¿Quién necesita a Cleopatra (AJEC) Imprimir E-mail
Escrito por Steve Redwood   

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AVANCE EDITORIAL Grupo AJEC

 

¿Quién necesita a Cleopatra? de STEVE REDWOOD (AJEC)

SINOPSIS:
El canallesco y bribón narrador, N, y su desgraciado compinche, Bertie, son enviados en la primera máquina de viajes en el tiempo a solucionar algunos de los misterios más espinosos de la historia, entre otros: ¿qué hizo que la Mona Lisa sonriera así?, ¿de dónde vino la mujer de Caín?, ¿por qué fue tan difícil matar a Rasputin?, ¿quiénes eran los alienígenas de Roswell?, ¿por qué quería Jesús que le crucificaran? A medida que esta desastrosa pareja resuelve estos y otros misterios que al principio no parecen tener ninguna relación entre sí,  se dan cuenta de tres cosas: ellos mismos bien podrían ser la causa de los acontecimientos que investigan; cada viaje al pasado no sólo influye en el siguiente misterio a resolver, sino, contra toda lógica, también en los viajes anteriores; y hay también unos seres muy poderosos del lejano futuro que están extremadamente interesados en estos viajes.
   
    Ahora, tras la inexplicable desaparición de Bertie, N se encuentra en el poder de tres peligrosísimas mujeres del futuro, agentes especiales que pretenden sacarle a N un secreto sobre su máquina del tiempo que él mismo no sabe, para poder aplastar una rebelión en los Veintiún Planetas, en la cual parece estar involucrado su propio ex compañero de viajes, Bertie. Todo se remonta (o se remontará) a un acontecimiento misterioso y espeluznante conocido simplemente como La Limpieza. Pero el propio N tiene en su desván el secreto más asombroso de todos…

Ficha Técnica:


Título: ¿QUIÉN NECESITA A CLEPATRA?
Autor: Steve Redwood
Título Original: ¿WHO NEEDS CLEOPATRA? (1997)
Traductor: Elena Clemente
Diseño de Portada: ESTUDIO AJEC
Precio: 16,95 euros
Tamaño: 23x16 cm
Páginas: 256
ISBN: 978-84-96013-76-6

Citas:

“Cleopatra es mi tipo preferido de ficción imaginativa, llena de un humor irónico, y escrito por un escritor de talento cuya obra nunca deja de ser entretenida y con frecuencia es tan hilarante que me ha hecho reír a carcajadas…diversión perfecta.”   Michael Moorcock, ganador de los premios Nebula y World Fantasy 

"Delirante e iconoclasta.  Un derroche de ingenio, de humor y de agilidad literaria, con un final brillantísimo.” Eloy M. Cebrián, ganador del premio de novela 'Francisco Umbral' y finalista del Premio Fernando Lara de Novela 2007, de Editorial Planeta.

“Steve Redwood sabe mezclar historia, fantasía y humor con una maestría poco frecuente... Parecía imposible superar la apuesta narrativa planteada con “El pescador de demonios”, pero lo ha hecho con su segunda novela.”  Carlos Salem, ganador de los premios Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón, y Novelpol

“Con su reparto de personajes tanto despiadados como casquivanos, y situaciones tanto amenazantes como estrafalarias, Steve Redwood intenta hacer para los viajes temporales lo que Douglas Adams hacía para los viajes intergalácticos en Guía del autostopista galáctico.”  Dark Horizons, revista de la Sociedad Británica de Fantasía

“Este libro debería complacer tanto a los lectores de los libros no de género como a los aficionados de la ciencia ficción, con suficientes giros y vueltas para satisfacer incluso al más exigente.”  Charles Packer, Sci-fi Online

 

¿Quién necesita a Cleopatra?
 
por Steve Redwood

1: Visita del futuro

¿Quién necesita a Cleopatra de Steve Redwood - AJECSé que el Paraíso va a ser muy agradable.
Cierto, hay una feroz guerra civil entre los veintiún planetas, pero yo estaré en el bando ganador. Boudica tiene la Maquina de Adelantar,  y eso la hace prácticamente invulnerable.
Y no voy a fingir que no echaré de menos a María de vez en cuando. Me salvó la vida en Roswell, un amor a primera vista, y ahora sé que fue su presencia la que me salvó después de que Bertie desapareciese. Y admito que yo había tenido la esperanza de pasar el resto de mi vida con ella. Pero bueno, no podemos tenerlo todo, ¿verdad?
Y sí, para cuando llegue, todos los que dejé atrás hace un par de días llevarán muertos decenas de milenios, y su planeta estará reducido a escombros.
Pero son asuntos menores. El Paraíso será todavía el Paraíso, y yo voy de camino hacia allá. Estoy contando esta historia con el deseo bastante ridículo de limpiar mi nombre, porque obviamente no puedo permitir que la envíen al Pasado. Aun así, hace que pases el rato, y puede que un día la escuchen... bueno, ¿quién sabe cuántos hijos y nietos? Un número bastante grande, sospecho.
Pero, ¿dónde comenzar esa historia? Por el principio, por supuesto. Pero, ¿dónde comienza un círculo? ¿Cuando conocí a Bertie y realizamos nuestro primer viaje a través del tiempo? ¿O el principio real fue cuando me topé con aquel asombroso cuaderno del siglo dieciséis en una granja italiana? Eso sí, mucho antes de eso, en cierta manera, le había proporcionado una esposa a Caín, lo que permitió que yo existiera en primer lugar. Aunque también podría decirse que esto no comenzó en absoluto en el pasado, sino en un distante futuro, cuando la guerra civil desgarraba todo un cuadrante de la Galaxia, y el enemigo pensó que yo tenía un secreto que podría ayudarles a ganarla. O incluso más adelante en el futuro, cuando un ser misterioso llamado Moroni empezó –o empezará– a estar inquieto.
Empiece donde empiece, sin embargo, la clave es Bertie.
Desde luego, nunca me habría percatado de esto hasta que las tres Mujeres de Negro aparecieron en mi salón y empezaron a interrogarme sobre él.
Ése podría ser un buen sitio para empezar, tan bueno como cualquiera. Sí, ¿por qué no? Después de todo, ése fue el momento en el que las cosas empezaron a ponerse feas.
 

