EN LA CIUDAD OSCURA de A. Torres Quesada Imprimir E-mail
Escrito por Ángel Torres Quesada   

En la ciudad oscura de Ángel Torres QuesadaAvance de la nueva novela de Ángel Torres Quesada

 EN LA CIUDAD OSCURA

Ángel Torres Quesada

Anticipo Grupo AJEC - Colección Arrakis Ficción

 

Contraportada

En la ciudad oscura de Ángel Torres QuesadaEn la segunda década del siglo XXI Madrid es una de las ciudades más oscuras y peligrosas del planeta, sumida en la decadencia, azotada por la corrupción, una crisis sin fin y una epidemia para la que oficialmente no existe vacuna. 

La muerte de un ciudadano norteamericano en un hotel de segunda categoría, despierta en el agente Juan Saucedo su viejo deseo de venganza contra los que considera que fueron los culpables de que su carrera se truncara, provocaran su divorcio y él se convirtiera en un adicto a la nueva droga que inunda las calles, el Nimbo.

Ángel Torres QuesadaSu investigación sobre la muerte del extranjero, en principio un caso más, le lleva a una carrera contrarreloj para descubrir la que puede ser una de las  mayores conspiraciones imaginadas, similar al que provocó su caída años atrás. Pero con cada vez  menos apoyo entre los suyos, y con Asuntos Internos presionando para que deje el caso, Saucedo encontrará el arma con el que llevar a cabo su venganza y reconciliarse con el pasado. 

Ángel Torres Quesada, uno de los maestros españoles de la ciencia ficción, autor de El  Orden Estelar, Los Vientos del Olvido, La Trilogía de las Islas o Las Sendas Púrpuras, nos ofrece en En la ciudad Oscura, un completo y sorprendente giro en sus temáticas habituales, dando paso a la que se puede considerar como la más intrigante, compleja y lograda de sus novelas.

En la Ciudad Oscura fue finalista del premio Minotauro 2009.

  • Grupo AjecTítulo: En La Ciudad Oscura
  • Autor:  Ángel Torres Quesada
  • Portada: Estudio AJEC
  • Precio: 16,95 €
  • Tamaño: 23x16 Cm
  • Páginas: 288
  • Isbn: 978-84-15156-14-7
  • Colección: Arrakis Ficción

 

 

—1—

 

—¡Claro que tengo lo que buscas, tío! ¿Por quién me tomas?

—¿De veras? Quiero verlo.

En la ciudad oscura de Ángel Torres QuesadaA Juan le pareció aquel tipo más patético y miserable que cuando lo vio de lejos. Insignificante era la palabra para describirlo, y prescindible el calificativo que merecía por su condición de condenado a muerte a corto plazo. No estaba obligado a sentir lástima por él; pero no le importaría hacerle un favor; si le ahorraba los presentes sufrimientos que padecía, podía considerarlo un acto de piedad por su parte. La decisión final la dejaría para más tarde.

Al trafica de poca monta lo había visto merodear por los alrededores de la Comisaría. Lo estuvo observando desde el bar de Tito, después de que abandonara el aparcamiento vigilado. Con el agente de la entrada charló un rato hasta que finalizaron la transacción. Ahora que lo miraba a los ojos de cerca podía ahondar en la podredumbre que lo corroía por dentro. No se había equivocado, no. Aquel desgraciado hacía tiempo que estaba condenado. Era lo que necesitaba saber para no sentir el menor remordimiento. La escoria humana que tenía delante no vería muchos amaneceres. Llevaba la muerte esculpida en el rostro.

Había oído que su nombre era Antonio, pero en el mundillo en que se movía era conocido como el Jeta, uno de sus alias. De sus apellidos nada sabía. Le traía sin cuidado los que fueran.

—Primero me enseñas la pasta —dijo el Jeta, intentando enderezarse. El esfuerzo terminó en fracaso. Se llevó la mano al bolsillo interior de su abrigo, pero la retiró temiendo que el otro sospechara que acariciaba el mango de una chirla o la culata de una pistola.

El Jeta parecía incómodo en medio de tanta ruina, pero su nerviosismo podía achacarse a que aún se hallaba cerca de la Comisaría. La zona donde se encontraban estaba tranquila esa mañana, solitaria. Juan no había visto un alma carcomida en la vecindad, ni escondida entre los muros que aún se mantenían en pie. Los habituales moradores ahuecaron el ala días atrás, cuando el Departamento de Sanidad regó la zona con desinfectantes después de haberla vaciado de los fiambres que servían de alimento a las ratas. La limpieza se llevó a cabo con urgencia porque hasta el último rincón de aquel laberinto hedía a muerte, y también porque existía un alto riesgo de que se desatase una epidemia más que añadir a las muchas que campaban a sus anchas en la ciudad. Como siempre, las brigadas municipales habían actuado azuzadas por el temor a que un mal añadido alcanzara los distritos de alto nivel económico.

El deambular del Jeta en el edificio en ruinas había sido interrumpido por la aparición de quien acababa de preguntarle si llevaba encima la mercancía; la cara del trafica había mostrado un intenso temor. Su rostro chupado y ceniciento, salpicado de granos, podía infundir respeto o miedo a los timoratos, pero no a Juan. Cuando el trafica oyó que lo llamaban por su mote, los nervios estuvieron a punto de traicionarlo, casi echó a correr, pero volvió la cabeza y se tranquilizó al ver salir de la oscuridad de un corredor una sombra que no vestía una bata negra ni se escondía tras un pasamontañas, ni tenía pinta de pertenecer a una banda rival. Era un posible cliente.

Nunca había visto antes a aquel hombre alto, delgado, malencarado y con aspecto de bravucón, o de chulo de puta barata. A primera vista no tenía aspecto de ser un enganchado irrecuperable, pero después de mirarlo de nuevo su experiencia le advirtió que su vida no discurría por buen camino: dependía demasiado del nimbo y no tardaría en entrar en la fase final, la que lo llevaría a la locura. Que no fuera un oscuro o un tibio terminó de tranquilizarlo. Juan dio un paso adelante y el Jeta dio otro, pero hacia atrás, para mantener la distancia que lo separaba del posible comprador.

—¿Crees que no llevo dinero encima? —preguntó Juan.

—Lo que yo piense te importa un carajo. ¿Qué quieres? ¿Una lasca, dos lascas?

—Con una tendré bastante.

—Pues pon a airear dos de cien para que yo los vea, o te largas de una puta vez.

—Eh, tranquilízate. Oye, tú no trabajas en esta zona, ¿verdad? ¿Qué coño haces tan cerca de una Comisaría? ¿Tienes clientes polis, alguno te pasa la mercancía? Te vi hablando con el agente del aparcamiento.

—¿Me has seguido, tío? Tu pinta empieza a no gustarme. A ver si eres madero…

—Digamos que te seguí porque hueles a nimbo a un kilómetro.

—No des ni un paso más, quédate donde estás.

—¿Por qué estás nervioso? Hagamos una cosa: tú sacas una lasca y yo te enseño la pasta.

