LOS HORRORES DEL ESCALPELO de Daniel Mares Imprimir E-mail
Escrito por Daniel Mares   

Los horrores del Escalpelo de Daniel MaresAvance de la nueva novela de Daniel Mares

 LOS HORRORES DEL ESCALPELO

Daniel Mares

Anticipo Grupo AJEC - Colección AJEC Hystorica

 

Contraportada

Los horrores del Escalpelo de Daniel MaresOtoño de 1888. El ingeniero español Leonardo Torres Quevedo se halla en Londres en pos del mítico Ajedrecista de Maelzel, un autómata mecánico que se creía perdido desde hacía décadas.
En compañía de Raimundo Aguirre, monstruoso ladrón y asesino, quién dice tener la pista del perdido autómata, inicia la búsqueda a través de los bajos fondos londinenses y alta sociedad victoriana.

Daniel MaresPero la búsqueda es interrumpida por el horror: las calles del deprimido barrio de Whitechapel amanecen con cadáveres de prostitutas abiertas sobre el adoquinado. Y Torres Quevedo y su compañero Aguirre se ven implicados en la caza de un asesino que firma sus crímenes como Jack el Destripador, entrando en una compleja partida de ajedrez con oscuras conspiraciones, el misterio y la muerte como piezas principales.

«Una rica ambientación que nos hace ver, oler y tocar el Londres de finales
del XIX. Personajes inolvidables que horrorizan y conmueven. Una trama
repleta de giros imprevisibles, pero siempre coherentes. Todo ello servido
por la pluma iconoclasta de Daniel Mares, el talento más desatado de la
fantasía española."

Javier Negrete, autor de “La espada de fuego” y “Salamina”.

"Un largo paseo por el horror y la muerte, a la sombra del asesino más
famoso de la historia y de la mano de uno de los autores más originales
que produjo el círculo literario de la extinta TerMa madrileña."

León Arsenal, autor de “El Hombre de la Plata” y “El Espejo de Salomón

  • Grupo AjecTítulo: Los horrores del Escalpelo
  • Autor:  Daniel Mares
  • Portada: Epica Prima
  • Precio: 27,60 €
  • Tamaño: 23x16 Cm
  • Encuadernación: T. dura sobrecub.
  • Páginas: 832
  • Isbn: 978-84-15156-12-3
  • Colección: AJEC Hystorica

 

Non Omnis Moriar

 

Martes

 

Imagino las montañas tal y como las describía el amigo Torres. Verde hasta emborrachar los ojos, castaños y hayas meciéndose en paz al arrullo del ábrego, el aire claro, nuevo, los calores del verano tienen que ser amables allá en el Valle de Iguña. Recibió mi carta recién fallecido su primogénito, y no sé a qué milagro postal he de agradecer el hecho de que llegara a ese pueblecito de Portolín, donde por entonces había fijado residencia con su esposa. Poco interés debía de tener en su estado por las noticias que le llegaran de alguien que apenas conoció diez años atrás cuando, conseguida ya su licenciatura en ingeniería, decidió recorrer Europa e impregnarse allí del ambiente artístico y de todo el saber que en aquella época de inocencia se prometía tan dichoso.

Imagino que andaría no lejos de su casa, sosegado en la frescura del atardecer de agosto, restañando con serenidad su pérdida, en la medida que es posible sanar dolor tan grande, mientras observaba cómo su mujer descendía por el pequeño teleférico de madera desde el cercano prado de Venenales, crujiendo al paso lento de un par de vacas que tiraban de los cables. En la mano, abandonada pero aún sin tirar, seguro que llevaba mi carta, prorrogada por la nota de un diligente miembro de la legación española en Londres.

 

Querido señor Torres:

Le escribo la que acompaña a la presente al dictado de este buen señor, Raimundo Aguirre, que siendo poco instruido me ha rogado que le hiciese el favor en virtud del conocimiento mutuo y, quiero creer también, de la amistad que a ambos nos une y a mí me honra. Vi al hombre apurado, asegurando que se trataba de un asunto muy importante que le atañe a usted. Accedí a esta petición por el buen recuerdo que dejó aquí su visita hace años y porque dio muestras de conocerle; si al final resulta en algún bien para usted, como afirma Aguirre, me sentiré más que complacido.

Aun así, le advierto que el tal Aguirre parece un truhan de muy baja estofa, y andaría yo con cien ojos si tuviera que tratar con él. Si me atrevo a seguirle la corriente ha sido por caridad cristiana, pues parecía urgirle mucho el mandarle estas letras, la misma compasión que intuyo le movió a usted para frecuentar su compañía. Si soy engañado por mi buena fe, sea, no quisiera pecar de impiedad por exceso de suspicacia. Desde luego, tampoco querría que usted, un caballero de tanta valía como demostró en su pasada estancia y un compatriota por demás, se viera perjudicado por algo en lo que mi mano, aún inocente, hubiera tomado parte. Así que le digo: ande con pies de plomo, señor Torres, que una mirada a la espalda ha salvado más de una reputación y hasta alguna vida.

Debido a que desconozco su dirección actual, enviaré la carta a Madrid, a la residencia de sus padres. Si no viviera en esa ciudad, seguro que se la harán llegar allá donde resida ahora.

Nada más y espero que todo sea para bien. Me despido esperando verle pronto por esta ciudad, a la que siempre estarán invitados usted y los suyos, y que se ennoblecerá por la presencia de un caballero español de tan altas virtudes. Por supuesto, le proporcionaremos acomodo a su gusto en cuanto nos haga saber las fechas en que disponga venir, como en su pasada visita.

Un saludo cordial.

 

Don Ángel Ribadavia

Secretario de Primera Clase

Embajada española en Londres, Reino Unido

 

Este tan laudatorio señor Ribadavia no era en realidad un gran amigo de Torres. Ambos se conocían por esa brevísima visita que hizo a Londres diez años atrás, donde acudió al joven diplomático recomendado a través de su padre, quien tenía cierta amistad con la familia de Ribadavia, para buscar ayuda al manejarse en aquel país, del que desconocía hasta su lengua. Entonces era un joven agregado recién asignado a la embajada, emprendedor, con iniciativa e impaciente por agradar. En diez años había alcanzado un importante puesto tanto en la legación española como en la sociedad londinense. Luego resultó un hombre cabal, un tanto singular, y de gran ayuda para Torres… No se apuren, vuelvo a la historia.

A esta carta le seguía la mía, del puño y letra de don Ángel.

 

Londres, a 3 de abril de 1888

 

Estimado señor:

Espero que se encuentre bien, y que goce de buena salud y fortuna. Disculpe el atrevimiento al dirigirme a usted así, tras tantos años, la urgencia del motivo que me mueve a escribirle lo justifica.

Vamos al asunto. Aspiro, pese a lo insignificante de mi persona, a que me recuerde de su pasada visita a esta isla. Yo no olvido las muchas gentilezas que tuvo para conmigo. Fue amable en extremo y se portó como el caballero que seguro es. Es por esto que su nombre ha sido el primero que ha venido a mi memoria en cuanto me he visto obligado a tratar el asunto que a continuación le expongo.

Obra en mi poder ese objeto que fue el catalizador de nuestro pasado encuentro. Le adjunto con esta misiva parte de él, que usted bien reconocerá, para que sirva de garantía de lo que le digo. Disculpe que no sea más explicito, pero apelo a su claridad de mente que hace innecesario más detalles, y a su buen juicio, que le hará entender la discreción que es preciso llevar en todo asunto referente a un objeto tan valioso y codiciado como el que nos ocupa.

Valoro mucho esta pieza, sobre todo tras escuchar las explicaciones al respecto que dio aquel oficial amigo de usted, pero lamentablemente y como en mí es habitual, no gozo en la actualidad de una situación desahogada y me veo a mi pesar obligado a desprenderme de ella. Muchos me han hecho ofertas, pero me resisto a vender algo así a una persona de menos merecimiento, a algún mercader que poco sabría del valor y la importancia del artículo en cuestión. Por eso me atrevo a dirigirme a usted, ofreciéndole yo la pieza en perfecto funcionamiento por la cantidad de cincuenta libras. Sé que es un precio mucho menor de su valor real, la urgencia de mis necesidades me impulsan a esta mengua en la tasa.

Si desea la compra debiera venir usted a Londres por él, pues me es imposible desplazarme, y menos con el objeto, hasta España. Apresúrese; mi situación es desesperada y mucho me temo que tenga que malvenderlo a un anticuario o feriante de poco gusto. Así, también es preciso que disponga de la cifra en metálico en el momento de la transacción, que efectuaremos en cuanto usted desee. De momento me alojo en la Pensión Comunal de Crossingham, en el 35 de Dorset Street, Spitalfields, Londres. En caso de verme obligado a cambiar mi residencia, dejaría la nueva al encargado.

Un saludo, y espero sinceramente verle a no mucho tardar. Solo usted tiene los conocimientos y el paladar para apreciar semejante obra.

Se despide, siempre suyo:

 

Raimundo T. Aguirre

 

LOS HORRORES DEL ESCALPELO de Daniel MaresPensativo, extraería del bolsillo de su chaqueta el objeto que yo había mandado junto con la carta: la cazoleta de una pipa vieja y sin tiro, la prueba de que no mentía y de mi sincera intención de vender el hallazgo al único hombre que fue amable conmigo desde el desdichado Bunny Bob.

Luz, su mujer, no pudo tardar mucho en llegar al final del pequeño trayecto aéreo de doscientas yardas, donde unos hombres le ayudarían a descender de la silla, esos mismos lugareños que sonreían y se maravillaban del artefacto de ese extraño señor, alto y amable, que «no trabajaba en nada». Triste y serena debía ir mientras se acercaba, dando las gracias a los que le tendían una mano, tomaría en brazos a su alborozado hijo… no recuerdo su nombre, si es que andaba allí retozando, e iría pronto hacia su marido.

—Es muy cómodo —diría desde la distancia mientras se acercaba—, y no lo parecía.

—¿Te has mareado?

—Nada. Es agradable ver todo pasar tan abajo. El camino de Silió parecía tan estrechito… ¿a qué altura pasa?

—Ciento treinta y cinco pies… —Vaya, mejor dejaré las medidas británicas que, al menos a uno de ustedes, no le serán muy familiares. Es un sistema antipático, pero tiene cierto sabor antiguo… en fin utilizaré el más racional sistema métrico a partir de ahora, haciendo homenaje a mi amigo Torres, de alguna manera.

Retomando la situación, Torres respondería a su señora algo como:

—Unos cuarenta metros.

—Parecieron más. Con este aire tan rico se le quita a una el vértigo.

—Ves mujer, tanto santiguarse. Es más seguro que un coche.

—Ya lo sé, si lo has hecho tú, así tenía que ser. —Debían de ir paseando del brazo hacia casa, tranquilos, reconfortándose el uno al otro sin necesidad de hablar del dolor que aún les pesaba—. ¿Crees que este invento tuyo interesará a alguien?

—¿Por qué no? La gente tiene que poder salvar cortes y escarpaduras sin necesidad de dedicarse al alpinismo, ¿no?

En algún momento su mente debió volver a mi carta, que arrugaría en sus manos, gesto en el que Luz tuvo que reparar.

—Sigues pensando en el hombre que te escribió desde Inglaterra. Nunca me hablaste de él.

¿Por qué iba a hablar de mí? A sus veinte años cruzaba Europa, embelesado por la belleza de Italia, bebiendo todo el soberbio arte que vio allí, fascinado por las mentes prodigiosas que encontró en Francia: Henry Poincaré, Appell, Cheng, Maurice d’Ocagne, atrapado por la majestad montañosa en Suiza, quién sabe si imaginando allí sus teleféricos saltando de pico en pico… ¿ante eso qué podía recordar de su fugaz paso por Inglaterra y nuestro esperpéntico encuentro de barraca de feria?

No, nada, hasta que mi carta agitó la profunda imagen que dormía entre tantas otras de aquel viaje. La aventura que junto a mí tuvo allí, aunque fugaz, fue lo más extraño que le había ocurrido nunca, y el preámbulo de lo que vino después.

Yo estaba allí antes que Torres. No les aburriré contando las penurias y vicisitudes de una vida entregada a la barbarie y la depravación, sometida a perpetuas humillaciones y lejana de la luz de Dios; mi mal vivida vida. Tras el final de la guerra seguí rebotando de cárcel en cárcel, de miseria en miseria, años desperdiciados en alcohol o pecados. Crucé al viejo mundo huyendo de… lo que fuere. Seguí envileciendo mi cuerpo y mi espíritu en tierras irlandesas y británicas, hasta terminar en septiembre de mil ochocientos setenta y ocho como una atracción más en un desfile de monstruos. Un hombre sin cara, que anda como un muerto resucitado, habla con infinita lentitud y piensa aún más despacio no puede encontrar otra ocupación; la mendicidad, el delito o la degradación pública, esas habían sido mis opciones durante los treinta y cuatro años de mi vida, por lo menos en los últimos diez.

 Todo lo que la naturaleza me había quitado no menoscababa… de acuerdo, dejémoslo en que me lo quitó mi mala fortuna, o mi estupidez y mi miedo, como gusten; la cuestión es que mis muchas taras me incapacitaban para llevar una vida normal, pero esta merma no afectó en absoluto a mi fortaleza física, que los años de mal trato y trabajo duro habían desarrollado hasta hacer de mí un hombre formidable, al menos en mi mitad izquierda. Esta circunstancia me libró de muchas penurias, pues en el mundo de los fenómenos de ferias la crueldad es moneda de cambio. Mi vigor impidió que sobre mí se ejercieran demasiados abusos, es más, era yo el despiadado y cruel con mis compañeros de deformidad. Así, Pottsdale, el feriante que era el dueño de la exhibición de fenómenos recién instalada en lo más céntrico de Londres a la que mis huesos habían ido a parar, me empleaba, además de para mostrar mi monstruosidad a muchachas gritonas y asustadizas, como el instrumento de autoridad entre mis compañeros indefensos.

El espectáculo de Pottsdale mostraba el lado oscuro del mundo como ninguno en el que haya estado. Allí convivíamos, no en armonía por cierto, las imágenes de la injusticia natural que la sociedad victoriana pudiente alejaba de sus vidas, con la esperanza de que a fuer de ignorarnos, dejáramos de existir. En esa cloaca de finales del Siglo de los Prodigios estábamos los frutos de la locura del mundo, las excreciones purulentas de ese diecinueve surgido del desarrollo industrial rampante mezclado con nostalgias de glorias perdidas. Allí languidecían el horrible Esqueleto Humano y el asombroso Hombre Sapo, la Mujer Serpiente y el voraz Hombre Lobo, las Siamesas y el Hombre más Gordo del Mundo, la Familia Diminuta y yo; hasta contábamos con la reciente incorporación de un domador de osos, con su plantígrado bailarín. Yo, habitual inquilino de palacios del feísmo al estilo del de Pottsdale, nunca vi lugar tan horroroso ni tan inmundo. Vivíamos en celdas, en un callejón cercano a Trafalgar Square, celdas que jamás se limpiaban. Así moraban algunos, pues yo en mi condición de brazo derecho del viejo Potts dormía con él, a los pies de su cama. Ellos, mis compañeros, permanecían el día entero encerrados allí, mientras que yo, junto con algunos como el rugiente Hombre Lobo, Eddie el domador de osos o Tom el enano, que compartían mi suerte como «amigos» de Potts, conservábamos un modo de vida más humano; no, menos animal. Los tres citados de hecho eran compañeros de juergas de nuestro patrón, compinches en alguna que otra fechoría, cuyos botines repartían como buenos camaradas piratas, dejando nada para mí; bastante era ya el no correr la suerte del resto de los monstruos. No obstante, mi olfato siempre me indicó que parte de los beneficios que sacaban de hurtos, pillajes y otras trapisondas, e incluso un buen pellizco de las ganancias de la exhibición de fenómenos iban a parar a otros bolsillos, pues en Londres el crimen andaba bien organizado, y era preciso lubricar muchas manos para que todos fueran felices en el reino del pecado.

Yo, por el contrario, carecía del intelecto suficiente para servir de algo más que no fuera mozo o sirviente, y a nadie rendía cuentas aparte de a Potts. Mis cometidos se reducían a dar de comer a los monstruos, administrar disciplina cuando era preciso y una vez a la semana entrar en cada cuartucho a tirar un cubo de agua en el suelo y recoger otro con las deposiciones de los inquilinos. El hedor era insoportable y aun así los visitantes no dejaban de acudir a los siete pases de cada tarde y los dos del domingo por la mañana. Claro, que alguien que paga un chelín para poder ver engendros desfigurados no debe ser muy remilgado en cuestión de olores.

Potts recogía en persona el dinero, bien adornado con chaqueta roja y hongo viejo, repeinando siempre sus abultadas patillas, prometiendo con cómico acento francés adornado de toda suerte de ademanes y grandes alardes, que por tan poco dinero iban a contemplar horrores traídos de los confines de la tierra, advirtiendo a las jóvenes excitadas y a los tipos que allí las llevaban como preámbulo de veladas más lúbricas, que si tenían corazones sensibles no entraran, voceando con tonos acartonados de feriante las excelencias de su negocio junto a Pete, el oso danzarín de Eddie, que pese a su considerable tamaño era capaz de bailar una agitada polca a los sones, dulces y estridentes a un tiempo, de la concertina de su amo; jamás vi animal mejor adiestrado.

Cuando Potts no podía ejercer de maestro de ceremonias lo hacía su mujer, Eliza, un ser gordo que en nada debería envidiar a nuestro George, el fenómeno de cuatrocientas libras que apenas podía respirar y se veía confinado de por vida en su celda, incapaz de salir de ella. Eso sí, ella era mucho más desagradable, dotada con una avidez insaciable por la cerveza y los bolsillos ajenos. Si era la señora de Potts la que abría las cortinas donde figuraba en sucias letras rojas: L'exhibition de Phénomènes et d'Horreurs de tout le monde du monsieur Pott, colgaduras que guardaban a Londres de contemplar el horrendo callejón, seguro que en ese pase se tendrían escasas ganancias. La desagradable fetidez de Eliza quitaba las ganas de ver a otro monstruo. Fuera quien fuese el recaudador, una vez recogidas las monedas, franqueaban el paso al callejón, y el público pasaba uno a uno por las celdas viejas donde cada cual hacíamos nuestro número. Éramos artistas como decía Burney, el Hombre Esqueleto, mientras se moría poco a poco.

Un arte incomprendido por el resto del mundo civilizado, si me permiten este cinismo. En una ocasión a punto estuvieron de cerrar el negocio, con la consecuente ruina de Pottsdale y la muerte segura de muchos de los «actores» de la farsa, que aunque obscena, triste e indigna de todo cristiano, era la única existencia que podíamos conseguir. Algunas buenas gentes se quejaron de que este era un espectáculo que ofendía a Dios nuestro Señor, más aún cuando se ofrecían pases en domingo. No creo que ninguno de nosotros faltáramos al Señor, más le llamaríamos a las lágrimas que a la ira, si como pienso el creador es antes piadoso que justiciero, o así me gusta a mí verlo, que cargo con tantos pecados.

Llegaron a presentarse policías dispuestos a cerrar tan bochornoso espectáculo, pero pocas leyes hay que guarden por los menos favorecidos y así, con suspender las sesiones del domingo, y despistar unas coronas aquí y allá entre los agentes, Potts siguió con su negocio. Poco después de que la policía de la City hiciera el amago de cierre y acabara con los pases de fin de semana, un tipo elegante, un médico o un científico dijo que era, apareció por el callejón. La visión de negocio de mi patrón le llevó a pensar que si nos habían quitado las jornadas de domingo, debíamos recuperar las pérdidas añadiendo matinés todos los días. Llevábamos una semana abriendo a las diez de la mañana, y ese día, poco antes de empezar, nadie se agolpaba en la entrada del callejón esperando que Potts saliera a pregonar las excelencias de su espectáculo. Londres estaba de luto. Dos días antes, el Princess Alice, el más popular de los vapores de recreo que hendían el Támesis, tuvo un mal encuentro con un buque carbonero cinco veces mayor que él en ruta a Newcastel para cargar carbón. El Princess Alice se hundió en menos de cuatro minutos junto con seiscientos cuarenta pasajeros, doscientos más de los que debiera haber llevado. Desde ese día se estaban recogiendo cadáveres del río. Ante tragedias así, ni al más seco de los corazones le apetece ver monstruos.

Apareció no obstante ese caballero trajeado aguardando que las cortinas negras se descorrieran. Quería un pase privado. Era una circunstancia insólita, yo no recuerdo que Potts organizara funciones de esa índole, pero este señor pagó su buen dinero para que él y su sobrina, una joven muy hermosa y de aspecto delicado, pudieran contemplarnos. Dijo que se trataba de satisfacer cierta curiosidad académica.

—Mi sobrina, pese a su condición de mujer y su juventud, tiene algunas inquietudes científicas que a mí me gusta aliviar.

—Esa condición de que habláis salta a la vista —se relamió Potts con el sombrero roñoso en la mano y su falso y afeminado acento francés, mirando a la blanca niña vestida de encajes e ignorando los gruñidos de Eliza, que ya llevaba borracha desde el alba—, y las inquietudes que quiera aliviar c'est votre affaire, et de votre petite nièce. Eso sí, se hará cargo de que esto es un negocio, mon ami, y de que somos muchos los que nos ganamos la vida con él. Si cerrara las puertas, mis pérdidas… c'est terrible. —Mentira, no aguardaban muchas más ganancias en la jornada de hoy. El pecador codicioso calló en cuanto el caballero mostró dos libras.

—La gentuza que frecuenta su «negocio» enturbiaría el carácter docente que trato de dar a esta visita —dijo entregando el dinero—. Por no hablar de que no son compañía deseable para mi sobrina.

La tal sobrina, que no dudo que lo fuera, peores cosas he visto, sonrió con núbil lascivia cuando las grasientas manos de Potts apretaron las monedas. Era una niña hermosa y conocedora de su belleza y de los deseos que removía en los hombres, incluyendo a su tío. No digo que fuera una buscona, pero la santidad tampoco la llamaba. Muchos hombres, incluyendo a Potts, traían aquí a putas para excitarse con ellas y no eran mujeres así, por allí solo veíamos a rameras de lo más tirado, no doncellas que ocultaban tras su castidad los vicios más torcidos. Eddie se enfadó, que aun siendo ahora feriante parecía venir del teatro, de las variedades o del circo, y le disgustaban estas exhibiciones grotescas. Mal enfado ese, porque poca cosa más que lo grotesco se mostraba allí. El dinero es el dinero, Potts era quien mandaba; empezó a golpear el suelo con su bastón, llamándonos a escena.

La exhibición empezó como de costumbre, por las celdas de la derecha hasta dar toda la vuelta al callejón.

—Bien, nous commençons le notre paseo a través de les cruels caprices de la nature por una de las criaturas plus incroyables du monde: aquí tenemos a L'homme Araignée, el Hombre Araña de Bengala, capaz de… —No, nada tan exótico como la India. Era Burney y había nacido en Manchester. El número del Hombre Esqueleto, el ser más delgado del mundo, capaz de pasar a través de collares de perros y de cinturones de delgadas bailarinas aburría. La gente prefería horrores peores, más sórdidos, y parece que un pobre infeliz al que se le prohibía comer seis de los siete días de la semana no era lo bastante espantoso. El mundo prefiere monstruos de verdad, así que a Potts, cuyo cerebro era una fuente continua de aberraciones, se le ocurrió hacerle andar a cuatro patas, retorcerse como un contorsionista, para lo que tenía cierto talento, y maquillarlo con hollines y cal. Ahí lo tenía: un espantoso y delgado ser arácnido.

Después la familia de enanos, Tom y Edna, con su pantomima trasnochada de disputa doméstica, incluyendo al pequeño Tomy, un monito con pañales que hacía las funciones de niño, feo y cómico. Donde Pete ha sido el animal más portentoso que jamás vi, Tomy es el más desagradable y malsano; extremos hay entre las bestias como en el hombre. No perdió mucho tiempo el caballero y su sensual sobrina en las aburridas bobadas de esa triste pareja, que no tenían gracia ni el día de su debut, menos entonces que ya llevaban repitiendo los chistes más de cinco años. Pasaron rápido al siguiente, a Irving, un anormal que padecía exceso de hirsutismo y un brillo malsano en su alma que le llevaba a cometer los peores actos, hazañas que avergonzarían al mismo Satanás y de las que se servía bien Potts. El Hombre Lobo apareció medio desnudo, gritando y golpeando contra los barrotes con sus colmillos de jabalí falsos asomando por la boca. La sobrina se pegó a su tío, y él acarició los rizos rojizos de la niña. Pottsdale sonreía y babeaba viendo la mirada brillante de la chiquilla con alma de puta.

En la celda vecina de Irving estaba Lawrence, el Hombre Sapo, mi billete a la salvación. Lawrence nació con sus cuatro extremidades atrofiadas, poco más grandes que las aletas de un pez, y una cabeza desproporcionada, afectada de una hidrocefalia lenta y cruel que acabaría matándolo. En mi cerebro roto ronroneaba el continuo resquemor de la culpa: la muerte de Bunny Bob, supongo. Así que mantenía un ojo siempre fijo en el más débil de nuestro circo, pensando que eso me redimía por dejar que el Monstruo mancillara y matara a Bob. No mostraba amabilidad ni caridad alguna hacia él, no era capaz de sentir algo así por nadie y menos expresarlo, me limitaba a procurar que comiera todos los días, a limpiarlo y a que ninguno de los sádicos con los que convivía, Potts o Irving por ser más concreto, desahogaran su crueldad u otros instintos aún más infames sobre él.

Potts había ideado para él un teatrillo, un lienzo coloreado con dibujos tropicales en el que podía atársele y colocarlo vertical, permitiéndole mover sus pequeñas aletas y parecer así un sapo, o cualquier otra cosa que sugiriera la venenosa lengua de nuestro amo y maestro de ceremonias, que los oídos de los curiosos, una vez espantados, pueden creer las fantasías más descabezadas.

—¿Es hombre o mujer? —preguntó la sobrinita.

—¿Ve a lo que me refería? —dijo el tío mientras abrazaba a su adorada pupila—. La curiosidad de mi sobrina es asombrosa y un tanto perversa. —Pude ver desde mi jaula, que estaba enfrente a la de Lawrence, cómo el viejo apretaba su mano contra la cadera de la muchacha—. Lo que quiere decir es si las deformidades de ese hombre alcanzan sus órganos genitales.

Je comprends —dijo Potts—. Eso costará plus, si las autoridades supieran que permito esta clase de…

Y el caballero pagó un poco más, y Potts abrió mi jaula, y bastón en mano me indicó que entrara en la de Lawrence y lo desnudara. Lo hice, exagerando aún más mi andar para cumplir con mi papel de hombre-monstruo. No vi ningún mal en ello, la humillación era algo con lo que cohabitaba día tras día. No diré que pensara que esa pequeña exhibición no podía añadir más vergüenza al sufrimiento habitual de Lawrence, era consciente de sus padecimientos; es que me eran indiferentes, no veía sentido a lamentarse por ellos, ni los suyos ni el de nadie, todos éramos exhibidos, éramos engendros y ese era nuestro puesto en el orden de las cosas.

Luego, terminada la innoble presentación de Lawrence, llegamos a Amanda, la escultural Mujer Serpiente con sus tatuajes y su lengua hendida asomando.

—¿Puedo tocarla? —dijo la niña, ya muy excitada tras el Hombre Sapo.

Núm —se apresuró Potts como si temiera que metiera la mano entre los barrotes—. Ma petite, el simple contacto con la piel de esta diablesse es venenoso. Podríais morir en un segundo, ce qui serait une perte insupportable.

—Disculpe señor…

Monsieur Pott.

—Bien, al hilo de la pregunta de mi sobrina. ¿Existe alguna relación entre estas criaturas, algún contacto…?

Je comprends parfaitement. —Sí, no era el primer caballero que deseaba contemplar a dos monstruos fornicando en compañía de su protegida, con frecuencia mucho más joven que él. No es que Potts ofreciera este tipo de espectáculos, no se atrevería con el revuelo que las buenas gentes de Londres habían formado en torno a su callejón, pero ni Pottsdale ni yo éramos neófitos en el negocio de las exhibiciones de atrocidades, así que pronto reconocimos que el señor buscaba un tipo especial de excitación. Eddie, que había dejado a su obediente oso dormir y procuraba escapar de este espectáculo degradante, volvió a mostrar su parecer, cuando le pidieron que desalojara y adecentara la habitación del fondo, donde iba a proseguir la función; de nada le sirvió.

Quiso nuestro mecenas que fuéramos Amanda, exótica, repulsiva y misteriosa a la vez, y yo, repulsivo sin más, los que representáramos una farsa grotesca de los primeros padres en el paraíso. Por qué ese sibarita del infierno me eligió a mí, no lo sé, hay abismos a los que es mejor no asomarse. Potts me llevó a un lado y me explicó el negocio.

—Ray vas a joder, ¿cuánto hace que no te alegras ese cuerpo deforme tuyo? —Cierto, como comprenderán mi aspecto no facilitaba las relaciones con el bello sexo. Mi conocimiento de la carne de Eva se ceñía a las prostitutas de menor escalafón, mucho peores que las mujerzuelas del East End, y muy borrachas. Una mujer tenía que estar en condiciones infrahumanas para querer rozar a alguien como yo. Sí, no espero su compasión, esos tiempos pasaron hace una eternidad y las cicatrices, aunque escuecen y se quejan cuando hace mal tiempo, ya han sanado. Lo cierto es que me costaba fortunas conseguir los favores de una vieja enferma y desdentada, y yo no disponía de fortuna alguna, por lo que la posibilidad de gozar de Amanda, una hembra sensual pese a su lengua bífida, su falta de pelo, sus dientes tallados y sus tatuajes monstruosos era el mayor de los regalos; era una hembra joven. Joven.

Por supuesto, Amanda no estaría tan entusiasmada. No creo que fuera capaz de pensar en nada, no recuerdo haberla oído pronunciar palabra alguna, y en su mente ahogada por el alcohol y la locura no cabía otros pensamientos que los más tórridos, que desahogaba allí donde el ardor de su vientre la atrapara, sin importarle quién mirara. Esa lascivia voraz la aprovechaban, estoy seguro, Potts, Irving y no diría yo que no lo hiciera también el muy casado Tom, pues el cuerpo firme y suave de la Mujer Serpiente, pese a sus tatuajes y su calvicie, o tal vez por ellas mismas, era de lo más apetecible a tenor de lo que estábamos acostumbrados. Todo eso es cierto, tan cierto como que esos arrebatos que mostraba hasta con los fríos barrotes de su celda, nunca estuvieron dedicados a mí.

