|
Avance de Madre Noche, Premio Mundial de Fantasía
MADRE NOCHE
Rachel Pollack Anticipo Grupo AJEC - Colección Tangentes
Contraportada
“Madre Noche” es una novela de fantasía centrada en la identidad personal, el amor y la muerte. Jaqe no tiene identidad propia hasta que conoce a Laurie, hasta que descubre su verdadero nombre, proporcionado por Madre Noche. En ese momento Jaqe y Laurie se amarán sin medida, y junto con su hija Kate se convertirán en un todo, pero no podrán vivir como el resto del mundo. Conocen la muerte que proporciona Madre Noche, y utilizarán ese conocimiento para negociar con ella, modificarla y cambiar el fino equilibrio entre vida y muerte en el mundo. Rachel Pollack teje personajes memorablemente humanos; a través de la transposición de mitos y antiguo folclore a un entorno moderno, consigue dar nueva vida a los viejos cuentos, y profundidad a un mundo aparentemente simple. “El moderno cuento de hadas de Pollack es ingenioso y original, pero aquí el punto fuerte reside en los personajes, en el perfecto retrato de las relaciones de las mujeres entre ellas, lleno de resonancia y realismo. Esta es otra gran muestra de uno de los talentos más sensibles de la actualidad”. Publishers Weekly Título: Madre Noche- Titulo Original: Godmother Night (1997)
- Autor: Rachel Pollack
- Traducción: María Pilar San Román
- Portada: José Llopis
- Precio: 18,95 €
- Tamaño: 23x16 Cm
- Páginas: 380
- Isbn: 978-84-15156-28-4
- Colección: Tangentes

Uno La Reina Rana
É rase una vez dos mujeres que vivían sobre el lomo de una tortuga. Su casa se encontraba en el linde de una ciudad situada en la desembocadura de un río, allá donde el agua salada se adentraba en la tierra desde el mar. Lejos de allí, junto a otras ciudades y ríos, las rocas, árboles y negras carreteras de ese país terminaban en la orilla de un segundo mar; de modo que el territorio donde vivían las mujeres surgía del agua igual que una tortuga atraída por los recuerdos del sol. Gente de lo más variado se había trasladado a ese país. La percepción que del mismo tenían en su mayoría se ajustaba más o menos a la de las leyes y comités pegados como setas artificiales sobre la superficie de la Tierra. Sin embargo, los primeros habitantes, que quién sabe si habían llegado cruzando un puente desde otro lugar; o si se habían despertado en la oscuridad y habían salido a la luz a través de algún agujero; o si habían seguido a un lagarto, a un pez, a un pájaro o incluso a una tortuga a través de los túneles hasta llegar al sol, esas personas que llevaban mucho tiempo viviendo allí, comprendían que la tierra solo es ella misma. Y comprendían cómo yacía rodeada por las aguas, con su duro caparazón escondiendo un vientre blando y lento, y una mente lánguida, sensible y paciente.
A las mujeres que vivían sobre la tortuga, sus respectivos padres las habían llamado Lauren y Jacqueline. De niña, Lauren permitió que, de común acuerdo, todo el mundo cambiara su nombre a Laurie. Sin embargo, a los trece años, reunió los cuadernos de colorear de su infancia, su diario y diversos papeles en los que figuraba el nombre “Laurie” y quemó todo en el jardín trasero de la casa de sus padres. Durante varios años no permitió que nadie, salvo su abuela, la llamara Laurie; una curiosa excepción, puesto que había sido esa abuela quien había elegido el nombre de Lauren. Lauren, anteriormente Laurie, nacida Lauren, insistía en que “los diminutivos empequeñecen” y en que “Lauren” sonaba a pájaro de la antigüedad, mientras que “Laur-ie” sonaba a animalito al que pegan con un palo. Una noche de primavera varios años más tarde, abandonó de nuevo el “Lauren” y regresó al “-ie” de su infancia. No fue algo que hiciera a la ligera, ni simplemente por molestar a la gente, ni por demostrar que podía amaestrarlos de una manera y luego de otra “como a perros en el circo”, tal como dijo su padre. El cambio se debió a un hecho excepcional que sucedió esa noche de la segunda mitad del último curso de su licenciatura.
Jacqueline tuvo el mismo nombre durante dieciochos años, que comprendieron breves periodos en los que se planteó variaciones, como por ejemplo Jac-qué-line, Jacque-lien o incluso Jack, que en ningún caso llegó a comentar con nadie, ni siquiera con aquellas personas a las que consideraba sus mejores amigos. Nunca creyó en el nombre Jacqueline. A veces, en la escuela o en celebraciones familiares, la gente tenía que llamarla dos y tres veces antes de que se percatara de que ese “Jacqueline” se refería a ella. La gente la acusaba de ser una distraída, de arrogancia o de ser tonta, a pesar de sus buenas calificaciones y de sus trabajos escritos con gran esmero. Jacqueline aceptaba las distintas versiones que elaboraban de ella, sin explicar en ningún momento que el nombre estaba equivocado, que nunca se podría referir a ella. A veces tenía la impresión de que su auténtico nombre se encontraba fuera de su alcance, más allá del límite de la memoria. Intentaba engañarse a sí misma, con trucos como escribir todo lo que sucedía en sus sueños, creyendo que de manera inconsciente pillaría a alguien llamándola Helen, Sophie, Rachel o Gretel; pero nunca consiguió nada. Intentó estudiar listas que sacaba de libros como Vidas de grandes narradores o Cómo llamar a tu nuevo bebé. Pronunciaba lentamente y en voz alta cada uno de los nombres, esperando un súbito reconocimiento. O los leía muy deprisa, confiando en trabarse en alguno en concreto. Pero nada. Empezó a pensar que su verdadero nombre no existía, que Dios, o el ángel encargado de tales asuntos, se había olvidado de asignárselo. Durante su infancia cohabitó con ese nombre que no tenía nada que ver con ella, agradecida de que al menos únicamente los médicos insistieran en llamarla Jackie. El día de su dieciséis cumpleaños, cuando sus padres insistieron en celebrar una fiesta y encargaron un pastel atravesado por un “Jacqueline” escrito en rosa, e incluso le dieron un brazalete de oro con una chapita con su nombre, decidió aceptar el vacío creado por un cuerpo y una mente sin un nombre. Durante otros dos años y cuatro meses, intentó no pensar en ese vacío, hasta que un suceso concreto le cambió para siempre tanto el nombre como la vida.
El hecho que sacó a la luz los nombres de Lauren y Jacqueline comenzó como un baile en el campus de su universidad, en esa ciudad al este de la tortuga, no lejos del mar. El centro anunció un baile para celebrar la victoria en una competición anual en la que participaba una liga de centros universitarios. La competición consistía en una búsqueda patrocinada por una fundación instituida por un arqueólogo que había ganado una lotería estatal. El objetivo de la búsqueda era el mismo todos los años: una gran rana de porcelana, con piedras negras a modo de ojos y un círculo rojo oscuro en la parte superior de la cabeza. Durante los últimos años, a medida que la búsqueda iba confiriendo cada vez un mayor prestigio al centro que encontraba la rana, se fueron dedicando más y más recursos a la misma, con planes y análisis realizados por los departamentos de informática, física, psicología, antropología cultural e incluso literatura comparada. Sin embargo, la universidad de Lauren y Jacqueline triunfó ese año gracias al denuedo de una campeona inusual: una mujer que trabajaba en la lavandería de la universidad lavando las sábanas de las residencias de estudiantes y las batas de laboratorio. Harta de los gritos y de los despliegues (porque los distintos departamentos habían empezado a atacarse los unos a los otros), la lavandera, Gertrude, estaba sentada junto a sus lavadoras cuando las sábanas que giraban y giraban le recordaron a algo. Esa noche soñó con aquella ocasión en la que, siendo ella muy pequeña, su madre la había llevado a escuchar a un cuentacuentos en un centro comercial que había cerca de su casa. El cuentacuentos se había sentado en el exterior, delante de una enorme rueda de tómbola, que apareció en el sueño de Gertrude como un armazón con sábanas mojadas que giraban y ondeaban al viento. El primer día libre que tuvo, Gertrude cogió el autobús para ir a su ciudad natal y al centro comercial. La rueda seguía estando allí, y, en la parte trasera de la misma, localizó una puertecita con una anilla de latón. Tiró de ella, y volvió a tirar, mientras a su alrededor un grupo de adolescentes con cazadoras de cuero y faldas ajustadas se reían de ella. La puerta se abrió de repente; en el interior, encontró algo frío y liso. Los oscuros ojos de la rana la miraron fijamente cuando la levantó hacia el sol. Así que la rana fue a la universidad de Jacqueline. La semana del baile (mientras se colgaban banderines alrededor del gimnasio, aparecían pósters en las paredes, las banderas ondeaban en las ventanas de las residencias, y hombres y mujeres con mono y una careta de rana construían una réplica gigante del trofeo con madera balsa y cartón piedra), esa semana espectacular, Jacqueline se planteó en repetidas ocasiones la posibilidad de asistir al baile; y todas las veces decidió que no era para ella, no para una mujer sin nombre. En el instituto, nunca había participado demasiado en las actividades culturales de los adolescentes. Sus relaciones de amistad nunca parecían estar encuadradas en los distintos grupos que se constituían alrededor de deportes, asociaciones de estudiantes distinguidos, pandillas o pretensiones intelectuales. Y, para aquellos a los que consideraba sus amigos, el grupo siempre parecía ser lo primero; la mayor parte de las veces que pasaban un rato juntos era a propuesta de Jacqueline, cuando a ellos no les reclamaba nada más interesante. Jacqueline no se consideraba demasiado interesante. Sin un nombre, incluso su cuerpo parecía existir solo parcialmente, un poco como los hologramas que se exhiben en las ferias de tecnología. Asistió a algunos bailes, pero no se quedó demasiado tiempo. Las otras chicas siempre parecían saber qué hacer: cómo estar de pie, hacer chistes, bailar las unas con las otras cuando no había chicos disponibles… Jacqueline se dedicaba a beber traguitos de ponche, o intentaba bailar o hablar con la gente; sin embargo, al cabo de un rato, las piernas y los hombros le empezaban a doler por la tensión de intentar parecer relajada, y se marchaba. A veces, algún chico la invitaba a bailar, igual que a veces alguno le pedía una cita. Solía aceptar. Daba vueltas por la pista, o iba a la película de miedo elegida por su acompañante, y se esforzaba al máximo por tener las reacciones propias de cualquier chica con un nombre que la ancle al mundo. Sus padres nunca entendieron por qué su hija no era más popular. Claro que era guapa, le aseguraban. E inteligente, añadían, como si se les hubiera olvidado. A lo mejor le convenía hacerse de más clubs. Su madre le sugirió distintos peinados y un maquillaje más vivo. Su padre le dio dinero para que se comprara ropa. Su hija nunca les prestó demasiada atención. No dejaban de repetir ese nombre que no tenía nada que ver con ella. “Jacqueline, ¿te apetecería dar una fiesta?” o “Jacqueline, ¿necesitas un vestido nuevo?”. Cuando iba al instituto, Jacqueline salió regularmente durante una temporada con un chico llamado Dan Reynolds. Dan era un estudiante de ciencias que acostumbraba a hacer enfadar a sus profesores demostrando cómo trampear los experimentos en el laboratorio. Tenía pensado abrir una empresa informática cuando terminara la universidad; aunque a veces hablaba de reunir un equipo de hackers renegados y sabotear las fuerzas armadas de diversos países. Era guapo, o lo podría ser pasados unos años, cuando el rostro se le refinara y el cuerpo se le robusteciera. Nunca parecía saber cómo comportarse cuando estaba en grupo: a veces hablaba demasiado fuerte y otras veces se quedaba mudo. En un par de ocasiones, Jacqueline oyó a algunas chicas que estaban hablando de él, diciendo que era “raro” y “repulsivo”. Jacqueline supuso que sabían que las estaba escuchando. Su madre bebía, le contó Dan a Jacqueline una noche después de haberse bebido él mismo varias botellas de cerveza que había robado de su casa. Y, como su madre se emborrachaba con tanta frecuencia, él y su padre tenían que encargarse de la limpieza y las compras. Dan y Jacqueline estaban sentados en el coche de él, en el aparcamiento de un campo de golf. Dan mantuvo las manos sobre el volante mientras hablaba, y, aunque no la miró, estaba claro que esperaba alguna reacción por su parte. —No hay nada de malo en que los hombres se encarguen de la limpieza —señaló Jacqueline. —¡Mierda! —dijo Dan, y arrancó el motor. Para sorpresa de ambos, Jacqueline insistió en conducir ella, e incluso quitó las llaves del contacto. Durante un instante pareció que Dan podía llegar a pegarle, pero ella quedó sentada, con las llaves dentro del puño, diciendo, “Estás borracho, no puedes conducir”, hasta que finalmente Dan salió del coche y lo rodeó camino del asiento del acompañante. Cuando Jacqueline se estaba incorporando a la carretera, un deportivo rojo pasó a su lado. Una mujer de cabello largo y dientes relucientes la saludó con la mano desde su interior. —¿Has visto a esa…? —empezó a decir Jacqueline, pero Dan tenía la vista clavada en los árboles que flanqueaban la carretera. Cuando Jacqueline volvió a mirar, el coche rojo había desaparecido. Esa noche en la cama, Jacqueline estuvo pensando no en Dan sino en la mujer del coche. La mujer la había saludado, estaba segura. Jacqueline tenía la impresión de que la conocía, pero no conseguía recordar de dónde. Mucho tiempo atrás, cuando era muy pequeña. Su madre la había dejado en el cochecito en la puerta de una tienda. Había algo así como un parque (se acordaba de que había árboles y un grupo de personas: unas mujeres pelirrojas de pelo corto, que estaban corriendo o bailando). Con los ojos y los puños cerrados, intentó recuperar el recuerdo. Alguien se había acercado al cochecito, una mujer de pelo largo, que se había inclinado sobre ella… Era inútil. Si realmente había sucedido, ella era demasiado pequeña para que se pudiera acordar. Aunque… sí que recordaba un sonido, y al pensar en él le pareció que podía haber sido de sirenas. Y gente llorando, y su madre llevándosela de allí en el cochecito a toda prisa. Suspiró. A lo mejor Dan podía hipnotizarla. La idea la hizo reír. Se esforzó por relajarse y poco después se quedó dormida. A la mañana siguiente, Dan la llamó mientras Jacqueline estaba desayunando. Con gran calma, le dijo que su madre había muerto esa noche. Un accidente, continuó. Se había quedado dormida al volante y el coche se había estrellado contra un árbol. ¿Podía hacerle el favor de informar a su tutor de lo que había pasado y de explicarle que Dan faltaría a clase unos cuantos días? Y si ella le podía llevar los deberes… En el funeral, Dan se mantuvo bien tieso en su traje gris mientras iba agradeciendo su presencia a todo el mundo, incluso a Jacqueline y a su propia familia. Durante la siguiente semana, Jacqueline intentó persuadir a Dan para que le hablara de lo que había sucedido, le contara los detalles del accidente, le explicara cómo se sentía. “Estoy bien”, “La vida continúa, con o sin nosotros” y “Agua pasada no mueve molino”, fueron algunas de las frases que le dijo Dan, que a continuación pasó a describirle su proyecto para la feria tecnológica: un sistema para decodificar las señales de radio cósmicas y detectar indicios de ovnis. La relación de Jacqueline con Dan terminó una tarde sobre el suelo de la casa de los padres de ella. Estaban solos: los padres de Jacqueline se habían ido a una fiesta. —El destino no está enviando un mensaje —le dijo Dan, mientas la besaba y la acariciaba vigorosamente. Últimamente había estado presionándola para que le diera una “prueba” de su amor, asegurándole que la virginidad ya estaba anticuada incluso en la época de sus padres y describiendo antiguos rituales de exaltación de la naturaleza. Justo cuando parecía que Jacqueline podía ceder (estaban medio desnudos y Dan tenía la mano dentro de sus bragas), Dan musitó: “Jacqueline. Te quiero, Jacqueline. Oh, Jacqueline”, pero se detuvo de improviso. Jacqueline no le estaba mirando. —¿Qué…? —dijo ella cuando volvió la cabeza, sonando desconcertada, como si él le hubiera estado hablando a otra persona. Dan retiró bruscamente la mano de su entrepierna y se marchó dando un portazo.
