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Crónicas del Aleph de Martín Gastón Espiral Ciencia Ficción nº49
CRÓNICAS DEL ALEPH I. El Hijo del Profeta Martín Gastón
Anticipo Espiral Ciencia Ficción, nº 49
“Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó.” El Aleph Jorge Luis Borges
A lek despierta de su largo trance, aturdido por el exceso de información. Su consciencia es invadida por las memorias de un futuro condenado. Este cuerpo le es ajeno y su ego es desgarrado por infinitas identidades esparcidas en todos los universos posibles. Desde el momento de su gestación ha sido preparado para resistir a la dispersión mental inevitable después de atravesar el Aleph, pero es difícil tolerar tanta incertidumbre. Se aferra a un frágil hilo de cordura, es un milagro estar vivo y debe concentrarse en su misión. Tal vez ha despertado en otro tiempo y ya es tarde. Un hábitat frío y oscuro desfila ante sus ojos que apenas ven después de una larga inactividad, mientras el sistema de evacuación lo arrastra a la cápsula. Aunque no distingue los detalles, la estación es extrañamente parecida al lugar en que nació. Apenas comienza a recuperar sus sentidos y la ilusión de reconocimiento pudo haberse formado en su mente sin jamás haber vivido algo parecido. El centinela que ha cultivado desde niño en el único rincón secreto de su mente le advierte que esa conclusión ha sido probablemente programada por su padre, como tantas otras. Pero no puede darse el lujo de dudar. Es sólo un instrumento para evitar la extinción, es el destino que ha aceptado. Un grueso cinturón lo aprieta en la claustrofóbica cabina, con paredes dibujadas por cientos de diodos que se encienden y apagan frenéticamente. Su aliento empaña los más cercanos a su boca. Despega con una sorpresiva desaparición de la gravedad, la cápsula se desprende del brazo centrífugo en un momento de su rotación que la lanza directo a la Tierra. El brusco desequilibrio colapsa el hábitat de la olvidada estación, que se hunde en el polvo de un asteroide.
Pasa días sumido en una eterna penumbra de pesadillas, mientras demasiadas revelaciones luchan por un lugar en su memoria. Ignora las dudas y se aferra a la fe de sus maestros. Recupera el dominio de sí mismo mientras se acerca a su destino. El disco azul de la Tierra crece en una de las tres pequeñas ventanas de proa. Aliviado, confirma por las siluetas de los continentes que ha llegado antes de la gran inundación. Entra en una órbita de aerofrenado hacia el suroeste. A través del aire incandescente mira más allá del polo, tratando de adivinar cuán lejos está el enemigo. El fuego que rodea a la cápsula le impide distinguir una estrella austral que se apaga, oculta un momento por la enorme masa de la nave madre del Exid. Tampoco sabe que millones de microscópicas máquinas alienígenas llevan décadas acechando la Tierra.
Isaías Ngële camina al amanecer del equinoccio, en África. Ha heredado de sus antepasados miembros largos y fuertes, piel inmune al sol y una inclinación a dormir poco. Menos ahora sabiendo que lleva la muerte en el cuerpo. Justo al primer atisbo del alba ve el rastro de luz que deja la estrella fugaz y le pide salud, como siempre. Pero el meteoro no se apaga y crece bajando directamente hacia él. Puede sentir su calor, llega a ser tan brillante como la Luna y luego se desvanece. Atrás de un punto brillante, el cazador distingue una forma que se infla. En ese estado místico que permanece luego de haber visto la cara de la muerte, es atraído al lugar donde cae la nave. Aprieta el paso en dirección a la delgada nube de polvo que se eleva sobre la estepa. Distingue a lo lejos la cápsula y al hombre que la cubre con arbustos. Es alto, delgado y su pelo negro contrasta con una extrema palidez, como si nunca hubiera recibido la luz del sol. Teje las ramas en una malla recién puesta sobre el metal caliente. Está solo y no tiene armas a la vista, él lleva su arco de caza. Se acerca sin miedo, cuando llega a unos cincuenta pasos le grita. –¡Forastero! Alek ha detectado la presencia de Isaías hace un par de minutos y se vuelve tranquilamente hacia él. Su neuroimplante reconoce el dialecto como una variante del Zemba. Lo seduce con sus ojos negros, brillantes e hipnóticos y devuelve el saludo con una leve sonrisa que intensifica la nobleza de su frente amplia, mentón largo y mejillas hundidas de asceta. –¡Hola hermano! –¿Quién eres? –Alek Zakharov. –¿De qué país vienes? –De ninguno. ¿Qué día es hoy? Isaías, aunque poco educado, no es ingenuo y sus años de liderazgo en la misión le permiten juzgar acertadamente la verdad que hay en la historia de un hombre. De no haber sido por la sutil influencia que Alek ejerció en él, jamás habría creído su historia.