—Tranquilo —me explicó Potts manoseándome en un patético remedo de actitud cariñosa—, estará borracha y será muy dulce. Te dejará hacer a tu antojo, una verdadera fiesta para el viejo Ray. —Cierto de nuevo. Amanda, además de ser retrasada, vivía sumergida en ginebra que el mismo Potts destilaba a partir de alcanfor, un veneno que todos tomábamos ahí, y ella con una devoción que rivalizaba la de Eliza. Estaría ebria hasta casi la inconsciencia, lo que no conduce por necesidad al inmediato sometimiento a los pérfidos deseos de un ser embrutecido, no siempre, y nunca si el sujeto soy yo. Sí, supongo que fue una violación, si tomamos una definición estricta de esa palabra, y si dijera que fue la única de mi vida faltaría a la verdad en parte; más de una vez gocé de mujeres que no mantenían el conocimiento completamente y este no es el mayor pecado del que debiera arrepentirme, creo que ya dije que en alguna ocasión falté al quinto.

No pretendo convertir esto en una confesión minuciosa de mis faltas, moriríamos todos antes de terminar y quiero, por el contrario, ahorrarles las nauseas que les provocaría la escena que interpretamos. Procuraré tratar el asunto con la mayor delicadeza.

Una fea función, la más desagradable que imaginen constituye gozo para alguien. Siempre hay espectadores agradecidos y generosos para cualquier monstruosidad. En la inmunda habitación donde dormía Potts al final del callejón, lo hicimos. Tío y sobrina se sentaron frente al camastro poblado por todo un imperio de chinches, donde Amanda se tendía, bebiendo de un frasco de barro el veneno del que ya no podía separarse y preguntándose, supongo, qué pasaba, por qué su carcelero la quería allí y quiénes eran aquel caballero y aquella encantadora niña que la miraban alumbrados por un par de luces y preguntaban cosas como:

—¿Sabe hablar?

—¿Qué come?

—¿Me entiende?

Ambos maravillados por los movimientos fluidos de la borracha, que parecían más hipnóticos bajo la titilante luz de dos candiles. Llegaba mi turno. Ella no necesitaba beber esa botella para estar borracha, se pasaba el día así. Era su forma de desaparecer del callejón. Amanda bebía y fornicaba con todo varón, salvo yo, Potts se iba con putas de cinco peniques, yo daba palizas a las siamesas o evitaba que Irving atormentara a Lawrence; cualquier cosa para no estar allí.

—Que se desnuden —dijo la niña, que en la lóbrega intimidad del cuartucho de Potts se había convertido en una pequeña y sensual tirana. Potts me animó a hacerlo y yo decidí irme, un desafortunado ataque de dignidad, fuera de lugar en mi situación.

—Vamos Ray, muchacho, te daré diez peniques —como a dos de sus putas—, y tendrás a una mujer de verdad. Es un coñito joven, eso no lo has probado nunca ¿eh Ray, muchacho? No te haces idea cómo es esta cerda, va a dejarte seco…

No, no era ya problema para mí copular con Amanda, de hecho la miraba con mayor deseo por momentos; lo que no quería es que esos dos me vieran sin ropa. Puede que estuviera acostumbrado a que contemplaran mis cicatrices, a las expresiones de asco, a las risas y arcadas, pero siempre vestido, como un ser humano, nadie, excepto la madre de uno, tiene derecho de ver la desnudez de un cristiano.

—Escucha Ray —me golpeó con su sombrero y se puso a hablarme al oído—, no voy a perder este negocio por tus tonterías. ¿Dónde se ha visto?, un deforme como tú con remilgos, a estas alturas. Si no sois vosotros, dejaré que nuestro amigo peludo se la meta por el culo a Lawrence, ¿eso quieres?

No. No podía dejar que le hicieran nada a Lawrence. Si cuidaba de él, mis pecados estarían perdonados. Me quité la ropa y me acerqué a la mujer reptil. Amanda, que respondía con increíble voracidad a cualquier contacto humano, se apartó a la defensiva como una cobra acorralada. No quiso quitarse lo poco que le cubría. Gruñó con su voz rasgada. La golpeé en la cara y Potts la midió con su bastón. Era joven y fuerte, pero la bebida la convertía casi en una inválida bajo nuestros golpes. La niña soltó un gritito excitado y vi cómo su mano volaba hacia la entrepierna de su tío mientras se mordía sus labios pecaminosos. Dediqué de nuevo mi atención a Amanda. La pareja de monstruos, tío y sobrina, no nosotros, explicaban al detalle lo que querían ver, cada giro, cada degradante acto.

—Ves querida —decía el hombre con la voz ahogada mientras hundía su cara contra el pecho plano de su sobrina—. Es la bestia, el hombre carnal y primitivo, Adán fornicando con la serpiente en este paraíso grotesco. Mi amor, ¿ves el acto salvaje que mancha al ser humano desde el primer día?, ¿la representación de la degradación que te ha convertido en una puta? Eres mi puta, ¿verdad?

La niña de ojos sucios sonreía y hacía mohines, mientras yo me lanzaba al violento ultraje de una Amanda medio inconsciente y sangrando por la boca, murmurando algo, como rezando. Vi cómo Potts empezaba a tocarse contemplando a la pareja que devoraba con los ojos nuestras sórdidas y patéticas evoluciones románticas.

No duró mucho, apenas empezó. En un momento, mientras yo obediente a sus órdenes cometía tan atroz pecado y miraba absorto los dibujos en esa piel, la niña se levantó y comenzó a acariciar el cuerpo sucio y tembloroso de la Mujer Serpiente. Yo la aparté de un manotazo. Cogí mi ropa y salí corriendo atropellando de nuevo a la cría, que cayó protestando con un berrinche infantil, y a mi amo en la fuga. Algo terminó por romperse dentro de mí, algo que hizo que ignorara la consecuencia de mi huida: los golpes de Potts, la tortura sobre Lawrence, el hambre y el tormento desencadenado sobre los dos.

Puedo decirles con conocimiento de causa que el Señor ha puesto luz en el alma de cada uno de los hombres, que el criminal más despiadado encuentra en algún momento la gracia de Dios en su interior, hasta en una criatura descarriada como yo, tonta y criada entre la inmundicia. Muchos actos de mi vida avergonzarían al diablo mismo, pero fue esta última degradación pública la que me sacudió las entrañas y me hizo llorar, y preguntarme qué más me quedaba por hacer.

Quedé en el callejón vigilado solo por la mirada vacía del oso Pete. Mientras Eliza abría ya para el público en general, yo pensaba en mi vida, tanto como entonces era capaz de pensar. Se puede vivir sin ninguna esperanza, sin ilusiones ni sueños, se puede llevar una existencia preocupado solo por lo que beberás esa noche, por cómo sobrevivirás hoy, por lo que robarás, pero eso no es vida. Es cierto que sin ilusión no hay desengaño, y así la existencia se torna plácida como la de los animales, placida y brutal, sin dolor, ni pena, ni alegría, lejos de la gracia de Dios. ¿Acaso es eso vida? Ese día vi el horror de mis actos en aquella violación ausente, ese crimen hecho con total despego, sin el disfrute del criminal, o casi sin él. Cuando no se obtiene placer de los pecados cometidos es señal del final. Así lo entendí, aunque con el tiempo volví a caer a un pozo aún más hondo. Por fortuna la misericordia de Cristo nuestro Señor siempre está a nuestro lado, y si una vez te toca, siempre tendrás acceso a su luz.

Me lamentaba entonces, mientras apretaba el paso para salir del callejón, no solo de lo hecho sino de lo que me quedaba por hacer, condenado a una existencia navegando sin rumbo entre la degradación moral y física, cuando escuché una palabra en español. No sé cuánto hacía que no oía el bonito sonido de nuestro idioma. Esos agradables tonos constituyeron mi artefacto del tiempo. Fui transportado hasta casa, con mi padre riendo y cantando, bailando con su mujer, animado por el alcohol que en los primeros estadios de su adicción lo alegraba más que sumirle en la melancolía asesina de sus postreros años. Navegué a los tiempos en que tuve una cara entera y me quedaba una vida entera, ningún pecado manchaba mi espíritu, ningún odio ni rabia atormentaban mis noches. Ni robos, ni muertes, ni violaciones.

Quien había hablado era un caballero de altura respetable, no le eché más de veinticinco años, de pelo oscuro, mirada franca, y un elegante bigote adornando su rostro sencillo. El joven trataba de hacerse entender en francés, intercalando unas pocas palabras inglesas recién aprendidas sin duda. La altura y presencia del hombre no intimidaba, todo lo contrario, cierta calidez y serenidad acompañaba a sus ademanes, tranquilos pese a encontrarse perdido en ese pozo de iniquidad. Junto a él, Eliza, que había abierto por su cuenta y riesgo, trataba de timarlo. El caballero parecía estar desorientado, miraba sin sobresaltos pero con algo de desconcierto al desolador espectáculo que lo rodeaba e intentaba hacerse entender. Eliza sonreía con sus dientes amarillentos, exigiendo el doble de la tarifa habitual y mirando con avidez el paño del traje del forastero.

Algo apagado y extinto desde la infancia debió prender en mi cabeza. Rápido, sabiendo que contaba con poco tiempo antes de ser disciplinado por mi deserción, el que empleara Potts en apaciguar a sus clientes enfadados por la espantada, fui a por ellos y lo abordé:

—Dis… dis… señor, ¿p… puedo ayu… ayudarle? —Me hice entender bien en la lengua de mis antepasados, pese a los años sin usarla. Parece que las lesiones en el cerebro que entorpecían mi raciocinio hasta convertir cada pensamiento en un doloroso parto, conservaban mi memoria, o ciertas partes de ella, en excelente estado. El hombre me miró desde su altura, solo desde la física. Aunque la talla moral del caballero superaba la mía, aunque era innegable que mientras yo había crecido alimentado por la ignominia, el espíritu de este hombre se había nutrido de generosidad, bondad y sabiduría, no me despreció con la mirada, en ella solo vi gratitud. Era la primera vez que alguien me daba las gracias, supongo que también era la primera vez que yo hacía algo por alguien.

—Gracias a Dios —dijo—. No imaginaba encontrarme a nadie que hablara español por aquí. Trataba de decir a esta señora que…

—Nnnnadie habla su id… idioma en Llll… Londres.

—El problema de las lenguas, sí… —empezó a divagar—, cuánto avanzaría este mundo si no estuviéramos sumidos en una Babilonia… ¿ha oído hablar del Esperanto?

No entendí nada, ni Eliza, que me miraba con más abulia en su cara de lo habitual, si eso era posible.

—¿D… d…de d… dónde es us… ted? —dije yo.

—¡Eh! —gruñó ella.

—Español…

—¿Q... q… qué quiere?

—Sí. Trataba de explicar a esta amable señora que busco el… Spring Gardens, pero creo que me he perdido.

—Mmmme temo… q… q… que así es. —Sí, el callejón de Potts era el polo opuesto al Spring Gardens. El lugar que buscaba Torres, aun estando muy cerca de mi exhibición de atrocidades, distaba tanto de ella como el cielo del infierno. Era una iglesia remozada hacía un siglo por James Cox, un afamado artista e inventor que convirtió la capilla en un museo para sus creaciones. Tres meses atrás ese museo había sido reabierto de nuevo, no sé si bajo la tutela de sus herederos, pero sí con el mismo espíritu que el original; una feria de estilo mucho más edificante que la del señor Pottsdale. Según contaban, por supuesto que yo jamás la había visitado, el lugar era una recopilación de los mayores prodigios científicos y artísticos de la humanidad, los del señor Cox y los de sus discípulos así como obras de todos los genios europeos de varias décadas. Solo un viajero perdido y desconocedor del idioma podía acabar aquí yendo allí. Me gustaría a mí no equivocar el camino al final de todo, e ir abajo en lugar de arriba, si es que no estoy ya en ese final—. El lugar q… q… q… está m… muy cerca. Veng… venga con… conmigo.

Eché a andar hacia la calle, ligero pese a mi caminar de borracho. Eliza gritó algo: «Cara Podrida —me dijo, así solía llamarme, y—: ¿Qué crees que haces?», todo ello aderezado con multitud de lindezas. Yo seguí adelante tirando de la manga del extranjero, que se disculpó con el sombrero ante «la dama» mientras me seguía.

—D… déjela… iba a… ro… robarle.

—Oh… Muchas gracias por su ayuda en ese caso. Es usted muy amable, solo será necesario que me indique.

—Somos… p… p… paisanos. —La sonrisa del español aumentó, sin duda mi acento revelaba más que mis palabras. Me enfadé, no me gustaba que se rieran de mí—. Yo nnnn… nací aquí —mentí—, p… p… pero mis… ab… abuelos eran de Esp… Esp…

—Entonces en efecto, casi somos paisanos.

Salimos del callejón al empedrado húmedo del exterior al tiempo que Potts abandonaba su cuarto bastón en mano para ajustarme las cuentas, después de que la pareja de caprichosos se las ajustara a él, imagino. Londres es frío y desapacible en otoño, y muy concurrido a esas horas del mediodía, todavía algunos muchachos voceaban las ediciones de la mañana con las listas de los muertos del Princess Alice, mezcladas junto a las noticias de una nueva aparición de Jack, el demonio que aterraba a las mujeres de Londres desde hacía mucho tiempo. Chismes y horrores reales entremezclados en la prensa, eran ojeados por personas despreciables que esperaban entrar en el callejón de Pottsdale, y por buenas gentes que iban de visita a Spring Gardens, o a ocuparse de asuntos comunes, que aunque yo lo ignorase, podían ir más allá de hurtos y tropelías. Mi mundo era feo y así veía a mi ciudad. Nunca me gustó, me parecía sucia y malhumorada, peligrosa; ese era el Londres que yo conocía. Llegué a odiarla aún más diez años después, y con todo, la amé a un tiempo.

—¿Qué le… t… trae p… por aquí, s… señor…? —pregunté.

—Torres. Oiga, no es preciso que me acompañe... —respondió él.

—N… no. —Me detuve—. N… n… necesita ayuda, y… y yo… ¿Algo mmmalo?

Lo miré desafiante, sabedor de lo que turbaba mi media cara. Suponía que asqueado, el tal Torres trataba de zafarse de mi incómoda presencia, como tantos otros. Por Dios, intentar deshacerse de mí, que estaba evitando que le robasen… nada más lejos de la verdad. En la mirada del español no había ni una sombra de desprecio, ni rastro de la repugnancia que pudiera provocarle mi aspecto, tan solo el sincero apuro ante mi arranque de generosidad.

—En absoluto —dijo mientras se protegía del frío entre el cuello de piel de su abrigo—. Le vuelvo a agradecer tanta molestia. ¿Su nombre era?

—Rai… Raimundo. ¿Q… q… qué le trae p… por…?

—Como le dije… oh, se refiere a su país. Llevo varios meses viajando por Europa, conociéndola, disfrutando de su arte y sus paisajes. —Viajado, bien vestido, un diletante rico, no puede evitar que mi instinto de criminal se agudizara.

—Aquí… no hay p… pa… paisajes. Yo p… p… puedo acom… acom… llevarle hasta Ep… Epping Forest, es b… bonito. ¿Art… art… artttista?

—No. Ingeniero.

—Aquí. —Le indiqué la fachada de lo que fue una iglesia sobria, acogedora pero muy seria. Esta austeridad contrataba y magnificaba la fulgente belleza que se escondía en el interior, belleza que en condiciones normales jamás podría haber estado a mi alcance.

La entrada en Spring Gardens era exorbitante, diez chelines y seis peniques que Torres no dudó en pagar, subvencionando así mi acceso al paraíso del genio del hombre. El portero me miró con mala cara, pero Torres abonó con naturalidad la tarifa ignorando los reparos que mi presencia provocaba en los empleados del museo y ambos franqueamos la entrada. Dentro oculté mi rostro desfigurado tras mi máscara de cuero (ya hacía tiempo que no usaba el viejo saco) avergonzado por cómo afeaba mis deformidades tanta hermosura. En todos los años de mi vida no he visto nada tan bello como lo que descubrí allí dentro, con la excepción del angelical rostro de cierta joven. Magníficas pinturas adornaban el techo del que colgaban candelabros de cristal, suntuosos cortinajes escarlata arropaban las paredes hasta el suelo, brillante como un espejo. Un buen número de caballeros distinguidos acompañados de damas envueltas en bonitos azules y alegres verdes se paseaban por las salas, sonrientes, desprendiendo elegancia en los andares y en los gestos. No podía creer que la gentuza chillona y ordinaria que frecuentaba el callejón tuviera algún parentesco taxonómico con estas criaturas hechas de gentileza y buenas maneras.

Todo ese ambiente agradable que me envolvió era el perfecto marco para lo que allí se exhibía, objetos que eran el fruto de todo lo bueno del hombre, como yo lo era de todo lo malo, y cuyas imágenes aún me acompañan en los momentos de dolor y me dicen que pese al horror, el hombre está dotado para lo sublime.

En las paredes, en las salas anejas, por todas partes había pavos reales de plata que abrían su cola enjoyada, cisnes brillantes que aleteaban, delicadas bailarinas o pequeños tigres de oro que enseñaban, furiosos y regios, sus colmillos refulgentes. En una esquina había una estrella que se movía centelleando por las miles de gemas que la adornaban, y que no despertaron en mí codicia alguna, sino admiración. Había una estatua de un muchacho con una piña en la cabeza que se abrió para mostrar un nido de pajaritos piantes, y relojes con curiosas figuras sacramentales y apocalípticas moviéndose alrededor en mesas dispersas aquí y allá, extraños péndulos oscilando, instrumentos prodigiosos, y hasta un sillón donde un anciano caballero se sentó y exclamó gozoso y sorprendido entre aplausos de los asistentes, aliviado por obra de esa delicada ciencia de alguna dolencia que sufría.

—¿Q… q… q… qué es…? —susurré, y el amigo Torres a mi lado, tan embelesado como yo o más, puesto que el conocimiento le permitía saborear los prodigios que nos rodeaban con paladar más educado, me respondió.

—La obra de Cox, de Joseph Merlín, de muchos otros; autómatas.

—Es… ¿mag… brujería?

—En absoluto, don Raimundo: es ciencia. Ingenios mecánicos de exquisita precisión. —Y belleza. La delicadeza con que aquellos artefactos estaban construidos saturó la capacidad de asombro de una criatura tan poco acostumbrada a lo bonito como yo. Continuamos paseando en ese taller de las maravillas. En una habitación cercana se había improvisado una sala de conciertos sobre cuyo escenario brillaba un extraño y enorme artilugio, cuajado de trompetas, clarinetes, instrumentos de cuerda y percusión, sumergidos todos en un entramado mecánico inextricable; una orquesta completa y mecánica. En un atril a la entrada del auditorio descansaba el programa de conciertos.

—¿Le agrada la música, don Raimundo?

—Rrrr… Raimundo. —Me quedaba grande el «don».

—Parece que van a interpretar una pieza de Beethoven con este… Panharmonicon. ¿Le gustaría asistir…?

Yo miraba absorto un calidoscopio que reposaba en una mesa contigua, invento que siempre hace las delicias de niños y mentes débiles como la mía, cuando la atención de Torres reparó en otra cosa y se olvidó del extraño instrumento. Era música también, pero de una simple flauta. Una dulce melodía estaba siendo interpretada por la estatua de un flautista sentado sobre un pedestal. La gente rodeaba al autómata y al señor Davies, actual y orgulloso propietario de Spring Gardens, que lo presentaba.

—El flautista de Vaucanson. Esta muestra es mejor de lo que esperaba. —Torres parecía conocer bien esos aparatos. Nos acercamos y él quedó ensimismado mientras Davies manipulaba la máquina y otra melodía empezaba a sonar. Yo estaba más interesado en la reproducción de una batalla que teníamos al lado, con sus tropas dispuestas a tomar una plaza fortificada, los cañones humeando y la caballería cargando sobre una superficie de más de cinco pies… perdone, me cuesta acostumbrarme; dos metros. Cada soldado cabía en mi mano. A Torres parecían apasionarle más esas reproducciones de metal de músicos.

Davies continuó con la muestra conduciendo a su audiencia hacia otro autómata, esta vez un pato de primoroso acabado: el también famoso ánade de Vaucanson, anunció. El animal agitaba las plumas, pero eso no era más que adorno, un añadido al verdadero prodigio del pato mecánico, afirmó Davies sin ahorro de florituras verbales que yo sí evitaré aquí. El animal artificial era capaz de comer, digerir el alimento y excretar los residuos.

—¡Qué necedad! —Un joven oficial, rubio, agraciado en extremo y de ojos encendidos, que asistía al lugar junto con un compañero de armas, ambos engalanados con el elegante uniforme verde de fusileros, soltó ese exabrupto que destacó sobre las expresiones de asombro e incredulidad de la concurrencia.

—¿Algo le incomoda, teniente? —preguntó Davies sin alterar un ápice su actitud amable y hospitalaria.

—Por supuesto que me incomoda algo, señor mío, a cualquier hombre de bien, temeroso de Dios, molestaría semejante burda emulación de la obra del Creador. Un pato de metal que come y… por todo lo sagrado… defeca. ¿Qué más monstruosidades tiene en su casa de los horrores, señor Davies? ¿Una cabeza parlante?

—Puede ver una junto a la entrada, teniente. —Todos rieron la respuesta de Davies. Me llama la atención que entonces no cayera en lo paradójico de que ese oficial, al que más adelante llegara a conocer mejor, llamara «casa de los horrores» a Spring Gardens, estando tan cerca de los auténticos espantos de Potts. Para cada cual las pesadillas tienen distintas formas.

—Disculpen a mi camarada —intervino el otro teniente que lo acompañaba, algo mayor, de pelo oscuro como su fino bigote y menos apuesto, aunque con un aire más mundano en la mirada—. Está en vísperas de su boda, por lo que se encuentra en un estado de ánimo un tanto inquisitorial.

Más risas. Torres, que apenas se enteraba de nada, sí percibió la violencia de la situación en cómo el rostro del teniente objeto de burlas se encendió. Me preguntó, y yo le hice de traductor lento pero veraz, pues mi cabeza nunca ha sido capaz de mentir por falta de imaginación, no por sinceridad. El oficial de pelo claro, molesto con la intervención de su compañero, trató de decir algo, pero Davies lo interrumpió una vez más.

—No hay problema, teniente. Esto es solo fruto del cerebro y las manos de hombres excepcionales, no de sortilegios del diablo.

—No me tome por ignorante, señor. Es de las manos y las mentes de los hombres de donde mana el pecado —dijo, furioso por las guasas y abochornado por la atención que recibía de todos los presentes. Yo no perdía ripio, pendiente de la conversación para traducírsela a Torres. Davies dio a entender con un elegante ademán que en ningún momento trataba de ofender al oficial, y dejando atrás cualquier posible riña, volvió a atender a su animal mecánico. Manipuló algo en el pato y este agitó la cabeza, picoteó el grano que había en un plato junto a él y lo tragó. Como se había anticipado, la criatura de metal empezó a excretar los desechos de su fingida digestión entre aplausos de la concurrencia.

No pude contener la risa. Ver aquellas señoras encopetadas y a sus acompañantes aplaudiendo al presenciar cómo caga un pato era lo más cómico que había visto en mi vida. El teniente iracundo reparó en mi risa, en mi máscara y en mi mugre, y reaccionó con la misma hostilidad que ante el pato cagón de metal.

—Señor, ¿algo de mí le resulta divertido?

En cualquier otra situación un desplante así no lo hubiera tolerado sin responder, y no con la palabra. El uniforme, la limpieza del lugar, los buenos modales, todo eso me tenía muy acobardado; la actitud agresiva del militar hizo que me acurrucara, como cuando aguardaba resignado los bastonazos de Pottsdale. Torres se apresuró a socorrerme. Aunque el teniente no pretendía dañarme en absoluto, nada más contrario a su carácter que agredir a un desvalido, el español trató de sacarme del posible apuro, difícil tarea sin conocer el idioma. Su traductor, un servidor, estaba demasiado confundido para ejercer mis nuevas e improvisadas funciones. Por fortuna ambos militares eran hombres de alta extracción y muy cultivados, y hablaban francés con cierta fluidez. Así pronto entendieron las excusas que Torres dio en mi nombre.

—Todo lo contrario —dijo el moreno—, disculpe usted a mi amigo, como ya he dicho sus inminentes esponsales le han agriado un poco el carácter. El matrimonio es el mayor antídoto contra el buen humor. ¿Está usted casado?

—No.

—¿Ni comprometido? Eso demuestra inteligencia, además de una entereza poco usual en un varón, conociendo lo hermosas que son las mujeres de su país. ¿No te lo he dicho a menudo, Harry? Cuando deje el regimiento pienso hacer un largo viaje por España.

—Y allí les recibiremos con los brazos abiertos, aunque les sería a mis paisanos mucho más fácil atenderles si supieran sus nombres…

—Tiene razón, qué descortesía por mi parte. —Se cuadró sin demasiada marcialidad—. Teniente John de Blaise, del tercero de la Real Compañía de Fusileros del Rey. Mi amigo de tan desagradable carácter es el teniente Henry Hamilton-Smythe.

—No le haga caso —dijo Hamilton-Smythe olvidado ya su enfado y exhibiendo una sonrisa que le convirtió en un momento de iracundo censor en un atractivo joven de rasgos casi femeninos—. Las habilidades sociales de De Blaise están acordes con el resto de su persona, no se lo tenga en cuenta.

—Me llamo Leonardo Torres, vengo de España, y mi… recién conocido amigo y cicerone en esta laberíntica ciudad suya es don Raimundo.

Ambos me miraron. Dos petimetres jugando a ser soldaditos, me parecieron a mí. Un par de ejemplos de la pujante juventud del imperio que se daban aires de bon vivant, ricos sin duda, pero no de muy alta cuna, pequeña nobleza si acaso, dispuestos a devorar el mundo a bocados, conocedores de pertenecer a lo mejor que la raza humana podía aportar… miento. Entonces solo bajé el rostro incapaz de juzgar ni tener opinión alguna, salvo el temor, y dejé que mi máscara me defendiera de sus miradas.

—Tenga cuidado con esta clase de gente —dijo De Blaise—, en un extranjero solo ven presa fácil para sus villanías. Si busca un guía mejor…

—Todo lo contrario. Don Raimundo me ha librado de un mal encuentro derrochando valentía, y se ha ofrecido desinteresadamente a guiarme.

—John —intervino su amigo. El que antes se encaraba conmigo, ahora era mi defensor—, esta devoción tuya por la belleza hace que asocies la deformidad y la fealdad con el mal. El pobre hombre solo tiene una atrofia… ¿nació usted así o se trata de un accidente?

No dije nada hasta que Torres me aclaró la pregunta.

—Su cara, don Raimundo.

—Raimundo.

—¿Qué le pasó? —me preguntó con naturalidad.

—La g… guerra…

—Dice que es soldado, como ustedes —tradujo Torres—. Una herida en combate, supongo.

—¿Soldado…? —exclamó De Blaise, a punto de preguntar hacia qué guerra necesitaba embarcar monstruos Su Graciosa Majestad, cuando su amigo lo interrumpió.

—¿Has visto? Puede que acabemos como él en cuanto seamos destinados, es una falta de caridad ofenderse por su aspecto. Salgamos ya de esta feria grotesca, ¿nos acompaña, señor Torres?

El aludido titubeó; luego llegué a conocerlo muy bien y estoy seguro que deseaba sobre todo seguir admirando esas bellezas, su avidez científica fue siempre el mayor de sus apetitos. No obstante, por aquel entonces era muy joven, y el interés en relacionarse con personas de toda condición le atraía con fuerza, así que no despreció el paseo con estos caballeros, posponiendo la satisfacción de sus intereses científicos para otra ocasión. Fuimos saliendo hacia la calle. De Blaise, tras despedirse afectuosamente del señor Davies, siguió respondiendo a su amigo.

—Espero que no sea así en tu caso —Hamilton-Smythe lo miró intrigado—, lo de volver con cicatrices en tu carita de querubín; la dulce Cynthia no querrá un marido feo… pero no es el aspecto de este hombre lo que me preocupa. En las calles hay gentuza con sus facciones completas pero con el alma degradada hasta extremos aterradores, se lo aseguro señor Torres.

—Nunca entenderé esa extraña moral tuya, por muy propia de estos tiempos que sea —dijo Hamilton-Smythe, siguiendo una discusión entre viejos amigos que parecía venir de atrás—. Censuras con severidad las debilidades de carácter, causadas casi siempre por la pobreza y la ignorancia que envilece, y, sin embargo, pasas por alto las blasfemias que aquí contemplamos…

Antes de que De Blaise se defendiera con alguna burla (ese era el divertido carácter del oficial), Torres intervino cuando ya nos plantábamos en la húmeda calle.

—Eso creí entender antes, teniente, que le escandalizaban los autómatas.

—¿Y a qué cristiano cabal no? Emular y hacer burla de la obra del Señor es el peor de los pecados.

—Yo soy católico, me considero profundamente religioso y no veo falta alguna en estas portentosas máquinas. Soy un hombre de ciencia y creo que la ciencia no puede ofender a Dios nunca, puesto que no es más que el conocimiento de la obra del creador, y ese conocimiento no provoca en nosotros otra cosa que no sea reverencia y admiración. Menos, desde luego, puede ofender o dañar lo que aquí se exhibe, que además de hermoso es divertido, ¿se ha fijado cómo reían, cómo reíamos, los presentes ante esas maravillas…?

—No estoy en contra del progreso en absoluto, pero ha de tener sus límites. Animales que comen, músicos de metal, cabezas de rapsoda… ¿Tratamos acaso de crear vida, hasta este punto ha llegado la soberbia del hombre moderno?

—En absoluto. Es razonable pensar que cualquier proceso natural que podamos definir con modelos matemáticos pueda ser repetido por medios mecánicos. Huesos, músculos, pulmones; son todos órganos que se mueven, ejercen fuerzas y responden a tensiones, todo esto es reproducible en cierta medida. Por el hecho de que la acción de un número de resortes y palancas cause que una melodía suene en una flauta, no estamos «creando vida» como usted dice. Incluso es concebible el poder idear mecanismos de toma de decisión, que permitieran a esa máquina que hemos visto, por ejemplo, escoger tocar una canción en lugar de otra según la información que le suministráramos. —El azul de los ojos del teniente Hamilton-Smythe se volvió gélido ante esa afirmación—. Sí, conferir algunas capacidades volitivas a una máquina, no parece inconcebible, y eso en cierto modo es inteligencia, pero no vida. Eso está en el alma, y el alma es otra cosa más que movimientos mecánicos. La bondad, la caridad, el honor, incluso la conciencia de uno mismo… son patrimonio del espíritu del hombre e imposible de emular; no hay ecuación que defina el alma, salvo quizá en el pensamiento del Señor. Es en el hálito divino donde reside la vida tal y como la conocemos, no en la inteligencia y sus funciones. Sería como decir que imitamos al Creador porque enseñamos a nuestro perro a traernos un palo. Hacer ese pato, es hacer un simple juguete para niños, ¿no le gustan los niños…?

