CRONICAS DE LA TIERRA Y DEL ESPACIO, D. SANTOS Imprimir E-mail
Escrito por Domingo Santos   
Lunes, 14 de Marzo de 2011 00:00

Crónicas de la Tierra y el Espacio de Domingo SantosGlifo el Historiador ha estado siempre obsesionado con el mar.

 

 

 

 

 

CRÓNICAS  DE LA TIERRA Y EL ESPACIO

50 años de ciencia ficción

Domingo Santos

Anticipo Espiral Ciencia Ficción, nº 48


Crónicas de la Tierra y el Espacio de Domingo Santos

 

 

A MODO DE INTRODUCCIÓN

Llega un momento en la vida en el que uno echa la vista atrás y se sorprende del camino que ha recorrido. Publiqué mi primera novela en 1959, hace ahora la friolera de más de 50 años, y no, no era de ciencia ficción: era un western. Pero me reorienté rápidamente, y tras un período de aprendizaje en los bolsilibros las famosas «novelas de a duro» que curtieron en las lides de la literatura a más de un escritor en ciernes, desde 1961, fecha de la publicación de Volveré ayer, mi primera novela «seria», en la colección Nebulae, hasta hoy, 2010, un 97% largo de mi producción se ha desarrollado dentro del género de la fantasía y la ciencia ficción, con sólo esporádicas y ocasionales incursiones a otros campos.

A lo largo de estos cincuenta años llevaré escritos, además de su buena docena larga de novelas, algo así como un par de centenares de relatos (soy incapaz de precisar exactamente cuántos; siempre he sido un tanto desordenado con mis archivos, y en más de una ocasión me he sorprendido al leer un antiguo relato mío que ni siquiera recordaba haber escrito). De entre todos esos relatos, unos pocos se han ido reeditando una y otra vez a lo largo de los años, y forman, junto con algunas de mis novelas, lo que yo llamo el núcleo visible de mi producción, la parte más conocida de mi obra. Pero hay otros muchos que, tras una primera publicación y en algunos pocos casos alguna esporádica reedición, han ido quedado enterrados en los profundos pliegues del tiempo. Para algunos de ellos está bien que así sea, pero hay otros que creo que piden un rescate: cincuenta años dan para mucho, y una relectura de mi antigua producción me ha convencido de que tal vez algunos merecieran ver una segunda luz.

Algunos sí lo han hecho, incluso en otros países. Mi antología Futuro imperfecto fue traducida al búlgaro; en Suecia, Sam Lundwall publicó algunos relatos míos en su Jules Verne Magasinet. Lo mismo hizo la revista húngara Galaktika. El recientemente fallecido Takumi Shibano tradujo y publicó algunos relatos míos en Japón. Otros han aparecido en Francia y en Italia, y no olvidemos los países anglosajones. Por desgracia, he perdido el rastro de la mayor parte de ellos, principalmente por no preocuparme demasiado por seguirles la pista (siempre he sido un desastre a este respecto), en ocasiones por no tener ningún ejemplar de la publicación donde apareció, y en otras porque, aún disponiendo de él, al no incluir en ellas el título original, el texto me resulta prácticamente inidentificable: ¿quién es capaz de descubrir a qué relato, aunque sea tuyo, pertenece exactamente un texto en húngaro, sueco o japonés?

Bien, dejando aparte disgresiones inútiles, ése es el origen de este libro. Durante un tiempo he estado releyendo con ojo crítico el grueso de mi producción (confieso que no he podido localizar una parte de ella, sobre todo la escrita antes de empezar a utilizar el ordenador y usar su memoria como archivo, y supongo que habrá incluso una pequeña parte cuya misma existencia ignore), y he metido discretamente en el cajón del olvido muchos de ellos, pero he rescatado otros que creo que aún tienen algo que decir, y de entre ellos he seleccionado un pequeño ramillete, basándome estrictamente en mi criterio personal. Ésos son los que componen este volumen.

Son en total once relatos. Los he ordenado por fechas, pues creo que esto puede proporcionar al lector una cierta visión de cuál ha sido mi evolución a lo largo de los años. Y para perfilarlos un poco he precedido cada uno de ellos con una breve nota que los sitúa más o menos en su contexto. Creo que en su conjunto reflejan la labor de toda una vida, son el testimonio del devenir de una carrera literaria. Claro que ahora son ustedes, los lectores, quienes deben juzgar su posible valía. Suya es, como siempre, la última palabra.

 


EL LARGO CAMINO AL MAR

(Relato largo e inédito con el que se cierra la selección)

y

 vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra se habían ido, y el mar ya no existía. 

– Apocalipsis, 21.1

 

–Está tan lejos el mar –dice Huella el Explorador.