La médico sin fronteras Anna Belmar despierta sin ganas, cansada de largos años de interminable batalla contra la miseria y el VIH. El gesto duro en su rostro deja adivinar años de frustración y privaciones, pero agrega una sensación de fuerza a sus facciones delicadas, dándole un atractivo que va más allá de su discreta belleza. Más bien baja, de piel mate y pelo castaño muy corto, toda su figura menuda y bien formada emana una sensación de energía contenida. En su misión se refugian enfermos venidos desde cientos de kilómetros de guerra, hambre e ignorancia. Valientemente ha sostenido su pequeño limbo ante la endémica inestabilidad política de la zona y las luchas tribales, pero no sabe cuánto más podrá soportar. Cada día llegan más refugiados y menos ayuda internacional. Sus pacientes, poco dispuestos a abandonar su tradicional promiscuidad, mueren por no seguir el tratamiento regularmente o por la suspensión impredecible de los suministros. Encuentra cerrada la clínica y le extraña que Isaías no haya llegado; normalmente prepara todo un par de horas antes de su llegada. Pregunta por él en la aldea y a nadie parece importarle.
Una estrella fugaz ha caído cerca de Etombo, un minuto antes de la salida del Sol. Dicen que es una señal, algunos alaban a los dioses que prometen devolverles la salud y otros tiemblan ante el fin del mundo. Eufóricos y estimulados por el ronco sonido de los tambores que cantan la noticia, quince cazadores salen a buscar el astro caído. Avanzan en un abanico de unos tres kilómetros, comunicándose a distancia con silbidos de pájaros. Un reflejo metálico los guía hacia la cápsula. Rodean lentamente a los hombres y al objeto cubierto de ramas. Cuando reconocen a Isaías, tendido bajo las manos del extraño, preparan sus arcos y lanzas, aproximándose con actitud amenazante. Alek levanta las manos, mientras Isaías se da vuelta riendo. –Tranquilos hermanos, es amigo. Y se hace cargo de todo, con natural elocuencia exagera ante sus compañeros los mágicos eventos del amanecer. Después de media hora todos están convencidos de estar frente a un enviado del cielo. Alek les sigue el juego, prometiendo curarlos de su enfermedad. Con manos expertas, arrastran la nave bajo un grupo de árboles grandes, mejoran el camuflaje con arbustos vivos y cubren los rastros del aterrizaje. El profeta comienza el tratamiento. Al terminar el día está rendido, nunca había tenido que concentrarse en la sanación de tantas personas así de enfermas. Cuando retira sus manos del último, desfalleciente, un F-16 cruza sobre sus cabezas en vuelo rasante. El rugido ensordecedor de los motores es lo último que escucha antes de caer profundamente dormido. Sus nuevos discípulos tejen una litera y lo llevan a la misión.