***

Martes 15 de junio, 2007. Ése fue el día. Media tarde, malamente iluminada por un sol resentido, una fina neblina acercándose desde los páramos.
El día había comenzado con bastante normalidad, con la inauguración en Bristol de un nuevo monumento dedicado a Bertie -esta vez una estatua que reemplazaba esa mirada perpleja suya con la de alguien que miraba a lo lejos con severidad. Por supuesto, se requería de mí que soltara el típico discurso sentimental.    
¿Conocéis la historia de Enrique II y Thomas Becket? Después de ordenar, o al menos instigar, el asesinato del Arzobispo en la Catedral, Enrique tuvo que permitir que los sacerdotes le azotaran para aplacar a la Iglesia y al pueblo, y así conseguir apoyos frente a la rebelión de su hijo.
Mi penitencia por no salvar a Bertie fue ser azotado por incontables celebraciones de su gloria. Sus trágicas aventuras, especialmente su papel en la Crucifixión, le habían hecho ya una figura de culto, y su misteriosa desaparición tan pronto después del regreso de Nazaret añadía un elemento trascendental a la historia.
Mi discurso era la misma cursilada de siempre, incluso había tratado con bastante habilidad con un impertinente:
—¿Pero cómo es que Bertie se ha perdido para siempre, cómo es posible que sufriera siempre tan horriblemente, y tú siempre parecías regresar tan bien?
—¡Te olvidas —le repliqué— de que yo volví horriblemente mutilado de Roswell!
—Sí, pero no tanto como Bertie. ¡Y él murió! ¡Como siempre!
—Por desgracia, no está al alcance de todos conseguir tal grandeza. Eso es lo que hizo a Bertie tan especial: el nunca rehuyó su deber final. —Me limpié una lágrima invisible del ojo con el nudillo del meñique, una señal para mis guardias de seguridad, que estaban mezclados en el público. El impertinente vio como le golpeaban como a una bola de billar francés hasta el final de la muchedumbre, donde le pisotearon con recta indignación: la nuestra era una sociedad pacífica entonces, y queríamos que siguiera siendo así.
Momentos así eran un engorro, pero nada más. El hecho seguía siendo que aunque Bertie hubiese capturado la imaginación del público desde el principio -era siempre “Bertie y N”, nunca “N y Bertie”- yo era el que estaba aquí  todavía para disfrutar de las considerables recompensas. Yo era ahora la figura mediática más buscada del mundo. Tenía veintiún doctorados honoris causa. Mi esperma se vendía a cinco libras por cola, rota o no.
Y aun así... nunca pude librarme por completo del sentimiento de que su saga no había acabado realmente. Aunque era imposible me encontré imaginando que en algún futuro distante, mucho después del fin de nuestra civilización actual, Bertie seguiría allí todavía, moldeando el futuro como había moldeado, sin saberlo, el pasado. Recordé las palabras de despedida de Moroni: “Ah, N, querido muchacho, no es que Bertie vaya a cambiar el futuro, es que él es el futuro.” Misteriosas palabras cuyo significado no alcanzaba a comprender.
Así que cuando llegué a casa, y me encontré con las tres Mujeres de Negro esperándome en mi habitación, sentadas tan tranquilas en mi sofá, experimenté la desagradable sensación de que aquello había sido inevitable. Mi casa era una vieja casa de campo al borde de Dartmoor, plantada en treinta acres de tierras, patrullada por doscientos guardias bien entrenados, y protegida por un sistema de alarmas último modelo. Sabía por lo tanto que mis visitantes sólo podían provenir de un lugar. Como había descubierto recientemente en Nazaret, los únicos que podían detener a la Policía del Tiempo eran otros Policías del Tiempo.
Me quedé de piedra ahí en la puerta, preguntándome cómo era posible que mi corazón hubiese atravesado el esófago tan rápido, y entonces una de ellas ejecutó una sonrisa. O al menos la torturó. Sus dientes no estaban serrados, pero desde luego daban la impresión de estarlo.
—Ah, N. Qué placer conocerte. ¡Por fin!
El hecho de que las tres fueran mujeres no me consolaba en absoluto. He estado en algunos aprietos en el pasado, de hecho a veces en un pasado muy lejano, y siempre me las he apañado para escapar. Sin embargo, uno no se escapa de un Policía Temporal, sea mujer o no. Era como si retuviesen en algún lugar de su conciencia algunos segundos del futuro, así que podían anticiparse a tu próximo movimiento.
Actué, como siempre hacía en tales situaciones, con fría astucia: me tiré al suelo, juré que no tenía ni idea de que había roto ninguna regla, y me arrastré suplicando clemencia.
La de la sonrisa se levantó, cruzó el cuarto, se inclinó, me agarró con una mano y me lanzó contra mi sillón favorito —¿lo sabía?— y después regresó al sofá con las otras dos, que estaban mirándome sin emoción.
—¡N, por favor! No estamos aquí por asuntos oficiales. Sólo nos hemos tomado unas pequeñas vacaciones, y sólo queríamos tener el honor de conocer al primer Viajero en el Tiempo del mundo, cara a cara.
Las miré fijamente.
Estaban vestidas de forma idéntica, con una especie de mono negro ajustado que se abultaba no sólo en los sitios adecuados, sino también en algunos más bien poco adecuados, lo que  probablemente indicaba equipos de comunicación, pistolas desintegradoras, extractores de hígados...
—Me llamo Shimmer, y mis compañeras son Shade y Shalom.
Largo pelo rubio que parecía estallar en destellos solares, pestañas que podía imaginar como una fila de estacas donde brujas en miniatura se quemaban y retorcían, pálidos ojos azules que recordaban a los del viejo de Poe pero sin un velo que suavizase su intensidad, dientes que soltaban chispas como las del yunque de un herrero demente. Oh sí, y la sonrisa de mostrar que era la poli buena.
La segunda mujer, rostro negro y mirada negra. Ojos amarillos que no parpadeaban y que amilanarían al mismísimo Sauron. Cejas como cimitarras. Labios que sugerían una Venus atrapamoscas a la que hubieran dejado plantada. Una ancha nariz que podría detectar el olor de la sangre a un cuarto de kilómetro de distancia. Dientes que preferían la carne cruda. Sin duda, algo de ADN de tiburón en alguna parte, lo que le permitiría detectar campos eléctricos a su alrededor. Shade. La poli mala. 
La tercera, una expresión tan neutral que me preguntaba si sería un androide. Claramente inferior en rango a las otras dos, ojos marrones que se lanzaban como flechas hacia cualquiera que estuviese hablando. ¿El Agente obediente, la que te sujetaba, la que, obedeciendo a un leve asentimiento de alguna de las otras dos, tal vez te diera el golpe de gracia? “Shalom”: la palabra es una despedida además de un saludo.
¿Shimmer, Shade y Shalom? Bueno, era más fácil de recordar que Tisífone, Alecto y Megera,  supongo.
Sólo más adelante me di cuenta de que, en otras circunstancias, las tres podrían haber sido consideradas excepcionalmente bellas.
Pero atractivas, no.
Shimmer continuó hablando:
—Hemos venido a contarte una triste noticia de la que posiblemente no estés al tanto. Bueno, no puedes estarlo. Bertie está muerto. La última palabra de sus labios fue tu nombre.
Esto era un shock. Bertie había muerto antes, claro —de hecho, como decía Shakespeare en Macbeth, nada en su vida le sentaba mejor que su costumbre de abandonarla— pero por el modo en que ella habló, sonaba como si estar muerto en el futuro fuera mucho más definitivo que estar muerto en el pasado.
Aun así, me demostró dos cosas: una, que después de todo Bertie había llegado al futuro aquel día fatídico en mi jardín, y dos, ¡que todavía se las había apañado para causar tantos problemas como para traer a estas tres elegantes asesinas a mi acogedor salón!
Shimmer esperó durante dos segundos —lo que claramente consideraba apropiado para que yo tuviese tiempo de asumir mi dolor— y después dijo:
—Obviamente te has dado cuenta, como demuestra la... digamos exageradamente respetuosa manera que has tenido de recibirnos, de que somos de la Policía Temporal. No somos, sin embargo, del brazo ejecutivo; trabajamos en el departamento de documentación. Hemos venido aquí en una especie de vacaciones de trabajo, para averiguar más sobre tus increíbles aventuras con Bertie. Piensa en nosotras como en unas historiadoras, que intentan vislumbrar qué hay de verdad en la leyenda.
¿Historiadoras? ¡Sí, hombre! Si estas mujeres trabajaban en el departamento de documentación, pena me daban los archivadores que se pusiesen en su camino.
Pero yo estaba bastante dispuesto a fingir que me creía aquella ficción. Si pensaban que podían sacarme lo que fuera que quisiesen sin alterar radicalmente mi configuración externa, o el feng shui de la orientación de mis órganos internos, yo estaba más que a favor de un enfoque tan inusualmente amable.
—De cuando venimos, hay ahora veintiún planetas habitados, y en todos ellos las criaturas aprenden el nombre de tu querido amigo casi antes de decir Mamá.
—O Papá —añadió Shade.
—O Papá. Sus hazañas son tan bien conocidas como las del Doctor Holmes y Jack Clousseau, o las de Miss Marlowe y el padre Columbo.
Por lo visto eran de un futuro muy distante.
