| AVANCE LAS SENDAS PURPURAS de Á. Torres Quesada |
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| Escrito por Ángel Torres Quesada | |||
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LAS SENDAS PURPURAS Ángel Torres Quesada Anticipo AJEC Colección ALBEMUTH INTERNCIONAL
Se repitió que había llegado el momento de tomar la decisiónmás importante de su vida. La mente que tenía por morada la irrealidad, su mejor compañero,su maestro y también su conciencia, esperaba impaciente su llamada. En la anarquía de los recuerdos que danzaban en su mente desfilaron los rostros de aquellos que tanto habían influido en su vida, yen contra de su deseo volvió a contemplar la serena pero inquietanteexpresión de su madre, la mirada hermética de su padre, el indolentegesto del muchacho, la sonrisa escéptica y amable del pensador, elgesto frío del gran instigador y la ansiedad del fanático rebelde. Porúltimo, volvió a sentir las caricias de sus amantes, escuchó las risas vacías de sus amigos y revivió en su carne el dolor que le infligieronsus enemigos. El pasado había vuelto a desfilar ante sus ojos, obligándola aluchar para no dejarse arrastrar por la marea del tiempo. El guardián de lo efímero, el gran pensador, aguardaba su respuesta. Con una sonrisa, la primera que sus labios dibujaban en muchosmeses, se dijo que el destino estaba en sus manos y no podía defraudar a los que confiaban en ella. —1— LA PUERTA ERA GOLPEADA POR la furia del hombre cuyo nombre habíasido susurrado con temor por los moradores del nivel más umbrío delGran Pozo. El estrépito que hizo la débil barrera de latón al ser arrancada de sus goznes arrebató a Kanell la visión en que se hallaba sumido, obligándole a levantar la cabeza. Con estupor miró al hombreenvuelto en la oscura capa que acababa de aparecer bajo el dintel dela entrada de su sombría morada. Preguntándose si soñaba aún, Kanell hizo un esfuerzo para despertar a la mujer que dormitaba a su lado, con la cabeza apoyada enla mesa. Ella lo rechazó con violencia, exigiéndole entre gruñidos querespetase su derecho a disfrutar del sueño que tanto le había costadoconseguir. Kanell eructó, quedó envuelto en el olor de su propio bajío y volvióa fijar la mirada en el desconocido cuyo rostro le resultaba familiar...¿Cuál era su nombre, el que tantas veces había intentado olvidar parasiempre? El recuerdo del pasado se resistía a nacer en su memoria. Cuando el miedo terminó de anular los últimos restos de la visión, se preguntó por qué había pasado del sueño más placentero a lapeor de sus pesadillas. —¿Dónde está mi hija? —rugió el hombre, entrando en el cuartucho, caminando a zancadas, su capa extendida como las negras alasdel pájaro de la muerte que acechaba en el nivel más profundo. Kanell buscó con desesperación el camino de vuelta al idílico paraje del que había sido arrancado con brusquedad, pero de su implante no volvió a surgir la visión perdida. Entonces recordó el nombredel extraño y al murmurarlo sufrió una violenta sacudida, resistiéndose a admitir que fuera real lo que estaba viviendo. —¿Por qué no me dejas en paz? No puedes ser tú, no eres realporque los muertos no regresan... —gimió, retorciéndose de dolor. Su compañera levantó la cabeza, fijó su mirada turbia, casi sinvida, en el visitante. En medio de un dolor lacerante, exclamó: —¡Es el hacedor de muertos, Kanell! ¿No lo reconoces? Inclusoyo, medio ciega, puedo ver su mirada llena de odio... —¡Estás loca, mujer, no puede ser él! —rugió Kanell, sujetándose con las manos a la mesa, intentando incorporarse. —¿Cómo has podido olvidar su mirada? —volvió a gritar la mujer—. ¡Ha vuelto! ¡Te advertí que volvería! —Intentó ponerse de pie,pero sus piernas se negaron a obedecerla—. ¡Yolden Abasi ha regresado para robarnos el alma! Kanell no entendió lo que la mujer le dijo hasta que una nuevaavalancha de pánico provocó una sacudida en el nexo de su implante,suficiente para que su cerebro fuera golpeado con una embestida másviolenta que la anterior. Desesperado, intentó levantarse; sus uñasse clavaron en el tablero de la mesa. Miró hacia la pequeña puertacerrada del fondo de la habitación, medio oculta por desechos. Era susalvación, pensó, la única vía de huída que disponía. El hombre de la negra capa se movió con rapidez, alcanzándolecuando no había terminado de dar el segundo paso, lo agarró por loshombros y lo tumbó de espaldas en la mesa. —¿Por qué huyes? —inquirió furioso, sujetando a Kanell por elcuello con una mano—. ¡Decidme que no es cierto que echasteis aGiselle de esta sucia morada! —Ante el silencio de la pareja, bramó—:¿Qué le habéis hecho a mi pequeña? Ciego de rabia, golpeó a Kanell en la cara con la fusta que agitaba en la otra mano. —¿Por qué no habéis cuidado de ella? —volvió a bramar—. ¡Meprometisteis que la protegeríais! ¡Os di todo lo de valor que me quedaba para que nada le faltara a mi hija, llené vuestras manos debuen dinero para que velarais por ella! ¿Dónde está mi Giselle? ¡Dónde está mi hija! Yolden Abasi liberó la presión del cuello de Kanell para dejarlerespirar y que pudiera responderle. —¡Dijiste que sólo estarías fuera dos meses! —gimoteó el hombre, desesperado—. Por favor, Yolden, por favor, te suplico que tengas compasión de nosotros. ¡El dinero se acabó, no podíamos alimentarla, ni siguiera teníamos una migaja de cebo que llevarnos a la boca! Yolden Abasi golpeó la cabeza de Kanell contra la mesa. —¿Dónde está mi pequeña? ¡Dímelo o te aplasto! —No lo sé, no lo sé... —lloró Kanell. Señaló a la mujer con undedo trémulo—. ¡Fue ella quien la echó! Yo no quería, pero Tarnatainsistió en que debíamos hacerlo... ¡Te lo juro, Yolden, te lo juro! Miesposa me decía a todas horas que Giselle comía y respiraba demasiado a pesar de lo pequeña que era... —¿Cuándo la echasteis? —¡Hace varios días! —lloriqueó la mujer—. Nos dijeron que habías muerto, Yolden, lo decía todo el mundo... —¿En qué nivel la abandonasteis? —¡No lo recuerdo! —estalló Kanell, tragándose su propia sangre—. ¡Nadie quería verla por estos pasillos, todos murmuraban a supaso, decían que nos traía mala suerte porque en su corazón latía elestigma de los Abasi! —¡Malditos seáis! La fusta se transformó en una larga y vibrante serpiente de acero que Yolden hizo restallar. La cabeza de Tarnata, limpiamente cercenada, dibujó un fugaz trazo de sangre en el aire antes de caer a lospies de Kanell, quien al verla se postró de rodillas. El látigo volvió a restallar, amputó un brazo a Kanell, luego unapierna y por último rebanó su cuello. —No era mi propósito mataros sin haceros sufrir. Pero tengo prisa —jadeó Yolden, recogiendo el látigo alrededor de la fusta. Salió del módulo derribando cuanto encontró a su paso. Una vezen el oscuro pasillo miró a ambos lados. Los gritos de Kanell y Tarnatahabían despertado a los moradores del nivel y docenas de asustadosrostros atisbaban desde las rendijas de las ventanas y las puertas.Una anciana lo reconoció, murmuró el nombre de Yolden Abasi y echóla cortina de metal. Más tarde juraría que el hombre que había regresado del infierno se