Y en su primer año en la universidad, en la semana de la rana, Jacqueline no le veía demasiado sentido a ir a otro baile. Sería exactamente igual que en el instituto. Y además era un baile de disfraces, lo que la obligaría a tener que pensar qué ponerse y gastarse el dinero, para luego sentirse como una estúpida. Su compañera de habitación, Louise, sí que iba a asistir. Ya se había agenciado una camisa negra, unos pantalones negros ajustados, una capa de poliéster también negra, una espada de plástico y una máscara para taparse los ojos. Y, de cuando en cuando, blandía la espada y se subía a la cama de un salto, para terminar revolcándose entre carcajadas. Louise se había un unido recientemente a la Unión de Estudiantes Lesbianas. Estaba “enamorada de todo el género femenino”, le había dicho. Jacqueline pensaba que tenía que ser maravilloso sentirse parte de algo. La noche del baile, Louise volvió a intentar convencer a Jacqueline de que la acompañara. —Va a ir todo el mundo —le dijo—. Es una ocasión verdaderamente especial. Es probable que nunca se vuelva a producir. —No tengo disfraz. —Podemos prepararte uno. Louise empezó a rebuscar entre las ropas de Jacqueline. —Déjalo —le dijo Jacqueline—. No pienso ir. No tendré a nadie con quien bailar. —Pues baila conmigo. —Louise agarró a Jacqueline y la hizo girar—. Puedes brincar y hacer la rana con la UEL. Estaremos encantadas de que te unas a nosotras. Jacqueline se rió, pero se soltó. —No puedo hacer eso. —¿Por qué?, ¿porque la gente pensará que eres bollera? —Me trae sin cuidado lo que piense la gente. Simplemente no me sentiría a gusto. Me sentiría como una farsante. A las nueve, Louise se puso la máscara, hizo girar la espada en el aire por última vez y salió apresuradamente por la puerta. Jacqueline fue siguiendo las pisadas de sus botas mientras se dirigía hacia el ascensor. A las nueve y media, decidió que hacía demasiado calor para estudiar y bajó a la sala común para ver qué ponían en la televisión. En la habitación había dos chicos sentados, tirados en el sofá mirando un partido de béisbol. Jacqueline salió a la calle. Oyó la música incluso antes de ver el gimnasio. Al doblar la esquina de la biblioteca, vio que el gimnasio estaba adornado con banderines y con un dibujo enorme de una rana iluminado por un foco. En el interior, la banda tocaba El salto de la rana, una canción de algunos años atrás. Por encima de la música se oían los golpes de los pies de la gente que se agachaba y luego brincaba hacia arriba. Jacqueline se quedó a unos cincuenta metros del edificio, observando a los que estaban fuera, algunos besándose, otros dando apresurados sorbos o caladas a sustancias oficialmente prohibidas. Justo cuando Jacqueline estaba a punto de marcharse, una limusina negra subió por la estrecha calle que había delante del gimnasio. De ella salió una mujer con un vestido largo de patchwork hecho con retazos de terciopelo, y engalanada con abalorios, perlas, plumas y piedras corrientes. En la cabeza llevaba un sombrero de ala ancha y copa blanda inclinado hacia atrás. El cabello pelirrojo le caía por la espalda en tres largas trenzas. Del coche descendieron cinco mujeres más; todas llevaban el pelo corto y largos pañuelos blancos, probablemente de seda, que revoloteaban a su espalda. A pesar del calor, las cinco llevaban cazadoras de cuero rojo, pantalones ajustados también rojos y sandalias negras. Las puntadas doradas en la espalda de sus cazadoras dibujaban un pequeño laberinto, debajo del cual, con una elegante caligrafía, estaban bordadas las palabras “Madre Noche”. Cuando se giraron ligeramente para echar un vistazo al edificio, Jacqueline vio que tenían las mejillas atravesadas por profundas arrugas. La limusina se alejó lentamente. En la puerta del gimnasio, la mujer del vestido se giró y levantó la cabeza ligeramente. Fue la sonrisa lo que Jacqueline reconoció. La ropa era distinta y la mujer había renunciado a su deportivo rojo, pero Jacqueline conocía esa sonrisa. Corrió hacia ella mientras la mujer y sus acompañantes desaparecían por entre la multitud y el ruido. Un muchacho flaco con un traje de vaquero y una careta de rana impidió entrar a Jacqueline. —Tienes que ir disfrazada —le dijo. —Solo quiero hablar con una persona —repuso Jacqueline, e intentó echarlo a un lado de un empujón. Varias personas se rieron cuando el muchacho se lo devolvió. Medio corriendo, Jacqueline atravesó las puertas del campus y se dirigió a la calle comercial del barrio, donde había una tienda que vendía un poco de todo y que permanecía abierta hasta tarde. Allí se hizo con un montón de cintas de colores y un lápiz de labios rojo oscuro. De vuelta en su habitación, Jacqueline se puso una camiseta verde sin mangas (había decidido no llevar sujetador), una falda negra larga y nada en los pies. Se sujetó con cinta adhesiva las cintas a lo largo de los brazos y luego se ató una alrededor del cuello con los extremos cayéndole por encima de los pechos. Con el lápiz de ojos negro de Louise se dibujó una máscara alrededor de los ojos, y pintó, a modo de cuerdas, unas líneas que le llegaban hasta detrás de las orejas. Utilizó su propia máscara de ojos para crear unos mechones oscuros en su cabello rubio; luego se aplicó el lápiz de labios con trazos gruesos, riéndose al ver cómo le iluminaba el rostro. Cuando estaba a punto de marcharse, corrió de vuelta al espejo y con el lápiz de ojos índigo se dibujó un tosco laberinto en el pecho, justo encima del escote que la camiseta verde dejaba al descubierto. El vaquero la dejó pasar sin hacer ningún comentario. Una vez dentro, se abrió camino por entre la densa multitud, sin prestar atención a la atronadora música ni a los bailarines que chocaban contra ella. En la parte de delante del recinto, no lejos de la rana gigante situada sobre el estrado, había un grupo de mujeres bailando juntas. Durante un instante, a Jacqueline le pareció que había visto a una de las chicas de las cazadoras rojas, pero cuando se acercó resultó ser una de las amigas de Louise disfrazada de demonio. Poniéndose de puntillas para ver por encima de la multitud, la propia Louise la saludó animadamente con la mano; Jacqueline le devolvió el saludo y continuó buscando. Resultaba tan desconcertante… Todo el mundo se había convertido en caballeros, princesas, brujas o ranas (había montones de ranas; algunas con disfraces completos que incluían elaboradas cabezas que parecían cascos, otras con únicamente la misma careta de cartulina que llevaba el vigilante de la puerta). Jacqueline no sabía quién había confeccionado las caretas de rana, pero recordaba haber visto en el campus pilas de ellas a la venta durante la semana anterior. La gente las había llevado en las reuniones, cuando trabajaban en los preparativos del baile (recordaba una cuadrilla de ranas con el pecho desnudo montando el estrado a golpe de martillo bajo el inusual calor primaveral) e incluso simplemente cuando caminaban por el campus o estaban sentados en la sala común de la residencia o en la cafetería. Mientras Jacqueline escrutaba la multitud, la banda comenzó a tocar de nuevo El salto de la rana, y la gente se apresuró a agarrarse por la cadera para formar largas hileras que brincaban arriba y abajo hasta hacer temblar el edificio. Jacqueline intentó seguir abriéndose paso y mirar por encima de la gente cuando caían al suelo entre risas. Encontró a la mujer pelirroja acompañada por otra persona junto a una improvisada mesa con boles de cacahuetes, patatas fritas y una especie de ensalada cremosa. La otra persona llevaba sombrero de copa, frac y unos zapatos negros de charol, como de bailarín de claqué de los de antes. Estaba de pie, dándole la espalda a Jacqueline, con el peso del cuerpo descansando sobre la pierna izquierda y las manos en los bolsillos de sus pantalones a rayas. Jacqueline supo que se trataba de una mujer, a pesar del pelo corto, los hombros anchos (exagerados por el corte de la chaqueta) y las caderas estrechas. A su lado, la mujer del vestido de terciopelo parecía muy pequeña, mucho más pequeña de lo que le había parecido a Jacqueline cuando estaba junto a su limusina. La mujer sonrió a Jacqueline. Tenía la cara salpicada de puntitos brillantes, que, cuando sonreía, bailaban bajo la luz como si fueran luciérnagas. La mujer levantó la mirada hacia su acompañante del sombrero de copa. —Laurie —dijo—, quiero presentarte a alguien. Su voz tenía un curioso acento, o más bien una entonación que la hacía sonar ligeramente extranjera, como cuando alguien tras haber vivido durante años en otro país regresa a su hogar. Cuando la mujer alta volvió la cabeza, Jacqueline dio un paso atrás. Se había pintado la cara de blanco y luego se había oscurecido los ojos y la boca para parecer una calavera. En las manos que sacó de los bolsillos llevaba guantes negros, con huesos de esqueleto pintados en los dedos y en el dorso de las mismas. Parecía una pintura antigua: La Muerte con frac y chistera. Sin prestar atención a Jacqueline, la mujer alta le dijo a su acompañante: —¿Cómo sabes cómo me llamo? Da igual, estás equivocada. No me llamo Laurie, sino Lauren. La mujer pelirroja no dijo nada y se limitó a beber a sorbos de un vaso de plástico que sujetaba con ambas manos. —Laurie —repitió la mujer alta—. Lauren. Laurie. —Lanzó una fuerte carcajada que ahogó la música, al menos en ese rincón del recinto—. Bueno, ¿y por qué no? Que sea Laurie otra vez. Dio una palmada; luego se volvió y miró a Jacqueline. Su mirada tenía un matiz predatorio; no era maldad, solo era la mirada del cazador evaluando su presa. Pero entonces suavizó su expresión y mostró una cierta confusión. Jacqueline se quedó donde estaba. A quien buscaba era a la pelirroja, pero esa otra mujer tenía algo especial. Tenía los pómulos poco pronunciados, la barbilla afilada y la nariz fina y recta. Los grandes ojos le brillaban por la excitación, lo que estropeaba el efecto calavera. Al mirarla, a Jacqueline le pareció que su propio cuerpo solo era una especie de torpe ensamblado. Sus pechos eran demasiado grandes y fofos bajo su camiseta verde demasiado fina. ¿Y cómo podía haber hecho la enorme idiotez de salir sin sujetador? También se notaba sudada. Y su postura era poco natural. Cuando intentó corregirla, se dio cuenta (demasiado tarde) de que con el gesto había sacado más el pecho. La mujer alta sonrió, y su sonrisa se hizo más amplia cuando Jacqueline volvió a hundirlo. —Laurie, quiero presentarte a una vieja amiga mía —dijo la mujer del vestido de terciopelo. Cogió la mano de Jacqueline y la hizo acercarse—. Esta es Jaqe. Lo pronunció igual que “Jake”, pero Jacqueline (Jaqe) supo cómo deletrearlo desde ese primer momento. Se quedó parada temblando, sin percatarse de las lágrimas que le brotaban de los ojos. “¡Qué fácil!”, pensó. Había estado ahí, siempre lo había estado, todos estos años. ¡Jaque! ¡Se llamaba Jaque! Agarró a la mujer alta (a Laurie) y la hizo girar con ella. —Felicítame —le dijo—. No me preguntes por qué. Simplemente felicítame. Cuando Jaqe la soltó, Laurie hizo una reverencia. —Felicidades —dijo, y dio un sombrerazo con su chistera. Jaqe hizo una genuflexión. Una vez se incorporó, se sintió un poco mareada y se preguntó si era a esa sensación a la que se referían los libros cuando decían que la heroína se sintió desfallecer. Laurie sonrió y Jaqe no pudo evitar reírse. Resultaba totalmente inapropiado: la Muerte sonriéndole justo cuando ella se sentía tan viva… tan cómoda… como si hubiera encajado en su lugar. Tenía un nombre; se había incorporado al mundo. —¿De qué vas disfrazada, Jaqe? —preguntó Laurie. Jaqe volvió a reír. —No lo sé. Laurie pasó los dedos por entre las cintas y dijo: —Me había parecido que a lo mejor eras una araña. Un dedo enguantado fue trazando suavemente el dibujo que Jaqe se había pintado en el pecho. Jaqe se imaginó ese dedo descendiendo y rozando los laterales de sus pechos. Sacudió la cabeza. —Aquí hace mucho calor —dijo. La mujer del vestido de terciopelo le alargó un vaso de plástico. —Bebe un poco de ponche —la animó—. Te refrescará. El primer sorbo hizo que un escalofrío le recorriera el cuerpo, pero, una vez pasó, Jaqe notó cómo una ola de relajación se iba extendiendo por sus músculos. En el recinto, todo se amortiguó: la música ya no era tan intensa y las luces de las paredes del gimnasio eran menos deslumbrantes. Volvió a mirar a la mujer pelirroja. Tenía el rostro pequeño, casi delicado bajo el ancho sombrero. Lo ojos eran negros, grandes, sin maquillaje, y brillaban como los puntitos chispeantes que salpicaban su piel. —¿Quién eres? —le preguntó Jaqe. La mujer hizo un gesto con la mano, que pareció moverse con vida propia, como un pájaro. —Tengo tantos nombres que incluso a mí me cuesta recordarlos —contestó la mujer. Jaqe se giró hacia Laurie. —¿Es amiga tuya? —Acabo de conocerla. Pensaba que era amiga tuya —dijo la Muerte con un encogimiento de hombros. Jaqe volvió a mirar a la mujer, la cual levantó la cabeza lentamente, y