EL LIMITE DEL MUNDO de Joan D. Vinge Imprimir E-mail
Escrito por Joan D. Vinge   

El límite del mundo de Joan D. VingeAvance de El límite del mundo (Ciclo Reina de la Nieve) de Joan D. Vinge

EL LÍMITE DEL MUNDO

Joan D. Vinge

Anticipo Grupo AJEC - Colección Tangentes

 

 

Contraportada

BZ Gundhalinu, inspector de policía, miembro "tec" de la clase de elite del planeta gobernante Kharemough, abandonó Tiamat antes de que se cerrara la Puerta Estelar, dejando tras de sí un sangrante retazo de su vida y aislándose para siempre de la mujer a la que amaba y amaría eternamente, la mujer que era ahora la Reina de Estío. Los rígidos códigos Kharemoughi habían hecho de él un desterrado, como lo atestiguaban las cicatrices que aun exhibían sus muñecas. Y así partió hacia el planeta Cuatro, donde la escoria de toda la galaxia se congregaba en torno al lugar conocido como el Límite del Mundo, en busca de la fortuna, aunque más probablemente de la muerte. Allí, pensó, podría ser olvidado por todos, y quizás olvidar él a su vez.
Lo que no sabía era que, adentrándose en el infierno del Límite del Mundo, y en el infierno dentro del infierno que era el Lago de Fuego que se abría en su centro, donde la realidad se volvía irrealidad y el tiempo se curvaba y fundía y fluía aleatorio, abría ante él la posibilidad de recuperar su honor, redimir a su familia y quizá, finalmente, regresar al lado de su perdido amor...

El Límite del Mundo es una novela que continúa la saga de “La Reina de la Nieve”, y se abre como anticipo a su continuación, La Reina del Estío.

  • Grupo AjecTítulo: El Límite del Mundo
  • Título Original: World’s End (1989)
  • Ciclo: Reina de la Nieve / 2
  • AutorJoan D. Vinge
  • Traducción: Silvia Leal
  • Portada: Estudio AJEC
  • Precio: 14,50 €
  • Tamaño: 23x16 Cm
  • Páginas: 224
  • Isbn: 978-84-15156-30-7
  • Colección: Arrakis Ficción

 

Sobre el autor:

Joan D. Vinge, escritora estadounidense, llegó a la ciencia ficción por vía de su matrimonio con el matemático y también escritor de ciencia ficción Vernor Vinge (El Monstruo de las Galletas, Grupo Ajec, 2007).

Inició su carrera literaria publicando en 1974 el relato "Soldado de plomo". Escritora de fina sensibilidad, gran imaginación y meticuloso perfeccionismo en la creación de sus ambientes y personajes, pronto adquirió renombre entre el público norteamericano. En 1977, su relato "Ojos de ámbar", una emotiva historia sobre comunicación, odio y amor entre dos razas, ganó el premio Hugo al mejor relato del año. Pero fue en 1980 cuando su fama alcanzó renombre mundial al ganar de nuevo un premio Hugo, esta vez por su novela Reina de la Nieve (Grupo Ajec), una gran obra que ha sido calificada como “una de las obras maestras de la literatura fantástica contemporánea”. Joan D. Vinge es también antropóloga, y ha trabajado como arqueóloga en diversas ocasiones.

El Límite del Mundo es otra de sus otras obras más conocidas, ubicada en el mismo universo que arropa a Reina de la nieve. También destacan novelas suyas como Psion, La Zarpa del Gato o Lady Halcón.

 


El límite del mundo de Joan D. Vinge

 

—¿D

ebo traer los prisioneros a su oficina, inspector? —preguntó la voz en el comunicador de su escritorio.
Y, de nuevo, cuando él no respondió:
—¿Inspector Gundhalinu?
Gundhalinu se apartó al fin de la alta ventana, de la vista de Puertacuatro envuelta en bruma, de los dibujos rococó trazados por el resbalar de las gotas de lluvia en el cristal. Había estado contemplando el Panteón; apenas era visible desde su oficina, con sus múltiples cúpulas de cerámica azul y dorada oscurecidas por estructuras más nuevas y graciosas. Sacó un antiguo reloj de su bolsillo, miró ausente la hora..., miró el propio reloj, le dio vueltas y más vueltas, sintió la confortable familiaridad en su mano. Suspiró. Se estaba haciendo tarde..., pero no lo bastante como para que pudiera posponer aquella tarea final para otro día.
Por otra parte, ya no quedaban más días. Estaba previsto que las ceremonias en el Panteón empezaran hoy al atardecer, y se prolongarían a lo largo de medio día de mañana. La multitud se estaba ya aglomerando, procedente de todo Número Cuatro, para verle. Hizo una mueca ante el pensamiento. Aquéllas sólo eran las primeras de demasiadas ceremonias por las que tendría que pasar, como si cruzara cursos de agua, para poder dirigirse hacia donde deseaba ir.
Había echado a un lado los honores sin significado, las demostraciones públicas de adoración, durante tanto tiempo como había podido, utilizando como excusas su herida y su debilidad. Pero había pasado la duramente ganada intimidad de su convalecencia trabajando obsesivamente, intentando poner en orden todo lo que quedaba de su vida personal antes de convertirse para siempre en una propiedad pública. Sabía lo que iba a ver si se enfrentaba a sí mismo ante un espejo; no se había acercado a uno desde que había sido dado de alta del hospital. Pero había soportado recientemente cosas mucho peores que su propio reflejo como para permitir que éste le preocupara, o le detuviera. No había habido tiempo para la debilidad, o para el dolor, o para la duda..., y nunca volvería a haberlo.
Retrocedió hasta su escritorio. Su mano se tendió finalmente hacia la placa del comunicador; dudó, mientras más segundos resbalaban por su lado. El juicio que iba a tener que dictar era sólo una formalidad, una decisión tomada hacía semanas en relación a un acto que hubiera debido realizar hacía años. Y, sin embargo..., necesitaba más tiempo.
Tocó la placa del comunicador.
—Ossidge. Todavía estoy revisando las pruebas. Se lo haré saber cuando esté listo.
—De acuerdo, inspector. —No había ninguna emoción discernible en la incorpórea voz, pese a que su sargento llevaba aguardando más de una hora allá abajo, en el ala de detenciones. Ossidge era un ser flemático, imperturbable, que nunca preguntaba nada. Gundhalinu se preguntó qué haría Ossidge del Límite del Mundo, o qué haría éste de él. La fuerza irresistible y el objeto inamovible. Pero tampoco podía imaginar a Ossidge soñando alguna vez en efectuar aquel viaje; cometer el Gran Error...
Se dejó caer en la seductora blandura del sillón de su escritorio y permitió que éste se reformara a su alrededor. Sólo por un momento... Sólo por un momento la adrenalina dejó de verterse en su flujo sanguíneo y se sintió vulnerable. Si tan sólo pudiera cerrar los ojos, vaciar la mente y meditar, tener un momento ininterrumpido de paz, antes de... Se levantó furioso de su asiento, e hizo una mueca cuando el brusco movimiento repercutió como un latigazo en la medio curada herida de su costado. Obligó al dolor a salir de su mente, como había hecho una y otra vez durante el último mes.
Necesitaba este tiempo, esta última hora robada, para algo más importante que descansar. Tantas cosas habían cambiado, y estaban a punto de cambiar, en su vida. Necesitaba tiempo para recordar quién era.
Tocó la hebilla de su cinturón y pulsó el botón oculto de su grabadora incorporada. La grabadora tenía una alimentación directa de memoria, que había utilizado para mantener aquel diario..., para mantenerlo a un nivel privado, incluidas las inútiles disgresiones mentales. Pero ahora la dejó en voz, y escuchó sus propias palabras, los sonidos familiares aunque lo bastante distorsionados como para parecer casi impersonales.
La voz dijo: «Hoy he llegado al Límite del Mundo...»
Se volvió de nuevo hacia la ventana, frunció el ceño a las gotas de lluvia que resbalaban por el cristal. Llueve de nuevo. ¿No va a parar nunca? Pero conocía la respuesta. No antes de que el tiempo se pare. Se sentó en el amplio alféizar, apoyó la frente contra el cristal, dejó que el agotamiento total de su cuerpo y de su mente lo mantuvieran allí. Observó mientras su aliento se condensaba en bruma, borrando el presente, y tuvo la sensación de que la vacía estancia a sus espaldas se llenaba de fantasmas.