El Jeta dejó de respirar, tan ocupado estaba pensando sobre lo que debía hacer. Si no fuera porque en la mirada del cliente brillaba el deseo de meterse cuanto antes una lasca de nimbo entre pecho y espalda, le descerrajaba un tiro. Ya estaba más tranquilo, pero sus dedos no dejaban de tocar la pistola. Muy despacio, sacó la otra mano del bolsillo y la metió en la faltriquera que llevaba colgada del cinturón. Había decidido arriesgarse porque creía que el comprador no tendría tiempo ni agallas para intentar robarle.

—Me voy a fiar de ti —dijo.

Sacó una bolsita de plástico y se la enseñó a Juan.

—Sellada, de toda garantía —añadió mientras pasaba la droga delante de la cara del cliente.

—Quiero probarla.

—¿Qué?

El Jeta estuvo a punto de perder la poca paciencia que le quedaba al oír a Juan que quería catar la mercancía. Ya se había hartado de aquel trapicheo, estaba rabiando por largarse de las ruinas, pero escuchó un ruido a su espalda y los nervios le impidieron darse cuenta de que el estrépito lo había causado la caída de un trozo de tabique. Cuando volvió la cara ya era tarde. Ni siquiera tuvo tiempo de arrepentirse por haber bajado la guardia. Vio el negro agujero de la pistola que le apuntaba. La mano desarmada de Juan señaló la cápsula que sostenía entre sus temblorosos dedos.

—Trágatela —ordenó.

—Pero… ¿qué coño te pasa?

—¿No me has oído? Quiero que te la tragues.

—¡Es de la buena, joder!

—Mejor para ti, porque si es mierda reventarás en diez segundos. Si sigues vivo, me darás todo lo que llevas encima. Luego tiras la pistola que llevas en el bolsillo y dejaré que te largues.

—Eres un puto cabrón…

El Jeta no terminó el insulto, se resignó y asintió de mala gana. Puso entre sus amarillentos dientes la cápsula y la mordió. Cerró los ojos cuando sintió que la capa de celulosa se diluía en su boca y el flujo del nimbo resbalaba por su garganta. No levantó los párpados hasta que notó que el suave fuego se esparcía por su cuerpo. Se atrevió a maldecir entre dientes al hijo de puta que lo había obligado a ingerir medio gramo de nimbo cuando todavía no se le habían pasado los efectos de la dosis que tomara antes de la medianoche. Tanta carga me va a poner fuera de onda el resto del día, pensó indignado.

—¿Estás contento? —preguntó con rabia—. No me cagado ni me he meado, tío; es de la buena.

—Dame todas las que tengas. No me obligues a repetírtelo.

—Sólo llevo otra. Si quieres más, tendrás que acompañarme al escondite donde guardo la mercancía. Nunca cargo con más de un par, tres como mucho. ¿Quieres que me ponga en pelotas para que te convenzas, joder?

Juan conocía las costumbres de los traficas de poca monta. ¿Para qué discutir? Además, no quería llevar en los bolsillos más de una lasca. Sólo buscaba una, la que necesitaba para estar lo más lúcido posible durante las próximas veinticuatro horas. Cuando se le pasara el efecto, volvería a luchar consigo mismo para no caer de nuevo en la tentación. Estaba decidido a no fracasar una vez más, pero cada día que pasaba sumaba un nuevo revés en su haber.

—¿Me puedo largar?

—Sí —dijo Juan, guardándose la lasca que el Jeta acababa de darle.

Siguió con la mirada al trafica caminar deprisa hacia el sendero abierto entre montones de basuras y escombros, el que lo llevaría al otro lado de las ruinas. El lugar hedía, apestaría a muertos cuando calentara el sol, si es que éste iba a aparecer. El cielo no presagiaba un día apacible.

Con lentitud, Juan ajustó el silenciador a su arma. La Comisaría se hallaba cerca y no debía correr el riesgo de que el retén de guardia se tomara la molestia de echar un vistazo a las ruinas si oía un disparo, aunque lo más probable era que no se moviera aunque escuchara mil tiros. Pero mejor andarse con cuidado.

Cuando el Jeta empezó a apretar el paso, Juan apretó el gatillo.

Antes de que el suave flotque produjo el disparo se disipara, el Jeta se desplomó pesadamente. Juan sonrió con ligereza. No le había temblado el pulso. La bala había entrado donde él quería que entrase, en la cabeza del giboso.

Eligió el camino más corto para salir al exterior y llegar a la parte trasera de la Comisaría donde estaba la entrada del aparcamiento subterráneo. Nadie lo vería llegar desde la manzana de casas en ruinas. Echó un vistazo a su reloj. Se había entretenido demasiado, iba a llegar con retraso a la cita que tenía con Hermi. Su compañero le estaría esperando, claro, pero con un humor de perros, como de costumbre. Se preparó para soportar los reproches que le haría.

Antes de salir a la calle que discurría paralela a la estrecha avenida, terminó de disolver la lasca de nimbo en la garganta.

Al instante se sintió con ánimo para enfrentarse al resto del día, a la madrugada y al amanecer. Sólo echó de menos un poco de euforia.

Como había previsto, Hermi esperaba en el primer sótano del aparcamiento, junto al coche camuflado que les había sido asignado, el mismo que utilizaron en el servicio de la noche anterior. No estaba mal el cacharro, su motor funcionaba bien. Se preguntó si su compañero y amigo ya habría trasvasado parte del combustible del tanque a su propio coche, aparcado en el solar vigilado.

Lo primero que hizo fue preguntar a Hermi si el depósito estaba lleno; él comprendería que su pregunta no tenía mala intención.

—Por la mitad —respondió Hermi—. Si habías pensado en llenar el tuyo, haber llegado antes. El cuentakilómetros lo arreglamos luego, ¿vale? Quien está de guardia ahí fuera estuvo a punto de pillarme en plena faena, el muy cabrón. Es nuevo y no me fío un pelo de él. Si mañana hay suerte, te toca a ti quedarte con el sobrante.

Después de esta explicación, ante la sorpresa de Juan, Hermi no le echó en cara que hubiera llegado tarde, se limitó a seguir con su gesto de cabreado. Mientras abría la puerta le dijo:

—Queda el gasoil justo para el servicio. Alargaremos las paradas todo lo que podamos. Así cubriremos el expediente… ¿Qué tal te encuentras?

—Muy bien. Salgamos de aquí.

Juan se sentó al lado de Hermi, cuando éste terminó de acomodarse delante del volante. Como tenían por costumbre, su compañero conduciría durante el primer turno.

Empezaron a salir del garaje después de que entraran por la rampa un par de furgonetas escoltadas por tres patrulleros; pararon al fondo, junto a las escaleras que conducían a la primera planta. De los coches bajaron agentes con equipos antidisturbios, se situaron en la parte de atrás de los vehículos cerrados. No pudieron ver a quiénes sacaron hasta que subieron la rampa. Por los retrovisores contaron que había al menos doce detenidos en las dos filas de esposados, casi todos ilegales, alguno que otro tibio. Todos serían llevados al sótano. Allá ellos, pensó Juan. Menos mierda en las calles.

