La bala de la nada de R.C. Wagner PDF Imprimir E-mail
Escrito por Roland C. Wagner   
Lunes, 06 de Octubre de 2008 05:39
La bala de la nada de Roland C. WagnerEs un transparente. La gente no se fija en él y cuando lo hace se olvida, lo cual va bien para su oficio de detective.

Avance editorial

 

La bala de la nada de Roland C. Wagner

Ficha técnica

Título: La bala de la nada. Los futuros misterios de París.
Autor: Roland C. Wagner.
Editor: Por la tangente
Diseño de la cubierta: Jordi Sàbat
Ilustración de la cubierta: Alejandro Terán
Traducción: Hèctor Cesena
ISBN: 978-84-934889-2-5
Fecha de aparición: Octubre 2008
Número de páginas: 168
P.V.P: 18 euros.

Contraportada

Se llama Templo Sagrado del Alba Radiante, pero pueden llamarle Tem.

Es un transparente. La gente no se fija en él y cuando lo hace se olvida, lo cual va bien para su oficio de detective, aunque le obliga a usar vistosas indumentarias cuando se trata de no pasar desapercibido.

En una época en que los crímenes prácticamente han desaparecido y la humanidad, dividida en tribus, vive en paz y armonía, Tem va a verse en la tesitura de investigar el asesinato de un físico en una habitación cerrada por dentro.

Ésta es una mezcla de novela negra, humor y ciencia ficción, donde un improbable detective se pasea por el París del futuro rodeado por personajes pasados de rosca y protegido por una impagable inteligencia artificial anarquista.

Sobre Roland C. Wagner

Roland C. Wagner (Bab-el-Oued, Algeria, 1960) ha publicado más de cincuenta novelas y un centenar de cuentos de ciencia ficción, que le han valido los premios más importantes del género en Francia, como el Tour Eiffel o varios Rosny-Aîné. La serie de Los futuros misterios de París, galardonada con el Grand Prix de l’Imaginaire, se inició en 1996 con La bala de la nada y ha llegado ya a su novena entrega.

Autor prolífico con gusto por impregnar de humor sus obras, gran amante del rock, músico y traductor, tiene fama de hippy psicodélico, pacifista y soñador, y se ha convertido en referente inexcusable de la ciencia ficción francesa.

La bala de la nada

Los futuros misterios de París

Roland C. Wagner

Por la tangente

 

PRÓLOGO


El coronel Fischer tenía fama de ser el hombre que más tiempo había pasado en el espacio y todo hacía indicar que dicha fama era merecida. Sin embargo, a diferencia de los Héroes de la Humanidad, esos astronautas legendarios autores de los primeros vuelos a Marte y el Cinturón, él nunca había ido más allá de la periferia terrestre más cercana. Y si bien había permanecido algún tiempo en la Luna, jamás había descendido hasta el fondo del pozo de gravedad de su planeta natal.

Observó al joven que se encontraba delante de él, de pie al otro lado de la mesa de despacho metálica. Alto y delgado, el intruso vestía una camisa blanca de corte indio y un increíble pantalón bombacho con estampado de grandes flores violetas; un turbante negro, en el que había un pin con la inscripción AL CARAJO EL EJÉRCITO en letras amarillas sobre fondo malva, completaba el disfraz. Por supuesto calzaba las mismas sandalias especiales que el resto de los tripulantes de la estación La Vigilante: constaban de un polímero fractal donde se abrían múltiples agujeros formando ventosa, y las suelas eran aptas para cualquier tipo de material liso. Un detalle imprescindible en un lugar en el que predominaba la ingravidez.

¿Cómo había podido pasar tanto tiempo inadvertido un tipo con una pinta semejante? Esto seguía siendo una incógnita para el coronel. La base espacial no era lo suficientemente grande como para que alguien pudiera esconderse más de unas horas, incluso contando con la complicidad de sus habitantes. Sin embargo, el intruso había vivido algún tiempo a bordo antes de ser detectado. Había comido, dormido, ganduleado, quizá incluso estudiado o trabajado, sin que nadie se hubiera preguntado quién era, de donde venía y qué hacía allí.

–Siéntese, dijo el coronel.

El hombre obedeció mientras escogía una silla a su espalda. Sus movimientos ágiles y delicados poseían una elegancia natural. Aunque corría el riesgo de tener que afrontar una inculpación por espionaje, parecía encontrarse muy cómodo.