perdió en las sombras del túnel gritando el nombre de su hija con desesperación. —2— CUANDO EL CHICO LE DIJO que Thorn la buscaba, Giselle no dejó un díade saltar de un escondite a otro. Había perdido la noción del tiempo agazapada en la oquedaddel conducto sin salida en el que se refugió. No sabía cuántas horas llevaba acurrucada en la oscuridad, consumiendo sus últimas reservas de aire. Sólo le quedaba una cápsula. Un rato antes buscóla salida que le permitiera alcanzar el nivel inferior, pero un corrimiento de tierras había cegado el pasadizo y encontró cerrada laúltima vía de escape que le quedaba. Estuvo a punto de echarse allorar: ella misma se había metido en una trampa de la que nopodría salir. Llevaba un rato escuchando las voces de los que la buscaban pororden de Thorn. Se encogió cuanto pudo para sacar del bolsillo la última cápsulade aire. La abrió y respiró con ansia, hasta que sintió que recuperabala lucidez y renacía en ella la esperanza de escapar. Debía ser paciente, no podía hacer nada aparte de confiar en que se cansaran de buscarla. No debía moverse de allí hasta que estuviese segura de queningún miembro de la banda de Thorn andaba cerca del tubo por elque había entrado. Prefería morir de asfixia antes que dejarse atrapar. Sabía cómo acababan las víctimas de Thorn. Cuando más confiada estaba, oyó que alguien gritaba su nombredesde el otro lado del agujero. Se estremeció. Había sido descubierta.Estaba perdida. Escuchó pasos y vio fugaces destellos. Sintió que se ahogaba. Una voz exclamó: —¡Se ha escondido ahí dentro! ¡He visto sus piernas! —¿Estás seguro de que es Giselle? ¿No habrás visto una rata? —preguntó otra voz. —¡Es ella, es ella! Giselle cerró los ojos. —¡Habrá rito! —gritaron los más histéricos. —¡Hemos encontrado a Giselle! Las luces de las lámparas barrieron el agujero y unas manos ávidas la buscaron. Giselle sintió que tocaban sus pies, y dedos fríos agarraban sus tobillos como medusas hambrientas. —¡Sacadla! —chilló una voz distinta a las que había oído, autoritaria. Giselle la reconoció. Era la voz de Thorn. Alrededor de Giselle todo se cubrió de sombras y resplandores decobre bruñido. Sofocada por el humo de las lámparas de aceite, empezó a toser. Intentó luchar, se debatió y pataleó, pero no pudo impedirque la sacaran del agujero en medio de risas y amenazas. —¡Celebraremos el rito! —¡Será una gran celebración! —añadió otro muchacho—. Ya noquedan chicas como Giselle; ella está sana, su piel sigue limpia. La sacaron del agujero a rastras. Giselle miraba con espanto lasfiguras que la rodeaban. La llevaron al centro de la plazoleta rodeabade escombros y allí la soltaron, debajo de un techo cruzado por vigasde hierro por las que corrían seres deformes. Thorn, el jefe de la banda, estaba de pie ante ella, sonriéndolecon su enfermiza boca. —Este es un buen lugar —dijo—. ¡Celebraremos el rito aquí yahora! ¿Para qué esperar? La tumbaron de espaldas, le separaron las piernas y rasgaron sublusa con afilados cuchillos. —¡Que dé comienzo el rito! Giselle sabía lo que le esperaba. No dejarían señales en su cuerpo; pero el dolor y la humillación la marcarían para toda la vida. Labanda de Thorn se divertiría a su costa un rato, celebraría su rito de iniciación entre risas y burlas pero no le harían demasiado daño porque no pagarían por ella si le dejaban marcas en la piel. —Por fin la tienes, Thorn. ¡Es toda tuya! —dijo el muchacho quela sujetaba por los brazos. Giselle volvió la cabeza y se enfrentó a las escamas que desfiguraban el rostro del que había hablado. No viviría mucho: llevaba la marca de la muerte en su mirada y en su carne. El chico tosió y le arrojó sualiento de fuego a la cara, salpicándola con su saliva ardiente. —Sujetad bien a la bastarda de Yolden Abasi —dijo Thorn. —¡Será un gran rito! —rió el muchacho enfermo—. Pido ser elsiguiente, jefe. Thorn, de pie entre las piernas de la niña, empezó a quitarse elcinturón. Giselle apretó los dientes. No la azotarían como hacían conotras muchachas, para recordarles que no podían traficar con su cuerpo en aquel sector sin permiso del jefe de la banda. Giselle hubierapreferido mil veces la flagelación. Thorn sería el primero y despuéstodos los demás. Y eran más de doce. Cuando se cansaran de ella, la venderían a Rainard por unas monedas, un poco de comida o algunascápsulas de oxígeno. Rainard se fijó en ella cuando la vio deambular por los niveles ypidió a Thorn que la capturase para él. —Es una niña, Thorn —susurró alguien. Giselle reconoció por la voz al muchacho que había hablado. Se llamaba Indra y fue quien la alertó de las intenciones de Thorn. Una vez ledio un poco de comida sin pedirle nada a cambio. Ahora intentaba ablandar el corazón de Thorn, pero era una batalla que tenía perdida. —¿Y qué si es una niña? —rió Thorn—. Ya es hora de que aprenda. ¡Éste será un rito que nadie olvidará! ¡Yo iniciaré a Giselle, la hijadel gran asesino! —¡Rito, rito! —corearon los demás. Algunos muchachos miraron a Indra porque no había reído con ellos. —Quien no participe, lo lamentará —amenazó Thorn a Indra—.Os enseñaré cómo merece ser tratada la hija del renegado. Su padredejó inválido al mío con su látigo de acero. —Se inclinó sobre la niñay susurró—: Hola, Giselle. No sabes cuánto he esperado verte así,debajo de mí. —No se mueve, Thorn —señaló el muchacho que le sujetaba unade las piernas—. Mierda, está muerta de miedo, será como hacerlocon un cadáver. Las carcajadas aturdieron a Giselle. Había intentado contener larespiración. Quería morir. Si moría, les fastidiaría la diversión. Sóloconsiguió que las náuseas la invadieran. Los ojos de Thorn brillaron al separar un poco más las piernas deGiselle. Con estudiada lentitud la despojó de las calzas. Giselle había presenciado otros ritos, escondida entre muros caídos y calzadas agrietadas, y lo que vio la dejó muda de terror. La crueldad de Thorn era conocida en los niveles inferiores. Su banda estaba considerada como la más temida, por su crueldad. Los hombres hechosy derechos huían ante su presencia y las mujeres corrían despavoridas, renunciando ese día a trapichear con las míseras mercancías querobaban en las terrazas superiores. Si eran atrapadas por Thorn y nollevaban encima unas monedas, cuando quedaban en libertad teníanque ocultar su rostro para siempre. Thorn era un experto manejandoel cuchillo de energía, sabía cómo infligir heridas que no cicatrizaban. —Papá... —¿Qué ha dicho? —preguntó Thorn, dejando de acariciar el vientre de Giselle. —¡Ha llamado a su padre! —exclamó riendo su lugarteniente—.