—Por supuesto que es imposible crear vida. La ofensa está en el intento, no en la consecución. Y no me diga que no es esta la intención de estas obras. Tras la apariencia de simples juguetes, hay un propósito malsano. Ese flautista y ese pianoforte que toca solo, ejecutan piezas de arte, y el arte es una capacidad superior, patrimonio del espíritu humano y que por tanto emana de Dios.

—Solo interpretan las piezas, no las crean. No veo que la intención de Vaucanson y todos estos grandes científicos y artistas fuera usurpar el puesto del Señor con estas obras, más bien tratan de embellecer el mundo, causa noble donde la haya, y avanzar en el conocimiento del movimiento, la dinámica, la mecánica o la propagación del sonido. Podemos reproducir movimientos simples, hasta cabe dentro de lo razonable imaginar máquinas capaces de resolver problemas más complejos como le digo, ya se han hecho cosas así. Ahora bien, imitar funciones superiores, propias del espíritu…

—Está usted en un gran error, mi incrédulo amigo.

El hombre que así los abordó en la puerta del Spring Gardens, y que al parecer había atendido a la conversación entendiendo solo la esencia de esta, supongo, puesto que la charla se desarrollaba en una extraña mezcla de francés e inglés, era de todo menos insípido o ramplón. A su paso las miradas de los presentes giraban y los comentarios se arremolinaban en torno a él. Si ninguno de los cuatro reparamos en él fue, en el caso de los caballeros por el entusiasmo que ponían en sus palabras, y en el mío porque se acercó por mi flanco izquierdo. Era un hombre alto, más que Torres. Aunque ya andaba muy entrado en la cuarentena, mantenía un aspecto envidiable, ayudado por el abundante maquillaje con que se acicalaba: pelo negro y espeso, aspecto sano y bigote espectacular adornando su cara. Iba vestido con un estrafalario uniforme militar azul, con entorchados dorados, que le daba un aire aún más bizarro. A sus pies, atados por gruesas cadenas se movían nerviosos dos enormes sabuesos, que hacían incomodo mantener la mirada en su amo. El magnetismo del sujeto era innegable, hasta tal punto que pese a la posible falta de elegancia al entrometerse en conversación ajena, nadie se ofendió, todo lo contrario, en mayor o menor grado en cada uno el extraño sujeto ejerció cierta fascinación. No en mí. Yo vi al Monstruo en su mirada, algo más viejo, pero era él. Otra vez.

—¿Señor…? —preguntó De Blaise.

—Creo que el caballero extranjero dudaba de que se pudieran reproducir funciones elevadas —me apresuré a traducir a desgana a Torres las palabras del Monstruo—, las propias del espíritu, con máquinas semejantes a las que aquí vemos. Pues no es así y puedo probar lo que afirmo.

—Tumblety —lo reconoció De Blaise, sorprendiendo a su amigo, a quién le aclaró—. Es ese curandero que fascina tanto a Cynthia.

—«Médico indio», así me gusta considerarme, aunque no me son desconocidas las disciplinas de la medicina… más convencional. Frank Tumblety, a su servicio. —Se destocó para saludar.

—Cierto —dijo De Blaise—, dicen que sus tónicos son milagrosos.

—Gracias, solo trato de ayudar a mi prójimo, aliviar sus males en la medida que mis conocimientos me lo permiten. He escuchado su debate, y espero disculpen mi intrusión en ella, que creo de lo más oportuna. No cabe duda de que hablo con hombres de cultura, y siendo así sería cruel mantenerles en su error. Es posible construir máquinas que emulen el comportamiento humano, hasta el más elevado y honorable.

—Absurdo.

—Puedo mostrarles una.

—Eso no es posible, además de ser algo sumamente inmoral —insistió Hamilton-Smythe—. Aunque debiera ser más preciso al referirse a emular «un comportamiento elevado».

—El más elevado, el don supremo que Dios dio a los hombres: la razón. Puedo mostrarles un artefacto capaz de razonar, de pensar por sí mismo, y de superar a cualquiera de nosotros en una prueba intelectual.

Torres pareció muy interesado por el alarde de Tumblety en cuanto se lo traduje.

—¿A qué se refiere?

—Existe como les digo una máquina capaz de derrotar a cualquiera de ustedes, caballeros inteligentes e instruidos, en un reto en el que solo participe el intelecto.

—¿Una máquina? —dijo De Blaise—. Algún juego de prestidigitación. ¿Qué clase…?

—En absoluto. Pueden examinar el ingenio a su antojo, ni trucos, ni hilos, ni trampas.

—Imposible —se mantuvo en sus trece el teniente Hamilton.

—Muy seguros les veo, caballeros. ¿Apostarían algo? Puedo detectar la audacia donde la veo, y no creo que ustedes se acobarden…

—Por supuesto que apostaré lo que sea, señor —bramó Hamilton-Smythe, llevado por la fuerza de su sangre—. Usted dice que una máquina de relojería puede pensar, y vencerme…

—Un momento, amigos —serenó la situación Torres—. No sabemos de qué clase de desafío estamos hablando. Debiera aclarar usted los pormenores… sea más preciso.

—Por supuesto. Esta es la máquina.

De su amplia y decorada guerrera sacó un estereoscopio, colocó una imagen en él y lo tendió para que los caballeros lo examinaran. Torres estaba a su derecha y fue el primero que tomo el artilugio. Miró por él con desgana, más atraído por el ingenioso artefacto óptico que en lo que se pudiera ver a través de él, hasta que contempló la imagen tridimensional de un hombre exótico sentado ante un tablero de ajedrez, entonces su interés se centuplicó.

 La imagen no era de gran calidad aunque el efecto tridimensional sobrecogía, más aun tratándose del retrato de un lugar tan inquietante. Era una habitación demasiado oscura para la cámara que había tomado las dos instantáneas necesarias para realizar la estereografía. Aun así se distinguían las paredes de un sucio sótano, o un almacén, tan feo y lóbrego como este en el que mis achaques me confinan. En medio, en primer plano, había una enorme mesa, un escritorio grande sobre el que descansaban dos altos candiles custodiando un tablero de ajedrez con las piezas dispuestas para iniciar la partida. Tras la mesa, mirándonos con ojos muertos de porcelana, había un turco de tez oscura ataviado con gran lujo. Llevaba un turbante plateado en la cabeza, rematado con una gema que sostenía una pluma en el centro, y vestía un amplio abrigo o casaca acabada con pieles bajo el que asomaba una camisa de seda estampada. Su brazo derecho reposaba junto al tablero, el izquierdo sostenía una larga pipa que se llevaba a los labios.

Cuando Torres apartó la vista tenía expresión sorprendida.

—El Ajedrecista.

—Ajedrez, por supuesto. ¿Conocen algún otro juego que sea un perfecto reto entre inteligencias? Pues bien, les aseguro que esta máquina, la creación de un genio o un místico, no sabría decirles, es capaz de derrotar a cualquier hombre de carne y hueso.

—Es de todo punto imposible que un mecanismo gane a un ser humano al ajedrez —dijo Hamilton-Smythe mientras contemplaba la imagen—, a menos que sea por pura casualidad.

—Una partida a cada uno de ustedes tres. —Me ignoró, y no sin cierta razón, pues ni sabía nada del juego ni hubiera podido entender sus reglas por muy claras que me las explicasen—. Y dispondrán de cuantas revanchas deseen, les aseguro que perderán todas.

—En mi caso no sería sorprendente —siguió De Blaise—, un chimpancé ciego me ganaría, pero Harry es un maestro…

—Apostemos entonces si tan seguro está, teniente; cubriré las apuestas de los tres. Su prometida —dirigiéndose a Hamilton—, la señorita William, me ha encomiado más de una vez su valentía. Un joven oficial tan apuesto, no temerá una partida de ajedrez. Una guinea por juego, con todos ustedes…

—He oído hablar de esas máquinas ajedrecistas —dijo Torres—, fueron populares hace tiempo. Temo que la mayoría no sean más que trucos, marionetas. Y esa parece ser el Ajedrecista de Maelzel, era un muñeco de un turco.

—Señor —fingió Tumblety cierto enfado—, le digo que podrán examinar el artefacto a su antojo. Y efectivamente, es la obra con la que Maelzel recorrió toda Europa hace treinta años, siendo pasmo de las mentes más lúcidas de su tiempo.

—Eso no es posible —sentenció Hamilton-Smythe—. Creo haber leído que esa máquina desapareció tras un incendio en los Estados Unidos.

—Les aseguro que obra en mi poder, pueden comprobarlo, si no les asusta…

—Además —prosiguió el teniente—, me parece recordar que el señor Poe, el escritor norteamericano, descubrió el fraude tiempo atrás.

—Bien, suponía que hablaba con caballeros más osados…

—Señor mío…

—No, no quiero hacerles perder más el tiempo.

Tumblety dio dos tirones a sus perros y los tres se alejaron unos pasos, lentos y medidos. Los dos fusileros se mostraron indignados, ambos eran jóvenes aventureros y la provocación del americano no podía quedar sin respuesta. Torres, algo más joven y con tanto o más coraje que ellos, era de carácter sosegado y miraba el reto desde la distancia del escepticismo, más fundado que el del puritano Hamilton-Smythe, por sustentarse en el conocimiento científico.

—Aguarde —espetó iracundo Hamilton-Smythe—, caballero, no toleraré que dude de mi hombría.

—He de entender entonces que aceptan la apuesta.

—No se ha inventado ninguna que mi camarada y yo no hayamos aceptado —dijo De Blaise.

—Soberbio. Esta misma noche puedo mostrárselo, a menos que estén ocupados.

—Es perfecto para nosotros —dijo De Blaise—, y espero que usted, Torres, nos acompañe, ya sea para participar en el desafío o como testigo.

—Ya lo puede jurar, teniente —respondió Torres—, no creo que pudiera resistirme a ver la solución de este encuentro tan extraordinario.

—Magnífico —continuó Tumblety—, se avecina una interesante velada entre caballeros, con un dilema filosófico de por medio, ¿qué más podemos pedir? Ya lo sé. Prologuemos ese encuentro con una cena en mi casa, beberemos y discutiremos de todo esto antes de enfrentarnos al reto. Resido en Liverpool, pero durante mi estancia aquí me hospedo en casa del señor Hall Caine, en el setenta y dos de Brook Street. Espero verles a todos a las siete —dirigió entonces por primera vez su mirada a mi persona—. Pueden traer a su… criado, si así lo desean.

Y se fue. No me había reconocido, me inundó un alivio dichoso, que disimulé lo mejor que pude. Durante toda la conversación había sentido miedo, más que en lo más crudo de la guerra. El Monstruo estaba allí, hablando de no sé qué apuestas… yo solo veía sus ojos de demonio voraz ardiendo, siempre ardiendo en mis recuerdos. Aguanté la respiración esperando que esos ojos se detuvieran en mí, y vieran lo que yo sabía, y soltara al engendro que llevaba dentro. No, el Monstruo no me había visto, ¿cómo iba a ser de otro modo? ¿Cómo iba a recordar ese pequeño encuentro en medio de lo que seguro era una larga vida de iniquidades?

—¿Y bien, señores? —dijo Torres—, ¿qué se puede hacer en esta ciudad hasta las siete?

Los dejé… siempre he…

Siempre he sabido cuál es mi sitio, y entre esos buenos caballeros y sus complicados rompecabezas sobraba. Torres se empeñó en que los acompañara, insistió en que me necesitaba como traductor y ofreció pagarme por este servicio, pero… era evidente que el español se entendía bien con esos dos militares, que por demás no parecían nada interesados en que yo siguiera con ellos… No lo acepte, ya era hora que la rata volviera al lugar que le pertenecía. No… no tuve en cambio reparo alguno en coger el medio soberano, ¡medio soberano!, que me ofreció correspondiendo a mis molestias. Tenía que vivir de algún modo. Torres se despidió de mí.

—En fin, don Raimundo…

—Raimundo.

—… me alegro de haberle conocido. Ha sido extraordinario encontrarme con casi un compatriota aquí, un feliz encuentro. Espero que alguna vez se repita.

No.

Lo natural era que jamás nos volviéramos a ver…

Lo natural era que jamás nos volviéramos a ver. Los nuevos cicerones de Torres, más presentables y seguro que más conocedores de lugares que el español gustara de visitar, se encargarían de él. Yo… yo… No. Yo debía volver otra vez al hediondo callejón, a mi hedionda vida.

Observé cómo los tres caballeros se iban comentando el extraño encuentro con T… no. Con Tumblety, haciendo planes para almorzar y pasar la tarde juntos en espera de los misteriosos descubrimientos que la noche les deparara. Les di la espalda y caminé por la calle contemplando a toda esa gente pasear, salir de Spring Gardens hacia otros destinos civilizados, pasando tan cerca del callejón del fin del mundo y tan lejos a un tiempo.

Vi… a un par de raterillos acercarse despacio al trío, creyéndose sigilosos, cubriendo su avance tras los vuelos del gabán de un transeúnte alto y saliendo justo para tropezar con uno de los oficiales. Estuve a un suspiro de salir en su socorro… Torres interceptó a los muchachos y creo que les dieron unos chelines tras algún breve sermón y dos suaves cachetes… Los niños se fueron trotando y riendo, y yo me sentí muy triste.

No podía…

… comprender lo que me pasaba, ¿por qué… por qué el ver a todos esos señores pudientes no abría en mi mente codiciosa una infinitud de posibles hurtos… robos, y asaltos, sino una… extraña melancolía?, la misma clase de tristeza que sentí cuando desperté en el hospital de campaña de Jacksonville… entre yanquis y sin cara; otra vez esa tristeza…

Mi andar errático… me llevó hacia la fea guarida de mi hogar, como un toro a los toriles, que diría Torres, y antes de entrar en ella me atacó un hombre lobo…


 

 

Non Omnis Moriar

 

Miércoles

 

Irving vino por mi izquierda, el muy cobarde me conocía bien. Me golpeó en los riñones tan fuerte que dejé de respirar. Caí al suelo y recibí otro bastonazo en la parte aplanada de mi cabeza. Incapacitado para reaccionar como estaba, no encontró dificultad en cogerme por la pechera y arrastrarme hacia el callejón, cerrado ahora en espera de las sesiones de la tarde. Supongo que allí mismo, entre las jaulas, me propinó un par de patadas, yo ya no sentía nada. Me espabiló la humedad de su escupitajo en mi cara.

—Bastardo —decía mientras sobaba la moneda que Torres me diera—, ¿pa qué quiés tú esto? —Vestido, sin los colmillos falsos y apoyándose ufano en el bastón de Potts era aún más terrible que con sus «galas»; ahora se veía con claridad que no era una pobre criatura deforme y asilvestrada, era un canalla peludo. Yo no tenía miedo, solo ira. Traté de saltar sobre él, y el dolor de mi espalda me detuvo, unido a una oportuna patada en el vientre—. No quiero matarte, asín que para quieto. Ya has hecho bastante el idiota por hoy, no lo estropees más. ¿Crees que pues mandar al infierno a unos clientes como esos, y luego ganar dinero por tu cuenta? —Me pisó la mano, la de los dedos tiesos, y agitó ante mi cara el medio soberano—. Se te da comía, cobijo y tú lo devuelves asín, robándonos. —Me golpeó una vez más y escuché risotadas viniendo de las jaulas. Ahora era yo el espectáculo para los fenómenos de feria. Potts se acercó, sujetando por el brazo a una puta borracha y desdentada.

—Sí Ray —dijo con un arrastrar de palabras ebrio. De un manotazo recuperó su bastón de manos del cerdoso Irving—, ¿así me pagas lo que hago por ti? No solo ofendes a un cliente especial, sino que conoces a un buen primo y pretendes aprovecharlo tú solo. ¿Es esto camaradería? ¿Acaso no soy un padre para todos vosotros?

Potts alzó los brazos con teatralidad, dejando caer a su amiguita. Giró en torno a mí, aplaudido y vitoreado por los monstruos, recogiendo el agradecimiento de la concurrencia por todas las degradaciones recibidas. La voz chillona de Edna, la profunda de George, los sonidos abúlicos de las siamesas; todas aclamaban al señor de los monstruos, al monarca absoluto del universo grotesco donde vivíamos.

—¿Ves, Ray? —continuó el patrón, apoyando su bastón sobre mis genitales—, ellos lo entienden: juntos viviremos. Fuera de aquí… no seríais nada sin mí. —Aumentó la presión con el bastón, yo grité y todos rieron. Se arrodilló y me susurró—. La última vez, ¿oyes? —Se volvió a incorporar alzando la voz para que todos lo oyeran—. Te perdono, Ray, porque eres como un hijo para mí, el hijo pródigo que vuelve con nosotros. Todos te queremos, ¿verdad?

Con gritos, salivazos, burlas, me expresaron su amor, me mostraron el cariño de mi hogar, que yo había caldeado con pródigos golpes y maltratos. Potts se fue, cogió a su putita y a Irving y juntos los tres subieron tambaleando los seis escalones que conducían a su cuarto del final del callejón, a disfrutar de alguna nueva fiesta de crueldades. Me dejaron allí tirado, consumido por la ira, jurando para mis adentros que esas serían las últimas carcajadas de Irving.

Me levanté dolorido, esperando la próxima tortura que cobró forma en Eliza. Borracha, abotargada y llorosa, la mujer apareció en el callejón tan furiosa como yo. Allí la había echado su hombre, que se disponía a gozar de carnes más jóvenes, aunque igual de deterioradas. Eliza preparó el espectáculo para la tarde con desgana, maldiciendo, tirando adoquines del suelo contra los inquilinos de las celdas y volcando su frustración sobre mí.

—¡Cara Podría! ¿Qué haces ahí, haragán? Anda y ponte a da de comé a estos desgraciaos. —Me dio un puntapié apenas sin fuerza y siguió su sermón—. Hijo de puta. Maldita sea la hora en que te parió la cerda de tu madre. Tan cerda como la puta madre de mi marío. ¿Me oyes Potts? ¡Maricón! —Y se fue a buscar una esquina donde seguir bebiendo y quejándose, ya en voz baja, como para sí misma—. Sigue así, maricón inútil. Sigue así y yo… yo le contaré cómo haces tus cuentas, claro que se lo contaré… así ardas en el infierno, así te queme…

Yo estaba rabioso. Volvía allí tras rozar el mundo civilizado, tras haber intentado ayudar a ese español, tras hacer algo bien por una vez, y recibí semejante recompensa. Lo había visto irse en compañía de un demonio, del peor que había conocido en una vida larga de convivencia con las más abominables criaturas; eso tampoco era poco tormento, y sí acicate para mi furia. Oí la música de Eddie, estaba al fondo, al pie de la escalera de madera vieja y quejosa, tocando y vigilando el sueño del siempre tranquilo Pete. Su música triste me calmó. Él allí, cojo como era, tocando para sí y para el arrullo de su animal, me pareció la imagen de la serenidad que tanto me hacía falta. Pese a su cojera, se valía bien con una prótesis que apenas se le notaba al caminar, y así avanzó hacia mí, sin dejar de tocar.

—Vamos, Ray —dijo—, ve a hacer lo que tengas que hacer, no causes más problemas.

Sí, atender mis quehaceres, la mente simple se siente más cómoda volviendo a los lugares conocidos en situaciones críticas, repetir el comportamiento habitual cuando nada cobra sentido, eso me aportaba calma. Dar de comer a todos, menos a Burney, eso era lo que había que hacer; un mal día y una paliza más que ya había pasado, no tardaría en olvidar. Fui a por la comida, empapando la sangre de mi frente con un pañuelo sucio. Nadie hablaba. El callejón solía ser un lugar bullicioso, los monstruos tratan de sus cosas, como el resto del mundo, pero ese día todos callaban, una especie de luto porque el viejo Raimundo había perdido el favor de Potts. Este era el único que hacía ruido con sus risotadas y las de su amiga, acompañadas por la concertina de Eddie.

Entré primero en la jaula que compartían Mary y Jane, las siamesas ahora liberadas del arnés que las mantenía unidas por un costado, un ingenio que había construido Eddie, hombre muy hábil con las manos, y que daba el pego perfectamente haciendo que desapareciera uno de los brazos de cada mujer como si realmente estuvieran pegadas: un solo cuerpo bicéfalo. Las dos, calvas y retrasadas, se arrullaban riéndose de mí, la más pequeña y gorda en brazos de la otra, nadie sabía cuál era Mary y cuál Jane, y a nadie le importaba mientras se mantuvieran allí acariciándose sumidas en su estulticia. Las moví a patadas, que les provocaron aún más risas. Dejé su comida y un cubo de agua. Luego visité al gordo George de mirada en perpetua fuga, asustado como siempre que alguien entraba en su celda, incapaz de moverse, vulnerable y temeroso, toda la vida cargando con un miedo que pesaba más que sus muchas libras. Dejé allí la ración de costumbre de patatas con gorgojos, el triple de la del resto. Amanda estaba durmiendo, en sueños se movía con la suavidad de un gato. Los dibujos de su piel estaban húmedos, lamenté la oportunidad perdida, y no entré. Me limité a tirar un mendrugo por los barrotes y a mirarla con dolor, o tal vez cierta nostalgia. No creo que en su cerebro alcoholizado quedara un solo trazo de nuestra violenta noche nupcial interrumpida por mis remilgos, o eso me gusta pensar. Ella olvidaba abrazada a su licor, mientras que la rutina balsámica no surtía en mí el efecto esperado.

Era el turno de Lawrence, el que más trabajo me daba. Lo desenganché de su tenderete, cargué con él en brazos hasta la parte de atrás de la celda y me ocupé en desmontar el tinglado, para hacer sitio.

—Hola, Ray; dicen que tienes problemas… —Le di una patada, furioso, y antes de que dejara de gritar lo levanté y lo senté en el cubo para sus deposiciones. Lo até con la cadena que había en la pared, pasándola por debajo de sus diminutos brazos para evitar que se cayera del cubo, y le volví a pegar.

—C… c… caga —dije, y luego me senté junto a él, cogí pan, lo mojé en las patatas que Eliza había preparado, y empecé a trocearlo y a metérselo en la boca con violencia—. C… come.

Lawrence obedeció en silencio. Estaba acostumbrado a mis arranques de ira, a que desahogara con él mi frustración; seguro que prefería mi violencia a la de otros.

—Otro mal día para el viejo Ray, ¿eh? —dijo, con ese refinado tono de señorito suyo. Ahora, pasado el tiempo, me pregunto: ¿de dónde lo sacó? ¿Cómo sumergido en las degradaciones de la más sórdida barbarie pudo ese monstruo cultivar el espíritu de un poeta? ¿Acaso Lawrence tenía un pasado opuesto a este negro presente? ¿Dónde nació? ¿Quién, tras darle cierto lustre, le lanzo a la barbarie de las calles? Tal vez fuera el heredero de una familia pudiente, que avergonzado por su aspecto terminó… quién sabe. Cuántas sorpresas tiene la vida para el ojo observador… sí, claro que respondí. Dije:

—Sí.

—¿Has puesto furioso a Potts? Tienes que quitarte de su camino, ya te lo he dicho. Yo procuro apartarme, y eso que no puedo moverme mucho. —Se rió, y yo con él—. ¿Qué hiciste? He oído que has ido a Spring Gardens.

—He vvv… visto… un much… muchacho de mmmetal tocando la f… ffffflu… fffffflauta.

—¿Un muchacho de metal?

—Bonito.

—Sí, seguro que lo era. Y tocaba la flauta, ¿una de esas flautas de palo rosa?, de ellas salen notas tan dulces. ¿Era una de esas, Ray?

—Sss… sí.

—Seguro. Y el muchacho iba vestido como un joven caballero, ¿no es así? Claro, elegante como todos esos señores y las damas que lo contemplan allí, en Spring Gardens. Allí todo el mundo es elegante y amable, todos hablan y se comportan del modo más adecuado, ¿verdad?

—Sí.

—Por supuesto. Y todos esos caballeros y sus mujeres o sus hijas, o sus prometidas, guardan silencio mientras el muchacho de metal, allí sentado sobre un bonito cojín de terciopelo rojo, toca la melodía más dulce del mundo, tan bonita que hace saltar las lágrimas hasta a los almirantes y coroneles serios e importantes que han ido a verlo. Cuando termina, el muchacho de metal se levanta y hace una reverencia. ¿Fue así?

—Ssss…

—¿Y qué más has visto? ¿Viste a la bailarina dorada que estaba frente a él? Están enamorados, ¿verdad? El muchacho de metal y la bailarina. Un amor muy triste. Estoy seguro de…

Y así siguió, contándome cada detalle de cada autómata que no había visto, sentado dentro de un cubo de mierda seca, comiendo patatas rancias y pan duro, y sonriendo. Era una bendición para mí, porque narrarlo con mi facilidad de palabra hubiera sido un infierno. Lawrence siempre rememoraba mejor las cosas que a mí me pasaban, cantando mi vida al son de las teclas de Eddie. No era igual a la realidad, era mejor, más hermosa, más intensa. La belleza puede nacer de pozos como aquel, germinar en almas de poetas sin brazos, sí.

—Qué suerte haber sido testigo de todo eso, Ray. —Lo levanté del cubo, lo tumbé en su camastro y empecé a limpiar su jaula.

—Sí.

—Fue ese caballero con el que saliste el que te invitó a entrar al Gardens, ¿no? Parecía un hombre agradable.

—Sssí. El p… pa… patrón… se enfadó.

—Potts es un enfermo, un animal sin sentimientos. ¿Qué sabrá de cosas hermosas?

—Sí. —Recogí el cubo de inmundicias y coloqué de nuevo el teatrillo para la siguiente función, enganchando a Lawrence en su sitio—. Me… d… dio m… mmmedio sob… soberano. Q… q… quiere que… que le ay… ayu… ayude aquí… es esp… esp… español como yo.

—No creo que sea buena idea. Escucha, Potts no te dejará… espera. —Me detuve—. Creo que ha mandado a Burney a seguir a ese caballero. Si piensa que puede sacarle dinero… no debieras verlo otra vez. Le hará mal y el patrón te hará daño a ti.

 Ya no le oía. Había mandado a Burney a… sabía lo que eso significaba, incluso mi cerebro lento era capaz de reconocer las familiares pautas de trabajo de ese bandido. Potts había visto en Torres a un «primo», a alguien del que sacar más que los diez chelines que me había robado. Iba a hacerle daño, a aquella persona que me había tratado tan bien. Si no se lo hacía antes Tumblety. El médico indio le iba a hacer mal, como decía Lawrence, y ahí llegaba mi patrón para rematarlo. Pueden decir que el español no hizo gran cosa por mí, pero no han vivido entre golpes, humillaciones y pecados, no saben lo que un gesto amable causa en uno de nosotros. No quería que sufriera daño alguno por mi causa y Potts podía ser muy peligroso, más incluso que el americano. Ese no era temible si uno se mantenía sano, pero Pottsdale era un consumado timador. No era listo, no mucho, un zote al lado de alguien como Torres. Lo que sí era capaz es de acabar con un español perdido en esta ciudad, robarle hasta el último penique y arrojarlo al Támesis. La maniobra perfecta para Potts: desplumar a un primo y darme a mí una buena lección. El pobre de Ray el Cara Podrida no tiene esperanza, no puede hacer otra cosa que no sea estar junto a su querido patrón.

Salí de la jaula de Lawrence sin terminar de instalarle de nuevo en el teatrillo. Ya no se oía a Potts en su cuarto, Eliza andaba atusándose, trabajo baldío, para abrir las cortinas. Los demás tal y como los había dejado: Amanda borracha y magullada, George asustado, y Burney y las siamesas. Todos dispuestos a dar el espectáculo más terrible y repulsivo…

¡Burney! Estaba de vuelta, embutido en un largo abrigo que no ocultaba su delgadez, todo lo contrario, le daba el aspecto de muerto en vida. Estaban todos menos Tom e Irving. Tom, Irving… ¿y Potts? Ya no salían esos feos ruidos de su covacha, Habían salido de caza. Burney había seguido a los caballeros, habría vuelto con información y hacia allá corrían ahora la jauría de lobos deformes. Y yo ocupado en atender a esos monstruos… Me lancé furioso sobre el esqueleto, sin saber de qué parte de mi alma atrofiada salía tanta ira. Le di una patada, escuché sus huesos sonar.

—¿Dón… dónde…? —es todo lo que dije. Burney me miró aterrado, llorando, con sus ojos hundidos fijos en la cuenca oscura y retorcida del que fue el mío. No me costó que hablara, Burney siempre hablaba de más. Eso no impidió que le propinara dos golpes en su cara huesuda antes de que confirmara haber seguido a Torres y compañía. Me indicó la dirección de la casona hasta donde habían ido; la encontraría, no tenía pérdida.

—Potts se ha marchado ahora mismo… Ray, me duele, no tienes por qué tratarme así, yo solo cumplo con lo que se me dice, ¿qué esperabas?, ¿acaso crees que puedo hacer otra cosa? Siempre he hecho lo que me dicen, lo que tú me dices también, y ahora me tratas así, me pegas, soy una persona muy frágil, estoy muy enfermo y tú… —Y siguió hablando y hablando…

Corrí perseguido de los chillidos de todos, excitados por el miedo y la violencia que acababa de descargar. Atravesé las calles enloquecido, empujando y asustando a los buenos londinenses. Un policía me detuvo, me preguntó por mis prisas y convencido de mi necedad al oírme, me dejó ir acompañado de admonitorias advertencias. Me dirigía sin saberlo hacia lo que era la residencia de la prometida de Henry Hamilton-Smythe, la encantadora señorita William. Llegué allí a eso de las cinco y media de la tarde, a Kensington, una zona que nada tenía que ver con el Londres que yo conocía; calles limpias, sin voces, sin olores. Observé alrededor. Las buenas gentes, personas que jamás habían visto los desechos del mundo que subsistían en precario entre callejones hediondos como el de Potts, apenas reparaban en mí, y los que lo hacían era para apartarse rápido o darme un caritativo penique, según el ser de cada cual. Ni rastro de Potts y su partida de asesinos, ni a la luz ni ocultos entre las sombras de la calle.

El edificio en cuestión era impresionante, en mi vida vi casa tan grande. No era en absoluto común casonas así en el barrio, y de este modo Forlornhope, este era su nombre, era como una isla de otro tiempo incrustado en el elegante suburbio Londinense. Ocupaba el centro de una gran parcela ajardinada, una vorágine vegetal que excitó mi alma de floricultor, en especial al contemplar los enormes robles y cipreses que allí crecían. Aun limpio y cuidado, no había orden en el jardín, casi parque o bosque por el tamaño, lo que a mis ojos lo hacía aún más hermoso, más salvaje. Por encima del telón vegetal se alzaba la casa, un titánico edificio de paredes blancas y rojas que avergonzaría a sus vecinos, todos edificios victorianos, hermosos, pero más modestos, si pudieran compararse con él a través de la jungla ajardinada que lo rodeaba. Tenía tres pisos, varias buhardillas se veían a los extremos, centenares de ventanas horadaban su frontal.