Las azules montañas perfilan el horizonte a lo lejos, al este, bajo un sol de plomo. Entre nosotros y ellas, sólo el desierto. Una medusa del viento flota a poca distancia, muy baja sobre el suelo, dejándose llevar, arrastrando perezosa sus tentáculos sobre la arena, en busca de alguna presa: un lagarto, un ratón del desierto, el sabroso bocado de un insecto, un raro pero exquisito saltador de las dunas. De pronto su bolsa índigo se estremece y algunos tentáculos se repliegan: ha atrapado algo. Se eleva en el aire con su presa, se aleja un poco de nosotros, luego se inmoviliza y se queda flotando contra el azul del cielo, con las estrías carmesíes que cebran su piel pulsando ligeramente. Se lleva los tentáculos a la boca.

El sol brilla rojizo sobre nuestras cabezas. Se prepara una tormenta de arena.

Huella el Explorador suspira.

–Está tan lejos el mar –repite una vez más. Nadie le responde.

 

Crónicas de la Tierra y del Espacio de Domingo Santos Soy Sangre, el Sanador del clan. Aunque a veces dudo de mi utilidad como tal. Mis conocimientos sirven muchas veces de muy poco. Oh, sí, puedo aplicar frío cuando arde la sangre, y reparar roturas de huesos, y diagnosticar algunas enfermedades, y curar unas pocas de ellas. Pero mis recursos son cada vez más escasos; mis sanguijuelas han muerto, muchas de mis hierbas sanadoras están pasadas, otras se me han agotado y no sé si al otro lado de las montañas azules podré reponer algunas, ignoro si más allá no habrá otro desierto. O el mismo, partido tan sólo en dos por ese gran y aún lejano afloramiento rocoso.

A veces maldigo el día en el que Glifo el Historiador convenció a Roca el Cacique de ir en busca del mar, y Huella el Explorador apoyó la idea. Nuestro hogar no era un lugar privilegiado, pero era aceptable para vivir. El agua no era difícil de hallar, mi esposa no tenía que extraerla con la caña. Había caza, hermosos lagartos de buen tamaño, y serpientes, y pequeños roedores fáciles de atrapar, y multitud de insectos, e incluso sabrosos puercos espines. Y una relativa abundancia de plantas comestibles. Había otros clanes no muy lejos, así que de tanto en tanto podíamos relacionarnos con ellos, e incluso establecer uniones para robustecer la herencia, ésa que estipula que tienes que buscar lejos a tus parejas para que tus hijos sean sanos y fuertes. Las cuevas eran acogedoras en invierno, y podías conservar el fuego sin la agonía de tener que prenderlo de nuevo cada vez. Había pequeños arbustos secos que utilizar como combustible, y matojos tras los que esconderte cuando ibas de caza. Fibra la Tejedora podía utilizar la hierba de verano para tejer sus recias telas, y las medusas del viento no eran raras y se dejaban cazar sin demasiada dificultad: sus tentáculos son exquisitos, y aunque las interioridades de su cuerpo son repugnantes, su bolsa de flotabilidad hace un cuero estupendo para nuestro calzado y para las paredes de nuestras tiendas e incluso para nuestras prendas de abrigo.

Pero Glifo el Historiador estaba obsesionado con el mar. Y la llegada del Extranjero vino en su ayuda para convencer a los demás –sobre todo a Roca el Cacique, que era quien debía de tomar la decisión final–, y la aparición de los Escorpiones dio el último empujón. Y así, ante la indiferencia de algunos clanes cercanos y la alegría de otros y la envidia de unos pocos, emprendimos finalmente el camino.

Sí, partimos a la aventura. Éramos los pocos necesarios como para que no fuera muy difícil alcanzar un consenso, y la culpa final no fue tampoco enteramente del Extranjero y de los Escorpiones. Intervinieron otros factores: nuestro hogar se había degradado, la caza empezaba a disminuir; antes de los Escorpiones habían acudido otros clanes con la idea de establecerse allí y habían surgido ya las primeras rencillas. Es difícil que dos clanes se unan; lo más probable es que luchen por la hegemonía. Es un absurdo pero así es el hombre, decía Dogma el Mantenedor de la Fe antes de que el viaje al mar truncara su vida. Nuestro orgullo nos vence.

Y, por supuesto, los Escorpiones dieron el empuje final y definitivo.

De modo que echamos a andar, con nuestras tiendas y nuestras rastras y nuestros pertrechos, nuestros deseos y nuestras esperanzas. Al principio el viaje fue sencillo. Nos orientábamos  fácilmente por el sol, y avanzábamos a buen ritmo. El terreno no presentaba problemas y, pese a la aridez, mi esposa no tenía muchas dificultades en localizar y extraer el agua. La caza no escaseaba y Venablo el Cazador incluso lograba de tanto en tanto alguna pieza de buen tamaño. El optimismo reinaba entre nosotros.