¡Ha llamado a Yolden Abasi! —¡Estúpida! —bramó Thorn—. ¡Tu padre se pudre en el infierno! —¡Que empiece el rito! —gritaron los más impacientes. Nadie se dio cuenta de que Indra echaba a correr. El amigo de Gisellefue el único que vio surgir la sombra del túnel más oscuro de la plazoleta. Los demás sintieron demasiado tarde que el aire vibraba, cuando el largo látigo restalló sobre sus cabezas; sólo vieron que Thorndejaba de reír y un rictus de tardía sorpresa aparecía en su rostro a lavez que su cuerpo se doblaba hacia atrás y caía. Su cabeza trazó unaparábola, dejando una señal de sangre. A todos les costó entenderque su jefe acababa de ser decapitado. La sombra envuelta en la larga capa negra se movió con increíblerapidez. Cada movimiento de la mano que empuñaba el látigo de luzarrancaba un nuevo grito de agonía. La última danza de la serpientedividió en dos al lugarteniente de Thorn. Los que aún no habían sido alcanzados estaban petrificados, incapaces de moverse. La sombra furiosa los fue matando uno a uno. Rodeado de cuerpos mutilados, Yolden Abasi recogió el arma yapartó de un puntapié el cuerpo de Thorn, arrojándolo al charco decenagosa agua. Una nube de polvo se desprendió de las alturas y varias figuras huyeron por las vigas de acero, pronunciando con espanto el nombre del asesino al que creían muerto. Para muchos, el regreso de Yolden Abasi sólo podía significar que el fin del mundo, anunciado por los agoreros, había dado comienzo. Giselle abrió los ojos y parpadeó. Los había cerrado hacía unossegundos, antes de que empezara la matanza. En sus retinas aúnpersistían los destellos del látigo. Los cuerpos rotos de sus verdugosle hicieron comprender que el rito había terminado antes de empezar. La figura se cernió sobre ella, sintió que unos fuertes brazos lalevantaban y escuchó el palpitar de un corazón cuando fue abrazadapor su salvador. Creía estar soñando cuando le escuchó repetir sunombre: «Giselle, Giselle...» —Papá... —musitó, temiendo que tanta felicidad fuera productode su desvarío. La palabra que salió de sus labios se transformó enun lamento y se agarró con fuerza al cuello de su padre—. Has vuelto,papá... ¡Has vuelto! Yolden la abrazó con más fuerza, la besó en la frente, la contempló con tristeza y alegría; sus labios, humedecidos por las lágrimas,acariciaron las mejillas de la niña. Había sido la suya una búsqueda desesperada, un combate contra el tiempo. Después de abandonar la morada de Kanell, bajó a losniveles más profundos del Pozo, a los abismos donde los cadávereseran arrojados tras haber sido despojados de sus carnes. A los hombres que halló en su camino los interrogó, a unos los golpeó con saña,para que hablaran, y a otros, los que le reconocieron y no supieron ono quisieron responder a sus preguntas, los mató. La mayoría, habló.Le dijeron por dónde deambulaba su hija. Yolden recorrió los nivelesgritando a los que pudieran oírle que lamentarían haber sobrevividoal Castigo si no encontraba con vida a su hija. Cuando menos esperanza le quedaba de encontrarla, vio al grupo de muchachos que se divertía a costa de la humillación de alguien.Escuchó el sollozo de una niña y la cólera lo cegó al descubrir que lavíctima del rito era su pequeña Giselle. Yolden Abasi dejó de pensar como un ser humano, el deseo dematar enturbió sus sentidos, se juró a sí mismo que, si había llegadotarde, no se marcharía hasta haber destruido lo que quedaba en piedel Pozo al que había descendido. Con su hija en los brazos, corrió por túneles y senderos sombríos,sin dejar de susurrarle palabras de aliento. Los hombres y las mujeres que se ocultaban en las alturas temblaron de terror al ver correr por los túneles al hombre de negra capa quellevaba una niña en sus brazos; pocos fueron los que se atrevieron aanunciar en voz alta que el gran enemigo de Wuffan había regresado. —Nunca volveré a abandonarte, mi pequeña —susurró Yolden. Giselle consiguió expulsar por fin la saliva que obstruía su garganta, inspiró hondo y preguntó en un hilo de voz a su padre: —¿Me lo prometes? —Tienes mi palabra. —Yolden rompió dos cápsulas de aire paraque ella respirase—. Estás a salvo. Te sacaré de aquí, jamás volverása vivir entre tinieblas; desde hoy sólo habrá luz en tu vida. Te lo juro,mi pequeña. Tras recorrer los últimos túneles, Yolden alcanzó el viejo apeadero de transporte. A su derecha se abría una entrada al tubo que aúnseguía conectado al Gran Pozo. Sonrió satisfecho al descubrir que sunave estaba intacta. Se vio obligado a dejarla en aquel lugar solitariopara descender hasta el nivel donde vivían de Kanell y Tarnata, puesno podía pilotarla por los estrechos túneles que conducían a los niveles inferiores. Los merodeadores que se habían atrevido a tocar elnegro fuselaje yacían calcinados alrededor del vehículo. Sus cuerposennegrecidos arrancaron a Yolden una sonrisa de complacencia. Envió la orden al navío para que sus defensas quedarandesactivadas. La compuerta empezó a abrirse, replegándose como unaflor de metal. Yolden echó una mirada atrás antes de entrar. Decenas de sombras se agitaron en el túnel que acababa de abandonar. A losque se atrevieron a murmurar su nombre les gritó: —¡No estáis viendo un fantasma! ¡Yolden Abasi vive! ¡Noculpadme a mí de vuestras desgracias, miserables ciudadanos deWuffan, sino a los que vendieron a mis compañeros! ¡Merecéis morirmil veces! ¡Escuchad mis palabras y esparcidlas por todos los pozos!—Llenó los pulmones con el aire limpio de una nueva cápsula y añadió—: ¡Repetid a todos que yo destruiré a los que ordenaron la muerte de este mundo! Al ver que Giselle lo miraba asustada, se apresuró a sonreír. —Ya no pueden hacerte daño, mi pequeña. Olvídalos. No tardarán en matarse entre ellos por un poco de aire o un grano de cebada. Entró en la nave. Cuando la compuerta quedó sellada a sus espaldas, se dirigió a la cabina de mando. Volvió a pedir disculpas a suhija mientras la depositaba en el asiento situado junto al suyo. Deslumbrada por la luz de los discos de control, Giselle se vioobligada a entornar los ojos. No los abrió hasta que sintió que la navese elevaba. A través de un segmento, la vio deslizarse por el túnel endirección al Gran Pozo. Cuando estuvo segura de hallarse a salvo, se dijo que ya podíallorar de alegría, pero hizo un esfuerzo para no derramar una solalágrima porque no quería entristecer a su padre. El vehículo negro recorrió como una exhalación el tubo de conexión, saltó al inmenso agujero que era el Gran Pozo y se elevó,dejando atrás los niveles más umbríos. Con todos sus sentidos puestos en las pantallas y en los discos deprogresión, Yolden recordó los tiempos en que el Gran Pozo estaballeno de vida, la luz llegaba a todos los rincones y en las moradas delas plataformas las familias vivían ajenas al Castigo que se cerníasobre el planeta. Ahora sólo había oscuridad, los jardines colgantesse habían convertido en estercoleros y las escasas hogueras que ardían consumían las últimas astillas de los muebles que un lejano díaadornaron las hermosas mansiones. Yolden escuchó el agónico estertor de las máquinas que reciclabanel aire del Gran Pozo. No tardarían en detenerse por falta de energía, ycuando esto ocurriera, los abismos se convertirían en cementerios. Giselle se abrazaba al brazo de su padre con fuerza. Se sentíamareada porque no estaba acostumbrada a respirar un aire tan purocomo el de la cabina. Contempló la embocadura del Gran Pozo hacia laque se dirigían. Por el inmenso círculo se filtraba la tenue luz del día. —Tarnata y Kanell han pagado por lo que te hicieron. Ya se pudrenen