la luz de un foco rojo, que antes había estado tapado por el ala del sombrero, cayó sobre su rostro. —Llámame Madre Noche —dijo. Y al sonreír, los dientes le brillaron rodeados por el rojo de su piel. Sin pensarlo, Jaqe agarró la mano de Laurie. En ese instante, oyó un silbido y se volvió justo a tiempo de ver cómo los brazos de Louise la rodeaban para darle un abrazo. —¡Vaya! —dijo Louise—. ¡Tenías tu secreto bien guardado!, ¿eh? —¿Qué secreto? Louise adoptó una pose, con una mano en la cadera, junto a la espada que llevaba colgando, y con la otra echándose el pelo hacia atrás. —No te limitas a unirte al CCT como las demás. Vas directa a por la jefa. —Por el amor de Dios, Louise —dijo Laurie. —¿CCT? —preguntó Jaqe—. ¿Jefa? ¿De qué está hablando? —Lo de CCT es una especie de chiste —le explicó Laurie—. Es como llamamos a la Unión de Estudiantes Lesbianas. Significa Comité Central de Tortilleras. Jaqe volvió a mirar a Louise y luego sonrió a Laurie. —¿Eres la jefa? Laurie clavó la mirada en el suelo. —Bueno, soy la presidenta. Pero es meramente un título. No significa nada. —Siempre has sido una compañera de habitación fantástica, Jacqueline, pero de verdad que deberías haberme… —dijo Louise. Jaqe la interrumpió levantando la mano como un guardia de tráfico. —Nada de Jacqueline —dijo—. Jaqe. No lo olvides. Louise se echó a reír y la abrazó de nuevo. —¡Vaya! Cuando sales del armario, sales del todo. Antes de que Jaqe pudiera contestar, la banda empezó a tocar una estridente fanfarria ligeramente desafinada. Un instante más tarde, por los altavoces se oyó un pitido de acoplamiento junto con una voz masculina. —¡Atención, por favor! —dijo. Cuando Jaqe se giró hacia la parte delantera del recinto, vio un grupo de hombres con diversos disfraces, todos ellos con una careta de rana en la cara. El que hablaba por el micrófono iba disfrazado de pájaro: un traje de una pieza totalmente cubierto de plumas de poliéster. Desde el interior de su careta de rana anunció que había llegado el gran momento, cuando el comité elegiría a la Reina Rana para que fuera ella quien oficialmente hiciera entrega del trofeo a la universidad. El comité, continuó, había estudiado a todas las hermosas mujeres con sus preciosos disfraces y había elegido a aquella “cuyo radiante disfraz ilumina nuestro glorioso Castillo de la Rana”. Tres hombres se adentraron por entre la multitud. Al verles acercarse, Jaqe miró a su alrededor en busca de alguna mujer con un bikini llamativo o un traje transparente. Y cuando se acercaron todavía más, miró sorprendida a Laurie, y luego a Madre Noche. Cuando le cogieron las manos, se soltó atónita. —Quieren que los acompañes —dijo Madre Noche. Jaqe miró a sus amigas. Laurie levantó la chistera a modo de saludo y la besó en la mejilla. Louise blandió la espada. —Pero esto no es nada, ni siquiera es un disfraz… —dijo Jaqe. Sin embargo, cuando miró el laberinto índigo, le pareció que brillaba allí donde el dedo de Laurie le había rozado la piel. Y cuando movió los brazos, las cintas se movieron fluidamente, como haces de luz. Avanzó entre aplausos y silbidos para situarse en el estrado, delante de la rana de madera y cartón piedra y ojos de cristal, que tenía la insignia de la universidad pintada en su pecho abombado. El hombre que estaba a su lado, con esmoquin negro y una careta de rana de cartulina en la cara, le alargó la mano. Jaqe se la estrechó. Y hasta que no empezó a hablar no se dio cuenta de que se trataba de Samuel Benson, el director de la universidad. Jaqe prestó poca atención a los discursos y los aplausos. Cuando le entregaron el trofeo, se lo pasó directamente al director, el cual se lo tuvo que devolver para que lo levantara para que todo el mundo lo pudiera ver. —Y ahora, la reina elegirá a su rey —anunció el hombre del disfraz de pájaro. La banda comenzó a tocar una canción lenta y pasada de moda. Los focos le dificultaban la visión, pero, a pesar de ello, supo exactamente hacia dónde dirigir sus brazos abiertos. Laurie salió de entre la muchedumbre: la Muerte emergiendo entre el gentío. Mientras Jaqe y Laurie daban vueltas por la pista de baile, los ruidos pasaron por su lado como sonidos que atraviesan un lago. Se oyeron algunos comentarios que decían que eso era ir demasiado lejos, algunas patadas y abucheos mezclados con aclamaciones aisladas del CCT, y, elevándose por encima de todo, una voz sorprendida que anunció, como si nadie más se hubiera percatado: “¡Oye, que es otra chica!”. Jaqe apoyó la cabeza en el hombro de Laurie. Sintió el dúctil peso de su propio cuerpo en la espiral de los brazos de Laurie. Un instante después, otras parejas empezaron incorporarse a la pista de baile. —Vamos a mi apartamento —susurró Laurie. Jaqe movió la cabeza afirmativamente, y entonces se acordó de todas las preguntas que quería hacerle a Madre Noche. Miró hacia atrás, hacia donde la había visto, pero solo divisó a Louise, que encabezaba una procesión de mujeres que se dirigían a felicitar a la pareja real. Jaqe agarró a Laurie por la mano y la arrastró a toda prisa hacia la puerta. “Por el amor de Dios, bueno, de la Diosa, ¿qué es lo que estás haciendo?”, se preguntó Jaqe una vez en la calle. Ella no era Louise; nunca se había considerado… gay, si es que esa era la palabra correcta. Acababa de descubrir cuál era su nombre, ¿no iría a descubrir más cosas sobre sí misma? Pero entonces miró a Laurie, que sonreía bajo su maquillaje con los rasgos de la Muerte igual que un niño pequeño el día de su cumpleaños, y su nerviosismo se apaciguó. El apartamento de Laurie resultó ser el lugar más desordenado que Jaqe había visto en toda su vida. Encima de pilas de libros había platos y vasos, e incluso sartenes. Papeles, arrugados y lisos, cubrían el suelo, incluso el del cuarto de baño. Vaqueros, camisetas con y sin mangas y ropa interior ocultaban la cama, las sillas y el escritorio. Jaqe se acordó del caos que reinaba en la mitad del cuarto que compartía en la residencia con Louise y se preguntó si el ser gay te hace descuidado. Cuando Jaqe se echó a reír, Laurie se sonrojó (Jaque lo notó a través del maquillaje) y empezó a amontonar las cosas, como si intentara despejar una zona donde pudieran estar las dos. —Siento el desorden —se excusó—. No suele estar tan mal. Volvió a sonrojarse, como si se diera cuenta de lo burda que era la mentira. Cuando empezó a retirar cosas de la cama, Jaqe vio que las sábanas estaban recién lavadas. Sonrió, y Laurie, que justo entonces estaba mirando, volvió a sentirse terriblemente incómoda. —No pasa nada —le dijo Jaqe, y le tendió las manos. Sintió un escalofrío cuando Laurie se las cogió. “No pasa nada”, se dijo, a pesar de lo cual continuó repitiéndose que era una locura, que ella no pintaba nada allí. —Jaqe —dijo Laurie, y, al oír el sonido de su nombre, Jaqe se sintió inundada por un sentimiento de felicidad. Apretó las manos de Laurie como si quisiera evitar que se fuera flotando a través del techo. Y se rió al caer en la cuenta de que Laurie la había llamado. —¿Qué? —respondió. —¿Qué? —repitió Laurie, y un momento más tarde las dos se estaban riendo. —Has dicho mi nombre —le recordó Jaqe. “Mi nombre”, pensó. —Es que me gusta cómo suena. —Y a mí. Laurie. Ese también me gusta. Jaqe se preguntó qué es lo que pensaría cualquiera que las viera. Dos mujeres de pie, cogidas de las manos en mitad de una habitación desordenada, diciendo cada una el nombre de la otra. Para su sorpresa (después de todo, Laurie era la jefa del CCT), fue ella quien tiró de Laurie hacia sí y quien alzó el rostro para que Laurie la besara. “El beso de la muerte”, pensó, y a punto estuvo de echarse a reír de nuevo, pero se contuvo. “No me estoy muriendo —pensó—, sino disolviendo.” El roce de los pechos de Laurie contra los suyos (incluso a través de las camisetas), la suavidad del rostro de Laurie, la presión de sus brazos, de sus labios… La Muerte le besó la parte de delante del hombro; la pequeña depresión entre el hombro y el pecho; y el pecho, por la parte de arriba, por los lados e incluso por la parte de abajo, antes de volver a subir rodeando los pezones, para terminar en los propios pezones. —¡Dios mío! —exclamó Jaqe—. ¡Oh, Dios mío! —Diosa —masculló Laurie, y las dos se rieron y se abrazaron. Mientras ella y Laurie se estaban desnudando, a Jaqe le pareció, durante un breve instante, ver a Madre Noche en la puerta, todavía bebiendo de su vaso de ponche. —¿Qué sucede? —preguntó Laurie—. ¿Qué pasa? Jaqe movió la cabeza negativamente. —Nada. —Y luego añadió—: Di mi nombre, por favor. —Jaqe. Jaqe, Jaqe, Jaqe. Jaqe apoyó la cabeza en el hombro de Laurie y la abrazó. Entonces Laurie la besó, y la mano que estaba apoyada en la parte superior de la espalda de Jaqe descendió por su columna hasta situarse más abajo, entre las piernas de Jaqe, donde se las arregló para levantarla del abarrotado suelo y llevarla hasta los campos estivales de la cama.
Ya avanzada la noche, Jaqe se despertó y contempló feliz el rostro de Laurie, apenas visible a la luz de las farolas que llegaba por entre las ramas del árbol que había al otro lado de la ventana del dormitorio. Tan suavemente como pudo, dejó que uno de sus dedos acariciara la mejilla de Laurie, que dormía con la boca abierta; y jugó durante unos instantes a ver hasta dónde podía meter el dedo sin llegar a tocar la lengua ni despertar a Laurie. Se volvió a tumbar sobre la almohada, completamente despierta. Finalmente se levantó y se vistió, tomando prestado el esmoquin y las sandalias de Laurie, y se marchó, llevándose las llaves de Laurie. Se encaminó de nuevo hacia el campus, preguntándose si todavía habría algo de animación en el gimnasio, si habría otras personas vagando por la zona, rebosantes de alegría en mitad de la noche. Pero el gimnasio estaba a oscuras, y la única persona que vio fue un guardia de seguridad. El suelo estaba cubierto de vasos, colillas y máscaras de rana de cartulina. Cuando estaba a punto de darse media vuelta, oyó un ruido apagado que venía de su izquierda. Cuando se dirigió hacia allí, observó una luz roja cerca del extremo del campus. Se acercó justo lo suficiente para ver un coche de la policía, una ambulancia y unas cuantas personas que estaban de pie junto a la puerta abierta de una gran residencia privada. Una mujer apareció en el umbral. Iba vestida con chaqueta y pantalones de sanitario. Llevaba el pelo pelirrojo corto y de punta. En los brazos transportaba a un hombre con un pijama de seda azul y una máscara de rana. Jaqe se giró y se encaminó de vuelta al apartamento de Laurie. Al día siguiente, en clase de arte, alguien le contó que el Sr. Benson había muerto esa noche de un infarto.
Dos Serpientes y pasteles
En esa época, en el país situado sobre la tortuga, la gente no sabía qué pensar de las mujeres que se acostaban con otras mujeres. Las generaciones anteriores sí que habían sabido exactamente qué pensar: que era algo física, moral y espiritualmente repugnante. En la época de Jaqe había mucha gente que seguía manteniendo la opinión tradicional; sin embargo, otros insistían en que era una práctica que no hacía daño a nadie, y también los había que consideraban que se trataba de un planteamiento más elevado de la vida, e incluso que era el que se ajustaba a los mandatos de Dios, al que representaban como una mujer con un hacha montada sobre un caballo blanco. Al no tener muy claro qué pensar, había quien tampoco tenía muy claro qué decir. La primera vez que Jaqe acompañó a Laurie y a Louise a una reunión de la UEL, varias mujeres debatieron sobre cómo se debían llamar a sí mismas e insistieron en que “mujeres que aman a otras mujeres” era un término más apropiado que la nacionalidad de una pequeña isla a miles de kilómetros. Aunque Jaqe simpatizaba con cualquiera que quisiera averiguar cuál era su verdadero nombre, la discusión le resultó tediosa, salvo cuando Louise sugirió que todas las mujeres que amaban a otras mujeres se fueran a la islita e, invocando el derecho de retorno, solicitaran la ciudadanía. Jaqe se preguntó si ella realmente se podía considerar una mujer que amaba a otras mujeres. ¿Qué haría?, ¿qué es lo que buscaría si el universo diera un vuelco y Laurie desapareciera? Había encontrado su nombre, el deseo y el amor todo al mismo tiempo, así que cuando Louise había hablado de salir del armario, Jaqe supo que ella nunca había estado dentro. En una ocasión, intentó explicarle a Louise que ella no había existido de verdad hasta la noche del baile de la rana, pero Louise no pareció entenderla. —Lo que pasaba es que estabas reprimida —le dijo a Jaqe—. El patriarcado te enterró tan profundamente en el armario que tú ni siquiera veías la puerta. A veces, Jaqe miraba a las mujeres que pasaban por la calle, para ver si las deseaba. Y, a veces, se descubría rebosante de amor, o simplemente fascinada, igual que un investigador de la femineidad, por los pechos, las caderas y el cabello. Pero ¿deseo? Ninguna de ellas era Laurie, ¿así que cómo podían excitarla?