Pero entonces vino el desierto.

Al principio no le dimos excesiva importancia. Pronto saldríamos de él, fue la opinión general. Pronto volveríamos a la estepa, incluso tal vez halláramos algunos árboles. Nada dura eternamente, nos decíamos, y a medida que nos acercáramos al mar el agua abundaría cada vez más, suponíamos.

Pero el desierto se prolongó. Y se prolongó.

Hubo una reunión. Roca el Cacique planteó la posibilidad de regresar. Culebra la Adivinadora echó la taba. Sentados alrededor de la fogata, en un apretado círculo, miramos los huesos girar sobre la arena. Culebra la Adivinadora sacudió la cabeza.

–La arena es mala consejera –dijo–. Los huesos no corren.

Colocamos en el suelo un trozo de piel de medusa del viento curtida, de los que utilizábamos para remendar las paredes de las tiendas. Culebra la Adivinadora volvió a lanzar los huesos. Permaneció en silencio durante largo rato. Al fin agitó la cabeza.

–Los huesos dicen que debemos seguir –señaló–. Nuestro destino está ahí delante.

–Sí, el mar está ahí –dijo convencido Huella el Explorador–. Lo huelo. –Y aunque nadie podía oler otra cosa más que los troncos secos que crepitaban en el fuego, todo el mundo asintió.

Y todos miramos entonces al Extranjero. Es un hombre callado; desde que se unió a nosotros casi nunca dice nada. Pero quizá por eso obtiene siempre nuestra atención. Inclinó la cabeza hacia el fuego, casi en un signo de asentimiento, y tocó su amuleto, ése con el que nos había deslumbrado cuando llegó. Fue ese gesto, más que ninguna otra cosa, lo que nos decidió.

–Seguiremos adelante –dictaminó Roca el Cacique–. Como dice Glifo, el destino del hombre está en el mar. Y pese a lo que diga Huella, el mar no puede estar tan lejos.

Todos miramos las distantes montañas azules. Pero nadie dijo nada.

 

Glifo el Historiador ha estado siempre obsesionado con el mar. Es una idea utópica, extraída de las viejas historias que forman nuestro acervo ancestral, ésas que se transmiten de boca en boca, lo único que nos queda de nuestro muy lejano pasado, y que se han ido tejiendo y engarzando de generación en generación hasta convertirse casi en leyendas. El mar existe, dicen las historias, aunque ninguno de nosotros lo hayamos visto nunca. Está ahí, en alguna parte, decía Glifo, y señalaba enfático hacia el este. Sólo es preciso ir en su busca.

–¿Y por qué debemos ir en busca del mar? –gruñía al principio Roca el Cacique, siempre escéptico.

Y entonces Glifo el Historiador desgranaba su teoría. Las viejas historias lo explican claramente: el hombre, como todos los animales antes que él, surgió, al principio de los tiempos, del mar. Hacía incontables manos de manos de manos de manos –y aquí levantaba su mano derecha extendiendo los cinco dedos para que todos contáramos, y luego volvía a levantarla, y luego otra vez, y otra–, tantas que su número se perdía en la inmensidad, el hombre había abandonado el mar en el que había nacido, había desertado de él y se había establecido en tierra firme. Ése había sido su error, y tras un incontable número de años nosotros éramos la consecuencia. Otros animales habían aprendido la lección y habían enmendado ese error y habían regresado al mar que había sido su elemento primordial: las ballenas, los delfines, tantos y tantos otros animales fabulosos que para nosotros no eran ya más que nombres míticos transmitidos de padres a hijos y que hoy debían de medrar bajo las ignotas profundidades de ese gran elemento líquido cuya naturaleza y extensión éramos incapaces de imaginar, pero que se decía era inmensamente grande. Mientras, los otros animales que se habían quedado en tierra firme se habían ido extinguiendo, y nosotros, los hombres, medrábamos una existencia miserable lejos de nuestro hábitat original, ese hábitat que ahora ya no era más que otra leyenda dentro del cúmulo de leyendas. Debíamos regresar al mar, decía, estuviera donde estuviese. Debíamos volver a nuestros orígenes.

–Pero –argumentaba Roca el Cacique–, ¿existe realmente el mar?

Aquello hacía callar por unos momentos a Glifo el Historiador. Pero sólo eran unos momentos. Tenía todas las respuestas. Sí, el mar existe, lo dicen las historias, y las historias no mienten. Había habido un tiempo en que el agua ocupaba la mayor parte del planeta, la tierra firme era tan sólo una pequeña porción de su superficie: no hacía falta tener que orientarse para buscarlo: fuéramos en la dirección que fuésemos, siempre terminábamos encontrando el mar. Y él, sin saber exactamente por qué, quizá por un infuso sentido ancestral de la orientación, creía que donde más cerca estaba de nosotros era hacia el este, hacia ese horizonte del cual cada mañana nacía el sol.