Día 1



Hoy he llegado al Límite del Mundo. Todavía me resulta difícil creer incluso que estoy pensando estas palabras.
Pero he decidido grabar todo lo que experimente aquí, de una forma tan completa como me sea posible. Las notas de un observador razonablemente objetivo sólo pueden ser una mejora sobre la masa de extravagante información que existe sobre este lugar. Y, si tiene que ocurrir algo..., no importa...
El viaje en el transbordador desde Puertacuatro fue tranquilo hasta el punto del tedio. Casi hubiera podido creer que yo no era más que otro turista contemplando un mundo extraño..., excepto que sólo había otras dos personas en aquel vuelo, y ninguna de ellas parecía complacida con su destino. No hablé con ellas, y ellas me devolvieron el favor. El cielo permaneció cubierto durante la mayor parte del viaje; no vi nada del mundo de allá abajo. Por todo lo que sé, hubiéramos podido estar muy bien dando vueltas en torno a Puertacuatro durante dos horas en vez de recorrer medio planeta.
Cuando aterrizamos, la terminal era exactamente como la otra media docena de ellas que había visto en Número Cuatro, una obra maestra de esa banalidad que en este mundo es considerada como arte moderno. La Dirección de Puertos que ocupa todo el planeta ejerce sus derechos y obligaciones con la misma ausente eficiencia en cualquier parte donde se asiente..., incluso en el último extremo del mundo.
Mientras cruzaba la invisible barrera del control de clima que separaba la terminal del mundo real de allá fuera, empecé a darme cuenta al fin de que había llegado al Límite del Mundo..., de que había cometido realmente el Gran Error.
El calor era sofocante. El aire era tan denso a causa de la humedad y los extraños olores que resultaba difícil respirar. Dejé caer las bolsas que contenían las pocas pertenencias que había traído conmigo y busqué algún tipo de transporte. Si había alguno, aunque fuera un vehículo terrestre, no se veía por ninguna parte. Los dos locales que me habían acompañado en mi vuelo pasaron por mi lado sin una palabra y echaron a andar siguiendo un sendero de ceniza. Creí ver una especie de edificios en la distancia, y supuse que eran la ciudad. Una jungla de insalubre vida vegetal se apretujaba alrededor del camino y la terminal. Había enormes manchas negras allá donde la flora había sido quemada recientemente a ambos lados del camino. Me quité la pesada chaqueta, recogí mis pertenencias y eché a andar.
Me detuve de nuevo cuando llegué a una puerta en el límite de la ciudad.

BIENVENIDO AL LÍMITE DEL MUNDO

Alguien había garabateado a continuación en la cuarteada pared, completo con los sellos oficiales:

EL CULO DE LA HEGEMONÍA

El límite del mundo de Joan D. VingeMe golpeó como un bofetón en plena cara, un grotesco insulto. Mis ojos permanecieron fijos en él hasta que la tensión de mi encajada mandíbula hizo que me doliera el rostro...., me hizo recordar quién no soy aquí. Me dije a mí mismo:
—No es tu problema.
Miré a través de la puerta, con la sensación de que alguien me estaba observando. Pero la cerrada blancura de la calle estaba vacía; los edificios se extendían soñolientos a la insufrible humedad de primera hora de la tarde. Permanecí allí inmóvil unos instantes más, notando cómo el sudor se arrastraba pecho abajo sobre mi cuerpo, entre la áspera tela de mi suelta túnica azul y mi piel; de pronto ansié la seguridad de un uniforme. Mi corazón empezó a pulsar con el silencioso ritmo del calor..., y de inmediato la blancura de la calle pareció temblar y reformarse en interminables campos de nieve. Un espejismo, una alucinación..., la he visto miles de veces antes. Uno pensaría que un hombre cuerdo debería ser capaz de arrojar aquello fuera de su mente, después de tanto tiempo. Encajé los hombros, y sentí un estremecimiento cuando crucé la puerta.
Lo primero que hice en la ciudad fue comprar un casco para el sol y un vaso de agua fría..., no dan nada aquí, ni siquiera el agua. Ésta es la ciudad de la Compañía, como me informó el tendero, no un complejo turístico. El conglomerado que controla el Límite del Mundo es conocido como la Universal Procesadora Consolidada, allá en Puertacuatro. Pero aquí fuera es simplemente la Compañía, la única, y la gente ha crecido hinchada y corrupta bajo su monopolista explotación. Su presencia está por todas partes cuando recorres las calles..., en los carteles, en los labios de la gente, en los deprimentes monos de uniforme. Nadie mira a nadie más de lo necesario aquí; pero seguí sintiendo que ocultos ojos me seguían constantemente.
Esta ciudad no parece tener nombre. Y, por supuesto, no tiene identidad individual. Existe para servir a la Compañía, como centro de aprovisionamiento y cuello de botella para los incontables cazadores de fortuna que se arrastran hasta el Límite del Mundo año tras año, todos seguros de que serán ellos los que van a hacerse ricos. La Compañía tolera un número limitado de prospectores independientes que deseen explorar los terrenos salvajes, que estén dispuestos a correr riesgos que ni siquiera la Compañía quiere correr en busca de recursos. No acepta ninguna responsabilidad sobre su destino, pero se lleva la mitad de sus beneficios, si llega a haberlos. Obtienen sus permisos aquí; supongo que tendré que hacer averiguaciones acerca de esto.
El Límite del Mundo es una obsesión para demasiados de esos estúpidos. Supongo que es lógico, incluso normal, que así sea. El Límite del Mundo es un cáncer en el corazón del continente más grande de Número Cuatro, millones de kilómetros de terreno aún virtualmente desconocido tras siglos de control hegemónico. Ha habido buenas razones para explorarlo, y para creer en los relatos de las fortunas obtenidas en él; la Compañía es prueba suficiente de eso. Los beneficios que consigue de los páramos han hecho a la Universal de Procesado más poderosa en Número Cuatro que cualquier otra cosa excepto el Consejo Planetario. Hay menas muy ricas ocultas ahí fuera, vetas de minerales preciosos, gemas del tamaño de puños..., una riqueza inimaginable.
Pero, al tiempo que los páramos alardean de sus tesoros, desafían también los esfuerzos humanos de explotarlos completamente. Incluso la Compañía es impotente en el Límite del Mundo. En el centro de los páramos se halla el Lago de Fuego, un vasto mar de roca fundida que rezuma del núcleo del planeta como la sangre de una herida. Los informes oficiales hacen creer a uno que no es más que un punto débil en la corteza planetaria. Pero no explican —no pueden— los extraños fenómenos electromagnéticos que brotan del Lago de Fuego: distorsiones que alteran las lecturas de los instrumentos y convierten sus datos cuidadosamente recogidos en un galimatías. Hay medio centenar de explicaciones no oficiales, que afirman que el Lago de Fuego lo extrae todo de un agujero negro del tamaño de un átomo que es la antesala al infierno.
Ninguna de las explicaciones me satisface más que no tener ninguna explicación. Desde mi llegada a Número Cuatro he pensado que si trajeran mejor equipo —y técnicos kharemoughi para hacerlos funcionar decentemente—, conseguirían averiguar la verdad. La Compañía ha empleado fortunas en hallar una solución, y no ha conseguido nada. Ni siquiera las sibilas pueden darle una respuesta..., y se supone que las sibilas son capaces de responder cualquier pregunta. Probablemente ellos no han formulado las adecuadas.
Si existiera alguna respuesta decente, no habría ningún misterio que confundiera a la Compañía o encandilara a la interminable ristra de autoengañados despojos a creer a pies juntillas cualquiera de las muchas versiones. Centenares de personas desaparecen aquí cada año, y nunca vuelve a oírse hablar de ellas...
Si existiera alguna respuesta decente, yo no estaría aquí, aguardando a seguirles. No pertenezco a este sofocante agujero, lleno con un montón de malditos estúpidos y fanáticos, todos ellos buscando una vía de escape a la responsabilidad o al pasado; una mano contra el destino, respuestas sin preguntas. Yo no soy como ellos. No tengo otra elección excepto estar aquí, el deber y el honor familiar lo exigen.
Mis hermanos son esos estúpidos que se engañan a sí mismos. Llevan desaparecidos ahí fuera desde hace ahora casi un año. Es difícil de creer, cuando parece que sólo fue ayer que alcé la vista y les vi de pie delante de mí, tan inesperados como fantasmas. Todavía puedo oír sus voces, cada palabra de la incredulidad que cruzó entre ellos cuando vieron las cicatrices en mis muñecas.
—Gedda. Gedda... —susurraron, repitiendo el odioso nombre que yo tan justamente merecía.
Me volví de espaldas a ellos y miré la ciudad a través de las ventanas de mi oficina, aguardando hasta que la vergüenza hizo morir sus voces.
No me preguntaron las razones de las cicatrices, por qué aún las llevaba, por qué todavía seguía vivo. Nada en el código de nuestra clase les dice cómo preguntar. Así que me enfrenté de nuevo a ellos, finalmente, y les pregunté qué estaban haciendo allí en Número Cuatro, a años de distancia de las propiedades y bienes de la familia allá en Kharemough.
—¿Y qué queréis de mí?
—¿Necesitamos querer algo aparte verte, después de tanto tiempo? —preguntó neciamente HK.
—Sí —respondí.
De modo que SB dijo:
—Hemos venido a hacer fortuna. Sólo estamos aquí de paso. Vamos camino del Límite del Mundo. —Anticipando mi desaprobación, intentó mirarme con aire de superioridad, siempre el pendenciero impulsivo.
Me he enfrentado a un montón de miradas como ésa en los años desde que abandoné mi hogar.
—No intentes darme de comer arena, SB —le dije—. Algunos de nosotros hemos crecido.
Sus pálidas pecas enrojecieron.
—Había olvidado el pequeño y fastidioso farisaico que siempre fuiste.
Yo no había olvidado nada. Mantuve el terminal del escritorio como una barrera entre nosotros.