Laurie había sabido que le atraían las mujeres desde que estaba en el instituto, cuando ella y una chica llamada Carol Hamet habían faltado a las clases de la tarde para dedicarse a imitar las poses de las fotografías guarras que el padre de Carol tenía escondidas en el desván de su casa. Carol tan solo había querido representar “cuadros vivientes”; Laurie, por el contrario, había querido improvisar y experimentar, hasta que finalmente Carol le había dijo que estaba “mal de la cabeza” y la había echado. Durante varios días, Laurie intentó hablar con Carol en el instituto y la telefoneó por las noches, sin conseguir respuesta alguna. A finales de esa semana, Carol anunció a sus amigos en la cafetería que ella y un chico llamado Bryan Forbes estaban saliendo juntos. Con un enorme esfuerzo de voluntad, Laurie consiguió terminar de comer sin llorar ni mirar cómo Carol besaba a Bryan y le pasaba la mano por la espalda. Dos días más tarde, Laurie abrió la taquilla de Carol en el instituto (se habían intercambiado las combinaciones) y dejó una rosa rosa y una nota. “Tú has encontrado la normalidad, pero yo he encontrado la misión de mi vida”, decía la nota. Y se aseguró de cambiar la combinación de su propio candado antes de que Carol tuviera ocasión de responder. En el instituto, Laurie perseveró en su vocación con una rebeldía ambigua. Llevaba el pelo corto, vaqueros y cazadora de cuero; pero había otras muchas chicas que también lo hacían. En una ocasión, una de sus compañeras de clase se la llevó aparte, le advirtió de que por su aspecto “casi parecía lesbiana” y le dijo que quizás le conviniera maquillarse un poco o algo por el estilo. “A lo mejor es lo que quiero parecer”, fue todo lo que Laurie fue capaz de decir, una respuesta ambigua que la exasperaba cada vez que pensaba en ella. Llevaba un anillo en el dedo meñique, un símbolo de pertenencia a la tribu, pero solo para los miembros de la misma o para los que habían leído los mismos libros que ella. Durante el último curso, algunos jueves se ponía un pañuelo verde, lo que en el instituto era una declaración más abierta; pero durante las clases acostumbraba a dejarlo en la taquilla. Todo eso cambió unos meses antes de que terminara el instituto, con la llegada al mismo de una chica llamada Anne Lewison. Anne no se parecía a nadie que Laurie hubiera conocido anteriormente: faldas negras, largas y rectas; blazer negro; el pelo peinado hacia atrás y recogido con un broche con filigranas; maquillaje pálido y lápiz de labios rojo, y las cejas depiladas hasta quedar convertidas en un fino arco. El padre de Anne era un violinista que había sido contratado recientemente por la orquesta local. La propia Anne tocaba el violonchelo, aunque se negó a unirse a la orquesta escolar, a pesar de un discurso del director del instituto censurando a “aquellos que, habiendo recibido talentos de Dios, se aíslan en una lamentable arrogancia”. Anne estuvo sentada sin moverse durante todo el sermón, con una leve sonrisa y un solitario dedo extendido sobre su mejilla izquierda. Sentada a media fila de distancia, Laurie fue incapaz de apartar los ojos de ella. A Laurie no se le había pasado por la cabeza que Anne Lewison se hubiera podido fijar en ella, o que Anne (que se maquillaba y llevaba faldas) pudiera ser una mujer que amara a otras mujeres. Un viernes por la tarde, cuando estaba en el exterior del gimnasio entre clase y clase, Laurie vio acercarse a Anne. Se concentró tanto en no mirarla, que casi no se dio cuenta de que la tenía de pie frente a ella. —Eres Lauren Cohen —dijo Anne. Laurie movió la cabeza afirmativamente, y Anne continuó—: Hay un bar de mujeres al otro lado del río. Hay baile todos los viernes por la noche. ¿Te gustaría acompañarme? Laurie se dio cuenta de que estaba temblando Y tuvo miedo de que le castañetearan los dientes. —No tengo coche —respondió. —Yo sí —dijo Anne sonriendo. Durante el resto de ese año, Anne instruyó a Laurie en la teoría y práctica de la misión de su vida. Cuando, tras terminar el instituto, Laurie se fue a una universidad de la Costa Este y Anne a una escuela pública experimental en el oeste, se prometieron enviarse copias de sus diarios y anhelar la llegada de los periodos de vacaciones “durante los cuales podremos satisfacer el deseo de nuestros solitarios cuerpos”, tal como Anne escribió en la portada de un libro de poesía femenina que le regaló a Laurie el día de San Valentín. A pesar de las promesas de Anne, Laurie estaba aterrorizada el día que la acompañó al aeropuerto. Anne conocería a alguna poeta o escultora y se olvidaría de su existencia. O todavía peor, cuando yaciera entre los brazos de su escultora bromearía sobre la chica provinciana que había dejado atrás. Al final fue Laurie quien primero dejó de escribir, diciéndose que con las clases no le quedaba tiempo para nada, pero sabiendo que si escribía tendría que omitir lo verdaderamente importante: las mujeres en los cafés y en los pequeños teatros, los músculos de una cierta mujer en una bolera, el aspecto de otra con su camiseta sin mangas mientras levantaba una pancarta en una marcha de mujeres contra la violencia… Justo antes de las vacaciones de primavera de su primer año, Anne le escribió para decirle que se iba a quedar en la escuela para ensayar con un cuarteto de cuerda. Esa noche, Laurie acudió a un maratón de lectura de las obras de una novelista lesbiana que iba a durar toda la noche. Durante el descanso tras la lectura de un libro sobre las pioneras, Laurie se marchó con una inglesa cuya piel describiría más adelante como “legendaria”. Con gran diligencia, ella misma empezó a crear su propia leyenda. Junto con un grupito de mujeres, organizó con éxito teatrales protestas contra el heterosexismo y la negativa de la universidad a permitir que hubiera una asociación de estudiantes lesbianas. Ligaba con mujeres en los bares y las llevaba a conferencias sobre historia de la literatura. Mandaba rosas a las profesoras. Y sedujo a una ristra de estudiantes, muchas de las cuales le habían confesado que era posible que fueran lesbianas y le habían pedido consejo. No obstante, durante su último curso, Laurie empezó a temer la llegada de su graduación tanto como la anhelaba. “Lauren Cohen” se había convertido en un espectáculo, con una estrella aburrida y sin números nuevos. Cuando la Fiebre de la Rana se apoderó de la universidad, Laurie no hizo plan alguno para ir al baile, hasta que la UEL le rogó que fuera, alegando que necesitaban a su líder para ayudarles a recordar a aquellos que las veían con malos ojos que no iban a conseguir volver a arrinconar a las mujeres que aman a otras mujeres. Durante varios días, Laurie intentó pensar en un disfraz, hasta que por fin, la tarde antes del baile, vio algo blanco y fino en el césped que había junto a la biblioteca. Cuando lo recogió, tardó un instante en darse cuenta de que se trataba de un hueso descolorido de la garra de un pájaro. Cuando Laurie y Jaqe llevaban un mes juntas, un par de mujeres acusaron a Laurie durante una reunión de la UEL de descuidar sus obligaciones. “Estás pensando con el coño”, le espetó una de ellas, y la otra añadió que era un milagro que no se quedara todo el día en casa horneando galletas. Laurie las mandó a la mierda y dimitió de su cargo como presidenta. Esa noche, en la cama, Jaqe le preguntó: —¿Te estoy perjudicando? —Laurie intentó besarla, pero Jaqe se dio media vuelta—. Tengo que saberlo. No quiero perjudicarte nunca. Laurie se sentó. Con la mano izquierda sobre el corazón y el brazo derecho extendido, declaró: —Me has salvado la vida. —No te lo tomes a broma. Tú tenías una vida estupenda. Eres importante. Louise prácticamente te idolatra; o te idolatraba, hasta que llegué yo y te robé. Laurie la besó en el hombro. —Estaba muerta. Jaqe se apartó de ella. —No digas eso, ni siquiera en broma. —Lo digo en serio —repuso Laurie, pero estaba sonriendo—. Aunque fuera demasiado estúpida para quedarme tumbada, como la momia de una de esas películas viejas de miedo en blanco y negro. Tú me has revivido. Tú y Madre Noche. Jaqe se incorporó y comenzó a vestirse. —¿Qué estás haciendo? —le preguntó Laurie. —Te he dicho que no dijeras eso. Cuando Laurie intentó agarrarle el brazo, se soltó de un tirón. Ya se estaba poniendo los pantalones cortos cuando Laurie le dijo: —Lo siento. No volveré a hacerlo, lo prometo. ¿Quieres que prepare unas galletas? Jaqe se sentó en el borde de la cama. —No sabes. —Podría aprender. Podría hacer unas galletas especiales: las galletas de la Diosa. Con forma de mujer embarazada. Jaqe dejó que Laurie le bajara la cremallera de los pantalones. —Solo quería estar segura de que te convengo. Laurie le besó el ombligo, y luego deslizó el rostro hacia abajo para frotarlo contra su vello púbico. —Has hecho por mí algo que nunca nadie había conseguido: has hecho que limpie el apartamento —le dijo. Jaqe se rió y terminó de desnudarse. El apartamento de Laurie estaba en un edificio que en el pasado había tenido su momento de esplendor, situado en un barrio humilde al pie del cerro donde estaba la universidad. Tenía tres habitaciones (contando la pequeña cocina) y muy pocos muebles: un colchón de espuma en una cama fabricada a partir de una puerta, un escritorio inestable que la propia Laurie había montado, un par de sillas que ella y un amigo habían encontrado en la calle. En la puerta de al lado vivía una mujer, su hijita que siempre tenía la cara manchada de chocolate y mermelada y, a veces, el novio de la mujer, que llegaba avanzada la noche y ponía la música bien alta hasta el amanecer. Algunas de esas noches, Laurie aporreaba las paredes hasta que la escayola caía y formaba pequeños montoncitos sobre la alfombra que había comprado en una tienda del Ejército de Salvación. Otras ponía su propia música o cantaba bien fuerte. Jaqe consiguió que Laurie pintara las paredes, tirara la alfombra, apilara los libros y papeles en el escritorio y contra las paredes, y comprara sábanas nuevas, cuando en las viejas aparecieron manchas dejadas por antiguas amantes. Juntas rasparon la grasa de la cocina. Para celebrar su primer mes juntas, Jaqe le regaló a Laurie unas cortinas para la cocina. Y, para sorpresa de Jaqe, Laurie le regaló un par de plantas, altas y frondosas como pequeños árboles, para colocarlas a ambos lados de la ventana del salón, a modo de guardianes contra el mundo que había más allá de los cristales recientemente limpiados.
Jaqe les comunicó a sus padres su nuevo nombre antes de hablarles de Laurie. —¿Jake? —dijo su madre por teléfono—. Es un nombre de chico. Mira, Jacqueline… —Jaqe —la corrigió su hija. La discusión duró cinco minutos, durante los cuales Jaqe corrigió a su madre y luego a su padre un total de ocho veces. —La gente va a pensar que eres lesbiana —dijo su padre. —No es un nombre de hombre —repuso Jaqe—. Es mi nombre, y yo soy una mujer. Jaqe sabía que les iba a tener que hablar pronto de su nueva vida. Se acercaba el verano y sus padres contaban con que fuera a casa. Esperaban que consiguiera un trabajo durante el verano, que se tumbara a la orilla del lago los fines de semana, que arrancara las malas hierbas en el jardín y que hablara de chicos. Y Laurie se iba a graduar, y ya había sido admitida en un programa de posgrado sobre estudios de la mujer en una universidad a cientos de kilómetros. Jaqe se había enterado de este último problema por casualidad, ya que Laurie no se lo había mencionado y tan solo le había dicho que “no estaba segura” de lo que iba a hacer cuando se graduara. —¿No deberíamos hacer algún tipo de planes? —decía Jaqe, pero Laurie se limitaba a besarla y a prometerle que ya lo hablarían. Una tarde, cuando Laurie estaba en clase, Jaqe encontró la carta de admisión en el curso de posgrado tirada en el suelo junto al escritorio de Laurie. Hasta ese momento, Jaqe había pensado que nunca iban a discutir, que nada de lo que Laurie pudiera hacer podría irritarla. —¿Y qué se supone que voy a hacer yo mientras tú estés en los seminarios? —gritó. —No sé qué es lo que voy a hacer —dijo Laurie. —¿Qué es eso de que no lo sabes? ¿Qué es lo que le has dicho a la universidad? ¿Les has escrito confirmando que vas a ir? Laurie encogió sus hermosos hombros, anchos y delicados al mismo tiempo. Su holgada blusa de rayón ondeó alrededor de su cuerpo. —Bueno, sí; pero no es definitivo. Puedo escribirles y decirles que he cambiado de opinión. —No quiero que cambies de opinión. Si quieres estudiar a las mujeres, adelante. Laurie sonrió. —Podría limitarme a estudiarte a ti. Jaqe respiraba con dificultad. Tenía la sensación de que se iba a morir si continuaba enfadada un instante más. Solo miró a Laurie, pero su rostro debió traslucir algo más porque a Laurie se le borró la sonrisa y parecía asustada cuando abrió los brazos para que Jaqe se refugiara en ellos. Jaqe sabía que se lo tenía que contar a sus padres antes del verano, antes de la graduación de Laurie. —¿Qué voy a hacer? —le preguntó a Louise una noche—. Ni siquiera son capaces de aceptar mi nombre. Louise se recostó en el asiento y cruzó los brazos. —Ahora ya sabes lo que es —dijo. Tres semanas antes de los exámenes, Jaqe llamó a sus padres para decirles que iba a aprovechar un fin de semana largo para ir a casa. —Para descansar antes del último esfuerzo —dijo animadamente, y luego añadió—: Y me gustaría llevar a alguien conmigo. —¿Un chico? —le preguntó su madre. —No, una chica… una mujer. Cuando Jaqe y Laurie llegaron a la estación de trenes el jueves a última hora de la tarde, la madre de Jaqe abrazó a su hija durante unos instantes mientras su padre estrechaba la mano de Laurie. Una vez en el coche, su madre no dejó de hablar durante todo el camino hasta su casa, contándole a Jaqe los escándalos del barrio, los problemas en el trabajo y los embarazos en la familia. En casa, continuó con su informe mientras preparaba queso y pan y llenaba la cafetera. Finalmente hizo una pausa cuando ya habían terminado de comer. —Bien —dijo tras un instante—, supongo que estaréis cansadas. Vamos, Laurie, te enseñaré tu habitación. —Dormirá en la mía —intervino Jaqe. Los otros tres la miraron, con Laurie tan sorprendida como los padres de Jaqe. En el tren, Jaqe le había pedido que no montara un número por lo de las habitaciones. El dormitorio libre estaba arriba, junto al de ella, le explicó Jaqe, y Laurie podía pasarse a la habitación contigua una vez los padres de Jaqe se hubieran ido a dormir. “Más vale que no se nos olvide revolver las sábanas del cuarto de invitados”, había dicho Laurie. —No lo entiendo —había dicho la Sra. Lang—. Hay habitaciones de sobra. De verdad que no es ninguna molestia. Ya he puesto sábanas limpias en la cama. —No es eso lo que quiere decir —intervino el Sr. Lang. Dio un paso hacia Laurie, que cruzó los brazos y apoyó el peso de su cuerpo en un pie—. ¿Quién coño te crees que eres? —le preguntó. —La novia de su hija —contestó Laurie. —¡Por el amor de Dios! —exclamó el Sr. Lang. —Por favor, Allan —intervino la Sra. Lang—. ¿Es que tenemos que pelearnos? —Sabes lo que está diciendo, ¿verdad? —¿No podemos hablarlo por la mañana? —¡Por la mañana será demasiado tarde! —exclamó Laurie—. Ya es demasiado tarde. —Quiero que te largues de aquí —le dijo el Sr. Lang. —Si ella se va, yo me voy con ella —amenazó Jaqe. Aunque estaba horrorizada, sintió ganas de reír al oírse decir esas palabras. —Eso es ridículo —dijo la Sra. Lang, y luego le preguntó a su marido—: ¿Dónde quieres que vayan?, ¿a un motel? —Se volvió hacia Laurie—. ¿Seguro que no quieres dormir en el cuarto de invitados? Es de lo más acogedor… El rostro le temblaba por el esfuerzo de contener las lágrimas. Jaqe casi se