el infierno, mi pequeña. Se lo merecían por no haberte protegido —dijo su padre, acariciándole la frente—. Necesitas un baño, y también una comida sana y abundante. —Le dio de beber el agua de un vasode plata y añadió—: Dentro de poco te bañaré y te vestiré con ropa limpia. —¿A dónde me llevas, papá? —Al lugar más hermoso del Ámbito. —¿La encontraste? —¿A quién? —A mamá. Yolden encajó los dientes. —No me alejé de ti para ir a buscarla, pequeña. La niña cerró los ojos. Una vez más intentó recordar el rostro de sumadre. Su nombre lo olvidó el día en que su padre la sorprendió contemplando la imagen de ella, que acababa de dibujar en el aire. Él leordenó que la borrase, Giselle le obedeció y al instante desapareciópara siempre el hermoso rostro de la muchacha de limpia mirada ysonrisa alegre. No tardó en lamentar la pérdida, cuando descubrió queya no podría volver a verla. ¿Por qué su padre le hizo un regalo tanmaravilloso y luego se lo arrebató? Una vez lo sorprendió llorando y lepreguntó si lloraba por su madre, y él, ocultando las pequeñas cicatrices de su rostro con las manos, le respondió que por aquella mujerjamás derramaría una sola lágrima. Si lloraba era porque tenía quemarcharse y ella, su pequeña, no podía acompañarle. Cuando se diocuenta de que la noticia había entristecido a su hija, para consolarla leprometió que no tardaría en volver a su lado y ese día la llevaría a unlugar maravilloso, donde vivirían felices. «Que sea pronto, papá. Noquiero vivir en la oscuridad de este mundo», le respondió Giselle. Al día siguiente su padre la llevó al módulo de Kanell y Tarnata, labesó y se despidió de ella. No regresó tan pronto como le había prometido. Yolden, después de marcar la ruta de la nave hacia la salida del Pozo, dijo: —No me habría marchado si hubiera tenido la más ligera sospecha de lo que has sufrido, mi pequeña; habría renunciado a mis sueños y a todos mis proyectos, sin importarme los muchos años que leshe dedicado, si hubiera soñado que Tarnata y Kanell no iban a cumplir la promesa que me dieron de cuidar de ti. Porque tú eres para mímás importante que todos los mundos del Ámbito. Daría hasta la última gota de mi sangre por tu felicidad. Tuve que marcharme paradarte la felicidad que te tengo reservada. Te quiero mucho, mucho.Recuerda siempre estas palabras, Giselle, pase lo que pase. Después de dejar atrás los niveles donde el aire era menos impuro,la nave cruzó el último tramo de las terrazas y saltó fuera del Gran Pozo. Tras una última ojeada a lo que dejaban atrás, Yolden pensó queno podría olvidar que su hija había vivido casi un año entre tantamiseria. Su odio se hizo tan fuerte que podía sentirlo como si fueraalgo sólido, como si se hubiera transformado en una llama que seextendía por todo su cuerpo. —¿Dónde está ese lugar tan bonito al que me llevas, papá? —preguntó Giselle. La nave ya volaba sobre los agostados campos de cultivo de lasuperficie, yermos hacía años. Yolden señaló el cielo cubierto de ponzoñosas nubes. —Muy lejos, pero también muy cerca. Ese mundo será sólo paranosotros dos. Cuando Wuffan quedó convertido en una pequeña esfera gris yparda, que llenaba un tercio del disco de popa, Giselle captó el sonidocálido que le recordaba la música que acompañaba la aparición de lashadas de los cuentos que su padre le contaba. —¿Qué es? —preguntó—. Suena tan hermosa... —Estás escuchando la Fuente de la Sabiduría —contestó él, sonriendo—. No todas las personas la perciben como la más bella de lasmelodías. ¿Sabes a qué me refiero? —Había oído hablar de la Fuente... La gente la echaba de menos,se lamentaba de haberla perdido. ¿Por qué la escucho yo, papá? —Porque te ha reconocido y te da la bienvenida. —¿Dónde está? —En todas partes, Giselle. Vuelves a ser ciudadana del Ámbito ytienes derecho a utilizar la Fuente, pero debes esperar hasta que lleguemos a nuestro nuevo hogar para disfrutar de sus beneficios. —Pero... ¡Me fue arrebatada la ciudadanía y perdí mis derechosa acceder a la Fuente! Todos los habitantes de Wuffan perdieron aquellos dones... —Tus derechos te han sido restituidos. No me preguntes cómo nipor qué. Eres demasiado pequeña y no puedes entenderlo. Algún díate contaré dónde he estado y lo que me he visto obligado a hacer pararecuperar lo que un día perdimos. —Tarnata y Kanell decían que la Fuente desapareció para siempre de Wuffan... —Estaban equivocados. —Yolden se echó a reír. —¿Por qué nos abandonó la Fuente, papá? —¿Crees que nos abandonó? No fue así exactamente, eso es loque la gente piensa que ocurrió. Wuffan recibió el Castigo y sus habitantes se vieron privados del acceso a la Fuente de la Sabiduría… y amuchas cosas más. Giselle movió la cabeza. —Una noche oí a Tarnata maldecir a la Malla. ¿Qué es la Malla,papá? ¿Por qué nos abandonó también? —Al igual que la Fuente, se volvió inaccesible para nosotros. Giselle recordó los cuentos que su padre le contaba. Después de tantos meses de vivir en soledad y verse obligada a robar para comer yrespirar un poco de aire limpio de vez en cuando, casi había olvidado lashistorias que tenían como escenario un mundo tan hermoso como Wuffanlo había sido antes de caer en desgracia. Escuchaba a su padre con losojos cerrados para que su mente volara libremente y así poder recrearcon la imaginación los rostros de los protagonistas de las historias, lospaisajes y las hermosas mansiones de los hombres y las mujeres queignoraban lo que era el hambre y jamás habían conocido la tristeza. De pronto dejó de oír la música. Asustada, preguntó a su padre porqué había desaparecido. Yolden le explicó que la bienvenida de la Fuentehabía concluido. Tras acariciarla, añadió que cuando llegaran a su nuevohogar le enseñaría a utilizarla, prometiéndole que cuando aprendiesea hacerlo le asombraría lo mucho que podría obtener de ella. —Ahora verás algo aún más fascinante, Giselle —añadió Yolden.Abrió los paneles frontales de la nave y las pantallas de proa se llenaron de luces y aparecieron las estrellas, los ríos de plata de las constelaciones y las hogueras de fuego de las nebulosas. Sonrió al escuchar las exclamaciones de asombro de su hija—. ¿Te gusta? Nuncahabías estado en el espacio, no tuviste la oportunidad de contemplarlo. Es hermoso, ¿verdad? Giselle miraba con la boca abierta los deslumbrantes destellos. Jamás había visto el fulgor de las estrellas. —¿Quieres contemplar algo aún más extraordinario? —preguntó él. Antes de que Giselle asintiera, le ajustó una cinta alrededor dela frente y una gasa púrpura cayó ante sus ojos—. ¿Qué ves ahora? Giselle enmudeció de sorpresa: las estrellas habían desaparecido y en su lugar se extendían miles de filamentos de color púrpuraque se perdían hasta el infinito, formando una gigantesca tela de arañaque parecía envolver el universo. —¡Es maravilloso, papá! —Palmoteó de alegría. —Estás contemplando la Malla, Giselle. La niña volvió la cabeza hacia su padre, lo miró a través del velopúrpura de la gasa y se asustó al advertir que en su rostro habíavuelto la crispación, como si la contemplación de la Malla le trajeraviejos