LA GUERRA POR EL NORTE de Guillem Lopez Imprimir E-mail
Escrito por Guillem Lopez   

Portada de La guerra del norte de Guillem López i ArnalLa Guerra por el Norte” es el primer tomo de la saga Leyenda de una Era. Es el número seis de la colección Excálibur Fantástica.

 

 

LA GUERRA POR EL NORTE

L
EYENDA DE UNA ERA
Libro primero

Anticipo AJEC Colección Excalibur Fantastica

 

 Por Guillem López i Arnal

 

CAPÍTULO I

 

 

L

a tormenta había devorado las montañas del norte y pronto lo haría con toda la tierra. Un horizonte monstruoso que, encallado en los altos picos, esperaba para caer sobre el bosquecillo de la ladera, el prado y, finalmente, su casa. Jared, el cabrero, se veía minúsculo bajo las grandes quillas negras y moradas. Corría de un lado a otro y pasaba cuerda en torno al cercado. Anudaba los maderos rápidamente y volvía a repetir la operación unos pasos más allá, al tiempo que murmuraba maldiciones. “Trabajo en vano —gruñía con cada nuevo nudo—. ¿De qué sirve nada de lo que hago?” Si la tormenta y su ronco aviso no mentían, el cercado se quebraría y las cabras correrían espantadas bajo el trueno. Pero a pesar de ello, como otras tantas veces en su vida, continuaba su labor con la amarga esperanza arrollada por la inminencia del castigo divino.
Portada de La guerra del norte de Guillem López i Arnal   El susurro del viento se transformó en aullido cuando, a lo lejos, un trueno rompió el horizonte. La cabrada se inquietó en su redil. Jared juró por los dioses antiguos; su hija todavía no había regresado del campo. Después observó la línea del bosquecillo y cómo las colinas agitadas formaban olas de ámbar y sombra. Maldijo a la chiquilla. Anudó a toda prisa el último tramo del redil, el que se unía a la casa junto al cobertizo y el gallinero, antes de dar un vistazo rápido alrededor. Su hogar era una choza de gruesas paredes de piedra, bajas, de una vara y dos palmos de altura, con sólo dos ventanucos y una gruesa techumbre puntiaguda cubierta de paja, capas de excremento de cabra y tierra húmeda. Volvió su mirada a lo lejos. Maldijo de nuevo. Se llevó los dedos a la boca y silbó con todas sus fuerzas. Chacal había salido con Kali esa tarde. Quizá él se adelantara al escuchar su llamada. Esperó con los brazos en jarras durante un interminable momento pero el perro no apareció y él apretó los dientes con fuerza.
   —Esta vez se va a enterar  —dijo para sí mismo.
   El viento arrastraba el aroma de la borrasca, de forma que casi podía sentir la humedad en las narices. Aún no era mediodía y el campo se oscurecía cubierto por un manto de negrura. Sería la primera gran tormenta de otoño; toda una luna de lluvias y después las nevadas que preceden al duro invierno. Aunque esta vez se había adelantado por lo menos dos semanas y su aspecto era más amenazador que cualquier otra tormenta que hubiese visto al Este de Porkala. Así se presentaba el fin del verano en el norte de Aukana, con redobles tempestuosos en el cielo que precedían a dos meses de caminos enfangados, cosechas encharcadas y densas nieblas impenetrables instaladas en la falda de las montañas. No era un lugar fácil para vivir. Fríos inviernos, calurosos y secos veranos, tierra dura y pedregosa cubierta de malas hierbas hasta las laderas de los Montes de Bruma. Una tierra inhóspita y abandonada que le acogía a uno con el silencio y la soledad. Pero esa era la elección de Jared, el ostracismo, el abandono y la culpa. Esa era la tierra que eligió para su exilio, para la nueva vida resignada que llevaba con su hija, Kali. Una vida que había convertido en condena.
   De nuevo restalló el cielo. Jared chasqueó los labios y, a grandes pasos, rodeó la casa hasta el montón de leña que guardaba a cubierto junto al muro. Cargó tantos troncos como pudo, que no eran pocos, y entró en la casa.
   Encendió el fuego pacientemente, prendiendo primero la ramilla seca y la hojarasca que guardaba en un cesto. Al momento, un leve resplandor anaranjado iluminaba la única habitación y hacía bailar las sombras en los rincones. El aroma de la leña reptó sinuoso y se convirtió en reclamo para los gatos que se agolparon frente a las llamas.
   —Aprovechad ahora —murmuró Jared—. Y corred cuando llegue Kali.
   Los gatos no tenían nombre. Sólo él les tenía algo de aprecio, especialmente cuando encontraba alguna rata muerta. Sin embargo, su hija Kali era una enemiga encarnizada de los gatos. Los perseguía, les lanzaba piedras, les tendía trampas y encerronas con su perro Chacal. Con el tiempo los gatos se alejaban tanto de ella como del perro, porque sabían que ella era mucho más peligrosa e inteligente. A veces, Jared percibía la desaparición de alguno de ellos y sabía que, probablemente, hubiese acabado enterrado bajo algún árbol. Había tantos que aquellas desapariciones no le importaban demasiado y así, por lo menos, la niña se mantenía alejada de su rebaño.
   Kali era malvada con los animales. ¿Cuántas veces la había sorprendido con algún animalillo muerto entre sus manos y la inocente y triste expresión en sus ojos malditos? Jared no entendía el por qué de aquella aversión por la vida animal, pero con el tiempo se hizo obvio que era recíproca y las bestias se alejaban de ella tanto como podían. Aunque eso no siempre era suficiente. Una vez, cuando tenía nueve años, mató de una pedrada a una de las ovejas de Kurn, un vecino que vivía a una hora de allí. Jared se vio obligado a dar una de sus cabras en compensación ante las quejas de Kurn. Después molió a palos a la niña con la vara que utilizaba para conducir el ganado y la encerró en el gallinero durante dos días. Pero eso no sirvió de mucho. A las pocas semanas de lo sucedido, un borrico viejo y desnutrido que utilizaba Kurn para arar su poca tierra, apareció muerto. Al parecer envenenado por unos cuantos Sombreros Reales, unos hongos que crecen en los lindes del bosque y que matan ocasionalmente algún viajero. Kurn no dijo nada sobre el borrico muerto. Y Jared no le preguntó a Kali.
   Con Chacal era diferente. Jared sabía que nunca le haría daño a aquel perro. El animal tenía un vínculo especial con ella. Desde el día en que lo encontró en el prado, el perro se había definido como protector de la niña, compinche de juegos y hermano; en definitiva, eran compañeros inseparables. Él dormía junto a ella y la entendía cuando hablaba. Incluso a veces sin pronunciar palabra, con una única mirada, Kali hacía salir al perro, le ordenaba quedarse en su lugar o seguir algún rastro. Ella nunca le haría daño.
   Cortó un trozo de manteca y lo calentó al incipiente fuego. Después arrancó un trozo de pan algo húmedo y comenzó a comer. Lo hizo despacio, esperando percibir la lluvia acercándose entre la hierba agitada. No escuchó nada. El viento devoraba cualquier otro sonido y se colaba bajo la puerta sin ningún respeto. Después, un retumbar entre nubes y el mismo remolino ventoso que había zarandeado los ajos secos que colgaban del techo salía por el ventanuco, apartando a su paso la torcida contraventana. Jared maldijo el frío que le corría entre los pies, se acercó a una de las vigas y tomó su odre de leche fermentada. Volvió al taburete junto el fuego y dio un largo trago de la bebida. Después eructó.
   La leche fermentada era una bebida que nadie producía allí en el norte y que él había traído de su lejano sur. Beber le hacía recordar su tierra natal y eso le entristecía, le hacía sentir cobarde, desgraciado, y entonces bebía más para olvidar aquellos recuerdos, aunque era esa una trampa engañosa que siempre acababa con sus recuerdos convertidos en gimoteos sobre el camastro. Había comenzado pronto a beber. Por la tormenta. ¿Qué podría hacer si no? Dio otro trago, hasta que la leche se desbordó por la barbilla. Luego se limpió con la deshilachada manga del saco y eructó otra vez.
   —Maldita niña —masculló.
   Salió a la puerta sólo para comprobar que la tormenta había llegado al último collado antes del prado. Las cabras habían formado un único cuerpo que se protegía bajo un sotechado estrecho, resignadas y dispuestas a una dura noche. Sin embargo no vio nada que le hiciese sospechar del retorno de Kali y Chacal. Dio dos pasos al exterior. El sol, desaparecido, había abandonado los alrededores, llevándose con él los colores. El paisaje se había convertido en un lóbrego lugar. Los lindes del bosquecillo cercano eran una línea de sombras y acechantes huecos negros entre árboles retorcidos y ramas resecas que se quebraban por el efecto del viento. Jared sintió miedo. Se llevó el odre de leche a los labios y lo dejó apoyado allí por un instante, sin llegar a derramar el agrio brebaje en la garganta. Observó el paisaje cambiante, llevado por la misma tronada, como si el avance de las nubes fuese el de un arado que a su paso deja a la vista cosas que no se ven durante el día. De nuevo los aullidos y el crepitar de ramas, susurros entre las piedras.
   Los animales estaban inquietos. Jared no podía tranquilizarlos, pero sí bebió para tranquilizarse él.
   Después dio la vuelta dispuesto a volver al interior, pero por alguna razón miró sobre el hombro, como si la oscuridad creciente pretendiese avanzar sobre la casa en cualquier momento. Las primeras gotas cayeron como plomo fundido sobre la tierra pisada del camino. Se detuvo en el quicio de la puerta y se enfrentó por segunda vez al horizonte surcado por el sendero. Bebió leche fermentada y con el sabor deslizándose en la garganta gritó a la tormenta el nombre de su hija.
   —¡Kali!
   Y obtuvo una respuesta.
   Su voz se diluyó en una explosión de luz seguida de un bramido ensordecedor. En la distancia, tal vez a una legua de allí o menos, siguiendo el camino al norte, un gran relámpago dividió el cielo iluminando la negrura como un animal eléctrico descolgado desde la nada. Era una línea quebrada y rota de un intenso color azul que se mantuvo comunicando las alturas y la tierra durante un instante que a Jared le pareció un día entero. Después, lentamente, el brillo se desvaneció hasta convertirse en una neblina purpúrea.
   Jared balbuceó y parpadeó varias veces sólo para volver a apretar la mandíbula.
   —Esta vez sí te has metido en un lío, Kali —dijo antes de entrar y cerrar la puerta tras él.
   Sentado frente al fuego pronto olvidó el sonido de la lluvia contra los muros. Maldecía una y otra vez aquella chiquilla mientras frotaba sus manos entre trago y trago. Siempre le trajo problemas, desde el día en que nació; aquel fue el peor día de la maldición que vivía. “Maldita chiquilla —pensaba— y maldito el día en que vino al mundo para llevarse a su madre.” No podría ser ni una sombra de lo que fue su mujer, de lo que significó para él. Maldita niña, maldita, maldita. Se repetía una y otra vez entre dientes. Preferiría que hubiese muerto ella al nacer, entonces todo hubiese sido diferente. Todo hubiese sido mejor.