—¿Sabéis?, aquí tienen un nombre para lo que queréis hacer. Lo llaman el Gran Error. —Me volví a HK, sorprendido aún de ver un pelo canoso encima de aquel familiar rostro complaciente. La brillante y llamativa ropa que llevaba apenas disimulaba su evidente barriga. Me pregunté por qué no llevaba el uniforme tradicional que era su atuendo adecuado como cabeza de familia—. Esperaba que él cometiera un error tan grande como éste. Pero nunca pensé que fuera a encontrarte a ti al otro lado de la galaxia de nuestros antepasados, tan lejos de... de vuestras propiedades. —Carraspeé—. Las cosas deben ir mejor de lo que recuerdo, si podéis dejar vuestros asuntos sin dirección durante tanto tiempo. ¿O tenéis ya una esposa y un heredero? —Los viajes subluz a y desde las Puertas Negras acumulaban años en el hogar de uno antes de que éste pudiera regresar a él. Intento no llevar la cuenta de los lapsos de tiempo relativista que me separan de mi pasado, se convierte demasiado a menudo en un ejercicio masoquista, pero sabía que habían transcurrido casi dos décadas en Kharemough desde que recé por última vez en el santuario familiar. Desde la última vez que vi a mi padre vivo... El recuerdo me apuñaló con una repentina traición, mostrándome un rostro..., un rostro de mujer, con la cara y el pelo tan pálidos como la luz de la luna y el tatuaje en forma de trébol de una sibila en su garganta. El rostro que siempre veía cuando intentaba ver el rostro de mi padre, desde que había abandonado Tiamat. Alcé la vista hacia mis hermanos, y noté que mi rostro estaba encendido.
Pero HK contemplaba el dorso de sus manos como si pertenecieran a un extraño.
—No hay ningún hijo..., ni propiedades.
—¿Qué? —susurré. Pero una mirada a sus rostros me bastó para comprender. Me apoyé en el escritorio, me incliné hacia adelante—. No...
—...lo perdimos todo... malas inversiones... no previmos... los asociados de SB...
Apenas pude enfocar mi atención en las palabras de HK. La diarrea de sus excusas no me decía nada y me lo decía todo. Imágenes de Kharemough llenaron mi mente: mi mundo, el único mundo, la única vida que valía la pena vivir. La vida a la que he renunciado para siempre, a causa de mis cicatrices. Había sido capaz de vivir con esta pérdida sólo porque creía que, fuera cual fuese la vergüenza que había arrojado sobre mí mismo, la reputación de mi familia permanecería intocada, la memoria de mis antepasados inmaculada, mientras yo me mantuviera lejos de ellos. Su continuidad y sus cenizas reposaban seguras en las tierras que habían pertenecido a mi familia desde los tiempos del Imperio..., una prueba de nuestro intelecto y nuestro honor. Pero ahora, después de tantos siglos, nuestras propiedades pertenecían a algún otro..., así como nuestra herencia. Algunos bajonacidos, trepadores sociales, con el dinero como único honor, quemaban incienso a mis antepasados; reclamaban a mi familia, con todos sus logros, como suya. Mil años de tradición destruidos en un momento. Y todo por causa mía.
—...apenas pudimos reunir el dinero necesario para pagar este viaje... al Límite del Mundo... nuestra única esperanza de recuperar alguna vez las posesiones de la familia... ayúdanos a recobrar muestras propiedades y el honor...
Un campanilleo plateado interrumpió las palabras de HK y le hizo callar. Buscó distraído en el bolsillo de su manga y extrajo el reloj. El reloj hereditario, la reliquia del Antiguo Imperio que mi madre había hecho restaurar y había dado a mi padre como regalo de boda. Debió ser una curiosidad anacrónica incluso cuando era nuevo, una máquina puramente mecánica, que no hacía nada excepto dar la hora. Ni siquiera mi madre había estado segura de lo antiguo que era. Cuando era niño yo había jugado interminablemente con él, obsesionado por todo lo que representaba. Todavía podía ver todas las criaturas alienígenas grabadas en su superficie dorada, sentir las sutiles formas de sus miembros y sus enjoyados ojos bajo el tacto acariciante de mis dedos. El reloj era un recuerdo que mi padre había dejado específicamente para mí en su testamento. Pero HK se lo había quedado para él.
—Marchaos. —Conseguí mantener mi voz controlada mientras pulsaba una tecla del terminal y abría la puerta a sus espaldas—. Salid de aquí antes de que yo... —Me faltaron las palabras—. ¡Iros al infierno siguiendo vuestro propio camino! No quiero saber nada de vosotros.
HK se envaró como un clabbah varado en la arena, intentando mantener su dignidad.
—Hubiera debido pensármelo dos veces antes de apelar a tu honor —dijo, recurriendo a la dignidad y a la ironía.
SB cogió a HK del brazo y tiró de él hacia la puerta abierta; miró hacia atrás sólo una vez, para escupirme:
—Gedda.
Y desde entonces no volví a saber de ellos. En buena hora me libré, me dije.
Pero, en vez de olvidarlos, les he seguido al Límite del Mundo. No puedo creer que haya hecho esto..., el pensamiento de pasar simplemente una noche en esta escuálida ciudad es suficiente para hacer que cualquier persona razonable tome el siguiente transbordador de vuelta a la civilización. Y no es como si ellos hubieran venido a pasar una semana de vacaciones y se hubieran olvidado del tiempo. Desaparecieron en unos páramos no cartografiados. Estaban absolutamente no preparados para lo que hicieron..., ninguno de ellos había intentado nunca antes algo más peligroso que pasar todo el día en los baños. Si los páramos no los mataban, lo harían probablemente los animales humanos que los habitaban, que además recogerían sus huesos. ¿Voy a ir ahí fuera para dejar que a mí me ocurra lo mismo?
Cuando era un muchacho, mi institutriz me contaba historias del Robaniños, que robaba a los bebés de alta cuna y los cambiaba por cretinos No Clasificados. Durante años estuve seguro de que esto era lo que les había ocurrido a HK y SB. Habían elegido su destino, y si el Límite del Mundo se los había tragado sin dejar ninguna huella, bien, habían recibido lo que se merecían. No dejaban nada ni a nadie detrás excepto a mí..., sin otra cosa que mis recuerdos.
Pero desde que han desaparecido yo soy el cabeza de la familia..., un título tan hueco como inesperado. Y ellos siguen siendo mis hermanos. Esto hace que mi deber sea buscarles; mi responsabilidad hacia todos mis antepasados..., que serán siempre mis antepasados, sean quienes sean los extraños que violen el honor de mi familia y reclamen mi sangre como la suya. Pero, de todos modos, si no fuera por mi padre, si no fuera por lo que le debo...
Si no fuera por mí, nada de esto hubiera ocurrido.
Pero, aunque haya sido un fracaso, no soy un estúpido. Poseo un entrenamiento que HK y SB no tuvieron nunca, poseo la experiencia necesaria que me ayude a buscarlos. No es imposible...
Además, si abandono ahora, ¿qué me quedará? ¿Mi trabajo? Ya ni siquiera puedo hacerlo de una forma competente. No querrán ver mi rostro allá en Puertacuatro hasta que pueda realizar de nuevo mis tareas. Desde que mis hermanos llegaron a este mundo, tengo la sensación como si hubiera perdido todo control de mi vida.
Debo concederme el tiempo suficiente para esta búsqueda..., el tiempo necesario para descubrir qué es lo que he perdido, y cómo recuperarlo..., para descubrir si realmente importa.