esperaba que dijera “Porfa…”. Laurie miró a Jaqe, que clavó la vista en la alfombra. —Por supuesto, —le dijo a la madre de Jaqe—, encantada. Al día siguiente, mientras el padre de Jaqe estaba trabajando, la madre de Jaqe las llevó a dos supermercados, a una tienda de venta de cerveza y refrescos al por mayor, a tres centros comerciales, a comer a una cafetería y a tomar un refrigerio a media tarde en una heladería de una cadena. Y en cuanto llegaron a casa dijo: —¡Mirad qué hora es! Tu padre está a punto de llegar a casa y ni siquiera hemos empezado a preparar la cena. —¡Menuda sorpresa! —le susurró Laurie a Jaqe. Durante la cena, los padres de Jaqe las bombardearon con preguntas sobre cómo era su vida de universitarias, con más chismes sobre los vecinos y con historias relacionadas con la política local y los indignantes planes para construir una planta procesadora de basura a menos de un kilómetro de la urbanización de los Lang. Laurie mostró un gran interés por todo lo que contaron los padres de Jaqe: les hizo preguntas, se mostró comprensiva con los problemas familiares y manifestó su sorpresa e indignación ante la corrupción del ayuntamiento. Después de la cena, la madre de Jaqe les prometió que habría helado si todos se reunían en el salón familiar para mirar la televisión. —Me voy a dar una vuelta —dijo Jaqe. Cuando Laurie la siguió camino de la puerta, Jaqe le susurró que quería estar unos minutos a solas. —¿Y yo tengo que quedarme y mirar la tele con tus padres? —le preguntó Laurie. Jaqe le sugirió que se fuera al piso de arriba. —Di que tienes que estudiar. Y es cierto, ¿no? Una vez fuera, Jaqe se dijo que debía pensar, tomar alguna decisión, aunque no estaba segura de sobre qué. En lugar de eso, se limitó a pasear subiendo y bajando por las suaves pendientes del barrio, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos de la cazadora de golf de su padre. En el camino de vuelta, se encontró una piedra. Era plana, con forma elíptica y tenía ambas caras atravesadas por líneas. Jaqe la observó con los ojos entrecerrados. Si miraba las líneas de una determinada manera, estas formaban figuras. En una de las caras, una especie de árbol con el tronco central ondulado, ramas como brazos brotando de ambos lados y una maraña de rayas en la parte inferior a modo de raíces apelotonadas. Las propias raíces parecían formar una imagen, aunque Jaqe no fue capaz de decidir a qué le recordaba. En la parte superior, una forma ovalada le hizo pensar en un huevo colocado en las ramas más altas. La otra cara de la piedra estaba incluso más clara. Una columna blanca vertical en el centro con una línea debajo parecía un barquero fantasmal de pie en un bote. El barquero incluso tenía una pértiga: una línea diagonal que iba de una esquina a otra de la piedra. Jaqe se echó la piedra a los vaqueros y se encaminó hacia su casa. Se despertó en mitad de la noche. Laurie y ella estaban durmiendo en el cuarto de invitados. “Después de todo —había dicho Laurie de buen humor—, yo he prometido no dormir en tu habitación; pero tú no prometiste no dormir en la mía.” Jaqe estuvo varios minutos tumbada pensando que no iba a tener problemas para volver a conciliar el sueño, pero no consiguió sentirse cómoda. Y cada vez que se giraba para cambiar de posición, Laurie gemía y tiraba de la manta. Al cabo de un rato, se deslizó con cuidado fuera de la cama y se acercó a la ventana. ¿Qué les había pasado a las luces? Las ventanas del cuarto de invitados daban a una zona de casas que se extendía cuesta abajo, lo que permitía vislumbrar las casas de medio barrio. No había ventanas con luces encendidas. Desde que era pequeña, cuando a veces se despertaba en mitad de una pesadilla y se acercaba a mirar por la ventana, sabía que siempre había alguien despierto, en un sitio u otro. Y cuando miró hacia la izquierda, hacia la calle, todas las farolas estaban apagadas. “Un corte de electricidad”, pensó, y encendió la lámpara del escritorio, para inmediatamente apagarla cuando la luz le dio en los ojos. Laurie volvió a gemir pero no llegó a despertarse. Jaqe se puso a toda velocidad los vaqueros, la sudadera de Laurie y unas sandalias. Una vez abajo, abrió la puerta con todo el cuidado del mundo, temiendo que su madre, que siempre había tenido el sueño ligero, se despertara y bajara a investigar. Cuando salió a la calle, se medio esperaba encontrarla vacía; pero no, había unas mujeres, un buen grupo de mujeres (cinco, siete, nueve), nueve mujeres que se entrecruzaban en algo parecido a una danza. Jaqe intentó esconderse detrás del roble que había en el jardín delantero. Unas cuantas casas más abajo, junto a la casa de Terry Santorini, las mujeres se movían más o menos en círculo en mitad de la calle, haciendo un extraño ruido y sacudiendo las manos. No, eran sonajeros, estaban sacudiendo unos sonajeros, sonajeros de bebé; Jaqe alcanzó a vislumbrar las cabezas de payaso de plástico. Intentó distinguir los rostros de las mujeres, para ver si reconocía a alguna de ellas, pero estaban demasiado lejos. Había una que se parecía un poco a la Sra. Bennet, que vivía al otro lado de la calle, y otra que se parecía a Jackie Lee, la que solía organizar todas esas reuniones para vender productos Tupperware. A lo mejor había sido ella quien les había proporcionado los sonajeros, se le ocurrió a Jaqe, que tuvo que reprimir una carcajada. Le hubiera gustado poderse acercarse, pero no se atrevía, no fueran a verla y a salir corriendo. Jaqe vio que las mujeres iban de punta en blanco, como auténticas damas vestidas para bajar a la capital. Llevaban faldas rectas o plisadas, algunas con americanas cortas y otras con blusas con volantes. Todas llevaban bolsos negros y brillantes, con cierres metálicos. Y, aunque resultaba difícil estar segura sin la luz de las farolas, a Jaqe le pareció que llevaban guantes, guantes blancos que se adentraban en sus mangas. En la calle estaba pasando algo. La alcantarilla se estaba desbordando, pero ¿cómo podía ser si no había llovido? No, lo que estaba saliendo por la reja no era agua, ¡eran serpientes! Montones de serpientes se arrastraban hasta la calle desde la alcantarilla, atraídas por el sonido de los sonajeros. Jaqe se tuvo que tapar la boca con la mano para no gritar. Un instante más tarde sintió ganas de reír. Se acordó de cómo se había quejado su padre unos años atrás por unos impuestos especiales, y de su posterior orgullo cívico cuando el condado había reemplazado las viejas fosas sépticas con el nuevo sistema de alcantarillado. Casi se sintió tentada de correr hasta la casa y arrastrar a su padre hasta la calle. No había tantas serpientes como le había parecido en un primer momento. ¿Una docena?, ¿veinte? Como se movían juntas, resultaba difícil saberlo. “Las serpientes son muy gregarias”, pensó, y tuvo que luchar para no soltar una carcajada. Notó una sensación de vértigo: el miedo o la excitación. Las serpientes ya estaban todas en el centro de la calle, rodeadas por las mujeres. Estas se movieron hacia un lado deslizando los pies y sacando el trasero hacia fuera (y Jaqe se preguntó si llevarían faja). Cuando todas las serpientes estuvieron agrupadas, las mujeres interrumpieron el traqueteo. Se quedaron inmóviles durante un instante, con tan solo un ligero balanceo de caderas y hombros. Y entonces abrieron los bolsos y sacaron… ¿figuras de cartón? No, eran pasteles. Pequeños pasteles con forma de persona, con los brazos y piernas extendidos, igual que los dibujos de las galletas de mazapán del cuento infantil de la bruja y su horno gigante. Las serpientes atraparon los pasteles con la boca y se dirigieron de vuelta a la alcantarilla. Jaqe se preguntó qué es lo que harían con ellos. ¿Los desmigajarían con los colmillos o se los tragarían de golpe? Una vez que todas las serpientes se hubieron marchado, dos de las mujeres sacaron unos trozos de tiza y empezaron a dibujar en la calzada igual que las niñas cuando pintan una cuadrícula para jugar a la rayuela: una línea a lo largo del centro de la calle y muchas líneas cortas transversales. Cuando las dos mujeres terminaron, otras dos esparcieron algo por el suelo alrededor del círculo más externo. “Guijarros —pensó Jaqe—, o a lo mejor sal de roca.” Antes de que pudieran hacer nada más, se oyó un ruido procedente del final de la manzana, y las luces de un coche de la policía doblaron la esquina de Mapleleaf Drive. Las mujeres se miraron las unas a las otras, visiblemente sorprendidas. Jaqe se percató de que algo había salido mal. Nadie tenía que haberlas molestado. Por eso se habían apagado todas las luces. Pero ya era demasiado tarde para arreglarlo. Antes de que las luces del coche patrulla las alcanzaran, echaron a correr atravesando el césped de la casa de Terry Santorini y subiendo luego por Ashgrove Road. Jaqe estaba tan ocupada mirándolas, que no se percató de que el coche patrulla estaba frenando a su espalda. Y solo cuando el coche se detuvo, cayó en la cuenta de lo raro que tenía que resultar verla allí, agachada detrás de un árbol en mitad de la noche. Se apresuró a entrar en la casa y cerró la puerta. Se quedó inmóvil con el corazón latiéndole desbocado, temiendo que los policías se acercaran y llamaran a la puerta. Por fin los oyó alejarse. Una vez arriba, Jaqe tocó el hombro de Laurie y susurró su nombre. —Despierta —le dijo. —¿Eres tú, mi amor? Yo también te quiero —murmuró Laurie, y se dio media vuelta. Jaqe volvió a alargar la mano, dudó y luego la dejó caer. Se dio cuenta de que no se lo quería contar a Laurie, aunque no estaba segura de por qué. Es posible que pensara que Laurie no iba a creerla. O que se lo quisiera guardar para sí misma. O que tuviera que guardarlo en secreto. Cruzó el pasillo y entró en su propia habitación, donde se sentó en la cama. Miró sus libros e hizo una mueca. Lo último que le apetecía hacer era estudiar. Cerca del pie de la cama estaba tirado un álbum de fotos, con fotos suyas de cuando era niña. Sonrió, acordándose de cómo Laurie se había reído y luego la había besado cuando llegaron a la fotografía de Jaqe vestida con un tutú, con los pies cruzados y los brazos por encima de la cabeza. Abrió el álbum y se vio a sí misma tumbada de costado en una cuna rosa, con un chupete metido en la boca y la mano en el trasero de una morsa blanca. “Quiero un hijo”, pensó Jaqe. Sorprendida, levantó la mirada hacia la ventana, como si alguien se hubiera colado en la habitación para hacer brotar esa idea extraña en su cabeza. Un hijo. La idea era ridícula. Ni siquiera había terminado el primer curso de la universidad. ¿Qué demonios iba a hacer con un hijo? ¿Sentárselo en las rodillas y hacerle el caballito en la clase de Literatura Francesa? ¿Y de dónde demonios iba a sacar un hijo? Las mujeres que aman a otras mujeres no se quedan embarazadas. “El método más seguro de control de la natalidad jamás inventado”, había señalado Louise en una ocasión. Es cierto que algunas tenían hijos, pero generalmente eran de antes del comienzo de su carrera como mujeres lesbianas. —Esto es ridículo —dijo en voz alta, y luego cerró el álbum de fotos. Cuando lo dejó, sintió unas tremendas ganas de llorar. Tenía la emotividad a flor de piel. Y esas extrañas mujeres tenían algo que ver con ello. Se incorporó de un salto y miró por la ventana. Luces. Las farolas volvían a funcionar, e incluso alcanzó a ver luces en una o dos casas situadas en puntos más altos de la colina. Más gente levantada tarde con ideas descabelladas. Jaqe regresó a la habitación de invitados, donde se desnudó y se deslizó dentro de la cama. Con cuidado, rodeó los hombros Laurie con el brazo y se apretó contra su espalda. “Te quiero —pensó—, te quiero muchísimo.” Aunque, justo antes de dormirse, la idea de antes le volvió a la cabeza acompañada por la estupefacción: “Un hijo. Un bebé”. Por la mañana, Jaqe salió sigilosamente a la calle antes del desayuno. Allí estaba, el dibujo que parecía hecho por algún niño. Se veía difuminado, como si llevara semanas allí en lugar de solo unas pocas horas. Durante un instante se preguntó si no lo habría visto algún otro día de esa semana y luego habría soñado el resto. Se agachó. Parecía un árbol, de alrededor de un metro de alto, con un tronco central atravesado por nueve ramas. En la parte superior, el tronco se ramificaba y hacía pensar en algo parecido a una cabeza o un rostro. De repente, Jaqe metió la mano en el bolsillo para buscar la piedra que había recogido en la calle el día anterior. No estaba segura, era posible que su imaginación se estuviera precipitando, pero el dibujo de la calle se parecía mucho al árbol que había visto en la piedra. Examinó de nuevo la piedra, la maraña de raíces de la parte inferior. Cuando volvió a mirar la calzada, se percató de que había debido de pasar un coche por encima de las raíces, puesto que casi no se distinguían. Se agachó para mirarlas más de cerca. Parecían círculos o una espiral. Y, hasta que no fue siguiendo con el dedo el dibujo, no reconoció la sinuosa ruta de un laberinto. Su mano se apartó de un brinco igual que una rana. “Madre Noche”, susurró. Para desayunar había tortitas, algo que la madre de Jaqe llevaba años sin hacer. Después del desayuno, el Sr. Lang le ofreció a Laurie las llaves del automóvil de su mujer y le sugirió un par de lugares de interés histórico que a lo mejor le podía apetecer visitar. —Es que nos gustaría hablar con nuestra hija —dijo el Sr. Lang. —Y no nos parece bien que te tengas que quedar dando vueltas a la manzana —añadió su esposa. —Vale, gracias —repuso Laurie, y, tras lanzar las llaves al aire, le preguntó a Jaqe—: ¿Y bien? —No me importa —dijo Jaqe—, si a ti no te importa. —En ese caso… Laurie se metió las llaves en el bolsillo y se dirigió a la puerta silbando Oh, Susana. —Por cierto —dijo la Sra. Lang—, ¿sabes utilizar una palanca de cambio? —Por el amor de Dios —le dijo su marido—, por supuesto que sabe qué hacer con una palanca. —Se sonrojó—. Lo quería decir es que si sabes… —No pasa nada —repuso Laurie. A mitad de camino de la puerta se giró y dijo—: Jaqe, te quiero. Saludó con la mano a los padres de Jaqe y salió por la puerta. Los que llevaron la voz cantante en la conversación fueron los padres de Jaqe, que le hablaron de actos contra natura; de cómo el papel del hombre y de la mujer se complementan a la perfección; del peligro para su estatus en la comunidad; de la posibilidad de recibir ayuda psiquiátrica y religiosa; de que la futura carrera de Jaqe corría peligro; de que sus perspectivas de matrimonio corrían peligro; de los peligros para su salud, incluidos el cáncer cervical y de pecho (y Jaqe se acordó de Louise en un debate estudiantil gritando: “El cáncer lo causan los penes”); de lo agradable que era Laurie y de cómo le deseaban lo mejor; de que Jaqe no le estaba haciendo ningún bien a Laurie; del patetismo de aquellos que no se pueden ayudar a sí mismos comparado con la esperanza de aquellos que sí pueden, y, finalmente, de diversos grandes villanos de la historia que eran hombres que amaban a otros hombres. Jaqe habló muy poco porque apenas se le ocurría nada que decir. Laurie, o Louise, les hubiera rebatido cada uno de sus puntos (o se hubiera marchado dando un portazo), pero Jaqe sabía que ninguna de esas calamidades tenía nada que ver con ella. Tan solo intervino un par de veces para explicar que Laurie y ella estaban tan seguras de su amor que no necesitaban la ayuda de un profesional, y que no se llamaba Jacqueline sino Jaqe. El resto del tiempo se sintió como si estuviera mirando desde el césped un tiovivo girando a toda velocidad. Y tan solo hubo un momento en que un caballo llegó a rozarla. —Sabes que siempre hemos querido