LAS GRAVES PLANICIES de Antonio Santos Imprimir E-mail
Escrito por Antonio Santos   

LAS GRAVES PLANICIES de Antonio Santos

El monstruo que me tenía cautivo tiró de la cadena que me unía a él por el cuello.


 

 

 

LAS GRAVES PLANICIES

LOS  POSTÉPICOS  I

A N T O N I O     S A N T O S

Anticipo Colección Arrakis Ficción
 

I

EL GRINCH

T

enía tres dedos en la mano izquierda y la cara marcada por cicatrices. Su mirada no era amistosa. Irritada, eso es. Crispaba su semblante, donde la madurez marcaba tanto como las cicatrices. Mi desnudez me hizo sentir violento cuando aquellos ojos castaños, arrasados por una cotidiana brutalidad inmisericorde, me escrutaron. Enseguida empezó a discutir vivamente con el líder de las atroces criaturas de las cuales yo era cautivo.

Las monstruosidades estaban tan irritadas como aquel tipo medio desfigurado que acunaba el cañón más grande y temible que yo hubiera visto nunca. Pero, al menos, él era humano, aunque con mal carácter. Suponía un sustancial avance.

         El monstruo que me tenía cautivo tiró de la cadena que me unía a él por el cuello. Me tambaleé y casi caí. Protesté. Pero me ignoraron. Todos. La criatura, excepcionalmente, no lo había hecho por crueldad, sino por reflejo del áspero debate que sostenía con el guerrero, colocado en una posición que, para él, le resultaría ventajosa. Las piedras que rodeaban su refugio, semejante a enormes dientes con los raigones medio enterrados en el musgo, le brindaban seguridad.

Las cinco criaturas acompañantes, exasperadas, querían zanjar el asunto ya. No necesitaba conocer su abrupta lengua para intuirlo, del mismo modo que percibía que, si era necesario, finalizarían de un modo muy poco amistoso este enervante asunto.

[Veamos: me gusta exhibirme ante las mujeres (especialmente, ante las cuales elijo para aparearme, beldades del couché y modelos tías buenas de Playboy); no me importaba estar desnudo ante ellas. Comprendedme, tengo motivos para enorgullecerme. Pero la severa y disgustada mirada de aquel tío incrementaba mi sensación de incomodo, avergonzándome; intenté cubrirme, azorado, pudorosamente.

Y soy un deportista, un atleta; un amante, no un guerrero, y la ley me permitió eludir el servicio militar. Aquel tío, sin embargo, parecía totalmente destruido por una sucesión interminable de batallas y guerras. Era la viva imagen del guerrero contra el cual me había manifestado en varias ocasiones; Irak, ya sabéis. Era lo políticamente correcto. Lo adecuado. La ideología no importaba. Sólo aparentar. La aceptación entre la gente era mayor, ¿comprendéis?]

         —¿Habla mi idioma? —intervine en el bronco debate, alzando una mano implorante—. ¡Por favor! ¿Lo habla? ¡Ayúdeme!

         LAS GRAVES PLANICIES de Antonio SantosMúsculos delatadores tensaron el rostro avinagrado. Hablaba mi lengua, ¡SÍ!, él ¡me entendía! El disgusto aumentó sobremanera en su semblante. Ahora sé que fue debido a esa indiscreción de esos músculos.

         —¡Ayúdeme! ¡Usted es un semejante, otro SER HUMANO! —repetí, gesticulando expresivamente. El engendro satánico (y que conste, soy perfectamente ateo) que me tenía cautivo, aprecié, primero amagó hacerme callar dando un tirón a la traílla. Pero se contuvo; valoró algo (deduje en esos inhumanos rasgos, fruncidos por la cólera), cierta sombra de astucia trasuntó por sus facciones. Me animó a continuar hablando. Una de las largas lanzas me punzó en las costillas, interpretando los deseos de la feroz criatura color caqui. Lancé una protesta—. ¿Lo ve? ¡Me torturan y maltratan! ¡Ayúdeme! ¡Dios bendito! ¡Ni siquiera sé dónde estoy! ¡De pronto, me vi aquí! ¡Y estos monstruos…! ¡Ayúdeme! ¡Me tratan como a una bestia!

         El hombre hizo un gesto: Llévatelo. Eso no necesitaba de traducción ninguna, cosa que anhelé obtener mientras debatían con terrible aspereza momentos antes.

         Del espigado monstruo de torso alargado y seis brazos, un par menudo colgando de su abdomen, apéndices que se agitaban con mucha energía, como reaccionando a una candente actividad subconsciente, brotó otro sonido que tampoco precisaba traducción: ¡No! Arrojó la palabra como un desafío que el humano encontró irritante.

         Otro de los monstruos lanzó una breve y enérgica perorata. Sacudía su lanza al aire y leves destellos salpicaban desde su punta, aguzada y maligna. Aquello que decía contaba con la aprobación de los otros cuatro seres, cuyas salvajes monturas parecían volverse a cada momento más impacientes y violentas. El humano no mostró más emoción que su enojo. El ser que me retenía por la cadena emitió algo, un reproche, deduje por el tono, y aquel engendro belicoso hostilizó su semblante todavía más.

         Agregó, con furia, algo al hombre vestido de uniforme de combate negro, que en todo momento parecía mucho más interesado en mantener su posición defensiva.

         El engendro, mientras peroraba con energía, aprovechó para encadenarme a la argolla que mostraba un trozo de columna, o poste, más bien, de mármol gris. Cómo concluyó su discurso tampoco precisaba de una exacta traducción:

         —¡Ahí te lo dejo!

y, a continuación, sin darle la espalda decididamente al arisco ermitaño, descendió la breve rampa de cascajo, creando diminutos aludes de guijarros, que sonaban como la retirada de una ola entre las conchas de la orilla de la playa, y pisó el musgo que tapizaba cuanto llevaba visto de aquel lugar. Me miró por última vez y montó en su bestia, medio lagarto, medio caballo, ¡qué sé yo!, cuyos ojos rojizos despedían reflejos malignos en mi contra, también.

         El monstruo no tenía mucho que temer, porque sus escoltas tenían buena puntería, tanto con las lanzas como con los rifles recubiertos de plata y damasquinados que parecía el vaporoso sueño de un orfebre.

El menor gesto agresivo, por parte del huraño guerrero, los hubiera forzado a demostrar su tremenda pericia con sus armas.

El tiroteo no hubiera supuesto adelanto alguno para mí, por supuesto.

         Aún hubo una especie de despedida, que retumbó como una amenaza en las escarpadas y casi verticales paredes del acantilado, que se curvaba a mi derecha conforme se alejaba, a gran distancia. El soldado replicó con un gesto de cabeza. No abandonó su atalaya hasta que las poderosas monturas, con vigorosas zancadas, se alejaron bastante, trotando por la grave llanura. Los guerreros caquis regresaban a las ruinas donde fui su prisionero. Las potentes zarpas de los monstruos arrancaban grandes pedazos del musgoso pasto. Pronto, fueron manchas bamboleantes que empequeñecían rápidamente. Fue entonces cuando el guerrero se atrevió a moverse de su lugar.

         —¡Eh! —lo llamé—. ¡Eh, amigo! ¡Ayúdeme!

         Me ignoró; regresó dentro de su guarida, un agujero en la roca, festoneada de herrumbre, chatarra y carcasa de vehículos, amontonados junto a la entrada deforme.

—¡EHHH! —grité, encarado a la cueva—. ¡Soy un semejante! ¡Necesito ayuda!

—¡A la mierda mis semejantes! —precisó con toda/categórica claridad.

Y mi corazón experimentó un fatal vuelco, debilitándome aún más todavía.

 

Pero me sobrepuse; protesté, llamé, grité, rabié, arrojé piedras hacia las carcasas corridas amontonadas en la entrada de la gruta, un agujero irregular que parecía una boca entreabierta, mostrándome sus caries y dientes podridos. Arrasado por la sed y el hambre, desesperándome, tiré de la maldita cadena que no mostraba el menor signo de debilidad en ninguno de sus eslabones o candados. Acabé sentándome entre unas grandes lascas de mármol agrisado, calentadas por el Sol que, yo ya sabía, brillando en el cielo rojizo, no producía tanta energía como para sofocar. El musgo lo tapizaba todo como un oleaje estático. Hasta el horizonte, caracterizado por tornarse brumoso en su distante confín, casi todo era planicie sin fin—sin fin, interrumpida por unos accidentes montañosos y suaves cerros, donde emergían monolitos negros, enigmáticos, de caras perfectamente pulidas. No parecían clavados, sino emanados, brotados.

Tres lunas deformes, con impactos de meteorito, lucían su mellada silueta en un firmamento escaso—escaso de nubes, y las que veía eran alargadas y planas, como islas tropicales. Algunas se extendían, en línea ininterrumpida, el horizonte anodino de un punto al otro, trazando un leve arco.