Día 7


Dioses, ¿es posible que haya pasado una semana desde que llegué aquí? Parece una eternidad..., y sin embargo parece como si fuera ayer que hice mi primer viaje a la Oficina de Permisos.
Fui informado por la desaliñada mujer que me alquiló la habitación infestada de bichos que necesitaría autorizaciones. Incluso para permanecer en la ciudad más de una noche necesitaba un permiso de la Compañía..., y para entrar en el Límite del Mundo necesitaría media docena más. Cuando oí la noticia me sentí exaltado, porque me di cuenta de que mis hermanos habrían tenido que hacer lo mismo, y que en consecuencia habría algún registro de cómo y cuándo se habían ido de allí. Pensé que las cosas iban a ser fáciles.
Por la mañana fui al centro de la ciudad. Pero, en el momento mismo en que crucé el umbral de la Oficina de Permisos en la plaza de la ciudad, me di cuenta de que mis suposiciones acerca de que todo iba a ser razonable o fácil eran pura fantasía. No había puerta en la oficina; el calor era peor dentro que fuera, aunque jamás hubiera creído que eso fuera posible. No había sillas, ni mostradores, nada excepto una pared lisa partiendo en dos la única habitación.
Al otro lado de la pared vi a tres personas de pie o sentadas en la auténtica oficina, que parecía primitiva pero funcional. Crucé la estancia hasta la pared y golpeé suavemente en ella con los nudillos. Sólo uno de los empleados, una mujer, se molestó en alzar la vista hacia mí; ninguno de ellos acudió a la pared. Golpeé de nuevo, más fuerte esta vez, cuando me di cuenta de que me ignoraban. La mujer hizo un gesto con la mano de que me fuera, como si estuviera haciendo algo importante. No hacía absolutamente nada, como yo podía ver muy bien.
Otro evidente forastero entró en la oficina y se detuvo junto a la pared a mi lado, sujetando en la mano su disco de crédito. Gritó algo que sonó como «¡Memo!». Uno de los empleados, un hombre viejo con el rostro como una loncha de fruta seca, cruzó finalmente la habitación hacia nosotros. Pulsó algo en la pared, y oí una nota tintineante; de pronto se abrió una ventanilla frente al otro hombre. Una bocanada de aire fresco y seco abofeteó mi rostro.
—Perdone —dije—, pero estaba yo primero.
—Aguarde su turno —me restalló el empleado. El otro hombre sonrió, manteniendo su sitio, y el empleado tomó su disco de crédito.
Aguardé, intentando controlar mi ira al verme tratado como el más bajo de los No Clasificados allá en Kharemough. El otro hombre terminó finalmente sus asuntos, y yo me situé en su lugar antes de que el empleado pudiera cerrar de nuevo la ventanilla.
—Necesito..., necesito cierta información —dije—. Estoy buscando a mis hermanos...
El empleado inclinó insolentemente la cabeza hacia un lado.
—No están aquí dentro, hijo. Vuelva por donde vino, encontrará allí todos los hermanos que quiera. —Rió silenciosamente.
Hice una profunda inspiración y dije, tan suavemente como pude:
—Mis hermanos..., vinieron aquí hará un año. Creo que fueron al Límite del Mundo. No volvieron. Estoy aquí para buscarles. Tengo entendido que necesito algún tipo de permiso para hacer eso. Quiero solicitarlo.
Se apartó de la ventanilla sin una palabra; pero dejó ésta abierta, así que aguardé. Volvió con un puñado de impresos.
—Rellene esto. —Los pasó a través de la ventanilla y la cerró.
—¿Quiere decir llenar todo esto? ¿A mano? —exclamé. Pero ya le estaba hablando a su espalda. Miré la vacía oficina a mi alrededor, buscando inútilmente una silla o una mesa. La habitación no había producido milagrosamente ninguna de las dos cosas, de modo que me apoyé contra la pared de un lado y me puse a rellenar los impresos por cuadruplicado con un estilo roto que encontré en el suelo, en un rincón. Mientras detallaba mis ocupaciones, solicitaba los permisos correspondientes, juraba solemnemente solvencia y cordura y revelaba detalles de mis condiciones físicas y mentales que ni siquiera eran asunto de médicos, empecé a pensar que la Compañía era un enemigo más formidable que cualquier otro que pudiera encontrar en el Límite del Mundo. Me sequé el sudor de los ojos por centésima vez. Quedaban aún espacios en blanco por llenar en media docena de impresos, declaraciones juradas que adjuntar, datos que confirmar. Volví a la pared divisoria.
—¡Memo! —llamé.
Esta vez el empleado respondió en seguida. Tomó mis papeles, frunció el ceño y agitó la cabeza.
—No están completos.
