DOS CORONAS de Susana Eevee Imprimir E-mail
Escrito por Susana Eevee   
DOS CORONAS de Susana EeveeMax Fiendus vio que el joven escupía sangre, y eso le dio valor para intentar un nuevo ataque.

 

 

 

 

 

D O S      C O R O N A S

S U S A N A     E E V E E

Anticipo Colección Excálibur Fantástica

 DOS CORNAS de Susana Eevee


 

1

El regreso de un fantasma

L

a tormenta descargó a lo largo de la tarde. Las tareas de la granja no se habían terminado, postergadas por el persistente aguacero. Ya en la medianoche, la lluvia escampó y se abrieron los primeros claros dejando pasar la luz de la luna llena. Dentro de la casa, dos ancianos dormían arropados por una gruesa manta, y sobre ella, una gata se recogía en un ovillo a los pies de la cama.

El ladrido de un perro despertó a Max Fiendus. Tras levantarse con cuidado para no despertar a su mujer, el anciano se asomó a la pequeña ventana. Comenzaba a chispear y Patkis seguía ladrando de manera insistente. La preocupación ensombreció el ánimo de Fiendus. Los últimos retazos de sueño se disiparon augurándole, como poco, una noche desvelada.

Abrió la puerta y la llovizna le dio en la cara. Antes de salir volvió la vista hacia el interior; Magda todavía dormía y la gata ya no estaba. Salió afuera, descalzo. Sus pies se hundieron en el lodazal que se había formado con las lluvias. Daba igual, tenía que averiguar qué estaba pasando.

Patkis, un podenco de grandes orejas y piel canela, continuaba atado tal y como lo había dejado antes de acostarse, avisando del peligro con un gruñido amenazador. Max Fiendus mandó callar al perro y salió al camino que separaba su casa del establo y de un desvencijado corral.

Primero vio a un hombre, después a otro. Ellos también lo vieron a él. Pensó que había cometido una imprudencia al salir desarmado y que debería haber cogido aunque solo fuera un cuchillo. No le gustaba la idea de morir con las manos vacías, sin tener con qué defender su vida y la de Magda; como un miserable campesino. Así había vivido durante cinco años, cuidando gallinas y cerdos. Un destino inesperado para un honorable veterano como él. Desde su juventud había sido capitán en el ejército del rey Gronic Benrich, y después de la muerte del monarca sirvió al sucesor al trono, su hijo Geroy. Cuando la edad lo retiró del servicio activo, su mujer lo convenció para volver a su pueblo natal y dedicarse a labores más sosegadas, esperando la muerte tras una vejez tranquila.

Por eso, en aquel momento rabiaba por no tener su espada en la mano. Aunque no moriría con la cabeza gacha. Si tenía oportunidad, al que se le arrimase le mordería una oreja arrancándosela de cuajo.

Los dos hombres se acercaban caminando despacio, sin miedo, expuestos al resplandor de la luna. El viejo capitán podía ver sus rostros barbudos con claridad. Los dos llevaban grandes espadas envainadas a sus espaldas, las cruces de las empuñaduras despuntaban detrás de sus hombros. Sin duda eran guerreros erigios, su peste llegaba hasta allí. Fiendus había luchado en innumerables batallas y había matado a muchos de aquellos bárbaros malolientes de cabelleras desgreñadas y largas barbas. Estos dos hombres no diferían del repulsivo aspecto que recordaba. Uno de ellos se abrigaba con una capa corta de piel de zorro que embrutecía todavía más su porte. El otro, de baja estatura y piernas arqueadas, llevaba un queso bajo el brazo; en la otra mano agarraba del pescuezo a un capón recién sacrificado. Fiendus conocía los rumores sobre la hambruna que asolaba Erigia. Parecían ciertos. El ansia de supervivencia en­valentonaba a sus soldados a realizar pequeñas escapadas al otro lado de la frontera, adentrándose en terreno aldario y desobedeciendo de este modo el cumplimiento de las órdenes castrenses.

El más joven le habló a su compañero.

—Vete, Koux, ya me encargo yo.

El tal Koux se dio media vuelta y apuró el paso para alejarse lo antes posible con las piezas robadas. Su figura patizamba se perdió en las sombras de la arboleda que rodeaba la granja.

Fiendus sabía que no tenía nada que hacer contra un hombre armado. Aun así, levantó los brazos y apretó los puños. El joven erigio sonrió con ironía al ver el ademán del anciano, y no sacó su espada.

—¿Quieres pelea, viejo? —Ensanchó su sonrisa. Se lo estaba pasando en grande—. ¡Eh! ¿Quieres probar mis puños?

Su voz sonaba tan burlona que Fiendus entró en la provocación y le asestó el primer derechazo, directo a la cara. Lo cogió desprevenido, obligándolo a retroceder unos pasos.

—Vaya, vaya… —El erigio limpió la comisura de sus labios con el dorso de una mano—. Estás en forma, viejo.

Max Fiendus vio que el joven escupía sangre, y eso le dio valor para intentar un nuevo ataque. Pero esta vez, el erigio paró el golpe con un brazo y pudo propinarle un certero gancho en el costado encajándole el otro puño. El viejo soldado trastabilló con un punzante dolor en el pecho; un poco más arriba y le hubiera alcanzado en el corazón. En vez de amilanarse, encaró a su adversario con más furia, enzarzándose en una pelea en la que los dos se daban un puñetazo tras otro. Nunca había pensado que conservase ese vigor, sobre todo teniendo ante él un hombre más joven y fuerte. Pese a esto, aquel exceso de confianza se volvió en su contra, y empezó a flaquear. Fiendus sintió que los nudillos del erigio se incrustaban en su mejilla, y mientras el sabor de la sangre se le iba esparciendo por la boca, cayó al suelo de espaldas. Su rival se le echó encima poniéndose a horcajadas sobre él.

Notó el hedor que emanaba de aquel cuerpo, un olor a animal sucio y mojado. Vio un rostro mugriento, con la boca abierta, enseñando los dientes aún sin mellar. Y vio también sus ojos, muy abiertos y llenos de ira, uno claro y el otro oscuro. Unos ojos que conocía perfectamente.

—Doogan —dijo Fiendus, como si invocase la aparición de un fantasma.