   Lyana fue su luz. La energía de su vida. Sin ella moraba en las tinieblas. Peor que estar muerto. Recorrieron medio continente huyendo. Hasta el más recóndito norte, hasta aquella tierra fría y oscura. Él estaba dispuesto a formar un nuevo mundo para ella, a crearlo de la nada como si de un dios todopoderoso se tratara. Huyeron de la justicia del Imperio. De la justicia de unos pocos que oprime a muchos, la justicia que condena al pobre y enriquece al poderoso. Matar es un grave crimen. Matar un sacerdote el peor de los pecados. Pero, ¿qué podía haber hecho? ¿Permitir el abuso? ¿Abandonar su orgullo y bajar la frente como un buey en el arado? Huyeron para conservar la vida y su amor. Pero se equivocaron. No escaparon de la venganza divina.
   Había construido aquella casa él mismo. Compró los primeros animales en Porkala con la primera exigua cosecha de patatas. Espantó a los lobos grises de los Montes de Bruma sólo con su azadón. Y una vez mantuvo un fuego encendido frente a la casa después de ver un oso pardo rondar el linde del bosque. Hizo tantas cosas que jamás hubiese sospechado. Se convirtió en héroe, en fugitivo, en campesino, en cazador. Y lo hizo todo por amor. Todo menos salvarla a ella. Lyana murió con el llanto de la pequeña viscosa y ensangrentada que acababa de parir. Y eso no pudo evitarlo.
   Jared miraba fijamente la pequeña llama y entre sus ojos vidriosos corría el recuerdo.
   El mismo día en que nació su hija, él supo que había sido condenado. Que todo había sido culpa suya y que aquel ser quejumbroso y débil que gimoteaba en el suelo era su condena. La niña estaba marcada por la muerte. Eso no era un buen presagio, pero él no sabía leer en las señales, así que hizo llamar a una vieja ciega de Porkala que vendía sus ojos a los que no podían ver más allá del mundo físico. Jared la dejó sola con la niña. Salió fuera a alimentar a los animales. Pero eso no hizo que las cosas cambiaran. La vieja vidente vio dolor, miedo y muerte en los ojos de la niña. Pero ella era inocente, dijo, el culpable es el padre, el padre. Después, con el tiempo, corrió la voz entre los pueblerinos y fueron ambos los que quedaron marcados para siempre.
   Afuera la lluvia arreció y el correr del aire sobre el tejado se diluyó con el recuerdo de las palabras de la vieja de Porkala. Jared estaba un poco borracho y, como siempre cuando el pasado regresaba a su memoria, enojado. Kali no había regresado todavía. A un lado vio la vara de fresno, la puerta inmóvil, el agitado silencio fuera. Se levantó de repente y golpeó con el puño sobre la mesa. “Hoy dormirán fuera —se dijo—, perro y niña.”
   Entonces la puerta se abrió súbitamente, con tanta fuerza que golpeó el muro y los abrigos que guardaba colgados cayeron al suelo junto con algunas ristras de ajos. No era la niña. Un hombre encapuchado entró en la habitación, dejando la puerta abierta tras él. Ni siquiera se detuvo. Avanzó a grandes pasos hasta Jared con una grande y recia mano extendida hacia él. Jared sintió la necesidad de gritar, aunque no pudo más que toser y ahogarse en el regusto a leche fermentada. El hombre venido de la lluvia intentó cogerle de un brazo pero él se zafó, saltó atrás, tropezó con el taburete en el que estaba sentado y cayó de espaldas. El miedo se transformó en pánico y sólo pudo retorcerse en el suelo hasta que reconoció el rostro del intruso.
   —¿Lilo? —preguntó aunque estaba seguro. Era Lilo, el muchacho de la viuda Frem.
   Él se arrodillo a su lado y dejó la mano en su hombro, como si fuese algo inevitable que tenía que hacer antes de pronunciar palabra.
   —Jared —dijo, colocando frente a él su enorme rostro bobalicón e intentando sonar solemne—. Van a matar a tu hija.
   —¡¿Qué?! —exclamó él. Pero Lilo ya se había puesto en pie y volvía hacia la puerta.
   —Ven. Jared, ven rápido. Kali morirá. La matarán.
   —Lilo —le llamó antes de que desapareciese entre la lluvia—, espera, espera. ¿Qué ha ocurrido?
   Jared cogió una de las capas, se la echó sobre los hombros y corrió tras Lilo. Le  llamaban  el muchacho de la viuda Frem, a pesar de ser mayor que Jared y fuerte como varios hombres juntos, porque por dentro sólo era un niño que nunca creció. Corría delante de él, un poco a trompicones, y agitaba los brazos en señal de emergencia, mirando sobre el hombro cada pocos pasos para comprobar que le seguía y que su misión iba por buen camino.
   —Pero, ¿qué ha pasado? —preguntó Jared, ajustando la capucha alrededor del cuello— ¿Qué ha hecho esta vez?
   —No ha hecho nada. Nada. No es culpa suya —explicó mientras se apartaba el pelo mojado frente a los ojos.
   —Maldita sea. Lilo, dime qué ha hecho esta vez.
   —No es ella, no es ella —se detuvo y por segunda vez puso su mano en el hombro de Jared—. Un rayo cayó del cielo. Un rayo le cayó del cielo a Kali.
   Jared balbuceó.
   —¿Un rayo?
   Lilo continuó por el camino a toda prisa tirando de la capa de Jared.
   —Todos estábamos en el campo. Corred a casa, corred —explicaba con los ojos fuera de sí, como si reviviese la escena justo frente a él—. Ella venía por el sendero del bosquecillo y salió a los campos. Todos lo vimos claramente. Ocurrió de repente, de repente…
   —Pero, ¿qué fue lo que ocurrió?
   Lilo se detuvo y acercó el gesto al de Jared. Sus ojos saltones asomaban a los párpados y la mandíbula se le agitaba a los lados. Respiró entrecortado y continuó en un susurro, temeroso de lo que narraba.
   —El cielo se rompió en lo alto. Un rayo azul cayó sobre ella. Un rayo azul y rojo. Una luz fuerte, fuerte, muy fuerte. Yo casi me quedo ciego —miró a los lados, pasó la gruesa lengua por los labios y bajó aún más el tono al señalar al suelo—. Pero luego corremos hasta ella. Y allí están los dos. Kali y su perro, como si nada. Ni muertos, ni quemados, ni nada. Está bien.
   —¿Seguro?
   —Sí, sí, está bien —gritó y volvió a trotar al camino—. No como aquella vez que un rayo mató a Olfr y tres de sus ovejas. Kali está bien, el perro está bien. Pero eso no gusta a los otros. Es muy raro y dicen que es muy mala señal. Que ya hace tiempo que pasan cosas raras cuando ella visita el bosque.
   —¿Quién ha dicho eso? —saltó Jared tras el atolondrado grandullón.
   —Pues el viejo Matt y su mujer. Boba el pocero. Y los dos hijos de Fretl Miracielos. Todos los que estábamos allí y lo vimos. Y, entonces, dijeron de matarla y tirarla al fuego porque eso no era normal. Y yo sé que lo harán porque todos hablan muy mal de ella. Por sus ojos raros. Y porque es un poco traviesa.
   —Kali no es traviesa, Lilo, es malvada —le corrigió al tiempo que un golpe de aire levantó su capa como una bandera deshilachada y doblada sobre los hombros.
   —Yo me asusté —se detuvo otra vez mientras gesticulaba. Jared vio sus ojos dilatados en la oscuridad—. Porque querían cogerla y matarla y el perro comenzó a ladrar y ella gritaba. Todos gritaban. Y yo pensé que tenía que avisarte antes de que ocurra algo malo. Como la vez en que persiguieron a aquellos artistas ambulantes y a uno le saltaron el ojo de una pedrada. A mí no me gusta eso, no me gusta.
   —Lilo, tranquilízate —le ordenó de forma imperativa—. Y llévame dónde esté mi hija.
   —Sí, sí, sí —Comenzó a correr mientras le animaba a seguirle—. Vamos, vamos rápido.
   La lluvia le golpeaba el rostro y la sentía correr por su espalda desde el cuello empapado. Caminaron a paso vivo unos veinte minutos, siempre hacia el norte, un rato por el camino a Rajvik y después a la derecha, de vuelta hacia las montañas donde la tormenta había convertido el día en noche. Cuando llegaron a los campos de alfalfa de la aldea, el aguacero amainó y se convirtió en una lluvia monótona y rítmica que atacaba los charcos formados en las roderas del camino.
   Jared pensaba que nadie más que él podía castigar a su hija, y así lo haría, pero le enojaba tener que luchar contra una turba de campesinos temerosos y sus supersticiones. Defender a su hija. Hacer creer que era inocente, si es que lo era, a cualquier precio, era más una cuestión de orgullo que se había forjado tiempo atrás. Cuando los otros despreciaban a Kali. Cuando la insultaban y trataban de humillarla. Él sólo se sentía incluido en ese desprecio, en esa exclusión establecida. Después, un día sorprendió a los hijos de Fretl Miracielos golpeando a Kali con una rama seca. Él le rompió la mano al menor de ellos y los echó a patadas. No volvió a verlos. Después la castigó a ella por ser diferente. Y por dejarse golpear de aquella manera. La castigó por haber matado a su madre.
   —Mira, mira —dijo Lilo, señalando con el dedo a un lado del camino.
   Jared se detuvo y observó la escena a un centenar de varas de allí. Pudo ver el olmo muerto donde a veces se detenían de camino a la granja de Leike. Justo a su lado la gran piedra de granito como una sombra y, asomando a su derecha, colgado de una de las gruesas ramas secas, vio el cuerpo balanceado al final de la cuerda.
   —Salvajes —masculló. Y comenzó a correr en aquella dirección.
   El fango salpicaba en todas direcciones a su paso y sentía el pecho ardiente, restallando cuando saltó el pequeño cercado del campo. Tras él venía Lilo, gritando el nombre de su hija, aunque no le prestó atención. A medida que se acercaba fue disminuyendo el ritmo hasta detenerse, impresionado.
   —Kali —susurró.
   Del viejo olmo colgaba el cuerpo sin vida de Chacal. Tenía las patas rotas, la sangre seca le cubría el hocico y empapaba el cuerpo, dándole la apariencia de un insecto muerto. Bajo él estaba Kali. Sentada sobre los talones. Con la lluvia cayendo desde los mechones empapados y confundida con sus lágrimas. Sollozaba casi en silencio, sin levantar la mirada, con los brazos caídos sobre la hierba mojada. A su cuello había un trozo de cuerda como el que alguien había utilizado para colgar al perro. Siguió con la mirada la cuerda desde el cuello de la niña hasta llegar a la mano muerta, casi carbonizada, y entonces contempló la carnicería.
   Había cuatro cuerpos muertos junto a Kali. Un hombre, o lo que quedaba de él, se había convertido en un tiznón ennegrecido. La estaca con la que había golpeado al perro se había consumido, pero todavía aferraba entre sus engarrotados dedos el madero requemado. El hombre que había puesto la soga alrededor del cuello de Kali estaba panza hacia arriba, con la ropa en jirones y los brazos tiesos como espinas. Los labios y los párpados habían desaparecido y sonreía de forma siniestra, como sorprendido. Todavía quedaban dos más, algo más lejos, también la ropa desintegrada, los pelos tiesos y algún hueso blanquecino y puro asomando entre la carne negra.
   La niña lloraba sin levantar la vista.
   Lilo llegó y comenzó una letanía de palabras incomprensibles al tiempo que golpeaba las palmas contra su frente.
   Jared se sintió clavado al suelo, como si todo el peso aplastante de aquella tormenta le impidiese moverse, escapar. Miró fijamente a su hija. Ella levantó la mirada por primera vez. Los ojos brillantes. Esos extraños ojos de Kali, casi sin iris, grandes y almendrados.
   Ella no dijo nada.
   —Lilo —llamó él—. Ve a mi casa y lleva mis cabras a tu madre.
   —Pero, Jared... —titubeó él— No podemos comprarte las cabras.
   —No te las vendo. Es un regalo. Nos vamos.
   El cielo resonó ronco, casi tímidamente, y la lluvia se extinguió como había llegado, de pronto.