El Sol declinaba. Al caer la noche, sería hombre muerto: el frío allí era tan intenso que podía helar la orina apenas surgía del cuerpo (ya lo había comprobado), y el día alcanzaba un calor lento (sí, eso era: calor lento) que permitía esta cosa de vida que me rodeaba.

Y si el frío no me mataba, lo harían las bestias que merodeaban por la noche, terroríficos monstruos de áspero pelaje, placas e interminables—interminables hileras de dientes ensalivados y centelleantes pupilas. Y cosas que aún no había visto, pero que sabía que existían. Todas estas adversidades, y terrores adjuntos, me hicieron aullar:

—¡Si no me ayudas, moriré pronto! Pero ¿qué clase de ser humano eres tú? ¿Dónde coño estoy? —De nuevo, evalué, desesperado, la planicie, las estiradas nubes, semejantes a virutas metálicas emanadas de un taladro, el acantilado que, en su cumbre, mostraba el mismo musgo rojo pardusco que cubría la llanura, salpicada de rocas y ruinas—. ¡Voy a morir, joder! ¡Oscurece, y aquí, a la sombra del acantilado, ya hace frío! ¡Aquí, las noches son invernales! ¡Las más crudas del invierno!

“Tengo una cultura, una titulación universitaria. Sé, por tanto, expresarme. Soy triunfador y apuesto. Rara noche no duermo con estupendas mujeres a las que, estoy seguro, doy el placer que esperan recibir, ¡¡y más!!

“¡Iba a firmar un sustancioso contrato para actuar en una teleserie! ¡Tengo el fornido físico de un modelo atleta! ¡No es justo que vaya a acabar aquí y así! —grité, golpeando el suelo con el puño. Salpiqué el musgo de esquirlas de piedra. Me herí la mano—. ¡No es justo en ABSOLUTO! —continué; el eco de mi voz golpeó en la piedra inmutable—. ¡Soy un triunfador!

“¡Yo soy un atleta! ¡Jamás maté nada mayor que un insecto hasta que llegué a este lugar! —la experiencia aún me convulsionaba. Era lo que me tenía descentrado, porque, sépanlo, yo no soy así de arrugable y timorato. Pero el cúmulo de adversidades, este extraño planeta, su baja gravedad… Me hacían parecer algo que no era: débil. Pero, entonces, ¡era la horrible impresión que estaba causando!— ¡Por el amor de DIOS! ¡Soy un semejante! ¡Otro ser humano! ¡No merezco esto!

Ninguno de mis argumentos conmovió al soldado. Lancé los que se me ocurrieron más efectivos, intentando convencerle, siempre en vano, no obstante.

[Más tarde descubriría que él era de la vieja escuela: ¡los hombres no lloran!, así como los tipos duros y los pistoleros no bailan. Le irritaban mis lloriqueos.]

El acantilado rechazó mi voz astillada por la sensación de violenta injusticia que me acometía. En vano forcé mis negros eslabones o la argolla donde encadenaron, con candado, la traílla, de unos siete metros. Volví, frustrado, a sentarme en la roca, que ya sólo guardaba un poso del calor que le había transmitido mi cuerpo. El frío, al fin, trepó mis costillas y me estremeció. El Sol, esa bola de calor lento, arrojaba largas sombras hacia la planicie, oculto detrás del enorme acantilado situado a mi espalda. Frío, hambre, sed… desazón por mi desnudez… ¿Qué pecado podía haber cometido para merecer este castigo? Rechacé esa idea. ¡Soy ateo! ¡Lo políticamente correcto! Otra cosa debía haberme pasado.

[Pero, hipócritamente, Le imploré ayuda.]

Rápidos raptors hicieron su aparición, como brotados del musgo, y avanzaron elípticamente hacia el acantilado. No eran los únicos monstruos que vi asomar sus hambrientos hocicos por allí. Aquellas cosas, como leopardos planos de cuatro ojos, esmeraldas húmedas empotradas en el sedoso pelaje de su cráneo en cuña, disputaron con los astutos raptors su presa: yo.

—¡Dios! —mencioné a Aquel en el que no creo. Anuncié—: ¡Vienen! ¡Esos monstruos vienen! —Agarré una piedra grande, del tamaño de mi cabeza, forma cúbica y puntas romas. Me incorporé, todo mi rasurado vello erizado (mientras se encogía todo mi equipo genital), alejándome, cuanto la cadena me permitía, en dirección a la cueva, blandiendo la piedra.

Raptors y leopardos se silbaron y amenazaron, cada cual estrechando el arco de su merodeo, acechándome ACECHÁNDOME. En cierto momento, un leopardo saltó sobre uno de los raptors, de alargado cráneo y espeluznante hilera de dientes, centelleantes debido a la copiosa saliva que escupía. Entablaron una feroz lucha que atrajo la atención de los demás predadores. ¡Qué combate! ¡Épico! Ambos engendros se revolcaron por el alfombrado de musgo con estremecedora violencia. Pedazos de líquenes y arena rojiza saltó al aire progresivamente más frío, seco, así como trozos de órganos y músculos desgarrados. Yo podía estar en otro planeta (como así descubrí que era; no lo alucinaba), pero la sangre seguía siendo roja; lo es en todo el Universo.

La desgarradora violencia de la contienda cesó cuando el raptor, revolviéndose y azotando con su cola de látigo, quebró el espinazo del leopardo, un chasquido espeluznante. Allí, en aquella atmósfera, ¡olfateé el olor de la sangre, pese a la distancia! Otra experiencia sobrecogedora oprimiendo mi estómago. Miraba, con fascinada horripilación, aquella lucha, el gran desperfecto en el manto de musgo. Sus compañeros, expectantes, atentos, alertas, aguardaban a cierta distancia, creando una tensión, tan líquido/metálica, como la sangre vertida que empapaba la arena que no originaba polvaredas, pese a la sustancial falta de gravedad que me poseía. Me había producido pesadillas al dormir, en las cuales caía, sin fin—sin fin, a un abismo negro y salpicado de inmensas manchas ovaladas carmesí o violeta oscuro.

El raptor, tambaleándose, cubierto de tajos y sangre, se dispuso a atacar al despojo sobre el cual se cernía. Inesperadamente, otro leopardo le saltó al cuello, empujando su cuerpo lejos del felino abatido. Rodaron en una bola muchos metros, arrancando de la planicie terrones amorfos de musgo, y el leopardo oprimió con las mandíbulas y quebró la tráquea del raptor. Un instante bastó, mas no soltó la presa, sobre la cual se abatieron los demás leopardos.

En compensación, los raptors se adueñaron de la otra carroña. En ningún momento me permití relajar la guardia, oprimiendo la piedra. Más bien, empecé a buscar otras. Pensé en los hombres de las cavernas, y sus cuchillos de sílex y piedras afiladas. Pero yo carecía de la habilidad para tallarlas, y más aún, de reconocer las adecuadas…

        

         El festín duró unos diez minutos, aproximadamente. Salvajes dentelladas rasgaban tendones y músculos; poderosas mandíbulas chasqueaban, triturando los huesos. Ambos grupos, a distancia, se observaban con desconfianza, peleándose por los pedazos más jugosos, entre ellos. Increíblemente, todo aquello agudizó mi hambre.

         El frío aumentó conforme las sombras adquirían longitudes kilométricas, estirándose por la llanura pardorrojiza hasta casi tocar el borde de aquel mundo.

         —¡Gracias por todo, hijo de puta! —me oí gritar.

         El habitante de la cueva no pareció oírlo, pese a la violencia cómo reverberó mi voz entre las rocas grises y planas. Fue un error, creo, pues los predadores recuperaron su interés por mí, aquel sabroso cuerpo encadenado a un trozo de roca con aspecto de columna rota, cuya única defensa la constituía una piedra cúbica mocha.

         —¡Mierda! —mascullé, al verlos acercarse con suave, supina astucia, vigilándome, vigilándose, sin dejar más que una tenue huella en el pasto—. ¡Voy a morir! ¡Me atacan!

         Durante uno o dos segundos, predominados por el batir de mi corazón disparando la sangre a reacción por mis venas, apresurando el ritmo de mis inspiraciones, sentí las penetrantes miradas, de múltiples ojos, evaluándome. Percibí la sangre, aún fresca, goteando de los hocicos. Un leopardo esprintó recto hacia mí.

         [¿Habéis visto esos documentales de animales salvajes, acechando y cazando? ¿Sí? Instantáneamente, uno de esos bichos se dispara y, tras una breve y vigorosa persecución, en medio de una polvareda y la átona voz del comentarista, una gacela cae abatida, el lomo mordido por las fauces hambrientas. Lo pasmoso es la velocidad del engendro. Para mí, fue verlo allí, inmóvil, a una treintena de metros de la pendiente de lascas y chatarras y, de pronto, ¡me saltaba encima!Me cagué.]