–¿Es usted quien decide qué harán conmigo ahora?

La entonación de su voz traicionaba su juventud. No debía tener mucho más de dieciocho años, lo que se confirmaba por los escasos pelos que le salpicaban las mejillas y la barbilla.

–En cierto sentido, sí –respondió el coronel–. En mi condición de oficial de más alta graduación de La Vigilante, me corresponde a mí decidir si le expulsamos o le llevamos ante un tribunal militar.

–¿Un tribunal?

No parecía haber previsto aquella eventualidad. ¿Cuál era su verdadera identidad? ¿De qué forma había subido a bordo de la estación? ¿Desde cuándo se encontraba en ella? ¿Y por qué razón nadie había constatado su presencia hasta entonces? El objetivo de la entrevista era precisamente obtener la respuesta a estas preguntas, a fin de elevar un informe completo a las autoridades competentes. En teoría, ello les permitiría tomar las medidas necesarias para que un asunto de tamaña envergadura no volviera a suceder, pero ya hacía tiempo que el coronel no se hacía muchas ilusiones acerca de la eficacia de sus superiores. El ejército europeo no era más que un títere, un esperpento absolutamente incapaz de jugar su rol en caso de conflicto.

Era obsoleto. Inútil, como todos los ejércitos. Puesto que a juzgar por la opinión de sociólogos e historiadores, prospectivistas y psicólogos, políticos y filósofos, ya no habría más guerras. Jamás.

La humanidad empezaba a sosegarse.

–Su caso es grave –explicó el coronel–. Usted se ha introducido subrepticiamente en una zona militar prohibida al público. Durante la guerra del Turkestán se fusilaba por mucho menos que esto. Pero ahora… (Hizo un gesto evasivo.) ¿Cuál es su nombre?

–Templo Sagrado del Alba Radiante, pero puede llamarme Tem.

–¿Milenarista?

–Mis padres lo son. Me eduqué en la tribu de la alta Auvernia, en una comunidad rural. Pero no me considero un milenarista, sino más bien un místico sincretista.

El coronel Fischer desechó con un gesto la última parte de la frase. Hacía tiempo que se había desinteresado de las cuestiones profundamente religiosas para concentrarse en una fe simple y reconfortante. Abajo, sobre la burbuja azul y blanca que rodaba por todo el fondo del pozo de la gravedad, la espiritualidad dogmática estaba más de moda que nunca, pero aquí, en órbita, a miles de kilómetros de altitud, el hombre no tenía otra opción que escuchar lo que sentía en su interior. El sentimiento de inmensidad, estrechamente relacionado con lo sagrado, que llenaba el corazón del coronel mientras éste contemplaba el espacio infinito, no tenía nada que ver con las querellas “metafísicas” de los Nuevos Hijos de la Renovación sin Precedentes o de la Pequeña Iglesia Lisérgica.

Educado en la religión protestante, nunca había puesto en duda la enseñanza que recibió en su juventud. A sus ojos, un místico sincretista no podía ser más que una criatura extraña cuya búsqueda espiritual conducía directamente a las sectas más eficaces en materia de publicidad –la Iglesia de la cienciología o el Culto de Michael Jackson–. A no ser que se tratara de un agnóstico, que aún era peor. ¿Cómo se podía creer, sin aceptarla por anticipado, una revelación cualquiera?

El coronel echó un vistazo por la ventanilla alargada que se abría a su derecha. Un largo croissant de luna resplandecía sobre el fondo estrellado: la huella del Creador.

Dirigió su atención hacia Tem, no sin dificultades.

–¿Cómo llegó usted aquí?

–Subí a bordo de la lanzadera espacial en el astropuerto de Kourou. Hacía dos semanas que me encontraba en la zona de La Guayana y me dije que quería dar una vuelta por Allá Arriba, para ver si se parecía a lo que me habían dicho.

–¿No tenía ninguna otra motivación?

–Me excitaba introducirme en una base del ejército. He sido educado en un ambiente de no-violencia y de respeto al prójimo. Los soldados son instrumentos por medio de los cuales la violencia humana se exterioriza legalmente. Digamos que tenía curiosidad para ver a qué podía parecerse la vida entre los militares. Sin apriorismos.

El coronel frunció el ceño, preguntándose si su interlocutor no estaría burlándose de él. Pero lo cierto es que no había ningún indicio de ironía en la voz o en la mirada de Tem. Por difícil que pudiera parecer, el joven decía la verdad.