Una verja negra de puntas doradas rodeaba la propiedad, con fin más decorativo que otra cosa. La puerta, amplia para permitir el paso de hasta dos carruajes, estaba abierta y sin custodia, con una hospitalidad en nada común en casas tan opulentas. Paseé mi andar torcido por el camino de guijo que llevaba hasta el edificio principal, apabullado por la inmensidad de lo que me rodeaba a medida que se acercaban a mí aquellas paredes blancas coronadas de más de cien chimeneas oscuras. Vi al personal de la casa afanándose en los cuidados tanto del bosquecillo, como de la casa. Nadie me dijo nada, aunque más de una cabeza se volvió hacia mí.

Llegué a la fachada y se me mostró elegante sin ostentación. Destacaba, sobre todo, un blanco tan luminoso, brillante con la luz mortecina de la tarde. ¿Cómo podía mantenerse así?, porque sin duda la casa había ganado esa solemnidad que las piedras nobles y bien alineadas adquieren con el paso del tiempo. Ese albor de lirio resaltaba aún más con los rojos de contraventanas y demás artesonados, y con el negro oscuro de la techumbre, allí en las alturas. Había cien luces en aquellas cien habitaciones, nunca vi Buckingham Palace, pero no tendrá tanta iluminación, seguro. Noté algo extraño en la disposición de las luces: de los tres pisos aparecían alumbrados el primero, mucho, y algo el último. El segundo formaba una faja de oscuridad en toda la mansión. Lo ignoré. Una pequeña escalinata conducía a dos magníficas puertas negras, que invitaban a ser llamadas pese a su seriedad. Todo parecía acogedor, aunque no estaba seguro que esa hospitalidad arquitectónica pudiera estar dirigida a mí. Me llamó la atención el adorno que coronaba la exquisita arquivolta que rodeaba esas puertas, en nada victoriana, lo que mostraba con más claridad que la finca cumplía ya el siglo largo. Hasta para un lego en cuestiones arquitectónicas, como un servidor, se veía que esa piedra que hacía de ápice del arco desentonaba con el resto. Allí arriba, un sillar demasiado pequeño para que mi único ojo pudiera ver con claridad lo que en él había grabado. Distinguí la figura de un esqueleto. Mal agüero sin duda, me persigné. Tenía una guadaña en una mano, y en la otra… solo podía ver una regadera. Mi amor por las plantas influía mis percepciones, digo yo.

Me persigné. Llamé a la puerta movido por un impulso irrefrenable, un extraño miedo que me asustaba, por lo desconocido e inhabitual en mí. Un criado de librea me abrió y puso la cara de desagrado que provocaba siempre mi máscara de cuero.

—El sssss… sssseñor Torres —dije.

—Se equivoca —dijo él con expresión adusta, rozando la repulsión—. Márchese…

—Un ex… extranjero. —Sin duda eso le hizo pensar en la visita que ahora tenían en casa y detuvo por un instante mi inmediata expulsión a patadas.

—Aguarde —dijo y luego recapacitó—. No, no se quede ahí, de la vuelta. Por atrás.

Cerró sin más, y antes que comprendiera qué se esperaba que hiciera ahora, la puerta se volvió a abrir y el lacayo apareció, esta vez con un mozo de menos de quince años, que me conduciría a ese «atrás».

Rodear todo el contorno de semejante mansión no se hacía en un minuto. Seguí al crío, que me miraba de hito en hito, a punto a veces de tropezar, movido por la curiosidad propia de su edad, más tolerable que el miedo o la repugnancia que veía en las miradas de otros más adultos. La planta de la casa tenía forma de te mayúscula con el trazo horizontal, en cuyo centro estaba la puerta principal, mucho más largo que el vertical. En la esquina de ambos tramos, había un pequeño cercado, otra verja que traspasamos y que daba a un jardín dentro del vergel exterior, más recoleto, más ordenado, cuajado de jazmines, lirios y rosas, y hasta un pequeño huerto con una tomatera, todo bien atendido por mano experta. Allí había una puerta trasera que daba a las cocinas.

Otro lacayo nos abrió la cancela y con cara avinagrada dijo que esperara allí. Desde mi estancia en los pantanos desarrollé un afecto especial hacía el mundo vegetal, lo habrán notado, así que mis premuras se desvanecieron un tanto en la contemplación de las flores y arbustos que tan bien atendía el jardinero de esa casa. De una voz me sacaron de mi ensimismamiento y a través de los rosales me condujeron adentro, donde un hosco mayordomo no dejó de recordarme que iba a ser recibido por caballeros, que debía comportarme con educación, que no escupiera, que me limpiara las botas antes de entrar.

Recorrí no sé cuántas puertas y corredores hasta que me recibieron en un salón, amplio y regio, adornado con cuadros de viejos muertos, lleno del aroma a tabaco y buen oporto. Estaban Hamilton-Smythe, De Blaise y Torres, los tres rebosando satisfacción, con esa expresión que solo surge cuando se comparte bebida y conversación con buenos amigos. Ejerciendo de anfitrión estaba el dueño de la casa, el tío de la prometida de Hamilton-Smythe: Robert James Graham Abbercromby, décimo lord Dembow, un caballero de aspecto majestuoso, escocés de nacimiento, envejecido, de ceño permanentemente fruncido por el dolor, atormentado por alguna enfermedad que le había cargado con más pesares que los que a su edad, en nada excesiva, correspondían. Postrado en un sillón presidía la tertulia rodeado de sus invitados en pie, al igual que hago yo ahora con ustedes. Y del mismo modo que mi abnegado enfermero nos observa por ese ventanuco de la puerta, quisiera yo pensar que preocupado por mi estado de salud, allí también había un observador más, en el que apenas reparé. El futuro décimo primer lord Dembow era un sujeto tan gris y anodino que el más insulso de entre los criados de su padre resultaba atractivo a su lado. Percy Abbercromby se sentaba en una esquina, estirado en la silla y leyendo un libro, no creo equivocarme al asegurar que se trataba de la Biblia, vestido con la austeridad de un riguroso luto por su madre, extendido ya en el tiempo hasta la exageración; un espartano en medio de una familia que era famosa por su ascetismo (miseria y tacañería lo llamaban los más audaces de sus enemigos). Hasta su padre parecía un cortesano versallesco a su lado. Era moreno, más joven que ambos tenientes, seguramente de la edad de Torres, aunque su simpleza en el vestir y el moverse y su cara carente de todo rasgo remarcable hacían difícil aventurar una edad. Lo único notable en él era la mirada; parecía incapaz de parpadear. En esa ocasión los textos sagrados de su regazo eran el objeto de esa fijeza inquietante.

He dejado para el final la presencia más perturbadora, una presencia inapropiada tal vez, la de una señorita en medio de caballeros fumando. Parece que el lord permitía a su sobrina ciertas licencias con tal de disfrutar de su alegría. Así la reunión estaba embellecida por la siempre encantadora señorita William. En ese instante creí ver a la criatura más exquisita del universo, y aún lo pienso, no es que la niebla del tiempo que suaviza tanto nuestros recuerdos haya alterado lo más mínimo la impronta de esa beldad en mi mente, en absoluto. Su imagen produjo tal efecto en mí, que ha permanecido intacta a través de los años. Era alta, quizá demasiado para una mujer, seguro que esa esbeltez había atormentado a la niña Cynthia, que al convertirse en mujer y florecer más que sus congéneres, transformó las timideces y pudores infantiles en un desparpajo y una alegría que en ocasiones rozaba las fronteras del buen decoro en la sociedad victoriana de entonces, tan pronta a escandalizarse. Era rubia, de mirada verde que inquietaría al más casto de los monjes, y armada con una sonrisa misteriosa, cuajada de promesas. No pude apartar la vista de esa mujer, tan opuesta a las siamesas o a la terrible Amanda, y el inevitable reparo que mi presencia le produjo me dolió más que los diez años de desprecios que ya cargaba a mis espaldas.

—¡Don Raimundo…!

—Raimundo.

—¡… ha cambiado de idea! Me alegro que se decidiera a acompañarnos.

—Usss… ted… —¿qué podía decir? Me costaba organizar mis ideas—, y… y… Yo pueo tr… trad… traducir.

—Sí por supuesto, me será de mucha utilidad. Gracias por venir.

—Gr… gracias por… re… rec…

—Eso debe agradecérselo a lord Dembow.

—Si este hombre le salvó de una suerte incierta como usted afirma —dijo el aludido desde su trono, en inglés, era el único, tal vez con el añadido de su hijo, que desconocía la lengua de Moliere, o que no se dignaba a emplearla—, siempre tendrá acogida en mi hogar. Alguien que presta semejante ayuda a un amigo de esta casa, así le consideramos ya por orden de mi Cynthia, podrá contar siempre con nuestra hospitalidad.

—Me siento algo abochornado por tantas atenciones como me están prestando —respondió Torres, tras recibir traducciones aproximadas de lo dicho por el lord de manos de los oficiales presentes—. No saben el bien que hace su cordialidad a un viajero solitario como yo. Y el hecho de que nuestra amistad sea tan reciente me abruma aún más.

—¿Lleva mucho tiempo de viaje, señor Torres? —preguntó lord Dembow.

—Bastante, aunque se me ha hecho corto.

—Así es mi tío —interrumpió Cynthia besando alegre y cariñosa a lord Dembow—, preocupado siempre por los que lo rodean. No hay hombre más bueno y amable.

—Demasiado bueno, si me permite decirlo, señor —dijo De Blaise mientras se servía una copa más—. En exceso amable y tolerante en lo que se refiere a ti, Cynthia. Como lo oye, señor Torres, lord Dembow consintió el compromiso, que digo, el capricho irreflexivo de su sobrina hacia Harry, pudiendo haber conseguido para ella alguien mucho más apropiado; yo mismo.

—¿Más apropiado? —siguió la broma su amigo.

—Por supuesto. Harry, tú eres una excelente persona, adornado por todas las virtudes que un caballero británico debe tener, pero resultas un tanto triste y muy pedante. Yo soy mucho más decorativo en cualquier salón o en…

—No digas eso —dijo Cynthia divertida. Se cogió del brazo a su prometido, que sonriente pero tieso como la vara de un coronel, miraba a su camarada de armas—. Henry no es nada pedante, es muy inteligente y capaz, y muy guapo.

—¿Acaso yo soy feo? —Recién dichas estas palabras, De Blaise apartó la vista de la mirada cerrada que le lanzó el teniente Hamilton-Smythe y la dirigió a mí, como temiendo que su comentario fuera desafortunado; mucha consideración para alguien como yo.

—Tú eres tonto… pero encantador. Vamos sentémonos. —Yo no lo hice, permanecí en pie, en medio de la sala, incómodo y desubicado. El resto, salvo Percy, se acomodó en torno a la chimenea, presididos por el cuadro del viejo lord Dembow, el padre ya fallecido del actual y rodeando una mesa con licores dispuestos. Su hijo continuó en la esquina, atento a su lectura, sin dirigir una mirada siquiera a los invitados de su padre.

Daniel MaresPor lo que puedo deducir ahora de mis recuerdos, la conversación había transcurrido distendida y superficial durante la tarde; los dos militares satisfaciendo las curiosidades de Torres por el país de sus anfitriones, jugando cada uno a ser más ingenioso que el anterior. De Blaise y Hamilton-Smythe eran hijos del Imperio y, como tales, se creían el centro del mundo. Ay, cierto engreimiento he encontrado yo siempre en los británicos, así que en ningún momento ambos fusileros se habían interesado en lo más mínimo por España ni por lo que de allí pudiera contarles Torres. Solo lord Dembow, mejor anfitrión, hizo ocasionales preguntas a Torres, que con gusto respondía, sobre su viaje y sus proyectos. El español era hombre de carácter jovial, dotado con especial sentido del humor que no hacía mala compañía al del teniente De Blaise, la tarde no pudo haber sido más entretenida.

En mi presencia, la charla pasó a temas más sombríos y más alejados tanto de bromas como de los aspectos científicos y culturales que Torres buscaba. No quisiera yo decir que el estar ahí canalizase esos negros nubarrones, pero desde luego algo influí. Comentaron las noticias de las últimas jornadas: el triste incidente del Princess Alice, muestra, según lord Dembow, de la codicia humana, pecado que aborrecía el viejo. Siguieron, como lo hacía la prensa del día, con el último ataque de Jack. Hacía medio año que ese criminal no había dado señales de vida, según comentaban ellos así como los periódicos que aireaban la noticia y que descansaban sobre la mesa, acompañando a las botellas de oporto. Jack el Saltarín había vuelto a atacar a una muchacha, ultrajándola y quemándole la cara, y varios informes policiales, según el Times, aseguraban haberlo visto saltando por los tejados de Londres. El propio Lord Mayor había declarado a Jack el Saltarín como «una amenaza pública» y comentaron que el mismo Duque de Wellington estaba dispuesto a iniciar una caza del criminal. Un sujeto que llevaba tanto tiempo atormentando a la ciudadanía, casi cuarenta años, no podía ser sino una superchería del vulgo.

—Los menos favorecidos necesitan explicaciones sobrenaturales para las desgracias que les atormentan —argumentaba lord Dembow—. Esto siempre es más tolerable que la realidad: el triste hecho de que es el mismo hombre el que comete las mayores atrocidades contra sus congéneres. Mejor acusar de cualquier crimen a ese estrafalario personaje folclórico que a nuestros vecinos.

Esta charla sombría no era en absoluto del agrado de la señorita William, que de inmediato retornó al tema que los había reunido.

—Vamos, caballeros —dijo—, háblennos de esa aventura en la que se han embarcado esta noche.

—Cynthia, por favor —protestaba el lord, aunque una sonrisa en su ajado rostro delataba la alegría que su sobrina traía a su vida—, no les animes a esa absurda apuesta.

—¿Por qué no, tío? Seguro que nuestros muchachos salen victoriosos frente a ese… misterioso yanqui. ¿Verdad, Henry? Y parece que el tema interesará más a nuestro invitado, no tanta muerte, violencia y tristeza. ¿Qué decías al respecto de esa apuesta, cariño?

—Nos explicabas algo sobre ese Ajedrecista —dijo su tío.

—Sí —corroboró Hamilton-Smythe—, el Ajedrecista de Maelzel, nada puedo explicar a usted, señor…

—Maelzel, ¿no fue él quien construyó un metrónomo para Beethoven? —preguntó Torres.

—El mismo, aunque hay quien dice que robó parte de ese ingenio a otro fabricante. Fue una persona muy notable en vida, inventor de numerosos artilugios, prótesis para soldados lisiados y otros artefactos. El Phanarmonicon que hemos visto esta mañana era obra suya. Un gran creador, algunos lo igualan a Vaucanson. Con su ajedrecista recorrió toda Europa y las américas, maravillando en sus exhibiciones y humillando a muchos de los rivales con los que se batió esa máquina, aunque no a todos. Dicen que derrotó a Benjamín Franklin y que atrapó haciendo trampas durante la partida a Catalina la Grande y al mismo Napoleón.

—Circunstancia que podemos perdonar a ambos, la una era una gran dama y se la disculpan ciertas licencias en el juego —dijo De Blaise alzando su copa a modo de brindis—, y el otro era un francés. —Y apuró el oporto.

—Le aseguro que he conocido a muchos franceses brillantes —continuó Torres con el mismo ánimo— y, desde luego, Napoleón lo era…

—Hasta que se topó con Wellington…

—Que era irlandés, pero… teniente Hamilton, es sorprendente el conocimiento que tiene de ese Maelzel.

—Señor Torres, me temo que Henry dedica su atención a innumerables aspectos divinos y humanos —dijo Cynthia—, a todo menos a su pobre prometida que languidece aquí a solas.

—No seas injusta, querida. Te dedico todo el tiempo posible. El regimiento reclama demasiado mi atención. —Hamilton-Smythe besó la mano de la muchacha con delicadeza, pero sin dejar esa actitud envarada y militar.

—¿Puede usted creerlo? ¿Puede ser el ejército de su majestad tan cruel como para separar así a dos enamorados?

—Querida… —reprendió lord Dembow, recriminando con dulzura su intrusión en conversaciones tan sesudas.

—Estoy seguro de que si no es por una orden del alto mando, nada podría separar a ningún hombre de una joven tan encantadora como usted —continuo Torres.

—¿Ves, Henry? Tienen que venir extranjeros para enseñarte cómo galantear con una chica.

—Tonterías. —Semejante interjección, dicha con la profundidad de un bajo, provenía de Percy Abbercromby. Todos guardaron silencio. Nada en él o en su mirada podía decirnos si lo que le molestaba estaba en la conversación, o en su lectura. Una vez reclamada la atención de todo el salón, con la misma frialdad con la que habló, se incorporó, dejó su libro y se dirigió a su padre—. Señor. Debierais descansar ya.

—Enseguida, hijo —respondió su padre—. Estos jóvenes irán a su aventura y será el momento de que los ancianos nos retiremos.

—Perceval —intervino la señorita William, la única que no utilizaba el apodo materno para referirse a su primo. A la única que le estaba permitido tal familiaridad—. ¿Te unirás a ellos? Mi primo —aclaró a Torres— es un excelente jugador de ajedrez.

—No —cortó Percy, tajante—. Estoy cansado. Caballeros, Cynthia.

Y salió, y dejó tras de sí tanto silencio como el que acostumbraba a llevar consigo. Noté a Torres algo incómodo, malestar que lo llevó a hacer un esfuerzo en retomar cuanto antes la conversación que el joven había interrumpido con sus ademanes siempre groseros. Así dijo:

—Pero dígame, teniente Hamilton, ¿por qué se interesa tanto Maelzel y su mundo?

—No por admiración, se lo aseguro —intervino De Blaise—. Mi amigo lleva una cruzada intelectual en contra del progreso, la lleva desde que lo conocí en Eton.

—Vaya —sonríe Torres—, parece que eso nos convierte en enemigos.

—Espero que no. —Hamilton-Smythe tomó la botella y sirvió más vino a su invitado español—. Vivimos inmersos en esta época de cambios y adelantos, y esos prodigios nos han hecho retirar la mirada de Dios. Según transcurre el tiempo y vemos el avance de la ciencia, nos creemos más capaces de seguir este camino por la existencia nosotros mismos, sin auspicio divino alguno. El hombre empieza a creerse más grande que su creador, y eso es temible, acabaremos pagándolo.

—Yo no soy de esa opinión. Soy hombre de ciencia, como ya les he dicho, y no alcanzo a ver conflicto alguno entre esta y la devoción por nuestro Señor y su doctrina.

—Hombre de ciencia —intervino Dembow—. ¿Qué disciplinas domina, señor Torres?

—Ninguna, me temo. Aunque soy ingeniero, aún me considero alguien que está aprendiendo, por mucho tiempo que pase y mucho conocimiento que uno atesore, el saber es demasiado basto.

—En su caso no puede haber pasado mucho tiempo, es muy joven.

—No me crea enemigo de la ciencia —continuó Hamilton-Smythe con su discurso interminable—, en absoluto. El propio Maelzel que nos ocupa fue un científico de labor encomiable. Sus inventos para aliviar el dolor a tullidos por la guerra son caritativos, guiados sin duda por la gracia de Dios. Incluso llegó a idear un sistema para extraer a los heridos de la primera línea de fuego sin daño. En cambio, su Ajedrecista… ¿qué otro fin puede tener aparte de halagar la vanidad de su creador y ofender a Dios?

—Comprender el funcionamiento de nuestro cerebro. No veo ofensa a lo divino en eso.

—¿Construir una máquina que piense? —dijo lord Dembow, que parecía ser de la opinión de Hamilton-Smythe—. Ahí debo dar la razón a Hamilton; eso es suplantar la labor de Dios.

—Pero señor, creo haber entendido que tal Ajedrecista era un fraude.

—Sin duda —dijo Hamilton-Smythe—. Ya suscitó polémica en tiempos de Maelzel.

—Esta es la parte que a mí me interesa —intervino De Blaise—. Si es una farsa como dice Harry, la nuestra es una apuesta segura.

—Más que segura, John. No se trata solo de una ofensa a nuestro Señor, es una ofensa al intelecto. —El teniente miró a su futuro suegro, buscando en él la aprobación de sus palabras—. El ajedrecista de Maelzel se perdió en un incendio en mil ochocientos… cincuenta y cuatro, en Filadelfia creo, lo que nos ofrece Tumblety es un fraude sobre otro fraude, sin duda.

—¿El doctor Tumblety? —exclamó Cynthia—. No habíais mencionado que fuera él. Este juego cada vez se presenta más interesante…

—Vamos, querida —intervino lord Dembow—, no creo que sea médico.

—Claro, tío, es un charlatán, pero no negarás que sus jarabes obran maravillas. —Y aclaró para los demás asistentes—: Mi tío le invitó a cenar en una ocasión, hace unas semanas, ¿no fue entonces, tío?, y parece que alivió sus achaques con unos ungüentos… no sé, resulta ser un individuo muy interesante, con solo una «consulta» ha conseguido más que el doctor Greenwood.

—No digas tonterías… —Palmeó con cariño la mano que Cynthia le tendía—. No haga caso a mi sobrina, señor Torres.

—Hablo en serio Es posible que sea verdad, que sepa algunos trucos de los indígenas americanos, ¿no?

—¿Qué enfermedad le aqueja, si me permite preguntarlo? —dijo Torres.

—Una de esas dolencias que hace que todos los médicos, por reputados que sean, se limiten a prescribirte láudano para el dolor, porque en el fondo no saben lo que es. Ve, señor Torres, la ciencia que tanto valora nada puede hacer cuando Dios decide cargarnos con algo así. Ni la ciencia de usted, ni la de ese Tumblety. No me proporcionó tanto alivio como dices, Cynthia. Se limita a recetar remedios caseros y adornarlos con verborrea barata. No es más que un feriante.

—Hablando del doctor charlatán —interrumpió De Blaise—, mejor que vayamos ya a su encuentro, no debiéramos llegar tarde. ¿Nos acompañará, lord Dembow?

—No, no me encuentro hoy muy bien. —Por lo que luego supe, la de De Blaise era una pregunta cortés. El viejo lord hacía mucho que no se encontraba muy bien y vivía casi en reclusión en casa—. Además, debo despachar algunos asuntos con mi secretario, debe de haber llegado ya… —Cynthia disuadió a su tío de dedicarse a otra cosa que al descanso, cosa que lord Dembow agradeció con una sonrisa de felicidad y amor hacia su sobrina.

—Dejemos que se vayan estos caballeros tan serios con sus discusiones de temas profundos, tío —dijo la joven—. Te leeré algo.

—Pues salgamos ya —dijo Hamilton-Smythe. Recibió un cariñoso y casto abrazo de la señorita William y llamó al servicio para que dispusieran un coche. Parecía que el joven teniente disponía en casa de su prometida como si fuera ya miembro de la familia. Torres me invitó a acompañarlos y yo acepté. En mi cabeza se fundían las imágenes de Potts y Tumblety, los dos peligros que se cernían sobre aquellos señores, sin que supiera bien cuál era peor, qué podían querer cada uno. Subimos al coche que nos aguardaba ya en la puerta.

—¿Está muy delicado lord Dembow? —preguntó Torres de camino.

—Así es —dijo Hamilton-Smythe—, padece innumerables dolencias, de no ser por su fuerte constitución, ya nos habría dejado hace tiempo. Esa fortaleza no impide que sufra muchos dolores, y esos padecimientos lo llevan a relacionarse demasiado con mercachifles como Tumblety.

—Por suerte nos tiene a nosotros —dijo De Blaise—, para escarmentar a truhanes, como vamos a hacer ahora mismo.

—Y por fortuna también tiene a Cynthia, que lo adora y cuida como a un padre.

—¿Y a su hijo…? —La pregunta retórica del español quedó colgada en el exiguo habitáculo del birlocho, mientras que los tenientes cruzaban miradas de complicidad. Fue De Blaise quien habló, eligiendo, a juzgar por su tono, cada palabra con sumo cuidado.

—Percy Abbercromby es un hombre noble y capaz, lamentablemente la muerte de su madre le sumió en una tristeza enfermiza.

—Lo lamento. ¿Falleció hace mucho?

—Cinco años, tras una penosa convalecencia —sentenció Hamilton-Smythe—, la familia no comenta ese desagradable suceso. —Y de nuevo se impuso un incómodo silencio, hasta que Torres probó a aligerar el ambiente.

—Por cierto, teniente —dijo—, permítame darle la enhorabuena por su compromiso, su prometida es una criatura encantadora.

—Ya lo creo —dijo De Blaise—, encantadora, aunque me reafirmo en su pésimo gusto para los hombres.

—Y parece muy abnegada para con su tío.

—Sí —contestó Hamilton-Smythe algo ausente.

—Esa enfermedad que lord Dembow arrastra ha empeorado en los últimos años —aclaró De Blaise—. Está mermando también el ánimo de Cynthia, aunque se muestra alegre y dispuesta, sé que cada año va a peor. Y aunque crea que la elección de prometido no es apropiada —sonrió—, he de reconocer que su futuro enlace lo anima, y su sonrisa nos anima al resto. Ruego porque tanto desvelo por lord Dembow no la apague jamás…

—Parece una joven muy fuerte, no ha heredado la delicada salud de su tío...

—Sería un milagro, amigo Torres, puesto que no son parientes. El capitán William era un gran amigo de lord Dembow, que al morir muy joven dejó a su única hija al cuidado de su camarada. Desde muy niña la ha tratado como una hija más que como a su pupila. ¿No es así, Harry?

—Ya llegamos.

A la puerta de una casa pequeña y sencilla nos recibió un joven con algo de ese desaliño propio de la intelectualidad, que inquieta sin llegar a resultar ofensivo. Se presentó como Henry Hall Caine de Liverpool, un amigo de Tumblety con el que pasaba estos días en Londres. Mis ojos se cruzaron con el doctor indio cuando este salió a las escaleras y de nuevo temblé. Tumblety fijó su mirada en mí con desagrado, no porque me reconociera, sino por lo inapropiado de mi presencia en esa reunión. Nadie parecía interesado en que yo me uniera a la cena, y Torres, sensible a mi situación por esa rara cualidad empática suya, me aconsejó que los esperara a la salida, junto al coche. Yo acepté el consejo sin dudarlo un momento.

El cochero llevó su vehículo a un pequeño callejón anejo y allí quedé yo, en medio de la calle, observando al farolero que repasaba la luminosidad de las luces, escrutando cada hueco donde alguien pudiera esconderse, aquí y allá, en las calles adyacentes, bajo cada adoquín de ese Londres hostil donde empezaba a llover. Nada vi y mucho creí ver.

Entretanto, dentro transcurrió la reunión dirigida en cada punto por la férrea batuta de Francis Tumblety. El señor Caine se mostró hospitalario y atento, un intelectual de fluida conversación, algo radical tocando según qué temas para el gusto de Torres, pero un hombre muy interesante en cualquier caso. Ejercía de crítico teatral, aunque su amigo Tumblety dejó entrever que sus inquietudes literarias iban más allá de la mera crítica o la erudición, y eso lo traía con frecuencia a Londres, a asistir a las temporadas de teatro, ocasiones para las que un amigo común, el señor Stoker, que era representante del afamado actor sir Henry Irving, les prestaba aquella casa.

—Gracias a él —comentaba Caine—, no pienso perderme el debut de Irving en el Lyceo. Es un genio. ¿Lo ha visto actuar en alguna representación, señor Torres?

—No he tenido esa suerte. Además, me temo que mi inglés no es suficiente para disfrutar de su Shakespeare. Pero ¿el señor… Stoker no estará con nosotros? —Torres esperaba poder agradecer la hospitalidad al dueño de la casa.

—No gozaremos de su compañía hoy —respondió Caine—. El señor Stoker va a casarse en unos meses, y me temo que eso le tiene algo ocupado, aparte de sus labores como agente teatral…

—Sé de lo que habla —dijo De Blaise—. Nuestro amigo Harry también anda atareado con cuestiones de desposorio.

—Enhorabuena, teniente. —Hamilton-Smythe acogió la felicitación con una sonrisa, felicitación a la que se unió Tumblety.

—Le deseo lo mejor. La cabeza del más sensato de los hombres pierde su rumbo ante la mujer amada, espero que solo sea momentáneo en su caso, y en el del señor Stoker… me refiero a que sea pasajera su… «desorientación romántica», claro, para su enlace le deseo todas las bienaventuranzas imaginables. Comamos algo, no quiero que la velada se extienda demasiado y olvidemos el asunto que nos ha traído.

Fue una cena espantosa en lo tocante a lo gastronómico, si hacemos caso al gusto de Torres, y no lo pongo en duda. Comer allí después de haberlo hecho aquí, es siempre un desagradable contraste. En tanto a la conversación, eso fue otro cantar. Caine la guió al principio con buena maestría, aunque siempre orientando los temas hacia sus intereses. Se mostraba muy preocupado por la conservación de edificios en Londres, que al parecer peligraban debido a una política urbanística un tanto agresiva con las antigüedades. Poco a poco, fue eclipsado por su expansivo amigo, dotado de mucho más carisma. Torres pasó la mayor parte del tiempo cayado, siempre fue de las personas que gustaban más escuchar que hablar. Por el contrario el americano lo hizo y mucho. Agotó varias botellas de vino humedeciendo su gaznate seco por tanta charlatanería incontenible. Empezó glosando un asombroso currículo de proezas médicas, comentando los portentos de la medicina india, lo menospreciada y perseguida que era en su país natal, y cómo él aprendió tal ciencia de grandes maestros quienes a su vez habían aprendido de los mismos apaches, y la practicaba con pericia y asombroso éxito. Mencionó de pasada su amistad con personalidades de más allá del atlántico a las que había administrado sus remedios con éxito, aportando cartas personales del general Grant y del propio Lincoln, que elogiaban su eficiencia y buena conducta como médico militar, y terminó recordando fugazmente su carrera política en el Canadá, donde rechazó un puesto de parlamentario porque:

—He nacido para sanar, señores, y les aseguro que tratar de desempeñar una tarea similar desde la política es de lo más frustrante.

La solemnidad con la que el americano hablaba de su pasado, la vehemencia con la que defendía sus ideas, la firmeza de su mirada lo dotaba de la sinceridad que tienen los hombres seguros de sí mismo. Era comprensible el triunfo social del médico indio.

A los postres se suscitó un enconado debate entre el teniente Hamilton-Smythe y el mismo Tumblety sobre la ciencia y los males y bienes que al hombre trae. Ambos polemistas no eran muy doctos en la materia que trataban; el oficial disparaba con andanadas de pobres argumentos nacidos de su recalcitrante puritanismo y Tumblety se defendía, bastante bien por cierto, con cargas de evidencias de lo más disparatadas. Amparaba la ciencia sin conocerla y sus ideas eran una mezcla de extrañas teorías entresacadas de certezas medio oídas y apenas entendidas, y simples mentiras de buhonero. Torres se limitó a asentir en ocasiones, interviniendo lo menos posible, pese a que sabiendo Tumblety de la educación científica del español, insistió una y otra vez en que tomara parte y opinara, tal era su atrevimiento.

