HIBERNAUTAS O. Cacho Espiral CF 47 Imprimir E-mail
Escrito por Octavio Cacho   

Hibernautas de Octavio CachoHIBERNAUTAS  de Octavio Cacho Espiral Ciencia Ficción nº4

 

 

H I B E R N A U T A S

Octavio Cacho

Anticipo Espiral Ciencia Ficción, nº 47



e

l abrupto paraje del cañón se cuarteaba caprichosamente mientras el sol aparecía tras los riscos que coronaban el borde oriental. Un eco amplificado de rocas al rodar ladera abajo, hasta la vaguada, se apagaba lentamente como un trueno lejano. Después, el silencio volvía a cubrir el inhóspito lugar.
Nadie hubiera podido imaginar que aquel saliente rocoso albergara el secreto mejor guardado de todos los tiempos. Formaba una pared curvada, que volaba sobre el precipicio, a mitad de la ladera. Un débil resplandor penetraba a través de la grieta, que recorría la techumbre y aquel rayo indiscreto, que esperaba agazapado tras la umbría, pacientemente, cada mañana, desde los días sin historia, aprovechó la herida abierta para penetrar hasta lo recóndito, hasta desvelar el mayor enigma de la era tecnológica.
Allí yacían los módulos hibernatorios, que había creado la mente humana como el más utópico de los sueños y, ahora, la convulsiva montaña los vomitaba a una nueva era. En su interior unos cuerpos aún jóvenes, cuyo metabolismo se había ralentizado casi hasta detenerse, sobrevivían en un estado vegetativo al amparo de aquella gruta tecnificada.

Hibernautas de Octavio Cacho Espiarl 47La cavidad cilíndrica de cinco metros de altura y doce de diámetro, configuraba una espaciosa sala operacional. Era un perfecto nicho dotado de los más modernos adelantos de otro tiempo. En el centro del recinto, semienterrada, se hallaba la computadora de mantenimiento celular, que había controlado el letargo de aquellos pioneros de la hibernación humana y en torno a ella se alineaban los módulos dibujando una plataforma, a modo de reloj.

El despertador del crono hibernatorio debiera haberse activado para finalizar tan temerario viaje, pero un fallo en el mecanismo automático de retorno les había confinado en el mundo de las sombras.
Una vez más, allí estaban las imprevisibles fuerzas del cosmos, supliendo las carencias de la incipiente ciencia del hombre. La casualidad del movimiento telúrico accionó el mecanismo de retroactivación y el programa de retorno se activó automáticamente controlando los termorreguladores corporales.
Un halo de nirvana dominaba aún aquellos rostros, todavía inexpresivos. Lentamente, sus cuerpos inmóviles alcanzaron la temperatura vital, apurando los últimos instantes del letargo que había hipotecado sus vidas. El halago de una suave brisa liberó su conciencia de las brumas, mientras una fulgurante luz les transportaba desde el espacio infinito de los sueños. El cosquilleo que ahora sentían marcaba el inicio de la activación sanguínea y se abandonaron al impulso incontenible del movimiento.
Las carcasas transparentes aceptaron la orden de apertura, propiciando el renacer de unos seres sobre los que el tiempo había perdido la cuenta. Fue como un segundo nacimiento, pero esta vez no de vientre materno sino de aquellos huevos de artificio que había empollado la técnica humana, rompiendo el lógico devenir de la evolución.

Los párpados de todos ellos comenzaron perezosamente a moverse y unos instantes después recibían el cegador impacto de la luz. Instintivamente trataron de proteger sus retinas, pero los músculos oculares ignoraron las órdenes del cerebro; sólo el parpadeo reflejo les sirvió de cortina. Cuando la consciencia inundó sus mentes, vagas muecas de aturdimiento comenzaron a dibujarse en aquellos rostros sedientos de vida.

Transcurrieron unos minutos cargados de impaciencia mientras las articulaciones de sus miembros tomaban la agilidad necesaria para salir de los módulos. Sucedió como en cadena. Uno tras otro, venciendo la resistencia de sus torpes movimientos, se fundieron en un largo abrazo. Sólo el doctor Samuelson evitó las manifestaciones de júbilo, al tiempo que les miraba con una sonrisa triunfal.


2


Los hombres y mujeres del Proyecto H suponían la avanzadilla de un gran descubrimiento a espaldas de los organismos científicos de su tiempo. Habían sido elegidos por su conexión con Donald Jumper Samuelson, un alto ejecutivo de ARON, la multinacional más influyente de la única superpotencia planetaria. Era la expedición más numerosa de las que se produjeron al amparo de una selecta y elitista asociación con ribetes de sociedad secreta.

Las mentes, todavía confusas, de los retornados se desperezaban lentamente del prolongado letargo y la memoria proyectaba imágenes lejanas. Habían desaparecido de su entorno familiar sin dejar rastro, ignorados por las sucesivas generaciones que no habían recibido más que el eco lejano de una extraña leyenda.