y tristes recuerdos. —Quizás hayas escuchado en los pozos —dijo Yolden— que laMalla sólo une a los mundos del Ámbito y que sus Sendas son traídas o retiradas a voluntad de sus dueños. No es cierto. Pero será mejorque nunca hables con nadie acerca de esto, Giselle. Será un secretoentre tú y yo, nuestro gran secreto. —¿Por qué, papá? —Debemos ser prudentes, pequeña. La Malla es el poder de laCúpula y de los Purpurados. Los accesos a ella no pueden ser localizados por los habitantes de los mundos ajenos al Ámbito; sin embargo, están ahí, silenciosos y oscurecidos, inaccesibles para el Borde ylos planetas que recibieron el Castigo. En el Ámbito, la Fuente de laSabiduría muestra a las naves las entradas de las Sendas que lespermiten viajar de un confín a otro de la Malla. Los proscritos sólopueden acceder a ella con la ayuda de una gasa púrpura, y para lograrlo se han de encomendar a sus dioses. Giselle, sin haber entendido lo que su padre le había explicado,preguntó: —¿Para qué sirven la Malla y las Sendas? —Entre muchas cosas, la Malla nos ayudará a alcanzar nuestro destino en poco tiempo. Una de sus Sendas nos conducirá al hogar encuestión de horas. Hay millones de Sendas, Giselle, todas enlazadasa la más importante: la Senda Umbilical. —¿Dónde está nuestra Senda, papá? —preguntó Giselle. Volvió aponerse la gasa para buscarla entre la maraña de hilos resplandecientes. —Muy cerca. —¿Puedo verla? —Todavía no. —¿Necesitas la gasa para encontrarla? —preguntó ella, haciendo intención de quitársela. —Oh, no. Yo no la necesito —rió Yolden. —Pero has dicho que es imprescindible... —No para mí. Aparte de que ahora, como ciudadano del Ámbito,puedo hacer uso de la Fuente para localizar los accesos a la Malla; nonecesito la visión de la gasa para llegar a nuestro destino. Incluso, siaún fuera un proscrito, podría encontrar los caminos que les fueronprohibidos a los mundos por recibir el Castigo decretado por la Cúpula. Giselle se quedó pensativa. Le daba vergüenza reconocer que lecostaba entender las explicaciones de su padre. Se consoló pensandoque poco a poco comprendería todas las cosas que ahora le parecíanmisterios inaccesibles. Un momento después, Yolden anunció: —Mírala. Ahí tienes nuestra Senda, en el centro del disco superior. ¿La ves? Giselle localizó un círculo púrpura que aumentaba de tamañovelozmente. Cuando se quitó la gasa, dejó de verlo. La Malla habíadesaparecido. No podía entender que su padre pudiese verlo sin laayuda de la cinta. Iba a ponerla de nuevo ante sus ojos, pero él lepidió que se la devolviera. —¿Podrás pilotar la nave en el interior de la Senda? —No será necesario. He pedido a la Fuente que nos conduzca acasa. Será más cómodo. Yolden tomó la gasa, envolvió la cinta a su alrededor y la guardó enun hueco del panel de mando. Giselle buscó en el espacio el círculo púrpura. Como esperaba, no lo encontró. Sólo las estrellas eran visibles. —¿Dónde conseguiste la gasa, papá? —preguntó—. No la teníascuando te marchaste. —La hallé en el mundo cuyo nombre nadie recuerda. —¿Cuál es? —¿Lo has olvidado? Vamos, sabes cómo se llama. —No lo recuerdo... —No te preocupes. Lo recordarás algún día. Ahora quiero queprestes atención, pues vamos a entrar en la Malla. Ella se preparó para presenciar algo maravilloso. Ante la nave surgió una flor púrpura que cubrió de destellos laspantallas y los discos. Entraron en ella y se sumergieron en una vorágine de luces que obligó a Giselle a cerrar los ojos. Yolden se apresuró a mitigar en los paneles la potencia de la fuerza que rugía en silencio dentro de la Senda. —¿La Malla es mágica, papá?—Es real porque es obra del hombre. —Observó a su hija—. ¿Es tás cansada? —Un poco.—Verás Sahon tan pronto como abandonemos la Senda.—¿Sahon?—Había olvidado decirte el nombre del planeta al que nos dirigi mos. Se llama Sahon. Es tuyo. Lo compré para ti.A Giselle le costaba creer que se pudiera comprar un planeta. Le alegró que su padre no hubiese comprado Wuffan.—Me gusta la Malla, papá. Y también la Fuente.—No todo lo que nos parece hermoso lo es realmente, pequeña. Debes saber que la Malla está regida por la Senda Umbilical y en ella se oculta el Desfase, el hijo bastardo de la Anomalía.—¿El Desfase, la Anomalía? —repitió ella, perpleja.—En otra ocasión te lo explicaré.—¿Cuándo yo sea mayor, papá? —sonrió Giselle.—No esperaremos tanto —rió él. —3— GISELLE NUNCA OLVIDARÍA EL MOMENTO en que Sahon, su nuevo hogar, lefue mostrado en el mayor de los discos de proa. Era un mundo hermoso, azul y ocre, con mares y continentes festoneados por nubes blancas. La Senda los llevó hasta muy cerca del planeta y durante unosminutos sobrevolaron el hemisferio iluminado por el sol, después deatravesar la primera capa de la atmósfera. Al poco, Giselle contemplóun inmenso valle de tonos amarillos y verdes en cuyo centro habíauna montaña de jade sobre la que se alzaba un palacio de torres decristal y nácar. Tras una breve maniobra, la nave descendió en el interior del domo que coronaba la torre más elevada. Un rato antes, Giselle había tomado un baño. Ya limpia y perfumada, vistiendo una sencilla toga, dio buena cuenta de la comida quesu padre le preparó. Tras los postres, variados y exquisitos, sus mejillas volvieron a ser sonrosadas. Sin que la niña se diera cuenta, Yoldense valió de los servos para comprobar si su hija era portadora de alguna enfermedad. Después de comprobar que su salud era más que aceptable, esperó a que la nave arribase a su destino para anunciar: —Hemos llegado, pequeña. Estás en casa. Espero que te guste,pero si no es así, sólo tienes que decírmelo, yo mandaré que la derriben y la levanten de nuevo. Giselle pensó que su padre bromeaba, pero la halagó que él estuviera dispuesto a satisfacer todos sus caprichos, grandes o pequeños.La tomó de la mano y le pidió que cerrara los ojos y no los abriesehasta que él se lo pidiera. Al sentir la suave corriente de aire a sualrededor, Giselle adivinó que bajaban por un tubo de ingravidez.Los conocía porque en Wuffan funcionaron hasta dos años despuésdel Castigo. El día en que pararon para siempre fueron desmantelados para aprovechar sus componentes. Cuando su padre dijo que yapodía mirar, abrió los ojos y descubrió que se hallaba en el centro deun salón enorme, de paredes de cristal y columnas de diorita azul. Elsuelo, de losas rojas y doradas, resplandecía como si tuviera luz propia. Yolden le mostró las salas de amatista y las terrazas que colgaban sobre el abismo, la llevó a la estancia que sería su dormitorio y la instruyó acerca de lo que debía hacer para que los servos que cuidaban delpalacio la obedecieran. Giselle los llamó y al instante se vio rodeada depequeñas, rápidas y brillantes máquinas. Se echó a reír y para divertirse las despidió a gritos. Se sintió importante al ver que era obedecida al instante. Por primera vez en mucho tiempo se sintió importante. La visita al palacio duró hasta que oscureció y la luz del sol desapareció tras las montañas de hierro que rodeaban el valle. De vueltaal salón principal, se recostaron en mullidos