—Dice que ha recorrido el continente, señor Torres, y seguro que ha notado que allí está en auge cierta corriente que concilia antiguas medicinas, llamémoslas «naturales», con los últimos descubrimientos. Si ha estado en Alemania habrá oído…

—No, no he tenido la fortuna de pasar por allí. Por otro lado no sé gran cosa de medicina.

Terminada la cena, pasaron a una pequeña salita a tomar un licor antes de comenzar el juego, todos menos Caine, que dijo tener que ocuparse de su correo.

—El pobre Hommy Beg se encuentra algo cansado —excusó el doctor indio a su amigo, empleando ese cariñoso apelativo infantil—. Es un artista en el fondo, y los artistas suelen sumirse en el tedio cuando la conversación torna hacia la ciencia.

En la sala estaban los sabuesos negros de Tumblety, y lejos de sacarlos para que no molestaran durante la conversación, los mandó sentarse y allí permanecieron a sus pies, gruñendo de cuando en cuando. Los tres invitados, una vez superada la molestia de esos grandes y amenazadores animales, notaron un par de extraños ornamentos sobre la repisa de la chimenea, tan turbadores como los perros. Allí descansaban dos urnas de cristal selladas, llenas de algo sumergido en un líquido ambarino, custodiando un pequeño cuadro, un bordado en el que fulgían en letras rojas cuatro estrofas de un poema enardecido, tan grandilocuente como el propio Tumblety. Sin que estuviera clara la naturaleza de los objetos que rodeaban esas rimas, su aspecto y su colocación, fuera de lugar en la decoración tan cálida del cuarto, resultaban incómodos.

—Oh —exclamó Tumblety mientras ofrecía tabaco—, veo que han reparado en mis… mmm… ¿cómo llamarlos? —«“Monstruosidades” es lo que yo les llamaría», susurró De Blaise al oído de Torres en francés—. Los considero mis trofeos, muestras de la maravilla que es el organismo del hombre, mi modo de rendir homenaje a esa creación divina que usted tanto respeta y defiende, teniente.

—¿Qué son? —preguntó De Blaise alzando uno de los frascos al trasluz.

—Ese que usted sujeta contiene un páncreas, teniente De Blaise, este otro guarda un útero en perfecto estado de conservación.

De Blaise dejó caer el tarro, que recogió antes de que llegara al suelo un sonriente Tumblety. Hamilton-Smythe a su vez soltó un «Santo cielo» espantado.

—Vamos caballeros, somos todos hombres civilizados. Es solo parte de mi colección de órganos.

—¿Y lo considera una colección normal? —preguntó Hamilton-Smythe.

—En un hombre de ciencia y un médico como yo, sí. No se trata de un capricho, los necesito para mis estudios. Bien, ¿una copa antes de ir para allá? —Y se dispuso a servir el whisky, que De Blaise apuró en un solo trago.

—¿Está lejos su Ajedrecista? —preguntó Torres mientras se sentaba junto a la chimenea.

—Como era de esperar nuestro amigo el ingeniero español parece muy impaciente por empezar este pequeño juego. No se apure, no tardaremos mucho.

—Perdone que insista en este punto, doctor Tumblety —dijo Hamilton-Smythe, que se mantenía en pie—. ¿Afirma que está en posesión del ajedrecista de Maelzel?

—En efecto, ya lo vieron ustedes mismos.

—Tenía entendido que ardió en los Estados Unidos hace veinte años.

—Es indudable que este no es el caso. No me es posible revelarles cómo tan importante objeto ha llegado a mis manos, no porque haya nada siniestro en ello, es simple ética en los negocios. Las personas por medio de las cuales obtuve el Ajedrecista deben mantenerse en el anonimato.

—No veo la necesidad de ese secretismo —dijo De Blaise.

—La discreción es siempre una virtud en estos asuntos, discúlpenme, pero prefiero no desvelar la identidad de personas que puedan comerciar con tan importantes objetos. En todo caso es irrelevante para lo que nos ocupa. Lo importante es que obra en mi poder la prodigiosa máquina que fabricó Johann Maelzel…

—No —zanjó Hamilton-Smythe con excesiva sequedad.

—¿No?, ¿insinúa que miento, teniente?

—No pretendo ofenderle en su casa, Tumblety, pero no es correcto lo que ha dicho. Primero no es tan prodigiosa la tal máquina y dentro de unos minutos lo probaremos, y segundo, Maelzel no fue quién construyó al Ajedrecista. Aunque se le conozca muy a menudo con ese nombre, Maelzel compró el Ajedrecista a su creador, Wolfgang von Kempelen, un funcionario del Imperio Húngaro del siglo pasado, un ingeniero, como usted señor Torres, matemático, físico, lingüista; un hombre sobresaliente.

—Favor que usted me hace, teniente, no gozo yo de tanta «sobresaliencia». —Sonrió Torres, y luego añadió—: Parece admirar mucho a ese von Kempelen.

—No. Era muy brillante por lo que yo sé, pero ha pasado a la historia por ese gran fraude que es el Ajedrecista. —Tumblety sonrió displicente ante esa afirmación, y apuró su copa—. Lo vendió a Maelzel pocos años antes de morir, después de décadas de pasearlo por toda Europa, exhibiendo esa burda imitación de la vida.

—¿Y cuándo dice que construyó la máquina?

—Allá por el mil setecientos setenta, más o menos, no recuerdo bien la fecha. Fue fruto de un reto, por cierto, como lo que hoy nos ha reunido aquí a nosotros. La emperatriz María Teresa, monarca muy interesada en las ciencias, recibió a un famoso prestidigitador francés, un tal monsieur Pelletier, miembro de la Academia de las ciencias de París, que entretenía a su público con una serie de «juegos magnéticos». Tras la representación del francés, a la que asistió Kempelen, y en la que desveló todos los artificios que el galo presentó gracias a su perspicacia y a sus profundos conocimientos científicos, su Alteza Imperial pidió a su súbdito que realizara un prodigio que superara todos los trucos de todos los magos del momento. Kempelen, incapaz supongo de hacer nada mejor, apareció a los seis meses presentando ese falso Ajedrecista, y ahí empezó este gran embuste.

—¿En qué sentido era un embuste? —siguió preguntando Torres, que parecía el más interesado en el tema. Tumblety se limitaba a poner irónicas expresiones.

—Durante las exhibiciones, von Kempelen, o Maelzel, o quien fuera que estuviera en posesión del Ajedrecista y lo explotara…

—¿Hubo más poseedores? —esta vez fue De Blaise.

—Sí, a la muerte de Maelzel sus propiedades se subastaron, y el Ajedrecista acabó en manos de un médico americano, un tal doctor Mitchell, que también trató de lucrarse con la estafa… ah, y por supuesto tenemos a nuestro doctor Tumblety.

El aludido inclinó la cabeza burlón, y matizó:

—Le recuerdo que yo no cobro entrada alguna ni exhibo a esta maravilla.

—Solo apuesta con él —dijo Hamilton-Smythe.

—Lo que espero que sea un modo de lucro para nosotros, no para usted —dijo De Blaise.

—Todos los propietarios se mantenían presentes junto a la máquina y su oponente durante las partidas —prosiguió Hamilton-Smythe ignorando el comentario—, y es bien posible que fueran capaces de manipular al autómata mediante un sistema de hilos o imanes, o hacer algún tipo de señas al jugador que de seguro se escondía en las tripas de esa marioneta falaz. Muchos que presenciaron las exhibiciones afirmaban eso.

—¿Estaban presentes?

—Y manipulaban en ocasiones al autómata, fingían ajustar algo de la maquinaria, o con cualquier otro ardid. Es seguro que pasaran información a un cómplice en el interior de la figura del Turco. ¿Cómo? Con gran habilidad, desde luego, puesto que nadie…

—Discúlpeme, pero creo que fueron más los que quedaron asombrados del Ajedrecista y lo calificaron de «el mayor prodigio tecnológico del siglo», que los que dudaron de él —dijo Tumblety y después de mirar a su oponente con largueza, añadió—: No solo cree que fuera falso, sino que lo desea con fervor, teme que no sea así, ¿me equivoco, teniente?

—¡Diantre!, no, no lo deseo; tengo completa seguridad de que ese Ajedrecista es imposible, a menos que se trate de un engaño, un juego de títeres, sombras chinescas. Porque de lo contrario… miren. —Hamilton-Smythe buscó algo bajo su guerrera, sacó un papel que se puso a leer—. Es una copia del artículo que el señor Poe escribió con ocasión de una exhibición que hizo Maelzel en Richmond, en mil ochocientos treinta y cinco. Sirva de ejemplo, Poe no fue el único que vio la trampa tras todo ese espectáculo. Bien, pues el señor Poe dijo… leo: «es por completo cierto que las operaciones del autómata son guiadas por una mente, y por nada más… la única incógnita es el modo en el que la intervención humana es llevada a cabo». —Volvió a guardar el documento en su pecho, y mirando a toda la concurrencia con gravedad, dijo—: Porque de lo contrario esa mente necesaria para jugar al ajedrez no es humana, sino artificial, y eso es inconcebible, la peor de las blasfemias.

Todos guardaron un silencio incómodo, en aquel tiempo de modales tan rígidos como afectados, la irrupción del profundo fanatismo era siempre desconcertante, aunque estuviera cargado de razones, como parecía estar en este caso. El Monstruo, al que poco podían perturbarle los excesos, habló y zanjó el debate.

—Caballeros, esta agradable discusión, como no podía ser de otra manera hablando con caballeros tan instruidos, también es muy fútil pudiendo dirimir nuestras diferencias en el irrebatible terreno de lo empírico.

—Tiene razón —dijo De Blaise apurando su copa, su segunda copa—. Esta tertulia es excelente, el whisky inmejorable, pero sinceramente prefiero no prolongar demasiado la reunión entre caballeros, a menos que se hable de deporte.

—¿Echa algo de menos, teniente? —preguntó Tumblety mientras sacaba por fin a los perros de la habitación.

—Ya le digo que su whisky es magnífico y muy aromático, doctor, aunque prefiero el perfume de una mujer.

—Vamos, no me dirá que el punto de vista de una fémina hubiera aportado algo a nuestra charla.

—Belleza, ¿le parece poco?

—Sí. —El americano cerró con demasiada brusquedad la puerta tras sacar a sus perros, que empezaron a ladrar a través de ella—. Yo le diré lo que aportan las mujeres: nada en el mejor de los casos y lo más habitual es que traigan el desconcierto y la cizaña; la manzana del pecado. Hay algo en la condición femenina que las hace incapaces para cualquier actividad, salvo la de procrear, actividad esta que comparten con vacas, cerdas y hasta el más inmundo representante del reino animal. Son propensas al juicio ligero, al engaño o a la distracción veleidosa si no quieren ser muy severos; a la traición, para ser más precisos. Admiro profundamente a su país, caballeros, que me ha acogido tan bien, pero hay algo pernicioso en ser gobernados por una mujer. Sean sinceros, ¿cuáles son las virtudes que ensalzamos en ellas? La belleza, el alimento de la vanidad, que no es otra cosa que la máscara que usa el engaño. La discreción, que es un modo de disfrazar la mentira. La abnegación por los hijos, cuya finalidad es manipular a los jóvenes y hacerse así con el gobierno del hogar, que debiera siempre quedar en manos del varón. En cambio la razón, el valor, la lealtad… son virtudes desconocidas por ellas, virtudes masculinas. Esas perras de presa son fuente de todos los pesares y las angustias del hombre. Si son bellas, pronto acaban cayendo en el adulterio, víctimas de su débil voluntad, incapaces de resistirse al tornadizo carácter que todas poseen. Si por el contrario no son agraciadas, su naturaleza luciferina las dota de una malsana astucia, que no inteligencia, para pergeñar las más viles ofensas. Si ven a un buen hombre sufrir, detrás estarán las arteras intenciones de…

Los tres permanecían en silencio, quietos, consternados. Ni siquiera cuando las palabras de Tumblety apuntaron aunque de refilón a la Reina, los dos oficiales británicos movieron un músculo. La crispación con la que el doctor indio pronunciaba aquella diatriba era excesiva, desaforada, como los ladridos de sus mascotas. Apretaba los puños hasta blanquear los nudillos y hacía gestos como si estuviera arengando a la multitud hacia una enloquecida cruzada. Cuando reparó en la mirada de sus invitados, calló azorado. Ya solo se oían a los sabuesos. Dio una orden que ambos animales obedecieron y él se disculpó.

—Perdonen mi… entusiasmo. Estuve casado, saben, y mi esposa me fue infiel. No es una falta que cualquier hombre aguante con serenidad, discúlpenme. En todo caso, hemos venido para otra cosa. Vayamos a ver al Ajedrecista.

Salieron los cuatro, yo estaba adormilado, recostado contra el coche que aún los esperaba. Hall Caine, el querido Hommy Beg, quedó en casa tras despedirse de su amigo tomándole la mano en actitud demasiado familiar, circunstancia que seguro todos percibieron ahora que, después del incomodo episodio de minutos antes, lo observaban con atención. Subieron al coche y yo lo hice al pescante, pues ya no había sitio para mí al añadírsenos Tumblety.

—Se va a empapar allí arriba —dijo el siempre atento Torres—, parece que va a arreciar.

—No se apure, señor —dijo el cochero de lord Dembow, mientras me tendía un amplio capote—. Su criado puede guarecerse con esto, yo no lo necesito. No me afecta la lluvia ni el frío. —Eso hice.

Fuimos hacia el este, a la Isla de los Perros, que no es una verdadera isla, sino una península formada por un acusado meandro del Támesis. Eso no es del todo cierto, el City Canal, habilitado para evitar que los buques perdieran el tiempo negociando la curva del río y donde se encuentran los magníficos West India Docks, corta la isla del resto de Londres, al que se mantiene unida por puentes a través de los que circula el tren. Así, la Isla de los Perros quedaba a un tiempo unida y aislada de la ciudad, convertida en un centro industrial donde se ubicaban astilleros, entonces ya no tan activos como hacía veinte años, y centenares de empresas, carboneras, conserveras e instalaciones portuarias. Emporios industriales gobernaban el tiempo y el espacio en la Isla. Claro está, allí abundaban los almacenes y otros edificios fabriles donde bien se podían guardar autómatas del siglo pasado.

Hubiéramos podido ir en tren si los horarios hubieran acompañado; nadie se planteó esa opción. A esas horas la ciudad era muy transitable, apenas tardamos. Por si fuera poco, las calles se vaciaron bajo la lluvia. Aun así yo, ya que no podía proteger a mis amigos del mal que los acompañaba, mantuve mi vigilancia por lo que viniera de fuera, tarea imposible con la oscuridad acrecentada por el torrente que nos caía, demasiadas sombras sospechosas por escrutar, y con la continua distracción del chofer, tan campante bajo la lluvia, que no me hablaba, pero no cesaba de cantar cancioncillas soeces.

Tras esperar a que un lento vapor negociara el canal, cruzamos por el puente y nos adentramos en la Isla. Desde las cinco de la mañana aquello era un ensordecedor caos de sirenas y sonido de maquinaria. Una aglomeración de serrerías y siderurgias, de metal y chispas, de humos oscureciendo el cielo y de inmundicias apagando el Támesis. Ahora era de noche, y el silencio y la soledad gobernaban todo. Las calles, estrechas y retorcidas entre las humildes viviendas de tres o cuatro pisos para trabajadores cuyo mundo se circunscribía a la Isla, ajenos a la vitalidad de la City, cercana pero seccionada por el canal, resonaban con los ecos de nuestro tiro. No había muchos establecimientos públicos, la mayoría cantinas donde marinos y obreros, que hoy parecían desaparecidos, cambiaban viejas historias.

Terminó el trayecto en un viejo almacén en la parte oeste de la Isla de los Perros, uno más entre una línea larga que jalonaba el muelle de Millwall, a escasos metros del río. Un edificio alto, con tejado a dos aguas y en aparente desuso a juzgar por los desconchones y deterioros que se adivinaban en su fachada. Desdibujado y oculto por la cortina de agua que nos caía se vislumbraba un viejo letrero sobre el portón, del que apenas se entendían las primeras letras: Great E… y algo más, bajo ellas, una cifra de más reciente escritura: 1558. La altura de esa fachada y su deterioro extinguieron la alegría que traían los caballeros, parecía que ese depósito solo estaba diseñado para almacenar cosas feas, tristes, las más tristes. Uníase a eso el ambiente lóbrego, solitario, lejano al Londres que conocían, como si la ciudad hubiera desaparecido y solo quedara el reflejo desvaído de los peores recuerdos de sus habitantes. Dicen que aquello fue hace mucho un pantano, y no me sorprendería que los vapores pútridos que de él emanaran tiempo atrás hubieran permeado el suelo, el aire y el cemento de los muelles; aún seguían ahí.

No se veía un alma, lo que inquietaba y apaciguaba el ánimo por igual. ¿Quién, que no fuera un grupo de jóvenes aventureros tras una estrambótica apuesta, podía frecuentar esas frías soledades? Por lo menos, la lluvia y el río cercano apaciguaban el hedor que seguro llenaba esos parajes y que hubieran molestado a los caballeros, no a mí.

El cochero insistió en irse, aduciendo que no quería dejar los caballos del señor ahí, a la intemperie y en tan desagradable barrio. Tumblety sugirió que volviera dentro tres horas.

—Una hora por partida, supongo que no nos llevará mucho más tiempo. —Sonrió mordaz, y ofreció dinero al conductor.

—Por dios, señor —dijo este, rechazando el dinero—, no tiene que darme nada. El señor ha dicho que esté a su disposición y eso haré. Estaré aquí dentro de tres horas.

El coche se fue acompañado del ruido de los cascos sobre el empedrado húmedo, y nos dejó, solos.

Tumblety abrió el candado que cerraba el almacén. Entramos, la lluvia se filtraba por el techo, rebotando y sonando aquí y allá. El olor a cerrado y a pescado de tres días hizo que los señores protegieran sus narices con pañuelos. Tras encender unos candiles, apareció de las tinieblas el cuartucho que vieran en la foto tridimensional, aunque ahora, libre de los marcos físicos del retrato, parecía mucho más amplio, y más desagradable. Una gran nave llena de trastos y bultos oscuros, cuya naturaleza en nada apetecía descubrir. Tumblety fue colocando sillas ante un gran bulto cubierto de lienzo rojo situado justo en el centro, en silencio, sacudiéndoles antes el polvo.

—Caballeros, aquí lo tienen. —Y con ampulosa afectación retiró la cobertura. Allí estaba el autómata, como debió aparecerse ante la emperatriz de los austrohúngaros hacía un siglo, en escenario más regio. Con esa luz tenue el maniquí con aspecto de turco cobraba un poco más de vida. Esos ojos hueros, fijos en mí, parecían andar a medio camino entre lo vivo y lo inerte.

Visto entonces, al natural, las dimensiones del Ajedrecista se redujeron un tanto. El escritorio ante el que se sentaba el Turco mediría metro y medio de largo por cerca de uno de profundidad, y algo más de alto. Se sustentaba en cuatro pequeñas ruedas de color broncíneo que lo alzaban un poco del suelo. El pupitre estaba dividido en su frente por tres puertas iguales, bajo las que había un cajón ocupando todo lo largo del mueble.

Los presentes se fueron sentando, despacio, ensimismados en la contemplación de un trozo de pasado.

—¿Es… es el de Maelzel? —preguntó De Blaise.

—De von Kempelen —matizó Hamilton-Smythe con reverencia—. No puede ser…

—Les aseguro que lo es, señores —dijo Tumblety—. Y de no serlo, no somos tratantes de antigüedades después de todo. No es la autenticidad de esta pieza lo que nos ha llevado hasta aquí. Sea el Ajedrecista de von Kempelen o lo haya fabricado yo el mes pasado, afirmo que esta máquina puede derrotar a cualquiera de ustedes, y hasta a un maestro reconocido del ajedrez que nos acompañase. ¿Dispuestos?

Todos asintieron y Tumblety comenzó con la exhibición. Como había asegurado que haría, permitió que la vista inquisitiva de los fusileros y el señor Torres escrutaran las tripas del autómata hasta quedar satisfechos. El americano sacó del bolsillo de su chaleco un juego de llaves del que escogió una para abrir la puerta de la izquierda del escritorio, alumbrando con un candil lo que había dentro. Todo el interior parecían ruedas dentadas e intrincada maquinaria de relojería, entre la que sobresalía un grueso rulo horizontal con un complicado diseño de hendiduras grabado, como el cilindro con púas de una caja de música o una pianola, pero mucho más abigarrado. Tumblety fue a la parte de atrás del Ajedrecista y allí abrió otra puerta que se oponía directamente a la que había dejado abierta al frente. Movió la luz e iluminó por detrás toda la maquinaria; para un lego como yo parecía un intrincado embrollo de piezas de poca utilidad.

Cerró las puertas a continuación para abrir el cajón de abajo, de donde sacó un tablero de ajedrez y las piezas, de color rojo y marfil tanto el uno como las otras. Lo dejó sobre la mesa y abrió las dos puertas restantes. Dentro, además de la similar colección de componentes metálicos, aunque en menor densidad, había un cojín rojo, una pequeña caja de madera y un tablero lleno de letras doradas, objetos que Tumblety depositó con mimo sobre una pequeña mesa junto al Ajedrecista. De nuevo abrió puertas traseras e iluminó por ahí los mecanismos, moviendo la luz minuciosamente, desvelando cualquier sombra, cualquier resquicio…

Sin cerrar las puertas, giró al autómata sobre sus ruedas, mostrándonos la espalda del Turco, que parecía sentado y torcido, en postura muy incómoda tras el escritorio. Levantó… sin pudor alguno los ropajes del muñeco, dejando a la vista dos compuertas más en lo que debieran ser la espalda y el muslo izquierdo, sin relación anatómica real con sus homónimos humanos. A través de ella se vieron más piezas, ruedas y resortes. Giró de nuevo el autómata, hasta… hasta revisar cada costado, cerró las puertas y arregló las ropas del Turco. Entonces, con la celeridad de los movimientos repetidos más de una vez, colocó el almohadón bajo el codo izquierdo del muñeco, retiró la larga pipa de la mano izquierda, dispuso el tablero y las piezas sobre la mesa ante el autómata con mucho cuidado, y por último empezó a manipular en los mecanismos a través de una de las puertas traseras. Una vez acabadas estas e… maniobras, colocó y encendió dos candelabros de tres velas a cada lado del tablero, respiró profundo, se atusó la ropa y quedo de pie, tieso como el propio autómata.

—Caballeros, el Ajedrecista está dispuesto. —Yo no vi trampa ni cartón, y desde luego el examen de aquel artefacto fue tan minucioso como Tumblety había prometido. A juzgar por la expresión del resto de los asistentes, ninguno había encontrado al socio del médico indio, al enano o al niño que pudiera estar oculto allí—. ¿Quién será el primer oponente?

—Creo que lo más oportuno es que sea yo —dijo rápido el teniente De Blaise—. Si ganara, lo que supondría algo extraordinario en los anales del ajedrez, además de una prueba irrefutable de que esa máquina que nos mira tan impertinente carece por completo de la más mínima capacidad de raciocinio, sería ya innecesario el resto de partidas. No estaría bien aprovecharse del buen doctor indio, tras haber sido un anfitrión tan espléndido.

—Como guste, teniente…. Las únicas reglas que he de imponerles, si se avienen a ellas, son las siguientes: el Turco juega con blancas… Una vez posada una pieza en una casilla, no podrán nunca, y digo nunca, echar atrás el movimiento. Y lo que es más importante, las piezas habrán de colocarse lo más centradas posibles en cada cuadrícula. ¿Correcto? Pues acérquese, teniente; siéntese ante el Ajedrecista.

De Blaise se levantó sonriendo a… sonriendo a…

… a su camarada y a Torres. Era un gesto nervioso, diferente a su habitual despliegue de alegría y desenvoltura. La oscuridad, en el más amplio sentido de la palabra, había apagado las efusiones del teniente. Por el contrario, tanto Torres como Hamilton-Smythe se defendían de esta extraña experiencia de modo muy distinto a esa falsa actitud jocosa… cada uno según su temperamento; el primero manteniendo su acostumbrada serenidad al concentrarse, y el segundo con una obstinación excesiva en su mirada, ambos algo más tensos de lo que los había visto hasta el momento. En cuanto a mí, me mantuve atrás, en pie y asustado, sin saber muy bien por qué. El teniente se sentó delante del ajedrecista, inseguro, lanzando miradas fugaces a sus camaradas. Tumblety fue al lado izquierdo del autómata y metió una gran llave en un hueco del escritorio.

Un silencio tirante… un silencio llenó el lugar en cuanto terminó de girar la llave. Luego un sonido de maquinaria, un tictac intenso, surgió del interior del autómata. Los ojos del Turco… creo que brillaron, muy levemente, no puedo asegurarlo; la media luz de los candiles, el olor a polvo y pescado… algo cambió en su aspecto.

Movió la cabeza. Faltó muy poco para que saliera corriendo, y creo que noté algún respingo en el resto de los presentes; desde luego, De Blaise casi se incorporó de la silla. El autómata giró la cabeza a un lado, muy despacio, muy despacio… muy… luego al otro, como si estuviera reconociendo a los presentes. Luego miró el tablero, levantó el brazo izquierdo y movió el peón de alfil de reina.

De Blaise miró… miró… hacia atrás.

—Se ha movido —dijo, manifestando la sorpresa de todos.

—Adelante teniente —dijo Tumblety—, mueve usted.

La partida prosiguió, movimiento a movimiento, sin que Tumblety interviniera en nada. Se sentó junto a Torres y no se acercó al Turco, excepto cada diez o doce movimientos, para de nuevo darle cuerda. Fuera de eso… se limitaba ocasionalmente a hacer crípticas manipulaciones en la caja y el tablón con letras que antes sacara del autómata, siempre adornado de cierto secretismo de vodevil mágico… mágico…

Sí, estoy cansado… cansado… pero si me permiten un minuto. Podré seguir… seguir… oh… si ustedes quieren claro.

Aquí… si pudieran abrir el paso de ese… sin estos tubos yo… Sí, denle ahí… Gracias.

Ahora. Ya me encuentro mejor. Son demasiados recuerdos. Esperen que siga con estos… sí. Estábamos… en la partida.

En media hora el enfrentamiento se decantó del lado de la máquina. Efectivamente, De Blaise no era un jugador avezado. En cierta ocasión, al inicio de la partida, el teniente movió un caballo como si fuera un alfil, por descuido sin duda, aunque bien sirvió para probar al Turco. El autómata, agitó la cabeza y volvió la pieza que había sido movida erróneamente a su lugar de origen. Luego hizo su movimiento, jaleado por la sonrisa de satisfacción de Tumblety.

—Ha perdido su turno, teniente —dijo—. No se puede engañar al Ajedrecista, si hace un movimiento incorrecto él se dará cuenta, y lo deshará.

—Un comportamiento no muy deportivo, por cierto —respondió De Blaise—. No me resulta nada agradable su autómata, debiera mostrar algo de comprensión con los neófitos.

Mientras se desarrollaba el juego, todos los que allí estábamos fuimos poco a poco acercándonos a la mesa, y Tumblety no puso objeción alguna, por el contrario él se alejaba cada vez más, haciendo imposible imaginar cómo actuaba sobre la máquina. Torres y Hamilton-Smythe observaron a placer las evoluciones del autómata, sus movimientos precisos y hasta cierto punto dotados de gracia, como un bailarín de juguete. Nada dejaron ver de lo que opinaban en sus expresiones. Tan cerca estaban todos del Turco al llegar al final que casi caen de la silla al oír decir al muñeco: «échec». Ya se imaginan cómo era la voz del Ajedrecista, claro. No tan metálica como debiera ser la voz de una máquina, y no tan húmeda como es la de un hombre, un sonido desasosegador.

—Creo… von Kempelen ideó una máquina que hablaba —dijo Hamilton-Smythe, tal vez intentando reducir el susto de todos.

—Asombroso —dijo De Blaise, refiriéndose a la última media hora. Se dispusieron a jugar el resto de las partidas. Tumblety sugirió que, temiendo que todo se alargara demasiado, tal vez sería oportuno no jugar partidas enteras, sino a partir del juego medio, de este modo habría más oportunidad para cuantas revanchas desearan los caballeros. Mostró entonces un viejo libro, donde tenía dibujadas distintas posiciones de las piezas, hasta hacer la centena. Los jugadores podían elegir la partida que desearan. Tanto el inglés como el español estuvieron conformes. Yo no aguantaba más ajedrez ni más marionetas que no entendía. Salí a la noche húmeda, a despejar mi cabeza, tarea bien difícil.

Había escampado, no hacía demasiado frío y siempre me ha gustado cómo quedan las cosas tras la lluvia. Ahora nada parecía como una hora antes, nada se oía, y sin embargo se me antojaba que todo lo que me rodeaba, almacenes, el viejo astillero, el muelle, todo aguardaba, escuchando, vigilando como yo. Dicen que el nombre del lugar viene de que allí, años atrás, un perro estuvo ladrando la muerte de su amo, asesinado, y que así permaneció hasta que identificó al asesino. Hay quien dice que aún se pueden oír sus ladridos angustiados si uno aguza el oído, y el valor. Otros, más pegados al suelo, aseguran que es solo porque aquí guardaba sus perros Enrique VIII. No lo sé, yo intentaba oír ladridos en el susurrar del Támesis, y recordaba los perros de Tumblety, los perros del Monstruo.

Paseé hacia el río y allí me quedé, mirando el agua, con el pensamiento perdido no sé dónde. Había dos pequeñas embarcaciones al fondo, iluminando la superficie del agua con luces. Los marinos de ambas se gritaban algo, creí oír cruce de insultos y amenazas entre las tripulaciones. Buscadores de muertos. Daban doce chelines por cadáver recuperado de la tragedia del Princess Alice, y eso ya había provocado auténticas batallas navales en el río.

Observé una sombra sobre el agua, golpeando el muelle justo a mis pies, como quien llama a una puerta pidiendo auxilio sin apenas fuerza. Un cuerpo solicitando un piadoso entierro ya que no podía pedir vida, deseando escapar de Poseidón y su eternidad verde. Vaya, qué afortunado era, por fin algo a mi favor en ese desconcertante día. Incluso creí ver un brillo en él, una cadena de oro quizá. Más suerte de la que merecía, sin duda. Estaba pensando en cómo pescar el muerto, dónde esconderlo para que los caballeros no lo vieran y así regresar mañana por la mañana por él, cuando los lejanos improperios de los pescadores de cadáveres cesaron oportunamente, permitiéndome oír cómo la puerta del almacén tras de mí chirriaba. El teniente De Blaise salía a tomar el aire, supongo. Consultó su reloj y sacó una pequeña petaca de la que dio un trago largo y disfrutado. A un lado, en el callejón que mediaba entre nuestro almacén y el contiguo, iluminada por un rayo de luz, vi la inconfundible silueta de barril cojo de Eddie, acechando.

