desorden, gritando salvajemente, con las caras pintadas y las espadas en alto.
    Frente a una carga de caballería pesada, poco tenían que hacer los montañeses, a pesar de ser superiores en número. Rodaron por el suelo jinetes y caballos, atravesados por las lanzas edarianas. Arteos atacó a un arpetano que debía ser un fiero guerrero, ya que no se dejó impresionar ni por la envergadura del soldado ni por su hacha ya tinta en sangre. Pero nada parecía capaz de detener a Arteos, que con el primer golpe partió la espada del guerrero que intentaba protegerse. Al segundo, el arpetano partió a reunirse con sus antepasados.
    Al ver que por la calidad de los soldados no iban a poder ganar el combate, los montañeses se retiraron en desbandada. Larten dio orden de perseguir a los fugitivos, mientras Arteos hacía girar su caballo, desmontaba, y se introducía en una de las cabañas.
    Larten escuchó el sonido de una breve lucha, y al punto pudo ver a Arteos salir de la cabaña, arrastrando por el cabello a un oponente.
    —¡Larten, mira que pajarito he encontrado! ¡Luchaba como un demonio! Su compañero ha quedado dentro de la cabaña, me temo que dividido en unos cuantos pedazos.
    Lanzó a su prisionero a los pies del caballo de su hermano, que pudo comprobar con enorme sorpresa que se trataba de una mujer, algo infrecuente en estos pueblos. Tenía la cara y los brazos tatuados como los guerreros, y presentaba no sólo las heridas del presente combate, sino otras cicatrices recuerdo de pasadas luchas.
    La mujer se incorporó lentamente, aún conmocionada por el encuentro, y súbitamente, con un rápido movimiento, sacó un pequeño cuchillo y se abalanzó sobre Larten. Éste le propinó un golpe con la empuñadora de la espada, y la mujer cayó al suelo sin sentido. El hacha de Arteos ya se encaminaba hacia la cabeza de la guerrera.
    —¡Quieto Arteos! Fíjate en ella. Es muy extraño.
    —Por el trueno, tienes razón. Esta pequeña salvaje, además de tener muy poco apego por su vida, lleva un torques de oro. De gran valor, creo.
    —Además, los arpetanos no suelen contar con guerreras en sus filas. Jamás había visto cosa igual —exclamó Larten.
    —Si se atiene a las normas de su pueblo, preferirá morir a ser apresada. Así que ahorrémonos preocupaciones y acabemos con ella.
    La guerrera estaba tumbada boca abajo en el suelo. Aún conmocionada, intentó incorporarse, con la mano izquierda apoyada en el lugar donde había recibido el último golpe.
    —Podéis intentar divertiros conmigo, perros, pero os aseguro que me llevaré por delante a unos cuantos antes de morir –balbuceó la joven.
    —Pero ¡por todos los demonios! ¡Si esta salvaje sabe hablar! ¡Vaya caja de sorpresas! –gritó Arteos mientras tumbaba de nuevo a la mujer boca abajo. No se fiaba en absoluto de ella; no quería que volviera a poner en peligro la vida de su hermano.
    —Mátame de una vez. Terminemos con esto.
    —Escucha, mujer —respondió con voz pausada Larten—. Estás en Valdoro, aldea y comarca pertenecientes al rey Trenton de Edarian. Nos habéis atacado sin mediar ninguna provocación. Ésta es una aldea indefensa; seguramente la habríais destruido si por los azares de la fortuna no nos hubiéramos encontrado en las proximidades. Te encuentras en una situación realmente comprometida.
    —Maldito cerdo, estos territorios son nuestros desde hace tantas generaciones que ni la luna es capaz de recordarlas. Tú y los tuyos nos acosáis, nos atacáis, destruís nuestros poblados, nos quitáis los territorios de caza; nos habéis empujado a las montañas donde vivimos como animales. No tenéis ningún derecho: estas tierras son nuestras. Moriremos por ellas. Díselo a ese perro al que llamas rey.