  

CAPÍTULO II

  
  
  
El Salón de Expiación, en la Sagrada Casa de Vanaiar de Ilke, era una sala oscura, fría y húmeda. Todas las paredes estaban cubiertas por grandes cortinajes escarlatas, sin otra luz que la pequeña claraboya que agujereaba la oscuridad en el mismo ábside, como una presencia etérea y divina. En la altura, la bóveda desaparecía en una oscuridad sólida, casi palpable, que oprimía el corazón y empujaba a uno a la única luz. Y bajo esa cascada reluciente, frente a un rudimentario altar de mármol blanco como la nieve, postrarse ante el poder de Dios. Allí, con el pecho sobre el suelo y los brazos desplegados a los lados, se encontraba el monje inquisidor, en silencio absoluto.
   Trataba de diluir sus pensamientos y sentimientos a través del dolor y la penitencia. Sabía que en las próximas semanas su espíritu tendría que enfrentarse a muchos conflictos, morales y éticos, y su fe sería puesta a prueba. La guerra por el norte invadía cada conversación, impregnando los silencios de expectación y ansiedad. Él era un inquisidor, no podía mostrar sentimientos en público, y debía mantenerse cauto y contenido ante la euforia guerrera de algunos clérigos o la reticencia de otros. Al fin y al cabo, sólo el Alto Inquisidor y sus mandatos debían perturbar su conciencia, sin importar cualquier otra circunstancia.
   La pequeña puerta se entreabrió lo suficiente para dejar entrar a un visitante. Caminó a pasos cortos, como si no desease que su armadura de mallas hiciese más ruido que el roce de una túnica, aunque eso era realmente complicado y el tintineo de tanto metal inundó la estancia como un viejo amigo de batalla. Se detuvo en el centro de la nave, unos pasos tras el yaciente inquisidor, y retuvo la respiración mientras apoyaba la mano enguantada en la montura de la espada y dejaba que la contera cayera sobre su talón. El paladín esperó mudo algún movimiento del monje; sin embargo éste no se produjo.
   —Sabía que te encontraría aquí —dijo finalmente el paladín y su voz repicó contra las paredes, como una ofensa a la luz, aunque una ofensa amigable, al fin y al cabo.
   El monje inquisidor se incorporó lentamente. Primero apoyó los brazos para quedar de rodillas frente al altar, después, en un lento y doloroso empujón, se puso en pie. Un gemido sofocado quedó atrapado en sus labios al recuperar la vertical. Las horas de inmovilidad sobre el suelo le magullaban las articulaciones, pero para eso era el Salón de Expiación, para sentir el dolor y recordar los pecados del alma al cuerpo.
   —Sólo tú podrías entrar en un recinto sagrado ataviado de batalla y perturbar la meditación de un inquisidor sin temor a ser cuestionado en tus formas —dijo el monje, mirando sobre su hombro—. Tú o cualquiera de esos llamados Paladines de la Aurora con quienes te acompañas.
   —Creía que sólo las compañías con faldas eran asunto de un inquisidor —dijo el paladín.
   —¿Acaso no llevan faldas los Paladines de la Aurora? —replicó al enfrentar sus miradas.
   —Sí, pero no tan largas como las tuyas, Anair.
   El monje se adelantó, intentando mantener la espalda rígida y sonrió al paladín. Era algo más bajo que él, de rostro redondeado y nariz abultada y, bajo las cejas, sus ojos eran dos profundos lagos helados. Sin embargo, el paladín era alto y corpulento, de rostro alargado y mentón cuadrado y fuerte, con los ojos oscuros y humildes aunque asertivos. Al llegar a su altura se besaron y el paladín estrechó al monje contra el jubón que cubría su cota de mallas.
   —¿Cuándo llegaste? —preguntó Anair, el inquisidor.
   —Acabo de descabalgar, compañero —respondió con una mano en el hombro de Anair—. ¿Cuántas horas llevas aquí?
   —No es apropiado prestar atención al tiempo cuando se rinde cuentas con Dios, Earric. Lleva tiempo purgar los pecados —respondió Anair con un mohín tímido.
   —¿Qué pecados? —exclamó Earric y negó con la cabeza de forma cariñosa—. Eres la última persona de Ilke que debería utilizar esta sala y te torturas en el frío suelo durante horas. Dios está satisfecho con tu misión.
   —¿Ahora hablas con Dios? —arqueó una ceja, escéptico.
   —Tú ya me entiendes, Anair —chasqueó los labios el paladín—. Te conozco de hace tanto tiempo...
   —Y sin embargo eres tú el que nunca utiliza el Salón de Expiación —le cortó Anair—. No me juzgues desde la ligereza de tus actos.
   —No te juzgo, amigo —arrugó el cejo Earric—. Pero recomienda la expiación a Jakom y al Gran Maestre. Yo soy tan culpable como ellos puros.
   —Esa actitud, paladín —murmuró pacientemente—. Mide tus palabras.
   —Mis palabras son verdaderas.
   —El orgullo os llevará a la desdicha —movió la cabeza a los lados—. Demasiados años de desplantes y arrogante comportamiento. Sois el centro de todas las miradas y comentarios. Te lo digo como amigo, no es momento de desafiar el poder de los padres de armas misinios, ni las conveniencias de la orden.
   —Querrás decir las conveniencias de unos pocos —chasqueó los labios el paladín—. Los reyes se enfrentan a los dioses. Khymir XII se muestra belicoso y desconfiado con las congregaciones de su reino y aquí en Misinia, los Levvo, con su apetito voraz y despiadado, aspiran a devorarnos a todos. Nuestro orgullo es parte de la supervivencia.
   —Domina tu vehemencia, Earric —dijo entre dientes al tiempo que arrugaba los ojos.
   Un ruido de pasos en el exterior alarmó a ambos clérigos que miraron por un instante la puerta casi oculta por los gruesos cortinajes. Anair tomó a Earric por el brazo y suspiró pesadamente.
   —No deberíamos hablar aquí. Demos una vuelta.
   El templo de Vanaiar en Ilke era un conjunto de edificios fortificado de aspecto imponente. Como todo lo que había levantado la Orden de Vanaiar, expresaba la existencia de un Dios único, grandioso y, ante todo, amante de la guerra. Construido en piedra nívea, el templo, los barracones, las dependencias para los monjes y el alto muro que lo rodeaba, podía contemplarse desde casi cualquier lugar de la antigua capital misinia. Era una fortaleza en el corazón de la ciudad amurallada que contrastaba con el afilado gris del cercano Palacio Droemar, sede de la casa de Ilke. En lo alto de las torres de ambos edificios los pendones blancos y oro de la Orden de Vanaiar competían con las banderas celestes y la trucha de Droemar. Era el viento del norte lo que hacía, por una vez, que las enseñas de la ciudad y la orden apuntaran juntas al horizonte, a pesar de la división de los hombres.
   Anair Banaan, el inquisidor, o el abandonado, como le conocían sus hermanos, y Earric de Bruswic, caminaron juntos por el atrio que rodeaba uno de los patios interiores del Salón de Vanaiar.
   Ambos eran jóvenes y fuertes, pero el aspecto de Earric, con su cota de mallas y la sobrevesta blanca con el rombo amarillo de la orden, comparado con la túnica del monje, le hacía parecer duro como una roca. Habían combatido juntos decenas de ocasiones en el norte, aunque tras el ingreso de Anair en el Consejo de la Ira, sus caminos siguieron direcciones muy diferentes. Earric tenía el rostro arrasado por la guerra, la mirada vítrea, y la sonrisa era más irónica de lo que fue en tiempos de juventud. Por su parte, Anair estaba envejecido, y a sus treinta y cinco años los asuntos de la fe y la administración habían sembrado otras cicatrices en su cuerpo. Se mostraba más oscuro y reservado, frío y ladino, que cuando no era más que un monje guerrero en un monasterio del norte de Aukana. Hacía algo más de un año que no se habían visto, y el júbilo del reencuentro se veía empañado por un asunto que turbaba los pensamientos de paladín y monje: la reunión del Alto Consejo de Vanaiar que se celebraría al día siguiente.
   —Tanto tiempo ha pasado que casi no recordaba tu mal humor —dijo Earric, que pretendía ser sarcástico.
   —No es mal humor, guerrero de Dios, son las tribulaciones de un hombre de fe —replicó Anair.
   —Dirás las preocupaciones de un hombre que asciende como la espuma en el escalafón de la Orden. Sé muy bien, como los rumores que corren de Este a Oeste indican, que eres la mano derecha del Alto Inquisidor. Además de líder de los Puros de Vanaiar. ¿Cómo sienta ser protector de una fortaleza como Rajvik?
   —¿Y cómo sienta no tener más hogar que el camino, el ostracismo y la vida errante, paladín?
   —De nuevo te defiendes cuando no te acuso, amigo —rió Earric—. Sólo pretendo alabar los logros que alcanzaste en tus aspiraciones.
   —Deberías saber que un hombre de mi posición, como tú dices, sólo aspira a morir en batalla. Ese es el único ascenso para un monje.
   —Enhorabuena por tu nuevo papel en los designios de Dios pues. Si alguien merecía ese reconocimiento, sin lugar a duda, eras tú.
   —Gracias, hermano. Sé que a ti tampoco te ha ido mal en estos tiempos aciagos. A pesar de tu obstinación por pertenecer a esa reunión de blandos caballeros piadosos. Podéis continuar ocultando vuestros ritos y de paso los pergaminos Tiríleos. Si el Consejo de los Justos echase mano de esos textos ten por seguro que serías juzgado.
   —Sé muy bien qué haría el Consejo con nuestros sagrados textos. Y seguro que tu superior, Jakom el devoto, disfrutaría viendo pasar por el cadalso a tanto paladín errante —Earric sonrió maliciosamente, aunque bajó la voz cuando algunos guardias pasaron junto a ellos—. Ahora soy el representante de los Caballeros de la Aurora ante el consejo de mañana.
   —Es todo un honor.
   —Sí, lo es —asintió el paladín, entre dientes, como si grabase aquella sentencia entre ceja y ceja—. Tenemos mucha fe en las palabras de Raben el Jansenita. Por fin, un hombre de carácter compasivo y corazón abierto ha llegado a Maestre de la Fe. Es un gran avance para todos los que confiamos en que es momento de cambiar algunas cosas.
   —La fe es un preciado bien que escasea últimamente. ¿Por qué no me sorprende que esperes tanto de Raben y sus palabras? —Anair bajó el rostro inundado de oscura pesadumbre— La reunión de mañana no será una ceremonia cualquiera, será una batalla y, puedes creer esto, correrá la sangre.
   —¿Por qué dices eso? —se sorprendió Earric— Eres demasiado melodramático, Anair. Ni siquiera mis hermanos temen represalias del Consejo de la Ira. Demostramos nuestro valor con creces en los márgenes del río Eitur. Esos que tu llamas blandos caballeros  soportaron el asedio de las tribus oscuras durante tres lunas cerca de Roca Kilim. Y finalmente se enfrentaron a una fuerza muy superior, para mayor gloria de Dios. Ganamos para Aukana una extensión muy superior al Ducado de Bremmaner, y Raben hablará bien a favor de la unión en las armas o en la fe.
   —No me refería a juicios de valor y valentía, Earric. El Gran Maestre Ojvind va a someter a una gran encrucijada a todos los Padres de Armas, sin importar su ortodoxia o su espíritu renovador.
   —No quería ser yo quien cuestionara los planes de su altísimo —se encogió de hombros el guerrero.
   —Escucha, Earric —susurró Anair apartando a su amigo bajo uno de los arcos abovedados del corredor—. El Alto Inquisidor está disgustado por la división y el conflicto interno. Sé que se ha reunido con el Gran Maestre y con Ezra Gran Puño, su jefe de armas. Nunca antes una situación semejante se había dado en la Orden de Vanaiar. El enfrentamiento entre el Gran Maestre y Raben el Jansenita es abierto, y a ninguno de ambos le faltan seguidores dispuestos a tomar las armas. El rey está aprovechando esa flaqueza para presionar a Ojvind en su beneficio. El gran debate de mañana no será teológico, sino que girará en torno a la conveniencia de apoyar al rey Abbathorn Levvo III en su guerra contra la rebeldía del duque de Bremmaner.
   —Eso es una locura —exclamó Earric—. Nadie apoyará esa guerra. Puedo no comulgar con Ojvind y su Maestre de Armas, pero es un Gran Maestre fuerte y no cederá al reino.
   —De nuevo te equivocas —explicó Anair, tomándole del brazo mientras continuaban caminando—. Ojvind ha perdido salud en los últimos años y quizá también la fe. Si hubieses dedicado más tiempo a conocer a los burócratas que rodean a Ojvind sabrías que las arcas de la Orden están tan vacías como el cráneo de un Dachalan. La mayoría de Padres de Armas están a favor de una guerra secular, y Ojvind no necesita demasiadas pruebas para declarar herejes a los Duques de Bremmaner y justificar así su apoyo al rey Abbathorn. Somos una orden de monjes guerreros, no lo olvides, pero también dependemos de la amistad de reyes y señores.
   —Son las necesidades de esos mismos Padres de Armas las que requieren del favor de reyes para subsistir —dijo Earric, indignado.
   —De cualquier modo, han venido observadores de todas las casas de Misinia para asegurarse de que el resultado del consejo es favorable a los intereses del reino. La misma reina Anja Levvo llegó anoche a palacio.
   —Toda una figura regia.
   —También Enro Kalaris, Señor de Ursa. Y Okral Levvo, Señor de Boldo y tío de la reina, ha venido atraído por las deliberaciones del consejo.
   —A bandada de cuervos hambrientos me suena eso.
   —Dosorillas ha enviado a su hijo menor, Vérneil Rjuvel. Y el resto de señores están demasiado ocupados preparándose para la guerra.
   —¿Dije cuervos? —sonrió Earric— Más bien toda la manada de lobos grises nos rodea en silencio, sedientos de sangre.
   Ambos ascendieron por las escaleras hasta el muro que rodeaba el patio y, de allí, pasaron sobre la nave principal del templo hasta un mirador que rodeaba la cúpula principal. Desde la altura podían ver toda la ciudad, la muralla fortificada y al norte el camino que acompañaba al río Misvainn hasta los lejanos pasos montañosos. Al otro lado del río, unido a la ciudad por media docena de puentes, estaba la zona del puerto, el Ilkebjör. Era una maraña de calles retorcidas, muelles diminutos y grandes diques dónde fondear los bajeles que navegaban corriente arriba desde Osjen. Y tras aquellas casetuchas, tabernas de marineros y burdeles de música animada, se encontraba el campamento del ejército real. Casi tan extenso como la ciudad misma. Una plétora de diminutas tiendas blancas y pabellones de pendones y escudos coloridos, con un millar de columnas de humo dibujadas en el cielo.
   —Hace años que Enro Kalaris, Señor de Ursa, viene oponiéndose al sagrado canon que estableció Adair, el ciego.
   —A nadie le gusta pagar —añadió Earric—. Cuanto más tienen más quieren conservar.
   —Se encuentra tentado por las posesiones de la Orden, y es ya conocido el rumor entre el vulgo de que fastuosos tesoros, encontrados en los saqueos más allá del Hatur, han sido ocultados por los canónigos de Rodstel. La presencia de los señores y de la reina no es sino señal de inquietud en los palacios. Inquietud y codicia. Muchos se preguntan si no debiese ser al contrario. Están cansados de pagar el sagrado canon.
   —Bremmaner pagará por todos ellos —murmuró el paladín.
   —Aunque el duque abandone su rebeldía muchas cosas cambiarán. Como has dicho, Bremmaner pagará por todos. En sangre o en oro —explicó el inquisidor.
   —Comprendo tus palabras, hermano —asintió Earric—. Desde luego son muy diferentes las cosas en las fortalezas fronterizas que aquí en los salones. Los hombres armados del Páramo más allá de Vjestagoy, o los paladines que lucharon en los Montes de la Desdicha cerca de Portondehierro, no entenderán una guerra en el corazón de la misma Misinia. Nuestros votos de valentía y honor nos obligan a luchar siempre, expandiendo nuestras plegarias en los páramos helados del norte, protegiendo a los nuevos colonos fronterizos. ¿Qué función tiene luchar contra Bremmaner? Raben no lo aprobará. Y nosotros tampoco.
   — ¿Qué páramos del norte? ¿Qué enemigos? ¿Qué colonos? Cada vez hay menos K’ari que acechen las fronteras, ya no hay invasiones de Tribus Oscuras. Los colonos prefieren marchar a Oriente, o al sur, en lugar de vivir en tierra helada y sin vida. Esta decisión se escapa de tus manos, Earric. No hay otra salida. La guerra ya está decidida.
   —Entonces, ¿qué sentido tiene reunirnos si no es para tratar la doctrina? Son tiempos de cambio. Nuevas fuerzas crecen en la Orden de Vanaiar y ahora es el momento de emprender un nuevo camino. Escúchame como amigo, no como inquisidor.
   —Te escucho como clérigo de Vanaiar —dijo Anair de forma cortante—. Pero eres tú quién debe entender que no es el futuro de la guerra lo que se decide, sino la supervivencia de la misma Orden.
   —Eso suena amenazante y apocalíptico.
   —Es una amenaza —afirmó Anair, bajó la nariz y sus ojos refulgieron en la oscuridad de su rostro—. El reino, por descabellado que te parezca, exigirá la participación de la Orden en la guerra contra Bremmaner como gesto de lealtad y sometimiento. Ese es el nuevo ciclo que se acerca.
   —Eso es imposible —alzó la voz el paladín—. Dios no se somete al rey. La Orden es la salvaguarda del Norte. Nosotros protegemos las fronteras de los K’ari por la gloria de Dios. Somos la luz de Oriente. ¿Acaso vamos a convertirnos en mercenarios a sueldo de reyes y señores?
   —Como inquisidor y líder de los Puros de Vanaiar, sólo puedo acogerme a Dios en estos momentos y someterme a sus designios. Mi voto de lealtad, al igual que a ti, me obliga a acatar la palabra del consejo y en especial la de mi Gran Maestre Ojvind.
   —Ojvind, el cortés —dijo despectivamente Earric—. Ojvind, el impuro.
   —No deberías decir eso en voz alta —dijo irónico Anair—, algún inquisidor podría escucharte.
   —No se debería permitir ser Gran Maestre a un hombre cuya joroba es superior a la mitad de su cuerpo.
   —Basta de bromas —escupió el monje inquisidor—. Sabes lo que opino al respecto.
   —Tu lealtad está más que demostrada. Si se ganó el mote de Ojvind el cortés, es por su manía de inclinarse bajo esa grandilocuente chepa. Es algo innegable. Nada que ver con el voto de lealtad.
   —Todos los caballeros sois iguales —dijo Anair e hizo caso omiso a las palabras de Earric sobre el Gran Maestre—. Sois leves con el dogma. Descuidados con los ritos. Irrespetuosos con la jerarquía. ¿Cuál es el fin de tu camino Paladín de la Aurora?
   —La gloria de Dios y la felicidad de los hombres, siempre —respondió el paladín, pero Anair se encontraba ausente, lleno de pensamientos y desasosiego.
   Anair Banaan se acercó a la balconada y oteó el horizonte por sobre las murallas de la ciudad, pero su visión no pasó del campamento instalado en las afueras. Desde la capital, Dávingrenn, habían llegado tres Tékmatas misinios, la mejor infantería norteña, de cuatro mil hombres cada uno. Una veintena de caballeros libres con un centenar de espadas por lanza. Y los señores sureños de la Vieja Misinia habían enviado algo más de tres mil arqueros y jabalineros. Pero el orgullo de la casa real misinia se acercaba al galope por el camino del sur. Sin poder distinguirlos todavía, sentía el rumor de los cascos golpeando el suelo, murmullo de la destrucción que se avecinaba. Llegaba el Otko, el cuerpo a caballería del rey Levvo comandado por Brakenholm. Dos mil lanzas montadas reunidas en los páramos de la Nueva Misinia y apoyadas por doscientos arqueros a caballo capaces de inundar cualquier enemigo de una lluvia mortal de dardos antes de verse desbordados por la carga de caballería.
   Ambos contemplaron la escena en silencio.
   —No se puede negar que es impresionante —meditaba Earric—. Ha reunido veinte mil hombres en sólo unas semanas. Ciertamente esta guerra ya está en marcha. La guerra del rey Abbathorn Levvo.
   —Pero no es suficiente —murmuró Anair el inquisidor mientras miraba sus manos duras de monje guerrero—. No contra el Ducado de Bremmaner. Nos necesita a nosotros.
   —Y a nuestro Dios —añadió Earric.