Elegí ese momento para demostrar mi valeroso carácter: proferí un feroz alarido, y arrojé la piedra, un poco mecánicamente, triturando el cráneo del monstruo, cuyo ímpetu logró arrastrarme, hiriéndome el torso, arañándome con sus zarpas y con las lascas del suelo. ¡El monstruo pesaba una tonelada! Lo golpeé con los puños e intenté salir de debajo de su robusta masa, con movimientos espasmódicos, semejantes a los que reproducían sus nervios muertos, gritando, pegando, pateándolo, maldiciendo.

         Las detonaciones barrieron la llanura, que pareció sobrecogerse y luego extender, todavía más, las ya pronunciadas, gélidas sombras. Un raptor quedó brutalmente mutilado. Rápidos y esquivos, tres leopardos supervivientes huían veloces, aunque no tanto como las balas. Los raptors fueron igualmente abatidos.

Todo duró unos brevísimos segundos.

II

EL INTERIOR DE LA GRUTA Y LA REVELACIÓN

 

         Jadeaba sentado sobre las lascas y los líquenes, casi sin aliento, manchado de sangre, cubierto de pequeñas heridas producidas por las piedrecillas. Miré, atenazado por intensas emociones conflictivas, hacia arriba.

         El soldado del millón de guerras descendía su impresionante fusil. Centró su mirada en mí. Parecía aprobar mi conducta.   Había superado una cruenta prueba, a la que él me había sometido, parecía ser. ¡Qué brutalidad más inhumana y salvaje!

         Descendió con precaución la pendiente traicionera, generando minialudes de desechos. Inspeccionó la llanura, sumida en las sombras emanadas del acantilado. Vigiló, un momento, los cadáveres, como si esperase verlos resucitar.

La tensión en mi interior oscilaba, alcanzando niveles volcánicos.

La sangre, espesada por la adrenalina, aún galopaba velozmente dentro de mis arterias; tenía la garganta seca, y la piel cubierta por una fría transpiración y ¡sangre! Sentía calambres abdominales. E ira, que no lograba exteriorizar completamente.

[—Dios —logré decir, yo, ¡el ateo! Reparé en mis manos ensangrentadas. Me mareé; di arcadas—. ¡Dios! ¡Oh, Dios! ¡Sangre! ¡Estoy sangrando! ¡Y ese monstruo…!]

Estudié, invicto, el cadáver del enorme felino, cuyo calor corporal emanaba de su gigantesco torso en ondas, que casi parecían visibles. De ningún modo había perdido su aspecto feroz; seguía aferrado a sus rasgos, a sus cuatro ojos y largos colmillos, desafiante pese a la intensa huella de la muerte incrustada en su cuerpo.

El huraño soldado también lo miró un instante. Empuñaba un gran cortafríos cuya pintura roja y azul se descamaba. Lo acercó a mi cara, y por un momento, temí que me partiera un pómulo de un golpe. Pero se limitó a cortar la cadena que rodeaba mi cuello, haciendo las veces de collar. El esfuerzo le arrancó un gruñido, y pareció cubrir su rostro de nuevas cicatrices. El metal chasqueó, cortado. De momento, fui incapaz de relacionar ese sonido con el de la libertad, acostumbrado al lúgubre silbido del viento, recorriendo todas las vastas llanuras rojo parduscas, enredándose entre las rocas del acantilado. La luz del sol era una pátina fugaz dorada. El cielo estaba más acentuadamente oscurecido. Pálidas estrellas empezaban a destacarse en su raso.

—Vamos dentro. Tenemos que hablar.

—¿Eso se te ocurre decirme después de ponerme en este trance? —estallé. La furia producida por su conducta coceaba en mi pecho; no me sentí impulsado, en ese instante, a agradecerle nada—. ¡He estado a punto de morir! ¡Estoy malherido!

—¿Eso? ¡Rasguños! —minusvaloró—. Y sigues vivo, ¿no? Sigues gritando.

Le miré enojado; sentí el arrebato de partirle la cara. Mas aplaqué mi furia, considerando el cambio que su oferta suponía para mi salud. Miré al valle musgoso, sus acusadas sombras gélidas, los monstruos que pululaban, acechando, a cada palmo.

Empezó a ascender la pendiente de grava suelta. Entonces achaqué a otra cosa el esfuerzo como lo hacía. Luego supe que tenía una lesión que lo obligaba a cojear visiblemente.

Seguí sus pasos. Él se detuvo, con expresión rígida, la cual me obligó a pararme, inquieto, sobre mis pies descalzos que se herían con las puntas de las lascas. Acusé el frío que me mordía con mayor intensidad, y hasta del cadáver del leopardo surgían, a su vez, ondas gélidas que permitían intuir los lejanos portales del más allá, erigidos con enrevesadas arquitecturas óseas, musgosas, llenas de limo goteante, de pisos sombríos cubiertos por mantas movedizas de brumas heladas.

—Recoge la carne. —Se refería al leopardo con el cráneo aplastado, y me costó entenderlo—. ¡La carne! ¡No la dejes ahí! Eso son proteínas que sí podemos asimilar.

[—¡Es enorme! —protesté—. ¡Pesará una tonelada! ¡Y estoy herido!

—¡Cuentos! ¿Y todos esos músculos? ¿Para qué coño sirven? ¡Úsalos!]

Reanudó el ascenso hacia la caverna y tuve que regresar, sobre mis ensangrentadas plantas, hasta el cadáver que podía atribuírseme. Me repugnaba tocarlo. Cuando era una vitalísima máquina de matar, millones de músculos agitándose con vehemencia, me parecía fascinante, pese a saberme su víctima. Ese sentimiento era ahora todo asco y repugnancia, porque se trataba de sangre inmóvil y carne cruda, como la que pende de ganchos en las carnicerías. Y me atenazaba un atavismo aún mayor: se trataba de TOCAR algo MUERTO, depósito de todo tipo de enfermedades, infecciones.

¡Y su peso! ¡Su tamaño! ¡Jamás podría arrastrar eso!

Examiné las zarpas, enormes, rematadas por terribles garras de color marfil sucio, con vetas de color ambarino. Deglutí, temblando de frío y repelencia, y toqué el sedoso pelaje, tan suave que me sorprendió que perteneciera a tan tremenda y feroz bestia. Dispuesto a esforzarme, pegué un tirón, y ¡el monstruo salió casi volando! Yo mismo caí de culo sobre la grava, asombrado, mientras el monstruoso cuerpo me pasaba por encima. Exclamé una interjección admirativa. ¡Todavía no era capaz de creérmelo! Repetí la experiencia, ¡el monstruo parecía muy liviano! No tenía mayor explicación (y tampoco la deduje entonces) de suponer que su formidable osamenta ¡era hueca! Como la de los pájaros. Así, entusiasmado, arrastré la fiera muerta hasta la cueva.

Superé aquel puesto que parecía una atalaya, y vi los rollos de alambrada y concertina, reposando contra las paredes alisadas, y el que estaba desplegado, como una maraña de nubes oxidadas, con sus puntas enhiestas, alrededor de la entrada. Había otros muchos restos: alas de aviones, puertas de coches, capots, motores de todo tipo… ¡Una chatarrería! Ese olor a metal y aceite de los desguaces ofendió mi olfato. El interior era muy oscuro, y parecía aún más frío que la noche que iba embargándome. Las estrellas brillaban con mayor intensidad y extrañas fieras silbaban, rugían o reptaban en la planicie tapizada de suaves colinas.

Acopié valor y penetré con mi presa en la cueva.

 

Enseguida mis ojos se empezaron a adaptar al entorno. Retrospectivamente,  valoré la imagen simbólica que yo representaba: el hombre básico y primitivo, desnudo, regresaba a la cueva prehistórica, con un gran trozo de carne que aún debía ser tratada. Yo sólo perseguía las pistas de luz que danzaban ante mis ojos. ¡Era luz eléctrica! Durante mi cautiverio, entre los monstruos insectoides de múltiples extremidades, no vi más señal tecnológica que la de sus barrocas armas de fuego.

[—Entra de una puñetera vez —me indicó la voz, ásperamente.

—¡Puedo arrastrar este monstruo sin dificultad! —exclamé, alzándolo un poco—. ¡Pese a su tamaño! —Entre tanto, obedecí a la voz que no lograba ubicar.]

Cuando pasé unos metros de la entrada, cubierta de tierra suave y apisonada, el soldado apareció como emanado de la oscuridad, y lo vi trastear con algo en unos bultos junto a la entrada.