tener nietos —dijo su madre, y cogió un pañuelo de papel limpio. Jaqe bajó la mirada hacia el suelo. —Creo que soy un poco demasiado joven —repuso. —Por supuesto, por supuesto —intervino su padre—. No queremos que te quedes embarazada ya mismo; pero si ahora adquieres malas costumbres… —Y dejó que su voz se apagara mientras la miraba amenazadoramente. Jaqe se obligó a mirarle. —¿Te refieres a que cuando llegue el momento no seré capaz de dejarlas? —A veces —dijo su madre—, empezamos algo, que puede parecer una aventura… —O una rebelión —intervino su padre. —O una rebelión —repitió su madre—. Y luego, cuando ya hemos cometido un error, ya es demasiado tarde. Es decir, nos parece que es demasiado tarde. En realidad nunca es demasiado tarde, pero nos sentimos… nos sentimos avergonzados. —U obstinados —añadió el padre de Jaqe. Jaqe agradeció volver a pisar tierra firme. —Laurie no es un error —replicó. Pero sus padres no la estaban escuchando, porque habían pasado a hablar de asuntos tales como la justificable ira social y lo difícil que era encontrar un hombre lo suficientemente generoso como para que olvidara el pasado. —Los hombres son solo seres humanos —le aseguró su padre. Laurie regresó con un puñado de flores arrancadas del jardín de la casa donde había pasado su infancia un famoso gobernador. —Para usted —le dijo con una pequeña reverencia a la Sra. Lang, la cual, tras mirar a su marido, cogió las flores nerviosamente, como si el ramillete pudiera hacer que le saliera un sarpullido. Una vez se hubo desprendido de las flores, Laurie se dirigió hacia Jaqe y le cogió las manos—. ¿Estás bien? Jaqe le sonrió. —Claro que estoy bien. Son mis padres. Al mirarle el rostro, Jaqe pudo leer los sentimientos de Laurie tan claramente como si esta los hubiera etiquetado: preocupación, rabia ante la posibilidad de que hubieran hecho daño a Jaqe, deseo de rescatarla como si fuera una princesa prisionera en una montaña de cristal, vergüenza por haber abandonado a la princesa con los malvados rey y reina, miedo de que los padres de Jaqe la hubieran podido volver en su contra, irritación y temor ante su propia impotencia si alguna día Jaqe decidía abandonarla… Jaqe deseó que Laurie y ella pudieran intercambiar sus corazones, de forma que cada uno de ellos latiera en el pecho de la otra: la prueba de que nada podría separarlas jamás. —Te quiero —dijo, y dio un paso adentrándose en el edén de los brazos de su amada.
Jaqe conoció a los padres de Laurie el fin de semana de la graduación, cuando el Sr. y la Sra. Cohen y la hermana pequeña de Laurie, Ellen, llegaron en su coche para la ceremonia. Jaqe estaba encantada por lo bien que habían congeniado todos, sobre todo después de la pelea que había tenido con sus propios padres cuando les había dicho por teléfono que no iba a ir a casa, al menos no hasta después de la graduación de Laurie. Todo resultó muy fácil. El padre de Laurie le estrechó la mano, la Sra. Cohen la besó en la mejilla y luego le limpió el lápiz de labios con un pañuelo de papel perfumado, y Ellen le dijo: “Eres mucho más guapa que la última”, comentario que hizo reír con ganas al Sr. Cohen y con el que se ganó una amonestación de la Sra. Cohen: “Ellen, no pongas en evidencia a tu hermana”. Después de la ceremonia, todos posaron del brazo para las fotografías, con Laurie y Jaqe en medio, Ellen delante cogiendo la mano de Laurie, la Sra. Cohen rodeando con el brazo la cintura de su hija y el Sr. Cohen pasándole a Jaqe un brazo por los hombros. La siguiente semana, cuando los padres de Laurie enviaron copias de las fotos, Jaqe puso la fotografía familiar en un marco de cristal encima de la nevera. Pasó mucho tiempo (un año y dos meses) antes de que comprendiera por qué la fotografía hizo enfurecer tanto a Laurie. —¿Qué coño está haciendo eso ahí? —le gritó Laurie. —Pensé que te gustaría —contestó Jaqe. —Pues te has equivocado. —Pero es que es tan mona… Laurie casi estaba temblando cuando señaló la fotografía. —¡Quita esa jodida foto! Y se marchó del cuarto hecha un basilisco. Más tarde, cuando Jaqe le preguntó por la fotografía, Laurie dijo: “Es que no me gusta que esté ahí, ¿vale?”. Sin embargo, ese soleado día de junio, Jaqe no sabía nada de la ambivalencia de Laurie hacia su familia. De hecho, se sintió aliviada al ver que resultaban ser tan agradables como Laurie le había dicho. Tras sus intentos por alcanzar la armonía con sus propios padres, había empezado a sentir pavor al pensar en el momento de conocer a los Cohen y había tomado el que estuvieran a varios cientos de kilómetros como una bendición que Dios le había otorgado en secreto. “Mis padres no son así. Espera a conocerlos”, decía Laurie continuamente. Y algunas socias del CCT lo corroboraban. “Los padres de Laurie son verdaderamente especiales", decían, y contaban cómo una vez que Laurie había llevado a cinco de ellas a su casa por Navidad, habían podido dormir juntas y cogerse de la mano en el salón. Y cómo una vez que los padres de Laurie habían ido al campus, la Sra. Cohen las había acompañado a un bar de lesbianas para ver cómo era. “No desentonaba lo más mínimo —contó alguien—. Bueno, veías que era hetero, pero a pesar de ello no desentonaba nada. Incluso bailó con un par de mujeres.” Y la propia Laurie le contó a Jaqe cómo en una ocasión había seducido a una chica de su pueblo y el padre de la chica había ido a casa de Laurie cuando las dos estaban en la cama juntas en el piso de arriba. Laurie y Gail se habían abrazado atemorizadas mientras escuchaban la discusión. —¿Tiene idea de lo que están haciendo ahí arriba mientras usted mira la televisión o lo que coño sea que esté haciendo con la cabeza escondida como un avestruz? —había preguntado el padre de Gail. —Pasarlo bien —había contestado el padre de Laurie. —¡Pasarlo bien! —había gritado el otro—. ¿Está usted loco? La pervertida de su hija… Y en ese momento, el Sr. Cohen había echado al hombre del umbral con un empujón y había cerrado de un portazo. El padre de Laurie era peluquero y tenía tres salones de belleza, uno de ellos especializado en tratamientos y peinados para negros. Cuando Jaqe se enteró de cuál era la profesión del Sr. Cohen se preguntó qué conclusiones sacarían sus padres. ¿Pensarían que Laurie había heredado su inclinación hacia las costumbres propias del sexo opuesto? ¿O tal vez que al Sr. Cohen le hubiera gustado tener un hijo mariquita y para compensar su decepción había educado a su hija para que fuera tortillera? Pero tal como Beth, la vicepresidenta de la UEL, había dicho, en realidad Bill Cohen no era marica. Cuando Jaqe lo conoció en la graduación se encontró con un hombre corpulento de hombros fuertes, con una ligera barriga, musculoso aunque un poco (pero solo un poco) entrado en carnes, con un rostro de facciones duras aunque un poco abotargado, sobre todo alrededor de los ojos, y unas manos que parecían demasiado grandes para enrollar el pelo alrededor de los rulos. Recordaba un poco a un jugador de fútbol profesional que, tras retirarse, se hubiera dedicado a las relaciones públicas. —Llámame Bill —le dijo a Jaqe cuando Laurie los presentó—. Bill y Jaqe. Suena como si ya fuéramos un equipo. —Y yo soy Janet —dijo la madre de Laurie. Janet era la elegancia burguesa personificada, con su falda plisada inarrugable y su blazer entallado (verde pálido, para celebrar el comienzo del verano), su blusa color crema que nunca había conocido el sudor y sus zapatos de salón verdes de tacón medio con una franja dorada entre el tacón y el cuerpo del zapato. Convertido por el moldeado en un paisaje de suaves colinas y valles, su pelo no daba ninguna pista sobre su forma natural. Jaqe se preguntó si lo habría diseñado el propio Sr. Cohen o si él estaría tan ocupado que la tendría que dejar en las manos de quienquiera que fuera el genio que estuviera al frente del buque insignia de su pequeña flota. (“Marcel —le diría—, esta es la Sra. Cohen, trátala lo mejor que puedas.”) O a lo mejor Bill mantenía vivas sus viejas habilidades practicando con su mujer, por si acaso algún joven innovador le desafiaba a que demostrara que todavía seguía teniendo mano. ¿La peinaría antes de hacer el amor? A lo mejor se ponían unas vestiduras especiales, como un rey y una reina, o una sacerdotisa y un esclavo. A lo mejor él se ponía un taparrabos. “Basta ya”, se advirtió Jaqe. Si seguía así iba a empezar a reírse e iba a tener que inventarse una excusa cuando le preguntaran de qué se reía. Al igual que su cabello, la voz de Janet no daba ninguna pista sobre su naturaleza original. Era suave, grave, y subía y bajaba como un arroyo fluyendo por un elegante jardín. —Me alegro mucho de conocerte —le dijo a Jaqe. Más tarde, cuando vieron el apartamento de Laurie limpio y con mobiliario nuevo, Janet se rió y dijo: —Ahora sí que sé que eres la persona ideal para Laurie. ¿Estás segura de que no tienes escondida por ahí una varita mágica? Jaqe se dio cuenta de que le gustaba la voz de Janet, de que le gustaba oírla sin importarle demasiado lo que dijera. No obstante, se descubrió preguntándose cómo sonaría Janet si alguien le pisara el pie. La hermana de Laurie tenía catorce años, pero aparentaba menos. Vestida con un vestido blanco y zapatos rosa de tacón minúsculo, tendía a quedarse en silencio detrás de su madre. Su padre le rodeó los hombros con el brazo varias veces mientras hablaba con Laurie y Jaqe. Y, aunque en alguna ocasión Ellen levantó la vista y sonrió, la mayor parte de las veces continuó mirando el suelo. Laurie le dijo más tarde que su padre describía a Ellen como “un accidente, pero no una catástrofe”. La ceremonia de graduación se celebró en el campo de béisbol. El estrado para los oradores le recordó a Jaqe el del Baile de la Rana, y, de hecho, tanto el rector como el estudiante que leyó el discurso de despedida mencionaron tanto “la triunfal búsqueda”, tal como uno de ellos lo expresó (probablemente el estudiante, aunque Jaqe no se acordaba), como la “triste y prematura muerte” del presidente de la universidad, el Sr. Benson. Durante las dos horas de la ceremonia, Jaqe estuvo sentada con la familia de Laurie en las sillas de plástico gris, rodeada por cientos de personas aburridas y hambrientas. Ni siquiera veía a Laurie, puesto que todos los graduados estaban sentados en las primeras filas, y lo único que se alcanzaba a ver eran togas y birretes negros. Los oradores hablaron y hablaron interminablemente: los estudiantes más destacados, algunos altos cargos de la universidad y un subsecretario de algo del gobierno. Hubo premios, falsos doctorados (honoris causa), conmemoraciones… “Pobre Laurie, metida en ese traje tan caluroso… Y pobre yo”, pensó Jaqe, mientras luchaba por mantenerse despierta. Empezó a garabatear en su programa: círculos, espirales, monigotes hechos con palotes que se perseguían unos a otros subiendo y bajando montañas. En una página en blanco dibujó una línea vertical ondulada y luego un par de líneas que la atravesaban. En la parte de arriba, pintó un arco invertido, como un cuenco o la mitad inferior de un rostro. En la parte de abajo dibujó una serie de semicircunferencias, con líneas que iban de unas a otras. Y hasta que no terminó, Jaqe no reconoció el árbol que las mujeres habían dibujado con tiza en la calle de sus padres. El árbol y el laberinto. Agarró fuertemente el programa con ambas manos. ¿Dónde estaba la piedra? ¿Qué había hecho con ella? —¿Te encuentras bien? —le susurró Janet. Jaqe la miró—. Estabas gimiendo. —¿Cómo? Oh, lo siento. Estoy bien. —¿Estás segura? —La Sra. Cohen le apretó la mano un instante—. A lo mejor te conviene ir a buscar un poco de sombra. —No, de verdad —repuso Jaqe—. Lo único es que cuesta mantenerse despierta. La Sra. Cohen hizo un gesto afirmativo con la cabeza y volvió a mirar al orador que estaba hablando en esos momentos. Jaqe esperó un instante y luego se giró en su asiento, como si se aburriera y estuviera buscando algo con lo que entretenerse. Examinó la multitud, los rostros de las mujeres, las ropas, buscando una cabellera pelirroja o un sombrero ancho. Miró hacia delante, pero con tantas cabezas resultaba difícil distinguir algo. “Estará en la parte de atrás, no le pega sentarse delante”, se dijo. Y cuando dirigió la mirada hacia más allá de la multitud, fue cuando la vio. Allí, entre una fila de coches VIP aparcados en la calle que corría paralelamente al borde del campo, estaba la limusina, azul oscuro, no negra como le había parecido la noche del baile. Vestida con un pantalón bombacho rojo sujeto en los tobillos y con una chaqueta de seda dorada con hombreras, Madre Noche estaba apoyada contra su coche. Llevaba una especie de boina rosa demasiado grande y el terciopelo arrugado caía enmarcándole la parte izquierda del rostro. Levantó el brazo y le dirigió un ligero saludo a Jaqe. En ese momento, la brisa le revolvió el cabello que se alzó de sus hombros igual que unas alas. —Disculpadme —le dijo Jaqe a Janet y comenzó a avanzar pasando por encima de los pies de la gente. Janet le agarró la mano. —¿Estás bien? —Sí —contestó Jaqe—. Es que he visto a una antigua… a alguien que conozco. Liberó su mano con suavidad y continuó avanzando por la fila. ¿Por qué se habría tenido que sentar en medio? ¿Por qué no podía apartarse la gente? “Disculpe. Lo siento”, fue repitiendo. Justo cuando llegaba al final de la fila vio a Madre Noche entrar en la parte de atrás de la limusina. El coche se deslizó lentamente por la carretera, el ruido del motor ahogado por la voz procedente de los altavoces. “Ambición y responsabilidad —estaba diciendo la voz—, que necesariamente tienen que formar pareja en el baile de las oportunidades éticas.” —No —dijo Jaqe—. No. —¿Puedes callarte, por favor? —le dijo una mujer. Jaqe dio un respingo. —Lo siento —se excusó, y comenzó a arrastrarse de vuelta hacia su asiento. Durante el resto de los discursos, Jaqe siguió intentando localizar la espalda de Laurie, el porte de sus hombros, la ligera inclinación hacia la izquierda de su cabeza. Cuando el presidente en funciones de la escuela empezó a entregar los diplomas, Jaqe recorrió con el dedo la lista de nombres del programa, furiosa por lo lentamente que se movían todos, porque todos se tenían que detener y estrechar la mano del maldito presidente en funciones. Y por fin le llegó el turno a Laurie. Se encontraba bien, no le pasaba nada: bien erguida, ni con dolores ni a punto de desmayarse; estaba bien, estaba bien. —Está guapísima —susurró Janet, y se limpió la nariz con un pañuelo de papel. —Oye, ¿habéis visto eso? —dijo Bill—. Le ha guiñado el ojo. ¿Os lo podéis creer? “Se encuentra bien”, pensó Jaqe. Durante el resto del día y la noche, Jaqe no dejó de observar a Laurie, buscando síntomas de enfermedad o de intoxicación alimentaria. Mientras iban en el coche al restaurante (donde no dejó que Laurie pidiera almejas) y luego al motel de los Cohen, Jaqe fue vigilando todos los cruces, todos los coches, buscando conductores borrachos, adolescentes imprudentes e incluso cristales rotos que pudieran destrozar el espejismo de unos neumáticos sólidos. No se tranquilizó hasta las once, cuando Laurie puso el último telediario del día. Porque fue entonces cuando se enteró de que media hora después de que se hubieran marchado de la universidad, una amante despechada del subsecretario había irrumpido en la cena oficial ofrecida por el rector, y, cuando todos los invitados estaban brindando con champán por la universidad, había sacado una pistola que le había dado el subsecretario y le había disparado dos veces en el pecho y otra en la cara. —Gracias a Dios —murmuró Jaqe, y corrió al cuarto de baño para llorar donde nadie la pudiera verla.