Hermi esperó hasta entonces para reprocharle su falta de puntualidad, que iban a ser los últimos en salir a cubrir el servicio del día. Juan respondió con el silencio, como hacía cuando no encontraba una buena excusa. Su compañero se limitó a rumiar unas palabras.

Las otras unidades habían dejado el centro hacía un buen rato. El agente de la puerta levantó la valla al ver que se acercaban. Al pasar ante él, Juan lo saludó con la mano. Acababa de relevar al que vio hablando con el trafica; viejo conocido suyo que le debía algunos favores y no anotaría en el parte la hora en que se incorporaban al servicio. Hoy tú por mí y mañana yo por ti. Era la norma a seguir en estos casos. Arriba, en los despachos, también hacían la vista gorda.

Juan procuró no escuchar los avisos que salían de la radio, que como siempre apenas eran audibles. No le preocupaban las instrucciones rutinarias sino que nombraran su código. Durante la primera hora no recibirían ninguna orden que los obligara a modificar el plan operativo. Puso gesto sombrío cuando pasaron cerca de la manzana de las casas en ruina. Sus alrededores continuaban desiertos. No descubrirían el cadáver hoy, y tal vez tampoco mañana. Cuando los servicios de limpieza, dentro de algunas semanas, cuando las protestas del vecindario arreciaran, lo que encontraran ya no sería reconocible, y como nadie se molestaría en pedir una autopsia, ni la preceptiva identificación, iría directamente al crematorio o al fondo de una fosa común del extrarradio.

Soltó un gruñido al notar que el efecto del nimbo desaparecía más deprisa que lo esperado. Estaba demasiado adulterado. Maldijo al Jeta.

—¿Qué has dicho? —le preguntó Hermi, sin volver la cabeza, atento al cruce siguiente, una precaución innecesaria porque tráfico era escaso; pero apenas se adentraran en las siguientes calles encontrarían más coches, la mayoría con sus conductores buscando los puntos de abastecimiento ilegales de gasolina para saciar la sed de los exhaustos depósitos.

—Nada —respondió Juan tras soltar un nuevo gruñido, lamentando no haber registrado a fondo al Jeta; seguro que llevaba encima más dosis y algún dinero. Había sido un lamentable error por su parte. Sólo comprobó que el trafica, donde metió la mano, sólo tenía una pistola del calibre 22, que tiró a una poza.

Me estoy haciendo viejo, concluyó con tristeza. Empiezo a perder facultades.

Volvió a sentir dolor en el pecho, una punzada acompañada de retortijones en el estómago, la molestia que renacía cada mañana junto con la sensación de ahogo que ningún día dejaba de torturarlo. Cuando despertaba, incapaz de seguir en la cama, todos sus males parecían confabularse para devolverlo a la puta realidad.

Esa mañana, en un desesperado intento para justificarse a sí mismo, achacó su malestar a la raspadura de nimbo de dudosa calidad que ingirió el día anterior, escondido en los lavabos de la Comisaría. No bajó al aparcamiento subir a su coche y largarse, como debió hacer, si no que entró en el bar de Tito a tomar algo y desde allí siguió al Jeta, que acababa de despedirse del compañero de la puerta. Lo siguió medio ciego, haciendo un esfuerzo por caminar erguido. Necesitaba con urgencia el alivio que le proporcionaba la cápsula blanca; otro trago no podría eliminar la ansiedad que empezaba a enturbiar su mente.

Intentó relajarse y recurrió al viejo truco de prometerse que cuando las cosas volvieran a la normalidad no volvería a caer en la droga, ni siquiera fumaría un canuto; pero para conseguirlo necesitaba un poco de paz, tanto en su vida privada como en la profesional.

Un poco más sereno, notando que el dolor del pecho iba desapareciendo, echó la culpa del estado en que se encontraba a lo poco que dormía, apenas tres horas al día. Para no acusarse de carecer de redaños para controlar la bebida, intentó no pensar que su problema era otro. ¿O debía ser sincero por una vez en su puta vida y reconocer que los problemas que lo acuciaban se los había buscado él mismo?

Últimamente le costaba conciliar el sueño. El médico de la mutua, con el gesto aburrido que ponía cuando consideraba que su paciente era un caso perdido, le recetó unas pastillas que Juan no llegó a retirar de la farmacia del Cuerpo. ¿Para qué? No se las tomaría antes de irse a la cama, como el galeno le dijo que hiciera. No quería depender de más potingues genéricos porque no servían para nada y encima le provocaban náuseas, lo ponían fuera de sí, obligándole a asumir la versión más perversa de su personalidad, empujándole a los laberintos de su pasado reciente y a los sórdidos callejones de sus recuerdos más lejanos. Lo más doloroso para él era cuando unos y otros entraban en conflicto. Entonces, se angustiaba, se llamaba cobarde.

Paladeando los alivios postreros de la droga adulterada, en su cabeza adquirieron nitidez los rostros de las personas que más habían influido en su vida. No se tomó la molestia de eliminarlos, como hacía cuando las muecas que le enviaban lo empujaban a la desesperación. Para vencerlos, recurrió al manido truco de burlarse de los gestos obscenos que le dirigían las personas que habían arruinado su vida. Sólo una de las caras aportaba un aliento de esperanza, la de su niña cuando tenía nueve años y en su mirada aún brillaba la inocencia y sus risas le alegraban las mañanas, las tardes y las noches.

Sus labios se atrevieron a esbozar una sonrisa. Con la mirada en su hija, la única imagen que quería conservar porque la carita de su nena del alma, cuando vestida de blanco caminaba hacia el altar el día de su primera Comunión, seguida y precedida de otras niñas engalanadas con vestidos de encajes, níveos y puros como sus corazones, era lo único que le reconfortaba. Aquella mañana fue una de las felices de su vida; jamás la olvidaría porque estuvo llena de risas, abrazos y de los mejores deseos para el futuro.

Abrió los ojos y parpadeó, enfadado por haber dejado escapar la imagen de su hija como era ocho años antes. Cuando al término de la ceremonia ella corrió a su encuentro, se echó a sus brazos y lo besó con aquel cariño tan sincero que sentía por él.

Con disimulo, para no llamar la atención de Hermi, sacudió la cabeza. ¿Cuándo se convencería de que era inútil luchar contra los recuerdos? El pasado no podía cambiar el presente.

En ocasiones lamentaba que su cabeza no fuera un nódulo como el que le insertaron detrás de la oreja derecha no hacía mucho, un archivo que pudiera borrar o modificar según y cómo los acontecimientos se lo exigieran. Las lascas de nimbo que ingería y las copas que bebía eran una combinación explosiva, una mezcla peligrosa para mantener la cabeza fría durante el trabajo. Hermi, cuando lo veía pensativo, con ojeras y mala leche en la mirada, adivinaba que no había pegado ojo en toda la noche y trataba de animarlo. Qué buen amigo es Hermi, pensó Juan, mirándolo de reojo.

