Diáspora de Greg Egan (AJEC) PDF Imprimir E-mail
Escrito por Greg Egan   
Lunes, 30 de Marzo de 2009 00:00

Portada de Diáspora de Greg Egan Diáspora esta reconocida por la crítica como la mejor novela de Greg Egan.

 

 

 
Ficha Ténica:
Editorial AJEC
Título: DIÁSPORA
Autor: GREG EGAN
Título original: DIASPORA (1997)
Traductor: PEDRO JORGE ROMERO
Diseño de portada: ESTUDIO AJEC
Precio: 17,95 EUROS
Tamaño: 23X16 CM
Páginas: 320
ISBN: 978-84-96013-52-0
 

SINOPSIS

Al borde del año 3000, la Humanidad se ha dividido ampliamente en varias trayectorias evolutivas. Los Carnosos son los que residen principalmente en un cuerpo humano, aunque las diferencias genéticas han creado problemas de comunicación entres las diversas formas. En las Polis, en cambio, los humanos son incorpóreos, inteligencias artificiales con consciencia propia que procrean, interactúan, crean arte e intentan desentrañar los misterios de la vida. Y finalmente los Gleisner, robots orgánicos que usan un software de autoconsciencia.

La novela se inicia con la aparición de Yatima, un huérfano generado espontáneamente por el software de la Polis Konishi, con plena autoconsciencia. Pero cuando una enorme tragedia sacude a las diversas especies humanas, Yatima se embarca en una gran búsqueda de especies supervivientes a través de la galaxia para resolver el misterio.

Greg Egan, autor de “Axiomático” o “El Instante Aleph” nos brinda en Diáspora, reconocida por la crítica como la más sobresaliente de sus novelas, la mejor ciencia ficción que aborda inquietantes hipótesis y fascinantes especulaciones acerca de la futura evolución del ser humano.

 

D I Á S P O R A

Greg Egan

ANTICIPO EDITORIAL AJEC




11
Las alfombras de Wang

POLIS CARTER-ZIMMERMAN, EN ÓRBITA A ORFEO
65 494 173 543 415 TEC
10 de septiembre 4309, 17:12:20,569 TU