—Lo sé —dije, manteniendo a duras penas mi educación—. Es imposible. No puedo conseguir todo lo que pide ni siquiera aunque me pase un mes en Puertacuatro..., ¡tendré que pedirlos a Kharemough! No puedo esperar años...
Se encogió de hombros y se mordió un padrastro; los impresos susurraron. Capté su olor, un débil aroma mohoso flotando en el frío aire.
—Hubiera debido venir mejor preparado. —Alzó la vista hacia mí, como si esperara ver algo que no estaba en mi rostro. Cuando no lo encontró, agitó de nuevo los papeles—. Bien..., puede que haya una forma de eludir algunas de las cosas que se piden aquí..., tal vez podamos hacer algo por usted..., podemos pasar por alto algunos detalles... —Me miró de nuevo, expectante.
No respondí, sin comprender qué era lo que deseaba.
Finalmente dijo:
—Esto va a costarle algo de dinero.
Me envaré.
—¿Quiere decir un soborno? ¿Espera que le pague por ello, es eso lo que quiere decir? Quiero hablar con su superior, Memo.
—Memmog —dijo fríamente—. Yo estoy al cargo aquí. Y no me gusta su actitud. La Compañía no tiene por qué hacer nada por usted, ¿comprende? Nadie le necesita aquí; los de su clase son tan baratos como el polvo. Les dejamos explorar el territorio de la Compañía por pura generosidad, y si ustedes ni siquiera están dispuestos a dar algo a cambio, entonces pueden tomar el siguiente transbordador que salga de aquí.
La ironía me golpeó tan fuertemente que casi me eché a reír. Por fortuna no lo hice.
—¿Cuál es su... tarifa? —pregunté hoscamente.
—Diez por el permiso de residencia aquí en la ciudad la primera semana.
—¿Diez?
—Quince para cada semana sucesiva. —Me miró fijamente. Esta vez mantuve la boca cerrada.
—Los permisos y autorizaciones para poder entrar en el Límite del Mundo y hacer prospecciones, o lo que diga que quiere hacer usted allí, son más complicados. Toman tiempo, tienen que pasar por muchas manos. Algunos de los encargados de seguridad puede que deseen entrevistarse personalmente con usted... —Alzó significativamente las cejas; me mordí la lengua—. Sólo empezar los trámites, con todo lo que le falta, le costará cincuenta. —Tendió una mano.
Mi mano se tensó alrededor del disco de crédito.
—En ese caso, antes de pagarle nada, quiero al menos pruebas de que mis hermanos entraron realmente en el Límite del Mundo. Espero que pueda comprobar eso en sus archivos.
—No está permitido...
—A cambio de la tarifa correspondiente. —Alcé mi disco de crédito ante él.
—Supongo que puedo hacer una excepción. ¿Nombres? —Le di sus nombres y mi disco de crédito, y se dirigió al fondo de la oficina. Al cabo de otra espera interminable volvió. Me tendió una hoja de impresora, como si supiera que yo solamente iba a aceptar una prueba documental.
Los datos me dijeron que mis hermanos habían obtenido sus permisos de la Compañía y sus autorizaciones para prospectar y sus pertrechos. Cuánto les había costado todo esto no estaba reflejado. Habían entrado en el Límite del Mundo aproximadamente un mes después de que acudieran a verme. Eso era todo.
—¿Esto es todo, realmente? ¿Puede decirme cómo viajaban, o qué dirección tomaron al menos?
Sacudió la cabeza.
—Le he facilitado todo lo que me ha pedido. —Me tendió de vuelta mi disco de crédito.
Miré el estado del crédito e hice una mueca.
—Supongo que sí. —Frunció el ceño; al menos mi sarcasmo no le había pasado por alto—. ¿Cuándo puedo esperar obtener las autorizaciones?
—Vuelva dentro de un par de días. Quizá por entonces ya haya algo preparado. Habrá más gastos. —Me miró largamente—. Pero si yo fuera usted, no contaría con poder marcharme de aquí pronto. —Cerró la ventanilla con otra nota cristalina y se alejó.
Y, cada vez que voy allí, Memmog me dice: «Vuelva dentro de un par de días». Siempre hay más gastos, pero nada que mostrar a cambio de ellos. Y, cada vez que entro, se ríe de nuevo discretamente de mí. Soy un hombre marcado. Sé que no estoy jugando bien a este juego..., ¡pero maldita sea, no nací para la adulación y el soborno, cosas a las que parece dedicarse todo el mundo en esta maldita ciudad!
Si sólo hubiera alguna otra forma de entrar en el Límite del Mundo..., pero la Compañía tiene monitorizado todo su perímetro con una vigilancia mucho más intensa que la de cualquier gobierno. Ésta es la única forma racional.
Mis hermanos lo hicieron así, y al menos escaparon de este laberinto burocrático. Tiene que haber una forma de que yo descubra su rastro a partir de aquí y lo siga. Paciencia, eso es todo lo que necesito. Perseverancia. Lógica.
¡Maldita sea! Esto es de locos.