Al escuchar este nombre, el joven erigio reaccionó torciendo su fiero semblante en un gesto de extrañeza y temor. Se quedó quieto, su cuerpo se aflojó, y fijó el brillo inquietante de su mirada en el viejo soldado. En ese instante se oyó un golpe seco. El erigio cayó con todo su peso sobre el anciano al ser noqueado por el impacto de la pala con la que Magda le había golpeado.

 

 

DOS CORONAS de Susana EeveeEl erigio permanecía inconsciente encima de la mesa que en época de matanza servía para descuartizar a los cerdos. En aquel cobertizo se guardaban los aperos de labranza y herramientas, y del techo pendía la carne salada que con certeza habría sido el último botín del hurto. El joven era demasiado grande, desde luego mucho más que un cerdo, y su cabeza, brazos y piernas colgaban fuera de la mesa. Bajo la luz de un candil, Fiendus y Magda lo contemplaban aprovechando su indefensión, aunque no por ello se habían descuidado. El asaltante fue desarmado de su espada y su daga, y ahora el anciano llevaba un hacha al cinturón. La mujer, que había sido muy oportuna al salvar la vida de su esposo, continuaba aferrada a la pala y hablaba con suspicacia en la voz:

—No puede ser, tienes que estar equivocado.

—¿Equivocado? —Fiendus resopló, obligándose a parecer indignado—. Será mejor que lo veas por ti misma.

El viejo capitán colocó sus pulgares sobre los párpados del erigio y los abrió con suavidad, hasta que los ojos quedaron al descubierto.

Magda se llevó las manos temblorosas a la boca, reprimiendo un grito ahogado por la conmoción. Fiendus estaba en lo cierto, aquel erigio tenía un ojo de cada color. El iris derecho era de un marrón tan oscuro que casi se confundía con la pupila, el izquierdo presentaba un azul profundo como el cielo limpio de un día de verano.

—¡Que los dioses nos asistan! —exclamó Magda—. ¡El príncipe Doogan ha regresado!

 

 

El soldado erigio se despertó lentamente, retornando de la inconsciencia. A pesar del fuerte dolor de cabeza, se sentía flotar en una agradable calidez. Quizás ya estuviese muerto…

Abrió los ojos con la esperanza de encontrarse en otro mundo menos terrenal, rodeado de hermosas doncellas y ríos de dulce miel. No fue así, aunque sí vio a una mujer rubia, ya de cierta edad, que lo observaba con atención. Paseó la mirada por la habitación donde estaba. Aquello no era el paraíso, pero sí pa­recía un buen sitio y, muy cerca, una chimenea templaba el ambiente con su calor. Sus ropas y sus armas pendían del respaldo de una silla. Sentado en otra, un hombre de pelo blanco se sonaba la nariz de forma ruidosa. Llevaba puesto un camisón manchado de barro y tenía los pies dentro de una palangana.

Él también estaba sumergido en un gran barreño lleno de agua tibia de la que solo sobresalían sus huesudas rodillas. Pensó que, después de todo, era posible que sí se encontrase en el paraíso.

Pronto entendió que, lejos de ser una ensoñación, aquel entorno era muy real. Al reconocer al anciano como el campesino con el que se había peleado, recordó lo sucedido en la pasada noche. Intentó moverse; no pudo, sus músculos no le respondieron, y eso sí que lo asustó.

—No te angusties, querido niño, sé que estás paralizado —le dijo Magda—. Y tampoco puedes hablar.

—¡Oh, muchacho! —profirió Fiendus—. Has caído en las redes de toda una hechicera. No te preocupes, solo es un pequeño toque mágico, una atadura para que te dé tiempo a calmarte. Además —se frotó el mentón de barba cana y recortada—, ya he probado tus puños y no deseo repetir.

El anciano soltó una carcajada. La mujer también sonreía muy alegre.

—Espero que no te importe que te hayamos metido en el barreño. Olías a cabra —dijo Magda.

El viejo Fiendus se secó los pies, aliviado. Ya se sentía mucho mejor, pese a que estaba terriblemente dolorido. El joven, que continuaba a remojo, lo miraba con una expresión de estupor.

—Bueno, ya es hora de que conversemos un rato. Tienes que contarme muchas cosas, querido Doogan. —El anciano se volvió hacia su esposa—. Magda, preciosa mía, ¿podrías, por favor, desatar a este muchacho?

La mujer se acercó al erigio y le tocó la frente con su índice, sobre ella dibujó un intrincado símbolo. En cuanto terminó, el joven recobró el dominio de sus miembros. Se incorporó llevándose las manos a la cabeza y encontró un doloroso bulto a la altura de la coronilla, allí donde la pala lo había golpeado. Estaba confundido, viviendo una realidad difícil de comprender. Aquellas personas que se habían enfrentado a él para defender sus posesiones, ahora le sonreían y lo trataban con amabilidad. ¿Estaba siendo víctima de un perverso delirio?

Por un instante examinó cómo estaban situados aquellos individuos, cuán cerca estaba su espada y qué precisos movimientos debía realizar para segar sus vidas en apenas unos segundos. Concluyó que era factible, pero, por una extraña razón, no lo hizo.

—¡Por todos los dioses! ¿Qué puñetas pasa? ¿Quiénes sois y qué queréis de mí? —preguntó con un deje de resignación en su grave voz.

—¿Y quién eres tú? ¿Lo sabes? Nosotros sí lo sabemos —re­plicó Fiendus.

—Estamos muy contentos por haberte encontrado, ¡pensábamos que habías muerto! Pero nos disgusta ver en lo que te has convertido. ¡Un guerrero del ejército erigio! Si tu padre lo supiera te mataría con sus propias manos —le reprochó Magda.

—Doogan, cuéntanos qué ha sido de ti durante todos estos años —solicitó el anciano, preparándose para escuchar la historia que el soldado erigio debía contarles.

El joven seguía mirándolos con cara de no entender lo que se le estaba diciendo.

—Me estáis volviendo loco, ¡maldita sea!, yo no me llamo así. Me confundís con otro. Mi nombre es Soota.

Los ancianos cruzaron la mirada. Todo iba a resultar más complicado de lo que en un principio habían pensado.