Un desconocido impulso se hizo conmigo impeliéndome hacia el domador de osos con toda mi furia. Estaría a treinta yardas, perdón, metros, y eso a mi paso suponía una larga distancia que atravesé con la velocidad de un toro saliendo a la plaza. Por supuesto Eddie me oyó, me vio, e hizo un gesto sorprendente en semejante situación, como reclamándome sigilo. Ni paré ni me preocupé por entenderle, le di un fuerte topetazo con las dos manos contra su pecho. Dio dos pasos hacia atrás, sin caer pese a su prótesis en la pierna, y sacó un cuchillo. Yo era muy fuerte y Eddie un feriante sin mucha experiencia en peleas. Con la mano derecha traté de agarrar la suya, la que sostenía el arma. Era mi mano torpe y fallé. Eddie solo tuvo que apartar el cuchillo, pero eso me permitió atacar a fondo sin la molesta intervención de su hoja. Con mi otro puño martilleé por dos veces su frente amplia, de arriba abajo. La pierna falsa de Eddie cedió. Cuando cayó sentí un golpe en la mía, y luego una humedad que me corría por la pantorrilla.

Miré abajo y vi a Tom, el enano, que acababa de acuchillarme.

Por supuesto esta pequeña refriega no había pasado desapercibida, tengan en cuenta que mi ataque no fue especialmente silencioso, estoy por asegurarles que incluso lancé algún gruñido en la carga. El teniente De Blaise, a poca distancia del callejón, me había visto correr desde el fondo y desaparecer tras la esquina. Se acercó, lento y torpe, ya llevaba demasiada bebida encima.

—¡Santo cielo! ¿Qué significa esto? —No pudo decir más. De las sombras apareció Irving. Con mi misma fuerza pero mucha más movilidad, agarró por detrás a De Blaise en una presa que le quitó el aire. Mi pierna izquierda apuñalada flaqueó y la derecha hacía mucho que no me sostenía bien; caí rodando, al tiempo que veía plantarse a Pottsdale junto al inmovilizado oficial, mirándome amenazante con su bastón.

—Ray, Ray… qué decepción. Te vuelves contra tu familia una vez más, y eso no está bien.

—¡John! —El grito de Hamilton-Smythe hizo que todos volviéramos la vista hacia la puerta del almacén. Irving dio media vuelta y apretó más su presa sobre De Blaise, cortándole la respiración. Allí estaban el teniente, avanzando despacio y decidido, revólver en mano, apuntando a nuestro hombre lobo. Torres lo siguió y Tumblety quedó mirando todo desde el vano iluminado—. ¡Suéltelo o mandaré su alma al infierno ahora mismo!

—¡Señor mío! —gritó Potts—. Si se acerca más le pediré a mi amigo que degüelle al suyo. —A Irving solo le hacía falta un brazo para estrangular a su presa, el otro sacó un cuchillo que lamió con malsana lujuria. Hamilton-Smythe mantuvo el arma alzada y firme en el blanco, ignorando por completo al patrón y a la cobertura que su amigo ofrecía a Irving. Tal vez algo menos que firme, un temblor nervioso lo agitaba y una mueca de ira deformaba su rostro.

—Voy a matarlo, señor —dijo sin dejar de caminar—, a menos que lo suelte y se aparte… —La furia impidió que se apercibiera de que pasaba en su avance demasiado cerca de Potts, al alcance del largo de su bastón. Rápido, mi patrón le dio un bastonazo en la mano haciéndole soltar el arma.

Podía sorprender a Hamilton-Smythe con su lucha sucia; no a mí. Todo fue muy rápido. Tiré una patada hacia Tom, que se limitaba a mirar puñal en mano. Aun estando en el suelo le di en la cara y lo tumbe. Hamilton-Smythe se echó encima de Potts a quién derribó de un directo, la disciplina del pugilismo no parecía serle desconocida. Lamentablemente su golpe lanzó al villano cerca del revólver que yacía en el suelo. Yo no quedé quieto, me impulsé hacia Irving, que me daba la espalda mientras mantenía a su rehén amenazado. Lo golpeé en los riñones y cayó al suelo, liberando a De Blaise. El hombre lobo rodó sobre mí y tiró una puñalada al bulto que dio en mi brazo derecho, haciéndome un corte a la altura del bíceps, tras lo que se levantó ágil como era, hacia Hamilton-Smythe. Este se disponía a culminar su ataque pateando a Potts, que a su vez estaba a punto de coger el revólver de su lado cuando un pie lo apartó de una patada; el pie de Torres, que no permanecía ocioso en la refriega. El arma por fortuna, o por la mediadora mano de Dios nuestro Señor, fue a parar cerca del teniente De Blaise en el suelo. La cogió y disparó.

Irving, que saltaba puñal en ristre hacia Hamilton-Smythe, recibió un tiro en la espalda, Potts una patada en un costado, y sonó un silbato policial, todo a un tiempo.

El disparo, aunque desviado por la incipiente ebriedad del teniente, fue lo bastante certero como para terminar con la trifulca. La banda de fenómenos de feria se incorporó despacio, Eddie aturdido por mis golpes, como el enano, y Potts cargando con el malherido Irving.

—¡Fuera de aquí! —amenazó De Blaise sin soltar el revólver. Los cuatro se marcharon ayudándose unos a otros, no dejando de hacer aspavientos amenazadores y jurar futuras venganzas. Antes de perderse en la oscuridad, Potts me miró y paseó con lentitud su pulgar sobre el cuello.

En nuestro bando yo era el único herido. Tumblety, que era quién había hecho sonar un silbato, insistió para que entráramos de nuevo en el almacén. Torres y Hamilton-Smythe me ayudaron. El doctor indio se ofreció para atenderme.

—Nnn… no. —A mi mente olvidadiza volvieron los cuidados que el Monstruo derrochó con Bunny Bob veinte años atrás.

—Venga, don Raimundo —me dijo Torres—, está perdiendo sangre. El corte del brazo no es nada, pero el de la pierna parece feo. Deje que le vendemos esas heridas mientras llega la policía.

—¿Quiénes eran esos? —preguntó De Blaise, que seguía vigilando en la puerta.

—Bribones —dijo Tumblety, tapando de nuevo al Ajedrecista, en vista de que sus cuidados por mí eran rechazados—, gentuza.

—De no ser por usted, don Raimundo, nos hubieran atrapado aquí dentro. —Torres mismo me hizo un rudimentario vendaje—. Una vez más tengo algo que agradecerle, lo tenemos todos. Seguro que hubieran robado su autómata de haberlo encontrado, señor Tumblety.

—Rrrrr… Raimundo.

Nos fuimos antes de que llegara ningún policía, si es que alguno había escuchado el silbato de Tumblety. No creo que esta urgencia en marcharse fuera por atender mis heridas, parecía más que Tumblety temía que mis compañeros de fealdad volvieran con un grupo más nutrido y enfadado. Difícil sería eso, conociéndolos como los conocía.

—¿Y dejará el autómata aquí? —preguntó Hamilton-Smythe—. Pueden volver por él…

—No se preocupe, está a salvo —respondió el americano agitando el candado de la puerta mientras la cerraba. Mucha fe ponía este médico indio en cierres y cadenas, que tan fácilmente son violentadas por los que saben. Añadió luego que no serviría de nada hablar con la autoridad del incidente, que se trataba de delincuentes de poca monta que habrían ya desaparecido en cualquier callejón. En cambio, afirmó, no era conveniente que el Ajedrecista trascendiera demasiado, supondría un cúmulo de molestias para unos y otros que no precisó. Hamilton-Smythe, tras la sorpresa inicial, estuvo en todo punto de acuerdo. Solo Torres señaló mi malestar y que debíamos esperar al coche, faltaba aún una hora para que regresara.

—Puede caminar, ¿no? —dijo Hamilton-Smythe refiriéndose a mí—. Ese vendaje provisional valdrá de momento. Volvamos por nuestros pasos, cuando nos encontremos con el cochero de camino, le daremos el alto. En casa de lord Dembow este buen hombre será atendido. —Luego me miró con sus ojos azul cielo—. Señor, es usted un valiente, no olvidaré esto, jamás.

Así hicimos. Caminamos en la oscuridad, yo apoyado en Torres, todos en silencio, vigilando. Ahora la noche y esos almacenes parecían cargados de un peligro conocido, algo que todos podíamos entender, no ese desasosiego que nos invadiera al llegar. Nada pasó. Torres, animado, empezó a charlar conmigo, casi susurrando, pues el ambiente tenía algo que invitaba a la confidencia. Yo no dije nada, mi tartamudeo sería más molesto que otra cosa, y así dejé que el español hablara, contándome lo ocurrido en casa del señor Hall Caine, con la confianza que tendría con un viejo camarada. Qué feliz y extraño me sentí a la vez. ¿Por qué me trataba así? No esperaba nada de mí, eso era evidente, y entonces ¿qué bien obtenía contándome lo sucedido esa jornada?

A no mucho tardar apareció nuestro coche y pudimos subir a él. Nadie hablaba del desagradable encuentro, que supongo todos creerían fruto del azar, peligro habitual en una ciudad como aquella, cuando en verdad era causa de la infinita codicia de Efrain Pottsdale, guiada por mi torpeza. Tampoco se dijo más sobre el Ajedrecista ni del resultado de la apuesta en liza durante todo el trayecto. No le di importancia, no recordaba ya nada del autómata ni del interior de ese almacén, solo sentía dolor y miedo, y no sabía bien de qué.

Dejamos a Tumblety en casa de Henry Hall Caine sin que yo viera que se pagara el envite por una u otra de las partes. Luego seguimos en el mismo coche hacia la casa de lord Dembow. Allí despertamos con prisa al mayordomo, quién nos acompañó hasta dentro y llamó a sus señores. En efecto, curaron mis heridas sin necesidad de llamar a un doctor; parece que entre el servicio del lord había hombres capaces y experimentados en remendar cuchilladas, incluyendo su propio hijo. Tanto Cynthia como su tío se preocuparon mucho por lo ocurrido, especialmente por el señor Torres, a quien lord Dembow invitó con insistencia a quedarse en su casa.

—No es preciso señor —respondió este—, un buen amigo de la embajada de mi país me ha proporcionado hospedaje confortable…

—No hay discusión —sentenció el lord—, no me perdonaría dejarle ir a estas horas de la madrugada.

—Se lo agradezco, pero no es necesario…

—No admitiremos un no. —Para sorpresa de Torres, quien se mostró así de categórico fue Percy, quien, para la mía, había acabado por atender mis heridas con buena mano.

—No discuta con mi familia —intervino Cynthia—, no están acostumbrados a recibir negativas. Mañana vendrá el doctor Greenwood y examinará a este hombre. Puede quedarse esta noche y las que precise mientras se encuentre en nuestro país.

—En dos días parto para el mío, les agradezco sus atenciones pero…

—No hay más que hablar —zanjó lord Dembow—. No puedo consentir que tras un feo encuentro como el que ha pasado se lleve mala opinión de esta tierra y de mis compatriotas. Tomkins, disponga cuanto antes un cuarto de invitados para el señor Torres.

A mí también se me ofreció refugio en las cocinas al que me negué, pese a no tener lugar a donde ir.

—Usted ha salvado la vida a Henry —me dijo Cynthia cogiéndome las manos, una mujer tan hermosa y en sus ojos al mirarme no vi otra cosa que gratitud—, no vamos a dejarle en la intemperie. Puede quedarse aquí cuanto precise… ¿Padre, no podíamos tomarlo a nuestro servicio?

Acepté, el pernoctar en tan buen resguardo, no el entrar en la casa de lord Dembow, cosa que nunca se me ofreció formalmente, tan solo fue el entusiasmo agradecido de esa preciosa joven. Me dieron un colchón abajo, cerca de la despensa, lugar que tuvieron la precaución de cerrar con dos llaves. Durante toda la conversación vi los ojos de Torres fijos en mí; él sabía que no me iba a quedar allí, de algún modo lo sabía. Cuando todos se durmieron, me levanté y salí por la puerta trasera con sigilo, maestro soy, más bien era, en el difícil arte de no hacerse notar.

—Don Raimundo. —Torres estaba allí, en el fresco jardincillo junto a las cocinas, esperándome.

—Rrr… Raimundo.

—¿Dónde piensa ir, alma de Dios? ¿De vuelta a ese horrible lugar? —Me encogí de hombros. Torres no había reconocido a nuestros agresores, era imposible, apenas había entrado en el callejón y allí solo habló con Eliza, no podía saber que no había retorno a casa para mí, ahora que estaba enfrentado con mi amo. Si antes el callejón fue una cárcel, ahora era la muerte. Estaba otra vez solo, otra vez en medio del mundo y solo. El que eso no fuera una novedad quitaba poca desesperanza a mi situación—. Ha mostrado valor y buen fondo, no debe regresar allí. Ande, ¿por qué no se queda con estas personas?

Callé de nuevo.

—No se encuentra cómodo, ¿cierto? —Suspiró, dando por terminado sus esfuerzos para convencerme.

Siempre fue así, capaz de saber lo que yo pensaba sin hablar una palabra; amigos singulares los que hace la vida. Era cierto, yo tenía el corazón negro de un delincuente, no podía quedarme ahí, temía morder la generosa mano de lord Dembow antes o después, o traicionar la confianza de la preciosa Cynthia, lo que me dolería aún más. Estos u otros reparos similares supuso Torres que yo tendría, y aun queriendo ayudar, no era hombre que impusiera su voluntad sin tener en cuenta las opiniones del resto, y conocía a las personas y sabía lo difícil que es cambiar hábitos arraigados en el ser, así como torcer el orgullo de los miserables, que en personas de mi calaña es el único tesoro que podemos guardar.

De su bolsillo sacó algo de dinero y trató de meterlo en mi chaqueta. Sé que no era una limosna, era un regalo o así lo sentí, pese a lo que algo en mi interior me hizo apartarme y decir:

—No.

Torres sonrió y no insistió más. Luego dijo:

—Qué día tan extraño, ¿verdad? —Y repitió más bajo, pensativo—: Qué extraño…

Salté la verja y miré al bosque. Un hombre patrullaba; no me vio. Otra cosa sería superar el enrejado que cerraba toda la propiedad, salir a la calle; ya lidiaría ese toro. Miré a Torres, le hice un gesto a modo de despedida y antes de irme un pensamiento fugaz se formó en mi mente yerma.

—¿Qqqq… quién ga… ganó la ap… apu… apuesta?

—Quedó interrumpida, y dudo que yo sea testigo del final si se reanuda, ya es hora de volver a casa. Qué extraño. —Luego me miró fijamente, y me tendió la mano—. Don Raimundo, no creo que nos volvamos a ver. Sé que haber charlado durante un día no es conocerse, pero es más que ser unos desconocidos. Que Dios le guarde.

Y no volví a verlo durante diez años, y no tendría que haberlo visto jamás, pero escribí aquella carta, aquella que Torres se volvería a meter en el bolsillo mientras iba hacia casa en compañía de su señora, en el fresco valle de Iguña.

—Leonardo, ¿me escuchas?

—Perdona. —La voz de su mujer debió traer a Torres de Inglaterra a los montes cántabros en un parpadeo—. Pensaba en él. Lo vi un día, un día muy peculiar, y ahora me escribe y me manda esto…

—¿Qué tuvo ese día?

—Mentiras, había mentiras por todos lados.

—Uy, me parece a mí que ya estás pensando en tus cosas. —Luz sería capaz de notar la intranquilidad en su marido. Si era esposa de alguien como él, tan poco hablador para lo suyo, debió de aprender el idioma de sus gestos y sus ánimos y repararía en cómo Torres arrugaba mi carta o en el modo que hacía girar en la mano el trozo de pipa—. ¿Es muy importante eso?

—Es parte de una máquina prodigiosa… si fuera cierto… «en perfecto estado de funcionamiento», dice…

—Pues… ve a verla como te pide.

—¿A Inglaterra?

—¿Por qué no? ¿Por qué…? A menos que pienses que ese hombre pueda causarte…

—No, tiene dignidad y honor, a su manera. Es que dejarte aquí por ir tras algo que puede ser una fantasía… y por el que no pagaré semejante disparate.

—Vamos… yo estaré bien, Leonardo. Tú eres quien parece distante, seguro que ni siquiera estás pensando en ninguna de tus ideas, ¿verdad? —Torres no tenía que responder para que ella supiera—. ¿Tardarías mucho en ese viaje?

—No creo… una semana o dos a lo sumo.

—Nosotros estamos bien aquí. La tristeza no se ira, lo sé, pero el tiempo la calmará, y eso solo puede ocurrir si vuelves a ser el de antes… Ve a por esa cosa, esa máquina y… y piensa.

—Tal vez… ni siquiera le encuentre, la carta está… fechada…

—Ve Leonardo… ve…


 

 

Residencia de Ntra. Señora del Santo Socorro

 

Jueves

 

Los dos visitantes están junto a la puerta de vaivén, mientras Celador atiende a Aguirre, que duerme agotado. La sesión del día anterior parece haberlo cansado más de lo conveniente, se excedieron en el tiempo por encima de lo acordado, y su enfermero se esmera en los cuidados al despertarlo.

—Tres días —dice Alto, mientras muestra el asco que le provoca lo que ve a su alrededor con muecas melindrosas. La decoración, o la ausencia de ella, el abandono y la suciedad continúa aquí, en este corto pasillo abovedado, al igual que en la habitación del anciano. Las paredes desconchadas, la ausencia de adornos o siquiera muebles, los dos candiles que mal alumbran la sala, la suciedad, las telarañas viejas, el aire pesado, la soledad, la vejez; no hay nada acogedor, y es difícil pensar que nunca lo hubo, ni cuando este lugar era nuevo—. Tiempo suficiente para que nos quede claro que esto es una estafa ¿No? Creo que con el primero bastaba…

—No soy seguro.

—Por Dios —ríe—. No digo que no sea un buen engaño, pero es imposible. Sin necesidad de entrar en otros errores fehacientes, nos ha contado conversaciones en las que él no estaba presente, y con detalle…

—Dijo que tenía la historia en la cabeza, la ha mejorado, la ha… como se dice… inventado no, la ha…

—Dramatizado. Nada, tiene usted ganas de creerle, y ese entusiasmo suyo nos cuesta dinero y tiempo. ¿No tenía Torres problemas con el inglés? Parece que se le ha olvidado ese pequeño detalle en medio de la historia, ¿o es que lo ha aprendido por arte de magia?

—Ya sabemos que él era traductor, ahorra el repetir. Le digo que parece haber reconstruido la historia, incluso la modifica un poco. Eso no es mentira.

—Esto es una locura, ¿cómo puede ser verdad?

—Si se refiere a lo de Aguirre y todo eso… sí, no soy tan crédulo. ¿Pero algo de lo que ha dicho contradice lo que usted conoce del Ajedrecista?

—Ardió en Filadelfia…

—Que sepa.

—Vamos, olvidémonos de lo que dice o deja de decir. No tiene sentido nada de esta situación, es un desvarío por su parte darle el mínimo crédito, y un timo por la del golfo que nos cobra a cada visita. Si no es todo un juego de títeres, como el que nos cuenta de Tumblety.

—Ahí dentro hay algo raro, seguro. ¿No?

—Raro no, falso. ¿Quién puede creer ese absurdo? Y si coincide conmigo que esto es una artimaña, si el que habla es un farsante, ¿por qué vamos a creer en lo que dice? Yo se lo diré: por el deseo que tiene de que todo sea verdad. Yo también querría que esto fuera cierto, en el fondo. Encontrar al asesino donde todos han fallado… es una ilusión infantil.

—Sigue viniendo.

—Por usted, hasta que se apee de su obsesión.

—Ya. —Lento busca nervioso tabaco entre los bolsillos de la levita. Incómodo, continúa—. Tenemos que entrar sin vigilancia. Esta noche… —Las puertas se abren antes de que Alto conteste. Celador las atraviesa y tiende la mano y sonríe.

—Cuando gusten.

Lento saca más dinero del habitual de su bolsillo.

—Querríamos… más tiempo.

—Ayer casi lo matan. Dejé claro la importancia de cumplir el tiempo exacto… Eso que hicieron estuvo mal. Solo yo puedo atenderlo, ¿entienden? Si los doctores, si mi jefe se entera, estoy en la calle…

—Pararemos en cuanto sea cansado. No nos gusta que ese anciano sufra, y pienso que nuestras visitas son buenas para él. —Celador recapacita, cuenta con cuidado los billetes.

—Muy bien, mientras el dinero dé, no hay problema. Ya pueden pasar, está preparado para continuar su historia.


 

 

 

 

El éxito del Asesino

 

Jueves, a continuación

 

Pese a la encomiable labor del servicio de correos, tanto británico como español, que consiguió llevar una carta casi lanzada en una botella desde Londres a Madrid y desde allí a la pequeña localidad de Portolín en Santander, la misiva tardó más de lo previsto, tres meses más. Ese retraso postal, quién sabe si no fruto de la beatífica intervención del Señor, hizo que cuando Leonardo Torres puso sus pies de nuevo en la capital del Imperio, el cinco de septiembre de mil ochocientos ochenta y ocho, yo hubiera olvidado casi por completo el contenido de aquella misiva. Acababa de abandonar una vez más el sistema penitenciario inglés, mi domicilio más común en los diez años que mediaron entre nuestros dos encuentros.

Había pasado los dos últimos meses en la prisión de Pentonville, caminando de arriba abajo por el patio, encadenado a otros compañeros que expiaban entre esos muros sus faltas, y enmascarado no por mi fealdad, que a todos nos ponían una careta que no nos dejaba ver más que el suelo por donde andábamos; separados y en silencio. El no hablar con nadie, solo lo hice con uno de entre los quinientos o seiscientos hombres que allí penábamos, ni casi ver a nadie era el mejor bálsamo para las heridas de mi espíritu. Rezaba porque ninguno de mis enemigos acabara encerrado conmigo, enemigos que seguro me esperaban a la salida. No me fue mal, en tres ocasiones recibí treinta y seis latigazos por mi irredenta violencia, en una decena más fui confinado un par de días en la «celda oscura», sin apenas comida, supongo que a causa de desórdenes cometidos durante los servicios religiosos o por hablar con algún compañero, insultarle más bien; salvo por esos incidentes menores, mi vida en la cárcel era preferible a la que me deparaba la calle.

No voy a entrar, de momento, en el motivo de mi reclusión, uno de tantos, la memoria no puede almacenar tanta pequeña fechoría. El peor de mis actos, el que cometí contra Kelly, del que antes o después tendremos que hablar, no era el que en esa ocasión pesaba sobre mí, al menos a ojos de la justicia. Lo importante es que cumplí mi condena, el primer día de septiembre estaba de nuevo en la calle, y el segundo había llegado a Londres, sin dinero ni techo en el que cobijarme, situación que no me era en nada ajena. Tampoco les aburriré con los detalles de mis andanzas en los tres días siguientes, que les aseguro fueron muy atareados, corriendo tras un caldero de oro que imaginaba cada vez más cerca.

En esto Torres se presentó el citado día cinco, entrada ya la tarde, ante Timothy Donovan, el encargado de la Pensión Comunal de Crossingham en la calle Dorset, hombre amable y educado, más teniendo en cuenta lo triste de su ocupación, quien de seguro lo conduciría a su oficina y allí le diría algo semejante a:

—¿El Cara Podrida? Me debe seis chelines, así que espero que esté en la mazmorra más oscura de los infiernos… —Tras abonar el español mi deuda, cantidad acrecentada con intereses que consideró apropiados para apaciguar las iras del guardés, el tono del señor Donovan tuvo que ser más explícito—. Creo que está en Pentonville cumpliendo condena, o allí deberían encerrarlo. Mala gente ese Ray, no debiera mezclarse usted con semejante calaña. Está siempre acompañado de la «aristocracia» de esta ciudad, no sé si usted me entiende.

Esa advertencia no estaba fuera de lugar, como apreció Torres, más que incómodo en ese barrio. Quedó varado en medio de lo más deprimido de Londres, preguntándose si aquel viaje absurdo no era una necedad desde un principio. No había imaginado un lugar así, tan triste y gris comparado con sus queridos verdes cántabros. Las miradas que recibía a cada momento de buena parte del vecindario no le auguraban nada bueno. En la calle buscó la presencia de un policía con avidez; la encontró, que los había haciendo rondas, y no le tranquilizó demasiado.

Al día siguiente iría a la estación Victoria, cogería un tren, cruzaría el canal y se olvidaría de toda esa locura. Todavía era hoy, y tenía que buscar el modo de pasar el día lejos de esas calles, si era posible. Iría a por el billete, tal vez en la legación española. Don Ángel Ribadavia, que con tanta diligencia le había proporcionado alojamiento confortable, podía gestionarle los trámites. Había recibido un trato excepcional en la embajada desde que pusiera pie en tierras británicas, en especial por parte de este singular caballero. Mejor ir a hablar con él de nuevo. Entretanto podría…

—De todas formas, señor —dijo Donovan a su espalda, que lo había acompañado un trecho, tal vez temiendo la suerte que un caballero tan desprendido podía correr en el barrio—, si ese malnacido anda por aquí, lo podrá encontrar en el Ringers, a veces paraba por ahí, no creo que haya otro lugar donde permitan entrar a un sujeto como ese. —Torres miró aturdido—. Sí, lo habrá visto, un pub al principio de la calle. —Lo cierto es que yo no frecuentaba demasiado ese lugar, no más que otros; mi cara y mis actos me hacían persona non grata incluso en los burdeles del infierno. No era menos cierto que alguna vez había reposado mis huesos maltrechos allí, acompañado de una cerveza y de compañeros de fechorías. Puede que en una de esas ocasiones me viera Donovan o que le dijera alguien, cuando andaba buscándome por moroso, que paraba por el pub. Esa imprecisa indicación salvó mi vida y permitió nuestro segundo encuentro.

El ingeniero fue para allá. A falta de otro plan mejor para gastar esas horas perdidas en el Reino Unido decidió dar una oportunidad más a aquel precipitado viaje. Hacía una tarde agradable, aunque las nubes amenazaban descargar, como es costumbre en esa ciudad. En su corto paseo hasta el establecimiento pudo contemplar el East End, el «abismo», lugar abandonado por Dios, el hombre, y las políticas urbanísticas de Laboristas y Tories. Mujeres y niños sin hogar sentados en la calle, suciedad, pobreza, vocerío, más pobreza. Toda la zona era un babel de etnias, en especial se notaba clara la presencia de gran número de judíos. A sus oídos llegaron diferentes sones de lenguas eslavas: ruso, polaco… no abundaban los latinos, solo vio a un italiano vendiendo helados en su colorido carrito. La calle Dorset estaba llena de pensiones y casas de mala muerte que daban una cama por el precio de dos cervezas, y que suponían el único hogar ocasional que muchos desdichados podían costearse.

Un par de muchachos se le acercaron a pedir unos peniques, atraídos por su porte de persona acomodada. Torres vivía con holgura, tanto que podía permitirse no trabajar y dedicar su tiempo en «pensar en sus cosas», como le gustaba decir. Unas parientes que le criaron de niño, las señoritas Barrenechea, y que seguro lo colmaron de atenciones y mimos, disponían de buen capital y no de descendencia. A su muerte, Torres heredó una considerable suma. Benditas estas buenas mujeres, porque gracias a esa posición cómoda que dejaron a su querido Leonardo pude yo encontrarme con él. Este desahogo no lo alejaba sin embargo del dolor de los menos favorecidos; un corazón caritativo por naturaleza lo empujaba siempre a estimar el mal ajeno, y en el East End londinense ese mal era imposible de ignorar para alguien incluso diez veces más endurecido que él.

El Britannia, que era el nombre real del pub al que se refería Donovan, hacía esquina con Commercial Street, una calle ancha y bulliciosa. Allí era difícil circular rodeado de puestos de fruta, carboneros, vendedores de lanas o comida para gatos, arrieros en sus carros o que portaban mercancías al hombro, el tranvía que recorría la calle arriba y abajo y un centenar de personas que se agolpaban, enredados en sus quehaceres. Al otro lado de la calle, frente a la bonita fachada del pub en madera, acristalada y con anuncios de cerveza (no tenía licencia para vender bebidas espirituosas), estaban los jardines de Christ Church, cementerio abandonado y ahora lugar donde se hacinaban los menesterosos a pasar los días y las noches entre mantas mugrientas y llantos de niños, por lo que la gente conocía el parque como Itchy Park, un triste sitio cuya única finalidad era oscurecer más el barrio que tanto espantara al señor Jack London. Y hacia el noreste, proyectando su sombra sobre el viejo camposanto, la propia iglesia, mi querida iglesia, grande y fría, alta y seria, muy seria, como apartándose de la fealdad del suelo, mostrando a los londinenses que ni siquiera la mirada de nuestro Señor se posaba sobre ese barrio, demasiado abajo para que su misericordia lo alcanzara.

Sopesó Torres si entrar o no en el Britannia, por dar una última oportunidad al imposible encuentro conmigo. A punto estaba de marcharse y de que mi historia acabara aquí, cuando las voces de un muchacho vendiendo prensa llamaron su atención. El titular que encabezaba el enorme montón de periódicos que acarreaba el crío, que casi doblaban su peso, no podía ser menos llamativo:

 

‘DELANTAL DE CUERO’

EL ÚNICO NOMBRE RELACIONADO CON LOS ASESINATOS DE WHITECHAPEL

EL TERROR SILENCIOSO DE MEDIANOCHE

Un extraño individuo que deambula por Whitechapel después de medianoche. Tiene aterrorizadas a todas las mujeres. Pies ligeros y cuchillo afilado.

 

Torres adquirió un ejemplar En su interior el diario relataba, de modo tan escandaloso o más que la cabecera que lo prologaba, las andanzas de ese tal Delantal de Cuero, un judío fabricante de zapatillas que, según el gacetillero de turno, había abandonado su profesión en pos de molestar y torturar a las prostitutas por la noche. Parece que el reportero relacionaba a este sujeto, de quien nadie conocía su nombre real, con una serie de tres horribles asesinatos acaecidos recientemente sobre putas de los barrios de Whitechapel y Spitalfields, lugar donde estaba el Britannia. Torres entró en el local, distraído y sin mirar a la concurrencia. Pidió una cerveza en la barra, por pedir algo, no tenía hábito de beber.

El artículo proporcionaba una descripción minuciosa y sobreadjetivada del sujeto: un hombre bajo y grueso, entre treinta y ocho y cuarenta años, pelo negro muy corto y negro bigote, cuello macizo, de expresión siniestra y vestido siempre con la prenda que le daba su sobrenombre. Gente que decía conocerlo aseguraba cosas como: «está completamente loco» o «cualquiera que se lo encuentre cara a cara lo nota… sus ojos nunca están quietos, siempre moviéndose de un lado a otro y nunca mira a nadie directamente».

Delantal de Cuero atormentaba a las prostitutas, entrando con sumo sigilo en sus habitaciones golpeándolas, martirizándolas y robando lo poco de que disponían. Aunque testigos aseguraban haberlo oído amedrentar a alguna diciendo que las iba a acuchillar, no se le conocía ningún delito de sangre, su puñal no había cortado mujer, que se supiera, cosa que desde luego no coincidía con los recientes crímenes, de naturaleza cruenta en extremo. Pese a eso, el diario mencionaba a un testigo que aseguraba haberlo visto en compañía de la mujer hallada muerta el treinta y uno de agosto, hacía cinco días, en una calle llamada Buck's Row, al otro extremo del barrio donde ahora se hallaba Torres.