 

CAPÍTULO III

  
  
  
Dávingrenn, la ciudad del millar de cúpulas, era, por derecho propio, la capital de Misinia. Desde una zona elevada junto a la unión del Misvainnn y el Kunai, dominaba el acceso fluvial al norte y toda la verde extensión de colinas que se abría como un abanico a sus pies. Sobre las murallas del color de la arena se alzaba, barrio tras barrio, como un grandioso bosque de piedra que culminaba en el palacio real, ahora llamado el Lévvokan, en honor a la casa que construyó la más grande de las cúpulas esmeralda de la ciudad. Fue durante el reinado del último monarca de la sangre de Drojn, anterior a la era de la sucesión de las casas, cuando cada señor construyó una torre para demostrar su riqueza. Los vasallos imitaron a los señores, el pueblo a la aristocracia, y cada torre, cada casa, se cubrió con una cúpula de brillante piedra verde sacada del Mar de Mis. De tal forma que cientos de años después, al sol poniente de otoño, el cielo sobre Dávingrenn es verde como la tierra que gobierna.
   En la sala de mapas del Lévvokan se guardaba un tenso silencio. El joven invitado esperaba al otro lado de la mesa con la atención puesta en cada paso o gesto del rey. Apresaba el labio inferior entre los dientes, quizá para ocultar que le temblaba un poco, y sus manos, entrelazadas a la espalda, se veían sudorosas. El consejero le observó desde un lado, clavando en él sus viperinos ojos, estudiando su temor, evaluando las reacciones de Lonenfach Kolmm ante el ambicioso plan de los Levvo. Desde el amplio ventanal que rodeaba la estancia se podía ver el horizonte de Misinia. Y en torno a esa línea difusa, confundida con el cielo brumoso, había preguntado el rey Abbathorn Levvo III.
   —¿Cuáles son los límites de Misinia, mi querido y joven, aliado? —preguntó. Pero las palabras se diluyeron como arena en un estanque.
   El rey había dado la espalda a su invitado y a Rághalak, el consejero, y caminado hasta la ventana. Después de un largo silencio recorrió los muros de la bóveda y sus enormes murales de mapas y cartografías, terrestres y marinas, de todo Oriente. Pasó frente a las líneas de la costa este de Ithiil, dónde los hombres cabalgan en lanudos Kiba que escalan las paredes rocosas de los Montes de Hueso. Ignoró, perdido en la respuesta a su propia pregunta, la visión del mar dulce de And ag Min y los desiertos que lo rodean, así como el fastuoso bosque de Oag y la ciudad secreta de Rendelín. Aunque hubo un mapa en el que sí se detuvo. Seis varas de longitud y cuatro de altura representaban el Imperio de Serende, la vieja civilización del mundo, los primeros hombres del sur.
   —El Imperio —murmuró deslizando los dedos entre la corta barba—. Qué odiosos parientes lejanos.
   —¿Es esa la respuesta a su pregunta, majestad? —preguntó el joven Lonenfach Kolmm, pero su voz se quebró, quizás por haber permanecido tanto rato callado o por el temor que parecía producirle el severo semblante del rey.
   El rey Abbathorn dio media vuelta, como si se sorprendiese al escuchar aquella voz. Arqueó una ceja e intercambió una mirada incrédula con su siniestro consejero.
   —Lonenfach —dijo, sonriendo levemente—. Mi pregunta no tiene respuesta. Por lo menos respuesta fácil.
   El consejero del rey, Rághalak, inclinó la cabeza y su calva manchada relució con un brillo aceitoso. Vestía una larga túnica morada de mangas anchas con ribetes bordados en hilo de oro y esmeralda. Frente al enjuto pecho alzaba sus huesudas manos, tocando, apenas un poco, las uñas unas contra otras. Tenía un aspecto sibilino y venenoso. De pequeño tamaño sus pupilas rasgadas color mostaza refulgían en el interior de la profundidad de sus ojos. La piel pálida, blanda y descolgada y cubierta de manchas, del mismo color que unos finos labios que, como un telón de carne, en ocasiones se levantaban y permitían ver unos dientes limados en forma de sierra.
   —Sabía que a su majestad le gustan los acertijos y demás juegos de astucia —se inclinó levemente el joven y sonrió con sinceridad.
   El rey contempló con aires condescendientes al joven Lonenfach. Le vio como lo que era, un gigantón del norte embutido en un traje de corte con los colores de su casa. Vestía de púrpura y negro con ribetes dorados en las hombreras y los botones de su casaca eran rubíes engarzados en oro rojo. “Un lujo para los señores de Korj —pensó el consejero desde su lugar—.” Sobre el pecho, bordado finamente, el lobo símbolo de la casa de Kolmm. El rostro de Lonenfach era redondo bajo el pelo cobrizo, con algunas pecas en los pómulos y gruesas patillas que ocultaban las orejas. Rághalak conocía la arruga en los labios del rey y sabía que no veía en él más que un torpe joven. Un guerrero norteño al fin y al cabo.
   —¿Crees que puedes servirme bien, Lonenfach? —preguntó el rey.
   —Tan bien como serviría a mi propio padre, majestad —respondió con una nueva reverencia.
   —Me pregunto si eso será suficiente —añadió mientras escrutaba su rostro.
   —La casa de Kolmm siempre ha sido fiel, mi señor. La lealtad de Korj es vuestra.
   —Tu padre es un gran amigo y siervo. Nuestros antepasados lucharon juntos en los Montes de Brönt y en la Nueva Misinia. Pero hace muchos años de eso.
   —Las armas acompañan a la lealtad, majestad.
   —No dudo de la habilidad de tu espada, mi joven señor —dijo el rey—. Ni del número de caballeros de vuestra casa que lucharan a mi lado en el asunto que nos incumbe. Si más bien mis elucubraciones se dirigían más allá de las fronteras que podemos ver en cualquiera de estos mapas tan antiguos como el mundo.
   —Su majestad tiene grandes planes para Misinia.
   —Los grandes planes pueden pasar a la historia como ínfulas de reyes locos. ¿Crees tú que yo estoy loco; perturbado?
   —Jamás diría eso, majestad —respondió el escandalizado Lonenfach y, tras él, Rághalak sonrió de forma apenas perceptible.
   —Mi abuelo combatió a los Dachalan en los Montes de Brönt. Conquistó los páramos al oeste de Vjestagoy y aseguró la expansión de los colonos. Llamó a toda aquella vasta y agreste tierra la Nueva Misinia y construyó fuertes y atalayas para protegerla de los K’ari y sus incursiones. Creó el Otko, su fiel caballería, para luchar en cualquier lugar del oeste, capaces de recorrer grandes distancias en poco tiempo. Un cuerpo rápido y bien formado. La envidia de cualquier otra casa del norte. Mi abuelo era un guerrero de la antigüedad. Como lo fueron sus antepasados —el rey recorrió con sus dedos el grandioso plano sobre la mesa. Desde el Océano de Cristal, entre los cuernos que cerraban el Mar de Mis, hasta la ciudad donde se encontraban—. Su hijo, mi padre, estableció un sistema de comercio que enriqueció la corona y a sus habitantes. Terminó la construcción del palacio en el que ahora nos encontramos y, por su amor a los caballos, levantó un estadio donde, desde hace veinte años, se celebran competiciones entre los mejores jinetes de Oriente. Pero no era sólo un grandioso gobernante. Aplastó con autoridad la Rebelión de los pescadores de Oddland y siempre, siempre, plantó cara a la Orden de Vanaiar y sus aspiraciones sobre la corona; aunque a pesar de todo luchó con los monjes en Trohenggeim durante la Guerra del Clan de los Despellejadores. Fue un magnífico soberano.
   El rey Abbathorn se separó cabizbajo de la mesa y volvió al mirador y a la frontera brumosa del Este.
   —Su familia está colmada de honores, majestad.
   De nuevo, el rey le miró sorprendido al escuchar su voz.
   —¿Honores? —preguntó irónico—. Yo heredé de mi padre un reino en paz. Tengo cincuenta y dos años. Y dejaré un reino en paz. Abbathorn alzó una mano de dedos gruesos y fuertes y las mangas de su manto se deslizaron hasta los codos. Era un hombre sólido y rocoso, de mirada vítrea y mentón cuadrado. Las pobladas cejas negras, como una eterna arruga sobre sus ojos verdes le daban un aspecto felino y hambriento.
   —Habéis sido un gobernante justo —el joven norteño carraspeó un poco y se corrigió—. Sois un gobernante justo, majestad.
   —Sí, lo soy, lo soy. Soy el mejor rey que podía esperar Misinia. ¿Verdad?
   —Cierto, mi señor.
   —Siempre he sido demasiado indulgente. Y eso ha fortalecido a los enemigos de la corona. Si hay algún culpable soy yo.
   —Ser compasivo es una virtud, majestad —cabeceó el joven Kolmm.
   —Yo no quiero ser compasivo, Lonenfach. Lo soy —chasqueó los labios y recibió una mirada aprobadora de Rághalak—. Lo fui por obligación. He consentido los desplantes orgullosos de monjes, de señores vasallos, de reinos vecinos. ¿Qué crees que define a un rey?
   —El honor, el porte, el carácter y la compasión. —Respondió rápidamente el joven.
   —Tú padre te ha criado bien —sonrió el rey—. El mío me educó para que fuera el más grande rey de la historia Misinia y yo he cultivado esas virtudes durante cuarenta años —cerró el puño con fuerza hasta que los dedos blanquearon por la presión—. Cuarenta años para pasar a la historia como una figura de piedra en un mausoleo. Para dejar mi apellido a mis hijos y alguna canción ficticia junto al fuego. No es, ni por asomo, lo que cualquier joven príncipe desea cuando le enseñan las cuatro virtudes. Años de paz que han envalentonado al Duque de Bremmaner en su rebeldía. Años de paz que han llenado de gloria a esos santones belicosos de la Orden de Vanaiar, acumulando riquezas en el Norte mientras el reino se convierte en un animal viejo y carente de poder. Años de paz para que las casas Aukanas crean que pueden estar a la altura de la madre Misinia que les dio su cultura, su civilización. Las cuatro virtudes hacen débil al monarca y con él, al reino. Tendremos que escribir nuevas historias a semejanza de las viejas.
   —La casa de Kolmm está lista para pasar a la historia, majestad.
   —No hay lugar para la arrogancia de Bremmaner en la nueva Misinia. No hay lugar para dioses antiguos y cultos supersticiosos —el rey atravesó la estancia y presionó un resorte sobre la mesa—. Partirás de inmediato al Norte con las nuevas órdenes para tu padre. Los asuntos que hemos tratado se mantendrán en el más absoluto de los secretos. Nadie debe saber de nuestro plan. El futuro y la gloria están en nuestras manos.
   —Podéis confiar en vuestros siervos, majestad. —Dijo Lonenfach Kolmm y se cuadró al más puro estilo militar.
   El rey dirigió al joven una mirada dura y asintió complacido. En ese instante la doble puerta de la estancia retumbó por los golpes y Rághalak dio un paso al frente.
   —Es vuestro hijo, majestad —anunció pausadamente.
   Abbathorn asintió sin abandonar el duro semblante y salió de tras la mesa de mapas. El consejero dio una sonora palmada y dos guardias abrieron la puerta antes de colocarse a los lados, con la nariz apuntando al techo y la alabarda frente al pecho. El primogénito del rey y heredero, Browen Levvo, acompañado por su guardaespaldas Gavein de Yuel, atravesaron la sala a grandes pasos, hasta la mesa de mapas, e hincaron la rodilla en tierra ante el rey.
   Browen tenía la misma edad que Lonenfach Kolmm, pero por sus ojos brillantes y los labios estrechos y prietos, parecía mucho más adulto que el rosado norteño. Vestía un peto metálico con la corona de cinco puntas sobre el pecho, y bajo él, una cota de mallas que le cubría hasta las botas de monta. Con el brazo rodeaba el yelmo de penacho esmeralda, en forma de ave monstruosa con un puntiagudo pico por babera y ojos alargados por visor. Se había recortado el pelo, oscuro como sus ojos, de forma que algunas de las cicatrices de combates y entrenamientos asomaban a la luz.
   —Mi rey —dijo sin levantar la mirada—. Todo está listo, padre.
   —No hay guerrero más fiel en todo el norte que tú, hijo mío. —sonrió de forma ávida— Serás el instrumento de mi furia con el que alcanzaré la gloria eterna.
   —Sólo aspiro a servirte. —Respondió Browen sin apenas despegar los labios, con la mirada hacia el suelo.
   —Levántate —ordenó Abbathorn, alzando las palmas de las manos—. Mi querido hijo, ha llegado la hora que tanto habíamos esperado. Partirás esta noche con tus caballeros y la oscuridad os cubrirá de ojos extraños y oídos enemigos. Gavein —añadió, mirando al fortachón a su espalda—, sé que tu espada no caerá antes que la de mi hijo.
   Gavein alzó el eterno gesto de enfado que cubría su rostro. De piel morena y cuarteada por el sol, el pelo le crecía como un arbusto desértico del color de la ceniza, y se descolgaba mediante unas frondosas patillas por su fuerte mandíbula. Sobre la tostada piel destacaban sus ojos del color del hielo y dos gruesos aros de oro pendientes de las orejas. Mercenario de profesión, fue puesto al cargo de Browen en la Nueva Misinia. Lucharon juntos contra los hombres bestia cuando era tan sólo un adolescente. Nadie sabía qué extraño pacto unía al mercenario y el príncipe, pero desde entonces había sido su guardaespaldas, guiado por una obediencia ciega, lealtad y disimulada admiración.
   —Podéis dar por seguro que mi sangre se derramará por él, majestad —dijo con una voz cavernaria y profunda.
   —Está todo dicho. Aquello tan largamente esperado ha llegado a su cenit. Ahora, marchad.
   Browen, Gavein y Lonenfach Kolmm inclinaron el gesto ante el rey y abandonaron la estancia, cada uno dispuesto a enfrentarse a la misión encomendada.
   Abbathorn les dio la espalda y volvió frente a uno de los murales que representaba los reinos del norte. A la izquierda la Vieja Misinia. A la derecha los Campos Aukos, conocidos como Aukana desde que tras una larga guerra de secesión formaron su propio reino. A pesar de ser algo que había ocurrido cientos de años atrás, la mayoría de Misinios consideraban a sus vecinos Aukanos como renegados y criminales pues, según la historia, descendían de las casas que siguieron a los Hornavan al exilio. Mil años antes de que Abbathorn Levvo III llegara a convertirse en rey las casas de Misinia luchaban por su ascenso al trono. La más pobre de las casas, los Hornavan de Uddla, formada por señores menores de las tierras del sur, fue traicionada por todas las otras casas, sus líderes asesinados, y sus pueblos arrasados. Los asesinos del caudillo Hornavan, la casa de Skol, recibió en pago la ciudad de Uddla.
   La huída hacia el Este de los siervos Hornavan les hizo descubrir un nuevo lugar en el que formar su propio reino. Los Campos Aukos era una extensa zona verde de prados y manantiales. Una llanura rica y próspera que se extendía desde el sol naciente. Pero fue por pocos años. Una vez Misinia quedó unida bajo una dinastía decidió expandirse hacia Oriente y por segunda vez en la historia, los parias de Aukana, quedaron sometidos a los mandatos de reyes extranjeros. Hasta que la guerra de secesión puso a cada cual en su lugar y dejó marcados para siempre a los gobernantes de ambos pueblos.
   —Consejero —dijo tajante Abbathorn, dando un manotazo al aire—. ¿Ya ha marchado el embajador aukano?
   —Salió esta mañana con los documentos y el sello real, alteza. El compromiso con el rey Khymir XII de Aukana es firme. Según los reyes se han pronunciado, la princesa e hija única de Khymir será desposada con Browen y los reinos unidos mediante alianza, la prosperidad y el bien de todos, en una confederación del norte.