—Lo que queremos es escuchar la verdadera historia, para que su memoria pueda ser honrada de un modo apropiado. Una Cápsula Temporal va a ser enviada próximamente a la Galaxia de Andrómeda, y una de las cosas que querríamos incluir es la historia de Bertie —y la tuya, por supuesto— para mostrarle a cualquier civilización extraterrestre cuán indomable y magnífico es el espíritu humano. Nos gustaría escuchar de tus propios labios cómo Bertie —y tú— luchasteis y derrotasteis al Monstruo del Lago Ness, salvasteis a la raza humana de la extinción en el tiempo de Caín, derrotasteis a las hordas de extraterrestres invasores en Roswell...
—Disculpe —dije—, estoy seguro de que son muy buenas historiadoras, pero nosotros... eh... ni nos acercamos jamás al Lago Ness, y en cuanto a Roswell, los extraterrestres no estaban invadiéndonos exactamente...
—¡Ahí lo tienes! —dijo Shimmer con ufanía— eso es exactamente por lo que hemos decidido venir aquí. Han pasado tantos centenares de siglos, tantas añadiduras se han hecho a las historias originales, que la verdad está en serio peligro de perderse.
No hubiera puesto muchas objeciones a que algo de la verdad se perdiese, pero decidí no mencionarlo.
—Hemos estudiado todas las entrevistas y discursos tuyos que han sobrevivido (incluido éste de Bristol que acabas de dar —por cierto, el impertinente murió— y aunque los admiramos en gran medida, tuvimos la sensación de que eran... bien, ¿podríamos decir que habían sido diseñados para el consumo del gran público?
—Mentiste —dijo Shade, con la clase de voz que una tumba podría haber usado si estuviese buscando guerra con otra. Shimmer ignoró tan frío comentario.
—Lo que quiere decir mi colega —dijo ella, cálidamente, como si no estuviese ya bastante claro— es que en tus declaraciones públicas debiste tener en cuenta que el mundo está lleno de distintas religiones, sensibilidades, prejuicios, etcétera, y que, como Bertie era un héroe internacional, has tenido siempre que tener en cuenta estas variaciones, y por consiguiente (yo sugeriría) has suprimido con tacto, o incluso alterado, ciertos detalles que podrían haber herido ciertas susceptibilidades.
—Mentir, en otras palabras —repitió Shade, con tono glacial.
Shalom no decía nada, sólo observaba.
Puesto que no estarían allí de no haber sabido alguna cosa, fuese lo que fuese (el tema era cuánto sabrían), yo no negué nada.
—Tienen razón en lo que dicen —dije, con lo que creía que era un tono de desarmante franqueza—, por ejemplo, al contar nuestras aventuras con Rasputín, tuve que tener en cuenta que...
Shimmer levantó un dedo, y mis palabras se empalaron en él.
—¡Exacto! Ésa es la clase de cosa que buscamos. Ahora bien, hay informes de que de hecho escribiste una narración completa de las hazañas de Bertie (y las tuyas, por supuesto), que tú nunca publicaste por las razones que hemos mencionado. Las llamaste Los momentos más gloriosos de Bertie.
Y me sonrió de nuevo. Sonreír, he leído, requiere el uso de quince músculos faciales. Escuché a cada uno de ellos chirriar por falta de uso.
Fue suficiente para ponerme en alerta de que hacerme el tonto no sería una idea muy inteligente.
—Sí, eso es verdad. En efecto, tengo mis propias notas de nuestras aventuras, las cuales empecé a escribir incluso antes de que Bertie desapareciese. Pensaba publicarlas de modo póstumo.
"Vamos, ¿en unos cinco minutos?", pensé sombríamente.
—Pero eso es excelente —dijo Shimmer— justo lo que necesitamos. Ahora bien, ya que nuestras... vacaciones, son bastante cortas, te quedaríamos extremadamente agradecidas si pudieses localizar esas notas. Sólo para aclarar algunas cuestiones menores. Para que los Andromedanos tengan una imagen precisa del mayor héroe de la Tierra... quiero decir, los mayores héroes.
Como si quisiese mostrar cómo serían las cosas si se quedasen extremadamente desagradecidas, Shade tomó un cuchillo que parecía más afilado que la lengua de mi pobre esposa perdida, y sacó lo que parecían coágulos de sangre seca de debajo de sus uñas. Me consolé con la reflexión de que no tenía por qué ser sangre humana.
Shalom seguía sentada como un gato, observando.
—Por supuesto —dije yo—  nada me daría mayor placer. Pero cuéntenme cosas de Bertie. ¿Qué fue de él?
—Murió con un valor ejemplar, como podríais esperar los que le erais más cercanos. Te contaremos cómo sucedió esto después de escuchar lo que tengas que decirnos.
—Como estábamos en medio de los acontecimientos, puede que hayamos perdido la perspectiva histórica de las cosas, —titubeé— no puedo garantizar que recuerde todo exactamente como sucedió...
—No importa. —Había una nota de impaciencia en el tono de Shimmer, y los músculos que sostenían su sonrisa se estaban atrofiando visiblemente.
Estaba bastante claro que esperaban que sacase los papeles en ese mismo instante. Bien, quizá fuera lo mejor. Cuanto más se quedasen, más peligro había de que  decidiesen explorar la casa. Gracias a Dios había estado manipulando la aventura de Nazaret precisamente la noche anterior, tratando de que mostrase mi papel bajo una luz un poco más agradable, así que mis notas estaban ahora en el cajón de un aparador de esta misma habitación. Si tuviese que ir a la caja de seguridad, me habrían seguido, o utilizado el tiempo para husmear por ahí.
Me moví por la habitación, sintiéndome como una rata con gota observada por tres gatos, y saqué la carpeta azul, que fui a entregarle a Shimmer. Pero ella me detuvo.
—Oh no, nos hacemos cargo de cuán valiosas deben ser para ti esas notas, tus notas personales sobre tan trascendental amistad. A pesar de lo meticulosas que somos, ni siquiera nosotras podemos prever una tormenta cuatridimensional, o un flujo repentino en la Cronosfera. Es mejor que esos papeles, que estoy convencida son tan queridos para tu corazón, no salgan de esta casa o de esta época. ¿Por qué no leérnoslos a nosotras, mientras tomamos notas, y tal vez te pidamos algunas aclaraciones?
Este asunto de ser la poli buena se le estaba subiendo a la cabeza. Shade la miró con repugnancia. Una mosca imprudente pasó volando y ella la ensartó limpiamente con la punta del cuchillo. 
No me gustaba la idea de leer delante de ellas, por supuesto, pero a lo mejor era preferible a que se llevasen las notas, las estudiasen con tranquilidad, y regresasen aquí pidiendo demasiadas aclaraciones. Además, podría darme la oportunidad de omitir algunas de mis más acerbas referencias a su profesión.
Y tampoco es que me dejasen elegir, de todas maneras.
—¿Quizá les gustaría una taza de té primero? —pregunté. ¿Todavía bebían té en la época de la que venían? Si pudiese llamar a un criado, al menos podría alertar a otros de la presencia de estas intrusas.
—¡Lee! —saltó Shade. Su paciencia con el enfoque amable de su colega se había agotado, evidentemente.
Hice crujir los papeles, preguntándome con qué Viaje podría empezar.
—Empieza por el principio —dijo Shimmer, tamborileando con las uñas inquietantemente.
No estaba en posición de negarme. Con la esperanza de acabar con aquello, comencé: Nunca me había sentido tan indignado.
—¿Quiere que regrese sólo para mirar un puñetero cuadro?
Shade me detuvo.
—¿Qué es eso de un cuadro? Dijimos que empieces por el principio.
—Pero es que eso fue el principio. Al menos, ese fue el primer Viaje que Bertie y yo hicimos juntos. El caso Mona Lisa.
Ella se puso de pie de un salto. ¿Qué coño había comido? ¿Patas de saltamontes aliñadas con muelles de cama bien engrasados?
—¡La puñetera Mona Lisa! ¿Y qué pasa con la aventura de Caín? Eso pasó mucho antes.
—En la cronología normal, sí, pero con respecto a nuestros Viajes, eso sucedió más tarde, cuando mejoramos la tecnología.
Shimmer dijo con dulzura:
—Está bien, el cuadro. Hemos oído cosas sobre él. Como decía, estuvimos escuchando algunos de tus antiguos discursos antes de venir aquí. Tú dijiste en el Show de Camilla Parker-Bowles-Windsor, después de que regresases de San Petersburgo: “Quizá la mayor satisfacción que he sentido nunca fue cuando ayudé a mi amigo Bertie a ganar la mano de la hermosa Mona Lisa, a pesar del enorme peligro que Leonardo da Vinci representaba para mí. Ahora que ella es, tristemente, una viuda, mi único deseo es aliviar su dolor lo mejor que puedo, y mantener en su corazón viva la llama de su amor por mi pobre y difunto amigo.”
—¿Yo dije eso?
—Tú dijiste eso.
Comencé de nuevo: Nunca me había sentido tan indignado.
—¿Quiere que regrese sólo para mirar un puñetero cuadro?
Shade se removió con furia.
—¿Dónde está la introducción? ¿Los orígenes de Bertie? ¿Cómo inventaste la Máquina del Tiempo?
—Eso viene después. Miren, puedo contarles ahora cómo conocí a Bertie, si insisten, pero su colega dijo que querían escuchar la historia tal y como la escribí.
—Eso dijimos —dijo Shimmer con suavidad— Por favor, continúa.
Nunca me había sentido tan indignado... miré desafiante a mi alrededor, pero nadie dijo nada.
Me aclaré la garganta y comencé de nuevo.
Afuera, los muy bien pagados guardias de seguridad de alto nivel marchaban arriba y abajo, ajenos a mis desdichas.