divanes y comieron lasviandas que les sirvieron los servos. Giselle no se cansaba de respirarel aroma de las flores, ni de escuchar el sonido de la lluvia que caíasobre el transparente techo. Hacía años que no veía llover. Yolden sonreía mientras observaba a su hija titubear a la horade elegir unas golosinas. —¿Quién prepara la comida? —preguntó ella, mirando a los servos—. ¿Ellos? —Se puede obtener la comida de las cocinas del palacio, pero esmás cómodo que la Fuente nos la suministre. —¿Es gratis todo lo que se le pide a la Fuente? —Algunos servicios no hay que pagarlos, pero otros tienen un precio. Mordiendo un pastel que se deshacía entre sus dedos, Gisellepreguntó: —¿Los servos son nuestros criados? —Digamos que se ocupan de mantener decorosamente limpia la mansión. Ella arrugó el ceño. —¿Cómo lo haces, papá? Quiero decir ¿cómo pides cosas a la Fuente y las obtienes? No te he escuchado dar una sola orden en voz alta. —Se puede hacer con palabras o pensándolo, y enviar el códigode la Parcela que todo ciudadano del Ámbito posee. Tú tendrás pronto el tuyo. —Todo esto ha debido costarte mucho dinero, papá —murmuró Giselle. —En el Ámbito no verás roñosas monedas de cobre. Aquí existeel Saldo, y el que tú y yo compartiremos es prácticamente inagotable.Te enseñaré a manejar tu Parcela de la Fuente, a la que nadie podrátener acceso excepto tú. —En Wuffan éramos tan pobres... —suspiró ella—. No teníamospara comer, y te costaba mucho conseguir un poco de aire puro paramí. Eso jamás lo olvidaré. Yolden dejó de sonreír. Le entristecía recordar la vida que se vieron obligados a llevar en Wuffan al sobrevenir el Castigo. La Mallaquedó inaccesible para las naves, quedando la entrada a la Sendamás próxima fuera del alcance de los moradores de los aun entoncescómodos y lujosos Pozos. A los pocos meses, las máquinas se pararon,el aire no fue reciclado y las cosechas no pudieron ser recogidas por falta de medios. El hambre golpeó a los habitantes de los Pozos y en pocos añosse convirtieron en alimañas que se mataban entre sí para sobrevivir. La noche que escaló el Gran Pozo y alcanzó el exterior, sintiótanto miedo que estuvo a punto de renunciar y volver con su hija.Horas antes la había dejado dormida en el módulo de Kanell y Tarnata.No tuvo valor para despedirse de ella. Giselle lloraría cuando descubriera que su padre se había marchado. No podía llevarla con él porque los mundos que visitaría podían ser más peligrosos que los Pozosde Wuffan. Permaneció dos días en el páramo, esperando la nave quellegaría para buscarle, arrebujado en su viejo abrigo, aterido de frío yrodeado de cosechas podridas, siempre atormentado por los peorespresagios. Su ausencia, prevista para un mes, dos como máximo, seprolongó casi un año. Le angustiaba pensar que había estado a puntode perder a su Giselle. La miró y se preguntó si había merecido lapena haberla puesto en peligro. Inspiró hondo y dijo: —No debes recordar el pasado, Giselle. Tu futuro está en Sahon,en este palacio, en la vida que te aguarda. Aquí serás feliz. —¿Cómo te hiciste rico, papá? —preguntó ella, jugueteando con una flor. —Es una historia muy larga. —¿Tardaste tanto en volver porque querías reunir dinero para mí? —Sí. Hace falta disponer de un Saldo muy importante para comprar un mundo, un palacio y, sobre todo, para recuperar la ciudadanía perdida. —Antes de que te marcharas la teníamos... —Pero nos fue arrebatada, como a todos los habitantes de Wuffan. ¿Por qué hablamos de cosas tristes? Quiero que veas algo. Con laprisa por escapar de Wuffan, no te fijaste en mi nave. Cuando descendimos en el domo, te saqué de ella con los ojos tapados, para darteuna sorpresa. Quiero que la contemples desde el exterior. Algún díaserá tan tuya como mía y podrás navegar en ella cuantas veces desees. En el hangar encontrarás otros vehículos, pero ninguno es tanbueno como la belleza negra en la que hemos viajado. Mientras los servos se ocupaban de limpiar el salón, entraron enel elevador y subieron al domo blanco. Giselle vio enseguida que allíhabía otras naves; contó hasta una docena, pero ninguna, como lehabía dicho su padre, era tan hermosa como el huso negro en el quehabían viajado. En Wuffan tenía tanto miedo que no prestó atenciónal vehículo al que la llevó su padre en brazos. Dio una vuelta alrededor de la nave sin dejar de contemplarse enel negro casco que volvía a brillar como un espejo. —Se llama Sombra Oscura. No hay un navío que lo supere entodo el Ámbito —dijo su padre con orgullo—. Es único. —¿Cómo lo conseguiste? Él se echó a reír. —Con la ayuda de una fuerza muy poderosa. —¿Gracias a la magia de los brujos de tus cuentos? —Sí, algo así. —¿Pediste permiso a las hadas? —Claro. Si no hubiera sido por ellas, y también por los magos debuen corazón, no habría podido escapar del mundo al que arribé enmi última escala. La nave en que viajaba era muy vieja, no resistiólos embates de las fuerzas a las que tuve que enfrentarme y se rompió en mil pedazos cuando aterricé. No me importó que quedara hecha añicos porque a cambio conseguí el Sombra Oscura. Gracias a él pude volver a tiempo para rescatarte de Wuffan. Giselle se contemplaba en el espejo negro de la nave. En Wuffanno quedaban espejos. El reflejo de sus ojos azules le hizo recordarotros ojos. Muy despacio se volvió hacia su padre y le preguntó: —¿Por qué borraste de mi memoria el rostro y el nombre de mi madre? Yolden no esperaba que su hija volviera a hacerle aquella pregunta. Bajó la cabeza para que no le viera temblar. Cuando consiguiósobreponerse, se arrodilló ante ella y la miró a los ojos. —Hice lo que creía que era mejor para ti. Me di cuenta demasiado tarde del error que cometí al darte el rostro de tu madre. Por eso loborré de tu mente, para que no sufrieras algún día, cuando la contemplaras en la visión que inserté en un implante juvenil. —¿Nací como todas las niñas, papá? Tarnata me decía, riendo, que yo nosoy como las demás niñas porque nací dentro de una botella de licor barato. —Tarnata te mintió. Una vez me preguntaste si tu madre estabapresente el día que abriste los ojos y tu corazón empezó a palpitardeprisa. Ella no estaba a tu lado, Giselle. Lo siento. —¿Por qué no? —Algún día lo entenderás, más pronto de lo que piensas. —Selevantó y la tomó de la mano—. Es hora de que te vayas a dormir. Giselle miró a su alrededor. —¿Viven otras personas en Sahon? Mientras volvían al salón, Yolden explicó a su hija que nadie vivía en el planeta y ninguna persona podría descender en él sin queellos se lo autorizaran. —Pero hay muchos mundos a escasos minutos de navegación porla Malla —añadió—, hermosos planetas en los que viven millones depersonas en grandes y cómodos hogares, rodeadas de inagotablesmanantiales de agua y envueltas en hermosas luces. Calló al ver la desilusión que cubría el rostro de su hija. Paraalegrarla, se apresuró a decirle que no tardaría en hacer amigos, ymuchos chicos y chicas serían sus huéspedes en Sahon, se divertiría ensu compañía y les devolvería la visita viajando a sus mundos de origen. —Si es tu deseo, nunca