Una campanilla invisible sonó suavemente, tres veces. Paolo rió, encantado.
Un toque habría indicado que seguía en la Tierra: todo un anticlímax... pero había ventajas que lo hubiesen compensado. Todos los que le importaban vivían en Carter-Zimmerman, pero no todos habían decidido participar en igual grado en la Diáspora; su yo en la Tierra no habría perdido a nadie. Ayudar a garantizar el lanzamiento de mil naves también habría sido satisfactorio. Y seguir siendo un miembro de la Coalición, conectado en tiempo real con la cultura global, también habría sido un atractivo.
Dos toques habrían indicado que este clon de Carter-Zimmerman había llegado a un sistema planetario carente de vida. Paolo habría ejecutado un sofisticado modelo predictivo de su yo —pero no consciente— antes de decidir despertar en esas condiciones. Explorar un puñado de mundos alienígenas, por estériles que fuesen, le había parecido una experiencia probablemente enriquecedora, con la ventaja clara de que algo así no estaría limitado por las complicadas precauciones necesarias en el caso de vida alienígena. La población de C-Z se habría reducido en más de la mitad, y muchos de sus mejores amigos no estarían allí, pero estaba seguro de que habría hecho amistades nuevas.
Cuatro toques habrían indicado el descubrimiento de alienígenas inteligentes. Cinco, una civilización tecnológica. Seis, con viajes por el espacio.
Pero tres indicaban que las sondas de exploración habían encontrado señales claras de vida. Razón de sobra para alegrarse. Hasta el instante de la clonación previa al lanzamiento —un instante subjetivo antes de que sonase la campanilla— los gleisners no habían enviado a la Tierra ninguna noticia de vida alienígena por simple que fuese. No había garantías de que algún miembro de la Diáspora C-Z fuese a encontrarla.
Paolo hizo que la biblioteca de la polis le informase; ésta pronto recableó la memoria declarativa de su cerebro tradicional simulado, incluyendo toda la información que probablemente fuese a necesitar para satisfacer su curiosidad. Este clon de C-Z había llegado a Vega, la segunda más cercana de entre las mil estrellas de destino, a veintisiete años luz de la Tierra. Era la primera nave en llegar a su destino; la nave que se dirigía a Fomalhaut había chocado con escombros y había sido aniquilada. A Paolo le resultó difícil llorar por los noventa y dos ciudadanos que iban despiertos; antes de la clonación no era íntimo con ninguno de ellos y las versiones concretas que dos siglos antes habían desparecido deliberadamente en el espacio interestelar le resultaban tan remotas como las víctimas de Lacerta.
Examinó su nuevo hogar a través de las cámaras de una de las sondas de exploración... y los extraños filtros del sistema visual ancestral. En colores tradicionales, Vega era un feroz disco azul y blanco, marcado con prominencias. De tres veces la masa del Sol, dos veces su tamaño y el doble de caliente, era sesenta veces más luminosa. Quemaba hidrógeno con rapidez y ya se encontraba a medio camino de su período previsto dentro de la secuencia principal de quinientos millones de años.
El único planeta de Vega, Orfeo, no había sido más que una mancha informe en los mejores interferómetros del Sistema Solar; ahora Paolo contemplaba su creciente verdeazulado a diez mil kilómetros por debajo de Carter-Zimmerman. Orfeo era terrestre, un mundo de níquel, hierro y silicio; ligeramente más grande que la Tierra, algo más caliente —mil millones de kilómetros restaban potencia al calor de Vega— y casi completamente cubierto por agua líquida. Paolo se aceleró a mil veces el tiempo de la carne, dejando que C-Z orbitase el planeta durante veinte taus subjetivos; con cada pase la luz del sol despejaba una nueva zona. Dos delgados continentes de color ocre, con columnas vertebrales montañosas, encajados entre océanos hemisféricos y extensiones cegadoras de hielo cubriendo ambos polos... mucho mayor en el norte, donde irregulares penínsulas blancas radiaban desde la oscuridad ártica de mediados del invierno.
Portada de Diáspora de Greg Egan La atmósfera de Orfeo estaba formada en su mayor parte por hidrógeno —seis veces más que en la Tierra— con trazas de vapor de agua y dióxido de carbono, pero no suficientes para provocar un efecto invernadero. La alta presión atmosférica implicaba una evaporación reducida —Paolo no vio nubes— y el enorme océano cálido ayudaba a atrapar el dióxido de carbono. El estallido de rayos gamma de Lacerta se habría sentido aquí todavía con más fuerza que en la Tierra, pero sin capa de ozono para destruir y una atmósfera ionizada rutinariamente por los potentes ultravioletas de la propia Vega, cualquier cambio en el entorno químico o los niveles de radiación a baja altitud habría sido relativamente reducido.
Todo el sistema, en comparación con la Tierra, era joven y todavía estaba saturado de polvo primordial. Pero la mayor masa de Vega y una nube protoestelar más densa habían significado un paso más rápido por la mayoría de los traumas del nacimiento: ignición nuclear y fluctuaciones iniciales de luminosidad; formación planetaria y la época del bombardeo. La biblioteca estimaba que Orfeo había disfrutado de un clima relativamente estable, sin impactos importantes, durante al menos los últimos cien millones de años.