El erigio, visiblemente contrariado, se levantó del barreño sin importarle mostrar su sexo. La mujer corrió para envolverlo en un lienzo y este se dejó hacer. Fiendus, con un ademán conciso, lo invitó a sentarse junto a él, al calor de la lumbre. Aceptó; incluso liberado del hechizo que lo había mantenido inmóvil, sentía que sus fuerzas no le acompañaban. Estaba mareado y notaba como si la cabeza le fuese a estallar. Una sensación parecida a despertar con una enorme resaca.

—Bueno… Soota. Tendrás que convencerme de que no eres quien yo creo. A ver, dime dónde has nacido, ¿en qué parte de Erigia? —le preguntó con guasa el anciano.

—No, no… no lo sé —respondió tartamudeando; su cuerpo empezaba a temblar.

—Tranquilo, muchacho. Solo es el incómodo efecto de la atadura —dijo Magda.

—No sé dónde nací, ni me acuerdo… de mi infancia. —Sus dientes castañearon—. Pero sé quién soy: un… soldado del ejército erigio.

Max Fiendus se levantó apartando la silla con estruendo, su erizado cabello blanco acentuaba su creciente enfado. Las respuestas del joven empezaban a sacarle de sus casillas.

—¡Cuervos y cornejas! Ya me imaginaba que el hecho de que no nos reconociese no traería nada bueno —dijo para sí el anciano, y dirigiéndose a su mujer, añadió—: Tengo que darte la razón, Magda. A este muchacho le han borrado la memoria.

—Te dije que era una práctica muy común que emplean con los prisioneros de guerra. ¿Por qué no lo iban a hacer también con él, aunque fuese solo un niño?

—Me tiraron del caballo durante una emboscada, y me golpeé la cabeza —intervino el joven, algo menos convulso—, desde entonces perdí todos mis recuerdos. Eso fue lo que me contaron cuando me recuperé de la caída.

—¿Y te creíste semejante patraña? —preguntó Fiendus, irritado.

—¿Por qué insistís en que me conocéis?

El viejo capitán se inclinó sobre el erigio dispuesto a contestarle; acercándose todo lo posible hasta que sus miradas se enfrentaron. El joven reparó en aquel rostro envejecido por los años y la dureza de las batallas; surcado de arrugas, con unos ojos vivaces, llenos de determinación. Unos ojos que llamaron la atención del erigio. Max Fiendus tenía uno oscuro y otro claro, tan diferentes como el día y la noche.

—Porque yo soy tu abuelo.

Aquella sentencia sonó con rotundidad y emoción contenida. El joven Soota creyó en ella, pero no solo por la sinceridad que reflejaba. Los ojos de Fiendus eran una prueba mucho más firme que todas las palabras del mundo.

—Hay algo que debo reconocer. El nombre por el que me llamaste no me dejó indiferente —dijo el joven—, siento que me pertenece. Doogan…

En cuanto aquel nombre salió de sus labios, notó un escozor en la boca del estómago y cómo el aire dejaba de llegar a sus pulmones, obligándole a levantarse. Se llevó las manos a la cara y sintió que sus mejillas ardían. Cuando volvió respirar, retiró sus manos y vio que estaban mojadas. Eran lágrimas, y aquella opresión en el pecho, un sollozo que consiguió atenazar en su interior.

Supo entonces que el anciano le estaba diciendo la verdad, aunque mantuviese una actitud un tanto desconfiada. Algo comprensible si se entiende que él era un soldado del ejército enemigo que había invadido su casa con intención de robarle. No obstante, ahora veía las cosas de un modo muy distinto. Se le estaba ofreciendo la auténtica identidad de la que había carecido en los últimos años. La oportunidad de descubrir su pasado y sus orígenes, y desenmascarar la vil invención que habían construido quienes lo rodeaban.

Fiendus se sorprendió de ver lágrimas en los ojos de un hombre que aparentaba la solidez de una roca. Pero la experiencia de la vida le había enseñado que ciertos acontecimientos, a veces intrascendentes, podían abrir las puertas de los sótanos más oscuros. Esto debía de haberle pasado al muchacho, que al pronunciar su verdadero nombre habían surgido los sentimientos que guardaba en la profundidad de su alma. El anciano ni siquiera sospechó que aquella congoja no era tal, sino el resultado de la resquebrajadura del hechizo que había aniquilado, tiempo atrás, la frágil memoria de un niño.

Conmovido, el capitán se abrazó a su nieto y acarició sus largos cabellos castaños. El joven enseguida se apartó limpiándose la cara con los puños. Intentó hablar, pero tenía la garganta seca y la respiración entrecortada. Magda se dio cuenta de su apuro, así que le sirvió una copa de vino.

—Toma, hijo. Quizá esto te recomponga. Y tú también, Max —dijo la mujer, escanciando la aromática bebida en otra copa que entregó a su esposo.

—Gracias, querida. Realmente lo necesitamos. —El anciano bebió a grandes tragos—. Sentémonos de nuevo, muchacho, pues te voy a contar dónde has nacido.

»Hace más de veinte años —continuó— mi única hija, Alina, ingresó dentro del Castillo de Betengard bajo la tutela de Geomande, el mago. Era casi una niña, no tendría más de quince años, pero había demostrado una facultad extraordinaria para la magia. Alina ya superaba a su madre, y se había corrido la voz de que en el seno de una humilde familia, una jovencita podía ser la futura hechicera que ayudaría al rey Geroy a vencer a sus enemigos.

»Desde tiempos remotos, los magos erigios practicaban la nigromancia para dotar a sus mejores guerreros de los dones que les dieran ventaja en el combate. El Reino de Aldaria no se podía permitir quedarse atrás en esta carrera por conseguir un ejército de soldados invencibles, aun a costa de adentrarse en las artes oscuras y de invocar la ayuda de los demonios que habitan en el Averno. Desde la torre más inaccesible del castillo, Geomande instruía a sus pupilos y dirigía las estrategias mágicas a seguir en la batalla. Por aquel entonces nadie se imaginaba que era un traidor que con el influjo de sus pócimas preparaba una milicia en la sombra.