Se retrepó en el asiento para estirar las piernas hasta donde se lo permitían los cachivaches que estaban sujetos al suelo: la caja con las máscaras, los rifles, el lanzagranadas, la maldita estopa y el botiquín, que siempre estaba vacío. Apretó los dientes para no escuchar los chirridos que escupía la radio. Odiaba aquel trasto, las voces que surgían de él. La radio de aquella unidad, cien veces reparada, se caía a pedazos, pero seguía funcionando para fastidiarlos. Su compañero y él estaban cansados de dar partes de avería, pero como si nada. Ni puto caso les hacían.

Un día quedarían aislados en medio de un fregado de mil pares de cojones. Entonces pensaba que no debían alegrarles que la radio fuera un cascajo y los implantes, que costaron una fortuna al Ministerio, no sirvieran para nada. ¿Por qué no se los extraían? No es que le molestara el que llevaba, pero cuando sentía que le picaba se rascaba la vieja cicatriz y le salía una especie de sarpullido en la piel.

Respecto a la radio, Hermi proponía que todos los agentes del Grupo presentaran una protesta por escrito, exigiendo que les instalaran en las unidades aparatos nuevos, o de segunda mano pero que funcionaran. Su amigo estaba equivocado. Si les hacían caso no podrían alegar que no habían oído la orden de presentarse en tal o cual jaleo, y se verían obligados a acudir donde se estuvieran matando a tiros los hijos de puta de siempre, en un barrio donde mejor era no asomar la nariz.

El sistema de implantes, en su día elogiado por los políticos de turno, en teoría un sofisticado material importado a peso de oro de Estados Unidos, había sido un fracaso. Para desarrollarlo llegaron especialistas, su puesta en marcha fue anunciada a bombo y platillo. En teoría, su uso debía servir para que las unidades duplicaran, incluso triplicaran, su eficacia, pero a los pocos meses el sistema demostró ser inútil. Como era de esperar, el Secretario de Estado que lo importó, que seguro debió embolsarse una pasta por haber actuado de intermediario, afirmó que su pleno desarrollo se alcanzaría a corto plazo. A los mandamases les importaba un carajo que todo funcionara cada vez peor. La obsesión de los politicastros era que los agentes no crearan problemas nuevos. No hay que cabrear al Ministerio de Interior, les advertían los superiores, y añadían que había que tener paciencia con los políticos porque éstos cambiaban cada dos por tres y ellos tenían que seguir al pie del cañón, gobernara quien gobernase.

Selma, el jefe, se comportaba como todos los jefes. Cuando olía que las cosas se torcían, se encerraba en su despacho dando un portazo y no salía hasta que la tormenta hubiera amainado. Lo que hacía entre las cuatro paredes de su recinto privado no era un secreto. Selma aparecía al cabo de un rato, pimpante y fresco. El nimbo de calidad hacía milagros. Con su paga podía comprarlo, siempre y cuando no tuviera a su alcance el que se decomisaba en los supermercados de la droga, que se guardaba en un cuarto y poco a poco iba desapareciendo.

Hermi conducía despacio. Un momento antes Juan le había visto acariciarse el lóbulo de su oreja derecha, tocarse la lengüeta del implante. A Hermi también le picaba. Su amigo parecía tener pocas ganas de hablar. Mejor.

Como hacían siempre que salían de patrulla, desconectaron sus respectivos nódulos apenas abandonaron la zona controlada por la Comisaría. Si los jefes descubrían lo que hacían y les preguntaban por qué no enviaban las señales para confirmar que los mantenían activos, sobraban las excusas. Bastaba con alegar que el sistema había vuelto a fallar a causa de las interferencias que azotaban la ciudad. Como la mayoría de los agentes infringía las normas, era imposible expedientar a tantos infractores. Lo mismo ocurría en todas las Comisarías de la ciudad, y de todas las ciudades del país.

 

Ángel Torres Quesada y familia

—2—

Las horas fueron pasando. El servicio hasta aquel momento estaba siendo más tranquilo que otros días, sólo tuvieron que intervenir en asuntos de poca monta, en pequeños robos, en un par de trifulcas que acabaron sin detenidos y en un conato de bronca entre pandillas rivales, al que dieron fin empleando a tope la sirena y los pirulos para ahuyentarlas.

A eso de las cuatro tomaron un tentempié en la hamburguesería de costumbre. El encargado, sonriente, les dijo que estaban invitados. Luego buscaron un callejón y durmieron un rato, por turnos. La radio no los molestó. Cuando reanudaron la patrulla, Hermi comentó que le sorprendía que todo estuviera tan tranquilo. Juan le respondió que el día aún no había terminado, que les quedaba hasta medianoche y podía pasar cualquier cosa. Su amigo lo llamó pesimista, pero en broma, echándose a reír.

Ya oscurecido, Herminio Junquera dejó de tararear su canción favorita, aflojó la marcha y encendió un cigarrillo. Juan era fumador, pero le molestaba el humo de los demás. Para terminar de espabilarse, sacó la cabeza por la ventanilla, confiando en que el aire de la noche le quitara las últimas lagañas de los ojos. Hacía calor. No recordaba un septiembre tan caluroso como aquel, ni unas madrugadas tan sofocantes, tan cargadas de humedad. Lo peor estaba por llegar. Los tíos del tiempo habían anunciado, y no solían equivocarse, que la temperatura bajaría hasta cero grados en menos de un mes. Se pasaba del verano al invierno de golpe, sin transición. Pero el frío no impediría que las epidemias continuaran propagándose. Juan no creía que el puto virus, el que tantos quebraderos de cabeza estaba causando, desapareciera pronto, como decían los gerifaltes de Sanidad. Qué iba a desaparecer: descansaba para mutar de nuevo, y el día menos esperado volvería más fuerte, más dañino.

Cuando el aire que golpeaba su cara terminó de espabilarlo, empezó a sentirse mejor, pero las pestilentes bocanadas que manaban de las alcantarillas le obligaron a subir el cristal de la ventanilla.

—Para en algún sitio —dijo.

—¿Parar ahora? ¿Por qué? —preguntóHermi—. Hemos dado vueltas por donde nos dijeron que las diéramos, ¿no? Y hemos parado donde teníamos que parar. Tranquilo, que controlo el consumo. La gasolina nos alcanzará hasta que volvamos a la Comisaría. Vamos bien. Ya hemos pasado por todos los sitios que debíamos pasar y no hemos visto nada anormal. Los tíos que debían aparecer no han aparecido. Por tanto, no habrá trapicheo. El soplo del confidente debía ser falso, como era de esperar. No habrá trasvase esta noche. Son casi las diez, amigo. Nos quedan dos horitas, nada más que dos. Un poco de paciencia. Oye, estoy conduciendo desde que salimos del callejón. Sí, voy a parar, claro, pero para traspasarte el mando. ¿Sabes? No tienes buena cara. ¿Qué carajo pediste en esa mierda de hamburguesería?