Encontró otro periódico en la barra, el Morning Advertiser. En él se hablaba más de «el asesino de Whitechapel». Con poco detalle aseguraba que la policía andaba sin pistas de ese criminal sanguinario, que no había detenciones aunque se repetían los interrogatorios…

—¿Es usté extranjero? —preguntó la mujer que atendía tras la barra, la señora Ringer, causa del nombre con el que se conocía al establecimiento. La interrupción en la lectura devolvió al español a donde estaba. La tabernera tenía cierto aire de rusticidad bondadosa que agradó al español, pese a que lo tratara con recelo. Ojeó el local, abarrotado a esas horas, lleno de mujeres gastando lo conseguido con tantas penurias, acompañadas de tipos mal encarados y con la mirada ensombrecida por los vapores alcohólicos.

—Sí.

—¿Le interesan los crímenes? —siguió la mujer suspicaz, señalando los diarios que leía—. Sí, a tos les interesan. Dicen que ese mostruo no es daquí, un judío, dicen.

—Ya… —Le costaba entender a los eastenders, de acento tan marcado y lleno de modismos, pero aun así intentó hacerse comprender—. Discúlpeme, ¿frecuenta por aquí un hombre… Raimundo Aguirre se llama? —La dueña del local no dejó esa mirada desconfiada por un minuto—. Es tuerto, desnarigado, tiene una gran cicatriz en la cara… supongo que llevará una máscara o… no tiene confusión posible.

Mencionar «una máscara», no fue la mejor elección posible entre las palabras a utilizar, menos en una ciudad acosada por la muerte en su más siniestra forma. Es disculpable a la vista del conocimiento del inglés que tenía Torres, muy superior al de diez años atrás, pero aún deficiente. La señora Ringer se estremeció, y algo fue a decir cuando una de las parroquianas, una mujer con trazas de estar ebria que se sentaba en una mesa junto a una joven pelirroja, se aproximó a la barra.

—Sé de quién habla —dijo con acento germánico, acercándose demasiado al español para su gusto, tanto que el olor a alcohol le hizo dar un paso atrás—. ¿Qué pue buscá un caballero como usté en alguien como Drunkard Ray?

—¿Le conoce? Es un viejo amigo mío. ¿Sabe de él?

—Es posible —dijo con burda coquetería—. ¿No me vas a invitá a algo, guapo?

—Déjale en paz, Julia —dijo su amiga, más joven y muy atractiva, acercándose a su vez—. Este caballero no quiere saber nada de ti, solo se interesa por los asesinatos, como todos, ¿ha leído lo que dicen…?

—¡Déjame tú a mí, Ginger! —gritó la otra, evidenciando su borrachera—. A ti qué te va…

—¡Vale, me voy! —dijo la pelirroja, y con andar algo menos bebido que Julia fue a la puerta—. Luego te quejarás de que si Harry… —Y salió del Britannia, por evitar una pelea con su amiga borracha, supongo.

—Dicen que Delantal de Cuero sacó las tripas a esa Nichols —siguió la tal Julia, creyendo tener un posible cliente—, ¿y crees que eso le importa a la policía?

—Supongo que…

—¡Na! Ese asesino seguirá ahí, matándonos y haciéndose cinturones con nuestras entrañas.

—Es lamentable, pero…

—Tal vez la próxima sea yo. Tengo miedo, ¿sabes? —Se apoyó en su brazo—. Necesito que un hombre fuerte como tú me proteja, ¿te gustaría protegerme esta noche?

—Disculpe señora, pero debo irme. —Torres pago su consumición con prisa manteniendo la compostura en lo posible, pagó otra para Julia y decidió volver a España de inmediato. Ese viaje había sido un acto poco sensato, empujado por lo extraño de aquel encuentro diez años atrás, ya olvidado o quizá almacenado entre ese grupo de hablillas curiosas para comentar en el café.

Al salir no acabaron las molestias. Se vio sorprendido, y casi atropellado, por un airado tumulto que bajaba por Commercial Street, inundando la calle ya de por sí siempre concurrida. Mujeres y hombres corrían gritando, agitando las manos, arrollando a los transeúntes que de inmediato se unían a la carrera. Oyó gritos:

—¡¡Delantal de Cuero!!

—¡¡Asesino!!

—¡¡Otra muerta!!

Torres se apartó a un lado, eludiendo en lo posible al gentío. Esos crímenes de los que hablaba la prensa parecían haber soliviantado mucho a la ciudadanía, más en aquella zona de Londres, donde se estaban produciendo los asesinatos. Se podía apreciar la mezcla de ira y miedo entre los que corrían en pos del asesino.

—Señor. —Alguien le tiraba de la manga. Era la pelirroja atractiva, Ginger, la que saliera minutos antes del Britannia—. El hombre al que busca, su amigo Drunkard, creo que es al que persiguen. —La muchacha mantenía un descaro no exento de encanto, pero al tiempo se mostraba asustada, como muchas mujeres que frecuentaban las noches por ese tiempo. Torres se encontró sorprendido por esa muestra de humanidad en la chica al querer ayudar a un extranjero desconocido. La bondad florece en terrenos inesperados, le gustaba pensar a mi amigo español, aunque yo me inclinaría más a pensar que esa esperaba obtener algún premio por su información.

—¿Rai…?

—Le falta media cara.

Efectivamente era yo. La prensa sensacionalista e irresponsable iba a traerme la ruina, si no la muerte con ayuda de mi propia e irreflexiva actitud. No sabría decirles con exactitud qué causó este revuelo. Caminando por el mercado creí ver a alguien y grité, cosa que con mi aspecto no es nunca muy prudente. Eché a andar en pos del hombre, que al final no resultó ser quién yo esperaba… no sé si es más correcto decir «temía» que «esperaba», pero… lo mismo da. Choqué con alguien, tiré un puesto o hice cualquier otra tontería. Discutí, posiblemente con el tendero al que le chafé el género. En la trifulca se oyó el nombre Delantal de Cuero. Puede que lo dijera yo, o que me lo llamaran a mí, a algunos de los que pasaban, o puede que uno de los implicados en la bronca lo mencionara por azar; ese nombre circulaba por todo el barrio desde que nos amanecimos con la prensa gritándolo en letras negras. El tendero echó con imprudencia mano a mi cuello, y se quedó con mi máscara en su lugar. Lo tumbé de un golpe. Una mujer, una puta, miró atraída por el nombre que había oído, y vio mi tamaño y complexión, y mi cara de monstruo mientras forcejeaba.

—¡Es él! ¡Es Delantal de Cuero!

Y la histeria prendió una llama que se propagó como en zarza seca. Me vi corriendo, apedreado y perseguido por una turba enloquecida que crecía a medida que avanzaba por Whitechapel en dirección sur, aferrando bajo mi abrigo todas mis posesiones, casi más temeroso de perder el hatillo de papeles que las formaban que mi propia vida. Ya saben que la velocidad no era una de mis virtudes, aunque había aprendido a llevar un trote ágil pese a mi cojera y era capaz de moverme con más rapidez de lo que mi aspecto daba la impresión, no era rival para esa barahúnda enloquecida. Me vi forzado a hacerles frente como pude. Corría unos pasos, me volvía y golpeaba aquí y allá. Capaz de ejercer una violencia muy superior a la de mis oponentes, la promesa de partir un par de cabezas que crecía en mi mirada retenía el ímpetu de los que me hostigaban, y así aguanté. Pero la multitud acaba dotando de cierto valor cobarde, si existe ese término, a los que la constituyen. Más pronto que tarde alguna de aquellas gentes indignadas y atemorizadas acertaría a darme, o saltaría sobre mí y yo estaría muerto.

Dios bendiga a la Policía Metropolitana, porque ella acudió en mi rescate. No tardaron en aparecer dos agentes corriendo llamados por el escándalo e intentaron calmar los ánimos. Imposible, la gente les gritaba a ellos casi tanto como a mí. Les recriminaban su torpeza, o que ignoraran el sufrimiento de los pobres: «¡si esto ocurriera en otro barrio!», «¡dejadnos a ese asesino!» Un agente más apareció enfrente, y me dirigí hacia él como si fuera mi salvavidas. Me amenazó con su porra. Ni se me ocurrió eludirlo, todo lo contrario, deseaba más que nada que me diera una paliza y acabar en un calabozo. Me detuve a su lado hecho un ovillo y gritando.

—¡Nnnn… no ssssoy…!

Los tres policías, asustados pero celosos con su deber, se pusieron a en torno a mí, exigiendo serenidad a la concurrencia que no cesaba de tirar verduras y objetos más sólidos mientras pedían mi cuello. Amagaban con sus defensas sin llegar a utilizarlas, no eran novatos en esa ciudad, ni en ese barrio, y sabían que un golpe de ellos supondría una revuelta inmediata, no hacía ni un año del Domingo Sangriento que aún recordaban los londinenses con amargura e ira contenida.

—¡Cálmense, nosotros nos ocuparemos de él y…! —Trataban sin éxito de tranquilizar el ímpetu de la chusma.

—¡Hay que meterlo en algún sitio! —dijo uno de los agentes, el más veterano. No había refugio cerca. Un par de policías más se incorporaron a mi defensa, y a la suya. Tengo cierta experiencia en linchamientos y ese no parecía augurar buen fin. Por mi cabeza pasó la terrible idea de que alguno de mis antiguos compañeros estuvieran entre la turba, jaleando a la manada de lobos.

Un estruendo de caballos espantó al gentío. Un carro, con un agente sobre el pescante junto al cochero, se cruzó ante nosotros. En cuanto el coche se detuvo a trompicones, con los cascos del animal resbalando por el firme, el policía hizo gestos a sus compañeros para que me subieran. La gente se abalanzó contra el vehículo, agitando más a la bestia que tiraba de él, casi derribándolo. Los policías tuvieron que emplearse más, pasando de amenazas a algún topetazo.

Me izaron de un empujón al interior del carro, que se puso en marcha acribillado de sucios proyectiles e insultos. Yo me atrincheré en el suelo cubierto de sacos de harina que pronto me empolvaron la ropa, preocupado de que los papeles no se me cayeran, protegiéndolos con mi cuerpo, y enterrando la cabeza bajo mis brazos; esperaba que ahora los policías de ahí dentro la emprendieran a golpes conmigo. Mejor ellos que la gente.

—Ya puedes dar las gracias a este caballero —dijo el agente que conducía—, él te ha salvado la vida.

—Estoy encantado de volver a verle, don Raimundo.

Estaba allí, cambiado, pero esa mirada franca que bien recordaba no había desaparecido con la edad. Ahora el pelo se retiraba algo en su frente y lucía una espesa barba, varonil y negra, que lo dotaba de no poca austeridad. Había pagado la deuda contraída conmigo, o que él pensaba que tenía, salvándome esta vez la vida. En cuanto se percató de la situación, corrió en busca de un cochero, encontró un carro de harina en Flower & Dean, mala calle para adentrarse, y ofreció al dueño que miraba pasmado la situación buen dinero por interponerse en la trifulca, mucho para un carretero de Whitechapel. Aun así, el hombre dudó un instante, tiempo del que no disponía Torres y yo mucho menos así que, resuelto a ayudarme, paró a un agente que corría hacia el tumulto y en pocas y simples palabras le explicó su plan. Así, sin tener en cuenta las quejas del harinero, los tres entraron a bordo del carro a salvarme y a evitar una jornada sangrienta, otra más en el este de Londres que tanta sangre exhibía en el presente otoño.

Pese a tan arrojado rescate, mis problemas con la ley no concluían. Los agentes querían saber qué había de cierto en los gritos que la multitud me dedicaba, y viendo mis trazas de mala pieza y mi rostro desfigurado, no dudaron en llevarme preso. Otra vez, y qué bien me supo esta. Dimos un rodeo en el carro hasta llegar a la comisaría de Commercial Street, acompañados de las quejas continuas del dueño de la harina. La comisaría estaba al norte de la calle, de donde venía la turba, así que era mejor dar tiempo a que las aguas se calmaran.

Llegados allí, el carro devuelto y los desperfectos en él costeados por Torres, me encerraron en un calabozo. Torres siguió mediando por mí, haciendo referencia a todos sus contactos, los de la embajada española y los del país, que no podían ser demasiados. El ser un delincuente común tiene pocas ventajas, si es que tiene alguna, pero es fácil que descarten a alguien de mi condición como autor de cosas más grandes que robar una bolsa, entrar a oscuras en un almacén o escamotear unos peniques en el mercado. Un tal sargento Thick, un hombre que caminaba recto como una baqueta, de aspecto muy serio tras su bigote rubio, se ocupó de Torres.

—No guarde cuidado —dijo al español—. No es el tal Delantal de Cuero, lamentablemente la prensa ha creado este caos.

—¿No están buscando a ese…?

—Estamos buscando muchas cosas, señor…

—Torres.

—Torres, pero en absoluto nada que tenga que ver con… su amigo. Pasará aquí un día, por su bien, y saldrá.

—Se lo agradezco, sargento. No será necesario, yo puedo llevármelo…

—Escuche señor, ese Aguirre, aunque no sea… no es alguien del que se pueda uno fiar, conozco bien a estas gentes. Tal vez su apellido le empuje a socorrer a un compatriota, pero le aseguro que no es buena gente. ¿Qué negocios puede tener usted con alguien así, si me permite la pregunta?

—Ningún negocio. Es un amigo que me ayudó hace mucho y ahora quisiera yo devolverle el favor.

A las dos horas, tras mucho regatear de Torres, salí a la calle seguido de admonitorias advertencias por parte del sargento Thick y otros policías. Un coche que pidió Torres nos llevó hasta el lugar donde se hospedaba, una agradable pensión en Mornington Crescent, en Camden, que le habían proporcionado desde la embajada de su país. Durante el viaje Torres apenas dijo nada; me saludó de nuevo, me ofreció su pañuelo para que me lo colocara en mi mitad ausente de facciones, y poco más. Yo, dada mi locuacidad, aún hablé menos, aunque estaba deseando poder contarle mis planes. Sí, ahora tenía planes. Había cambiado mucho en los últimos diez años y mi cerebro, alejado de la autohumillación a través de una década de delincuencia, había aprendido a razonar, a articular mis ideas de forma más provechosa. El agudizar mi ingenio para ganarme la existencia del modo más deshonesto posible, había activado partes de mi cabeza que, digo yo, quedaron atrofiadas tras la guerra. Tenía un plan, uno muy distinto al que me llevó a escribir aquella carta que trajo por fin a mi amigo español, aunque su llegada le venía al pelo a mi nueva idea. Idea que había dado un giro positivo al ver cómo él, solo mostrando su posición y respetabilidad, y avalado por sus amigos, había conseguido que una rata de celda saliera indemne de este lance.

Torres, ya llegando a nuestro destino, mencionó los asesinatos; el tema de conversación habitual en la ciudad por entonces, escandalizado porque me relacionaran de algún modo con ellos.

—Supongo que toda esta gente está sufriendo mucho con los crímenes y liberan su rabia con arrebatos de desesperación como el de hoy. Rezo porque pronto cojan al autor, y lamento que se viera atrapado en medio.

—Mmmm… mmmataron a tres p… putas. Lll… las rajaron y…

—Terrible —dijo ya bajando del coche—. Parece que no hay límites para la crueldad del hombre. —No mostró por ningún momento interés de verdad en los crímenes, no como yo. Saludó con cordialidad a su patrona, la señora Arias, que nos recibía bajo el pequeño soportal que coronaba la entrada de su casa. Una mujer sencilla y agradable que, pese a su apellido, era inglesa. Joven viuda de un marino español, chapurreaba con soltura el idioma de su difunto, y por tanto su casa era idónea para acoger a paisanos de Torres. Siendo además un acomodo agradable y limpio, con comodidades más que satisfactorias, incluso disponía de teléfono, la embajada solía utilizarlo para albergar a algún visitante que no deseara derrochar en hoteles mucho más caros, y con no tan buen servicio. Como no, la buena señora torció el gesto al mirarme, y no apartó la vista de mí hasta llegar a la habitación.

—Señor Torres —dijo mientras nos acompañaba escalera arriba hasta la misma puerta del cuarto, seguida de una muchacha, su hija, que vigilaba con ojos llenos de curiosidad hacia mí, y en la que yo no reparé apenas entonces, preocupado como de costumbre en ocultar mis cicatrices de la vista de la gente—, le recuerdo que en esta casa no queremos ruidos ni cosas extrañas. Las visitas deben marcharse a las…

—Descuide, señora Arias, defenderé con mi propia vida el honor de esta casa si alguien se atreve a mentarla… —bromeó Torres estirándose en toda su altura. La mujer quedó sorprendida, enrojeció su cara ya colorada de natural y atusó su moño pelirrojo. Luego, cayendo en que el español se burlaba, de buenas maneras, sonrió.

—Por favor, señor Torres, lo digo en serio, no quiero…

—No se apure, señora mía. —Tomó la mano de la viuda con delicadeza—. Le prometo que no tendrá motivos de enojo por nosotros, le doy mi palabra.

La mujer siguió azorada, se encogió de hombros y con un gesto amable dio por terminada la discusión. La señora Arias no hacía ni un día que conocía a Torres, y no se habituaba al humor de este. Sola y viuda tan joven, siendo por demás de naturaleza apacible y algo asustadiza, no era amiga de discusiones, y cedió encomendándose supongo a la bondad que parecía emanar del ingeniero. Entramos en su cuarto. Dentro él se cambió de ropa, que estaba manchada de harina y otras inmundicias, encendió la estufa, no por que hiciera mucho frío, sino para poner una tetera sobre ella y me invitó a tomar asiento.

—A sus compatriotas les fascina este brebaje, claro, que usted no es inglés —dijo por fin en español, y yo me encogí de hombros—. Es paisano mío, al menos de sangre, ¿no era así? Preferiría un buen café, sé que la señora Arias nos haría uno, pero me resisto a atormentarla más por hoy. Me gusta probar las costumbres locales por donde viajo. Siéntese, si es tan amable. —Tal hicimos los dos—. Y ahora, don Raimundo, supondrá que mi presencia aquí se debe a esa carta que me envió. Antes que nada, ¿cómo le ha ido en estos años? Parece que goza de salud…

No le iba a hablar de mi carrera delictiva, ni de mi firme decisión poco después de despedirme de él en Forlornhope, de no recibir jamás golpes ni humillaciones, de ganarme la vida por mí mismo. No iba a hacer recuento de las celdas que pisé ni de las heridas de cuchillo que adornaban mi cuerpo, ni de aquellas que infligí yo mismo. Me avergonzaba hablar de los robos, los asaltos y otras cosas peores; nada así podía contar a persona tan amable y considerada conmigo, y de la que esperaba tanto. Si me hacía caso, se terminarían mis penurias. Divagué por tanto, tratando de eludir la narración de mi vida por medio de frases hechas sin fondo alguno. Ante la evidente parquedad de mis respuestas, pronto apareció el Ajedrecista en la conversación.

—¿Lo tiene?

—Ssss… sé dónde está, pero es mejor…

—¿Cómo llegó a sus manos?

Qué singular me resultaba, y aún me resulta al recordarlo, el amigo Torres. Cualquier persona normal estaría inquieta en su lugar, imaginando alguna tropelía por mi parte pues, me darán en esto la razón, el reclamo de mi carta olía al burdo cebo de trampa. No era el caso, pero en cualquier otro semejante el Ajedrecista podría haber sido ofrecido como caramelo para un goloso de los objetos antiguos o un amante de la ciencia como Torres. El más crédulo dudaría de que yo lo tuviera, todo podía formar parte del engaño, aunque cierto es que un plan así resulta demasiado elaborado y a demasiado plazo vista para mí, que distaba mucho de ser la mayor mente criminal del siglo XIX. No es menos cierto que esta cautela debiera estar matizada por la codicia de Torres, codicia científica o artística, entiéndanme. Sin embargo, en el español no vi ni prevención ni avidez por el tesoro prometido, se mostraba curioso sin más, como indiferente a si mi respuesta fuera: «he aquí el Ajedrecista», o por el contrario: «le he mentido». Se interesaba por lo que pudiera contar, sin más. Era obvio, al menos en su actitud, que no traía consigo las cincuenta libras pedidas y de llevar ese capital, no creo que lo hubiera gastado en el viejo autómata. No tenía importancia, yo nunca consideré cobrar semejante suma, mas era el principio para una negociación. Quería escucharme, así que, por fin, hablé.

Hacía diez años, tras nuestra despedida, andaba vagando solo y de noche por las calles de Londres, sin saber adónde ir. Como ya conté había renunciado a la hospitalidad de lord Dembow, por pudor o más bien por miedo. Después del enfrentamiento con Efrain Pottsdale y su banda de bribones en la Isla de los Perros, el callejón de Trafalgar Square ya no volvería a ser mi hogar, si es que lo fue alguna vez. Un orgullo impropio en alguien con mis necesidades me había hecho rechazar también la cantidad que Torres me brindaba, y no podría pagarme una cama, suponiendo que a esas alturas de la noche hubiera alguna a mi disposición. Los hogares de acogida estarían repletos, y aun libres los hubiera rechazado, eran para los que andaban al final del camino, no como yo, un monstruo de feria mutilado y sin dinero, que a partir de ese día controlaría su propio destino; así me engañaba. Quedábamos, por tanto, solos la ciudad y yo.

La única solución era «ondear la bandera», eufemismo que utilizaban los miserables de Londres al referirse a pasar la noche en vela y en pie, andando de un lado a otro para evitar caer bajo el hechizo del sueño y acabar en una comisaría, o muertos de frío en cualquier esquina. Seguí acompañado de los ecos de mis pasos, decidido a cambiar mi vida, a abandonar la servidumbre de gentuza a la que hasta ahora me había arrojado, creyéndome incapaz de existir con mis infinitas taras sin la protección de algún elemento de alma más deforme que mi cara. Iba a seguir adelante, yo solo… pero para eso necesitaba dinero y no disponía de un penique. Me acordé (la necesidad aviva la memoria) del cadáver que dejé flotando junto al muelle de Millwall cuando se produjo el ataque. Doce chelines por su rescate, y sacaría más si eso que vi brillar en él era algo de valor, un reloj, una cadena... El camino era largo. No importaba, yo tenía toda la vida por delante.

Para mi pesar, mis líneas de pensamiento eran entonces demasiado predecibles. Debían de ser ya pasadas las cinco de la mañana cuando llegué junto al río y el viejo almacén donde reposaba, supuse que aún seguiría allí, el Ajedrecista de von Kempelen. Empezaba a clarear el día con timidez, y el ajetreo del trabajo diario ya bullía en los muelles. El muerto, o lo que fuera el bulto que vi flotar, ya no estaba. Alguien se me había adelantado, es lo único que a mi cerebro de imbécil se le ocurrió. Ese cadáver era mío, se deben respetar los derechos de quien ve antes un botín, claro que sí.

Oí un ruido y unido a él vi una sombra que acarreaba con un bulto muelle abajo. Ahí estaba, ese era el ladrón de cadáveres ajenos, ahí se iban mis doce chelines, el principio de mi vida independiente. Corrí hacia allá gritando y no había dado ni dos pasos cuando todo quedó negro.

Desperté en el callejón, otra vez. El olor, antes de abrir los ojos, ya me revelaba dónde había ido a parar. Me dolía la cabeza, pero tras una vida de golpes uno se familiariza con el dolor, y hasta llegas a encontrarlo acogedor. Sonaba música cadenciosa de concertina, eso fue lo que me despertó. Intenté levantarme del suelo y una cadena atada a mi cuello, junto con un golpe seco en los riñones, me hicieron cambiar de idea.

—Aquí estamos, Ray —era la voz de Potts, quien secaba su incipiente papada con un pañuelo grasiento—, ¿de verdad pensabas que todo esto podía acabar de alguna otra forma?

Me habían sujetado a los barrotes de la celda de las siamesas con una cadena tan corta que me impedía levantarme del todo, quedando como mucho en cuclillas. Frente a mí estaban, además de Potts, Tom, que no dejaba de atormentarme en pago por su nariz rota e Irving, congestionado y con un vendaje improvisado. El disparo del teniente De Blaise había atravesado partes blandas, causando más dolor que mal. También estaba Eddie con su música, y por supuesto estaba Pete, sobre sus cuartos traseros, mirándome.

—Ray, Ray… —siguió Potts—. Nunca he conocido a nadie tan desagradecido. Te has vuelto contra nosotros, contra tus hermanos. Mira lo que le has hecho a Tom, y a Irving…

—Nn… yo… —Tom me hizo callar de una patadita.

—No mientas. —Cada palabra parecía cantarla al son de la concertina—. Nos has causado mucho dolor, a mí, que te aprecio tanto. Me sacrifico por ti, te he dado un trabajo, un techo cuando el resto de la gente te trataba como a una bestia, y este es el pago que recibo. Retribución, Ray, justa retribución: cada comportamiento tiene su consecuencia. —Miró a Eddie, que con un cambio en la melodía que interpretaba hizo que su oso avanzara gruñendo hacia mí—. Mereces un castigo… pero te quiero demasiado.

Llegábamos a donde quería ir Potts. Iba a pedirme que les contara algo sobre Torres y el resto de caballeros, seguía empeñado en sacar partido de todo esto. No iba a ceder.

—Ddd… dejadme en paz. —No podía traicionar a «mi amigo». No sé de dónde salían esos irreflexivos arrebatos de honradez y valor que me asaltaban, y que me iban a costar la vida. Pete siempre había sido un animal tranquilo, el más tranquilo y obediente que jamás me encontré, pero ahora enseñaba los dientes, amenazador, como nunca lo vi.

—Vamos, Ray, solo tienes que contarme qué visteis en ese almacén de Millwall. Eso y te perdonaremos.

La música aumentó de volumen y el oso se abalanzó hacia mí. Las siamesas graznaban excitadas. Amanda siseaba mientras apretaba los barrotes de su celda entre su piernas, agitándose más a medida que Pete se me acercaba. George sacudía sus lorzas en convulsiones de risa. Burney, él fuera de su celda, miraba apartado, rebujado en su abrigo negro, ocultando tras manos huesudas su rostro triste de calavera. Quedó el animal encima, arqueado, como parado en el aire, con sus garras muy cerca de mí. ¡No me preguntaban por Torres! Les interesaba aquel muñeco de feria, aquellos trucos de prestidigitador…

—Háblanos de lo que hicieron esos amigos tuyos tan elegantes junto al río, vamos.

—Nnn… nada. Jugaron a… al aj… aj… ajedrez.

—¿Al ajedrez? —Los cuatro, más Burney, cruzaron miradas sin significado para mí—. ¿Entre ellos?

—C… con un… mu… c… como…

—Un autómata. —Ignoraba que Pottsdale supiera qué era eso, que pudiera pronunciar esa palabra siquiera—. ¿Y adónde lo llevaron? ¿Dónde están esos señores, el que os mostró el autómata?

Eso tenía sentido. Puede que quisiera robar el muñeco a Torres, a los dos oficiales y al Monstruo en una sola jugada. Tal vez había un mercado negro para autómatas, o… no podía imaginar qué intenciones albergaba un corazón tan sucio y codicioso como el de mi patrón. No lo sabía, pero no iba a ceder, ahora que notaba esa fortaleza desconocida dentro de mí, iba a decir que no.

—No.

—¿No? El viejo Pete puede ser muy agresivo si queremos. ¿Qué te pasa, Ray? ¿Vas a ser más leal a esos bastardos, que ya seguro se han olvidado de ti, que a mí, que siempre te he cuidado? ¿Crees que ellos gastarían una gota de su sudor perfumado en ti?

—No.

El oso agitó sus manos, sentí el roce de sus garras en mi frente. No llegaron a dañarme.

—Déjame a mí a ese malnacío —estalló en ira Irving—. Ha querío matarnos. Yo lenseñaré…

Potts pidió a Eddie que retirara el animal. Luego se me acercó.

—¿Eso es lo que quieres, que te deje con Irving? No me das muchas elecciones. —Irving no me asustaba, estaba herido, si se acercaba iba a…—. No, tengo algo mejor. ¿Sabías que nuestras faltas las pagan siempre los que tenemos a nuestro alrededor? —Se incorporó sonriendo—. Siempre sufren las consecuencias de nuestros actos aquellos que más queremos, los que están más cerca de nuestro corazón. Los hijos cargan con los pecados del padre, los amigos con los de su camarada. Así sufrimos nosotros por ti. Por eso Ray, tus errores han herido a Tom y a Irving… y no acaba aquí. ¡Traedme al viejo Larry!

Lawrence. ¿Qué querían de él? ¿Qué tenía que ver…? Todo el callejón echó a reír mientras Irving iba por el Hombre Sapo. Lo cogió bajo el brazo, sin ahorro de violencia alguna y lo arrojó al suelo, no lejos de mí. Mi amigo no gritó, asumía como era su costumbre las crueldades que lo rodeaban con un estoicismo cercano a la santidad.

Mes Amis, mes frères, ma famille aimée —anuncio Potts, haciendo florituras con el pañuelo sucio y adoptando su actitud de maestro de ceremonias—. Notre fils descarriado nos ha ofendido, nos duele su desprecio. Por eso hoy, el señor Pete, el oso querido por todos les enfants de Londres, va a recibir un postre especial.

—¡NO!

—Claro Ray, si quieres evitarlo dinos dónde están ahora esos caballeros, y el autómata, por supuesto. —Sin darme tiempo a negarme siquiera la música de Eddie aumentó aún más, y el oso se lanzó voraz contra el desvalido Lawrence.

—¡NO!

—Cuéntanos, Ray. —El pobre mutilado empezó a gritar, como todos los fenómenos que nos rodeaban, aunque por motivos diferentes. Cuánto puede disfrutar el que sufre viendo a otros sufrir—. Lo sabremos de todas formas. ¿Cómo crees que os encontramos allí? —Lo cierto es que nunca lo supe, lamento no revelarles ahora esta circunstancia; hay asuntos en mi historia que jamás llegué a averiguar, o lo hice muy tarde, y me temo que alguno de ellos son los que les han traído a visitar a un viejo en el tormento de sus padecimientos, en el eclipse de su existencia, cosa que les agradezco… No pretendo desilusionarle, hay muchas revelaciones en mi relato, mas no todas, nadie sabe todo respecto a su vida, nunca, pese a lo que presuman ciertos biógrafos, y menos en lo que atañe a la propia…

Sí, prosigo. No tenía, ni tengo idea por tanto de cómo dio Potts con nosotros en la Isla de los Perros. Imaginé que conocía a aquel aguerrido cochero, creo que estaba familiarizado con todos los cocheros de Londres. Lo habría visto salir de casa de lord Dembow, sobre la que mantenía vigilancia a cargo de Burney, quien siguiera a Torres y los oficiales desde Spring Gardens. Fueron por él, lo buscaron donde solía dejar el coche en espera de atender a su amo, calentando el estómago con algún trago. Le ofrecieron algo de dinero, algo de bebida, y este les contó dónde nos había llevado. A todo esto, el tormento sobre el diminuto Hombre Sapo proseguía.