     2: Mona Lisa sonríe

La figura de Leonardo tiene una sonrisa tan agradable, que más bien parece divina que humana, y fue considerada maravillosa, por no diferir nada del original.
(Giorgio Vasari, 1568)

Nunca me había sentido tan indignado.
—¿Quiere que regrese sólo para mirar un puñetero cuadro?
El presidente de Chronotrek me sonrió con paciencia.
—No, no la pintura, a la chica real. A la Mona Lisa en persona. Durante siglos, el mundo se ha preguntado quién era de verdad, por qué tenía esa misteriosa sonrisa, y tú vas a resolver ese misterio.
—Pero... el primer viaje en el Tiempo de la historia, ¿y usted me manda a ver... un cuadro? ¿Qué pasa con las Pirámides? ¿O Cleopatra? ¿El Imperio Azteca? ¿Los Incas? ¿La Revolución Francesa? ¿Quizá Cle...?
Él se inclinó hacia delante, como el fantasma vengativo de un toro que acaba de ver al matador agitando en el aire su oreja recién cortada.
—Mira, N, he tenido que vender cinco refinerías de petróleo y un par de cadenas bancarias internacionales para que se construya esta cosa. ¡Soy yo el que decido dónde, o a qué época se va!
—Sin mi diseño...
Me callé.  No tenía sentido seguir protestando. Él tenía las de ganar ahora. Debería haber negociado mejor antes de darle los planos. Pero en aquel momento no había querido que hiciesen muchas preguntas. Todavía no quería.
Él aceptó mi derrota con elegancia, fingiendo que tenía un puño de terciopelo en un guante de hierro.
—Entre tú y yo, en parte es por mi hijo. Mi Bertie. Siempre ha sentido algo especial por ese cuadro, que es la razón de que yo lo comprase para él el año pasado. Pasa horas en su dormitorio, sólo mirándolo. Es una obsesión, y francamente, me estoy empezando a preocupar por él. Pero estoy seguro de que si conoce a Mona Lisa en carne y hueso, se curará, y mirará porno como los hombres normales de su edad. Además, a un nivel más práctico, no debemos ser muy ambiciosos con este primer Viaje. Algo sencillo y sin complicaciones para probar el equipo. Resolver el misterio de la sonrisa, traer algo de metraje decente para poder recuperar al menos parte de la inversión, y continuamos desde ahí.
La referencia a Bertie hizo que se me parara el corazón cinco segundos completos, mientras me planteaba si no me ahorraría una gran cantidad de preocupaciones si simplemente se parase para siempre en aquel preciso instante.
Al fin conseguí hablar.
—¿Me está diciendo que tu hijo viene conmigo?
—Por supuesto. Pensaba que estaba claro desde el principio. ¿O quizá se me olvidó mencionarlo?
Mientras yo estaba ahí de pie, sin palabras, añadió, para ayudar a que lo comprendiese:
—Sabes, este edificio es un triunfo de la ingeniería. 250 pisos. Y pensar que estamos en el último… Se rascó la barbilla—. Quiero muchísimo a mi hijo. Y mis guardias de seguridad son leales hasta el fanatismo.
Y me sonrió con una de sus sonrisas especiales, que se deslizó sobre mí como una medusa recién traída del Ártico.
Y así fue cómo surgió la pareja más famosa de la historia. Olvídense de esa enternecedora historia de la revista Time, en la que Bertie supera a cualquier otro aspirante a crononauta en las pruebas de selección, y mi llorosa insistencia en no Viajar sin él. Bertie ni se había acercado al Programa de Entrenamiento; de hecho sospechaba que ni sabía lo que significaba "crononauta."
Ahora bien, desde aquel momento, por supuesto, Bertie y yo hemos compartido muchas aventuras, y he llegado a comprender sus... digamos, inusuales cualidades mejor.
Imagínense que todas las vacas del mundo sucumbiesen a la Enfermedad de las Vacas Locas. El mundo se queda privado de vacas. Las margaritas de los campos ya no tiemblan cuando la sombra de una inmensa vaca pasa sobre ellas. Pero una vaca ha sobrevivido. Ajena a la epidemia. La Vaca Omega. Esta vaca, impasible y testarudamente cuerda, continúa haciendo sus humeantes ofrendas circulares a la diosa de la tierra. ¿Dónde? No importa. Digamos en Uzbekistán.
Ahora imagínense que un fétido individuo con insólitos ojos verdes pero por otra parte no demasiado favorecido por la madre naturaleza se subiese a un globo de aire caliente. ¿Por qué? No importa. Quizá lo han puesto ahí sus exasperados conocidos. ¿Dónde? Digamos en Chipping Snodbury-on-Wallop.
Estalla una tormenta. Una tremenda, homérica tormenta. El globo se desvía de su curso.  Después de muchas semanas o meses o años, se estrella. En el último momento, su ocupante salta y cae de cabeza al suelo.
Las posibilidades de que ustedes o yo cayéramos de cabeza en aquella boñiga uzbeka son... bueno, les dejo a ustedes que calculen cuántas cabezas serían necesarias para cubrir la superficie de todo el planeta.
He aquí lo asombroso del asunto: las posibilidades de que Bertie no acabara cayendo de cabeza en aquella boñiga son, quitando o poniendo algún decimal, las mismas.
Ese es el primer tema. El segundo tema es que las posibilidades de que Bertie oliese peor después de caer de cabeza en aquella boñiga en Uzbekistán serían igual de remotas.
Hay alrededor de cuarenta millones de receptores del olor en la nariz humana. La proyección cilial de estos receptores ofrece un área efectiva de 600 centímetros cuadrados. Mientras que pueden discriminarse 200 sabores, esa cifra se vuelve un monstruoso 2000 cuando hablamos de olores. Este hecho no tenía ningún significado para mí hasta que conocí a Bertie.
No me gustaría hacer demasiado hincapié en esto. Bertie es, después de todo, un héroe internacional ahora, y sus experiencias han llevado a una nueva dimensión el término "sufrimiento". Incluso ahora, mientras comienzo a escribir estas notas, él está siendo Regenerado una vez más en nuestras instalaciones médicas después de nuestro desastroso Viaje a Oriente Medio. Sólo menciono estas inusuales cualidades para indicar por qué al principio no tuve demasiado entusiasmo por la idea de compartir el primer Viaje en el Tiempo con él.
Pero doscientos cincuenta pisos eran una buena caída. 

 ***

Todos hemos visto la sonrisa de Mona Lisa, por supuesto. Pero puede que no sepan que Leonardo llevó ese cuadro con él toda su vida, e incluso después de habérselo vendido a Francisco I de Francia, se le permitió conservarlo en su estudio hasta el día en que murió. Por alguna razón, además, aunque tomaba meticulosas notas de todos sus otros encargos y modelos en sus cuadernos, nunca tomó nota de éste. Y el cuadro en sí está sin fecha ni firma. Es casi como si estuviese ocultando cualquier signo que pudiese conducir a la identidad de la retratada. Como si nunca hubiese existido. ¿Por qué? ¿Por qué estaba tan unido a la pintura y sin embargo mantenía tanto secreto sobre el personaje?
Desde luego, había casi tantos pareceres sobre su identidad como bichos en la barba de Bertie, y se atropellaban unos a otros como escuálidos jugadores en una melé de rugby. Sólo comenzaron a llamarla la Mona Lisa, o La Gioconda, un siglo después de que la pintaran,  basándose en la poco contrastada versión de Vasari de que era Lisa, la tercera esposa de un rico mercader Florentino, Francesco del Giocondo. Otros creyeron que era la amante de uno de los Medici; o una de las más conocidas cortesanas del Renacimiento, la condesa Caterina Sforza; o una fantástica recreación de su madre quizás, o incluso un ingenioso retrato del artista mismo.
En otras palabras, la Mona Lisa era pasto interminable de académicos dementes y otros parásitos artísticos.
El otro propósito que teníamos, sin embargo, era descubrir el por qué exactamente la dama estaba sonriendo del modo en que lo hacía.
Abundaban las teorías sobre esto, también. Para Oscar Wilde, por ejemplo, era un músico de laúd el que había cautivado a la modelo, Vasari pensaba que un bufón la mantenía entretenida,  otros juraban que era un gato persa, y un destacado académico de  Harvard escribió un monográfico de cien páginas, “probando” que acababa de tirarse un pedo.
Ahora bien, no crean que yo sabía todo esto porque tuviese un gran interés en el cuadro. Mi único interés eran los cuadernos científicos. Simplemente investigué un poquito para el Viaje. De muy mala gana. Porque, como Luis XV de Francia, que odiaba tanto la pintura que la sacó del Palacio de Versalles, yo no podía soportar esa sonrisa condescendiente. Francamente, aborrecía a la Mona Lisa —completamente de acuerdo con Somerset Maugham, que habló de la “insípida sonrisa de esa mojigata jovencita necesitada de sexo”.
¡Ah, bueno, nunca te acostarás sin aprender algo más!
Bueno, todos menos Bertie, claro.