—Lo mismo que tú, pero a mí me ha sentado como una patada en los cojones.

Hermi paró el coche delante de un semáforo que no hacía los guiños que debía hacer y en cambio bizqueaba. Juan dejó de mirar la oscilante luz roja para observar el paso de varios coches desvencijados y algunas furgonetas repintadas. La mayoría de aquellos trastos debía ser robada. Los tibios se los agenciaban para las transacciones que empezaban a medianoche y terminaban pocos minutos antes de salir el sol. Una vez cerrados los negocios, las abandonaban en cualquier descampado, después de trasvasar la mercancía a sus vehículos, y desaparecían.

Los ocupantes de los coches que pasaban delante no se fijaban en ellos, no sospechaban que eran policías. Se dirigían a las afueras, seguramente a los poblados ilegales donde las bandas latinas imponían su ley. Hacía años que por aquella zona no patrullaban, más o menos desde el día en que un vulgar registro terminó en batalla campal y hubo docenas de muertos y cientos de heridos.

Juan se sentía mejor, se atrevió a pensar que incluso bien. Un milagro. A veces, rezar daba resultado. Ahora debía confiar en que el servicio terminara sin pena ni gloria. No podía quejarse. Hermi sería feliz no teniendo que redactar partes complicados, los prefería breves porque era más difícil que le pillaran cometiendo un error. Si la noche no se complicaba en el último minuto, no tendrían que meter a golpes a ningún cabrón en la parte de atrás del coche. Los servicios sin detenciones eran los buenos. Sólo el calor sofocante y húmedo les había amargado la noche. Ojalá lloviera pronto. Hacía falta un buen chaparrón que purificase la atmósfera, que limpiara de basuras las calles y las arrastrase a los sumideros, que eliminara el olor de los muertos que todas las mañanas recogían los camiones negros. Juan deseaba que cayera una lluvia que hiciera rebosar los malditos pantanos y el agua saliera a borbotones de los husillos. Así habría menos casos de asma, y la tuberculosis y las muertes extrañas no escalarían nuevos puestos en el ranking del azote invernal. Todos los males no se podían achacar a la pandemia de la que tanto se hablaba, de la que la OMS insistía en que se trataba de un bulo, una leyenda urbana más. Si el Gobierno decía esto, había que creer lo contrario.

Le pareció ver a unos veinte metros un bulto en la acera. No se lo dijo a Hermi para que pasara de largo. Lo que fuese, un tío, una tía o un perro, no se movía. Si era un vagabundo, estaría durmiendo la mona o estaba cargado de nimbo adulterado hasta las cejas. Lo más probable era que llevara muerto unos días. Los recogedores de fiambres estaban cansados de llenar sus camiones todas las mañanas.

Juan compuso una mueca de hartazgo. No eran muchos los cuerpos que aparecían en aquel distrito, apenas sumaban doscientos los que se llevaban de allí cada día al depósito, y de ellos sólo del treinta por ciento se hacían cargo los hombres de los monos negros, los cabrones que ocultaban sus caretos con pasamontañas y mascarillas.

Debían considerarse afortunados por no haber tenido que intervenir en ninguna refriega. Desde la Central no les ordenaron que se dirigieran a ninguna de las zonas calientes de Madrid. Juan odiaba unirse a los antidisturbios, verse obligado a atizar fuerte a las pandillas de oscuros que disputaban a los moros el control de las barriadas más conflictivas. Eso sí que era peligroso. Los mandos habían aprendido la lección y procuraban no enviar patrullas donde las bandas dirimían sus diferencias. Cuando una zona era declarada de alto riesgo, lo más sensato era dejar que los pandilleros se matasen entre ellos.

Juan se preguntaba a menudo por qué los tíos del GIE arrojaban unos muertos a sus camionetas negras y a otros los dejaban donde los encontraban, en los portales, en las aceras o entre los escombros de los edificios incendiados, para que las brigadas de limpieza locales terminaran el trabajo. ¿Por qué cargaban en los herméticos vehículos negros unos fiambres sí, otros no? ¿Por qué normas se regían a la hora de seleccionar a los muertos? Juan despreciaba a los que trabajaban en el Grupo de Intervención Especial. Cuando las cosas empezaron a ponerse feas para él, estuvo a punto de pedir el traslado a aquel cuerpo, tan desesperado estaba. Pero no empezó el papeleo porque se enteró de que el GIE dependía del Ministerio de Interior, no del de Sanidad. Hermi terminó de quitarle la idea de la cabeza cuando se enteró.

Una noche, mientras los del GIE recogían cadáveres de un descampado, tras asegurarse que nadie le miraba, Juan abrió un saco de plástico y echó un vistazo a su interior. Lo que encontró lo obligó a arrugar la nariz. Dentro había un bulto extraño, de discutible apariencia humana, parecido a un enorme muñeco de trapo. Estaba ennegrecido y despedía un olor tan nauseabundo que estuvo a punto de vomitar. Lo cerró y se largó antes de que los del GIE descubrieran lo que estaba haciendo. Subió al coche patrulla a tiempo. Los tíos que vestían mono negro aparecieron y se afanaron en recoger las bolsas. Los seguía una camioneta cerrada y negra.

Tocó a su compañero en el hombro.

—Para de una puta vez —pidió. Cuando los efectos de la lasca desaparecían le entraban ganas de mear.

—Espera un poco, que este sitio es chungo. Por aquí andan demasiados pirados. Tengamos la fiesta en paz, ¿vale? Aguántate un poco, coño.

Juan se sobresaltó. El implante dio señales de vida, pero no tardó en callar, dejó emitir los chasquidos y volvió a su silencio habitual. ¿Cómo y por qué había sonado? Estaba seguro de haberlo desconectado, lo hizo a la vez que Hermi, cuando salieron de la Comisaría. El día menos pensado se lo arrancaría. ¿Quién iba a darse cuenta de que no lo llevaba? Seguro que era cierto el rumor que decía que la adopción del sistema fue un capricho del Secretario de Seguridad del anterior gobierno. Cuando su partido perdió las últimas elecciones, se retiró de la política y ya no se supo más de él. La investigación que se abrió reveló que tenía una fortuna en un paraíso fiscal.

Mientras esperaba a que Hermi parase, echó una mirada al cielo. Contó seis resplandores de incendios. Se encogió de hombros. ¿Para qué preocuparse por lo que pasaba fuera de su zona?

Descubrió que su compañero había vuelto la cabeza hacia él.

—¿Qué te ocurre, Juan?

—Mierda, me ocurre que tengo que mear y lo haré aquí dentro si no paras. No me gusta hacerlo en la calle. Busquemos un bar.

—¿A esta hora esperas encontrar uno abierto, en este barrio? No jodas.

La siguiente luz roja del semáforo se apagó antes de que llegaran a la esquina. La verde hizo un guiño como de burla. Hermi aceleró en medio del rugido de protesta que soltó el motor.