   El rey se mantuvo en silencio mientras observaba la puesta de sol en la cercana desembocadura del Misvainnn. El agua verde del Mar de Mis, en la distancia, se cubría de niebla que reflejaba la mortecina luz del frío sol del norte. Más allá, cielo y agua se convertían en un desierto turquesa atravesado por los mástiles de cientos de naves que volvían a puerto escapando de la creciente noche.
   —Eso suena magnífico. ¿No crees? —preguntó meditabundo.
   —Suena grandioso, mi señor —el consejero se colocó a su espalda, siseando a sus hombros—. Como vos predijisteis es una oferta que no podía rechazar. Ha sido muy inteligente tentar su codicia con las riquezas de Bremmaner y la supervivencia de su estirpe con un matrimonio político, majestad.
   —La codicia es el mal común de todos los monarcas, ¿verdad, Rághalak?
   —Es propio de hombres destinados a regir el futuro de los pueblos.
   —Según nuestro acuerdo el condado de Bremmaner pasará a ser gobernado bajo caudillaje de Aukana y para asegurar el futuro de tan cordial presente, el matrimonio mantendrá abierto el comercio en el Kunai. Demasiado tiempo ha estado la encrucijada bajo control del Ducado, enriqueciéndose por el derecho de paso de mercaderes y caravanas con la plata de Akkajauré. De esta forma eliminaremos tan molesto parásito y nuestros pueblos florecerán al unísono —Abbathorn sonrió—. ¿Opinas que yo hubiese creído semejante oferta tentado por la codicia y la vergüenza a morir sin heredero?
   —Opino, mi señor, que la situación del rey Khymir es sutilmente diferente —el consejero se distrajo mirando el mural que representaba el norte—. Se encuentra en un país dividido. Su educación imperial no es del agrado de ninguna de sus casas. Los señores del oeste se preguntan quién es ese extranjero de costumbres extrañas que les gobierna. Por otra parte, los Caudillos de Jinetes al otro lado del Adah Nah están acostumbrados a los guerreros Aukanos, y de ninguna manera aceptarán a un hombre de corte supuestamente dominado por su mujer. Y no olvidemos que ésta, venida de Gaenor, corazón del Imperio, está muy unida a los consejos de su hermano, Majal de Aylin.
   —Khymir, el rey extranjero, parece una presa herida y lista para el sacrificio —dijo Abbathorn.
   —Observar el punto débil del oponente es cualidad de grandes estrategas, majestad. Aprovechar esa debilidad es propio de guerreros.
   —En unos días obtendré el apoyo de la Orden de Vanaiar para atacar Bremmaner, cosa que sembrará la disensión y despertará viejos rencores en su seno. Quedará dividida y débil. Además, el ejército Aukano atacará las posiciones de Bremmaner desde el Este. Será un final magnífico.
   —Apropiado para un rey de su talla.
   —No pensé que Khymir accediera. Le tenía por un hombre respetuoso con la religión.
   —Al contrario, majestad, es un hombre de ciencia y ley. Y recordemos que los dioses son reemplazables, majestad —abrió lentamente los dedos y sus afiladas uñas oscuras a la altura del rostro—. Especialmente para un hombre formado en la política. Debo decir que nuestro hombre ha realizado un gran trabajo.
   —Cierto, mi querido consejero —sonrió el rey—. Ese es un mérito totalmente tuyo. Pero me da la impresión de que nuestro hombre no es tan nuestro como supones.
   —Es ambicioso.
   —Quizá debamos algún día ponerle en su lugar, consejero.
   —He pensado en eso, majestad —asintió Rághalak—. No dejaremos cabos sueltos en el plan, ni lugar a la rebeldía en el nuevo imperio misinio.
   —Tienes mi total confianza, mi fiel servidor. Nadie como tú conoce mis deseos y sueños.
   —Gracias, majestad. Me halagáis —hizo una reverencia, inclinando todo el cuerpo y abriendo los brazos frente al rey, pero sin despegar sus inquietantes ojos mostaza de él.
   —Puedes retirarte, ahora —le despidió el rey con un movimiento de los dedos, pero Rághalak se quedó inmóvil, con el rostro inclinado y los labios tirantes.
   —¿Ocurre algo? —interrogó Abbathorn.
   —Hay otro asunto del que quería hablaros, mi señor. Algo relacionado con mi posición como místico y no sólo como consejero real.
   —Sabes que no me gusta hablar de esos temas. Prefiero dejarlos a tu discreción —explicó el monarca con un gesto de desagrado. Caminó hasta el otro lado de la mesa, evitando el contacto con el hombrecillo, apartó unos documentos y comenzó a estudiar unos pequeños planos de la capital Aukana, Kivala.
   —Y así hago usualmente señor. Consciente de vuestra repulsa por lo arcano...
   —¿Arcano? —le interrumpió al volverse sobre él— ¿Podrías definir las supercherías del populacho de otra manera que no sonase tan misterioso? Pareces un vulgar estafador del mercado.
   —Permitid que me explique, majestad —se disculpó el anciano, bajando la mirada— Desde hace décadas nos hemos dedicado a perseguir cualquier conducta esotérica con el fin de erradicar el mal de la magia. Descubrimos sociedades secretas como El filo en la noche, y ejecutamos a sus seguidores, que no fueron pocos. Autorizamos los Juicios de Fe que la Orden de Vanaiar se ha encargado de popularizar a lo largo y ancho de todo el reino. Santones, brujas, curanderos, videntes y chamanes del tres al cuarto han desaparecido de nuestras ciudades gracias al firme propósito de la corona de civilizar el reino.
   Rághalak caminó hasta el monarca para terminar su frase casi en un susurro a su espalda.
   —¿Puedes ser más concreto? —se enfureció Abbathorn— Mi tiempo es preciado.
   —Cierto, mi señor. La cuestión es que hemos encontrado un muchacho que es, cómo lo diría, diferente, majestad.
   Rághalak golpeó las uñas de sus manos en un tamborileo rítmico.
   —¿Diferente? —el rey reunió sus cejas en un ángulo convexo— ¿Qué significa diferente?
   —Le apresaron en Róndeinn. Su madre era una sanadora por la imposición de manos, y el muchacho la ayudaba en las curaciones. Es posible que sea un razaelita poco común.
   —Pues entrégalo a los inquisidores de Vanaiar, ellos se encargarán.
   —Hace dos semanas en pleno centro de Róndeinn, un rayo azulado cayó del cielo y atravesó al muchacho. Era un día despejado y sin nubes, tenemos decenas de testigos, mi señor. No le ocurrió nada, ni un rasguño. Nada que pueda ser visto, majestad.
   —¿Qué pretendes decirme, Rághalak?
   —Creo que debéis verlo con vuestros propios ojos, mi señor. Está preso en los olvidaderos del castillo —sonrió el anciano mostrando sus dientes limados como una sierra de marfil húmedo y le invitó a seguirle.
   Rághalak caminaba unos pasos por delante del rey Abbathorn y sus guardias de hierro. El consejero real era un hombre menudo, de piel casi transparente, uñas largas barnizadas en negro, de cabeza pequeña y redonda, con una generosa calva rodeada de largo e hirsuto pelo gris. Su siseante acento, unido a sus ojos viperinos y unos dientes limados como puntas de flecha, le daban un aspecto inquietante para el resto de cortesanos, aunque la posición de Rághalak estaba más que asegurada junto al rey. Nadie conocía exactamente la procedencia del consejero y místico, pero había entrado al servicio del rey hacía una docena de años, llegando a convertirse en su mano derecha y el más vehemente enemigo de magos y arcani en Misinia.
   A medida que descendían niveles en el Lévvokan la piedra se volvía húmeda y gris, abandonando la calidez de los niveles altos. Cuanto más descendían más oscuras se veían las raíces de aquella casa. Bajaron a través del patio interior de la gran cúpula, rodeado por una escalera en espiral que descendía quince niveles hasta el patio de armas principal. Desde allí pasaron la bocana de entrada al recinto amurallado y, de nuevo, a un patio rodeado de edificios de ventanas estrechas y altas. Bajo ellos estaban los olvidaderos del rey.
   Uno de los guardias reales tomó una antorcha y abrió el camino por unas escaleras estrechas y resbaladizas de peldaños de piedra pulida como el mármol. El rey resoplaba tras el consejero, carraspeaba y se cubría las narices con la manga. De vez en cuando, el eco de algún aullido le hacía volverse y desear estrangular a su consejero.
   —Rághalak —dijo en un estrecho pasillo excavado en la roca bajo el Lévvokan—. Si esto no me sorprende daré orden de que no vuelvas a subir y te consumas en este lugar para siempre.
   —Mi señor, majestad —sonrió el místico, acariciando el borde de la capa real—, éste es lugar de dolor a los traidores y enemigos. No sería justo que vuestro leal consejero compartiera celda con tal calaña.
   —Pues te arrojaré desde lo alto de la cúpula.
   —No os arrepentiréis de vuestra visita, mi señor.
   Al torcer un recodo vieron a un hombre grueso, de rostro bobalicón y siniestro, que esperaba sentado en un cajón que se veía diminuto bajo su trasero. El consejero real le hizo un gesto con la mano y el carcelero se levantó con un ronco quejido. Unas llaves tintinearon en su cinto. Eligió una de ellas y, en un gañido oxidado, abrió la puerta frente a él. La luz era escasa y el interior de la celda se abría como una boca desdentada y maloliente. Rághalak tomó una antorcha y se acercó a la entrada con aires de satisfacción.
   —Aquí está, majestad. —Dijo al iluminar la oscuridad.
   El rey constreñía el rostro asqueado por el hedor. Se acercó lentamente, asomando tan sólo medio cuerpo a la abertura de la puerta. Sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Tras la puerta una rudimentaria escalera bajaba unas tres varas hasta el suelo. En un rincón una bacinilla se desbordaba de heces y orines sobre la paja húmeda. En el otro extremo vio a un chiquillo. Estaba acurrucado sobre las rodillas, ofreciendo sus costillas a la vista, como una escalera diminuta. El pelo negro, apelmazado por la suciedad le cubría el rostro. No se movió.
   —Consejero —musitó el rey apartándose a un lado—. ¿Por qué quieres que vea esto? ¿Pretendes que me apiade de él y le haga ejecutar ahora mismo? Quizá de esa manera puedas ocupar tú su sitio —dio media vuelta enojado.
   —No, majestad, esperad a ver esto, todavía tengo algo que enseñaros —se volvió hacia el gordo carcelero y dijo con expresión de rabia—. Trae otro.
   —¿Cuál? —preguntó el individuo de rostro bovino.
   —El que sea, no importa —después se corrigió—. ¡No! Que esté débil. No quiero que mate al chico.
   El hombre gruñó y se alejó en el corredor. En la penumbra se escuchaba el tintinear de sus llaves. El quejido de una puerta y después el silencio. Golpes, algún grito ahogado y, de nuevo, reaparecía a la luz de la antorcha con un hombre desnutrido y sucio, vestido con harapos, y el rostro sangrante por un golpe en la frente.
   —¡Bien! —exclamó Rághalak— Ahora, observad esto majestad.
   Y con un rápido movimiento tomó al prisionero por el pelo mientras en su mano diestra aparecía una daga pequeña pero gruesa. El rey se sobresaltó cuando el filo del arma se clavó en la nuez del hombre y la sangre, oscura, casi negra, salió a borbotones por la herida. Después lo arrojó al olvidadero.
   El rey mascullaba maldiciones cuando el sonriente consejero le tomó por el brazo, llevándole hasta la abertura.
   —Observad ahora, majestad —siseó Rághalak con avidez.
   El prisionero herido se retorcía en el suelo. La sangre había corrido por su pecho y empapado la paja, formando un lienzo de negrura brillante a su alrededor. El muchacho, recogido en su esquina, no se movió.
   —¡Hazlo! —gritó Rághalak, contrariado.
   El muchacho no se movió. El hombre se convulsionó cercano a la agonía de la muerte y quedó inconsciente mientras la sangre manaba irrefrenable de su herida.
   —¡Hazlo! O ya sabes lo que te pasará —exclamó de forma amenazante.
   El joven salió de repente y se acercó, como si de un animal se tratará, hasta el cuerpo moribundo que se desangraba. Extendió sus manos sobre él, en un movimiento extraño, como si no fueran de piel y hueso, sino agua que manaba de su cuerpo. Las manos del muchacho oprimieron el cuello y se alejaron estirando hilos invisibles hasta disolverlos en el aire sobre él. Entonces miró arriba, y el rey Abbathorn, boquiabierto, vio su rostro adolescente y afilado, de grandes ojos almendrados, casi sin iris. El chico saltó atrás y volvió a recogerse en la oscuridad. El prisionero dormía tranquilo. El cuello no sangraba, la herida de la frente estaba seca y cicatrizada.
   —Es todo suyo, majestad —susurró el consejero.
   El rey salió de su asombro y miró a los otros hombres, pero estaba rodeado de un carcelero estúpido y dos guardias reales de rostros cubiertos por máscaras de hierro.
   —¿Quieres que lo convierta en mi médico? —respondió irónico el rey.
   —No, por favor, majestad. Es, sin lugar a dudas, un valor a vuestra casa.
   —¿El qué —arrugó la nariz—, un razaelita, un sucio marcado? ¿Desde cuándo son bienvenidos a mi palacio?
   —Lo sé, majestad —ladeó la mirada Rághalak—. Pero éste es... especial.
   —¿Qué tiene de especial?
   —Pues para empezar sus ojos son extraños, sin apenas coloración en el iris, pero ve perfectamente...
   —Tus ojos tampoco son normales, consejero —masculló el rey con rudeza.
   —Sí —se inclinó Rághalak—, es cierto, mi señor.
   —Pues entonces que lo entreguen a la Orden de Vanaiar y lo empalen en una de sus exhibiciones de Fe.
   —Señor, mi amo —susurró Rághalak—. Como vuestro místico debo estar atento a las señales y...
   —¿Qué dices? —le interrumpió el rey— ¿Pretendes que este andrajoso es una señal? ¿Una señal de qué?
   —Bien, majestad —encogió los hombros el menudo anciano—, no estoy seguro de eso, pero quizá con el tiempo necesario pudiese estudiar la clase de, ¿cómo llamarlo?, habilidades de este razaelita. Y en qué pueden ser de interés a los propósitos del rey. Vivimos en un mundo muy complejo, mi señor. Nada es azaroso, ya que todo tiene una causa y produce un efecto. Además, no olvidemos el episodio del relámpago en Róndeinn, alteza. ¿Qué otra forma tomaría una señal?
   —No has respondido a mi pregunta, viejo.
   Rághalak dudó un instante y miró a la fétida oscuridad de la celda.
   —Hay algo en mi intuición aunque no sé qué, mi rey —dijo antes de bajar el avergonzado gesto.
   El rey soltó una risilla nerviosa ante la humillación de su consejero.
   —Que lo cuelguen de las murallas o ponlo a tú servicio, no me importa. Pero no me hagas bajar aquí nunca más o serás tú quién acabe colgado sobre un brasero.
   Precedido por sus guardias de hierro, el rey Abbathorn dio media vuelta y dejó a su consejero con el carcelero grueso.
   Rághalak apretó la mandíbula fuertemente y cerró los puños hasta sentir las uñas en su piel. Abajo, en el olvidadero, vio los blancos pies del adolescente.
   —Abre la de ella —ordenó al carcelero.
   Caminaron en la penumbra y descendieron otro nivel. El aire era denso y húmedo. La luz de un farol se veía débil rodeada por aquella atmósfera opresiva.
   El carcelero abrió otra puerta, algo más pequeña que la otra, y Rághalak pasó a su interior. Al fondo, contra la pared de piedra, una mujer colgaba de unos grilletes cerrados a sus muñecas. Estaba desnuda, y su cuerpo bien formado lleno de cortes, sangre seca y suciedad. La cabeza, rapada de forma desigual, le caía sin fuerza sobre el pecho, y un hilillo de baba transparente se descolgaba desde el labio.
   Rághalak colocó la antorcha en un soporte de metal en la pared y contempló a la mujer un momento. Su rostro había cambiado, ya no se veía anciano y ladino. Ahora parecía frío y cruel.
   —Bien, mujer —dijo cortésmente y divagó al tiempo que devolvía la mirada a la exigua llama—. Todavía quedan algunas cosas que debo saber.
  