Esa noche la doctora Belmar está furiosa. Ninguno de los cazadores ha vuelto. Sabe que pueden pasar sin problema meses en la sabana y la alegría que eso les proporciona. Pero le preocupa el incremento en la resistencia del virus que la suspensión de la terapia por unos pocos días puede causar en sus pacientes. ¡Además le juraron no faltar al tratamiento! Apenas decide acostarse, escucha sus risas y siente una renovada oleada de rabia al pensar que estará una buena parte de la noche recuperando el trabajo perdido en el día. Distingue la alta figura de Isaías, que se acerca muy sonriente hacia ella y apenas lo tiene al alcance de su voz comienza a darle instrucciones para organizar la repartición de las dosis. Pero él tiene otros planes. –Doctora, no vamos a tomar más medicina, ya no hace falta. ¡Alek nos va a curar! –¿Y quién es ése? Anna, incrédula y con una intensa ira que envenena su estómago, descubre al hombre que traen los batidores. Le impresiona su aspecto de guerrero ascético, pálido y poderoso. Su ropa parece de una antigua película de ciencia ficción y no entiende por qué la tribu lo rodea con tal adoración. Ella ha demorado años en ganarse su confianza. Sorprendida y celosa del efecto que el desconocido ha causado en ellos, pasa el resto de la noche entre la impotencia y el asombro.
A bordo del portaaviones Reagan, en el Atlántico oriental, el general Robert d’Hirson recibe satisfecho los informes de la operación de reconocimiento, puesta en marcha apenas fue detectado el imprevisto ingreso orbital. La nave no figura en ningún registro espacial conocido. En cincuenta kilómetros alrededor de la zona objetivo no hay asentamientos importantes, ni industria, ni carreteras, ni instalaciones militares. Sólo poblados tribales y un centro de caridad internacional. La guerra civil constante y la endémica presencia de VIH en el sector, son ventajas para cumplir discretamente la misión de apoderarse de la misteriosa nave dejando un mínimo de evidencia. Esa misma noche la cápsula es izada por un helicóptero CH-47 y llevada al portaaviones. Es del tipo Soyuz, idéntica a las desarrolladas por el programa espacial soviético a mediados de los setenta, pero ciertas piezas son de tecnología desconocida y al parecer muy avanzada. Los sistemas de subsistencia demuestran que la nave estuvo habitada hasta el aterrizaje. Los rusos niegan toda responsabilidad. Inteligencia llega a la inquietante conclusión de que alguna potencia no identificada realiza experimentos secretos con un potencial bélico estratégico. El general, inexplicablemente angustiado a pesar de su larga experiencia militar y de su participación en seis invasiones en nombre de la democracia, ordena una inmediata operación de rastreo para ubicar al agente enemigo. Lo asalta un temor nuevo, la posibilidad de enfrentarse a una tecnología superior.
Alek despierta frente a una muy hostil doctora Belmar, que ha pasado una mitad de la noche tratando de convencer a sus pacientes de continuar el tratamiento y la otra dando vueltas de rabia en su cama. –¿Quién eres y qué te has creído? Estás tirando a la basura años de tratamiento. –Lo siento doctora, pero le aseguro que es lo mejor para estos hombres. –¿Apareces cayendo del cielo y yo tengo que dejar de hacer el trabajo al que he dedicado mi vida? –No dejarlo, lograr que funcione. De verdad puedo curar esta enfermedad. Sorprendida de dejarse convencer, pero confiando en su intuición y lo suficientemente desesperada como para intentar cualquier cosa, Anna observa cómo el extraño trata a su tribu. Las casi agotadas reservas de triterapia eliminan sus últimos escrúpulos científicos. –¿Qué haces? –Les transmito pulsos neurales que estimulan la proliferación de las células inmunitarias del paciente. Utilizo conocimientos milenarios de los chakras y centros nerviosos del cuerpo, pero con un control mucho más preciso y potente de la energía mental. –¿Y dónde aprendiste a hacer eso? –Ésa es una larga historia. Al terminar la tarde, Alek se desploma en la camilla luego de tratar al último paciente. Ayer quince, hoy cuarenta, es agotador tratar a tantos. Pero el implante responde, con cada curación se va adaptando y facilita cada vez más la tarea. Se interna cada vez más profundo en sus mentes y con mayor eficacia puede actuar.