—¿Qué haces? —pues tendía cuerdas, casi invisibles, a una altura determinada.

—Minar la entrada. ¿No has visto las películas de Rambo?

—¿Quién?

—Un conocido. Esto va a ser interesante —añadió, entre dientes.

Se enderezó y, al pasar junto a mí, me indicó que le siguiera. Estaba bastante perplejo, la verdad, porque ¿este tío conocía a un actor? ¡Oh, si el cansancio y las penurias sufridas no me estragasen de este modo! Mi mente se tambaleaba y perdía su mordiente filo, y la rápida respuesta natural en la plenitud de mis facultades ahora ni se me ocurría. Me dejaba guiar, a empellones, buscando sólo reposo y cobijo, comida…

Fui tras él arrastrando el cadáver del leopardo, el cual barría el suelo de tierra roja, llena de óxido de hierro, tal como delataba el aro de luz blanca de su linterna.

—Minas la entrada para evitar que entren intrusos, ¿verdad? —Su sarcasmo hería:

—Muy agudo, tú. —¿Ven? ¡A esta estulticia me habían reducido las adversidades!

Penetramos en la cueva, intestino de sólida piedra por el cual nos deslizábamos, dando vueltas y revueltas que lograron desorientarme. Las paredes, curvadas, tenían minerales blancos incrustados. Un fugaz destello de la linterna me mostró también calaveras y huesos descomunales, formando mortero con la roca y la aprisionada tierra rojiza. Un vigoroso escalofrío reptó por mi columna vertebral.

—Deja eso ahí —él indicó un hueco espacioso y frío a un lado del túnel.

Apartándose de mí, fue cuando me percaté de que cojeaba. Pero se esforzaba en ocultarlo. Desembocamos a una caverna aún mayor, repleta de estanterías abarrotadas con libros de todo tipo y tamaño y objetos (que supe que se llamaban DVDs, CDs, láser—dics, cosas totalmente desconocidas para mí) y muchos muebles: sillones, sofás, pantallas de TV, cajas, cajones, arcones, camastros, máquinas recreativas de brillantes luces y una Wurlitzer. Una gran pantalla latía ante un sillón remendado con cinta gris, sintonizado en un canal muerto, que arrojaba pestañeos blanquecinos. El soldado dio la luz, conectando un conmutador general, y derramó una radiante claridad por la gran caverna, que ni era particularmente fría ni tampoco húmeda, mostrándome sus diversos perfiles y produciendo acusadas sombras. No lo vi en ese momento, pero descubriría un armero en impecables condiciones, tan a mano como la experiencia aconsejaba. Junto a herramientas y cosas verdaderamente esenciales, había más cachivaches y objetos inútiles y decorativos formando un anárquico revoltijo, dispersos por doquier. Sentí frío (y desazón por mi desnudez) y me estremecí visiblemente, contemplando aquella cúpula rocosa apuntalada con mástiles de acero brillante, de los cuales pendían focos halógenos cegadores. Me exponían con mayor intensidad: el pudor me acometió, y quise regresar a la oscuridad de la galería por la cual habíamos venido, al menos hasta conseguir ropa. Como si hubiera interpretado mis pensamientos:

—Cúbrete —él me arrojó una capa de color escarlata. Salió de un cofre de madera enorme, como el de los piratas, lleno de ropa de todo tipo. También había toallas de muchos tamaños y asperezas—. Allí hay botas. Sírvete.

El resto de mi indumentaria, quería decirme, me la debía apañar yo. En grandes cajas y otros arcones piratas, había ropa, calzado, correajes, joyas y doblones de oro. ¡Doblones de oro! Estaban desparramados por el suelo, descuidadamente, junto a joyas que, sin duda, eran de incalculable valor. Antes que cubrirme el culo, me temo que me lancé, obnubilado por la codicia, a palpar aquellas riquezas con mis manos. Una involuntaria exclamación huyó de mi garganta, mientras mis dedos aleteaban sobre aquellas monedas resplandecientes y los fríos prismas de las joyas, rubíes, esmeraldas, diamantes, ¡sartas kilométricas de perlas!

—¡Es un tesoro nacional! ¡Rescate de un rey! —expresé, dejando caer una cascada de monedas entre mis dedos, como intentando impregnar mi piel de su riqueza resplandeciente. ¡Cómo tintineaban! ¡Qué bella música!

—Te la cambio por un pozo de agua fresca en un desierto —y, al volverme en su dirección, me arrojó un pellejo lleno de agua.

De golpe, comprendí la vehemente verdad que me trasladaba, porque mi sed y hambre inundaron, por completo, mis prioridades. Allí, ante los quinientos millones de la begún, comprendí que no saciarían esas necesidades. Me harté de agua, fresca y revitalizante, y me parecí a una de esas pinturas de Frank Frazetta, donde una joven desnuda yace, como parte del botín, a los pies del salvaje bárbaro triunfante. Sólo que el salvaje triunfante era un tipo maduro, con canas, que se sentó en una butaca, frente a mí.

Acunaba, además, una recortada de dos cañones en su regazo.

Su hostilidad me impulsó a taparme y comportarme como se espera de un hombre, con dignidad y entereza, o sea, a ser yo. Usé la capa para cubrirme, como una gran toalla samoana. Retuve, no obstante, la bota llena de agua. De algún modo, hasta mi hambre remitió un tanto, aunque lanzaba gruñidos impacientes en mi vientre.

—Gracias por todo —reconocí—. Pero fue un detalle desagradable mantenerme tanto rato ahí afuera, encadenado —le espeté el reproche que me quemaba. No obstante, mi gratitud era sincera, en verdad. Crucé la distancia que nos separaba con la diestra extendida, llevándome el desagradable chasco de verla rechazada. Él se limitó a mirar el ademán amistoso y tratar de permanecer impasible.

—Te he ayudado porque acabé sintiendo curiosidad por conocer tu historia, nada más. Mañana, saldrás de mi vida. Yo no quiero tener nada que ver con vosotros. Haré honor a mi palabra y respetaré el trato que tengo con Doc. Si ese estúpido caqui de Buk Bunker no te hubiera traído, mi vida hubiera seguido siendo perfecta. —Aspereza, desagrado. No le importaba evidenciarlo con lesivo descaro. El arma acunada le daba, además, contundencia—. ¿Cómo te llamas?

—Alex Ra…

—¿Alex o Alejandro? —me cortó, con suspicaz acento.

—Alejandro —admití, sobre todo molesto por su desprecio a mi gesto amistoso. Precisé—: Pero prefiero que me llamen Alex. —A él le daba igual—. ¿Y tú, cómo te llamas?

—Max.

Mentía, comprendí con diáfana certeza.

Pero no me pareció ni oportuno, ni aún menos prudente, hacerlo notar. Retrocedí buscando asiento. Lo hallé en otro sillón, polvoriento, casi enfrente a Max.

—¿Dónde estamos? ¿Qué planeta es este? Porque… es otro planeta, ¿VERDAD?

—Lo es. Yo lo llamo Marsoon. —Examinó con más cuidado mis rasgos, buscando familiaridad, llegaría yo a saber. Pero tomé su exigente escrutinio por otra cosa; me incomodó, tornándome suspicaz. Ese tío, ¿era maricón o qué?— En tu Tierra, ¿rezáis a Jesús o al Hombre Jesús?

¿En mi Tierra? ¿El Hombre Jesús? ¿Qué coño significa eso?

—¡Contesta!

—¡Por Jesús, pero yo soy ateo! ¿Qué extravagancia sectaria es esa? ¡El Hombre Jesús! —repetí, y plasmé en mi semblante un rictus apropiado.

—¿Tú qué has hecho?

—¿A qué te refieres?

—Proezas. —Max tendía a ser así de irritantemente lacónico.

—¿Proezas? ¡Yo soy un atleta olímpico que actuará en una teleserie! —Se me ocurrió de golpe: Oye, ¿estará loco este tío? ¡Lo que me faltaba! ¡Otro mundo, nativos sádicos, monstruos caníbales, un loco! Elevé mis prevenciones.

—Flash Gordon era jugador de polo y derrocó al tirano limón de Mongo, Ming. —Eso era un galimatías para mí y así lo revelaron mis rasgos—. Conque atleta, ¿eh? Actor en ciernes, ¿eh?

—¿Hay algo malo en eso? —No, no se lo parecía—. Pero ¿por qué coño me miras con esa insistencia? —me encrespé, violentado—. ¿Eres marica o qué, joder?

—¡No, coño! Pero empiezo a sospechar qué ha pasado aquí. Oí tu discurso de antes. Eres todo un semental, ¿no? —Honrosamente, lo admití. Barrenó—: ¿…gigoló?

—Bueno… Si tras complacer a las damas… ellas luego se muestran generosas…

Max emitió un cloqueo sumamente desagradable tras oír mi política respuesta.