    Arteos sujetó a la mujer, con la daga en la mano. Estaba resuelto a lavar rápidamente la ofensa hacia su monarca.
    —Y ahora –siguió diciendo la chica con un hilo de voz— atacáis por las noches nuestras aldeas y las quemáis con sus habitantes dentro; no dejáis a nadie con vida. Pues tendréis que acabar con todos nosotros. Jamás nos rendiremos.
    —¿Cómo dices? Pero ¡cómo te atreves! —gritó Larten— ¡Jamás hemos hecho tal cosa! Arteos, suéltala un poco para que pueda hablar con libertad.
    Por respuesta, la chica se quitó muy despacio su hombrera de cuero. En el hombro izquierdo tenía una terrible quemadura.
    —Larten, no la creas. A saber quién se lo hizo. Observando su lenguaje y sus modos, este animalillo debe llevar mucho tiempo luchando. Sería alguna tribu enemiga. Y ahora nos echa la culpa a nosotros. ¡Pero estate quieta, pequeña bestia!
    —Oso sin cerebro, las tribus montañesas no llevan casco ni armadura, ni largas lanzas, ni túnicas fabricadas con aros de hierro. Di lo que quieras. En cuanto tenga oportunidad mataré a tu amiguito y me mataré yo.
    —Atadla bien —ordenó Larten haciendo un gesto con la cabeza—. Su historia es tan extraña como curiosa, y me gustaría saber quién le enseñó nuestra lengua. Jamás había tenido noticia de tales ataques. Si lo que dices es cierto, mujer, desde luego no es Edarian la responsable. Si mientes, te mandaré colgar en este mismo bosque, para escarmiento de tus congéneres.
    —¿Y por qué no la ahorcamos ya y nos ahorramos unos cuantos trámites? Total, si al final el resultado va a ser el mismo; no perdamos el tiempo. Este bicho es un peligro.
    —Arteos, al final va a resultar que ella es familiar tuya, porque te comportas tan bárbaramente como su pueblo. Nosotros no somos salvajes. Quiero investigar todo este asunto. Además, no entiendo por qué lleva un torques de oro. Es un privilegio que sólo tienen los grandes guerreros. Y, cuando están tan finamente labrados, de elevada posición.
   
    —Lo habrá robado; vete a saber —respondió Arteos aproximándose a la guerrera—. Y ahora escúchame bien —le susurró a la muchacha—: si te veo hacer un gesto extraño, si haces ademán de mover un solo dedo hacia ese guerrero —dijo mientras señalaba a Larten—, te aseguro que te arrepentirás de haber nacido.
    La mirada desafiante de la mujer le indicó que no estaba en absoluto impresionada por sus palabras.
   

Desde la atalaya de piedra, el centinela dio un grito. Regresaban los guerreros; muchos menos de los que habían partido. Algo había salido mal.
    Los jinetes atravesaron la puerta del muro, con visibles muestras de cansancio y de haber sostenido combate. Algunos estaban heridos. Las mujeres acudieron a su encuentro, buscando a sus maridos. Grandes lágrimas brotaban de los ojos de aquellas arpetanas que no distinguían a los suyos entre los supervivientes.
    Gerno, el caudillo de los arpetanos, salió de su cabaña. Contó a sus hombres: faltaban diez. No puede ser, pensó. Esa aldea remota no tenía defensa. Estaban demasiado confiados por la cercanía del castillo enemigo. Se dirigió en voz alta hacia los guerreros:
    —¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿A qué se debe que la mitad de los guerreros no haya regresado? ¡Hablad!
    —Gerno, la aldea resultó estar defendida por un grupo de caballeros –respondió uno de los supervivientes—. No eran soldados de la guarnición del castillo, como creímos al observarlos en la lejanía. Llevaban lanzas y estandartes, y eran expertos luchadores. No pudimos hacer nada contra sus corazas y escudos. Nos estaban esperando.
    —No creo que desde la fortaleza se destacara a un grupo de caballeros para defender a un pueblo miserable. Más bien creo que debían estar de paso, y tuvisteis la mala suerte de encontraros con ellos. El caso es que no hemos conseguido grano, y éste va a ser un invierno muy duro.