»Cuando mi deber como capitán me lo permitía, visitaba a mi hija. Un día la encontré más bella que nunca, sus preciosos ojos brillaban. Me dijo que estaba esperando un hijo y me quedé… de piedra. No recordaba que la pretendiese ningún joven, el acceso al exterior estaba restringido y prácticamente la tenían recluida en la torre. Mas no hizo falta preguntar nada. Ella misma me contó algunos detalles sobre su inesperada preñez. Hacía meses que tenía un amante dentro de los muros del castillo. Fue imposible que hiciese una confesión. Y eso que juré en falso que guardaría su secreto y no tomaría represalias contra el infame que la había deshonrado.

»Salí de la habitación hecho un energúmeno y me enfrenté a Geomande. El hechicero no era solo el responsable de enseñarla, sino que debía velar por ella y cuidar su virginidad. ¡Mi hija ha­bía sido cautivada por la astuta verborrea de un embaucador! ¡Le exigí su nombre! Geomande se rió delante de mi cara. Me dijo que lo que yo desconocía era un secreto a voces. —Max Fiendus clavó su mirada en el erigio—. Mi Alina no era más que una de las numerosas amantes de un caballero al que no se le podía pedir explicaciones.

»Querido Doogan, el hombre que te engendró es el mismísimo rey Geroy.

Fiendus hizo una pausa para comprobar cómo aquellas últimas palabras afectaban a su nieto. El erigio no dijo nada, y con mano temblorosa llevó el vino a los labios y de un trago vació la copa.

—En honor a la verdad, Doogan, debo decir que en aquellos meses sentí un profundo rencor hacia el hombre a quien debía servir —confesó el anciano—. Naciste en la torre, y cuando vimos tu carita y abriste los ojos supimos que habías heredado las facciones de tu padre y el extraño estigma que distingue a mi familia desde hace generaciones.

»La alegría de tu nacimiento se vio truncada por la muerte de tu madre, que sucedió de una forma dramática a los pocos minutos de que respiraras tu primer aliento de vida. No superó las consecuencias de un cruento parto. Por fortuna, el rey Geroy aceptó mi ruego de que quedases a nuestro cuidado con la condición de que regresarías en cuanto él así lo decidiese. Tu infancia fue un regalo en los años más tristes de nuestra vejez, y llenaste con tus juegos de niño el vacío que Alina nos dejó en el corazón.

Magda se retorcía las manos atormentada por los recuerdos. El joven Soota escuchaba atento aquella parte de su propia historia que desconocía y que le conmovía, frustrado, incapaz de recordarla. Mantenía la copa vacía en la mano, el codo sobre el travesaño del respaldo en un gesto casi elegante.

Con los ojos humedecidos, y después de volver a sonarse la nariz, el anciano prosiguió su relato.

—Te criaste en Hisata, un pueblo cercano a Betengard donde vivimos durante un tiempo. Nunca te faltó ni el afecto ni las regañinas de tus abuelos, hasta que a la edad de seis años tu padre te reclamó a su lado. A pesar de los muchos hijos que tenía, entre legítimos y bastardos, el rey Geroy te acogió como a uno más: quería que fueses educado con tus hermanos. Yo observé tus progresos, pero no desde la distancia, porque fueron muchas las veces que nos reunimos. Magda también estuvo siempre junto a ti, aunque no todo lo que hubiese querido. Sufría pensando que si alguna vez te despertaba una pesadilla no podría estar contigo para consolarte.

»Cuando cumpliste doce años te habías convertido en un simpático jovenzuelo hermoso como el sol. Recibiste el título de príncipe y, al igual que al resto de tus hermanos, Geroy te presentaba con orgullo en recepciones y desfiles. Tengo que reconocer que salvo el heredero, el primogénito de su difunta esposa, que era instruido para ser el futuro señor del castillo, tu padre os consideraba por igual. Os enseñaron a ser altivos y a respetar a vuestro rey como progenitor y como soberano. Quiso que los varones fueseis los mejores guerreros que encabezaran su ejército y no tardó en adiestraros en el manejo de las armas.

»Fue entonces cuando una noche maldita destrozó las esperanzas de todo el Reino de Aldaria. Geomande irrumpió en las habitaciones privadas con su séquito de adeptos, preparados para matar o morir. En aquel momento yo permanecía de guardia, y al igual que mis compañeros no advertí nada fuera de lo habitual. Pero ante la llamada desesperada de un sirviente acudimos al auxilio; sus gritos desgarrados nos hicieron presagiar la desgracia. Al entrar en los aposentos nuestras botas resbalaron sobre la sangre; era una masacre. Los cadáveres destrozados de los guardias, los niños degollados, las niñas, las amas que los cuidaban… El rey agonizaba, lo habían dejado por muerto, solo la rápida intervención del cirujano pudo contener la hemorragia.

»Geomande huyó arropado por sus discípulos, todos con las manos manchadas de sangre real. Faltaba tu cuerpo. Buscamos en cada estancia, pero no te encontramos, y a lo largo de los siguientes días aceptamos la evidencia de que habías desaparecido, vivo o muerto.

»Y ahora estás aquí, ante nosotros, sin saber las circunstancias que te han perdonado la vida y convertido en un soldado del ejército erigio, enemigo de nuestro reino.

Max Fiendus se enderezó en su asiento y levantó la vista hacia el joven; creyó ver una sombra de preocupación en sus ojos. Su intuición le aconsejaba estar alerta y hablar claro.

—¿Qué ocultas, Doogan?

El erigio, que hundía los dedos en su espesa barba, se levantó de la silla y dejó caer los brazos a los lados del cuerpo. Ciertamente parecía apesadumbrado, y habló con voz áspera, urgente:

—Estáis en grave peligro.


 

 

2
Soota, el erigio

 

Tengo que regresar. Si me echan en falta vendrán a buscarme, y no será con buenas intenciones. Creedme, mi vuelta no se puede demorar. Sé que es comprometido, pero… debéis confiar en mí. Regresaré a vuestro lado en cuanto me sea posible.

Los abuelos del joven no podían dar crédito a lo que escuchaban. Acababan de recuperar a su nieto y ya les estaba hablando de su marcha.

—¿Temes una represalia? —Los ojos de Fiendus se estiraron en dos líneas—. Conozco la dureza de la disciplina del ejército de Erigia, e imagino que el castigo para un desertor es ejemplar. Pero ahora que sabes tu verdadero origen no puedes volver a esa tierra. Eres un príncipe aldario y… ¡Tu sitio no está entre esa gente! —añadió algo alterado.