CAPÍTULO IV

  
  
  
El suelo estaba cubierto por un manto anaranjado y castaño. Desde las ramas desnudas caían hojas lentamente, llevadas por la suave brisa que corría entre las hayas. Había un gran silencio, roto de vez en cuando por las llamadas de algún Flautista Rojo que había anidado en las copas sobre su cabeza en busca de una hembra. El cielo formaba una techumbre compacta y gris con los poderosos brazos de los robles corriendo a su encuentro como grietas en el vacío. Guardó la respiración hasta que ya no sentía moverse su pecho. Escuchó el rumor de algún insecto bajo la corteza de la raíz seca tras la que se ocultaba y, desde su escondite, vio la presa aparecer.
   Una ardilla gris descendió de un roble hasta quedarse a dos varas de altura. Después dio la vuelta a todo el árbol, observando a su alrededor. Volvió a subir rápidamente y ella pensó que lo hacía por disimular, para que descubriera su posición y así ganar el juego y salvar la vida. Pero ella era una buena jugadora y sabía esperar.
   Esperó. La ardilla reapareció y esta vez, sin titubeos, saltó del tronco y se acercó a la nuez. Se detuvo cerca, pero no lo suficiente. Se levantó sobre las patas traseras. Olisqueaba y contraía el hocico. Kali veía en sus ojos negros y hambrientos, el brillo del cebo. Sintió como un insecto en busca de calor trepaba por su espalda dirección al cuello y se instalaba bajo uno de sus brazos. La ardilla continuó frente a la nuez mirando nerviosamente a los lados. Dio un paso, luego otro. De repente se abalanzó de un salto. Agarró la nuez con las patas delanteras, dio la vuelta y se preparó a volver de un salto a la seguridad del roble. Pero el manto de hojas bajo ella había desaparecido. En un fugaz movimiento, Kali tiró de la cuerda y el saco voló hacia las alturas, levantando a su paso una lluvia dorada.
   Kali se puso en pie de un brinco. Su capa estaba cubierta de barro, hojarasca y ramitas pequeñas. La capucha le cubría el sucio rostro y, aunque los ojos estaban ocultos, sonreía satisfecha. Había ganado el juego. La ardilla moriría y ella continuaría viva un día más. Saltó las raíces y se acercó al saco que se balanceaba a la altura de su rostro. En el interior la ardilla chillaba de pánico, se retorcía en la oscuridad de la tela e intentaba excavar una salida en la oscuridad. Kali deshizo el nudo y se arrodilló con el saco frente a ella. Abrió el cierre un poco, lo suficiente como para que la ardilla viese la luz e intentase escapar. El animal corrió a la salida, pero ella lo atrapó por el cuello con las manos, dejando su cabeza fuera, entre sus dedos, y el resto del cuerpo en el interior del saco. Por fin sus miradas se encontraron.
   La ardilla se agitaba nerviosa, parpadeaba y movía los bigotes a los lados, asustada y confundida. Kali miraba con sus afilados ojos casi sin iris al animal. La alegría por la captura la había abandonado y ahora sentía una gran pena. El animal se tranquilizó cuando ella pasó el dedo pulgar entre sus orejas. Kali sonrió, pero sólo hasta que la tristeza volvió a ella con el silencio otoñal del bosque. Sintió el cosquilleó en los dedos y el vello de los brazos se le erizó, como poseída por un frío que la abrasaba. La ardilla moría, pero en un último arrebato de fuerza agónica, la mordió en la mano. Kali vio correr la sangre sobre la piel manchada de tierra negra mientras el roedor expiraba y quedaba muerto con los dientes hincados en su carne. Ella había ganado el juego pero ahora ya no sentía ninguna alegría por ello. Cerró el saco con el animal muerto y caminó de vuelta al campamento.
   Habían permanecido ocultos en el bosque desde lo ocurrido junto al olmo de la encrucijada. Su padre la llevó a empellones hasta casa sin decir una palabra. Cogió su petate de viaje, un par de mantas y algo de pan seco, huevos y manteca. Lilo, como Jared había dicho, se llevó las cabras a casa de su madre y prometió volver por las gallinas y cualquier cosa de valor que quisiese cargar a la mañana siguiente. Su padre le hizo prometer que no le diría nada a nadie, aunque, a pesar de ello, le dijo que caminarían dirección al norte, hacia Rajvik. Ella no dejó de sollozar hasta que él le grito que parara y la empujó fuera de casa, por el camino a Porkala. Después dejó de llorar y ya no dijo una palabra.
   Viajaron toda la noche sin descanso. Jared caminando delante, cabizbajo y con el rostro tenso y siniestro. Ella le siguió tan rápido como pudo, casi al trote. Y si se quedaba atrás, él gruñía, la cogía de la capa y llevaba a rastras unos pasos para lanzarla frente a él de un manotazo. Con el amanecer continuaron por un sendero que discurría a través de los bosques cercanos en dirección al sur, evitando la gente en los caminos y a sus perseguidores. Kali no sabía quién podía perseguirlos, pero su padre así se lo dijo, los perseguían por lo que ella había hecho y, si les atrapaban, los matarían a ambos.
   Kali imaginaba lo que había hecho, aunque no cómo. Recordaba la caída de la tormenta como si de un sueño se tratase. Por la noche, cuando se recostaba sobre su saco, envuelta en la capa, veía las imágenes golpeándola como la lluvia que cayó repentinamente aquella mañana. Como la luz invadiendo su cuerpo, y el calor; la oscuridad y el frío. Después de aquella luz los recuerdos se convertían en una cascada de sensaciones. Se veían sustituidos por el dolor de los golpes y las manos sobre su cuerpo, el miedo a los campesinos gritando, el sonido de los ladridos de Chacal, el sabor de la sangre en la boca. Después el ardiente tacto de la soga en el cuello y más golpes, Chacal retorciéndose al final de la cuerda, golpes, insultos, sangre y gritos. Y entonces llegó la luz y todo se detuvo.
   En aquel momento del sueño siempre despertaba en la noche, con la humedad pegada al rostro y la oscuridad sobre ella, alrededor de la garganta, paralizando su respiración. Qué es lo que hizo, se preguntaba sentada a un lado mientras Jared dormía. Todo fue tan rápido. Aquella rabia. La explosión. El silencio y luego, como una ventisca de libertad, el hedor de la carne abrasada, la muerte. Kali no quería pensar en aquello. Apartó sus pensamientos y corrió con la presa hasta su padre. Ahora él la necesitaba. Huyeron por su culpa y, en su huida, él había enfermado.
   Jared tenía fiebre desde hacía cuatro noches. Descansaron los dos primeros días cerca del camino, viajando por la noche y ocultándose de la luz del sol, pero después él comenzó a sentirse débil y buscaron un lugar más seguro. Cerca de un arroyo encontraron un refugio bajo unas piedras cubiertas de musgo y rodeadas de zarzas. Jared permaneció inmóvil dos días. Atacado por la fiebre entre espasmos de frío y alucinaciones. Ella le ayudó lo mejor que pudo. Mascando raíces de Flor Púrpura para él, manteniendo encendido un fuego, cazando pequeños animales y trayendo agua de un arroyo cercano. De vez en cuando, él pronunciaba el nombre de Lyanna en sueños y el sudor afloraba en su frente en forma de alfileres de cristal atravesando su piel. Esa era su madre, ella lo sabía, aunque nunca le hubiesen hablado de ella. Jared se retorcía de dolor. Después pronunciaba su nombre, Kali, y se hundía en un sueño profundo e inquieto.
   Kali no necesitaba saber nada de su madre, estaba segura de que había sido una mujer extraordinaria. Sabía que habían huido del sur porque un día, la hija mayor de los Fretl la llamó sucia Serendi. Pero ella había nacido en Aukana y eso le ganó a Ada Fretl una pelea y a ella un castigo. Muchas noches, sin que su padre despertara, ella salía con Chacal y, observando el cielo estrellado, se imaginaba a su madre como una noble señora del Imperio de Serende. Podía ver su larga cabellera caoba y la piel tostada y morena de las manos sobre las suyas, deslizándose por su piel marmórea. Por alguna razón era todo lo opuesto a su madre, o así se imaginaba ella. De pelo negro, piel pálida, delgada, sin apenas pecho, de rostro ovalado y labios finos y rosados. Por mucho que imaginara a su madre siempre volvía a sí misma. Enfrentada a su reflejo en el agua del arroyo sólo veía sus extraños ojos, la antítesis de lo que desearía, la vergüenza y maldición de su padre. Y al final el reflejo se convertía, únicamente en grandes ojos sin iris, apenas una turbia franja gris alrededor de la oscuridad afilada del centro.
   En sus escapadas en busca de una respuesta en las estrellas, Kali veía el cuerpo perfecto de su madre, sus pechos, el cuello largo y fino, las caderas al caminar. Pero no veía su rostro, ni escuchaba su voz. La veía llorando en la distancia, lejos de ella. Sentía la necesidad de ayudarla, de correr hasta ella, pero cuanto más se acercaba más lloraba su madre, hasta que finalmente, al alcanzarla por fin, Lyanna, llorando y llorando, se había convertido en piedra. Ese era un sueño recurrente que la dejaba muda e incapaz de descansar por el resto de la noche.
   Cuando llegó al campamento su padre se había incorporado y estaba sentado a un lado. Había perdido peso y su rostro se veía cetrino y cansado. Respiraba pesadamente, entreabriendo los labios y recogiendo el pecho como un tronco reseco y muerto.
   —¿Qué has traído? —preguntó al escuchar los pasos a su espalda.
   —Una ardilla —respondió ella, dejando caer el saco junto al fuego.
   —No es mucho —murmuró él.
   —También encontré unos cuantos hongos comestibles.
   —Eso está mejor —sintió frío y giró para colocar los pies cerca de la fogata—. Trae agua. Quiero lavarme —comenzó a desnudarse.
   —No deberías moverte —dijo ella como una disculpa—. Todavía estás débil.
   —Yo sé lo que tengo que hacer —la cortó él—. Nadie va a decirme si tengo fuerzas o no y menos tú. Trae agua y ayúdame a lavarme.
   Ella le obedeció. Llenó el odre de agua y regresó a la carrera. Jared se había quitado la camisa y ahora le caía sobre la cintura. Estaba más delgado de lo que Kali había pensado. Los huesos se marcaban en la espalda y hombros como espinas contra un pellejo grisáceo. Kali se arrodilló a su lado y comenzó a empapar un paño que previamente había untado en una pasta de alfalfa.
   —¿Es ese mi odre? —preguntó Jared, mirando sobre el hombro.
   Ella titubeó. Sintió los ojos de él sobre el odre, sin llegar a mirarla directamente.
   —Sí —respondió finalmente.
   —¿Dónde está mi leche fermentada? —preguntó. Y ella sintió, sin verlo, su rostro severo y sus dientes prietos.
   —Tenía que traer agua para ti. Era lo único que tenía....
   —¿Dónde está el tuyo?
   Kali guardo silencio, cabizbaja.
   —¿Lo dejaste en casa?
   —No. Lo perdí ayer cuando salí a cazar.
   Jared no dijo nada. Contrajo las rodillas contra el pecho y se enderezó.
   —Frota con fuerza el ungüento en la espalda y bajo los brazos —le dijo, y a sus palabras las siguió un ataque de tos que le hizo contraerse por el dolor.
   Ella pasó el paño por la espalda, después por el torso, y aclaró la pasta con agua fría.
   —Hay una cosa importante contra la enfermedad —explicaba su padre mientras le ayudaba a ponerse la camisa—. Mantente siempre limpia. Debes lavarte el cuerpo por lo menos una vez cada semana, y las manos antes de comer o irte a dormir. Mantén limpias también tus ropas y el lugar en que descanses. La podredumbre se adhiere al cuerpo cuando te rodea. Si estás sucia, morirás. No lo olvides nunca. Es algo que no aprenderás de estos bárbaros.
   Kali asintió. Su padre colocó una mano en su hombro y la miró como nunca lo había hecho, directamente a los ojos. Y ella le vio anciano, moribundo, porque a sus cuarenta años parecía un viejo. Después deslizó la mano hasta el cuello, entre el pelo, y en su mirada ella interpretó ternura, casi cariño. Kali entreabrió los labios, para decir algo que no sabía decir. Pero se equivocó.
   Jared la golpeó en la cara con la otra mano y ella cayó aturdida a un lado.
   —Eso es por perder tu odre. Nunca pierdas tu odre. Si mueres, nadie más que tú será culpable —escupió sin aliento—. Ahora voy a descansar. Despiértame cuando esté cocinada la ardilla. Esta noche nos pondremos en marcha.
   Él solía pegarla. Pero normalmente era por culpa de ella. Cuando descuidaba el huerto, o cuando no hacía bien un nudo, o si olvidaba cosas como ponerse frente al aire al salir a cazar, o enterrar las vísceras de un animal muerto, entonces, se ganaba algún golpe. También cuando no se cubría el rostro frente a un extraño, o cuando llegaba caído el sol a la casa y, siempre, cuando bebía. Ella se había acostumbrado tanto a los palos como a las pesadillas, y lo aceptaba con la resignación de saber que nunca sería lo suficientemente buena para su padre, o para evitar sus castigos.
   Hicieron tal y como él había dicho. Comieron la exigua carne de la ardilla poco a poco, casi con delicadeza. Como dos extraños, sin ni siquiera mirarse. Ella la había cocido lentamente con los hongos y algo de manteca y nueces. También con la última patata, arrugada y pocha, que les quedaba. Después de aquella cena lastimosa ya no tenían nada.
   Tras la cena recogieron sus cosas en silencio, enterraron la fogata y ocultaron las huellas de los alrededores esparciendo la hojarasca con ramas de brezo. Jared no quería arriesgarse dejando rastros de su huida. Se lo repetía a Kali continuamente, sus perseguidores podían aparecer en cualquier momento, los hombres que venían tras ellos, los guardias del alguacil, fuese quien fuese. Estaban huyendo y no podían ser encontrados. Esa era la sensación que la perseguía como una sombra de sus sueños, ser culpable y escapar, siempre escapar y ocultarse.
   El tiempo cambió cuando reanudaron el camino. La noche era luminosa y la luna era una sonrisa brillante en lo alto del oscuro orbe celeste. Era una noche fría, sin brisa que colase sus dedos helados por los agujeros de su capa y, al poco rato, Kali ya sentía el calor de la sangre corriendo por sus músculos. Avanzaron menos que de costumbre. Su padre se encontraba débil y caminaba lentamente, casi trastabillando en ocasiones. Lo hacía apoyado en su bastón y, aunque Kali se puso a su lado, rechazó toda ayuda de ella. “Que se caiga —pensó al tiempo que escupía a un lado del camino—, si cae se levantará otra vez; es demasiado orgulloso para detenerse a descansar.”
   Sin embargo, Jared tembló de frío cuando el sol despuntaba en el cielo y, al llegar a una fuente junto al camino, decidió tumbarse un rato. Envuelto en su capa no tardó en dormirse al murmullo del agua que brotaba de una grieta entre rocas cubiertas de moho verde. Kali investigó por los alrededores del camino. Crecían muchos arbustos que de ser verano hubiesen estado repletos de bayas y zarzamora, pero en esta época del año se retorcían resecos y menudos. También descubrió un nido en lo alto de un roble. No vio al macho por ninguna parte, así que estaba abandonado. Recogió algunas piedras y las lanzó contra el nido de todas formas. Tampoco encontró frutos secos, ni setas comestibles o algún hongo. Su mala suerte la puso de mal humor y, en el camino de vuelta, golpeaba con su bastón los helechos y los arbustos a su paso, haciendo saltar tras ella ramillas y hojas rotas. Hasta que se detuvo al ver al extraño.
   Alguien había llegado a la fuente. Desde la sólida maleza, Kali veía una figura encapuchada, pero no podía verle a él. Una silueta esbelta cubierta por ropas vainilla y botas altas de piel, recortada sobre las primeras luces matutinas. Descansaba el peso en un largo cayado de madera, mientras que en el hombro opuesto cargaba una bolsa de lona de la que colgaban cacharros metálicos. Era un viajero. Debía de haber llegado durante su salida al bosque. Eso no le habría gustado a Jared. Escuchó voces, una conversación sobre el murmullo del agua. Su padre debía estar sentado en el suelo, frente al extraño. Kali dudó si debía salir o mantenerse oculta. El caminante no parecía de la milicia y su aspecto no era peligroso, pero su padre estaba indefenso en el suelo, y no podría defenderse de un ataque. Cogió con fuerza su bastón y de un brinco salió de la espesura que la rodeaba.
   El encapuchado se sobresaltó por su aparición repentina y dio un paso atrás. Ella se arrodilló junto a su padre, pero Jared la apartó con una mirada severa.
   —¿Dónde estabas? —preguntó en un reproche.
   —Buscando algo que comer. No me he alejado mucho.
   Él no respondió, sólo mantuvo la rigidez de su gesto hasta que volvió la atención al visitante. Kali se puso en pie junto a Jared.
   —Buenos días —dijo la mujer.