Día 14


Hoy empezó como ayer, y como anteayer. Efectué las rituales sumisiones burocráticas una vez más, con la esperanza de conseguir mis autorizaciones..., sin conseguir más que calor y sed. Después volví otra vez al bar de C'uarr, en el Barrio; otro ritual que mis pies tienen ya programado. Me había prometido que no iría a C'uarr hoy..., estaba seguro de que enfermaría del estómago si volvía a beber otro vaso de su licor matarratas. Pero fui pese a todo.
La repentina oscuridad del bar es tan cegadora como la calle. Siempre me detengo apenas cruzar la puerta, echo hacia atrás el protector solar de mi casco, parpadeo hasta que mis ojos pueden distinguir el cuadro de los clientes regulares del bar. El puñado de forasteros con sus características indumentarias destacan entre los trabajadores de la Compañía como fragmentos de cristal de color sobre un lecho de lisas piedras blancas. Siempre los mismos forasteros..., atrapados como yo en este purgatorio en el que he empezado ya a pensar como la Espera.
—¿Todavía por aquí, peregrino? —me preguntó un fornido guardia de la Compañía mientras me empujaba a un lado de la puerta. Se detuvo, sonriendo ante la indignación que no pude ocultar por completo. Toda una vida no sería suficiente para hacerme recibir con resignación los insultos de los inferiores—. ¿Cuánto te falta todavía? —siguió. Cuando no le respondí, dijo—: Bien, quizá mañana. O quizá no. —Se echó a reír, exhibiendo unos dientes amarillos.
Me mantuve lejos de los garfios de carne de sus manos. Unos pocos días antes presencié cómo dos guardias rompían casualmente todos los dedos de un prospector que dijeron que hacía trampas en el cinco y veinte. La Compañía tiene sus propias leyes cuando llegas al Límite del Mundo, y las leyes cambian según el humor de quien las aplica. La ley uniforme de la Hegemonía es sólo un recuerdo aquí.
El guardia siguió su camino, y yo me dirigí a la barra. Pedí una copa con voz demasiado fuerte, y tuve que soportar la irónica y lenta respuesta de C'uarr. C'uarr, el tuerto, es tan amargo y corrosivo como su venenoso licor. No es un local..., por el nombre viene probablemente de Samathe. No dejaba de preguntarme qué lo mantenía allí, cuando es evidente que odia esta ciudad y lo que hace, del mismo modo que odia a todo el que llega a este lugar. A medida que transcurrían los días y la inactividad empezaba a devorarme, empecé a pensar que era un parásito que vivía de la miseria de la Espera más que del dinero que ésta le proporcionaba. Hoy se me ocurrió que simplemente seguía allí por inercia...
C'uarr depositó el bajo y ancho vaso sobre el sucio mostrador con un fuerte golpe; gotas del rojo licor ensangrentaron su mano. La tendió, con la palma hacia arriba, como siempre. Deposité en ella una marca.
—¿Alguna noticia? —pregunté, mientras daba el primer sorbo. Le pagaba para que preguntara por mis hermanos. Pero la pregunta era ya retórica; me volví y me alejé antes incluso de oír su respuesta. Siempre era no. Noté la mirada de C'uarr clavada en mis espaldas, llena de burla y torva especulación. Es como un animal..., se da cuenta de que no soy realmente como los demás. Puedo decirlo cuando me mira.
La sala de techo bajo huele a moho y varillas de fesh. Nadie se molesta en alzar la vista mientras me abro camino hacia un banco en una esquina libre de una mesa. Me he fundido en el entorno, como ellos. Peregrinos, los llaman los trabajadores de la Compañía, y ríen. Efectúan su peregrinaje hasta este lugar desde todo el planeta, desde toda la Hegemonía, buscadores de una legendaria riqueza, de ocultos tesoros, todos creyentes en la misma religión de la codicia. La mayoría de ellos terminan en cambio en esta trampa, atrapados como insectos en una botella mientras C'uarr y la Compañía los sangran a muerte.
Paso el resto de la tarde sentado, mirando, conservando la misma bebida hasta que C'uarr me amenaza con echarme. Le pido otra, pero no la bebo. El barato licor local color rubí es fermentado de algún tipo de hongo. Lo llaman ouvung. Un gusano muerto flota en cada botella. La primera vez que lo bebí sentí náuseas..., y me pregunté si el gusano no estaría realmente allí como testamento a la estupidez de los bebedores. Me he acostumbrado a él, como todos los demás.
Finalmente, el cielo al otro lado de la puerta empieza a oscurecer. Ceno otra ración de repulsiva comida barata, y regreso a mi habitación infestada de bichos para dormir una noche más. He gastado más en insecticidas y pantallas sónicas desde que estoy aquí que en comida. Pero tengo que conseguir dormir un poco..., para poder levantarme mañana e iniciar una vez más mi fútil ronda, y al día siguiente, y al otro...
A veces pienso que tengo que estar loco para seguir aquí..., cada vez que considero mis posibilidades de encontrar el rastro de mis hermanos en toda esta nada, en todo el Límite del Mundo. Nadie al que he preguntado recuerda siquiera haberlos visto. ¿Por qué, en el nombre de un centenar de antepasados, no pudo HK haberse casado decentemente y tener media docena de herederos? Quizá uno de ellos hubiera podido llegar a ser medio inteligente... Estoy seguro de que SB se lo sacó de la cabeza, de la misma forma que le sacaba de la cabeza cualquier otra idea que hubiera tenido alguna vez. Aunque, ¿qué mujer se hubiera casado con ninguno de ellos? Incluso nuestra propia madre...
Idiota..., si ni siquiera puedes conseguir la autorización de la Compañía para entrar en el Límite del Mundo, ¿qué demonios vas a hacer con ello?