Pronto, el miedo a un tiempo desconocido acosó a los miembros de la expedición, pero el ancestral sentido de supervivencia les sirvió para ahuyentar el fantasma de la locura. En este momento, lo único que les preocupaba era estar atentos a las instrucciones de retorno para mantener aquellos cuerpos vigorosos sin que la senectud les sorprendiera como un espectro del pasado. Sabían que en las primeras horas dependían de una correcta regeneración celular iniciada con la píldora hemostática, seguida del examen radiológico y finalizada con la analítica de aquella primitiva máquina. Todo ello debería completarse con la hidratación apropiada antes de ingerir los primeros alimentos. Tampoco ignoraban que tendrían que poner en forma aquellos músculos atrofiados por la inactividad y se limitaron a repetir lo que habían hecho tantas veces antes de hibernar.

Excavados en la roca, se hallaban los contenedores herméticos con diverso instrumental de análisis, además de la necesaria dotación de pertrechos personales para la nueva época. El recinto hibernatorio estaba conectado, mediante un estrecho túnel, a un espacioso cuadrilátero que se adentraba bajo una loma contigua, a modo de dique, en medio del cañón. Estaba diseñado como hipotética estancia de supervivencia en el supuesto de que el exterior fuera inhabitable en la fase de retorno. Allí se encontraban doce habitáculos individuales y varias salas comunes para el ocio en torno a un invernadero. En el centro de esta última estancia, diseñada para el cultivo de hortalizas, había una columna de piedra en forma de fuente de cuatro pilas, que soportaba al techo abovedado de la gruta.

Un manantial brotaba en la pila más cercana al suelo y su escaso caudal se precipitaba en cascada hasta el sumidero del recinto.

En el exterior de la gran roca, una amplia red de paneles solares, perfectamente camuflados, eran los encargados de captar la energía necesaria para que la computadora cumpliera su misión de mantenimiento y era evidente que habían pasado inadvertidos en el tiempo transcurrido.

Melisa Campbell se paró de pronto ante uno de los espejos del dodecaedro que mantenía unidos los módulos de hibernación y comprobó con incredulidad que su rostro había rejuvenecido. Su grito de asombro llamó la atención del resto de los miembros de la expedición y las exclamaciones ante la sorpresa no se hicieron esperar.

Tras el revuelo, Donald Samuelson observó dubitativo que el crono hibernatorio se había parado a las quince horas del día veinticuatro de noviembre del año dos mil doscientos catorce, pero evitó hacer comentario alguno. Ni siquiera podía asegurar que aquella fecha registrada fuera realmente la que correspondía a este momento. El resto de los miembros de la expedición tampoco dijeron nada pero, en el fondo, todos intuían que estaban vivos gracias a un accidente fortuito.

Sentían una imperiosa necesidad de salir al exterior. A pesar de la grieta abierta en la cúpula de aquella gruta, el contador geiger no detectaba presencia alguna de isótopos radiactivos, pero no por ello podían olvidar ninguno de los factores de seguridad en la primera salida a campo abierto.

Donald Samuelson abrió el contenedor de los trajes EVA y procedió a enfundarse, con evidente torpeza, aquel sistema de protección. Aquellos cascos con visor les daban una apariencia de exploradores del espacio y algunas sonrisas nerviosas reflejaron el momento, mientras cruzaban sus miradas. El hecho fue seguido por los demás miembros de la expedición como si lo hubieran ensayado en más de una ocasión.

La salida estaba en la cámara del invernadero y el doctor Samuelson, al frente de todos, caminó lentamente, aunque decidido, por el pasadizo. Pulsó el mecanismo de apertura, pero este no funcionó.  Todos se miraron entre el miedo y la angustia de verse atrapados en una tumba.

© 2010 Octavio Cacho. Reproducido con la autorización de Juan José Aroz Editor.

 

Octavio Cacho (Brime de Urz, Zamora, 1945). Fundador de la Asociación cultural Colectivo de Creatividad Artística Germen. Se considera autodidacta y ha escrito guiones de cine, creado dos revistas, una literaria “Caminantes” y otra de cómic “Picos-tazos”. Tiene escritas varias novelas de poesía, historia, romanticismo. Pequeñas piezas teatrales y mucha poesía deshilvanada.

 

 

Hibernautas de Octavio CachoHIBERNAUTAS  de Octavio Cacho Espiral Ciencia Ficción, nº 47

392 páginas, 15 € p.v.p.
Portada: Koldo Campo
Fecha de aparición: octubre de 2010

Texto contraportada: Utopía de un mundo que enfrenta al ser humano con sus propios demonios en un futuro no reconocible. ¿Quién garantiza la seguridad en un planeta sin armas? Una reflexión sobre la violencia que nos invade y que a la mayoría de los lectores nos preocupa. En una sociedad radicalmente automatizada, ¿qué papel nos queda a nosotros?

 

Para más información sobre la editorial o adquirir su ejemplar, puede visitar su página web.