***


Aunque nadie lo sabía a ciencia cierta, el consenso general era que el cuadro había sido pintado en algún momento entre 1503 y 1506. Así que pensamos que Julio de 1505 sería un buen momento para llegar. ¡Verano en Florencia sin autobuses llenos de turistas!
Mi Máquina del Tiempo funcionó perfectamente, y en nada de tiempo (por así decirlo), y elegantemente vestidos por nuestro departamento de vestuario en el bastante sexy atuendo de la época, nos materializamos cerca de Florencia al sol de media tarde. Dejamos la Máquina (y el Módulo de Movilidad Espacial) escondidos bajo unos árboles a una milla aproximadamente de Florencia.
Avanzamos con dificultad a través de la campiña virgen, pasando algunos de los lujosos palacios y hermosos jardines de los ricos, y soñando con cornettos. Nada más cruzar el Río Arno por el Ponte Vecchio (para mi sorpresa, lleno de carnicerías y zapateros, y no de los orfebres de hoy en día) divisamos un par de campesinos de aspecto desaliñado de pie en la orilla junto a un árbol raquítico, y les contamos que estábamos buscando al Señor da Vinci.
—¿Por qué, os está esperando?
—Estoo, no, lo dudo bastante.
—Una pena. Si por casualidad hubiera estado esperándoos a vosotros, podríamos haberos ayudado. Sabemos todo lo que hay que saber de esperar. Pero lo de buscar se sale un poco de nuestras competencias, me temo.
—A lo mejor es eso en lo que nos hemos equivocado —dijo el otro pensativamente, rascándose la barbilla con sus dedos mugrientos—.  Quizás consiguiésemos más si  nos dedicásemos a buscarle activamente, en vez de sólo esperarle.
—No puedo estar de acuerdo. Estos dos de aquí están buscando, pero no han encontrado a nadie todavía.
—Eso no es verdad. Nos han encontrado a nosotros.
—Sí, pero no nos estaban buscando.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de eso? ¿Por qué eres tan negativo, hombre? Discúlpenme, señores —(mirándonos a nosotros)— ¿nos estaban buscando a nosotros?
—Oh, no seas idiota —saltó su compañero, antes de que pudiese responder—. Acaban de decir que estaban buscando al señor da Vinci.
—Ahora sí. ¿Y ayer? De acuerdo que hoy están buscando al señor da Vinci, no voy a discutir eso (aunque ciertamente podría, y puede que más adelante lo haga) pero puede ser que ayer nos estuviesen buscando a nosotros precisamente. O que nos busquen mañana.
—¿Y por qué querría nadie buscarnos  a nosotros precisamente?
—¡Ah!, ¡ahí me has pillado! —volviéndose a mí otra vez—; si hubieseis estado buscándonos a nosotros (vamos a imaginarnos) ¿por qué habríais estado haciéndolo?
—Pero es que no estábamos buscándoos a vosotros, la pregunta no tiene sentido —respondí enfadado, harto de estos dos.
—Ahí lo tienes, ¿ves?, ¡ya has metido la pata con tus preguntas tontas! Has disgustado a estos caballeros.
—Bueno, todo lo que puedo decir es que si no están dispuestos a ayudarnos, ¿por qué íbamos a ayudarlos nosotros?
—Ése es un buen argumento.
—No hay nada que hacer, entonces.
—Entonces, ¿nos vamos?
—No podemos.
—¿Por qué?
—No me acuerdo.
Y después de lanzarnos una mirada llena de rencor, los dos se dieron la vuelta y miraron a la distancia, uno de ellos dándose sombra con una bota vieja, el otro con un sombrero. Y eso que el sol estaba a sus espaldas.
Seguimos caminando, escuchando cómo el sudor chisporroteaba bajo nuestras narices, y  pronto llegamos a la Piazza della Signoria, que hervía de ruido y gente. Después de pasar un grupo de cantantes enmascarados y músicos de laúd dándole una serenata a un dignatario gordinflón, divisamos a un  cincuentón de aspecto severo con una larga y florida barba y ojos penetrantes —el aspecto que el Anciano Marinero de Coleridge habría tenido si se hubiese tomado el tiempo de comer algo en aquellos festines de boda en vez de dar la paliza constantemente a los invitados con lo del albatros. Le reconocí inmediatamente por el famoso autorretrato que iba a pintar ocho años más tarde. Me acerqué a él con cierta desazón.
—Disculpe, señor, ¿es usted el Señor da Vinci? —pregunté.
Él me miró fijamente, enfadado.
—¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Qué le parecería si yo le preguntase si vuesa merced es el Señor de Villanueva del Pardillo?
—Perdón. ¿Es vuesa merced Leonardo el gran pintor?
—¡No me gusta su tono!
—¿Qué?
—¿Está tratando de insinuar que lo único que sé hacer es pintar?
—No, por supuesto que no, yo...
—Si me preguntase si soy Leonardo el renombrado pintor, escultor, músico, bailarín, matemático, ingeniero civil y militar, ingeniero hidráulico, diseñador de armas, arquitecto, botánico, anatomista, dentista, constructor de puentes, diseñador de máquinas voladoras, tanques y submarinos, creador de autómatas, etc. y omitiese el resto de mis asombrosas habilidades, podría haber respondido que sí, porque como epítome de Hombre del Renacimiento soy por definición también razonable, y no espero que recuerde todas y cada una de las cosas que hago. De hecho, si  tengo un defecto (algo que, reflexionando profundamente sobre ello, puesto que soy, como debe ser evidente, también un Pensador; dudo bastante) es que incluso yo no puedo recordar todo lo que hago. Esa es la razón por la que nunca acabo nada. Pero ni siquiera ha hecho el esfuerzo de intentar dirigirse a mí con propiedad. 
Me miró airadamente una vez más, y estaba a punto de marcharse a zancadas cuando notó la presencia de Bertie.
—¡Dio mio! —exclamó.  Dio un paso hacia él, sostuvo su mandíbula hacia un lado, después hacia el otro, le tiró de la barba, le hizo dar una vuelta, y en resumen le inspeccionó por completo.
(Todas nuestras conversaciones eran, por supuesto, en el italiano de la época. Como todos saben, la Facultad Gramatical Universal (o Profunda) Chomskiana, así como  la UR-lengua, habían sido localizadas por fin, y no, como se esperaba, en las áreas cerebrales de Broca o de Wernike, sino en el apéndice, lo que finalmente resolvió el misterio del sentido de su existencia. Con la estimulación electroquímica adecuada de ese órgano, más la inyección de células madre de embriones no viables de loro, era ahora posible aprender una lengua extranjera moderna por completo en menos de una semana, un par de días más si eran versiones más antiguas, y un par de días por añadidura si coincidía que eras Bertie. En este relato de nuestras aventuras, sin embargo, he mantenido alguna que otra palabra o expresión para recordar a los lectores de que en realidad están leyendo una traducción.)
—¡Pero esto es perfetto! ¡Ojalá te hubiese visto antes! ¡Ven conmigo! ¡Quiero hacer estudios de ti! ¡Voy a cambiar mi Última Cena! ¡Por fin tengo al Judas perfecto!
Continuó estirando la piel de Bertie en todas direcciones para admirar la estructura ósea de australopiteco que había debajo:
—¡Sí, sí, sí! ¡En cuanto pueda regresar a Milán! ¡Y cuando acabe, puedo coger dos piccioni con una judía de fava, y utilizar tu cuerpo en mis estudios anatómicos, aunque el Papa insista en atormentarme sobre eso. ¿Cómo puedo estudiar anatomía si no se me permite diseccionar a la gente?
Se volvió hacia mí, con mucho más respeto ahora.
—¿Cuánto me pediría por él, señor?
Me di cuenta de que las... digamos, no muy delicadas facciones de Bertie habían conducido a  Leonardo a creer que era mi esclavo, a pesar de su elegante vestimenta.
—No puedo venderle, señor —contesté yo —pero estaría más que dispuesto a prestárselo para que pueda crear belleza de la fealdad.
En vez de apoyarme en mi brillante estrategia, Bertie salió con su típico egoísmo.
—No puede diseccionarme —dijo, con el labio inferior temblándole como una gota de lluvia a punto de caer de una hoja —o tendrá que vérselas con mi papá.
—¿Le permite a su esclavo que hable sin permiso? —inquirió Leonardo.
—Es más un criado de confianza en mi familia que un esclavo —respondí —y ha estado conmigo durante mucho tiempo, así que mientras sea obediente no pongo objeciones a  que se tome algunas libertades.
Me volví a Bertie.
—Bueno, me gustaría que ayudases a Leonardo el gran artis... erudito. Él te llevará a su estudio y hará estudios sobre ti. Conocerás gente interesante. Puede que incluso a algunos de los modelos que está pintando. Eso es lo que tu padre habría querido, ¿no?
—Señor —dijo Leonardo —permítame decir que estoy más que impresionado con el trato tan humano que da a su sirviente. Yo mismo tengo un sirviente, Battista, al que estimo en gran medida.
Para entonces Bertie por fin había captado que prácticamente nos habían proporcionado una invitación para conocer a la Mona Lisa, y sus ojos brillaban con entusiasmo. Sin duda era un increíble golpe de suerte. ¿Quién habría imaginado que el vil aspecto de Bertie podría servir de pasaporte a codearnos con artistas?
Para entonces habíamos llegado a la fachada del Palazzo Vecchio, donde había una enorme estatua de mármol. Era el David de Miguel Ángel, que había sido terminado precisamente el año anterior. Representa a David preparándose para enfrentarse a Goliat, aunque nunca comprendí por qué tenía que luchar con él en pelota picada: quizá la idea era que el remilgado gigante miraría hacia otra parte, ruborizado, y que entonces David podría cogerle por sorpresa con la honda. De todas maneras, ya que nuestro Davidín medía como cuatro metros, el gigante era probablemente mucho más pequeño. ¡Qué pelea tan injusta!
Bertie estaba impresionado.
—¡Mamma mia qué pedazo de estatua! —dijo—, ¿has hecho tú eso?
La formidable barba de Leonardo se puso de punta, como si uno de sus pinceles se hubiese secado demasiado rápido. Olvidando su actitud progresista con respecto a los ordenes sociales inferiores, pegó un par de zancadas hacia Bertie y le sacudió con tanta fuerza como los jóvenes vanidosos e injustamente bien dotados se sacuden el miembro para terminar la faena en los baños públicos.
—¡Desde luego que no! Cualquiera puede hacer una escultura. Pura fuerza bruta. ¡Bang, chop, chip! Esa monstruosidad la ha hecho ese lameculos neoplatónico, ése fanático religioso, ese deforme gotoso advenedizo de Miguel Ángel! ¿Qué tenía de malo con el David de Verrochio? ¡Eso de ahí es una desgracia para nuestros espacios públicos, eso es lo que es!
Me dio la sensación de que no le gustaba demasiado Miguel Ángel. Bueno, éste tenía como la mitad de edad que él, y ya era más famoso en según qué ambientes. Y a Leonardo ni siquiera le habían invitado a trabajar en los frescos de la Capilla Sixtina. 
Sin prestar atención a la gente que estaba a su alrededor, Leonardo recogió con un pergamino una cantidad importante de excrementos frescos de paloma, más olorosos de lo habitual, extrajo un pequeño pájaro metálico de entre sus ropas, lo llenó de los excrementos, le dio cuerda, y lo dirigió hacia la estatua, donde dio dos vueltas, pió, soltó su carga, y regresó al bolsillo de su inventor con un runrún satisfecho.   
—¡Y luego dicen que mis investigaciones científicas no tienen utilidad! —dijo, riéndose entre dientes, mientras nos marchábamos.
Empezaba a caerme bien.
—Tengo un estudio grande por Santa Maria Novella, donde trabajé en los bocetos para el fresco de la batalla de Anghiari —nos confió Leonardo, después de que su risita se extinguiera—pero tengo otra bottega a la vuelta de la esquina para cuadros más personales. Estoy trabajando en uno bastante interesante ahora mismo.