Tres La mujer pájaro
Laurie se fue a hacer los cursos de posgrado a una universidad situada a orillas de un lago de aguas ponzoñosas. Por aquel entonces, en el país donde vivía Laurie existían numerosas masas de agua contaminada, y, mientras unos escribían libros y firmaban peticiones exigiendo que se purificara el agua, otros continuaban vertiendo veneno en los lagos y ríos, como si fueran la mano ejecutora de alguna antigua maldición. En invierno, el lago junto al que estaba la universidad de Laurie se helaba, y los coches y camiones podían cruzarlo. Tradicionalmente, los hombres de la zona habían hecho agujeros en el hielo y construido cobertizos donde podían sentarse por las tardes y atrapar peces para su familia. El estado intentó prohibir la pesca en el hielo, porque los peces se habían contaminado junto con el agua, pero había demasiadas familias que dependían de esos peces para salir adelante durante el invierno, cuando los gastos de calefacción se comían una parte muy importante del presupuesto familiar. Una tarde, ya avanzado noviembre, la profesora de Laurie de la asignatura La espiritualidad femenina y la revolución neolítica se puso al frente de la clase en un ritual, una “representación”, tal como la llamó ella, para sanar el lago. “Los ríos son las venas y las arterias de la Madre Tierra”, explicó a la clase. También les había dicho que los lagos eran los ojos de la Diosa, una contradicción que nadie se atrevió a señalar. “La Diosa ama las contradicciones”, había afirmado en una ocasión. La representación consistió en entonar una salmodia cogidas de las manos (enguantadas) mientras caminaban de lado por la orilla del lago, dibujar símbolos de protección en la nieve con ramas ahorquilladas, invocar a los espíritus de los vientos para que sanaran las aguas y, finalmente, suplicar el perdón de la Señora del Lago. Al finalizar, la profesora derramó una botella de agua destilada sobre el hielo. Cuando las demás se encaminaron hacia sus coches, Laurie se quedó y miró hacia el lago. Siempre había dado por hecho que un lago helado sería transparente hasta el fondo, o tal vez blanco y resplandeciente. Pero en realidad, si apartaba la nieve con el pie, el hielo parecía casi negro. Levantó la mirada y observó la hilera de cobertizos a unos doscientos metros de la orilla. Vio una furgoneta aparcada junto a uno de ellos. Cuando entrecerró los ojos para que el sol no la deslumbrara, vislumbró unas volutas de humo por encima del techo del mismo. “Alguien debe de tener una estufa —pensó—, o incluso una pequeña fogata.” Suspiró. A Jaqe le hubiera encantado si hubiera estado allí: todo un lago helado tan sólidamente que se podía aparcar una camioneta encima y encender un fuego. Sonrió. ¿Qué le habría parecido a Jaqe el ritual? Probablemente se hubiera reído. A veces… a veces, cuando pensaba en Jaqe, le costaba respirar, y sentía como si tuviera las entrañas revueltas. Dejó escapar un ruido. Ni siquiera tenía que pensar en Jaqe. A veces, cuando estaba sentada en clase o en la biblioteca, o cuando se despertaba en mitad de la noche, algo se retorcía en su interior, y entonces se le paraba la respiración y tenía que obligar al aire a entrar en sus pulmones. Justo unos días antes había estado leyendo un artículo sobre padres que… Laurie se estremeció y luego sacudió la cabeza para quitárselo de la memoria. Odiaba sentir esa sensación extraña. Y en cuanto se le pasaba, intentaba no pensar en ello. Inhaló profundamente el aire frío, agradecida de que penetrara hasta el fondo sin tener que luchar. —¡Eh, Laurie! —la llamó una de sus compañeras—. Vamos, que aquí hace un frío que pela. —Marchaos —gritó Laurie—. Yo volveré luego. Movió los dedos de los pies dentro de sus botas para la nieve acolchadas. Le dolían un poco, igual que la cara y los dedos de la mano, pero no parecía que nada corriera peligro de congelarse. Se alegraba de haber pedido prestado un coche para ese día, aunque sabía que tenía que volver antes de que anocheciera, porque si no la batería podría congelarse. —¿Qué estás haciendo? —le preguntó su compañera. Laurie se rió. —Voy a caminar sobre las aguas. La superficie del hielo era irregular y estaba cubierta de nieve, por lo que le resultaba difícil saber dónde pisaba. Alcanzar el cobertizo le costó veinte minutos y varias caídas. Desde el interior llegaba el sonido de una estación de radio local. El pinchadiscos estaba diciendo algo sobre “serenidad” y “descanso eterno”, y Laurie cayó en la cuenta de que estaba anunciando una funeraria. Llamó a la puerta. No hubo respuesta. Volvió a llamar. —¿Qué coño…? —llegó una voz de hombre—. ¿Hay alguien? Laurie empujó la puerta de madera contrachapada y se asomó. —Hola… —saludó. —¡Joder! —dijo el hombre, y sonrió—. Pasa. Pensé que eras un fantasma o algo así. Con la mano derecha sujetaba un sedal que desaparecía por un agujero de aproximadamente un pie de diámetro que había en el hielo. En la mano izquierda tenía una botella de cerveza. Estaba sentado en un taburete. A su lado había una caja de botellas de cervezas, dos tercios de las cuales estaban vacías. Junto a la pared del fondo, una pequeña estufa de queroseno llenaba el cobertizo prefabricado de calidez y olor a petróleo. Encima de la estufa, una ventana de plástico dejaba entrar el sol. Cerca de la puerta había un cubo con agua medio lleno de peces pequeños. —Soy Eugene —dijo el hombre y alargó la mano para apagar la radio—. ¿Una cerveza? Pilla una. Yo no puedo soltar el sedal. —Y lo subió y bajó un par de veces a modo de demostración. Laurie cogió una cerveza de la caja. —Gracias —dijo—. Yo soy Laurie. —Encantado de conocerte, Laurie —dijo Eugene. Su sonrisa se hizo más amplia—. Siento no tener una silla para ofrecerte. No recibo demasiadas visitas. A decir verdad, tú eres la primera. Los que pescamos en el hielo no somos demasiado dados a alternar. ¿Eres de la universidad? Laurie movió la cabeza afirmativamente mientras se sentaba en el borde de la caja. De pronto fue consciente de sus botas bermellón y de su chaqueta acolchada de nailon. Eugene llevaba una chaqueta de lana a cuadros y en la cabeza una gorra a juego echada hacia atrás. Aunque no aparentaba más de treinta y cinco años, tenía el pelo manchado de gris. —Oye, ¿por qué no sacas todas las botellas y le das la vuelta a esa cosa? —le propuso Eugene—. Prepárate un asiento en condiciones. —Y cuando Laurie empezó a sacar las botellas de cerveza, le dijo—: Pon las llenas a este lado, ¿vale? Te echaría una mano, pero… —Sacudió la mano que sujetaba el sedal. Laurie estuvo sentada con Eugene más de dos horas, durante las cuales este pescó seis peces (eperlanos, les llamó). Por primera vez desde que se había separado del lado de Jaqe, Laurie se sintió relajada, en lugar de enfadada, deprimida o asustada. Cuando le dijo a Eugene que estaba haciendo un curso de estudios de la mujer, recibió la respuesta previsible: “Estudiando a las mujeres, ¿eh? ¿Crees que yo me podría apuntar?”. Pero por algún motivo no le molestó, no como cuando lo decía su padre. Pensó en su asignatura sobre deconstrucción del discurso patriarcal y luego en la mujer de Eugene friendo los eperlanos envenenados que este llevaría a casa del lago. A mitad de su segunda botella de cerveza, a Laurie le pareció que podía estar metida en un lío. —¿Tienes novio, Laurie? —le preguntó Eugene. “Díselo —pensó—. No te andes con tapujos.” Movió la cabeza negativamente. —No, novia —respondió, y bebió otro trago de cerveza. Eugene asintió con la cabeza, igual que un doctor en un anuncio televisivo. —Novia —repitió. Su máscara de erudito se deshizo en una sonrisa—. Con que estudios de la mujer, ¿eh? —Laurie se rió—. Una prima mía estudió eso mismo. Y sus ligues eran increíbles. No es que fueran guapas. Es que algunas chicas eran espectaculares. ¿Es bonita tu novia? —Más bonita que el final del invierno —respondió Laurie. Con la siguiente botella de cerveza, Eugene le preguntó: —¿Tú crees que hemos vivido otras vidas anteriormente? —No lo sé —repuso Laurie—, pero muchos de mis amigos sí que lo creen. —Un primo mío aprendió cómo hacer ese rollo de la regresión. Es fácil. Te tumbas, si quieres fumas un poco de hierba, cierras los ojos y, de repente, estás en Egipto o en algún otro lugar. Y además es mejor que la televisión. —De un tirón sacó del agua el sedal, que llego acompañado por un pez. Sin dejar de hablar, lo puso en el cubo, enganchó en el anzuelo otro pedazo de cebo y volvió a lanzar el sedal al agua—. Mi favorito era un pirata, que les robaba a los ricos. Aunque, claro, a veces puede resultar bastante desagradable. En una ocasión incluso fui un abogado. Y tuve pesadillas durante semanas.