Roca el Cacique sacudía entonces la cabeza. Contradecía a Glifo el Historiador con sus propias historias. ¿No decían esas mismas historias que en un tiempo muy, muy lejano el mar –ese mítico mar de los antiguos– había subido y subido de nivel y había invadido gran parte de la tierra firme, haciendo huir a los hombres que moraban en ella, lejos al interior y a las más altas montañas, pero que luego había sido él el que había huido, se había replegado sobre sí mismo, se había ido retirando y abandonado sus conquistas, algunos decían que incluso hasta desaparecer? ¿Qué prueba teníamos de que no había sido así, de que ya no había más agua que la que escarbábamos del suelo y la que ocasionalmente llovía del cielo? Entonces Glifo el Historiador guardaba hoscamente silencio, luego negaba testarudo con la cabeza. No, decía con la convicción de los iluminados, el mar existe. Lo único que teníamos que hacer para encontrarlo era partir en su busca.

Pero eso no era fácil. Se habló primero de organizar una expedición, unos pocos hombres que partieran en su busca y, si lo encontraban, regresaran con la buena nueva. Pero el clan es algo sagrado, no puede dividirse. Además, somos demasiado pocos y todos somos imprescindibles: Agua la Zahorí para buscar el agua, Odre el Conservador del Agua para conservarla, protegerla y racionarla, yo para curar en la medida de mis posibilidades a los heridos y enfermos, Pista el Rastreador para seguir y localizar la caza, Venablo el Cazador para abatirla si es grande... Incluso los propios Pequeños y los Jóvenes son imprescindibles para proporcionarnos insectos y reptiles y topos y recolectar las hierbas que necesitamos, además de constituir nuestra garantía de futuro. No podemos prescindir de nadie; sólo la muerte logra disminuir nuestro número, como ha ocurrido recientemente, al principio de nuestro viaje, con Dogma el Mantenedor de la Fe, y ha sido una terrible pérdida, porque él nos ayudaba a mantener alto nuestro ánimo ante los terribles avatares de la vida. Por eso siempre intentamos que nuestras funciones estén duplicadas dentro del clan, y así Agua está enseñando a la Pequeña sus habilidades de zahorí para que pueda sustituirla si alguna vez a ella –los cielos no lo quieran– le ocurriera algo, porque su misión dentro del clan no sólo es importante, sino vital. Y somos tan pocos que algunos intentamos ejercer dos funciones distintas, de modo que yo estoy iniciándome también como historiador, y aunque Roca el Cacique dice que esos conocimientos no tienen ninguna importancia, Glifo insiste en que ese saber es fundamental, porque, ¿cómo puede sobrevivir un clan si desconoce el pasado?

Y así las discusiones entre Roca el Cacique y Glifo el Historiador y Huella el Explorador prosiguieron interminablemente, sin ir a ninguna parte. Hasta la llegada del Extranjero. Y su amuleto.

© 2011 Domingo Santos. Reproducido con la autorización de Juan José Aroz Editor.

 

Domingo SantosDomingo Santos -Pedro Domingo Mutiñó- a pesar de ser un escritor de reconocido prestigio en el género (los premios Gabriel, por poner un ejemplo, toman su nombre de su novela homónima), es mucho más conocido por haber sido uno de los editores de la mitica revista Nueva Dimensión durante quince años. Es imposible exagerar la importancia que para la ciencia ficción española ha tenido este autor, que, además de escribir, ha dirigido multitud de colecciones (Superficción, Ultramar, Acervo, Jucar...) y de revistas (la última de ellas la excelente Asimov Ciencia Ficción, de Robel), a través de las cuales ha dejado su impronta de forma indeleble. Actualmente Domingo Santos vive en Zaragoza, sigue dedicado a labores editoriales y escribe una columna en BEM on Line con el nombre de El rincón de Gabriel.
 

 

Crónicas de la Tierra y del Espacio Domingo SantosCrónicas de la Tierra y del Espacio de Domingo Santos Espiral Ciencia Ficción, nº 48

352 páginas, 15 € p.v.p.
Portada: Koldo Campo
Fecha de aparición: abril de 2011

Texto contraportada: Domingo Santos (Barcelona, 1941). Escritor, editor, recopilador, director de colecciones, traductor, es uno de los padres del género en nuestro país. Editor de la mítica revista Nueva Dimensión y director de la última edición de la revista Asimov. A lo largo de cincuenta años Domingo Santos, patriarca de nuestra CF, lleva escritos, además de una buena docena larga de novelas, algo así como un par de centenares de relatos. Ha preparado para nosotros una selección (que se cierra con un relato largo inédito) que en su conjunto refleja la labor de toda una vida. Son el testimonio del devenir de una carrera literaria.

 

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