—Pararé más adelante, antes de llegar a la plazoleta, y mientras tú meas yo ajustaré el cuentakilómetros. ¿Sabes qué te pasa? Has bebido más de la cuenta —dijo.

Hermi iba a añadir algo más, pero Juan había aumentado el volumen de la radio y prefirió callar. La voz de la operadora se había vuelto nítida de repente y el coche se llenó de frases con acentos de muchas partes del mundo, de preguntas ineludibles y respuestas evasivas. La radio se había convertido en una jaula de grillos.

—Prefiero la cerveza a la mierda de agua del grifo —gruñó Juan—. No quiero que me crezcan gusarapos en el estómago. —Se cansó de buscar en los bolsillos—. Me he quedado sin tabaco. ¿Tienes un pitillo?

Hermi sacó su cajetilla y se la dio. Mientras encendía un cigarrillo, Juan soltó una risa nerviosa y propuso:

—¿Por qué no vamos a Tito?

—Porque estamos muy lejos y nos queda más de una hora de servicio. Si tienes ganas de tomar algo, te aguantas. Iremos cuando acabemos.

—Bloqueo la radio y listo, no escuchamos nada y nos hacemos los tontos.

—Ni de coña. Selma nos la tiene jurada. No me fío de ese cabrón.

Hermi paró junto a unos contenedores e hizo señas a Juan para que saliera a mear. A solas, manipuló el contador para ajustar el número de kilómetros recorridos de acuerdo con el consumo de gasolina no realizado.

Juan se volvió al oír que su amigo mentaba de nuevo al jefe. Lo puso de vuelta y media. Hermi no tiene toda la razón, pensó. Selma sólo le tenía a él en el punto de mira, a nadie más. Su compañero era afortunado, no se granjeaba enemigos. Le envidiaba por eso, y también por muchas otras cosas. Pero la suya era una envidia sana, según decían los hipócritas.

Pegó un respingo al sentir la vibración de su móvil. Estuvo a punto de apagarlo, sin molestarse en mirar quién llamaba.

—¿No lo coges? —preguntó Hermi.

—Sí, claro.

Lo abrió. Como temía, la llamada era de Dori. Su amigo vio el número y se echó a reír.

—¿No habías terminado con esa tía?

—Parece que no me oyó cuando la mandé a hacer puñetas —respondió.

—Venga, no te hagas el duro, contéstale a la pobre; no es mala chica, sólo una puta de tantas.

—Lo era, Hermi, lo era. Dejó de hacer la calle hace tiempo.

Su amigo hizo un gesto de extrañeza. Juan adivinó lo que estaba pensando, y si le quedaba alguna duda, le escuchó decir:

—Es verdad. Ya no lo es. No puede serlo desde que le cosieron el sello en la teta derecha para que todo el mundo sepa que su coño está de baja forzosa. Espero que sólo te la chupara, Juanito.

—Está limpia, joder —gruñó Juan—. Ya te dije que fue una venganza de su antiguo chulo. Encima, debe agradecerle que no la retirara de la calle rociándole la cara con ácido.

—Un día de estos me contarás cómo ese hijo de puta se hizo con un marcador para dejarle la señal de por vida.

Juan contrajo el ceño. El chulo de Dori no podría explicar nada a Hermi, ni a nadie, lo que le hizo a aquella desgraciada porque llevaba meses criando malvas. Aún no habían encontrado su cadáver. Ni lo encontrarían. El día que le pegó dos tiros en los huevos disfrutó de lo lindo.

—Me han dicho que tiene un trabajo honrado y se está rehabilitando.

—¿Y tú te lo crees? Qué pardillo eres a veces, Juan.

No quería seguir discutiendo, aceptó la llamada y preguntó:

—¿Qué carajo pasa para que me llames a estas horas?

Tragó saliva cuando escuchó que la apagada voz de Dori le decía:

—Eh, cálmate. Fui a tu casa esta mañana y tu hija me dio con la puerta en las narices. ¿Te parece poco lo que me pasa?

Juan hizo balance de la situación: Dori seguía teniendo la llave de su casa. Llevaba varios días sin verla, desde que ella metió en una maleta sus cosas y volvió a su cuchitril. Como excusa dijo que lo hacía para estar cerca del hospital donde había encontrado trabajo como limpiadora. Añadió que estarían sin verse unas semanas, hasta que demostrara a su jefa que era capaz de dejar limpios los pasillos y los lavabos como los chorros del oro y no se iba a arrepentir de haberla contratado. Esto fue lo que le dijo a Juan para que no pensara que su intención era romper para siempre con él. Para demostrarle que aún le tenía aprecio, le dio un beso, pero en la frente.

—Olvidé decirte que mi hija iba a pasar unos días conmigo. Pero, ¿por qué cojones no me llamaste antes de presentarte en mi casa?

—Juan, fui a tu casa para recoger unas cosas que había dejado allí. Está bien, debí llamarte, pero no me pasó por la cabeza que tu nena me abriera la puerta. Dios, con lo que me odia esa cría…

—¿A qué hora fuiste?

—Por la tarde, alrededor de las cinco… No, creo que eran las seis.

—Vale, vale. Dime qué fuiste a buscar y te lo llevaré a tu casa. No vuelvas a aparecer por la mía, joder. Y me devuelves la llave. Por cierto, ¿qué haces despierta tan tarde?

—Dormía. Me ha despabilado el calor. ¿Has olvidado que tengo que levantarme temprano para ir al curro? Te he llamado varias veces, pero tu móvil…

—Lo tenía apagado.

—¿Dónde estás?

—Patrullando con Hermi.

—Juan, si mañana tienes un rato libre, me gustaría hablar contigo.

—¿De qué?

—¿De qué va a ser? De nosotros.

Juan apretó los dientes. Sabía lo que quería decirle Dori.

—Te llamo más tarde, cuando haya descansado un poco, y quedamos en vernos.

Se produjo una pausa que a Juan le pareció demasiado larga.

—No he debido llamarte, lo sé. Me arrepiento de haberlo hecho. Juan…

—Dime.

—No hables de esto con tu hija, no le riñas por haberme tratado con la punta del pie.

—Descuida, no lo haré. Tengo que colgar.

—Espera un momento. No quiero alarmarte, pero me pareció que tu hija no tenía buen aspecto…

Juan estuvo a punto de gritarle que no se metiera donde no debía, pero se contuvo y dijo:

—Anda un poco constipada. Adiós, Dori. Pórtate bien.

No esperó la respuesta, apagó el móvil y lo desactivó para que Dori no volviera a molestarle. La llamaría al día siguiente, después de que hablara con su hija, si la encontraba en casa cuando volviera.

—¿La llamarás? —le preguntó Hermi.

—No lo sé. Venga, date prisa —dijo Juan.

¿Qué le importaba a su amigo lo que él hiciera? A veces Hermi era demasiado entrometido. Dori había cometido un error, uno más. No tenía derecho a hablarle de su hija, y menos decirle que la había visto con mala cara.