–Bien. O sea que usted subió a la lanzadera espacial sin hacerse notar. ¿Cómo lo hizo?

–Me puse un vestido de vuelo que encontré en un guardarropa y me mezclé entre los pasajeros. Eran más de diez, de modo que no fue fácil.

–¿Y nadie le preguntó nada?

–No. ¿Sabe?, en general la gente no presta atención a mi presencia… (El joven dudó.) Se lo diré sin tapujos: soy un transparente.

Algo se heló en la nuca del coronel. Tendría que haber sospechado que un hijo de milenaristas estaría en posesión de un Talento parapsíquico cualquiera, y ahora se arrepentía de no haber solicitado la presencia a bordo de un psiquiatra con motivo de aquella entrevista; siempre se había sentido incómodo ante aquellos que Multimed calificaba de “mutantes”, para quienes el neocórtex virtual abundaba en neologismos efímeros, a cuál el más cogido con pinzas.

–¿Me está diciendo que las demás personas no tienen conciencia de su presencia? Sin embargo, yo le veo, le oigo, le hablo. Sé que usted está ahí…

Se acordó del esfuerzo que tuvo que realizar para sustraerse a la contemplación de la Luna mermada por la sombra de la Tierra; en un breve instante había olvidado por completo que un huésped clandestino se encontraba con él en la misma sala.

Tem sonrió. A pesar suyo, el coronel no podía evitar sentir simpatía por él. No era más que un chaval, un adolescente un poco ingenuo que no calculaba las consecuencias de sus actos. Pero ¿tenía derecho por ello a la indulgencia? Eso es lo que Fischer se disponía a determinar en el transcurso de los próximos minutos.

–Es normal, ahora que usted se ha percatado de mi presencia. Alguien que ha puesto su atención en mí, le resulta fácil mantenerla focalizada. Pero en cuanto yo ya no esté aquí, tendrá dificultades para recordar a qué me parezco, y el recuerdo de nuestra conversación se hará borroso en su memoria… (Súbitamente voluble, prosiguió tras un breve instante de reflexión.) Intentaré explicarme mejor… Cuando usted camina por la calle en medio de la gente, no puede interesarse materialmente por todos los que se cruzan en su camino. Pongamos que mire, que se fije en una persona de cada diez… Pues bien, yo siempre estoy entre uno de los otros nueve. La mayoría de las personas tienen tendencia a no verme verdaderamente, y a borrarme en seguida de su espíritu. Ninguno de mis compañeros de infancia se acuerda de mí, y cuando llamo por teléfono a mi madre siempre necesita unos segundos para acordarse de que también tiene un hijo llamado Tem.

El coronel empezaba a comprender cuál era el origen de la condición del intruso. Hasta tal punto éste tenía la costumbre de pasar inadvertido que permanentemente experimentaba un sentimiento de invulnerabilidad, suficientemente fuerte como para obnubilar, al menos en parte, su percepción del peligro. Por un instante, el viejo soldado intentó imaginar qué es lo que podía pasar por la cabeza de un individuo dotado de este poder, y pensó que quizá era un beneficio que ese Talento habría dado, en aquel caso concreto, a alguien que hubiera recibido la educación de la Tercera Tribu. Se puede decir todo lo que se quiera acerca de los milenaristas, pero en cualquier caso sabían educar a sus jóvenes en el plano moral. En sus filas no había ni ladrones ni asesinos. Tampoco políticos ni estafadores. Si no hubiesen tenido la cabeza llena de todas estas estupideces en relación a la psicoesfera y a los prototipos encarnados, habría podido considerarse a los adeptos al milenarismo como gente sana y lúcida.

–Ya veo –dijo el coronel–. Supongo que me habré cruzado con usted decenas de veces sin darme cuenta, ¿verdad?

–Centenares. Y si no me hubiera pasado de la raya en cuanto a mi indumentaria, lo habría hecho durante meses, años… Pero sus hombres son tan obtusos en lo que se refiere a detectar mi presencia que no pude resistir la tentación de ver hasta dónde podía llegar.

–Aparentemente, usted lo ha descubierto –señaló el coronel en tono de broma–. ¿Desde cuándo se encuentra a bordo?

–Llegué a finales de marzo… del 48.

¡Veintiún meses! De nuevo el coronel tuvo la impresión de estar delante de algo que le superaba, y volvió a sentir la sensación de frío en su nuca. Podía imaginar perfectamente las consecuencias si en lugar de un iluminado amable Tem hubiera sido el espía de un tecnotrans cualquiera. Pero ¿qué se podía hacer contra un transparente? ¿Reforzar la seguridad informática?