—Max, tranquilízate —le habló Magda—, el chico tendrá sus razones. Ha prometido volver.

El viejo capitán no quería considerar la posibilidad de que el joven regresase a las filas del ejército erigio. Se acercó al rincón donde descansaba la herrumbrosa espada que no había blandido desde hacía años. La desenvainó con cierta dificultad y la hizo cortar el aire con un par de mandobles.

—Aquí tienes mi brazo, Doogan. No dejaré que te toquen ni un solo pelo. Te acompañaré hasta el mismo corazón de Betengard.

Soota sonrió, complacido por aquel endeble despliegue de protección que le brindaba su abuelo. Los ancianos no comprendían que no era él sino ellos los que estaban en peligro, y que cada minuto que pasaba en su compañía era vital y corría en su contra. No era momento para dar explicaciones, quizá más adelante, en otra ocasión. Con mano firme bajó la espada de Fiendus y le habló cordialmente para no ofenderlo.

—Guarda el arma. Si en algo aprecias tu vida, debes dejar que siga mi camino. No es mi intención contrariarte, pero hay muchas cosas que desconoces de mi reciente pasado. —Las palabras del erigio sonaban sinceras—. Ahora debo volver, todavía estoy a tiempo de que mi ausencia pase desapercibida y de justificar esta escapada ante el compañero que me espera en un lugar cercano. Devolvedme mis armas y mi ropa —ordenó.

Fiendus percibió un gran cambio en su nieto. Había recuperado la sólida compostura de la primera vez que lo vio, y su talante emanaba la autoridad de una persona acostumbrada a llevar un mando. Para él era fácil reconocerlo, pues no había conocido otra vida que la de capitán.

—Está bien, muchacho.

Soota se volvió a vestir la sucia y raída indumentaria de color pardo y las pesadas botas negras remachadas de acero. Ciñó su larga espada sobre su espalda, bien sujeta por un doble correaje, y su daga pendió nuevamente de su cinto. Fiendus no pudo reprimir que un suspiro expresase la aflicción que lo invadía.

—Toma hijo, estarás hambriento. Llévate esto, por lo menos —le dijo Magda mientras le alcanzaba un hatillo de tela blanca que olía muy apetitoso.

El joven guardó los alimentos en su morral y, tras un titubeo, la besó en la mejilla. Después de echarse la capa de piel de zorro por los hombros, se dirigió a la puerta. Al abrirla, la tenue luz del amanecer iluminó el interior de la casa, dejando ver como una gata blanca ronroneaba sobre la cama. Salió a la fría mañana sin decir una palabra ni volver la vista atrás, y se alejó con pasos decididos.

—No te preocupes, Max, nuestro príncipe volverá. Lo he visto en sus ojos.

 

 

El sol apenas asomaba tras las redondas y verdes colinas. La tierra estaba blanda, encharcada por la tormenta del día anterior, y no era fácil avanzar campo a través. La niebla matutina difuminaba el paisaje, envolviéndolo en un velo lechoso que habría confundido el rumbo a otra persona menos experimentada que Soota. Sin embargo, el erigio no se desorientaba nunca. Tenía un sentido innato, casi animal, que evitaba que se perdiese incluso en los lugares más lejanos y desconocidos. Siempre sabía en qué dirección debía caminar.

Una fina lluvia empezó a caer suavemente, y la falta de viento le dio una extraña verticalidad, semejando una cortina de agua. En la cabeza de Soota se arremolinaban las imágenes de sus abuelos, el olor a limpio de su propia piel, el acento aldario de sus voces que aún resonaba en sus oídos, llamándole «Doogan». Ahora, de nuevo en la intemperie, sintiendo las perneras húmedas del pantalón contra sus muslos, le parecía estar reviviendo una vana ilusión. Pero no era así, aquel encuentro era tan cierto como el ligero olor a pan fresco y a fruta que venía de su morral.

Poco a poco, la confusión fue pasando, y todo comenzó a encajar, a tomar forma. Eran muchas las piezas del pasado y del presente que empezaban a casar, pero la inmensa laguna que ocupaba toda su infancia seguía ahí, como una barrera infranqueable. Cuando, horas antes, escuchó su verdadero nombre había sentido un leve estremecimiento en el corazón. Más adelante, él también lo pronunció y le pareció que algo se había roto en el inmenso muro opresor de los recuerdos que permanecían ocultos.

Soota era consciente de que lo que había sucedido en el hogar de los Fiendus suponía un antes y un después en su vida. Había recuperado un fragmento de la conciencia dormida que pertenecía a otro hombre que no era él, y que quizá podría llegar a ser si recobraba su identidad perdida.

 Y, por primera vez, había llorado con un sentimiento de indefensión y tristeza nuevas para él.

¿Cómo explicarles aquella dualidad a unos ancianos que solo veían en él a su nieto Doogan? ¿Cómo decirles que el niño desaparecido de Betengard estaba perdido, subyugado, dominada su mente por un potente conjuro? ¿Podrían entender que una pequeñísima parte del príncipe Doogan había sido liberada, y que a partir de aquel instante la sentía como una cálida lucecita dentro de su ser? Mucho menos estarían preparados para comprender que mientras esa muralla no se rompiese en mil pedazos él era y seguiría siendo Soota, el erigio, y que debía volver al único reino que conocía.

Si no hubiera sabido que eran de su misma sangre los ha­bría matado sin pestañear. Ni la misericordia ni la piedad formaban parte del duro entrenamiento de los guerreros del ejército erigio, y Soota había sido muy bien aleccionado. Por el filo de su espada pasaron decenas de aldarios, y no solo durante el combate. Había participado en numerosas incursiones, muchas no autorizadas, como aquella, y había robado, matado y violado por obtener un par de gallinas, unas botellas de licor o simplemente un poco de diversión.