—La chica merece una explicación por tu parte —insistió Hermi, terco él.

—Ya veré lo que hago.

Marchaban por Usera, un barrio de nivel medio en la difusa escala de seguridad de la ciudad. Se acercaban a la M—30 y pronto llegarían donde podían bajar la guardia, pero no debían confiarse. Para Hermi todos los barrios eran malos. Era desconfiado por naturaleza; cuando veía aparecer las furgonetas de los antidisturbios, frenaba y escondía el coche entre los vehículos abandonados convertidos en refugios de mendigos y enfermos. Con las luces apagadas esperaba a que los destellos de los pirulos se alejaran. Los jefes al mando de una operación de envergadura estaban autorizados a ordenar a todas las patrullas que encontrasen que se unieran al operativo.

Una vez los pillaron pasándose de listos, intentando escabullirse de un fregado a tiros que terminó con varios muertos y heridos, en uno de los muchos campamentos ilegales de tibios,pero como no fueron los únicos que se escaquearon, el expediente fue archivado. De haber seguido su curso, habrían tenido que suspender de empleo y sueldo a la mitad de las plantillas de veinte centrales y hubieran caído los mandos que miraron a otro lado. Lo que ocurrió entonces les enseñó que a veces había que ceder, pero también aprendieron los trucos para desaparecer sin manchar sus hojas de servicio, aunque esto no les importaba demasiado. ¿Acaso había alguien que tuviera su historial limpio como una patena?

—Paciencia, Juan —dijo Hermi, sin dejar de vigilar la avenida por la que circulaban. Había más tráfico allí que en la zona que acababan de dejar atrás. Los muy madrugadores empezaban a salir de sus casas para dirigirse a sus trabajos. La mayoría de los coches iban completos. Los amigos los compartían con los amigos y los vecinos con los vecinos para ahorrar gasolina y no consumir más de la que conseguían con los cupones—. En unos minutos celebraremos en Tito no haber tenido problemas esta noche. Ojalá que todos los servicios fueran como el de hoy. Por cierto, ¿has oído que en Hortaleza van a elevar el nivel del naranja al rojo? Seguro que no te has enterado. Bueno, luego te lo cuento. No podemos quejarnos, Juan. Otros están peores que nosotros. Mira que si los traficas se hubieran presentado… Joder, nos habrían jodido la noche. Espero que la grabación del operativo no haga a Selma sospechar que no nos presentamos. Lo tenemos todo registrado, imágenes, el tiempo que estuvimos esperando... Todo. No quiero imaginar en la que nos habríamos metido si esos hijos de puta hubieran aparecido. Podemos demostrar que el soplo era falso, que se lo inventó el confidente. Pero pensándolo bien, vete a saber si era bueno. Para mí que se olieron que habían sido delatados y suspendieron la operación. Apuesto a que eran tibios, o unos pringados que traficaban con copias, no con drogas.

Nadie conocía la procedencia del chivatazo en la Comisaría; había llegado a la mesa de Selma por conducto no oficial. Juan achacaba el fallo a las deficiencias que últimamente se detectaban en el departamento. Nadie estaba seguro si el negocio se iba a hacer con sueños fabricados en Hong Kong, esa mierda que invadía los mercados, sin garantías, copias capaces de derretir los sesos de los críos en pocas sesiones. Los programas ilegales de Segunda Vida causaban tantos estragos como cualquier epidemia. Este problema afectaba a Hermi. Juan se enteró la tarde en que su amigo, en el bar de Tito, le dijo; «Un día me puse el casco de mi hijo. El programa que yo creía legal era para cagarse hasta las trancas. ¡Dios, creí volverme loco! No pude aguantar ni la primera fase, tuve que apagarlo antes de que me derritiera el coco. Aún así, terminé con un dolor de cabeza de órdago. Lo peor fue que me cabreé tanto que estuve a punto de partirle la cara a mi hijo. Menos mal que mi mujer se puso en medio y sólo lo castigué con un mes sin juegos. Sí, eso fue lo que dije, pero al día siguiente me cargué la consola y la tiré a la basura. El puñetero niño estuvo una semana sin dirigirme la palabra. Pero es bueno, me comprendió y me perdonó. Ahora sólo juega con aventuras sin riesgos. ¿Dónde vamos a ir a parar con tanta mierda?»

Juan no supo qué responderle. Sus problemas no eran unos juegos. Ojalá lo fueran.

Miraron a los lados cuando dejaron atrás la calle repleta de basuras. No todos los vagabundos que encontraron tumbados en los contenedores dormían. Muchos estaban demasiado quietos, apestaban a fiambre pasado de fecha. Los tíos del mono negro tardaban en aparecer en según qué barrios. ¿Por qué para ciertos trabajos se daban prisa y en cambio pasaban olímpicamente de otros? Hermi procuró alejarse de allí a toda pastilla, impaciente por dejar atrás el pestilente olor.

Juan echaba de menos los tiempos en que patrullaban por los barrios pijos. El trabajo era sencillo, se limitaban a comprobar que los seguratas privados estuvieran en sus puestos y dieran los partes cada hora. Pocas veces se vieron obligados a intervenir. Los matones pagados por los ricachones no se andaban con chiquitas a la hora de limpiar de intrusos las zonas residenciales.

Dio la última calada y tiró el cigarrillo por ventanilla. Hermi ahora no dejaba de decirle que su hijo mayor era un buen chaval, que volvió a sacar buenas notas en el trimestre, y para premiar su esfuerzo lo llevó a ver la final de Copa de fútbol. En el viejo Bernabéu se lo pasaron en grande porque su equipo se alzó con la victoria. Pasaron una buena tarde. No hubo jaleos, la policía no tuvo que arremeter contra las aficiones.

Hermi era un tío con suerte. Juan lo envidiaba. Tenía una mujer que trabajaba de funcionaria desde antes que se casaran. En su casa entraba un buen dinero todos los meses. Nunca estuvieron empeñados, no tuvieron que hipotecarse. El piso en el que vivían lo heredaron de los padres de ella. No cayeron en la trampa en la que se vieron atrapadas tantas familias. Los bancos no los pondrían en la calle.

En el aspecto de la vivienda Juan no podía quejarse. Su piso había sido de su madre y ahora lo tenía para él solo. Su ex vivía al otro lado de la ciudad, en un barrio que no estaba mal del todo porque se encontraba apartado de las zonas sin ley que tanto habían proliferado en las afueras.

Por la avenida pasaban pocos coches, pero a los lejos se veían decenas de luces rojas y blancas. Al poco escucharon sirenas, unas de la policía y otras de las ambulancias. Luego, los alaridos de los coches de los bomberos. Los vehículos privados se quitaban de en medio rápidamente. En la siguiente esquina, Hermi empezó a frenar al descubrir un monstruo con ruedas parado a pocos metros; una docena de tíos con monos negros arrojaba bolsas de plástico a su interior.