Entramos en un sendero flanqueado por oscuros edificios de madera, y le seguimos hasta un estudio lleno de lienzos,  paneles y recipientes para mezclar la pintura. Algunos músicos, aburridos, estaban sentados por ahí. Había también un gato persa, tan viejo y sarnoso que no habría hecho sonreír a nadie.
¡Y ahí estaba! ¡La pintura más famosa del mundo! Colocada de cualquier manera en un caballete. Escuché Bertie contener  la respiración.
 Debéis recordar que hoy en día el cuadro está cubierto por cantidades de mugre —de resina, laca y barniz— aplicadas año tras año para protegerla. Más maquillaje que una drag queen el día del Orgullo Gay. La modelo ahora tiene un aspecto amarillo y enfermizo, pero entonces tenía las mejillas bastante sonrosadas, y los cielos tras ella eran más azules que verdes.
¡Y la famosa sonrisa estaba ya ahí! Sólo que...
No estaba del todo bien.  Si los labios tuviesen esqueletos, habría dicho que era sólo el esqueleto de la sonrisa. Un esqueleto, además, incómodo. Faltaba algo, esa pizca de triunfo, esa mirada de “si tú supieras lo que yo”. Claramente Leonardo no había terminado aún el cuadro —de hecho nunca encontró el momento de darle a la chica unas cejas.
Pero no tenía tiempo de confirmar estas primeras impresiones, porque inmediatamente nos llevaron hasta un pequeño rincón al fondo del estudio...
¡Donde estaba sentada la mismísima Mona Lisa, pintándose las uñas de los pies!
En realidad estaba agradablemente morena, y su figura ni se acercaba a la de aquella chica regordeta que salía en el cuadro. En vez de esa raya en medio de maestra de escuela, su pelo, de un hermoso color castaño, estaba apartado sensualmente hacia un lado. Sus pies estaban desnudos.
Una agradable sorpresa, debo admitir. Pero aún había algo raro con sus labios, incluso en persona...
—Ésta es Wenefride, aunque le gusta que le llamen Winnie —dijo Leonardo—. Es de Inglaterra, de un sitio llamado Torky o Porky, algo así, pero ya está prácticamente asimilada dentro de la sociedad florentina.
¡Torquay! ¡Pero si ése era mi lugar de origen! ¡El rostro más famoso del mundo era de Torquay! ¡Posiblemente de mi misma calle! Si es que existía entonces.
Hice un gran esfuerzo para ocultar mi asombro.
—¿Winnie? Qué nombre tan original, encantado de conocerte —tartamudeé, mientras mi cabeza daba vueltas—. Soy Ennio, un Narrador Subjetivo, y este es Bertrando, un abnegado idiota.
Leonardo puso un brazo poco paternal alrededor de sus hombros, mientras Bertie se agitaba y la miraba con perfecta adoración, murmurando “mamma mias” con la regularidad del goteo de un grifo. Enamorado hasta las trancas, sin duda. Su respiración se aceleró, lo que hizo que Winnie se apartara un poco.
Leonardo malinterpretó la razón de mi asombro.
—La curva de sus labios es única, ya veo que no ha escapado su aguda atención. Es el efecto temporal de un aparato corrector que he inventado y ajustado a sus dientes hace algunas semanas. Muéstrales,  Winnie.
A Winnie no pareció hacerle mucha gracia esto, pero abrió obedientemente la boca, y vimos lo que parecía la cuerda de una guitarra alrededor de sus encías y entrando y saliendo de sus dientes como la doble hélice del ADN. Cerró su boca de nuevo. Obviamente estaba algo incómoda.
—Observará —prosiguió el pintor con orgullo— que por casualidad esto le da una expresión única, un toque de lascivia, un reproche burlón, una mirada de ven-aquí-pero-no-esperes-conseguir-lo-que-quieres, además de un toque de tristeza, y una profunda consciencia de cuán cruel es la mortalidad humana, ¿no crees? Es por eso que decidí pintarla. Será, creo, mi mejor cuadro. ¡Y eso no es decir poco!
Y le sonrió con todas las señales de un profundo afecto.
Bertie finalmente  se las arregló para hablar.
—¡Mi diosa! —murmuró.
Winnie le miró confusa, y Leonardo frunció el ceño. El brazo paternal se volvió más posesivo.
—No te pases de sfacciato con ella, exageradamente aromática criatura, o te quedarás sin trabajo otra vez. Recuerdo tu cara lo bastante bien para poderla pintar sin ti. ¿Capisci?
En aquel momento, por primera vez, noté la presencia de un joven extremadamente atractivo que estaba de pie en la esquina, con aspecto triste. Este desasosiego podría ser debido a que estaba bastante cerca de un cuerpo a medio diseccionar, pero me daba la sensación de que tenía más que ver con la hermosa Winnie.
—Éste —dijo Leo, cruzando y poniendo otro brazo más que paternal alrededor de los hombros del joven —es Salai, mi asistente.
Ah, Gian Giacomo Caprotti, a quien Leonardo había traído desde Milán quince años atrás, cuando sólo tenía diez: “un grácil y hermoso joven... que complacía enormemente a Leonardo,” como explicaba Vasari sin rodeos. “Salai”, “diablillo”, era el apodo que le había dado el pintor.
Alcancé a ver la expresión de Winnie. No era amistosa. Nos habíamos topado con una interesante escena doméstica. Me pareció que Leonardo sentía algo más que simpatía tanto por Winnie como por Salai, y de que ambos se veían como rivales.
Bien, Salai miraba a Winnie con hostilidad, y Winnie miraba a Salai con hostilidad, y Leonardo miraba a Bertie con hostilidad, y pensé que yo bien podría imitarle, y mirarle con hostilidad también. A pesar de nuestra increíble suerte (o más bien, para no desperdiciarla) quería salir inmediatamente. No tenía ninguna confianza en el autocontrol de Bertie. Ella era su ídolo, la mujer que había adorado desde que era un muchacho. Necesitaba quedarme a solas con él, darle tiempo para enfriarse.
Pero antes de que pudiese arrastrarle lejos de allí, hubo una dramática interrupción. Parece ser que alguien había visto la antinatural llamada de la naturaleza del pájaro mecánico, y le había ido con el chisme a Miguel Ángel, porque un ladrillo cruzó a toda velocidad por la puerta, que estaba abierta, seguida por una voz desde fuera.
—¡Ya que no has podido presentar a los Sforzas un jinete a caballo en bronce en diez años, mira a ver si te las apañas para sacar algo de esto! Y por cierto, ¡se ha desprendido otro trozo de tu fresco de la Última Cena, pazzo!
Leonardo soltó un rugido, y se dirigió hacia la puerta, y estaba fuera de nuestra vista más raudo que un quark en un acelerador de partículas.
Bertie es estúpidamente romántico e impetuoso, como iba a descubrir (para su desgracia más que para la mía, ¡gracias al señor!) a través de muchas aventuras. Durante esos escasos minutos, su ya de por sí limitado autocontrol se había agotado como la afabilidad de una langosta incauta que hubiese sido arrojada en agua hirviendo. Tan pronto Leonardo salió del estudio, ya estaba él declarándole su inextinguible pasión a una alarmada Winnie.
—Te adoro y te venero y quiero protegerte de un mundo cruel y sin piedad —le informó, sus ojos verdes destellando con ardor y sinceridad.
Pero Winnie no estaba interesada.
—Mira —dijo— no es nada personal... bueno aparte del hecho de que apestas y eres feo hasta para un inglés —nuestro italiano obviamente no la había engañado— pero he venido con la mochila hasta Italia a por un poco de sol, playa, sexo y grappa, para encontrar algunos latin lovers, así que ¿para qué iba a perder el tiempo contigo?
—Pero puedo mimarte y cuidarte, y nunca te pediré que planches —protestó el ardoroso pretendiente.
—¿Te crees que no he oído ese tipo de cosas antes? ¡Luego cuando descubren que no tengo una puñetera dote, se acabaron las honorables intenciones! Así que me quedo con Leo, a pesar de sus... católicos gustos. Está mejorando su posición en el mundo; he oído que el rey de Francia está interesado en darle un trabajo en la corte de Milán otra vez. ¡Lo que trato de decir, con educación, es que dejes de jadear y te largues!
Más adelante ella me confirmó que normalmente no era tan brusca, pero que le había bajado la regla precisamente ese día. Leonardo le había prometido inventar un tampón para ella, pero, como con tantos otros proyectos, no se había puesto a trabajar en ello.
Bertie ignoró la parte de “apestas” y “eres feo”, y se agarró al problema de la dote.
—Pero yo no querría una dote. Mi papá es el hombre más rico del mundo.
Bien, dejadme deciros que me moví más rápido que esos tres ratones ciegos que se toparon con la mujer del granjero con el cuchillo de trinchar. Agarré a  Bertie con una triple nelson invertida y reforzada y lo saqué a la calle antes de que Winnie pudiese siquiera empezar a reír estupefacta.
—¡Dile a Leonardo que volveremos mañana por la mañana! —le grité.
Bloqueé la tráquea de Bertie durante unos minutos, lo cual lo calmó de maravilla. Le puse bien claro que si su padre descubriese aquello ya ni siquiera le permitirían tener el cuadro en su habitación. Finalmente él recobró el sentido común (al menos yo pensé que lo había hecho: me lo tenía que haber imaginado) y nos pasamos el resto del día haciendo turismo antes de buscar una pequeña posada para pasar la noche. Después de pedir la cena nos acomodamos con una botella de vino local.
Yo ya había decidido que saldríamos lo antes posible al día siguiente, después de conseguir algo de metraje. No podía arriesgarme a que Leonardo, nada menos, descubriese que éramos del futuro, aunque a mí también me hubiera gustado conocer a Winnie un poquito mejor. Mi esposa Mabel, por supuesto, tenía sus buenas cualidades, pero no podía recordar ya cuáles eran. Además, cuando estás a quinientos años de distancia de tu hogar, consuela encontrar una chica de tu tierra. Y como decía, ella era mucho más guapa que lo que sugiere el cuadro.
Después de que nos sirviesen la comida descubrí que había un pequeño problema con mi plan: ¡el idiota de Bertie quería que nos llevásemos a Winnie de vuelta con nosotros!
—¿Estás loco? ¡Ella nunca aceptaría! ¡Y aunque ella lo hiciera, yo no!
—¡Mi papá es tu jefe! —dijo Bertie, enfurruñado.
—... quien me dio instrucciones estrictas de no hacer nada en el pasado que pudiese alterar la historia futura. ¿No has leído a Bradbury, o a Moorcock, o a Redwood o a Silverberg? ¿No has visto Star Trek, o Regreso al futuro? ¡Y aun así  te quieres traer a la Mona Lisa!
—Ya tengo a la Mona Lisa. ¡Quiero a Winnie!
—¡Pero si es que ella es la Mona Lisa!
—Pero el cuadro ya está terminado. Si Winnie regresa con nosotros, ¿quién lo notaría? En la historia nadie ha oído nada de ella.
Me di cuenta de que acababa de tener la desventura de presenciar el acto de inauguración del primer pensamiento de Bertie. Algún otro le seguiría, normalmente en el momento más inoportuno. Lo mismo que un borracho, obligado a caminar por una línea recta de tiza, tarde o temprano pisará la raya mientras se tambalea de un lado a otro, asimismo Bertie, de modo ocasional, me sorprendería tropezando con el sendero de la lógica.
Mientras mordía lo que el posadero tenía la desvergüenza de llamar venado, intenté hacer que Bertie comprendiera el efecto mariposa, que viese que un cambio insignificante ahora podría tener enormes repercusiones con el paso de quinientos años. En vano. Al final, saqué a relucir mi rango, me negué a discutir más el asunto, y le envié a pedir más bebida.
Si hubiese conocido a Bertie tan bien como le conozco ahora, hubiese pedido las bebidas yo mismo.