Si ya de por sí los erigios eran una casta de hombres violentos y temerarios, él se podía considerar como un azote de villanía para los suyos. Pocos eran los que se atrevían a contradecirle por temor a que su puño les saltase algunos dientes. Los guerreros cercanos a Soota no conocían el motivo de aquella falta de empatía que le hacía caer en muchos actos de barbarie. Nadie imaginaba que la ausencia de recuerdos de una infancia, mejor o peor, podían convertir a un hombre en un autómata que en poco valoraba la vida humana. Soota no cono­cía la inocencia de sentirse niño, no recordaba el arrullo de una madre, ni los juegos infantiles, ni el haber perseguido una mariposa que al final se escapa por el vado de un río.

En su mente no había nada más allá de un adolescente malherido, aquejado de un fuerte dolor de cabeza, y que no paraba de gemir y vomitar. Estuvo así durante dos días, hasta que su débil cuerpo se fue recuperando de la mala caída de un caballo. Le contaron cómo había sucedido: viajaban a la capital, a la casa de su padre. Su montura se encabritó al ser alcanzada por una andanada de flechas. Una banda de malhechores los había emboscado en un abrupto paso montañoso. Ninguno de aquellos detalles le hizo retornar la memoria, y dentro de él se arraigó el presentimiento de haber sido víctima de un «borrado». Debía de tener un pasado infame que no tenía lugar en la nueva vida que le esperaba junto a su padre. Soota se convirtió en un muchacho desesperanzado, profundamente dolido. Lastimado.

Fue el germen que lo transformó en alguien peligroso, incluso para sí mismo.

Y nueve años después, el relato arrebatado de un viejo capitán le había traído noticias de su procedencia y del lugar e incidentes que rodearon su nacimiento. Lo escuchó un poco incrédulo; mas, cuán hermoso le resultaba oír hablar de uno mismo, de unos padres y hermanos; escuchar palabras emocionadas como que una abuela amorosa se preocupaba por no poder velar el sueño de su niño.

No todo lo que le contaron fue agradable, pero ¿acaso no era mejor tener un pasado por el que sufrir que un insondable vacío? Ahora deseaba más que nunca recuperar aquellos momentos vividos, buenos y malos.

Lo que de verdad le había sorprendido fue conocer quién era su padre. El rey Geroy Benrich, el hijo del rey Gronic y la reina Eliza, descendiente de un linaje centenario, en quien residía toda la potestad para gobernar a los aldarios, rodeado de los nobles que lo seguirían hasta la muerte en sus decisiones. Un rey en cuyas sienes descansaba la más preciada de todas las joyas, una reliquia de oro blanco y rubíes: la corona del Reino de Aldaria. Ahora sabía que por sus venas se mezclaba la sangre real aldaria y la de una hechicera.

También le inquietaba un asunto muy turbio que no alcanzaba a desentrañar y que se refería a la noche de su desaparición. No desconocía la historia del asalto a Betengard y la muerte de los infantes; la había escuchado varias veces en las tabernas y posadas, y en boca de distintos hombres. Era un suceso que se había propagado detrás de la frontera aldaria y que se narraba con suma jactancia en tierra erigia, dando por hecho que Geomande fue el instrumento de la voluntad de algún dios vengativo hacia un rey sedicioso que dio la espalda a su culto. No había mayor castigo que la destrucción de toda una estirpe y su descendencia; era una hecatombe que pocos reinos podrían soportar.

Si Geroy hubiese fallecido, el rey de Erigia habría tenido en sus manos el destino del pueblo aldario, pues habría sido muy fácil la invasión del territorio que se reclamaba, aprovechando un momento de caos y desconcierto. Pero no había sido así. El rey Geroy demostró la fortaleza de su cuerpo y espíritu al recuperarse de las graves heridas y unirse en matrimonio con una noble doncella y teniendo nuevos hijos legítimos que asegurasen su linaje.

Aquella acertada reflexión no le había dado la clave que quería conocer, eran muchas las preguntas que quedaban sin respuestas. ¿Por qué Geomande aniquiló a la familia real estando al servicio de la Corona, y, por lo tanto, recibiendo una alta compensación en oro y en prestigio? Era un hombre reconocido no solo por sus habilidades mágicas, sino por su avaricia. Aquel horrendo crimen le había privado de la vida que él deseaba, la de la ostentación y el boato, para luego partir esa noche en compa­ñía de sus pupilos hacia un paradero ignorado hasta entonces. Y lo que era aún más extraño: si todos los herederos de Geroy ha­bían sido exterminados, ¿por qué él seguía vivo? ¿Cuál era la razón de su secuestro? ¿Qué beneficio había sacado el mago al cometer aquellos asesinatos?

Quizás eran demasiadas preguntas para un hombre cansado que llevaba horas caminando bajo la fría lluvia de un otoño que no quería terminar. Se acercaba el mediodía y el tiempo no había mejorado. Estaba cerca del Paso de los Reyes, una llanura que, entre las Montañas Istonas, comunicaba los dos reinos por uno de los itinerarios más emblemáticos de la península. Debía su nombre a que en una época ya olvidada, cuando la concordia existía entre los dos pueblos, este había sido el camino elegido por los antiguos soberanos para cruzar la cordillera; tiempo después había sido el escenario de múltiples batallas.

El Paso de los Reyes era el cordón umbilical que unía Erigia con Aldaria. Dos reinos separados por una frontera natural, las Montañas Istonas, partidas por aquel inmenso valle que, desde épocas pasadas, se conocía como la única ruta transitable para las caravanas de comerciantes que viajaban de un lugar a otro haciendo sus negocios.

Ya hacía varios siglos que todo aquello terminó. Entre los rei­nos solo había guerras sangrantes y casi perpetuas que con el paso de los años no hacían más que recrudecerse. La falta de entendimiento entre estos dos estados era un abismo que no dejaba de crecer. Los que antaño fueron pueblos muy parecidos, ahora eran dos tierras de tradiciones bien distintas que no compartían ni a sus dioses.

En Aldaria, al sur de la península, sus habitantes se habían esforzado en prosperar a través de un comercio constante con otras regiones lejanas. Este intercambio se realizaba mediante el fluido transporte marítimo de los muchos e importantes puertos que se repartían por su costa. Aldaria poseía una gran riqueza, pero no solo por sus salinas y el oro de sus ríos. En las planicies de sus mesetas se cultivaba el trigo y la cebada, en las faldas de sus suaves lomas había bosques y verdes campos en los que el ganado pacía bajo la sombra de frondosos robles y castaños. Era un pueblo que no permanecía ocioso. Sus habitantes eran campesinos que se dejaban la piel trabajando en el campo, dando además su servicio al ejército que se organizaba bajo el mando de la nobleza, siendo fieles, unos y otros, a su rey.