El Ministerio de Sanidad, valiéndose de todos los medios de difusión del Gobierno, no se cansaba de pregonar que las epidemias estaban siendo controladas y sólo quedaban por vencer las que persistían en las colonias de inmigrantes musulmanes, a los que se les acusaban de sus propios males por negarse a ser vacunados desde que un ulema proclamó haber recibido un mensaje del Profeta comunicándole que los infieles pretendían exterminar a los creyentes inyectándoles todas las enfermedades habidas y por haber. A la vista de lo que ocurría, Juan creía que tal vez no le faltaba razón.

Hermi metió el coche en la calle siguiente, a la ruta que los llevaría al bar de Tito al cabo de media hora. Aquel era un buen sitio para relajarse y tomar unas copas. La única pega que tenía era que estaba cerca de su Comisaría. Aunque bien mirado era una ventaja. Pero sólo a veces, no siempre.

—En unos minutos estamos en Tito —dijo Hermi, sonriente—. Pero no vamos a quedarnos mucho rato, ¿eh? Una copita y al despacho, a redactar el informe. Estoy deseando volver a casa, darme una ducha y tumbarme en la cama. A ver si tengo suerte y cuando llegue ya ha vuelto el agua. No esperaré a que mi hijo despierte. Coño, que su madre le acompañe hoy hasta la boca del metro, que a esa hora ya habrán echado a los piojosos y las escaleras estarán transitables.

Juan asintió con la cabeza. No sería café lo que tomarían en Tito. Hermi pediría algo fuerte, y él... Bueno, ya lo pensaría. A veces Tito adivinaba lo que necesitaban apenas los veía entrar por la puerta, no tenían que pedírselo. Se prometió que sólo tomaría una copa, y luego a casa. Si su amigo tenía ganas de irse a la cama, más las tenía él. Con un poco de suerte dormiría como un bendito. Confiaba en que lo ayudaran los rescoldos de la mierda de lasca de nimbo que le había regalado el Jeta. Tal vez tuviera bonitos sueños, no las pesadillas de costumbre.

Como ave fénix renacida de sus cenizas, la radio se reactivó y se enteraron del jaleo que había en la zona Este y los alrededores de la autovía Cinco. Al parecer, había habido docenas de heridos en una refriega entre bandas de latín kings y tibios. Una voz ronca informó a continuación de un supuesto caso masivo de contagio en Alcorcón, con el resultado de más de veinte personas afectadas.

Juan se acordó de que en otras ocasiones el mal más temido se presentaba con los síntomas de un simple catarro, pero se complicaba y las victimas no tardaban en palmarla cuando las trasladaban al hospital. Los recogedores de muertos aparecían en los depósitos de cadáveres para llevarse algunos cuerpos, desapareciendo con su carga sin dar cuenta a los médicos de servicio.

El Gobierno afirmaba que todo estaba controlado desde el pasado mes de febrero, pero no explicaba por qué la gente moría en las salas de espera de los hospitales, no a causa de la gripe aviar sino por algo peor, un retrovirus que podía estar emparentado con el ébola, el ántrax o el SIDA. Juan no entendía de microbios, pero los que fuera hacían causaban en todo el mundo. No había un solo país que se librara de los embates de la muerte. No era un problema exclusivo de África, de Sudamérica o de Asia, sino de todas las naciones. Según los rumores, las calamidades se originaron en el Golfo Pérsico, cuando a los yanquis se les fue la mano en los bombardeos sobre Irán; también corría la maledicencia de que se les escapó algo que elaboraban en unos laboratorios ultra secretos. La historia de siempre.

La causa de los males también se buscó en Corea del Norte. Se acusó a los norcoreanos de ser los culpables. La inspección que la ONU llevó a cabo, tras amenazar al Gobierno con lanzar bombas atómicas al norte del paralelo 38, no sacó nada en claro. ¿Qué esperaban encontrar? El asunto fue tapado con una cortina de humo más espesa que las anteriores. Lo cierto era que el amigo americano no podía parar su bien engrasada maquinaria de guerra, y cuando acababa con el enemigo de turno se daba prisa en sustituirlo por otro. Washington siempre tenía una excusa para emprenderla a bombazos. En el mundo había muchos países a los que se podía acusar de conspiración, de poner en peligro la paz mundial.

Juan prefería no pensar en estas cosas porque le daban dolor de cabeza, y menos cuando tenía a su hija en la mente. Luisa parecía no estar bien. Su ex no dejaba de darle la monserga para que la convenciera que debía verla un médico, pero no uno cualquiera, sino un especialista. Y que él pagara la factura, que para eso era su padre. Ana odiaba a la Seguridad Social.

Para que su ex le dejara en paz le respondía que lo que la niña tenía que hacer era dejar de salir todas las noches con sus amiguetes y no juntarse con el hijo de puta que se la estaba tirando, que el día menos pensado la iba a dejar preñada y se quitaría de en medio cuando se enterase. Juan se la tenía jurada al cabrón llamado Rafi. Cuando indagó en el pasado de aquel hijo de puta se juró le daría un buen escarmiento, y hacía falta incluso lo caparía. Y vaya si cumplió lo que se prometió a sí mismo.

Hermi le dio un codazo.

—¿En qué coño estás pensando?

Que no me pregunte por ella, que no me pregunte por mi niña, ni por mi vida, rumió Juan. Con Hermi prefería no hablar de Luisa porque siempre terminaba largándole la monserga de que acabaría pasándole algo malo, y que como padre él era un desastre, que tenía el defecto de carecer de mano izquierda para arreglar las cosas cuando todavía tenían solución. Para terminar de cabrearlo, como si lo hiciera a propósito, le soltaría que una hija necesitaba a su padre, y que si patatín y patatán. La canción de siempre.

—No estaba pensando en nada —replicó.

—Siempre se piensa en algo. ¿Qué te apuestas a que adivino lo que estabas pensando?

Como lo adivines te mando al carajo, reflexionó Juan.

—Venga, vamos a Tito de una puta vez —dijo para cambiar de conversación.

—Llegamos enseguida.

El coche dobló la siguiente esquina demasiado rápido. Se escuchó el lamentable chirrido de los frenos. Juan soltó una maldición. El embrague fallaba, las pastillas debían estar hechas pulpa. Hermi no continuó. La calle estaba cortada y tuvo que dar marcha atrás; volvieron a la plaza en obras y la rodearon apartándose de las vallas y las luces rojas que avisaban que había una enorme zanja más adelante.

Juan casi dio un salto en el asiento cuando escuchó de la radio las palabras clave del coche, gritadas por la chillona voz de la tía del turno de noche.

—Eh, somos nosotros —susurró Hermi, frenando para no perder la sintonía.

Escucharon:

—... Clave roja en el sector tres, dos, cinco... Repito, clave roja en el sector tres, dos, cinco. Las unidades que se encuentren en las proximidades de este sector deben acudir en apoyo del operativo…

 

© 2011 Ángel Torres Quesada. Reproducido con la autorización de Grupo AJEC.

 

Para más información sobre la editorial o adquirir su ejemplar, puede visitar su página WEB