estarás sola —concluyó Yolden—. La posición que Sahon ocupa en el Ámbito es privilegiada, pues hasta ellaconvergen la mayoría de las Sendas más importantes. Tendrás amigos, podrás viajar a los lugares más sorprendentes. Le dio un beso y la ayudó a acostarse. Giselle se quedó dormidaal instante, pensando que la vida en Sahon no sería como en Wuffan.Esa noche, por primera vez en muchos años, no tuvo pesadillas. —4— CUANDO SE CANSÓ DE PERSEGUIR a los pájaros que revoloteaban de árbol enárbol, preguntó a su padre si acabaría aburriéndose de vivir en Sahon. —Por supuesto que no —replicó él—. Cuando hayas aprendido adesenvolverte, no tendrás ni un minuto de descanso, los días te parecerán cortos. —Quiero tener amigos y divertirme con ellos —dijo Giselle. Seapresuró a sonreír—. No he querido decir que tu compañía me aburre, pero... —Lo comprendo. Pequeña, es hora de que sepas que no siemprepodré estar contigo. A veces tendré que viajar por asuntos de negocios. Pero no te entristezcas. Mis ausencias serán muy cortas, apenasunos días. ¿Recuerdas las historias que te contaba en Wuffan, cuando te ibas a dormir? —¿Esas tan bonitas que tenían como escenario aquel mundo tanfantástico? —¿Ya has recordado su nombre? —Sí. No sé cómo pude olvidarlo. Cuando le hablé al único amigo quetenía en Wuffan de ese mundo, me contestó que tú te lo habías inventado. —¿Qué más da que fuera real o imaginado? Lo importante es quetodo cuanto allí sucede es mágico y divertido. Giselle, nunca dejes desoñar con aquello que a ti te parezca más hermoso que la realidad. Se abrazó a él. —Ya no necesitas contarme cuentos, papá. Ahora no tengo miedo, he dejado de tener pesadillas. —Lo sé. A veces olvido que no debo tratarte como si estuvierasasustada. Vamos, alegra la cara. Cariño, es hora de que comience tuaprendizaje. Y puesto que necesitarás un tutor, quiero que conozcasal que he elegido para ti. Ella le miró con enfado. —¿Un maestro? No quiero que nadie viva con nosotros. —El tutor en el que había pensado no es... Digamos que no esuna persona corriente. —¿Qué es entonces? Yolden la sentó en sus rodillas. —La Fuente facilita toda la información necesaria para la educación de un niño, pero ese sistema me parece impersonal e inapropiado para ti porque tú eres demasiado inteligente. ¿No crees quesería aburrido preguntar al aire y escuchar las respuestas de una vozsin personalidad? Es más divertido tener a alguien con quien poderhablar mirándolo a la cara. Conozco a un tutor que te gustará. Sellama Hesperis. ¿Quieres conocerle? La niña se encogió de hombros, resignada. Yolden hizo un gesto con las manos y ante ellos apareció un hombre de edad avanzada, alto y delgado, de porte distinguido. De élmanaba bondad e inteligencia. Vestía una túnica amarilla. Su cabello era del color de la ceniza y lucía una pequeña y cuidada barba delmismo color. Al ver a Giselle la saludó con una elegante reverencia. —Te presento a Hesperis, Giselle —dijo Yolden. —Es un honor para mí —dijo Hesperis. Su voz era agradable,bien timbrada—. Tu padre me ha hablado mucho de ti. —¿Cómo lo has conseguido, papá? —preguntó Giselle, mirandocon asombro a Hesperis—. Tú no eres real, ¿verdad? Yolden intercambió una mirada divertida con Hesperis. —Lo ha descubierto —rió—. ¿No es genial mi hija, viejo amigo? —Sin duda —suspiró el anciano—. La mayoría de la gente tardaen darse cuenta de lo que soy. —¡Eres una imagen! —dijo Giselle—. Pero pareces de verdad,incluso proyectas sombra. ¡Genial! —Ni yo mismo podría descubrir, si me cruzara con él en una ciudad, que Hesperis pertenece a la Fuente —observó Yolden—. Él estádispuesto a compartir contigo toda su sabiduría. En otro tiempo fueun filósofo de reconocido prestigio, de eso hace muchos años. —¿Quieres decir que una vez fue un hombre de verdad? —Y famoso, por cierto. —¿Por qué ahora es un fantasma? —No le llames fantasma, pues no le gusta. Antes de morir diopermiso para que sus recuerdos fueran preservados en la Fuente.Siglos atrás estaba más extendida la costumbre de que las personasilustres donaran su personalidad y sus conocimientos al Ámbito. Lamentablemente, cayó en desuso. —¿Si doy mi permiso, seré un fantasma cuando muera y apareceré a las personas que me llamen? Yolden le acarició la cara. —No se debe pensar en la muerte cuando se es tan joven como tú, pequeña. El filósofo carraspeó para llamar la atención de Giselle. —Prefiero no hablar de mi pasado —dijo, sin apartar la vista deella—. Como bien ha dicho tu padre, querida Giselle, hace un mileniolegué mis recuerdos a la desagradecida humanidad; pero no me preguntes los motivos que tuve porque no me gusta recordar las circunstancias que me obligaron a tomar tal decisión. Lo más triste para míes que hasta que tu padre me pidió que fuera tu tutor y consejero,nadie se había acordado de mí. Anoche me permitió que te viera mientras dormías, y además de bonita me pareciste muy inteligente. ¿Meaceptas como tu humilde maestro y consejero, Giselle? —No. —¿Qué has dicho? —preguntó Hesperis, fingiendo sorpresa—. ¿Heoído bien? ¿Me rechazas? —Quiero que sea mi padre quien me enseñe todo lo que necesitosaber. Lo siento, Hesperis; pareces buena persona, pero no deseo queseas mi preceptor. Yolden la levantó de sus rodillas y sonrió a Hesperis. Las pequeñas cicatrices de su rostro casi desaparecieron al sonreír. —Te advertí que no sería fácil convencerla, filósofo —dijo, acariciando a Giselle. —Todos los niños son difíciles, Yolden Abasi —reconoció Hesperis,con una expresión de enojo tan fingida como antes había sido su sorpresa—. Eran testarudos y difíciles en mi tiempo y lo son en la actualidad. ¿Por qué iban a cambiar? —Estoy seguro de que acabará aceptándote. Déjame hablar conella. Intentaré convencerla. Hesperis entornó los ojos. —Siempre estaré a tu disposición, Giselle. Sólo tienes que llamarme y me tendrás a tu lado, cuando sea y donde sea, en Sahon o enel confín del Ámbito. —Gracias, Hesperis —dijo Yolden. Una sonrisa de complicidaddanzó fugazmente en sus labios. —No quiero saber nada de filosofía —protestó Giselle—. Es aburrido. —Creo que mi hija desea hablarme a solas, Hesperis —dijo Yolden. —Claro —sonrió el filósofo. Se volvió hacia Giselle—. Acabaremos siendo buenos amigos. No me importa que tardes en aceptarme, pues el tiempo carece de importancia para mí. Hasta pronto,Giselle Abasi. Ella suspiró con alivio cuando la imagen de Hesperis desapareció. Apretó la mano de su padre y le preguntó: —¿Te he decepcionado? Yolden soltó una carcajada. —De ninguna manera. Es tu decisión y yo debo respetarla; peroprométeme que te lo pensarás. Hesperis está deseando ayudarte, sertu tutor... y tu amigo. Si no deseas que venga a visitarte todos losdías, llámalo cuando tengas una duda o necesites un buen consejo.No aprendas únicamente de mí, y mucho menos de la Fuente. —Ya sé utilizarla, papá. —Es cierto, y la destreza con que lo haces no deja de asombrarme. —La llevó de la mano hasta la terraza, hizo aparecer un par desillones y la invitó a sentarse a su lado—. No me dejas otra alternativa que convertirme en tu profesor. —Será