Anna interroga a Isaías. No entiende bien cómo este hombre ha aparecido entre ellos, le pide que la lleve al lugar donde lo encontró. –Es inútil, anoche un helicóptero se llevó la nave. Las dudas de si tal explicación se debe o no a su fértil imaginación, se disipan al ver dos vehículos militares acercándose. No son destartalados jeeps de la guerrilla local, sino poderosos y bien equipados hummers. Frenan bruscamente en medio de la aldea, sumergiéndola en una nube de polvo. Un militar se acerca a ella con el balanceo intimidante de una musculatura excesiva. –Hola doctora, soy el teniente Crowe. Infantería de marina decimocuarta división del... –Sí, está bien, qué se le ofrece. –Hemos sido asignados para ofrecer apoyo logístico y de seguridad al personal médico internacional instalado en la zona. ¿Ha tenido problemas con la guerrilla? –No, vienen y se van, a veces se quedan unos días, les doy remedios, son parte de nuestra vida. –¿Necesita suministros? –Permanentemente. ¿Qué tiene? –Medicamentos, leche en polvo, chocolate... –¿Triterapia? –Lo siento, sólo tenemos material de primeros auxilios y tratamiento básico. Los nativos me hablaron de otro médico ¿puedo verlo? –No, está descansando. –Ok, no problem, sólo necesito algunos datos, nombre y nacionalidad por favor. –¿Qué se ha creído, tiene autoridad en esta zona? –Just for the record, doc. ¡Sargento! Descargue dos paquetes completos y almacénelos en la clínica. Por favor, si pudiera indicarnos dónde.
Esa noche, Alek la encuentra dormida. Antes de despertarla, se queda un buen rato observando su delicado perfil y sus labios finos. –¡Anna! Nos están esperando. –Eh... ¿Quién? –Tenemos fiesta. La tribu festeja en torno al fuego, con tambores y baile celebran la venida del sanador. A estas alturas sólo la doctora duda de una pronta mejoría general. Se da cuenta de que su rechazo inicial cede y se asombra del carisma de este extraño que en menos de dos días se ha posicionado en la tribu como un enviado divino. –¿Qué te preocupa? –Pensaba en los soldados que vinieron en la tarde, Alek. Creo que te buscaban. –¿Por qué? –Isaías dijo que se llevaron tu nave en helicóptero. –Pronto vendrán por mí. –¿Cómo lo sabes? –Es lógico. –Lo olvidaba, tú sabes todo y no estás asustado. –Confío en ti, bastará que publiques los resultados obtenidos en los pacientes y tendrás la atención internacional que quieras en este lugar. Ahora, si Isaías saca una foto del momento en que la guerrilla me entregue a los norteamericanos, todo será mucho más fácil. –¿Quién eres, Alek? –Ya te contaré. –¿Cuándo? –Cuando puedas creerme. © 2010 Martín Gastón. Reproducido con la autorización de Juan José Aroz Editor.
Martín Gastón, (Santiago de Chile, 1975). Investigador en planificación, urbanista, arquitecto, ha estudiado medicina, yoga, artes marciales, es un incansable viajero y ávido lector de artículos científicos Este ecléctico espectro de intereses es plasmado en su primera novela, en la que se entretejen revolucionarias tecnologías, tensiones políticas, nuevas sociedades y la exploración de las fronteras de la consciencia.
CRÓNICAS DEL ALEPH I. El Hijo del Profeta Martín Gastón Espiral Ciencia Ficción, nº 49 384 páginas, 15 Euros p.v.p. Portada: Koldo Campo sobre una ilustración de Martín Gastón Fecha de aparición: octubre de 2011 En un futuro cercano, el profeta del Aleph llega a la Tierra. Alek Zakharov anuncia la inminente invasión del Exid, una especie alienígena de voraces máquinas microscópicas, y organiza la guerra de supervivencia gracias a tecnologías de misteriosa procedencia. El conflicto es agravado por las divisiones internas de la humanidad, con bandos emergentes que se disputan la supremacía mientras colonizan el sistema solar. Iván, el hijo mayor de Alek, crece hasta alcanzar un poder sin rival, mientras un plan milenario comienza a revelarse. El oscuro pasado de los Zakharov es sólo un paso más para extender la consciencia humana más allá de los límites del tiempo.
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