Cuando había estado sentada con Eugene, Laurie se había prometido estudiar después de la cena; pero, en lugar de ir a la biblioteca, le escribió a Jaqe una larga carta. Y cuando ya no se le ocurrió nada más que escribir, dibujó una tira cómica en la que las dos corrían a abrazarse, a través de tormentas y llamas. Para cuando terminó, la biblioteca ya estaba cerrando. Se fumó lo que le quedaba de un porro que había estado reservando y se tumbó en la estrecha cama de la residencia. “A una vida anterior —pensó—, transportarme a una vida anterior.” Pero en lugar de eso, se quedó dormida. Soñó que iba en una moto de nieve, de noche por un bosque, zigzagueando por entre los árboles mientras los pájaros pasaban por delante de los faros, visibles únicamente en el instante en que atravesaban los haces de luz. De pronto salió del bosque y se encontró en el lago. A ambos lados de la moto, grandes chorros de nieve salían despedidos hacia lo alto. Otras motos de nieve no tardaron en unírsele: una larga fila de mujeres inclinadas hacia delante, con la boca expuesta al viento. A lo lejos vislumbró algo alto y brillante, como un espejismo de una torre. Al acercarse, vio una mujer con un vestido suelto que se agitaba contra su cuerpo. Laurie y las demás apagaron los motores y dejaron que las máquinas se deslizaran lentamente hacia ella. Y hasta que las otras no desmontaron sobre el hielo, no reconoció a Madre Noche. A sus pies, muertos, yacían los pájaros del bosque. El sueño cambió y Laurie se encontró sentada en una silla en el hielo, pescando por un agujero. El sedal dio una sacudida, y ella tiró y sacó una carpa de un oscuro tono dorado. —Si me sueltas, te concederé tres deseos —dijo el pez. —Quiero irme a casa —pidió Laurie—. Solo quiero irme a casa. —Y se descubrió en casa de sus padres, sentada a la mesa a la hora de la cena, con su padre a su lado rodeándole los hombros con el brazo—. No. No me refería a esta casa, sino a la mía. Quiero cambiarlo. Quiero mi segundo deseo. ¡Deprisa! Pero en ese instante su madre llevó una bandeja metálica a la mesa. En ella estaba el pez, recubierto de salsa verde, con solo la boca y los ojos muertos al descubierto. El siguiente miércoles, Laurie faltó a su seminario y tomó prestado el coche de un amigo para ir hasta el lago. Durante media hora buscó por entre los cobertizos, pero Eugene debía de haber pescado lo suficiente para ese invierno, porque su refugio prefabricado había desaparecido. Laurie vivía en una habitación que parecía a una celda en una residencia para estudiantes solteros. Le resultaba extraño estar viviendo de nuevo en una residencia, pero sin Jaqe no le veía demasiado sentido a buscar una vivienda propia. Algunos de los estudiantes masculinos estaban casados y vivían con sus esposas en los apartamentos de tres habitaciones que alquilaba la universidad. Laurie se preguntaba si aceptarían a una pareja lesbiana en las mismas condiciones. Aunque todas las esposas trabajaban, normalmente en la universidad como administrativas, y lo último que quería Laurie era que Jaqe trabajara para ella. —Podría trasladarme aquí —propuso Jaqe durante un puente que pasaron juntas—. Todas las universidades son iguales. Y estaríamos juntas. —Claro —repuso Laurie—, y tus padres continuarían pagando tu matrícula si te vienes aquí solo para estar conmigo. —No necesito su dinero. Podría buscar trabajo. O ampliar mi crédito para estudios. —No quiero que trabajes. Y bastante vas a tardar en pagar el crédito que tienes ahora mismo. Y Laurie continuó diciendo que podía terminar el período lectivo enseguida y regresar a la ciudad mientras escribía su tesis, y que tendrían los veranos y las vacaciones, y que Jaqe podría visitarla los fines de semana. Tardó mucho tiempo en darse cuenta de que no quería que Jaqe fuera a vivir con ella porque entonces ya no podría soñar con volver a casa.
Durante los meses en que Laurie estuvo fuera, Jaqe continuó viviendo en su apartamento, consolándose con el hecho de que Laurie había vivido allí durante dos años enteros antes de que ella la conociera. A veces respiraba profundamente y pensaba cómo Laurie había respirado ese mismo aire; cómo, dondequiera que pisara, Laurie había caminado por ahí. Incluso en una ocasión se le pasó por la cabeza buscar a todas las antiguas amantes de Laurie, o al menos a aquellas con las que Laurie había vivido en el apartamento, y dar una fiesta. Louise le quitó la idea de la cabeza. “Te aseguro que con ideas como esa no vas a ganar el premio a la Bollera del Año”, le había dicho. Oficialmente, Jaqe continuaba viviendo en la residencia con Louise, porque, cuando Jaqe le había dicho a sus padres que no tenía sentido que malgastaran el dinero, ellos habían insistido en que era su dinero y que lo malgastarían como quisieran. “No quemes las naves —le había dicho su padre—. Si cambias de opinión, allí tendrás tu cuarto.” A Jaqe le resultaba difícil no comparar sus padres con los de Laurie, sobre todo cuando pensaba en cómo los padres de esta estaban pagando el apartamento (“así las dos siempre sabréis que tenéis vuestra propia casa”, había dicho Janet). Jaqe telefoneaba a la familia de Laurie algunas noches, o los fines de semana en los que ella y Laurie no podían reunirse. Ella y Janet hablaban de cuánto echaban de menos a Laurie, de lo preocupadas que estaban por ella, de cómo estaba perdiendo peso (“sin tu comida casera”, le dijo Bill) y de cómo, a veces, cuando iba a casa a visitarles, tenía el rostro un tanto cetrino. O bromeaban sobre lo pésima cocinera que era Laurie y sobre los dolores de cabeza que debía de estar dándoles a sus pobres y cándidos profesores. Durante las vacaciones de invierno, Jaqe y Laurie pasaron la mitad del tiempo en su apartamento y la otra mitad en casa de los padres de Laurie, en el pueblo natal de esta, Thorny Woods. Janet y Jaqe preparaban cenas maravillosas todas las noches y Laurie se sentaba a la mesa sonriendo mientras desfilaban ante ella el pavo, las patatas asadas y los pasteles de calabaza. En dos ocasiones durante esas tres semanas, Jaqe estuvo a punto de colgar el teléfono de un golpe a sus indignados padres. —¡Por Dios!, ya te dijimos que podías traerla a casa contigo —le dijo a Jaqe su padre—. ¿Qué más quieres?
Todos los conocidos de Laurie odiaban los cursos de posgrado, y no solo las mujeres que estudiaban a las mujeres, sino también las mujeres y hombres de Filosofía, Literatura Inglesa o Historia Europea. Odiaban el interminable trabajo que siempre iba de mal en peor, las jergas de los profesores, la atención que se prestaba a lo que escribían otros profesores sobre un asunto en lugar de al propio asunto, la insistencia en que todo el mundo enfocara las materias ajustándose al estilo del centro y, sobre todo, la petulancia de los profesores, a los que el odio de sus estudiantes les enorgullecía. “No estáis aquí para desarrollar vuestra sensibilidad —les decían—. Estáis aquí para convertiros en profesionales.” Y les contaban historias sobre lo horribles que eran los cursos de posgrado, como la del hombre que, transcurridos varios años, había regresado a su universidad para dar una conferencia y había vomitado nada más entrar por la puerta. Laurie llamaba a su programa el “Doctorado Apisonadora”: tras dos años de seminarios, una tanda de exámenes orales y escritos, y luego su tesis, que la universidad esperaba que terminara en un año. “Me siento como una gallina ponedora en una jaula en batería —le escribió Laurie a Jaqe—. Encerrada en la biblioteca sacando adelante trabajos a trancas y barrancas con una bombilla encima de la cabeza.” Laurie había creído que los estudios de la mujer iban a ser distintos. Sus profesoras afirmaban con frecuencia que ellas eran distintas. Pregonaban su seriedad, su dedicación a la revolución feminista o sus reivindicaciones de la Diosa, dependiendo de cada profesora. En ocasiones conseguían el apoyo de sus estudiantes en sus luchas con la universidad para conseguir un puesto fijo, y se referían desdeñosamente a los profesores masculinos como “los chicos”. Sin embargo, Laurie no tardó en darse cuenta de cómo se atacaban entre ellas en sus artículos, e insistían en lo que una de ellas llamaba rigor profesional. “¿Sabes lo que quieren en realidad? —le escribió Laurie a Jaqe—. Quieren que los chicos digan: ‘Oye, sois unas tías legales’, y quiten los carteles de ‘No se admiten mujeres’.” Había una profesora que sí que parecía distinta. La profesora asociada Adrienne Beker daba clases de Historia del Arte Femenino, una asignatura que a Laurie le pareció una especie de cuerda a la que agarrarse. Beker conseguía combinar el estudio de la teoría radical con constantes referencias a lo que ella llamaba la “utilidad” de la vida de las mujeres. Las mujeres eran las primeras artistas, insistía, mientras mostraba las pruebas de la existencia de huellas de manos en cuevas prehistóricas. Y demostraba cómo todas las formas de arte “elevado” derivaban en su origen de “la elegancia intrínseca” del trabajo hecho por las mujeres en las comunidades tribales. Igual que sus clases saltaban de unos siglos a otros, ella se movía de un lado a otro por el seminario, unas veces con las manos en los bolsillos y otras hendiendo el aire con el dedo. Adrienne (que era como Laurie pensaba en ella) llevaba faldas de seda, cazadoras de cuero y un solitario pendiente de plata. Laurie estaba segura de que era lesbiana; sin embargo, cuando en las discusiones durante las clases Laurie conseguía sacar a colación algo que tuviera que ver con el lesbianismo, Adrienne siempre contestaba con argumentos políticos o históricos favorables a las lesbianas, pero sin decir nada sobre sí misma. Y cuando se sentaba en la cafetería con Laurie y otras estudiantes, tampoco hablaba nunca de aspectos de su vida que no tuvieran que ver con su especialidad. En una ocasión, Laurie intentó seguirla después de clase. Se había percatado de que últimamente terminaba las clases justo a la hora y luego se escabullía, en lugar de quedarse sentada en su mesa rodeada por las estudiantes que intentaban intimar con ella. Laurie decidió que tenía una nueva amante, y se imaginó a Adrienne abandonando el campus a grandes zancadas para lanzarse a los brazos de una mujer pequeña con un rostro delicado rodeado por un halo de piel sintética. Pero cuando Laurie siguió los pasos de su profesora, aprovechando la nieve para ocultar el ruido de sus botas, tan solo consiguió ver a Adrienne entrando en su Porsche de diez años y alejándose en él por las calles heladas. Un día, la profesora Beker les mostró una transparencia de una pintura rupestre de unos animales alrededor de un hombre disfrazado de venado que tocaba un instrumento musical con forma de arco. Durante media hora construyó un complejo argumento para demostrar que el poder de ese hombre, al que llamaba “el brujo de Lascaux”, provenía de la Diosa y que, por lo tanto, la pintura era obra de mujeres. La gruta de Lascaux, dijo, era un útero gigante, un generador de energía femenina. Laurie se retorció en su sitio durante toda la charla. Varias veces empezó a levantar la mano y luego la dejó caer. Miró a su alrededor, preguntándose cuándo iría a decir algo alguien. Finalmente alzó la mano. Adrienne frunció el ceño. —¿Sí, señorita Cohen? —¿Esa pintura no está en realidad en la cueva de Les Trois Frères? —preguntó Laurie. Adrienne clavó su mirada en ella, y a continuación en la transparencia. Durante un largo instante reinó el silencio, y luego Adrienne dijo: —Bien. Supongo que estamos todas en deuda con la señorita Cohen. Parece que me ha pillado en el útero equivocado. Hubo una ola de risas nerviosas, que se interrumpió cuando la profesora continuó explicando que el principal argumento seguía siendo válido. Más tarde, cuando la clase terminó, Laurie se acercó a la parte de delante de la clase, pero Adrienne ya había vuelto a meter sus notas y transparencias en la cartera y se encaminaba hacia la puerta. Dos semanas después, Laurie expuso un trabajo en clase sobre la imagen de las amazonas en las distintas culturas. Lejos de ser una fantasía masculina, tal como algunos estudiosos afirmaban, Laurie mantuvo que las amazonas constituían restos tribales de una cultura “matrifocal”. Laurie había trabajado muy duro en ese trabajo. Cuando se situó en la parte de delante de la clase, le temblaban las manos, y tuvo miedo de que también le temblara la voz. La profesora se sentó en el extremo de su mesa, con los brazos cruzados. Una vez Laurie hubo terminado y se hubo sentado, Adrienne estuvo varios segundos sin decir nada. Todo el mundo estaba esperando; Laurie mantuvo su mirada fija en el suelo. —Bueno —dijo Adrienne—, creo que todas estamos impresionadas ante la entrega de la señorita Cohen a su causa. No obstante, el estudio de la historia de las mujeres requiere algo un poco más serio que unas fantasías eróticas lesbianas. Y continuó con los peligros de que se cumplan los deseos adolescentes, para terminar con la necesidad de evitar a las “aficionadas entusiastas cuya visión del sexo es la de una girl scout”. Durante esa parrafada, Laurie estuvo sentada con los puños apretados, aterrorizada ante la posibilidad de que se pudiera echar a llorar. Cuando la profesora terminó, Laurie rezó para que nadie hiciera preguntas. La Diosa le concedió su deseo. Laurie se esforzó cuanto pudo por aparentar tranquilidad mientras abandonaba la clase. Durante las siguientes semanas, la profesora Beker convirtió el término “amazona” en sinónimo de amateurismo. Sus primeros comentarios suscitaron risas nerviosas y miradas dirigidas a Laurie; sin embargo, la ocurrencia no tardó en cuajar y los comentarios sobre las amazonas proporcionaron a la clase una mayor unidad. Incluso Laurie se descubrió en alguna ocasión riéndose con las demás. Laurie nunca le contó a Jaqe lo sucedido. Cuando se quejaba de su vida en la universidad, Jaqe le sugería que hablara con Adrienne. “Sí, quizás lo haga”, decía Laurie, y cambiaba de tema. Durante la segunda mitad del año, Laurie realizó un curso sobre Arqueología de la Diosa. Según la profesora, los templos antiguos se construían con forma de cuerpo femenino. Les mostró transparencias y fotografías de colinas artificiales cuya forma podía ser o bien la del vientre de una embarazada, o bien la de un globo ocular gigante, o bien ambas cosas. Examinaron diagramas de templos y aprendieron cómo ver en ellos a una mujer yacente, siempre que la mujer tuviera caderas y pechos enormes, careciera de cintura y tuviera un bulto por cabeza. Laurie escribió a Jaqe: “Es como en esos pasatiempos en las revistas para niños: Busca en este árbol a Janie, a su perro, a su gato y su bicicleta. Busca a la Diosa en este viejo montón de piedras”. Una tarde en la biblioteca, Laurie leyó tres artículos sobre tumbas megalíticas antes de darse cuenta de que no recordaba la idea principal de ninguno de ellos. Retomó el primero y se dispuso a comenzar de nuevo; pero, en lugar de eso, se levantó, lo llevó a la fotocopiadora e hizo una fotocopia de una estatua de una mujer embarazada dormida. Con gran paciencia dibujó a Jaqe acurrucada a los pies de la mujer. Al día siguiente hizo copias de todas las fotografías de círculos de piedras, templos antiguos y monumentos prehistóricos. Dibujó a Jaqe en todos ellos (en el vientre de la Diosa, de pie sobre su cabeza, besándola con las piernas rodeando un cuello de piedra, saliendo medio arrastrándose por las puertas de los templos). Y fue enviándole a Jaqe una fotografía cada día. “Mi querida y maravillosa Laurie —escribió Jaqe—. Gracias por las fotografías. Voy a ponerlas en el santuario sagrado: la nevera. ¿Pero no vas a escribir nada?” Cuando Jaqe llamaba, Laurie dejaba que fuera ella quien hablara; y Jaqe se lanzaba a hablar en los silencios de Laurie igual que una mujer que corre hacia el fuego para salvar a un niño. © 2011 Rachel Pollack. Reproducido con la autorización de Grupo AJEC. Para más información sobre la editorial o adquirir su ejemplar, puede visitar su página WEB
|