—La han cagado contigo. Marsoon no es tu destino. Tú debías ir a otro lugar.

Sus palabras tallaron, en los vivos rasgos de mi semblante, una grave inquietud.

—¿A qué te refieres? ¿Qué quieres decir con eso? ¿He sido secuestrado? ¿Con qué objeto? ¿Por quién? ¿Por esos seres espantosos? —La alarma estriaba mi voz.

—Este lugar recoge a las viejas y olvidadas glorias —refirió él mordaz—. Marsoon es como una metarrealidad donde venimos a morir. ¿Tuviste algún ídolo de niño? —Admití que sí, con reluctancia, porque sus palabras afianzaban mi opinión de que estaba rematadamente LOCO—. Pues quizás ande por ahí, o tal vez este puto planeta se lo cargó ya. Este mundo tiene suficientes amenazas como para terminar con todos nosotros. —Max trazó un gesto—. Yo lo entiendo así: cuando un héroe deja de ser popular, termina aquí. Las leyendas no pueden morir, pero sí desvanecerse hasta el olvido. ¡Así lo ha decretado la Balanza Cósmica! —y se rió de su extraña broma privada—. Seguramente, en tu Tierra yo soy un personaje de ficción. En WasteWorld, mi Tierra, lo eres tú, quizás.

—¿Qué estás contándome? ¡Yo no soy ficción, sino una PERSONA! —rechacé con rápida indignación—. ¿Metarrealidades? ¿En “mi” Tierra? ¿En “tu” Tierra? ¿Estás soltándome todo ese rollo de los mundos alternativos y demás estúpidas fantasías para obcecar a los tontos y a los niños? ¿Es que estás loco?

“¡Puede haber una explicación aún más sencilla! ¡Puede ser que quizás esté soñando todo esto! ¡O que recibí un pelotazo en la cancha de tenis y estoy en coma!

Pista de tenis —me enmendó; odioso ODIOSO. ¿Qué sabría él? ¡Yo era el atleta!— Y el coma no genera sueños. —Señaló mi pecho—: Esos rasguños escuecen, ¿eh?

Sí, en efecto, escocían y pese a su aparatosidad, sólo precisaron leves curas. Asumí, con gran reluctancia, que ya había sufrido excesivos elementos de peso para seguir aferrándome a esa idea. Decidí descartarla, y si me resistía a hacerlo era por la calidad de esperanza que tenían, de que despertaría en mi amado modo de vida. Plasmé en mi faz, barrenada por la convicción que me había empeñado en negar, que me desprendía de un lastre que todavía me hacía exclamar, irreductible:

—¿Comprendes que cuanto dices carece de sentido? ¡Es absurdo, increíble!

—Sí. Pero es lo que hay —decretó Max inexorablemente. Bufé, amargo:

—¿Esta mierda? Bueno, y según tú, ¿a dónde me correspondía ir a parar?

—Quizás a un harén en una realidad alternativa, como un objeto de placer sexual femenino manoseado por una exigente dominatrix. Pero ¡has acabado en Marsoon! ¡Hostia, tío! ¡Doc lo flipará contigo! ¡El Filtro la ha cagado!

 Lo admito: su oscura complacencia me provocó pavor, escalofríos.

—¿El… Filtro? —acusé interés.

[Cosas brumosas y abrumadoras iban aglutinándose en mi interior. Todo se me olvidó, y el hambre difirió a miedo, a atención, a capturar, desesperado, incoherencias y contradicciones que arrojar a aquella cara ruda, marcada.]

—O la membrana. O la niebla. O la puerta. Da igual. Es como lo del Triángulo de las Bermudas, ¿me copias? —Se enmendó—: ¿Me entiendes? ¿Sabes a qué me refiero? —Asentí, hosco—. Dime: en tu Tierra, ¿ya ha pasado la Guerra de las Dunas?

Pensé, asociando, que se refería a lo de Irak. Así lo expuse. Él replicó:

—No, eso fue antes. La Guerra de las Dunas es posterior. Generalmente, todas las Tierras tienen una Historia muy parecida. Al menos, en una cantidad de cosas. Puede ser que yo proceda de tu futuro… —lo valoró tornándose pensativo—, o no.

—Espera un momento, por favor —alcé la mano derecha, mostrándole la palma, mareado—. Dijiste que yo puedo ser ficción en tu Tierra. Ahora que puedes ser de mi futuro. Exactamente, ¿qué quieres decir?

Renunció a ponerme un ejemplo práctico y llano; dejó el arma a un lado.

—Olvídalo. Vamos a comer algo. Y así, mientras tanto, me cuentas tu historia.

En realidad, más que contar algo, yo quería tener tiempo (de sobra) para asimilar cuanta locura estaba escuchando, de ser eso posible. Por ese motivo, inquirí:

—Entonces, si lo he entendido bien… Buffalo Bill, por ejemplo, ¿ronda por ahí?

—O se lo apiolaron ya. Nunca me he cruzado con él. Pero has pillado la idea.

—Todo esto es absurdo, ¡increíble!

—Llevo años diciéndomelo. —Estaba ante un gran frigorífico de puertas grises, aceradas, examinando las surtidas bandejas. Mi hambre rugió, imperiosa. Indecorosa.

—¿Años? ¿Cuántos llevas aquí? —la posible respuesta me produjo ya escalofríos.

—Unos pocos. Aunque Marsoon tiene una ventaja: no tengo que ver a mis “semejantes”. Aquí se ha cumplido mi deseo: estoy solo y soy autosuficiente.

Mi horripilada mirada le pareció buen motivo para cloquear con sorna. ¡Yo no podía concebir cómo alguien podía querer estar SOLO! Y, sobre todo, en un lugar tan hostil como… ¿Marsoon, había dicho? En ese momento, me sentí demasiado cansado para seguir indagando al respecto; ya habría tiempo, más adelante…

Por lo tanto, mientras él hurgaba en las bandejas, me preocupé más de elegir calzado (unas sandalias de aspecto tan recio como cómodo, descubrí) y quedé traído por la amorfa pila de correajes, de ésos fascinadoramente labrados, que se amontonaban en un rincón, con adornos de un damasquinado fantástico, junto a sables, estoques y cuchillos de toda índole. Esgrima: di algunas clases de esa disciplina olímpica, y mis tutores me consideraban capacitado, bien dotado, para desenvolverme con éxito en su ejercicio. No obstante, otros aspectos más lucrativos del deporte, llamaban mi atención.

Accidentalmente, ese éxito me proporcionaba las mujeres que a mí tanto me interesaba conocer. Evocando mi talento como espadachín, hurgué entre aquellas armas blancas de puño tan artísticamente labrado y acero tan centelleante. Sus vainas eran de un cuero con una textura como de madera, de un vistoso tinte, o lacado, negro. Había algo de fabuloso en hacer silbar y danzar aquella hoja. Revivió mi infancia y los duelos a espada de la última película de piratas vista. ¡Sí! ¡Ajá!

—Eh, Errol, la cena.

—¿Errol? —Dejé la espada junto a un arcón y recibí un buen lanzamiento de una lata gris. Indagué sobre el contenido de la lata sin etiqueta. Durante un momento, pese a la salivación que me producía el hambre, identificando la comida entre mis manos, mostré reticencias en abrir una lata sin identificar.

—ErrolFlynn, joder; Robin Hood. —Max abrió su lata.

Lo que fuera que contenía excitó aún más mi apetito. Me atreví a abrir la mía. Del interior emanó un olor apetitoso, incitante. ¡Fantástico! Tras tanto tiempo, ¡comida!

—¿Qué es? —examiné los trozos de carne, como albóndigas cortadas por la mitad, y los trozos de vegetales—. ¿Carne? ¿Qué es esto?

—Nutritivo. ¿O eres uno de esas mariconas vegetarianas? —Ocupó el asiento, que parecía su favorito—. ¡Veganos! ¡Los odio! ¡Hitler lo era! En WasteWorld, de donde yo vengo, nos comíamos los cadáveres. Así de mal estaba la cosa. —Me puso enfermo de golpe—. Así que no te pongas melindroso. Marsoon no tiene mucho que ofrecer al respecto. Sólo el diez por ciento de su comida podemos metabolizarla, los seres humanos. No te permite ni variar mucho el menú.

—Soy atleta; debo cuidar mi dieta.

—Tú mismo.

         Él empezó a comer, usando un gran tenedor, espiando mis escrúpulos.

Acabé cediendo y me comí aquello, curiosamente insípido. Mas él tenía razón en algo: mi hambre no me permitía ser melindroso. Para beber, sólo había agua fresca.

 No importaba. ¡Nunca antes el agua fresca me pareció más saludable!