***


Cuando me desperté, con la clase de dolor de cabeza que sólo Humpty Dumpty podría haber comprendido del todo, tuve la sensación de que algo no iba bien incluso antes de que abriese dolorosamente los ojos. Me llevó sólo unos instantes darme cuenta de lo que era.
¡El olor natural de Bertie, en feroz combate con olores más agradables!
Y ahí estaba, llevando una estilosa capa nueva de brocado plateado, con adornos de terciopelo azul, y un par de medias rosas. ¡Peinándose el pelo y la barba! Y silbando.
Murmuré débilmente:
—Bertie, ¿qué está pasando?
Él se volvió hacia mí con expresión alborozada.
—No quería despertarte —dijo— pero han pasado las once y prometimos estar en el estudio.
—¡Las once pasadas! ¿Pero cómo...?
—La bebida —replicó él—. Los dos caímos redondos anoche, por lo visto, y nos tuvieron que subir arriba en brazos.
Bueno eso explicaba por qué estaba compartiendo el cuarto con él. Una parte intacta de mi cerebro estimó que debía haber sido una combinación de la bebida y jet-lag espacio-temporal. Un poco raro que él se hubiese recuperado más rápido que yo.
Los venecianos fueron los primeros en importar cantidades respetables de café a Europa, pero desafortunadamente no lo hicieron hasta un siglo después, así que tuvimos que apañárnoslas con agua fría y un triste desayuno de pan, queso y aceitunas.
Obligué a Bertie a prometer que no le tiraría los tejos más a Winnie —él accedió de mejor gana de lo que esperaba— y después partimos en dirección al estudio de Leonardo. Por el camino, compré una pequeña daga ornamental, e inserté mi cámara de vídeo digital en miniatura en la empuñadura.  Me dije que si tan sólo hubiese estado mejor preparado para grabar el día anterior, ya podríamos estar seguros y de vuelta en nuestra época.
Cuando llegamos allí, sin embargo, Salai nos paró en la puerta.
—Por favor, esperad si no os importa —dijo educadamente—. Creo que el maestro está a punto de terminar por fin el retrato. Nunca le he visto tan entusiasmado.
Creí ver que Bertie y él intercambiaban una sonrisa de complicidad. ¿Tan pronto se había corrompido Bertie en este ambiente artístico?
Nos asomamos un momento, y vimos a Winnie sentada allí, su espalda hacia nosotros, y Leonardo junto a su caballete, el ceño fruncido marcando la furiosa concentración de su rostro.
Salai tenía razón. En unos pocos minutos, el artista soltó una exclamación de gozo, arrojó a un lado sus pinceles, y se adelantó para darle a Winnie un enorme abrazo. Después nos vio, y dijo:
—¡Entrad, echad sólo un vistazo a esto, y humillaos!
Entramos, y yo vi la diferencia inmediatamente.
¡El cuadro ahora tenía la famosa sonrisa de Mona Lisa!
¡Igual que la modelo! ¡Exacta!
No había duda. La base de la sonrisa era todavía el aparato dental, pero además había una cualidad añadida: esa sensación de tener secretos que no compartiría. Me coloqué de modo que pudiese grabar en secreto a Leonardo, Winnie, y el cuadro en la misma toma.
Habíamos tenido un éxito increíble. En menos de veinticuatro horas, teníamos la película, conocíamos la identidad de la modelo, sabíamos que la sonrisa era, por lo menos en parte, consecuencia de un prototipo de aparato dental, y hasta teníamos una idea bastante buena de por qué Leonardo había atesorado el cuadro con tantísimo celo.
Entonces, ¿por qué una desagradable premonición me estuvo acechando durante los minutos  de felicitaciones mutuas que siguieron?
La respuesta, en una sola palabra, eran las sonrisas. Había algo que no marchaba bien con  todas ellas. Y todas parecían estar relacionadas de algún modo con Bertie.
Winnie. No sólo la sonrisa, con ese nuevo y misterioso toque de triunfo sardónico. Pero también, al contrario que el día anterior, ahora ella sonreía a Bertie cada vez que le sorprendía mirándola. Una vez, incluso, creí verla guiñando un ojo.
Leonardo. Bajo su expresión de triunfo artístico, una sonrisa de lo más siniestra se dibujaba en su cara cuando interceptaba alguna de esas miradas.
Salai. Había desaparecido el rencor de la tarde anterior, que había sido sustituido por una enorme sonrisa burlona, como la de un pato de goma persiguiendo a una ballena.
No me hizo ninguna gracia.
Menos aún cuando Leonardo, por fin, se volvió hacia mí y dijo:
—Como ve, ¡hoy estoy en plena forma! ¡Y eso, déjeme decirle, es más alto de lo que Miguel Ángel podría soñar jamás! ¡Comenzaré inmediatamente el boceto de la cabeza de mi ya maravilloso Judas en la Última Cena con la aún más ruin testa de su criado! Comprenderá, Signore, que necesito trabajar a solas, así que le agradecería que pudiese dejar a su hombre aquí, como acordamos. Quizá podríamos encontrarnos mañana para dar un paseo por esta hermosa ciudad.
Algo se estaba cociendo, lo sabía. Incluso la sonrisa de triunfo de Bertie vaciló un poco cuando escuchó esta petición. Pero como no tenía la opción de decir, “Lo siento, pero estábamos a punto de saltar al futuro”, me sumé a las sonrisas, aunque la mía fue entre rechinar de dientes.
Profundamente perturbado, dejé el estudio, más que al tanto de la mirada burlona de Salai cuando pasé junto a él. “A solas” parecía incluir a todo el mundo menos a mí.
Pasé toda la tarde tratando en vano de quitarme esta sensación de desastre inminente, antes de regresar a la posada, donde me arrojé nerviosamente sobre la cama para esperar la llegada de Bertie. Sospechaba que lo más brillante y lo más necio de Europa tenían  intenciones encontradas, y que el destino me había lanzado cruelmente del lado de los necios.