Al norte, los erigios habían hecho de la guerra la única actividad provechosa y necesaria para su reino, todas las demás ocupaciones giraban en torno a ella. Comerciaban por mar, surcando las frías aguas del Océano del Norte, y a través del Istmo de Flock que unía la península con otros pueblos y otras razas que necesitaban los minerales que extraían de sus sempiternas cumbres, horadadas a lo largo del tiempo en busca de hierro y plata. Erigia abarcaba una extensa región colmada de cadenas montañosas, cuyas laderas graníticas fueron quebradas por las canteras de piedra.

La guerra pasó a formar parte del carácter indómito de los erigios. Habían renunciado a la vida en las aldeas, abandonando los cultivos y aglomerándose en desordenadas ciudades donde los seres humanos malvivían en unas calles atestadas de excrementos y alimañas. Eran hombres rudos, envilecidos por los continuos combates contra el enemigo, por el desapego a las antiguas costumbres y por el consumo excesivo del licor que destilaban sus alambiques.

El ejército erigio ubicó campamentos permanentes allí donde la orografía indicaba que la frontera aldaria era más débil, siempre esperando el momento de perpetrar una invasión o de impedir un ataque. Aquellos remotos parajes estaban rodeados de pastos en los que cuidar a las importantes yeguadas que criaban para proporcionar monturas a sus caballeros. Estos guerreros vestían de hierro, pieles y cuero. Sobre el suelo eran lentos, mas cuando cabalgaban en sus vigorosos caballos y alzaban sus espadas eran como un puño demoledor que aplastaba a sus adversarios en la batalla.

Por el contrario, las tropas aldarias habían abandonado los puestos fronterizos, replegando sus contingentes alrededor de las grandes poblaciones y dejando desprotegidas las tierras norteñas del reino. Aldaria aceptaba así su inferior capacidad de ataque, aunque demostrando que sus fortificadas plazas eran inexpugnables.

Pero estos dos territorios, en apariencia tan opuestos, sí ha­bían compartido un mismo interés durante siglos: el dominio de los poderes mágicos, de la hechicería, la adivinación y el control de los elementos y de las mentes. Por ello, las personas nacidas con estos dones eran muy apreciadas e, invariablemente, utilizadas para obtener una ventaja en las guerras contra el enemigo.

 

 

Antes de entrar en el Paso de los Reyes, Soota se encaminó hacia la pared rocosa que se alzaba ante él. Los retorcidos troncos de unos pinos centenarios señalaban la entrada a una cueva de boca ancha y oscura. Allí dentro lo esperaba Koux, el ojeador, con quien debía regresar al campamento. Los habían enviado para efectuar una misión de reconocimiento en tierra aldaria. Debían pasar inadvertidos y confirmar si el ejército del rey Geroy estaba haciendo algún tipo de maniobra cerca de la frontera. Extralimitando la orden recibida, hambrientos y aburridos, se habían adentrado en las zonas habitadas; ahora tendrían que regresar y cubrirse mutuamente las espaldas en aquella falta.

Soota se introdujo en la penumbra hasta el final de la cueva. Koux había encendido un pequeño fuego en el que se asaba el cebado capón robado en la granja. El humo ascendía en perfectas volutas para luego escapar por una chimenea natural que se abría en el techo, del que colgaban unas enmarañadas raíces.

—Pensaba que aquel carcamal había acabado contigo —dijo Koux saliendo de la esquina donde había orinado.

—Ni lo sueñes.

—Llevo horas esperándote, ¿dónde cojones te has metido?

—Métete en tus putos asuntos, Koux. —Dejó caer su morral al suelo.

—Está bien, no te preguntaré nada más. —Koux se ajustó los pantalones—. No es mi problema de dónde vengas.

—Entonces lo has entendido.

Koux decidió no hablar más de la cuenta. Conocía por experiencia sus arranques de ira y no tenía ganas de importunarlo. Sería mejor que se sentasen a comer el asado, un estómago lleno animaba a cualquiera. La leña ya se había consumido. Se inclinó sobre la tierna carne del ave; olía deliciosamente. En ese instante un fuerte impacto hizo que se tambalease y que un borbotón de sangre saliera por su boca. Koux ya no probaría el capón. Soota acababa de hundir su daga en el costado del ojeador, que cayó de bruces en el suelo sin emitir ni un gemido.

El joven erigio extrajo la hoja y la limpió contra la ropa del muerto; después, con la punta del pie lo hizo girar sobre su espalda. El vómito de sangre le manchaba la barba, los ojos estaban abiertos, la mirada fija en las raíces que se descolgaban del techo, tan inexpresiva como la de su asesino.

Era mucho mejor así, sin que hubiera un testigo de lo sucedido que pudiese volver a la granja de Fiendus, solo o en compañía de otros. Aquella le parecía la manera correcta de proteger el lugar en el que vivían sus abuelos.

Soota se sentó junto a las brasas y devoró parte del capón con apetito, sin olvidarse de lo que Magda le había puesto en el hatillo. Cuando terminó, se dejó llevar por la somnolencia hasta que se quedó dormido.

 

 

Unas horas más tarde, Soota salió a la exigua luz de una tarde que ya se apagaba. El cuerpo de Koux había quedado abandonado en un rincón sobre sus propios orines, expuesto a la voracidad de los carroñeros. Los peculiares ojos del erigio pronto se habituaron a la claridad, y este echó a andar por el aún visible rastro que el paso de Koux había dejado en los matorrales. Los caballos no debían de estar lejos, escondidos en alguna vaguada o entre la fronda del soto. No le tomó mucho tiempo encontrarlos atados por el arnés a los árboles que crecían de forma aislada en el margen de una hedionda ciénaga.

No habían sido desguarnecidos de sus sillas y arreos. Eran dos magníficos ejemplares, de alta cruz, robustas patas y con la crin larga y de color pajizo. Soota se acercó a su caballo y le palmeó la grupa; el animal dejó escapar un relincho al reconocer a su amo.