    —Hay otra cosa, señor —el guerrero dudó un instante, como no atreviéndose a seguir hablando—. Uno de los nuestros ha desaparecido. Vuestra... vuestra hija, Anya. Nos acompañaba.
    El semblante de Gerno se oscureció.
    —¡¿Qué dices?! ¡Le prohibí expresamente que siguiera acudiendo al combate! ¿Qué es lo que le ha ocurrido? Al menos espero que... haya muerto valientemente...
    —Señor, la creíamos muerta, sobre todo cuando vimos que se enfrentaba a un soldado que acababa de terminar con Jertes, uno de los mejores guerreros de la tribu. Pero quizás no haya muerto; estaba viva cuando miré hacia atrás desde mi caballo. Se movía, y el guerrero enemigo la mantenía en el suelo. Tenía su hacha levantada, pero no la golpeó.
    —¿Abandonasteis a Anya, mi hija, caída en combate? ¿Permitisteis que el enemigo la hiciera prisionera? ¿Será esclavizada o torturada por culpa de vuestra cobardía? ¿Sobre todo sabiendo que yo no consentía en que os acompañara?
    —Gerno, podríamos haber muerto todos a su lado. Pero preferimos regresar e informar a dar la vuelta y estrellarnos contra las lanzas de los guerreros que nos perseguían. Nada se habría logrado con ello. Tan sólo disminuir más nuestras fuerzas. Pero entenderé y aceptaré cualquier castigo que dictes —proclamó mientras el resto de los guerreros aprobaba con gestos su declaración.
    Gerno hizo un gesto con la mano, indicando a los hombres que se fueran. Basta ya de sufrimiento. Muchos hombres valientes habían caído; su propia hija estaba muerta o prisionera. Si la habían capturado, descubrirían pronto que tenía un elevado rango en la tribu. Y si bajo tortura llegaba a indicar su ascendencia, no dudarían en utilizar su cautiverio contra él. Además, esta fatal coincidencia —estaba convencido que era lo que había ocurrido— había puesto fin a un elaborado plan con el que pretendía conseguir reservas para el invierno. La caza cada vez escaseaba más. Parecía que el fin de su pueblo se aproximaba; si la herida que sufrió en el último ataque nocturno no continuara abierta y hubiera podido acompañarles, su hija estaría viva.
    Era su única hija. Su madre falleció poco después del parto, impidiéndole tener el hijo varón que anhelaba para sucederle en la jefatura de su pueblo. Quizás ese deseo paterno de que hubiera nacido hombre fue el causante de que Anya no se interesara por las tareas de recolección, o del cuidado de los animales. Era feliz entre los guerreros que, divertidos, le enseñaban a pelear, como si de un juego se tratase. Él mismo le enseñó a luchar con la espada corta, de un solo filo, rematada en punta y ligeramente curvada hacia el interior, característica de su armamento. Cuando se convirtió en una mujer, se hizo fabricar un torques con el oro que consiguió en una incursión en la que participó. Comenzó a vestir como un guerrero, y se empecinó en acompañar a los hombres en sus expediciones, a espaldas de su padre. Él siempre intentó retenerla en el castro, pero en cuanto tenía oportunidad, se escapaba. No podía dejar de culparse por lo ocurrido. Sentía un dolor infinito, pero no podía demostrarlo, ya que un jefe debía asumir la muerte de cualquier guerrero, sin excepción. No podía mostrar tal gesto de debilidad.
    Se prometió comprobar si seguía viva. Ya no podían seguir así; estaban matándoles como alimañas. Cada vez era mayor la presión, y más escaso el territorio y los alimentos. Mataban incluso a las mujeres en los ataques por sorpresa a los castros. Si tenían que morir, que fuera en un último combate. Moriría luchando, como debía hacer un guerrero. Como su hija; uno de sus más valientes combatientes.

 

© 2009 Leonardo Ropero. Reproducido con la autorización del Grupo AJEC.