   Tenía el rostro hermoso. Bajo la capucha de su capa dos mechones cobrizos, casi como el fuego, caían junto a sus ojos verdes. Tenía la piel manchada de pecas arremolinadas en los pómulos y una nariz pequeña y respingona. Kali no respondió a su saludo. La miró fijamente, intentando ser dura y grosera, pero frente a ella, frente a su figura cálida en aquella sombra, sintió una extraña curiosidad.
   —Cúbrete —masculló Jared, y ella se cubrió con la capa y bajó la mirada, aunque todavía podía ver, en el borde de su capucha, a la mujer pelirroja y su sonrisa amable. Era la persona más bella que Kali había visto nunca. Si su madre hubiese sido norteña, seguro que habría sido como ella.
   —Hola —dijo la mujer, sorprendida—. ¿Qué tenemos aquí? Y ésta niña tan guapa, ¿de dónde ha salido?
   Kali no respondió.
   —Es mi hija —dijo Jared, secamente.
   —Si quieren algunos víveres, creo que tengo un poco de embutido y queso en mi bolsa —ofreció la mujer al tiempo que descolgaba su mochila del hombro.
   Jared negó con la cabeza.
   —No necesitamos nada, gracias —escupió, al tiempo que Kali se atropellaba y contradecía a su padre.
   —¡Sí! —exclamó, pero se encogió al sentir su equivocación.
   —No necesitamos nada —gruñó Jared con la mandíbula tensa y el ceño arrugado entre los ojos.
   —Oh... —se disculpó ella y dirigió una mirada confundida a Kali—. No lo necesito. A mediodía llegaré a Porkala y compraré más suministros. Y la verdad —sonrió—, no son de primera calidad.
   —Ya le he dicho que no necesitamos nada. Vamos camino al norte. La granja de nuestros parientes está cerca.
   —Tal vez algo de... —susurró Kali— queso —su voz se extinguió en un murmullo al tiempo que ocultaba la cabeza entre los hombros.
   Jared suspiró pacientemente.
   —Claro que sí —exclamó la mujer viajera. Descargó bolsa, se arrodilló frente a la niña, y buscó en su interior—. Creo que estaba por aquí —registró la mochila y, finalmente, sacó un trozo de queso envuelto en un paño manchado de aceite. Después lo ofreció a Kali.
   Ella dudó un instante, pero pensó que el mal ya estaba hecho y que de todas formas el queso tenía un gran aspecto. Lástima no tener pan. Alargó la mano y cogió el pedazo que la mujer le ofrecía pero al rozar su piel algo ocurrió. La extraña viajera dejó caer el paño y apartó la mano de repente.
   —Vaya —exclamó tras dar un respingo y acariciar la yema de sus dedos—. He sentido un calor. Qué extraño —dijo en un susurro y entrecerró los ojos de forma suspicaz.
   Todos guardaron silencio. Jared bajó el rostro y adoptó una postura siniestra. Kali se quedó congelada, con la respiración entrecortada. Intentó decir algo pero no pudo. Se sintió culpable, y ese sentimiento la hizo temblar un momento. La mujer se puso en pie, sin abandonar el mohín suspicaz, al tiempo que intercambiaba miradas entre su mano y Kali, aunque, al instante carraspeó y mostró una amplia sonrisa.
   —Bueno —continuó alegremente—. Volveré a mi camino. Todavía me queda un buen trecho y quiero llegar antes de mediodía. Que tengan un buen viaje a la granja de sus parientes. Y puedes quedarte el queso —dijo.
    Metió la mano bajo la capucha de Kali, dejó correr los dedos entre el pelo y la acarició cariñosamente. Después salió a la claridad del camino, pero antes de desaparecer miró sobre el hombro, clavando la inmensidad verde de sus ojos en Kali. En su mirada había una intriga cálida. Como si hubiese visto algún secreto en lo más profundo de su silencio.
   Kali pensó que su padre le daría un coscorrón por sus errores. Pero no fue así. De hecho, no dijo ni una palabra de la mujer, ni tampoco la llamó pordiosera por haber mendigado el trozo de queso. Y lo más importante, ni siquiera la reprendió por haberle dejado solo junto al camino. Todo lo contrario. Sacó su cuchillo, cortó el queso en dos mitades y lo comieron en silencio. Después se puso en pie, se lavó el rostro en la fuente y comenzó a recoger sus cosas.
   —Ya me encuentro mejor —anunció después de estirar la espalda—. El sol brilla con fuerza ahora. Caminaré mejor cuando entre en calor.
   El camino discurría como una sierpe marcada por roderas entre campos verdes salpicados de arboledas compactas y solitarios avellanos. Pronto llegarían a Porkala. Según Jared le había explicado, allí encontrarían un transporte que les llevaría al sur, dirección a Akkajauré. Era una ruta de comercio, y no era difícil encontrar cobijo en alguna caravana o carromato de cebollas. En Porkala sólo había campos de cebollas. Y de allí descender el Adah Nah hasta Kivala. Pero ese no era el fin. Kali sabía que aquella escapada no terminaría nunca, no mientras quedase mundo que recorrer y su padre se sintiese espoleado por aquella oscura tristeza que le dominaba.
   Estaba Kali dispersa en el recuerdo de la mujer pelirroja y su sonrisa, cuando sintió el suelo bajo sus pies y escuchó el rumor a lo lejos. Frente a ellos, bajo la loma cercana en la que desaparecía el camino, un redoble de cascos hizo aparición casi al mismo tiempo que los jinetes cabalgando hacia ellos. Eran media docena de hombres a galope tendido. Azuzaban a sus monturas y, tras ellos, dejaban una nube de polvo que se disolvía lentamente.
   —Son soldados —murmuró Jared y buscó a los lados del camino un lugar para esconderse, pero los campos eran de hierba baja, sin un tronco o una piedra tras la que saltar—. A un lado —dijo y tiró de Kali unos pocos pasos hacia los campos.
   Alejarse había sido una buena elección. Los jinetes pasaron a su altura sin disminuir la marcha, salpicándoles de guijarros disparados y briznas de hierba. Eran, efectivamente, soldados. Kali pudo ver sus armaduras de yelmos cónicos y los faldones amarillos que las cubrían. Todos iban armados con lanzas cortas a su espalda y espada al cinto, mientras que los escudos estaban sujetos a la grupa del caballo. Eran hombres de Aukana y desaparecieron tan rápido como llegaron. Antes de que Jared dijese nada, el tumulto se convirtió en murmullo, y el camino quedó en calma de nuevo. Continuaron en silencio y, aún no habían olvidado el sonido de los cascos en la lejanía, cuando otro grupo se acercó desde el horizonte. Esta vez más numeroso. Por lo menos eran cincuenta jinetes, idénticos a los anteriores, los que pasaron dirección al norte como si un espíritu vengativo los persiguiese. Jared masculló maldiciones, ocultó los ojos tras un millar de arrugas y escupió sobre las huellas de los jinetes. Sin decir una palabra, bajo la atenta mirada de Kali, agachó la cabeza y continuó su camino, como una brizna de hierba llevada por el viento a un destino desconocido.
   Cuando llegaron a Porkala, casi con la caída del día, comprendieron su encuentro con tanto jinete apresurado. El pueblo estaba repleto de soldados aukanos que acampaban en sus alrededores, llenaban las calles, corrían de un lado a otro con animales vivos en jaulas, o se agolpaban a las puertas de burdeles frente a tabernas y cuchitriles. Todos vestidos con el amarillo de Aukana, como un mosaico moteado. Allá donde mirase veía lanceros, arqueros, espadachines borrachos, carretas atrapadas en fangosos charcos con su carga de barriles y jamones curados. El pueblo de Porkala estaba invadido por sus propias tropas.
   No era un poblado grande. Como todo en el norte de Aukana, sobrevivía del pequeño comercio agrícola y el ganado de las granjas cercanas. En su tiempo, cuando las antiguas guerras y las hordas K’ari arrasaban las tierras del norte, Porkala estuvo fortificada, pero con el paso del tiempo la empalizada se convirtió en un montículo de tierra que rodeaba a la población, dejando como único recinto amurallado, la mota donde vivía el señor de la villa. Estaba atravesada por una gran avenida, ancha incluso para el paso de tres carretas, pero a los lados se había construido sin planificación alguna, rodeando el templo de Vanaiar y el casón del señor, y formando una maraña de callejones y corredores retorcidos. Las callejas pasaban bajo las casas y estas se comunicaban con pasos elevados, de forma que si no hubiese sido por los desperdicios y la suciedad acumulados en algunas esquinas, habría sido difícil asegurar qué era hogar y qué travesía.
   Tanto discurrir de soldado armado y miliciano no le gustó a Jared.
   —Cúbrete y no hables con extraños —le dijo—. Yo voy a buscar una forma segura de viajar al sur. Quizá encuentre algún comerciante en la taberna a estas horas. Espera aquí.
   Caminó unos pasos dejándola tras un carro, al refugio de un callejón.
   —Y no te metas en líos —la amenazó, dando media vuelta unos pasos más lejos.
   —No me meteré en líos —masculló ella—.
   “Como si fuese lo único que sé hacer —pensó—.”
   Kali esperó recostada contra el muro hasta que el aburrimiento pudo más que sus ganas de obedecer a Jared, lo cual ocurrió relativamente pronto. El barullo de la calle principal a su espalda, los gritos, las risas y las canciones, eran un tentador reclamo, e investigar un poco no podía ser tan malo. Salió de su escondite y caminó hasta quedarse frente al carro. La noche había caído sobre Porkala y los soldados encendían fogatas aquí y allá. Muchos de ellos caminaban cogidos unos a otros, cantando y levantando jarras desbordantes y tazones de peltre. Las mujeres en la puerta de los prostíbulos mostraban sus pechos desnudos, y reían a carcajadas las bromas de hombres borrachos que las zarandeaban de unos brazos a otros.
   Kali se sentía minúscula. Y eso la atemorizaba un poco, pero también la divertía pasar inadvertida. Era mucho mejor que cazar en el bosque, y también más peligroso. Caminó unos pasos distraídamente, sin prisa, y siempre ocultos sus ojos bajo la capa. Entonces vio las manzanas.
   Al otro lado, como un espejismo de luz entre el caos de la algarabía, un cajón de madera mostraba su carga verde y dorada. Kali las observó con detenimiento mientras se acercaba. Eran gruesas y redondas manzanas del sur, picadas por puntitos negros, y algunas con un rabillo o una hoja colgante. Kali sintió su estómago retorcerse en un ronquido. Esas deben de ser las mejores manzanas del mundo, pensó.
   Unos pasos titubeantes, primero a izquierda, a derecha, después media vuelta, y su espalda se apoyó en el cajón. Kali sonrió. Era más fácil que en el bosque. Deslizó su mano bajo la capa y alcanzó la preciada fruta. Después la metió en su camisa y, de nuevo, deslizó la mano hasta las manzanas.
   Debería haber cogido sólo una.
   —¿Qué estás haciendo con mis manzanas? —preguntaron tras ella.
   Kali dio media vuelta y miró al soldado a la cara. Era alto y panzón, cubierto por el jubón amarillo y una cota de mallas que asomaba por los hombros hasta llegar al codo. Su rostro se contraía furioso, y los labios estaban amoratados bajo el poblado bigote.
   No dijo nada. Dio un paso atrás y continuó con la mirada clavada en el enorme soldado. Pensó en la posibilidad de clavar la punta metálica de su bastón de viaje en la panza del hombre, pero abandonó esa idea al ver la cota de mallas. No era tan fuerte como para atravesar los anillos de metal. También podría clavarlo en el pie del hombre o en su cara y después huir en la confusión. Finalmente, mientras retrocedía ante la sombra del gigantón, decidió clavar el bastón en el pie del hombre y correr de vuelta al carro dando tanto rodeo como pudiese para despistar a posibles perseguidores. Pero, en el momento en que aferraba con fuerza su bastón, alguien la apresó por los hombros.
   —¿Dónde ibas, raterilla? —preguntó otro soldado a su espalda.
   —Estaba cogiendo manzanas —rugió el gigante.
   —Bueno —asintió dándole la vuelta y colocándola frente a él—, tienes las manos largas, raterilla.
   Era delgado, de ojos grandes, y labios carnosos. A Kari le recordó un sapo de los que cazaba en la charca.
   —¿Una manzana? —preguntó otro soldado que escuchaba la conversación.
   —Mi manzana —le corrigió el gigante.
   —Veamos qué más tienes bajo esa capa —siseó el delgaducho cerca de ella, y su aliento apestaba a vino y vómito.
   Ella sintió como la mano de él pasaba de su cuello a su pecho, y cómo la apretaba con fuerza contra él. Olió el sudor y la mugre de su piel, el ardiente contacto de sus dedos callosos. Hasta que una fuerza irresistible la arrancó de su abrazo y se encontró bajo una capa suave, un olor afrutado, bajo un brazo protector, confundida por aquel cambio.
   —Mi hija no ha robado nada —dijo la mujer—. Estás borracho y no podrías ver ni una montaña.
   Los hombres se sorprendieron ante aquella aparición. La mujer pelirroja se veía serena y tranquila, apoyada en su cayado y ocultando tras ella a la chica. En su pelo se reflejaba el resplandor de las fogatas y sus ojos brillaban en una inquietante danza esmeralda.
   —Yo estoy borracho —dijo el gigante.
   —Y yo también, raterilla —rió el joven delgaducho.
   —Pero sé lo que he visto —continuó enojado el soldado.
   A su espalda se había formado un pequeño ruedo de curiosos, algunos sonrientes, algunos de miradas lascivas y húmedas.
   —Pues pagará su deuda —dijo la mujer.
   —Prefiero que la pagues tú —sonrió uno de los soldados a un lado.
   —Eso es —asintió el grandullón y pasó la mano por la entrepierna—, tú pagarás su deuda.
   —Yo prefiero a la raterilla —dijo el delgado de cara de sapo al tiempo que sacaba un cuchillo.
   —Yo también —murmuraron tras él.
   —Yo me quedo con la del pelo de fuego —sonó una voz rasgada.
   —Ahí detrás hay un callejón —señaló uno de ellos—. Llevémoslas allí.
   Kali se apretó fuertemente contra la mujer pelirroja e intentó pensar fríamente un plan para escapar de allí. Los soldados aukanos avanzaban hacia ellas. Eran cinco, bien armados y mucho más fuertes que ella. La única solución era la huida. Pero no podía dejar a la viajera sola con los soldados. Ella le había protegido a pesar de no haberse visto más que una vez. Se sintió temblorosa y llena de dudas, incapaz de salir de su cuerpo y traicionarla. Así que levantó su vara y esperó que llegara el primero.
   Sin embargo la mujer no se movió. Tomó aire súbitamente, hinchando sus pulmones e irguiendo la espalda. Contuvo la respiración y entonces habló a los soldados, a todos ellos.
   —Nos vamos —dijo, pero su voz era profunda y grave—. Ha sido un placer conocerles.
   Los hombres se detuvieron. Se miraron unos a otros, confundidos.
   —Hasta la vista, señoras —dijo el más grande, como si hubiese olvidado el incidente de las manzanas.
   —Vayan con cuidado —sonrió el delgado y señaló los alrededores con el cuchillo.
   Después volvieron a sus jarras de cerveza, pero poco a poco, todavía aturdidos y preguntándose qué era lo que les había hecho tanta gracia un momento antes de conocer a aquella mujer y su hija.
   Kali regresó a empellones hasta el callejón donde Jared la había dejado oculta.
   —No podía creer lo que veían mis ojos cuando te vi salir de aquí, pequeña —dijo a su espalda—. No deberías caminar entre soldados borrachos. Y menos robarles su comida. Le aconsejó cuando alcanzaban la seguridad de las sombras.
   —Tenía hambre —se disculpó Kali.
   —Deberías ser más cuidadosa.
   —Si no estás contenta no haberte metido —la espetó ella—. No necesitaba ayuda.
   —Chica —dijo sorprendida—, tú no sabes lo que iban a hacerte esos soldados.
   En ese instante, Jared entró en el callejón y levantó su vara.
   —¿Qué está ocurriendo aquí? —Preguntó amenazante, pero bajo el bastón al reconocer a la mujer pelirroja que habían encontrado en el camino a Porkala esa misma mañana.
   —Ahora mismo le preguntaba eso a su hija, señor. —Sonrió ella.
   Kali se puso tensa como una soga encerada al ver a su padre.
   —¿Qué has hecho? —Y en sus ojos vio la rabia que ya conocía.
   —No ha hecho nada. Nos encontramos ahí fuera y me dijo que no tenían un lugar dónde pasar la noche. ¿Verdad... —la penetró con una mirada suave como un alfiler que la atravesaba sin dolor— ...Kali?
   —Ya le dije que no necesitamos ayuda. —La increpó bruscamente Jared.
   —Y también me dijo que iban al norte y ahora están al sur. A mí eso no me importa. Pero se está preparando una guerra y no es seguro permanecer en las calles, y menos con una niña. Tengo una habitación en una posada cercana. Pueden dormir en el suelo y seguir su camino mañana.
   Jared miró la avenida y vio a los hombres gritar, caballos agitados por los ladridos de los perros de batalla encerrados en sus jaulas, demostraciones de tiro con arco entre soldados borrachos. Él, en la taberna, sólo pudo encontrar algo de aguardiente y un hombre que vendía remedios infalibles de cuerno de demonio traídos de Araknur.
   —Me llamo Jared —dijo él aceptando su proposición—. Ésta es mi hija, Kali. Jared y Kali, nada más.
   —Y no soy una niña —le reprochó Kali que pasó al lado de Jared.
   Ella sonrió y volvió a cubrirse la cabeza con la capucha de la capa.
   —Así pues, yo soy Trisha. Nada más.