—Este sitio, con todas estas cosas —indiqué los estantes, los múltiples y extraños objetos (para mí) que yacían desparramados por doquier—, parece un desguace.

Él echó un vistazo a toda aquella chatarra. Explicó, enigmáticamente:

—Es lo que arroja el oleaje, cada mañana.

—¿El oleaje? ¿El mar llega hasta aquí?

—Es un símil. Aparecen, sin más. Las cosas, digo. Como nosotros. Ya lo verás.

—¿Cómo que parecen, sin más? —decidí abundar, ávido de conocimiento.

—¿Has visto esa llanura de ahí afuera? —¡Y tanto! ¡La había cruzado de un modo rudísimo!— Una mañana, te asomas y ves que algo nuevo ha aparecido: chatarra, coches, esos extraños monolitos negros, otras ruinas. Como la resaca del mar, arrojando escombros tras un naufragio. No es tan difícil de entender, creo yo.

“Eso tiene trinando a todos estos bastardos nativos, los caquis, los cobres y los grises, supongo. Es extraño saber algo de ellos. Fíjate tú: de pronto, ¡algo nuevo ensucia su mierda de planicie! Sucede justo antes del amanecer, cuando del musgo emana la bruma. Una niebla baja que se evapora con el primer rayo de Sol. Ocurre por todo Marsoon. Aunque parece que, con mayor intensidad, lo hace aquí —hizo un gesto con el tenedor indicando el exterior salvaje que la cueva contenía, el afuera poblado amenazadoramente—. Por eso te digo que esto parece el vertedero de dioses y escritores.

Al mencionar la bruma, suscitó en mi interior el recuerdo de cómo aparecí aquí. Sí, con la niebla. Eso fue. Así. Me torné caviloso sin querer.

—Cuéntame tu historia. —Su voz me extrajo de mis reflexiones. Accedí, sí.

 

 

III

EL ATLETA

 

         Sobre el tránsito a Marsoon, no puedo dar ningún detalle (fue el modo como empecé a hablar). Pero sí abundante referencia de los sucesos previos y posteriores. También puedo hablar de mí, de mi vida como atleta con aspiraciones a campeón olímpico, tratando de labrarme una reputación en cualquiera de las disciplinas que practicaba. Carreras de obstáculos, al principio, y luego deportes asociados. Todo ese ejercicio intensivo empezó a esculpir mi cuerpo, otorgándome el físico de los triunfadores; la genética es el destino. Tampoco descuidé mi educación, para no ser alguna especie de mero sex symbol florero, aunque me advirtieron que, en los círculos por los cuales yo pretendía moverme, no convenía pasarse de listo. Quizás incluso parecer tonto y superficial; sobre todo, triunfador superficial.

         Conquisté algunos méritos deportivos y, durante algún tiempo, opté a una plaza para una disciplina olímpica. Me temo (veo ahora, con perspectiva) que libé en demasiadas flores, sin llegar  a concretar ningún éxito. En todas partes me presentaban como “aspirante a…”. Me convertí en profesional de eso: “aspirante a…”, aunque poseyera talento para aquello a lo que era aspirante. Intenté el fútbol, pero mis rutinas “superficiales” (las nenas calientes y alguna ralla de coca esnifada) no casaban con la disciplina que exigía el míster. Oh, eso no significa que yo fuese el más corrupto de los aspirantes. Todos conocemos nombres de atletas asociados a las juergas y las drogas. Era madrugar, especialmente, lo que me molestaba. El sexo recién despertado se había convertido en otra de mis rutinas irrenunciables.

         Así que, gradualmente, empecé a caer en una espiral en la cual yo no había advertido que estaba. Aún luchaba por destacarme como profesional de competición, pero la vida de la noche me seducía todavía más. ¡Qué tías! ¡Tórridas todas! ¡Leonas del sexo que yo complacía incansablemente!

—Te convertiste en gigoló —Max lo enunció neutramente.

Así fue (confirmé). Tenía atractivo, labia, físico. Sabía moverme, relacionarme, estar donde debía y con quien debía en la foto oportuna. Quizás era el momento de empezar a pensar en cazar a alguna aún atractiva viuda o divorciada pastosísima y asegurar mi futuro, un tanto al albur, teniendo en cuenta mis talentos. Otra cosa, enorme, a mi favor, era mi titulación académica…

—¿Estás licenciado? —me interrumpió Max, bosquejando enojosa incredulidad.

—En Educación Física.

—Buena carrera —observó, socarrón.

—¿Y tú? —me revolví—. ¿Cuentas con estudios?

—La verdad es que nunca seré una amenaza para el cáncer —admitió.

E hizo un gesto pidiéndome que continuara mi relato.

Para entonces, el frío había aumentado sensiblemente en la gruta y me rebujé en la capa. Pensé un instante dónde había dejado mi historia, y un billón de brillantes instantáneas latieron ante mis ojos. Paulatinamente, mis éxitos en las pistas de competición iban quedando atrás, como tardes de domingo de la infancia matizadas por el atardecer, para reemplazarlos por otros momentos de noches y galas y fiestas con gente guapa, banales y superficiales, pero incrustados en un importante engranaje de la sociedad. Dejarse ver con ellos constituía una medio garantía de cierto éxito. Pero ¿qué clase de éxito?

En esta oscura gruta, rodeado de restos de mil civilizaciones, arrojadas al estático mar de musgo, empecé a darme cuenta del tipo de futuro que me iba aguardando en aquel mundo perdido. Había empezado a orientar mi vida hacia un futuro estable, obtenido con la fortuna de una mujer madura, aunque aún indiscutiblemente atractiva, para la cual yo no era más que un vistoso juguete con cariz y atractivo, con algunos galardones deportivos bajo el brazo, que me daban un vago relumbrón, transformándome en un casi indispensable de según qué saraos y la prensa rosa. Si yo no estaba allí, o la fiesta no merecía interés o significaba que mi estrella, declinaba.

Declinaba.

A mi estima aquello le afectaba, y me obcequé en seguir apareciendo en los reportajes del corazón de TV o una esquina, aunque fuera insignificante, de alguna revista rosa. Así me procuraba un caudal de mujeres que llenaba de gozo por las noches. Ya he dicho que no aceptaba su dinero, ¡jamás!, aunque si querían mostrarse generosas con sus regalos, relojes, trajes, joyas masculinas… eso no era lo mismo, ¿verdad?

—Ataja —se impacientó Max—. Acabas aquí. ¿Cómo?

No pude proseguir porque algo atrajo mi atención.

—Oigo ruidos ahí afuera —con leve alarma en mi voz.

En efecto: vagos rumores y broncos sonidos. Pelea.

—¡Carroñeros! ¡Olvídalos! Hay casi cincuenta metros de minas entre nosotros y la entrada. —Una malvada expresión feliz alumbró sus rasgos—. No quedará mucho de cualquier intruso que pretenda entrar aquí. Y sabremos darle recibimiento.

Ejecuté un gesto afirmativo con la cabeza.

[Mi convicción no era tan intensa, por dentro. Comprendedme: no soy en absoluto cobarde. Cumplo tan bien en la cama como en una pelea. Pero si se puede evitar, mejor todavía, ¿verdad? Puede derivar a consecuencias extremadamente desagradables.]

Hizo el gesto impaciente, con la mano mutilada, circular, invitándome a proseguir mi relato otra vez. Proseguí, sombrío:

—Aquí. Sí. Cómo llegué aquí.

 

La fiesta había empezado un día, o dos, antes. Cuando digo “fiesta” no me refiero a la gala por alguna buena causa: el cáncer, las ballenas o una pijotada bien vista, capaz de tocar la fibra sensible y que sirve también como lujoso pase de modelos cara a la prensa del corazón, donde hay que lucir palmito. Como en las manifestaciones. Me refiero a la fiesta privada que surge de la gala que tú te montas, la que te relaciona realmente y te permite conseguir lo que buscas.

Previamente, está el espectáculo ante las cámaras. Encuentras, de guardia, hileras de fotógrafos y cámaras de los programas del corazón. Pisas la alfombra roja abriéndote paso por entre una empalizada erizada de micrófonos o preguntas idiotas, o maliciosas; hiendes esas jabalinas en medio de un tiroteo cegador de flashes, bombardeado por la luz repentina y las tonterías, contestando o haciendo comentarios en respuesta, o ignorando la mayoría con el semblante petrificado con una sonrisa mecánica. Dentro de ti late la pregunta cuestionándose la inteligencia del que hace la perversa demanda, una “periodista”, generalmente, que si tanto ama la verdad que pretende transmitir la prensa, más bien haría su trabajo como corresponsal de guerra, o denunciando una dictadura, o alguna atrocidad ecológica. Pero está allí, jodiéndote so pretexto de ejercer un llamado “derecho a informar” sobre cómo se pavonea una gente esencialmente hueca, aunque con poder, y lo más importante: influencia.