Día 21


Tres semanas.
Tres semanas en esta pocilga, y más dinero gastado ya del que gano en medio año. Dioses, incluso Tiamat era mejor que esto. Así que hoy lo celebré..., con toda una botella del matarratas de C'uarr para hacerme compañía. Debió convencerme él. Pero me engañó. Pagué una botella entera, pero me dio ésta casi vacía, sin siquiera el gusano...
Maldita sea, sé que sólo tomé un par de copas..., no soy un borracho. Nunca toco el licor. La embriaguez me disgusta. Es un signo de debilidad de carácter. Odio los borrachos. Tengo que odiarlos. Los dioses saben que tengo que tratar con bastantes de ellos..., tenía que tratar. Ya no.
No desde hace un mes... Parece como si hubiera ocurrido hace años. El mensaje del Inspector Jefe en mi pantalla. Cuando lo vi deseé echar a correr, como un niño, porque sabía que sólo había una razón para que me pidiera que le informase en persona. Pero mi cuerpo se puso en pie detrás de mi escritorio y se hizo cargo de mí; hice el saludo correcto, como si mi rostro no me estuviera traicionando con una expresión más culpable que la de un criminal.
El Inspector Jefe Savanne no es un hombre fácil de afrontar, ni siquiera a través de una videopantalla. Me devolvió el saludo, estudiándome con una inseguridad que era más difícil de soportar que la fría desaprobación que había esperado.
—Señor... —empecé, y mordí el flujo de excusas que llenaba mi boca. Bajé mi mirada a lo largo del azul de mi uniforme hasta mis botas. Vi a un hipócrita y un traidor llevando las ropas de un hombre honesto. Estoy seguro de que el Inspector Jefe vio lo mismo. Tiamat. La palabra, el mundo, fue repentinamente en todo lo que pude pensar. Tiamat, Tiamat, Tiamat...
—Inspector.
Asintió con la cabeza, pero todo lo que dijo fue:
—Creo que ambos nos damos cuenta de que su trabajo no ha estado a la altura de los estándares durante los últimos meses. —Fue directamente al asunto, como de costumbre.
Me erguí un poco más, me obligué a enfrentarme a su mirada.
—Sí, señor.
Dejó que las yemas de sus dedos flotaran sobre el teclado de su terminal, enviando mensajes al azar a su pantalla, como hacía a veces cuando estaba distraído. O quizá los mensajes no eran al azar.
—Evidentemente sirvió usted de una forma muy competente en Tiamat, para haber ascendido al rango de inspector en tan poco tiempo. Pero eso no me sorprende, puesto que era usted un técnico de segundo rango... —Él también era un kharemoughi, como la mayor parte de los altos oficiales de la fuerza.
Éramos. Engullí la palabra como un trozo de pan seco. Mis manos se agitaron en mi espalda; toqué mis cicatrices. Podía proteger a mi familia de la vergüenza manteniéndome lejos de casa. Pero nunca había sido capaz de olvidar mi fracaso; porque mi gente nunca lo olvidaría, y mi gente estaría en cualquier parte que yo fuese.
Alzó la vista, frunció ligeramente el ceño ante mi leve movimiento.
—Inspector, sé que tiene usted algún recuerdo desagradable de su trabajo en Tiamat..., sé que todavía lleva las cicatrices. —Bajó de nuevo la vista, como si incluso mencionar aquello le azarase—. No deseo saber lo que le ocurrió allí, o por qué no las ha hecho eliminar. Pero no quiero que piense que utilizo contra usted lo que hizo...
O lo que fracasé en hacer. El mismo hecho de que lo mencionara me decía mucho. Demasiado. No contesté. Dejé que mi rostro enrojeciera.
—Ha servido usted aquí en Número Cuatro durante casi cinco años estándar, y durante la mayor parte de ese tiempo ha guardado para sí lo que sea que le turba tanto. Quizá eso sea demasiado...
Sabía que algunos de los otros oficiales consideraban que yo era una persona solitaria y asocial..., y sabía que tenían razón. Pero no me había importado, porque nada había parecido importarme mucho desde Tiamat. Sentí el frío de un invierno desaparecido hacía mucho infiltrarse hasta lo más profundo de mis huesos mientras aguardaba. Intenté recordar un rostro..., intenté no recordarlo.
—Ha demostrado usted una admirable autodisciplina, hasta recientemente. Pero, después del asunto de la Hermandad Wendroe..., la cosa fue llevada terriblemente mal, como estoy seguro de no tener que recordarle. El Gobernador General se me quejó personalmente al respecto.
Y la policía tenía que demostrar la buena voluntad de la Hegemonía. Mis párpados aletearon con la necesidad de dejar de mirar. Pero mantuve mis ojos fijos.
—Comprendo, señor. Fue responsabilidad mía. Mis acusaciones contra el chambelán de la Hermandad fueron inexcusables. —Aunque eran ciertas. Pero la verdad era siempre la primera víctima en nuestras relaciones con un gobierno planetario. Kharemough mantenía unida la Hegemonía con una frágil red de sanciones económicas y manipulaciones interesadas, porque, sin un impulsor hiperlumínico, cualquier cosa más centralizada era imposible. Los otros siete mundos de la Hegemonía eran técnicamente autónomos..., Kharemough cultivaba su tolerancia con un cuidado hipócritamente elaborado. Yo sabía todo esto más que nadie; lo había aprendido en Tiamat—. Debería haber presentado inmediatamente mi renuncia. En esos últimos meses he tenido... dificultades familiares. Mis hermanos se perdieron... en el Límite del Mundo. —Noté que la sangre afluía de nuevo a mi rostro, y proseguí apresuradamente—: No ofrezco esto como una excusa, sólo como una explicación. —El Inspector Jefe me miró como si eso no explicara nada. Yo ni siquiera podía explicarme a mí mismo los sueños que habían arruinado mis noches desde que llegaron mis hermanos: los fantasmas de un millar de antepasados desposeídos; el rostro de mi padre cambiando al de una muchacha tan pálida como la nieve; interminables campos de nieve... Me despertaba temblando, como si me estuviera helando—. Le presento mi renuncia ahora, señor. —Mi voz no se quebró.
El Inspector Jefe agitó la cabeza.
—No es necesario. No si está dispuesto a aceptar usted la alternativa de una reducción temporal de rango y una ausencia obligada hasta que el Gobernador General haya olvidado este incidente. Y hasta que su... estado emocional haya recuperado algún tipo de equilibrio.
¡Si tan sólo pudiera olvidar el pasado con la misma facilidad que el Gobernador General me olvidará a mí! Me limité a decir, débilmente:
—Gracias, señor. Me ofrece más consideración de la que merezco.
—Ha sido usted un buen oficial. Merece poder tomarse todo el tiempo que necesite para resolver sus problemas... de la mejor manera que pueda —dijo, incómodo—. Descanse, disfrute de estas vacaciones de sus responsabilidades. Procure sentirse en su casa en este mundo. —Alzó la vista hacia mí, a las cicatrices de mis muñecas—. O quizá..., tal vez lo que necesite sea investigar la desaparición de sus hermanos en el Límite del Mundo.
Por un momento sentí una oleada de vértigo, como si estuviera cayendo... Agité la cabeza, vi que un leve fruncimiento de ceño cruzaba el rostro del Inspector Jefe.
—Y vuelva luego a la fuerza, Gundhalinu —murmuró—. Pero sólo si puede volver sin cicatrices.
Sin cicatrices..., sin el pasado. ¿De qué servía hacerme borrar las cicatrices? No sería más que otro acto de hipocresía. Yo las seguiría viendo. Y él también. La vida nos causa cicatrices con su avanzar. Sólo la muerte es perfecta.

© 2011 Joan D. Vinge. Reproducido con la autorización de Grupo AJEC.

 

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