más divertido. —No creo que sea una buena idea. Debes adquirir ciertos conocimientos antes de ser presentada en sociedad. —¿Por qué no me das ahora la primera lección? Háblame de laMalla, por favor. —Pareces muy interesada en ella. ¿Por qué? —La encuentro fascinante. —Lo es, sin duda. Sin ella, el Ámbito no existiría. A través de las Sendas, además de navegar por ellas las naves de recreo y los transportes, circula la Fuente. Por la Malla se puede viajar a cualquiermundo, siempre conservando el mismo plano temporal existente entre el punto de partida y el de destino. Si saliéramos de Sahon en esteinstante y viajáramos al mundo más alejado del Ámbito, las horasque estaríamos navegando por las Sendas serían las mismas que transcurrirían en ambos planetas. Sin las Sendas, los mundos quedaríanaislados; los contactos entre ellos serían imposibles porque tendríamos que recurrir a los medios convencionales para viajar, y a bordode una nave que surcara el espacio normal nos llevaría media vidaalcanzar los mundos más próximos. —¿Por qué el Borde no se beneficia de los dones de la Malla? —Porque la Cúpula no les concedió ese privilegio. —¿Por qué? —Las razones de los Purpurados son muchas y variadas, pero lamás importante para ellos es que así impiden que el Borde prospere,obligándolo a vivir en la barbarie. Giselle se quedó pensativa. —¿Qué es la Cúpula? Yolden se tomó un tiempo para preguntarse si había llegado elmomento de que su hija lo supiera todo acerca de la Cúpula. La ayuda de Hesperis era necesaria para la educación de Giselle. —5— YOLDEN SE ASEGURÓ DE QUE su hija dormía antes de retirarse. Una vezque quedó aislado en su gabinete, llamó a Hesperis. El filósofo apareció al instante. Lo primero que hizo fue buscar a Giselle con la mirada. —No está —le tranquilizó Yolden—. No te he llamado para decirte que ya la he convencido. Necesito hablar contigo. Hesperis asintió y dijo: —Debiste esperar unos días a presentarnos. Giselle aún no haasimilado los cambios que se han producido en su vida. Me temo quenecesita más tiempo para adaptarse. Debemos tener paciencia con ella. —¿Nos queda otra alternativa? Espero que sí. —Lamento no haber podido ocuparme de su educación cuandocumplió dos años. Con esa edad habría sido más sencillo. Su vida enWuffan la ha vuelto desconfiada, la obligó a valerse por sí misma.Debemos ser cautos con la información que le facilitemos, analizarpreviamente lo que puede aprender y lo que debe seguir ignorando.Creo que cometimos un error no rescatándola antes del Gran Pozo.Le costará olvidar los años que ha pasado allí. No olvidemos que hasestado a punto de perderla. Si te hubieras retrasado unos minutos... Yolden arrugó el ceño. —No intento justificar mis decisiones, pero ¿cómo crees que mesentí cuando la Malla desapareció y Wuffan quedó aislado? Debí adivinar que la Cúpula no retrasaría el Castigo anunciado. Todos misproyectos estuvieron a punto de venirse abajo por culpa de nuestrafalta de previsión. Hesperis sonrió con indulgencia. —Debes decir «nuestros» proyectos. —Tienes razón: son nuestros planes y nuestros sueños, pero yosoy quien más arriesga. —No olvides a nuestro principal colaborador. Él también expone su vida. —Sé que sin su ayuda y la tuya, yo no habría conseguido lo queahora puedo ofrecerle a mi hija, pero siempre seré el blanco al queapuntarán nuestros enemigos. El filósofo se acarició el mentón. —Son los inconvenientes de estar vivo, amigo mío, algo que nome afecta ni me quita el sueño. —Tu sentido del humor es tan sombrío como lamentable. —Lo siento, pero no dispongo de otro. Conservo el mismo quetenía cuando estaba vivo. No deberías quejarte, pues sabías que cuando se diseña un plan a largo plazo hay que prever todas las contingencias que pueden surgir en el camino. Yolden estaba acostumbrado a los discursos del filósofo y guardósilencio, resignado. —Pareces preocupado —observó Hesperis. —No puedo dejar de pensar en lo que tú llamas «nuestro planalternativo». Me preocupa no haberlo blindado mejor. —Sí, tanto el plan original como el secundario tienen fallos. Nunca me pareció adecuado el lugar que elegimos como base operativa principal —dijo Hesperis—. Sin embargo, las probabilidades de que necesites hacer uso de los últimos recursos del proyecto son muy escasas. Encuanto a la seguridad... Seamos optimistas. El elemento más valioso loescondimos en el último lugar donde nuestros enemigos buscarían. —Me gustaría tener la misma confianza que tú. Hesperis soltó una carcajada. —¿Acaso el tenebroso escenario que envuelve nuestro escondrijono es la mejor garantía de su invulnerabilidad? La mirada de Yolden se cubrió de sombras. —Giselle me preguntó por su madre. ¿Qué ha podido fallar,Hesperis? —¿Sigues creyendo que fue una medida innecesaria que ese recuerdo quedase bloqueado en el subconsciente de tu hija? —preguntóHesperis. Buscó una silla y realizó los movimientos que un hombreharía para sentarse. Después de cruzar las piernas, dirigió a Yoldenuna mirada de afecto—. Las alarmas sonarán a su debido tiempo, yentonces tu hija recuperará la memoria. —Nunca me perdonaría que sufriera más de lo necesario —musitóYolden—. Y no me refiero al daño físico, pues eso no lo permitiría,sino al psíquico. Antes de verla en peligro, renunciaría a todo. Hesperis sonrió beatíficamente. —No esperaba que acabaras queriéndola tanto. —¿Cómo pudiste ponerlo en duda? —Magnífico. Sigue así, nunca dejes de mostrarle tu amor, velasiempre por ella, que se dé cuenta de que vives para verla feliz. Asítodo resultará más auténtico y tú no estarás obligado a fingir. —No finjo, Hesperis. Quiero que quede claro que por ella seríacapaz de renunciar a todos los pasados años de sacrificios. —Pero no lo harás. Quiero decir que apurarás todas las posibilidades antes de darte por vencido. Yolden se levantó. Cuando llegó a la puerta, se volvió y dijo alfilósofo: —Edúcala como acordamos, Hesperis, ocúpate de que su inteligencia brille, que yo me encargaré de adiestrarla en las artes que túno puedes enseñarle, como la lucha, la supervivencia... y la mentira.Cincelaré su cuerpo sin alterar su rostro ni su figura. Ella debe ser elespejo donde su madre se mirará algún día. Ahora, si no te importa,me gustaría pensar. Hesperis asintió antes de desaparecer. Al quedarse solo, Yolden dijo a la soledad del gabinete: —Filósofo, me hiciste creer que sería yo quien movería los hilos, perotú eres el único que maneja los muñecos de este maldito guiñol. —Se echóa reír—. Maldito bribón, pese a todo no te guardo el menor rencor. La Fuente le anunció que una persona deseaba enviar su imagen. Estuvo a punto de responder que en aquel momento no queríarecibir a nadie, pero cuando supo que se trataba de Taulo Akkra nodudó en dar su consentimiento. No esperaba que su viejo amigo levisitara tan pronto. Debía tener algo importante que comunicarle.Taulo era tan inteligente como carente de personalidad era su hermano Gerdon Akkra.
© 2010 Ángel Torres Quesada Reproducido con la autorización del Grupo AJEC.
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