Tampoco uno anda ya fino. No te cuestionas nada, ni tu aptitud, ni la coherencia del acto, o la inteligencia de quienes te rodean. Comprendes que lo único que cuenta es estar en la foto. Allí. O en las manifestaciones NO A LA GUERRA. No porque la consideres inmoral, o reprobable, digna de reproche. Vas porque DEBES ESTAR, que te vean bien hacer el hipócrita, imitando a los hipócritas máximos (ya sabes, actores “comprometidos” e “intelectuales” aún más comprometidos, demagógicos) para que te reconozcan como un miembro de su especie…

—¡Putos neorrojos! —intercaló Max con brusco, sordo rencor.

…te vean bien y relacionado. Suponen puertas y coños que se te abren, ¿entiendes? Y si te van los tíos, ojetes más dilatados. Llegué a descubrir que ésos obran más “milagros” que los conseguidos por los chuminos. Pero no pasaría por ese aro. No.

Inevitablemente, o tú, o tu acompañante (en mi caso, Silvia Peña, actriz en proyección, la que me animaba a seguir su estela por los platós; quizás poco pecho, pero hacía unas mamadas de escándalo), hace el comentario, o da la respuesta, que supone la comidilla de los periodistuchos allí reunidos. A veces, es un campeonato de haber quién dice la mayor nadería.

Haces la entrada en el gran salón ocupado por veladores levemente iluminados con lamparitas centrales. Su claridad es intensa sólo allí; el resto es una mancha grisácea de escotes y rasgos vagos faciales y ojos brillantes, con chispitas de luz, algo diabólico, según el sujeto que las refleje.

Hay un segundo desfile, saludando a toda aquella gente. Detestas su vacuidad, su vesania, su hipocresía. La riqueza les permite ser así, o el favor popular, o hasta los mismos que te rodean, lo aprueban y lo esperan de ti. Hay momentos en que quisieras romperle la cara a alguien. Arruinarías tu proyección social, ¡pero qué a gusto te quedarías! Debes contestar con una zalamera sonrisa banal.

Ocupas tu velador, criticado y criticando, y quizás tu acompañante ya empieza a expresar incomodidad o a planear el futuro. Vigila tus miradas. Emergen los celos o se muestra indiferente ante tus conquistas pasadas. Quizás haya ocasión para un rápido intercambio de fluidos en los baños o algún lugar discreto, como donde se cortan las rayas de coca con frenesí, y las aspiras a velocidad supersónica, igual como has folla…

—¡Tanta poesía! ¡Abrevia!

La gala se convierte en un conglomerado de grupos que, a muy alta hora de la noche, componen la fiesta, que se hace en la casa, o la mansión, de según quién. O te unes o formas parte de uno de esos grupos. Silvia orientaba sus pasos, y los míos, mostrando su interés por un productor que casi podría ser su padre.

En el coche, persiguiendo las luces rojas del que te guía, Silvia me dijo:

—Sabes cómo debes comportarte, ¿no, Alex? ¡Piensa que esto fomentará nuestras carreras! —Creo que quizás así intentaba sofocar cualquier clase de celos que yo pudiera exhibir. Cloqueé frívolamente:

—Descuida, tengo experiencia.

Para entonarnos, ella deslizó su mano por mi entrepierna. Me provocó cierta dureza y emitió una pícara risita.

En aquella casa, llena de incómodos muebles de diseño sueco y extraños cuadros de parches y rayones que, según el autor, representaban frutales y mujeres (y, sublimemente encocado y borracho, fijo que los verías; distinguirías hasta OVNIs), descorchamos mucho champán y olfateamos más espejos con polvo blanco; tomaron pastillas (las evito; no me gustan), y las parejas se disolvieron fundiéndose en nuevas alianzas. Silvia desapareció, seguida o siguiendo al productor. Por mi parte, consolidé mis otras opciones de futuro consolando a una estupenda señora de cuarenta y tantos años de edad, amiga de algunos gustos un tanto exóticos. Me interesé:

—¿Y tu marido? —desgarrando nuestra ropa con pasión salvaje, urgente.

 [Bueno: “desgarrar” quizás sea un tanto exagerado.]

—Encontró un joven bien dotado para pasar la noche —expresó sin complejos—. No te preocupes, ninguno de los dos es celoso. ¿O quieres que él también participe?

Negué. Y nos encargamos, el uno del otro, de satisfacernos mutuamente.

Puedo honrarme de haber sabido complacer a tan exigente…

—¡Al grano!

Follamos. Dormimos. Me despertó besándome eróticamente en la zona muy sensible, estimulándome. Ya quería más de todo lo bueno que yo había sabido darle. ¿No te interesa saber en qué consistían sus… gustos exóticos?

—No soy morboso. Y no hay nada nuevo bajo el sol que pueda impresionarme. —Y, de nuevo, ese gesto con la mano mutilada—. Y apareces ya en Marsoon, ¿vale?

Tras quedar, de nuevo, complacida y saciada, me hizo algunas promesas laborales, un empleo que me permitía satisfacerla sexualmente tan frecuentemente como a ella se le antojara. La teleserie estaba bien, pero no me daba seguridad, me dijo. Me parecía estupendo, porque aquella mujer estaba excelentemente relacionada y, ¿por qué no decirlo?, me permitiría acceder a las húmedas vulvas de otras mujeres, igual de bien situadas en lo económico y lo social, que facilitarían mi futuro. Verme asociada con ella era como pasear una muy cotizada mascota, que excitaría celosas pasiones.

Fumaba tras follar. Era dominante y enérgica, pero también suave y complaciente. Yo supe presionar sus adecuados resortes. Mis dedos recorrían su anatomía, repasándolos. De vez en cuando, la estremecía una leve vibración. Sostuvimos abundante charla de almohada:

—Esa flaca con la que has venido, ¿significa algo para ti?

—Nada en absoluto.

—¡Estupendo! —quedó encantada—. Porque me he encaprichado de ti. —Me dio una palmada en la mano—. Ya basta, a dormir. —Y, a continuación, una muestra de ternura, un beso—. Hasta mañana, cariño mío.

Dormimos. Pasaba el mediodía cuando despertamos. Ella me miró, me sonrió besándome con afecto y luego me palmeó el culo. Dolor y ternura, y a la inversa: ese era su estilo. Se duchó y se esfumó casi antes de que la bruma del sueño terminase de abandonarme.

Estuve mirando el techo largo tiempo, pensando. Mi vida podía haber empezado a dar un giro positivo, que consolidase mi futuro. Todo se lo debía a mi físico y mi labia. Había conseguido más cosas así que esforzándome en agotadores partidos y entrenamientos. Vestía bien, lucía joyas masculinas de gran valor y marca, todos los chochos que quisiera, y no de mala follada, por cierto…

—¡Y algún pobre cabrón rompiéndose los cuernos, mientras tanto, tratando de curar el cáncer! —cloqueó perversamente Max—. Sigue, anda.

Silvia me encontró, pensativo, entre las sábanas. Apenas la cubría un diminuto biquini y una pamela de color claro. Sonreía pícaramente.

—Creo que ambos hemos hecho progresos, ¿verdad?

—¿Has conseguido tu película?

—¡Por supuesto! —La sonrisa se ensanchó todavía más.

—¡El mundo del cine según James Ellroy! —observó Max, obligándome a preguntarle quién era el tal—. Nadie. Tú sigue.

—Vamos a la cala. Un rato de sol y playa. Vienes, ¿no, Alex?

Por supuesto. Oportunidad de lucir palmito a pleno día. Silvia hizo algunos comentarios más, y me dejó. La casa estaba construida sobre un acantilado de caliza, rodeado de exuberante vegetación y altos árboles que arrojaban abundante y fresca sombra. Debajo, en una pequeña y recogida cala, un puñado de los más excelentes ejemplos de la caridad y la jet set dormitaba, bromeaba o barrenaba, con crueles críticas, a personas a las que, cuando coincidía en fiestas o galas, prometían un riñón si les hacía falta. Y, naturalmente, follaban más o menos de forma discreta.

Allí fui a lucirme y demostré mis excelentes condiciones de atleta.

Ahora, en perspectiva, me doy cuenta de que fueron los únicos minutos de aquellos días en que me sentí auténtico. Pleno. Porque era mi legítimo esfuerzo el que se expresaba, mostrando a aquella volátil población de las revistas couché qué significaba obtener algo con un honesto trabajo.

Naturalmente, su grado de “depravación” los había inmunizado del todo ante este tipo de cosas, y no se sentían molestos por demostraciones de talento legítimo. Tenían dinero; por lo tanto, no necesitaban de nada más.