Tuvo que realizar un esfuerzo para recopilar sus ideas antes de continuar el interrogatorio.

–¿Dónde dormía?

–En una cabina libre. O en una de las bodegas, pero hacía frío y la gravedad es muy débil para mi gusto.

Demasiado cerca del eje… Y para las comidas, me las arreglo para llegar al comienzo cuando no hay mucha gente. Y como rápidamente, aunque no sea muy bueno para la digestión. También he pasado largos ratos en la biblioteca; nadie te hace preguntas cuando te sumerges en un montón de libros, y ello me ha permitido llenar algunas lagunas en mis conocimientos. Me gusta mucho instruirme; debe ser porque no tengo estudios. (Suspiró.) Entre una cosa y la otra, estoy muy satisfecho de mi estancia en La Vigilante, y debo felicitarle por el aspecto de la estación, de la que usted es el responsable.

–¿Se está burlando de mí?

–No, soy sincero. A la vista de los presupuestos de que dispone, creo que usted hace milagros.

El coronel enarcó las cejas.

–¿Por qué conoce el presupuesto asignado a la estación?

–Todo el mundo está al corriente; no veo porque yo no tendría que estarlo. Por otra parte, es un tema objeto de descontento que surge muy a menudo entre sus hombres. Se sienten un poco abandonados, sobre todo después de que usted tuviera que condenar a varios sectores debido al mal estado del casco.

–No me está diciendo nada que no sepa –gruñó el coronel–. Y sigo preguntándome qué voy a hacer con usted. Este asunto concierne a la seguridad militar. (Sopló ruidosamente por la nariz, el aire afligido.) Para empezar comprobaré algunos detalles de su historial. Tendrá que decirme su fecha de nacimiento, los nombres de sus padres…

–Olvídelo –aconsejó Tem, tranquilo como de costumbre–. La lanzadera parte dentro de dos días. No estoy seguro de que aún se acuerde de mí cuando embarque para volver a la Tierra. Incluso las huellas escritas desaparecerán con el tiempo… Mi hermana Río Apacible de la Mañana Tranquila dice que “me deslizo entre las capas de tisú de la realidad”… A ella le encantan este tipo de expresiones algo grandilocuentes –añadió con un tono de excusa.

El coronel asintió con la cabeza con un aire que esperaba que fuese suficientemente digno. Su inclinación natural al paternalismo le podía más delante de aquel chaval despreocupado. Experimentaba más el deseo de protegerle que de castigarle.

Y, no obstante, si de algo Templo Sagrado del Alba Radiante no parecía tener necesidad, era precisamente de protección.

–¿Quiere decir que incluso desaparece de los archivos, como los milenaristas de la primera generación?

Tem asintió, su mirada chispeante de diversión.

Me borro, simple y llanamente. Hay que suponer que alguien se preocupa por mí en alguna parte de la psicoesfera…

El coronel se encogió de hombros. Frente a las Iglesias, las sectas, las cofradías supuestamente místicas que en la Tierra se disputaban un mercado jugoso lleno de gogos para desplumar, los milenaristas aportaban un cierto frescor puesto que eran los únicos que no hacían proselitismo. Como había demostrado Valéry Guillaume en 2021, su unidad descansaba sobre una base genética; en efecto, todos poseían la misma secuencia de ADN en el octavo par de cromosomas. Esta bonita demostración le valió el Nobel, aunque no proporcionaba ninguna explicación al mayor enigma relacionado con los mutantes: la forma en que sus nombres y las demás referencias que les afectan podían desaparecer de todos los archivos –informáticos o en papel– en los que figuraban.

A este fenómeno perturbador, la Tercera Tribu –nombre sacado de una obra que había permanecido en el olvido durante mucho tiempo– había dado su propia respuesta: la psicoesfera. En base a unos rumores que databan de la época de la caída de los Estados Unidos de América, a finales de siglo, y picoteando en las obras delirantes de Hiéronimus Bolgenstein –fundador de esta pseudociencia de nombre improbable: la psicofísica polidimensional–, los milenaristas elaboraron una construcción mental que racionalizaba la espiritualidad y la reconducía a una manifestación que ponía en juego unas gotas de metafísica y una buena dosis de física cuántica, todo ello por supuesto mal digerido. El coronel no tenía grandes conocimientos sobre el tema, por el que no sentía un especial interés en condiciones normales, pero le parecía imposible que la ciencia pudiera explicar lo Incognoscible.