Tiempo de sobra para que apareciese vida primitiva.
Una mano agarró con fuerza a Paolo por el tobillo y le metió bajo el agua. No se resistió y dejó que la visión del planeta desapareciese. Sólo otras dos personas en C-Z tenían libertad para acceder a su panorama... y su padre no jugaba con un hijo que ahora tenía mil doscientos años.
Elena le arrastró hasta el fondo de la piscina, antes de soltarle el pie y flotar por encima, una silueta triunfante frente a la luminosa superficie. Tenía aspecto de carnosa, pero era evidente que hacía trampas: le habló con perfecta claridad sin producir burbujas de aire.
—¡Duermes hasta tarde! ¡Llevo cinco megataus esperándote!
Paolo fingió indiferencia, pero se estaba quedando rápidamente sin aliento. Hizo que su exoyó le convirtiese en un exuberante anfibio... biológica e históricamente auténtico, aunque ninguno de sus propios antepasados había adoptado esa forma. El agua entró en los pulmones modificados y el cerebro modificado la recibió con agrado.
Dijo:
—¿Por qué iba a querer malgastar consciencia esperando a que las sondas exploratorias mejorasen sus observaciones? Me desperté en cuanto los datos fueron claros.
Elena le atacó el pecho; él alzó las manos y tiró, reduciendo instintivamente su propia flotabilidad para compensarlo, y rodaron por el fondo de la piscina, besándose.
Elena dijo:
—¿Sabes que somos la primera C-Z en llegar a algún sitio? La nave de Fomalhaut fue destruida. Así que sólo hay otra pareja de nosotros. En la Tierra.
—¿Y? —Luego recordó que Elena había escogido no despertar si alguna otra versión de il ya había encontrado vida. Independientemente de la suerte de las otras naves, todas las otras versiones de Paolo tendrían que vivir sin ella.
Asintió con seriedad y la volvió a besar.
—¿Qué se supone que debo decir? ¿Ahora para mí eres mil veces más preciosa?
—Sí.
—Ah, ¿pero qué hay de nuestra pareja en la Tierra? Quinientas veces se acercaría más a la verdad.
—Quinientas no tiene poesía.
—No seas tan derrotista. Reorganiza tus centros del lenguaje.
Ella le pasó las manos por los lados del torso y llegó hasta las caderas. Hicieron el amor con sus cuerpos casi tradicionales... y sus cerebros; a Paolo le divirtió hasta casi la distracción que su sistema límbico se disparase, pero recordó lo suficiente de la última vez como para esperar esa sensación y rendirse a ese extraño secuestrador. No era como hacer el amor de forma civilizada —para empezar, la tasa de intercambio de información entre los dos era minúscula— pero poseía la cualidad cercana e insistente de la mayoría de los placeres ancestrales.
Luego fueron hasta la superficie del estanque y se tendieron bajo el radiante cielo sin sol.
Paolo pensó: He cruzado veintisiete años luz en un instante. Estoy en órbita alrededor del primer planeta que se sabe contiene vida alienígena. Y no he sacrificado nada... no he dejado atrás nada que realmente apreciase. Esto es demasiado bueno, demasiado bueno. Sintió cierta pena por sus otras versiones —le resultaba difícil creer que les iría bien, sin Elena, sin Orfeo— pero no había nada que pudiese hacer al respecto. Aunque no habría tiempo para comunicarse con la Tierra antes de que más naves llegasen a su destino, había decidido antes de la clonación no permitir que el desarrollo de sus futuros múltiples pudiera ser alterado por un cambio de parecer. Estuviesen o no de acuerdo él y su yo de la Tierra, ninguno de los dos tenía poder para modificar el criterio de despertar. Ya había quedado atrás el yo capaz de escoger por los mil.
No importaba, decidió Paolo. Los otros encontrarían —o construirían— sus propias razones para ser felices. Y todavía quedaba la posibilidad de que uno de ellos oyese cuatro toques.
Elena dijo:
—Si hubieses dormido más, te habrías perdido la votación.
¿La votación? Los exploradores en órbita baja habían recogido todos los datos que habían podido sobre la biología de Orfeo. Para avanzar más, sería necesario enviar microsondas al propio océano... una ampliación del contacto que exigía la aprobación de dos tercios de la polis. No había ninguna razón para creer que la presencia de unos pocos millones de robots diminutos fuese a causar daños de consideración; en el agua no dejarían más que algunos kilojulios de calor. Aún así, había aparecido una facción que proclamaba la cautela. Los ciudadanos de Carter-Zimmerman, argumentaban, podrían seguir observando desde la distancia durante toda una década, o un milenio, refinando las observaciones e hipótesis antes de entrometerse... y los que no estuviesen de acuerdo, siempre podían esperar o encontrar alguna otra actividad interesante.