***


La ominosa nube negra que se cernía sobre mí abrió sus tripas alrededor de las ocho, cuando Salai irrumpió en nuestro cuarto.
—Ven, rápido —exclamó—  ¡Bertrando ha sido envenenado!
—¡Qué!
—¡No hay tiempo para preguntas! ¡Fai presto!
Corrimos hacia el estudio de Leonardo, Salai murmurando algo sobre “¿por qué no podría  esa estúpida mujer tener la boca cerrada?”, y encontramos a Bertie tumbado en un banco, mientras Leonardo le cuidaba. Su rostro era una mezcla de  morado mora-madura y amarillo yema de huevo, sus ojos saltones salpicados de rojo. Le salían espumarajos de la boca en profusión, y la piel se le estaba pelando.
Sí, tenía aún peor aspecto de lo habitual.
—¿Quién —exclamé— ha cometido este acto tan vil?
—¡Oh, querido señor, he sido yo, ha sido completamente involuntario! —se lamentó Leonardo, girándose hacia mí—. ¡Un terrible accidente!
Cantarella. La bebida favorita de los Borgias —esto es, para sus invitados. Un estupendo veneno de acción retardada. El papá de César Borgia, el Papa Alejandro VI (hubo un tiempo en que los papas eran divertidos de verdad), lo usaba de manera habitual para quitarse de en medio a los cardenales que sufrían de irritante longevidad, para poder quedarse con sus propiedades. César, un hombre de acción, prefería los estiletes y la estrangulación, pero guardaba algunas botellas de vino “aromatizado” para los días en que no quería cansarse demasiado.
Mientras comprobaba el pulso de Bertie, Leonardo me contó que cuando renunció a trabajar para él como ingeniero militar en la primavera de 1503, César le había dado, entre sus regalos de despedida, los cadáveres aún calientes de dos de sus parientes cercanos (para sus estudios anatómicos), un par de calzas, y una botella de vino. De los cadáveres y las calzas Leonardo había dado cuenta mucho tiempo atrás, pero la botella de vino, como él era abstemio, había sido olvidada por completo. Pero hoy, después de haber terminado un par de muy logrados bocetos de la cabeza de Bertie, había sacado el vino para celebrar el triunfo, y le había ofrecido a Bertie un vaso para brindar por el “nuevo Judas”. Casi inmediatamente, Bertie se había quejado de dolor de estómago, y había empezado a hacer arcadas y doblarse de agonía.
—En ese punto —dijo Leonardo, retorciéndose las manos— recordé un puente que había construido una vez para César, que se había caído mientras su ejército pasaba por debajo.
No me creí ni una palabra de su historia. ¡A uno no se le “olvidaba” así por las buenas una botella de vino de los Borgia, a no ser que ya te la hubieses bebido! Los celos, eso es lo que había pasado. Debía haber descubierto las demasiado honorables intenciones de Bertie hacia Winnie, y había tratado el asunto de un modo típicamente renacentista. Podía comprender su punto de vista: tener a alguien ligándose a tu modelo favorita estaba mal, pero cuando ese alguien era Bertie...
Eso sí, una historia tan débil y tan descaradamente inventada llamaba mucho la atención viniendo como venía del hombre más listo de Italia, cuyo mejor amigo era un tal Nicolás Maquiavelo…
Dicho esto, Leonardo no me parecía un asesino. Tenía la esperanza de que le hubiese dado a Bertie el suficiente veneno para ponerle enfermo, no para matarlo. Como una advertencia, a la Firenze, para mantenerle lejos de Winnie. Las palabras que siguieron me sacaron de mi ingenuo optimismo.
—Tan pronto como observé que había sido envenenado, envié a Salai para informarle. Quería hablar con vuesa merced primero, antes de trasladar a su sirviente al hospital. Los médicos son carniceros hoy en día. No saben nada. Todavía siguen las anticuadas ideas de Celso y Galeno. Su esclavo no bebió tanto. Fuera del hospital, podría no morir; dentro de él, ¡moriría ciertamente! Quizá preferiría, siendo como es un fiel sirviente, que se quedase con vuesa merced y pasase sus últimas horas, si así fueran, con alguien que evidentemente le aprecia.
Me devané los sesos con desesperación, buscando cualquier cosa que supiese sobre el arsénico. Era vagamente consciente de que en mi época había algún tipo de antídoto contra el envenenamiento con arsénico, solo que no tenía ni idea de cuál era ese antídoto.
Pero en el hospital tendrían todavía menos idea, aunque el Ospedale di Santa Maria Nuova era uno de los mejores de su tiempo. Nadie había sido capaz de ayudar a alguien tan importante como el Papa Alejandro VI, cuando de algún modo se tragó una de sus propias pociones.
La única oportunidad consistiría en llevar a Bertie de regreso al futuro sin tardanza. Pero en su condición actual sería totalmente incapaz de caminar hasta donde habíamos dejado la Máquina del Tiempo, en las afueras de la ciudad. Así que tendría que llamar a distancia al  Módulo de Movilidad Espacial (que estaba todavía sin probar), para que volase hasta nosotros y nos llevase de vuelta hasta allí. Pero esto era un riesgo —cabía el peligro de que se abriese camino, involuntariamente, a través de un par de edificios cualesquiera, y dejase menos monumentos que visitar en el futuro. Sólo en la emergencia más extrema debería intentarse esta maniobra. Después de varios segundos de profunda deliberación, decidí que el envenenamiento de la mitad de la tripulación (que resultaba ser también el único hijo engendrado por el Presidente de la Compañía) podría ser considerado ese tipo de emergencia. 
Pero era de vital importancia que nadie viese al MME, especialmente Leonardo, el único hombre en el mundo con suficiente genio científico para ser capaz de reconocerlo por lo que era.  Por suerte, la luz estaba empezando a decaer, un atardecer toscano que se despedía de un modo ridículamente ostentoso. En media hora, una hora como mucho, la oscuridad cubriría el vuelo del MME desde la Máquina del Tiempo hasta la ciudad. Si aterrizase en el techo de la posada debería ser invisible a cualquiera que siguiese en las calles.
Pero, ¿sobreviviría Bertie a esa hora de más?
Creía que sí. Sin duda, si Leonardo hubiese tenido la intención de asesinarlo, no me habría llamado. Sencillamente no creía que fuese a morir. Sufrir horriblemente, sí, pero eso era otro asunto. La seguridad de nuestra misión, y nuestra discreción, eran más importantes que un pequeño malestar  menor, especialmente ya que ese malestar sería soportado por Bertie.
Así que le dije a Leonardo que un error lo podía tener cualquiera, admití que yo tampoco me fiaba del hospital, y que estaba seguro de que Bertie, un hombre de constitución más fuerte de lo que parecía, tendría más oportunidades si pudiese simplemente descansar en la posada, donde, por casualidad, yo tenía medicinas muy potentes que seguramente le ayudarían.
Leonardo se ofreció a ayudarme a llevarlo allí, y ni siquiera preguntó cómo era que yo poseía tales medicinas. Llevamos de vuelta a Bertie rápidamente —Leonardo estaba muy fuerte para su edad— y después el artista se marchó. Dijo que nos visitaría más adelante, y que mientras tanto vería si él podía preparar algo que salvase a Bertie.
—Naturalmente —dijo— tengo más conocimientos médicos que nadie en toda Florencia, así que estoy seguro de que si hojeo mis notas...
La hora que siguió fue espeluznante. No paraba de decirme a mí mismo que un humanista y  filántropo como Leonardo no podría haberle dado a Bertie tanto veneno como para matarlo. Y de hecho la tonalidad de mora-y-yema de la piel de Bertie no parecía estar empeorando (aunque, para decir verdad, era difícil verlo en la creciente oscuridad), ni tampoco sus gemidos parecían más lastimosos.
¡Y como si no tuviese ya suficientes problemas, había claras señales de que nuestra habitación había sido registrada en nuestra ausencia! ¿Pero cuántos enemigos se había buscado Bertie? Por suerte, había previsto esconder el control remoto del MME en la coquilla de mis calzas. Por una vez en la vida, me complació que la naturaleza no hubiese sido ostensiblemente generosa con mis partes pudendas.
Acababa de decidir que ya estaba bastante oscuro, y que podía arriesgarme a llamar al MME, cuando un horriblemente deforme y desagradablemente repulsivo jorobado con un oscuro manto con capucha entró de sopetón en el cuarto.
Antes de que pudiese alcanzar una esquina para acurrucarme, la criatura se quitó la capucha, se arrancó la barba, ¡y resultó que era Winnie! Estaba en un estado terrible.
—¡Lo sabe! —dijo.
—¿Quién lo sabe? ¿Sabe qué?
—Leonardo. ¡Sabe o al menos sospecha de la existencia de tu Máquina del Tiempo! En el estudio esta tarde advirtió a Bertie de que parase de palparme las tetas (¡como si no se lo hubiese dicho yo ya una docena de veces!), o le lanzaría desde el Campanario de Giotto y Bertie se cabreó y dijo que me palparía las tetas todas las veces que quisiera porque nos íbamos a casar y que eso era una de las ventajas del matrimonio y que me iba a llevar a un sitio donde nadie de este siglo me encontraría jamás y después se dio cuenta de que había dicho demasiado y se calló pero Leonardo no pareció darse cuenta de nada pero rápidamente se calmó y dijo que era una tontería discutir y le ofreció una copa de vino pero Bertie empezó a cambiar de color casi inmediatamente así que salí pitando  del estudio y vine aquí a buscarte pero tú no estabas aquí y cuando lo intenté otra vez un poco más tarde me di cuenta de que había un montón de gente de Maquiavelo vigilando el lugar y esa es la razón por la que regresé vestida de horriblemente deformado y desagradablemente  repulsivo jorobado con un oscuro manto y capucha para advertirte.

© 2009 Steve Redwood. Reproducido con la autorización del Grupo AJEC.