Tenía tendencia a desconfiar de las metaexplicaciones. Dios no era cuantificable. Ni tampoco cuántico.

–Si he entendido bien, en el caso de que le dejara marchar y tuviera libertad de movimientos, dentro de un cierto periodo de tiempo no quedaría el más mínimo indicio de su estancia a bordo de La Vigilante, ¿no es así?

–Exacto. Pero ocurriría lo mismo si usted decidiera detenerme. Un guardia acabaría olvidándome, tarde o temprano… Todo lo que me afecta, aquí como Allí-Abajo, se borra. Incluso el aviso de búsqueda y captura del ejército se diluiría en el aire.

–Podría matarle. ¿Quién le echaría en falta?

Nada en el rostro del joven dejaba entrever inquietud alguna.

–No lo hará.

–¿Porque le creo inofensivo?

–Por ejemplo. Y porque usted me quiere, lo percibo. Usted me encuentra raro, pero me quiere.

–¡No me diga que también tiene el don de la empatía!

–Me conformo con estar atento. Su rostro deja entrever sus emociones, a pesar del control que ejerce sobre sus expresiones. Usted es un tipo valiente, mi coronel, todos sus hombres lo afirman. En absoluto el tipo que intenta ningunear a la gente cada dos por tres.

El coronel suspiró.

–Muy bien, le enviaré a la Tierra sin ordenar su búsqueda, puesto que, de todas formas, sería inútil. En adelante, usted tiene libertad de movimientos. Habría preferido encarcelarle, pero no pienso correr el riesgo de que le olviden en una celda en el momento en que parta la lanzadera espacial. Dicho esto, llevará un brazalete emisor que permitirá localizarle en todo momento.

–Sabia precaución.

Era una ironía. El coronel optó por hacerse el sordo.

–Tres guardias le escoltarán hasta Kouron. No le sacarán el brazalete hasta la salida del astropuerto. En el caso de que le olviden demasiado pronto, no tendrá más que recordárselo. Espero que esto no le suponga ningún problema.

–No lo creo. Sé cómo arreglármelas cuando quiero que alguien detecte mi presencia.

–No lo dudo –observó el coronel, sarcástico–. Por fuerza, tiene que estar acostumbrado a ello.

–¿Me permite ir al lavabo?

–Vaya. Mientras tanto, voy a dar las órdenes pertinentes.

Cuando la puerta corredera se cerró detrás del joven, el coronel Fischer tecleó en el intercom el número de la sala de guardia. Estaba ocupado, por lo que colgó y pensó en la conversación que acababa de tener con Tem. Los rasgos del joven eran algo borrosos en su memoria, pero recordaba con nitidez su voz aún adolescente y el pin colgado en el turbante, con la inscripción vulgarmente antimilitarista. A pesar de esto, había visto a Tem bien predispuesto en relación al ejército, en el que veía más un motivo de curiosidad que un objeto de burla. Entonces, ¿por qué hacía gala de aquella obscenidad? El coronel debería habérselo preguntado, pero estaba tan fascinado por el Talento de su interlocutor que había olvidado todo lo demás.

Olvidar… Sobre todo, había algo que no tenía que olvidar: llamar a la sala de guardia, quizá. Volvió a teclear el número, pero permanecía ocupado. ¡Y su visitante seguía sin volver!

¿De qué se trataba, en realidad? Tuvo un momento de pánico al darse cuenta de que ya no sabía quién se encontraba con él en la sala unos instantes antes.

Luego olvidó que había estado con alguien, olvidó que un intruso debía embarcar en la próxima lanzadera espacial, olvidó incluso el eslogan ofensivo y la irritación que le había provocado la mención de la psicoesfera.

Cuando, al cabo de dos días, el jefe del servicio informático le advirtió de que un preceptor experimental había desaparecido de la minired del satélite, nadie a bordo de la estación estaba en condiciones de hacer una aproximación al joven que llevaba el pin AL CARAJO CON EL EJÉRCITO y que aquella mañana había partido con la lanzadera mensual.

Puesto que nadie conservaba ningún recuerdo de él.

Ni siquiera la base de datos local; Gloria se había encargado de ello.

© 2008 Roland C. Wagner. Reproducido con la autorización de la editorial Por la tangente.