Recuerdo que, bajo el sol, ante aquellas gentes, me sentí, por un momento, como expuesto en subasta, mientras, con deliberada intención, me secaba mis desarrollados músculos, tratando de concitar una concreta reacción.

—Excelente elección, querida —observó el marido, con una sonrisa que inducía a partirle la cara. Pero, en justicia, ¿dijo algo que no era?

—Siempre he tenido buen ojo, ¿no? —replicó ella—. También tú has acertado.

Se refería al efebo pimpollo que le servía a él el champán. No fue tan descarada como para llamarme en plan mascota, a sentarme a su lado, pero adiviné, debajo de sus gafas Carrera, su mirada indicándome que lo hiciera. Silvia estaba fomentando aún más su estrellato, a pocas tumbonas de distancia, y no parecía nada pudorosa o avergonzada con el método, oral, que empleaba para hacerlo ante nosotros.

Bajo el sol: charla, crítica, hipocresía. Planes. Me sentía hueco; replicaba aquella charla insustancial, evitando criticar a nadie. Ejercicio de intensa hipocresía. Contenté a todo el mundo. Quizás sea esa mi gran habilidad: complacer educadamente.

Vino el almuerzo: liviano y equilibrado. Cuidaba la estampa de aquella gente ante una prensa tan cruel como veleidosa. Aceptamos una siesta, pues planeamos una noche que había que vivirla con gran, alta intensidad. Éramos unos vampiros del glamour, aunque aquella velada no habría gala, ni fiesta, ni invitaciones entre los criticados. Recuerdo la materia central del almuerzo: ecología. Les daba igual la selva. Lo importante era figurar, fingir interés, verte en la onda.

—¡Cuanto más cambian las cosas, más siguen iguales! —exclamó Max—. En mi tiempo, los antiCambioCli, los del calentón global y contra el CO2, se manifestaban igual. Luego pillaban sus contaminantes jets privados. Se justificaban alegando que “no eran perfectos”. ¡Menudo ejemplo daban! Hipócritas. El Hombre Jesús y yo tenemos eso en común: los odiamos.

Decidimos, por tanto, surcar un poco el mar de noche en el yate del dueño de la casa (un zorro de pelo plateado interesado también en Silvia, que podía ayudarla a apuntalar su carrera cinematográfica; ella no le hizo ascos). Tenía algo de exótico y excitante hacer un viaje marino (follar en el mar, vaya), y al atardecer, ya surcábamos las olas. Dejamos atrás el pequeño puerto privado, y la costa, salpicada de vegetación, sus rocas blancas teñidas del dorado del Sol poniente, entre las cuales destacaba la casa lujosa. El suave balanceo del yate nos fue alejando de todo eso.

Aquel zorro plateado era (a mi juicio) un buen patrón marinero y guió, expertamente, el yate, una buena pieza, cuidada, surtida y lustrosa, con unas velas blancas que aprovechaban el viento, impulsándonos más deprisa, hendiendo las olas como un cuchillo. Éstas nos escupían su fría espuma, encolerizadas. Reíamos, festejábamos. Champán en las copas, preciosa compañía femenina, ingeniosos comentarios masculinos, la noche esparciendo estrellas de un brillo intenso, aunque primero gozamos de un ocaso tan impresionante como bello…

—¡Y dale con la poesía! —tronó Max, exasperado—. ¡Al hecho, cojones!

¡Está bien! Cenamos en cubierta (marisco), regado con vino blanco y frases de doble intención y lenguaje más gradualmente soez, el borde de los adultos que ya han intimado demasiado bien. A estas alturas, no creo que me quedasen demasiados vestigios de pudor, vergüenza, o aún dignidad. El lujo exige ese precio, ¿comprendes? El marisco es afrodisíaco, ¿no?, así que decidimos dar salida a las reacciones que estaba produciendo en nuestros organismos.

—Orgía, en cubierta o los camarotes, ¿eh? —intuyó Max.

Aún teníamos ese punto de discreción y nos repartimos entre los camarotes. Por un momento, mi pareja me hizo sentir una presa codiciada y finalmente cazada. Pero el lujo que me prometía exigía la completa renuncia de mi orgullo y que ofreciese todo mi talento, y lo hiciese con agrado. Admito mi suerte: la receptora de mi esfuerzo tanto lo merecía como lo agradecía. Pero estaba esa bipolaridad de su conducta, dómina y amante adorable. La primera se manifestó al declarar:

—Tengo sed —al final, exigente—. Sírveme champán. ¡Rápido!

—No hay. —Busqué por el tórrido camarote lujosamente provisto. Recuerdo las relucientes caobas y los plateados adornos. El olor impregnando la alargada estancia.

—Búscalo en cubierta. Allí quedaron botellas —ordenó, buscando sus PallMall.

—Claro, sí. Voy enseguida. —Esta faceta suya lograba intimidarme de verdad.

Aparecí en cubierta desnudo, sin sentido alguno del pudor, que allí era innecesario, buscando entre las cubiteras alguna botella de champán olvidada. No bebíamos más que cotizadas marcas y buenas añadas. Eso es lo que tiene follarse (o dejarse joder) por ese tipo de ricos. Mi piel se mostró sensible al tenue mordisco de la brisa que barría la cubierta, iluminada por un farol blanco y un piloto rojo, cabeceando en lo alto del mástil. Habíamos ¿fondeado?, bueno, echado el ancla, y el yate se mecía suavemente en una oscuridad perfecta, matizada por el destello de las estrellas, más relucientes debido a que no había luna. Todas las constelaciones del Universo refulgían sobre mi cabeza, parpadeando. ¡Había olvidado esas noches! Hundido en el vértigo de la alta sociedad, sus fiestas y galas, las únicas supernovas que veía pertenecían a los flashes de las cámaras y los focos solares de los equipos de vídeo. El rumor del oleaje rompiendo en el casco suavizaba el de los jadeos, el del ritmo del amor, emanando de debajo de cubierta.

Eso me recordó la petición que debía complacer.

Rebusqué en pos de una botella de champán. Nada en popa; me volví a proa, donde, durante el atardecer, habíamos estado arracimados contemplando cómo el Sol desaparecía bajo el mar. Allí ya bebimos algo.

El yate se balanceó. Lancé una exclamación automática de sorpresa buscando dónde asirme. Algo gélido, un veloz escalofrío, me transitó por completo. De pronto, el yate cabeceó mucho más pronunciadamente (como embestido por una enorme, impetuosa ola) arrojándome por la borda, sin poder evitarlo. Todo mi organismo, galvanizado por el sobresalto, parecía paralizado, en especial mi corazón. Mi cerebro parecía un trozo de corcho, con regiones aún sensibles que trataban de hacerme gritar. El impacto del agua fue tan feroz como frío, envolvente. Creí que el corazón, un momento antes rígido, pétreo, iba a estallarme dentro del pecho.

© 2011 Antonio Santos. Reproducido con la autorización del Grupo AJEC.

 

Grupo AJEC

Título: Las Graves Planicies / Los Postépicos 1
Autor:  Antonio Santos
Portada: CalderonStudio
Precio: 16,95 €
Tamaño: 23x16 Cm
Páginas: 288
Isbn: 978-84-96013-50-6
Colección: Arrakis Ficción

Texto contraportada:

LAS GRAVES PLANICIES de Antonio SantosAlex, atleta, narcisista, incansable seductor, aspirante a estrella y frecuentador de la alta sociedad despierta un día en Marsoon, un extraño planeta donde conviven el peligro y lo extraordinario.

Acosado por los feroces nativos, consigue escapar gracias a Max, un avinagrado misántropo. Gracias a él descubre que Marsoon es un cementerio de viejas glorias de la ficción, un planeta dónde recalan cuando decae su reputación. Pero estos personajes, ficticios para Alex, son personas reales en sus fantasías de procedencia, y llevan años intentando comprender por qué son abandonados en Marsoon, y cómo escapar del planeta.

En compañía de personajes que Alex creía que eran meras fantasías en su mundo de procedencia, se enfrentará a los aborígenes del planeta en una guerra desencadenada por la princesa Idris Coriolis, epatante belleza nativa, consecuencia de un devastador complot creado por el más reciente exiliado al planeta: John Forson.

Las graves planicies, planteada originalmente como sátira de algunos de los recursos narrativos del space-opera, se fue transformando conforme avanzaban en un sincero reconocimiento al pulp. Novela llena de ironía, humor, acción, no está exenta de crítica social y observaciones sobre el racismo.

Aunque autoconclusiva, es la primera de una saga de cinco novelas, cada título más ambicioso que el anterior, y perfecto ejemplo del concepto del “Prisma Universo” que el autor, Antonio Santos, ha urdido a lo largo de los años para dar mayor coherencia al conjunto de las “historias de la frontera”.

Las Graves Planicies fue finalista en el premio Minotauro 2009.