—¡NO! —suplicaba yo clemencia—. Pp… p… por favor.

—Es fácil, puedes pararlo.

Yo no veía a Lawrence ni al oso, Irving me aplastaba la cara con su bota, torciéndomela hacia el espectáculo, pero yo me resistía cerrando el ojo con fuerza. El espanto, sin embargo, es ineludible, mesmérico. Miré. Vi al animal arrancándole carne del costado de mi camarada hasta que le asomaron las costillas, y luego lo zarandeó con sus garras, y le mordió la cara hasta que dejó de tenerla y nos volvimos hermanos en taras: yo había perdido media cara, él entera. No, no… cerré la vista de nuevo. En mi oscuridad, a quién yo vi fue a Frank Tumblety sobre Bunny Bob, violentándolo, devorándolo y yo callado. No podía repetirse, esta vez pararía al monstruo, oso o médico indio, lo pararía.

Empecé a hablar a gritos, con más fluidez de la que había tenido en años. Eddie dejó de tocar, pero Potts le ordenó que siguiera; era un castigo para mí. Escarmiento. Mis actos traidores no podían quedar sin expiación. Las lágrimas, las únicas que recuerdo haber vertido, me hicieron ver entre brumas a Pete con el hocico sangrando, con las vísceras de Lawrence colgando de sus fauces… lo conté todo. Oí a Potts aullar:

—¡No! Todos vais a verlo, vamos, atended al espectáculo. —Y luego golpes y arrastrar por el suelo, y sollozos de Burney—. Vamos, huesudo del infierno, vas a quedarte aquí, cerca, en primera fila. Mira.

Hablé con la música de ese odioso instrumento en mis oídos, y los gritos y los gruñidos, y las risas, y el llanto de Lawrence unido al mío. Cuánto lloré por mi único ojo. Cuando Irving, casi enfermo de reír, untó en mi cara la sangre de Lawrence no hice otra cosa que llorar.

Se demoró mucho en devorarlo y yo solo pensaba: «¿cómo tarda tanto? No tiene ni brazos ni piernas. No es una persona entera, debiera durarle menos…». Creo que estuvo vivo hasta que lo engulló por completo. Al menos estuvo gritando horas.

Y bien poco tenía yo que contar. La dirección de lord Dembow la conocían y desde luego también dónde se encontraba el Ajedrecista, dónde estuvo la noche anterior al menos. De Tumblety nada sabía ni quería saber y, por tanto, nada podía decir. No entendí qué propósito tuvo aquel interrogatorio tan cruel. El único dato que pude darles y que pareció de su interés fue sobre el autómata, cómo era, su aspecto y su actuación. Preguntaron dónde lo escondía el americano, y yo repetí una y otra vez que quedó allí en el almacén cuando nos fuimos, eso debían ya saberlo, ¿no me habían dejado a mí inconsciente por las inmediaciones? Eso indicaba que habían estado montando guardia, toda la noche, y debían haber visto si alguien sacaba al autómata de allí o no.

Dando por buena mi información, decidieron que a la noche siguiente iríamos allí, yo con ellos. Presumí que su intención era robar el artefacto y venderlo a algún feriante, al mismo Davies de Spring Gardens, o a un coleccionista. No tenía idea de por qué quería Potts que los acompañara, quien en ningún momento dudó de mi lealtad durante la misión. Y hacía bien, yo había aprendido la lección que bien podía resumirse en una frase: este era mi lugar y no había esperanza de cambio.

Burney, tímido y asustadizo como siempre, me metió en mi celda cumpliendo órdenes. Allí me dejaron, a que me lamiera las heridas hasta la noche, y cerraron las cortinas que me separaban del público; hoy no actuaría. Vi a través de la abertura que ofrecían los lienzos tras mis barrotes cómo Irving arrastraba un pequeño saco: los restos de Lawrence. Cerré más las cortinas que fuera mostraban estampada, ya muy desvaída, una imagen mía terrible que hacía poca justicia a mi aspecto actual, más patético que atemorizante. Ahí pasé el resto del día, dormitando entre pesadillas, consumido por la culpa, por el olor de la culpa que en mi duermevela me atormentaba. Por segunda vez en mi vida había contemplado el fin de un amigo, su asesinato, y no había podido hacer nada. Lawrence, el Hombre Sapo que imaginaba mi vida, que la mejoraba, que había podido ser la vía de expiación de mis pecados, había muerto, su misterioso pasado desterrado para siempre al olvido. Un hombre sin partes despedazado por mis pecados. No había deseo de venganza, solo dolor, mucha pena.

Caída la noche abrieron mi celda. Irving se encargaría de mí durante el trayecto, que hicimos andando. No me dejó solo un minuto mientras renegaba y maldecía por su herida, amenazándome puñal en mano y golpeando e insultándome cada diez pasos; vano empeño el vigilar a quién ya perdió todo arresto, devorado su espíritu por un oso. La expedición de saqueó la constituíamos, además de nosotros dos, el mismo Potts, Tom, Eddie y el odioso Pete; la banda de fenómenos al completo. Tardamos más de una hora en llegar, acompañados de la música de Eddie, que así hacía caminar tranquilo a un Pete envuelto en un enorme abrigo para ocultar su naturaleza animal. Elegimos callejones poco transitados y siempre iba adelantado Tom, avisándonos a cada bocacalle de la presencia de gente, y si no era posible eludir al público, tampoco se rechazaban algunas monedas a cambio de cabriolas del obediente Pete, ese era buen disimulo. El inconveniente vendría de toparse con policías o con ciudadanos preocupados por ver un animal salvaje suelto por la vía pública, que pronto darían aviso a alguna autoridad. No es sencillo pasar desapercibidos con un oso como compañero, ni tocando una polca.

No fuimos directamente al almacén, primero acudimos a una cita cerca del astillero. Allí nos esperaban unos hombres, creo que de la banda de Blind Beggar, un grupo bastante desagradable de cortabolsas, expertos en extorsión y otras pillerías. No me consta que Millwall fuera lugar que frecuentaran, no sé, algún asunto se traerían con Potts. Conferenció mi amo con tres individuos, dos rufianes comunes, con el aspecto habitual de mendigos que tienen los del Blind Beggar, la mayoría lo son, y otro tipo muy alto, embozado de pies a cabeza; mucho embozo era, pues superaba en dos cabezas a Pottsdale, y que aunque no era quién llevaba la voz cantante, atemorizaba más que sus camaradas.

Parlamentaron unos minutos entre ellos, imagino que obteniendo información, permiso de paso o protección a cambio de parte del posible botín. Yo quedé a distancia, sometido a la desagradable custodia de Irving.

—Reza pa que tus nuevos amigos no estén —decía—, porque si han vuelto los voy a matá, uno a uno.

No me intimidaba. Hubiera podido despachar sin cuidado a ese Hombre Lobo herido y marcharme de no ser por lo desolado de mi alma, sumida en un pesar hondo y sin salida.

La reunión terminó con un brusco estrechar de manos entre Potts y el gigante, y fuimos hasta el almacén. Era absurdo tratar de ir con sigilo mientras Eddie tocara para su animal. Cuando ya estábamos próximos, él quedó atrás y el resto avanzamos velados por las sombras. El lugar seguía despertando en mí el mismo desasosiego de la noche anterior, incrementado por mi gris estado de ánimo.

A mí me mandaron hacia la puerta, mientras Irving y el pequeño Tom entrarían al almacén por algún acceso trasero, que ignoraba que existiera. Potts quedó unos pasos atrás observando. Obedecí sin plantearme la rebelión, como Pete obedecía a los tonos del instrumento de su amo. Potts había dejado bien claro cuál era mi sitio, lo imposible que era abandonar el lugar al que pertenecía y las consecuencias de mis intentos de viajar a costas más soleadas, de mi indisciplina.

La puerta tenía la cadena y el candado que viera cerrar a Tumblety con tanta seguridad veinte horas antes. Intenté forzar el cerrojo. Pensé, mientras se lo contaba a Torres, porque entonces me limité a actuar, que la idea de mi patrón era que yo abriera el paso, pues a mí me conocían y puede que me tomaran por amigo. No era cierto, Tumblety no creo que me tuviera en tal consideración, en ninguna lo más seguro, pero qué podía saber el miserable de Potts.

No puse mucha fuerza en el empeño de violentar la puerta, al notar lo firme del candado. Miré atrás y Potts me indicó que llamara. Eso hice, sabiendo que el único cierre era por fuera y nadie podía estar en el interior. Claro está, no hubo respuesta. Entonces Potts tomó la palanca que había traído en sustitución de su bastón y los dos nos dispusimos romper la cadena.

—Señores, ¿buscan algo?

Conjurados de entre las sombras a nuestra espalda, cinco sujetos se acercaban amenazadores, con chalecos negros, gorras de marino, porras y cuchillos en las manos. Potts dio media vuelta, balanceando la palanca entre sus manos con el gesto torcido de quien conoce la noche y ha estado en más de un encuentro como este. Yo carecía de arma, circunstancia que nunca me echó para atrás. No soy un valiente, solo es que he crecido entre trifulcas callejeras.

Pensé por un momento que serían alguna de las bandas formadas por inmigrantes del este de Europa que empezaban a proliferar por el East End, o los mismos Blind Beggar replanteando los términos del trato recién acordado. No, sus trazas, muy aseadas para los Beggar y para casi cualquier otra banda, no me eran familiares, y yo conocía bien a las huestes de indeseables que gobernaban a través de la violencia y el miedo las profundidades de Londres. En todo caso, fueran quienes fuesen no venían con intención de negociar.

Un rugido a mi derecha y nuestro Hombre Lobo, calados los colmillos falsos como le gustaba cuando había pelea, cargó contra uno de los hombres cuchillo en mano, sin importarle llevar un brazo inútil colgando flácido a su lado, con uno le bastaba. Apuñaló en un costado a su presa, para satisfacción de Potts que esperaba el ataque por retaguardia de su hombre. También aguardaba otro tanto por parte de Tom desde el flanco izquierdo, aprovechando su estatura como en él era habitual para atrapar al enemigo sin defensa. Esta vez le salió mal la artimaña. Sonó un disparo y vi a mi izquierda cómo la cabeza del pequeño Tom desaparecía. El que había disparado era quien nos diera el alto, que ahora lucía un revólver en la diestra y gritaba:

—¡Quiero uno vivo! —Aun en la oscuridad reconocí el porte digno y serio de ese tal Tomkins, al que había visto ejercer de mayordomo en casa de lord Dembow. Lo que tanto yo como Potts habíamos tomado por una banda era algo muy distinto. Parece que el lord buscaba resarcirse del descortés trato que la cuadrilla de fenómenos había dado a sus amigos y a su futuro pariente. Llevaban armas, Tomkins una de fuego, y eran cinco, cuatro y un herido, contra tres. No diré que era la peor situación en que me he visto, pero en todas las semejantes no salí bien parado. Ahora era mi vida la que estaba sobre el tapete, porque ese «uno vivo» no se referiría a mí pudiendo apresar a Pottsdale, nuestro cabecilla.

No era ese el día en que tenía que morir. La salvación vino en modo de música viva de concertina, cuyo compás trajo el trote brutal de Pete. Dejando atrás las ropas que lo embozaban en una estela de harapos, se llevó por delante a uno de nuestros enemigos. Quedó sentado encima y le mordió con fuerza la nuca, casi decapitándolo en menos tiempo que tardó mi cerebro en asimilar la sorpresa. La aparición de un oso de siete pies de entre las sombras fue tan aterradora y fuera de lugar a orillas del Támesis, que cambió de golpe al elemento sorpresa de bando, alineándolo con nosotros. Potts atacó con la palanca y yo imité al oso, empujando y derribando a otro de los del lord. Irving continuaba con su enemigo herido, al que pronto despachó gracias a un exceso de violencia en su ataque, que no de técnica. En un instante habían cambiado las tornas: cuatro de los suyos caídos, todos menos Tomkins, que mantenía las distancias con el revólver. Pero eran más, siempre son más, y pronto aparecieron a la carrera desde los callejones colindantes.

—Acabad con el monstruo. —Los hombres de Tomkins obedecieron sus órdenes como un ejército bien instruido. Tres de ellos armados de varas largas atacaron a Pete con arrojo inusitado en alguien que nunca se hubiera enfrentado a bestias salvajes, aunque no fueron muy efectivos. La envergadura del oso le hacía un rival formidable y pronto tiró a uno al suelo, con la cara cruzada de un zarpazo. Otros cuatro o cinco más vinieron por nosotros, parecía que había acudido un regimiento entero; yo no tenía tiempo que perder.

Estaba encima del que había tumbado, lo golpeé con fuerza en la cabeza y me quedé con su puñal, un enorme cuchillo Bowie, como los de mi país, que ya eran populares en todo el mundo. Salí corriendo. Pete daba zarpazos rodeado de hombres que lo zaherían con garrotes, Potts se fajaba con un rival, al que se le añadió otro más, e Irving trataba de evitar a duras penas los golpes del suyo; era evidente que el oso iba a tenerlos muy ocupados, incluso el arma de Tomkins apuntaba más veces a Pete que al resto, tratando de hacer blanco entre sus hombres que entorpecían la línea de disparo con el animal. No había momento para la duda. Pete era la baza que nos mantenía en ese precario empate, y de su estado dependía el nuestro. Tomé mi decisión.

De un topetazo mandé al tipo que peleaba con Irving contra unas sogas allí amontonadas.

—Bien, Cara Podría, hay que salir daquí. ¡Potts…! —El lobo no pudo decir más, mi Bowie le asomaba por la barriga. Su sorpresa no fue menor que la del hombre de lord Dembow que había dejado tirado en el suelo, cosa que me permitió escapar por el flanco derecho de la contienda, ahora libre de oponentes. Ya tendrían a Pottsdale, me dejarían ir. No fue así. Un disparo de Tomkins dio en mi nalga derecha, tirándome al suelo.

Había recorrido un buen trecho antes de que me abatieran y desde ahí pude ver a Eddie tocando la concertina, tratando de dar instrucciones a su oso amaestrado que se batía como un demonio entre cuatro enemigos, y ya había despachado a otros tantos que sangraban a sus plantas. Tomkins acertó de nuevo en el oso, habiéndome derribado y con una diana como el enorme plantígrado, se desentendió de mí. Un disparo de ese calibre no podía pararme. Me tiré contra Eddie. Retrocedió ágil y logró eludir mi ataque en primera instancia. Pronto vio que no le iba a dar oportunidad de escape.

—Ray… —dijo—. ¿Qué haces…? —Lo maté a golpes. Ese cojo no era nada sin su animal al lado. Le aplasté la cabeza contra el suelo, se la pisé hasta diez veces, creo, tiré su instrumento al agua y yo salté detrás.

No, claro está, no fue así como se lo conté a Torres. Eludí mencionar que había huido; en mi versión «escapaba» en el último momento, y pasé de largo por mis dos asesinatos, crímenes que no me pesaban en la conciencia, pues fueron justas ejecuciones de malnacidos, que mejor están muertos. Es el asunto de Kelly el que lastraba mis sueños con tremendas pesadillas de justo castigo; Bunny Bob, Lawrence y Kelly, tres de los cuatro cargos donde se apoyará mi condenación cuando rinda cuentas ante el Altísimo, que no ha mucho tardar. Esos dos canallas que despaché, bien se lo tenían merecido. Ahora creo que matar a Irving y a Eddie, y dejar que Potts fuera presa de aquella jauría, fue mi cobarde forma de venganza, por Lawrence.

—¿Y no volvió a ver a ninguno de ellos? —preguntó Torres.

—N… no —mentí—. Al d… d… día sig… guiente —el mismo en que Torres partía para su tierra— me enteré de que el almm… el almm… el almacén había arddd… ardió. —Lo cierto es que creo recordar que ya vi el fulgor de las llamas sobre el río en mi huida, pero mi memoria, precisa en tantos puntos, a veces se obstina en ocultarme datos—. C… creí que m… mmmm…. Muñeco había ard…

—Ya —quedó pensativo el español—. Qué extraño resulta todo lo relativo a ese autómata.

—Sssss… sssiempre dice eso.

—¿Qué?

—Que es ex… extraño. Hace di… diez años se d… despidió de mí así.

—Y es que lo es, don Raimundo. Todo ese encuentro que tuvimos, todo lo relativo a ese autómata, está envuelto en imposturas y… —No se decidía a contarme más, como si se tratara de una conjetura de la que apenas tuviera certeza más allá de la que le proporcionaba su intuición, y por tanto no se sentía cómodo hablando de ella. Pronto volvió su atención a mí—. ¿Qué ha sido de usted desde entonces? Y aún no me ha respondido a la pregunta que le he hecho, la que atañe más a mi venida, ¿cómo se hizo con el Ajedrecista? Deduzco que no se perdería en el incendio…

Lo encontré, así de sencillo. Tras aquellos incidentes, escapé a nado con mi trasero sangrando. Sobreviví a la herida, me fui. Pase un tiempo en el campo, robando y malviviendo como un salvaje, otra vez. Pasé una temporada en Manchester y llegué hasta Escocia en mi delictivo vagar. Entre sus lagos volví al asilvestramiento de antaño, condición que, para mi vergüenza, siempre me fue más apropiada.

Hasta en esos páramos mi presencia fue notada, y pronto el medio rural me fue tan hostil como el urbano. Huyendo de partidas de caza escocesas, por fin volví a Londres, a vivir del crimen violento y de poca monta, pasando periodos más o menos largos en presidio. Al igual que los pantanos de mi tierra natal me enseñaron las artes de la vida en la naturaleza, Londres me mostró lo propio en su equivalente urbano. Recorrí todo el escalafón del hurto, corté bolsos, o esperé a la salida de los pubs hasta encontrar un borracho al que propinarle una paliza y aliviarle del exceso de peso. Robé plomo en los tejados y escamoteé frutas y animales en los mercados. Llegué a arrebatar los cubos de latón que en muchas viviendas se dejaban en la puerta con las deposiciones de los inquilinos a los pobres desgraciados que vivían de recogerlos y arrojar su contenido a los sumideros, y no hurgué en el interior de los mismos en busca de algo de valor, hay quien lo hacía, no por dignidad, sino porque tuve suerte. Transité de este modo por la rica jerarquía del crimen londinense, trabajos todos ellos especializados y con su denominación propia, y no caí más en el asesinato por tener ya suficientes muertes sobre mis hombros.

Nada de esto resultó de provecho. Acabé viviendo en el Nichols, en un sótano hacinado con otras quince personas, familias enteras que dormían juntas, sin apenas ropas, pagando demasiado por tan inmundo lugar.

Hubiera caído en el pozo de la indigencia y la bebida, que pronto te conduce hacia la demencia y la muerte en vida, de no ser por un golpe de fortuna, un encuentro fortuito que me llevó a formar parte de la banda de Green Gate a finales del ochenta y seis. Los de Green Gate, que cogían el nombre de un pub en Benthal Green, eran una de las bandas más peligrosas de todo Londres, ahí mi fortaleza y la monstruosidad de mi cuerpo fueron de gran utilidad, muy apreciadas. Extorsionábamos a putas y a honrados tenderos, como todos, pero el resto de nuestras actividades eran un tanto más violentas. Siendo una banda guerrera, recibíamos muchos encargos bien pagados para escarmentar a algún moroso reticente o para ajustar cuentas con otras bandas. Ya era un veterano en las artes de la lucha sucia y en esta época descubrí estar muy bien dotado para la violencia. Comprendí que en una pelea no era lo más importante la fuerza física, de la que no carecía, ni tampoco la pericia y la agilidad al combatir, en las que no iba sobrado; el arma fundamental en toda buena riña era la falta de remilgos. Yo era capaz de saltarle un ojo o morder la lengua de un oponente sin pensármelo dos veces, de ejercer una brutalidad por encima de lo normal sobre mis contrincantes, gracias a eso mi popularidad en el bajo mundo creció mucho.

Por fin parecía haber encontrado mi papel en el drama universal, incluso obtuve respeto y un nombre a tono, que por una vez hacía más referencia a mis virtudes que a mis taras: Drunkard Ray me llamaban, «Raimundo el Borracho», por mi capacidad de acabar pinta tras pinta de cerveza y seguir en pie, decían, aunque me temo que fuera por mis andares tambaleantes. Es cierto que durante un tiempo fui el Cara Podrida, pero había muchos feos entre nosotros, y cosas como «el Tuerto», ya tenían dueño; había un Dick Un Ojo, y era alguien de renombre en la banda.

Pese a tener por fin una familia, acabé cansándome de partir cabezas y dar puñaladas. Les puedo asegurar que ser secuaz cuando se tiene mi aspecto no es plato de gusto, pronto comprendes que ese romper brazos y marcar caras es todo el futuro que te espera, y poco beneficio obtienes tú de tu trabajo. Así, mis relaciones con los líderes del Green Gate se convirtieron a no mucho tardar en algo parecido a lo que fue mi vida con Efrain Pottsdale. Esa fue mi perdición, el sentir que podía servir para otra cosa más allá de las crueles labores para las que tan dotado estaba. Y la culpa de esta ilusión no fue del todo mía.

No voy a aburrirles con mis penurias, así que ahorro detalles escabrosos, al igual que se los ahorré a Torres en aquel momento. Baste decir que mis camaradas andaban tirantes con los chicos de la calle Dover, que yo supe por casualidad de una trampa tendida a mi jefe, Joseph Ashcroft, por estos, que pensaban sorprenderlos en una falsa reunión para parlamentar llevando más efectivos de los acordados, y mucho mejor armados. Así pensaban descabezar al Green Gate, matar a Joe y a Dick Un Ojo. Como leal miembro conté tales intenciones al mismo Ashcroft. Y ya puestos a contar, fui a la calle Dover y dije a los de allí que mis amigos sabían de sus intenciones, e incapaz de refrenar mi lengua delatora, fui a la policía y advertí que se avecinaba una buena trifulca entre ambas bandas, con sus gerifaltes capitaneando las huestes.

No añadiría nada de momento si les explico mis razones para hacer esto, pero no quiero que me tomen por un traidor. Sepan que fui impulsado a semejante felonía por el estricto sentido de autopreservación, si es que necesitan alguna justificación de actos tan mezquinos para seguir con el relato. Lo importante es que el resultado fue una batalla campal en el West India Dock entre las bandas de Green Gate y de la calle Dover, junto con la Policía Metropolitana, en la que se emplearon piedras, ladrillos, cuchillos, garras, lanza dardos, puños de acero, brazos hidráulicos, látigos automáticos y todo el arsenal del que disponíamos. Hubo muertos, heridos en cuantía y detenciones, la del mismo Ashcroft entre ellas, y mis problemas hubieran desaparecido de no ser por mi falta de discreción y sutileza para estos menesteres.

Lo dejamos aquí, quedando yo solo y enemistado con mis anteriores camaradas, y llegamos a mi segundo encuentro con el Ajedrecista, tan casual como el primero y mucho menos interesante. Hacia marzo de ese mismo año de mil ochocientos ochenta y ocho andaba yo urdiendo cualquier bribonada que me permitiera subsistir, pues mi golpe de mano, tan torpe como ruin, me dejó sin nada. Mi vagar, entre escondido y hambriento, me llevó a Millwall. No había vuelto allí en años, y nunca había repasado los hechos que allí nos ocurrieron. Todos regresaron a mí de golpe.

No tardé en encontrar el emplazamiento del almacén donde vi por primera vez al autómata de von Kempelen. Ahora habían edificado dependencias de una planta envasadora o algo similar, y como es natural, la máquina no estaba allí. No sé si guardaba alguna esperanza de encontrar otra vez al turco mecánico, ni siquiera había pensado en él al dirigirme hacia allí.

Sin embargo, ese hallazgo, o la falta de él, me trajo los recuerdos de Torres, que imaginé fuera del país, y de Cynthia William. A ella no la había olvidado, incluso en mis momentos de delirios de alcohol y sangre, permanecía en mí su imagen, su brillante cara suspendida en mi memoria sin relación alguna a los hechos y nombres que debieran acompañarla. Aquella hermosa aparición llenaba mis noches más pesarosas. Su sonrisa y su cordialidad me había acompañado esos años y ahora, como por ensalmo, se unía al cuadro su ofrecimiento para que me quedara con su tío. Comencé a imaginar cómo habría sido mi vida de haber aceptado aquella oferta, cómo debía ser la existencia viendo todos los días el rostro de aquella mujer, sus ojos… Esa era mi salvación. Sentí dolor físico cuando me di cuenta de ello: podía pedir ayuda a lord Dembow. No, ayuda no, una vez me ofrecieron entrar a su servicio, eso iba a solicitar. Ahí estaría a salvo de los del Green Gate y los de la calle Dover que sospechaban de mis trapacerías, a salvo, y junto a la señorita Cynthia, que ya debía estar casada.

A la mañana siguiente me planté en la cancela, esta vez cerrada, de Forlornhope.

—Q… q… quiero trabajo —dije a quien custodiaba la puerta, un mozo que de inmediato me echó con cajas destempladas. Yo insistí los siguientes días, asegurando con mi mal hablar que el señor ya me conocía, que tiempo atrás le hice un gran servicio, y durante una semana fui expulsado, apedreado y amenazado con llamar a la policía. En la calle tuve un mal encuentro con mis antiguos compañeros, del que salí con bien de milagro y que me mostraba de forma apremiante la necesidad de conseguir un trabajo con Dembow, bajo su protección.

A la semana me sonrió la fortuna. Llegó el día en que hallé la verja franca, costumbre hospitalaria inusitada que tenían en Forlornhope, y llegué caminando por el bosque hasta la trasera, a aquel jardincillo que daba a las cocinas y a las dependencias del servicio. La cocinera, la señorita Trent, salió a verme. Muy atractiva en su sencillez, a sus cuarenta años conservaba cierta frescura de mocedad, incluso a través del rígido uniforme negro que gastaba. Era triste ver a una mujer con tan buen corazón sumida en tan hondo pesar y envuelta en luto, sin razón conocida. Trent escondía un corazón tierno envuelto en modales duros, fingidos. Tal vez ese alma cándida suya, conmovida por mi insistencia o mi aspecto herido hicieron que me atendiera. Me dijo que no encontraría trabajo allí, que nunca tomarían a servicio en esa casa a alguien como yo, que fuera a los astilleros, que allí el joven lord contrataba gente para algún que otro peonazgo. Efectivamente, allí me emplearon para labores no muy distintas a las que hacía con los Green Gate, y lo hizo el mismo Tomkins, más avejentado y cubierto de quemaduras que deformaban su expresión hasta parecerse casi a la mía. Afortunadamente no me reconoció al verme. No es que mi aspecto hubiera cambiado mucho, pero él apenas había cruzado mirada conmigo, y esta es una de las virtudes de la mendicidad, del pertenecer a lo más bajo de la estructura social: nadie repara en ti.

Estuve un mes trabajando con ellos y mis obligaciones se repartían entre las labores de intimidación o vigía, acordes a mi corpulencia y mi espantoso físico, y trabajos más propios de estibadores, llevando y trayendo bultos de un almacén a otro.

Un día lluvioso de finales de marzo andaba yo faenando en Cubitt Town, al sudeste de la Isla de los Perros, quitando y poniendo lienzos para proteger alguna mercancía. Me pidieron que buscara más tela al fondo, en un lugar donde se amontonaban las cajas abandonadas. Allí topé con el Ajedrecista bajo una colcha, desecho y almacenado de mala manera en un par de viejos cajones, apolillándose ahí los ropajes del Turco y medio herrumbrados los metales. Al principio no sabía lo que era, ya les hablé de mi débil memoria. Reconocí su cabeza enturbantada al verla entre todas esas piezas y maquinarias dispersas, y creí que ahí estaba mi oportunidad. Era fácil entender cómo había llegado esa chatarra allí: muchos de los almacenes portuarios se alquilaban a Dembow, por lo que pude saber mientras serví al lord, y en muchas ocasiones, para satisfacer deudas de morosos, se tomaban a cuenta de lo debido lo allí guardado. Así, ese almacén donde andaba buscando cubiertas para la lluvia, estaba lleno de mercaderías requisadas de distinta procedencia, sirvieran para algo o no, como los restos de esa marioneta.

A mi memoria volvió el pasmo con que aquellos caballeros comprobaron las evoluciones del Turco tiempo atrás. Este hallazgo era valioso, sí. Tal vez reparé un momento en Tumblety, el anterior propietario del muñeco, y pensé que teniéndolo yo ahora y sacando provecho de esa situación, tomaría por fin revancha del monstruo. Incluso era posible que si el turco de metal estaba en tan mal estado, su dueño no corriera mejor fortuna. Me reí. Era el momento de Raimundo Aguirre.

Recordé a Torres y corrí al consulado español para escribir la carta que me traería de vuelta, así lo esperaba, cincuenta libras y el fin de mis penurias. Entre la salida del mensaje y su llegada a destino, resultó que mis antiguos compañeros de banda dieron conmigo y cerraron un círculo de dagas a mi alrededor. No sabiendo cómo escapar, cometí un burdo robo, procurando ser descubierto; el del propio Turco. Así fue, hombres de Tomkins me sorprendieron despistando el bulto del almacén. A los dos días me acusaron de hurto, y no queriendo perder mi fortuna, confesé el robo de seis barriles de licor, que había perpetrado con anterioridad y con éxito. Dije que esos barriles eran los que me habían visto sacar, y no al autómata. Caí en prisión. Mejor ahí que hacerlo en manos de los de Green Gate. Pasé mi condena y acabé olvidando por completo al Ajedrecista.

—Mmm… mejor así. Sé algo más…

—¿Todavía conserva el autómata? —El español mostraba más interés que yo por el muñeco.

—Ss… sé dónde está. Pero eso ya no imp… importa. Tengo inffffformación mmmmás interesante.

—He notado que habla mucho mejor, don Raimundo.

—Raimundo. Uss… usted también habla ing…

—¿Me dice que tiene información… sobre el Ajedrecista?

—Nnnno… tiene que ver… Lether Apron, D… Delantal de Cuero; sé quién es.

Torres me miró atónito. No esperaba una declaración así de su amigo, don Raimundo. Dos meses después me diría: «Siempre que nos cruzamos ocurren cosas extrañas. Es usted un catalizador para lo extraordinario…», y tenía razón. Cada uno de nuestros encuentros… veo que empiezo a desviarme… y no nos queda mucho tiempo. Torres estaba pasmado, y dijo:

—¿Delantal…? Ese es el asesino del que hablan los… periódicos, ¿no?

—Ssssí, el hombre mmmás odiado de Londres, y yo sssé q… q… quién es. Ssssscotlanyard no tiene ni idea y yo ssssé quién…


© 2011 Daniel Mares. Reproducido con la autorización de Grupo AJEC.

 

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