© 2010 Guillem López i Arnal Reproducido con la autorización del Grupo AJEC.  

 
SINOPSIS:

Han nacido entre los hombres y abierto un camino espinoso y retorcido. A pesar de las persecuciones y matanzas, los marcados están entre ellos, por todas partes. Nadie ha podido detener el nacimiento de estos nuevos humanos porque ese es el destino de la especie. ¿O quizá sí se puede luchar contra el destino?

Desde los Montes de Bruma a los suburbios de Rondeinn, druidas, monjes y nobles se enfrentarán en una gran aventura épica con un único objetivo: comprender y controlar el poder que dominará el mundo. Mientras, tras las montañas, alguien llega a Oriente. Un siniestro pariente que la extraña raza de los Kudaw esperaba desde hacía mil años.

Comienza la leyenda de una era.
Una enorme novela río que encandilará a todos los amantes del género. Guíllem López nos guía con una prosa poderosa por una historia profética que difícilmente olvidarán todos sus lectores. Los seguidores de Scott Bakker ya tienen una nueva referencia.

David Mateo, autor de “Nicho de Reyes”.

SOBRE EL AUTOR: Guillem López i Arnal

Escritor natural de Castellón, Guillem López tiene en La guerra por el norte su primera novela publicada. Formado en Psicología y Ciencias políticas, se dedica a la escritura desde temprana edad. Co-fundador de Bochinche Teatro y colaborador de Teamotro ha redactado monólogos y diversos guiones para actos poéticos. Además de escribir diseña los mapas de sus historias y compone la música inspirada en ellas, así como para diversas performance y lecturas de poesía. Su último proyecto musical es la banda sonora de su novela, La guerra por el norte, de corte épico-fantástico.

 

 
Datos técnicos de la novela

Título: La Guerra por el Norte
Autor: Guillem López
Saga: Leyenda de una Era I
Colección: Excalibur Fantástica
Encuardernación:
Cosida con solapas
Formato: 22x15 Cm
Páginas: 512
Precio: 18,95 Euros
ISBN: 978-84-96013-87-2
Portada: Manuel Calderón
Colección:
Excalibur Fantastical

 

Más información sobre el libro en la web: www.leyendadeunaera.blogspot.com;  y de la colección en la web: www.excaliburfantastica.blogspot.com, también en www.grupoajec.es