El erigio vio que las patas delanteras se hundían en el lodo hasta cubrir el espolón. Maldijo en voz alta al difunto Koux, deseando que su alma se pudriese en el Averno por toda la eternidad. Puede que no sintiese gran aprecio por sus congéneres, pero no soportaba que nadie maltratase a unas bestias tan nobles como aquellas. Comprobó la cincha y los estribos. Subió a su montura y ató las riendas del caballo de Koux a su silla, alejándose de aquel paraje pantanoso en dirección al Paso de los Reyes.

Cuando llegó al valle ya había oscurecido. La luna era una esfera brillante, un orbe asombrosamente ingrávido sobre las cumbres. Su luz le permitía viajar a buen ritmo, sin forzar el trote de los caballos.

Esa noche no llovería. Soota cabalgaba contra el viento del norte que soplaba con fuerza despejando las nubes, dejando ver un cielo estrellado. A lo lejos, en los riscos de las Montañas Istonas, se oyó el aullido de un lobo.

 

 

Desde muy temprano la actividad en el fortín se había vuelto frenética, por lo que la llegada de Soota pasó inadvertida. El joven dejó los caballos en el cercado y se ocupó de desensillarlos, abrevarlos y darles el alimento. No se dio mucha prisa. Sabía con certeza a qué venía aquel ajetreo porque había visto ondear la bandera escarlata de la Media Luna, y no tenía ningún interés especial en apurar un encuentro que era inevitable. Se entretuvo cepillando a los caballos. Pero alguien lo vio y lo llamó a voces. Era Roy, un jovencísimo soldado que llevaba poco tiempo en el campamento y que, ante el asombro de muchos, había entablado un trato cordial con Soota. Resultaba evidente que a pesar del carácter huraño del erigio, Roy lo admiraba, y no tenía en cuenta que este le ignorase —la mayoría de las ocasiones— o le hablase con desdén. El bisoño pensaba que Soota no lo trataba con excesivo desprecio y que aquella camaradería era el principio de una buena amistad.

—¡Soota! ¡Ya está aquí! ¡Ya ha llegado! —gritó Roy, mientras corría atolondrado hacia él.

—Calma, Roy, ¿o pretendes embestirme como un carnero?

El muchacho se paró en seco y recuperó el aliento. Su cara pecosa estaba congestionada por la carrera y sus greñas pelirrojas más enmarañadas que nunca. Se notaba que hacía poco que se había levantado del catre, y que se había puesto la ropa tan rápido que su chaleco de cuero marrón estaba mal abrochado.

—Menuda facha. —Soota lo miró de arriba abajo—. Parece que vienes de revolcarte con una puta.

Roy se sonrojó todavía más, era demasiado inocente para no ruborizarse ante una broma.

—Llegó en la madrugada, ha preguntado por ti. Quiere verte —le informó el muchacho.

—Está bien, iré allí. Y tú, desaparece —dijo Soota dándole un ligero coscorrón en la cabeza con sus nudillos.

Por si no fuera suficiente, frunció el ceño poniendo una expresión de enojo para espantarlo, no quería que el bisoño lo siguiese por todo el campamento como solía hacer siempre. No si tenía que ir a ver a su padre. Roy entendió el mensaje y echó a correr de nuevo en dirección opuesta.

Mientras caminaba hacia la gran tienda en la que su padre lo esperaba, algunos hombres lo saludaron formalmente haciendo honor a su rango superior. Al llegar a la puerta, los soldados que la custodiaban lo dejaron pasar abriendo la lona que tapaba la entrada. Soota se adentró pisando el austero suelo, apenas cubierto por una estera.

En el fondo de la estancia había un hombre de espaldas, observando con suma atención el mapa que se desplegaba sobre una mesa. Se dio la vuelta al sentir la llegada de su hijo, y en un gesto de acogida extendió al frente sus desnudos brazos, cuyo grosor daba una idea de su fornida complexión.

La apariencia de aquel recio caballero producía un temible respeto y sumisión. Su vestimenta y su larga capa eran negras, y en el pecho lucía una bruñida coraza de metal que devolvía la imagen de Soota como un espejo.

—General Soota…

El erigio hincó una rodilla en el suelo e inclinó la cabeza.

—Mi rey.

Soota levantó la mirada y se encontró con su rostro reflejado en el acero. Vio sus ojos, uno oscuro y el otro claro, unos ojos iguales a los de Fiendus, y en ese instante pudo intuir, al fin, cuál era el sitio que debía ocupar en su propia existencia.

 

© 2010 Susana Eevee. Reproducido con la autorización del Grupo AJEC.

 

 

Grupo AJEC

Título: Dos Coronas
Autor:  Susana Eevee
Portada: CalderonStudio.com
Precio: 18,95 €
Tamaño: 22x15 Cm
Páginas: 416
ISBN: 978-84-15156-05-5
Colección: Excálibur Fantástica

 

 

Texto contraportada:

DOS CORONAS de Susana Eevee

 

Es tiempo de guerra. Siempre lo fue.
 
Durante siglos las dos Coronas se han enfrentado en un pulso de violencia y ambición. Los odios ancestrales se heredan batalla tras batalla.
 
Soota es un joven de espíritu rebelde y temerario. La pérdida de los recuerdos de su infancia ha forjado un corazón duro que lo ayuda a sobrevivir a las intrigas de una sociedad cruenta y convulsa. Es el mejor asesino que se ha adiestrado en la corte, y en él no hay cansancio, ni remordimiento ni dolor.
 
Su pasado, construido con mentiras, se derrumba el día que descubre que por sus venas corre la sangre de la casta real del enemigo. Comienza entonces para él un largo viaje hacia el honor, la lealtad y la compasión.
 
En medio del juego letal que disputan los dos reinos, Soota combatirá en una devastadora ofensiva. Pero, sobre todo, luchará por alcanzar su destino, la ansiada paz, la esperanza de recuperar lo perdido y redimir, así, su alma.

«Dos Coronas recupera el espíritu de la fantasía en toda su genuina grandeza. Una novela donde el puro sentido de la aventura te arranca del mundo real y te mete de lleno en otro, mágico, épico, increíble, del que no querrás salir.» José Miguel Vilar-Bou, autor de Los Navegantes y Alarido de Dios