Paolo exploró el conocimiento reciente de la biblioteca sobre las “alfombras”, la única forma de vida detectada hasta ahora en Orfeo. Eran criaturas que flotaban libremente en las profundidades del océano ecuatorial. Aparentemente, si se acercaban demasiado a la superficie los ultravioletas las destruían, pero en su hábitat estaban lo suficientemente protegidas como para haber sobrevivido a Lacerta sin problemas. Alcanzaban tamaños de cientos de metros, luego se dividían en docenas de fragmentos, cada uno de los cuales seguía creciendo. Resultaba tentador dar por supuesto que eran colonias de organismos unicelulares, algo similar al kelp gigante, pero todavía no había ninguna prueba para apoyarlo. Las sondas de exploración ya tenían suficientes problemas para establecer la apariencia y comportamiento observando a través de un kilómetro de agua, incluso con los copiosos neutrinos de Vega iluminando el camino; la observación remota a escala microscópica y más aun el análisis bioquímico quedaban descartados. La espectroscopia mostraba que la superficie del agua estaba cuajada de interesante restos moleculares, pero intentar estimar su relación con cualquiera de las alfombras vivas era como intentar reconstruir la bioquímica carnosa estudiando sus cenizas.
Paolo se volvió hacia Elena.
—¿Qué opinas?
Gimió teatralmente; mientras él dormía debían haberlo estado discutiendo hasta el aburrimiento.
—Las microsondas son inocuas. Podrían indicarnos de qué están hechas las alfombras sin retirar ni una sola molécula. ¿Qué riesgo hay? ¿Shock cultural?
Paolo le tiró agua a la cara, con afecto; ese impulso parecía ser parte del cuerpo anfibio.
—No puedes estar segura de que no sean inteligentes.
—¿Sabes lo que vivía en la Tierra doscientos millones de años después de su formación?
—Quizá alguna cianobacteria. Quizá nada. Pero no estamos en la Tierra.
—Cierto. Pero incluso teniendo en cuenta la improbable posibilidad de que las alfombras sean inteligentes, ¿crees que notarán la presencia de robots de una millonésima parte de su tamaño? Si son organismos unificados, no parecen reaccionar a nada que suceda en su entorno... no hay depredadores, no buscan comida, se limitan a flotar con las corriente... así que no hay ninguna razón para que posean órganos sensoriales elaborados y menos aún nada que funcione a escalas submilimétricas. Y si son colonias de organismos unicelulares, y uno de ellos resulta que choca con una microsonda y con sus receptores superficiales registra su presencia... ¿qué daño se podría ocasionar?
Paolo se encogió de hombros.
—No tengo ni idea. Pero mi desconocimiento no es garantía de seguridad.
Elena le echó agua.
—La única forma de resolver tu desconocimiento es votar a favor de enviar microsondas. Estoy de acuerdo en que debemos ser cautelosos, pero no tiene sentido estar aquí si no descubrimos qué pasa ahora mismo en los océanos. No quiero esperar a que en este planeta evolucione algo con la inteligencia suficiente para radiar al espacio lecciones de bioquímica. Si no estamos dispuestos a aceptar algunos riesgos infinitesimales, Vega se convertirá en gigante roja antes de que descubramos nada.
Era un comentario retórico, pero Paolo intentó imaginar cómo sería presenciar ese suceso. Dentro de doscientos cincuenta millones de años ¿los ciudadanos de Carter-Zimmerman estarían discutiendo la ética de intervenir para rescatar a los orfeanos... o habrían perdido el interés y habrían partido a otra estrella, o se habrían modificado para convertirse en seres carente por completo de cualquier compasión nostálgica por la vida orgánica?
Visiones grandiosas para alguien con mil doscientos años. Un diminuto trocito de roca había destruido el clon Fomalhaut. En el sistema de Vega había muchísima más basura que en el espacio interestelar; incluso rodeada de defensas, con los datos copiados a todas las sondas de exploración, esta C-Z no era invulnerable por el simple hecho de haber llegado intacta. Elena tenía razón; debían de aprovechar la oportunidad... o bien podían retirarse a sus propios mundos herméticos y olvidar haber realizado este viaje.
—No podemos quedarnos aquí para siempre; la pandilla te espera.
—¿Dónde? —Paolo sintió la primera punzada de añoranza; en la Tierra, su círculo de amigos siempre se había reunido en una imagen en tiempo real del cráter Pinatubo, extraída directamente de los satélites de observación. Una grabación no sería lo mismo.
—Te lo mostraré.
Paolo tomó la mano de Elena y la siguió al saltar. El estanque, el cielo y el patio desaparecieron... y se encontró mirando una vez más Orfeo... el lado nocturno, pero para nada oscuro. Ahora su paleta mental lo codificaba todo, desde la estela pálida de la corriente de tierra de las ondas largas de radio hasta el rileante multicolor de los rayos gamma isotópicos y la radiación de frenado retrodispersada de los rayos cósmicos. Ahora era evidente a simple vista la mitad del conocimiento abstracto sobre el planeta que la biblioteca le había transmitido. El resplandor termal en suave descenso del océano indicaba instantáneamente trescientos kelvin... así como retroiluminaba la delatora silueta infrarroja de la atmósfera.
Se encontraba de pie en un soporte largo y de aspecto metálico, un borde de una vasta esfera geodésica, abierta a la centelleante catedral del espacio. Alzó la vista y vio el brazo rico en estrellas y atestado de polvo de la Vía Láctea, rodeándole de cenit a nadir; consciente del resplandor de todas las nubes gaseosas, percibiendo todas las líneas de absorción y emisión, Paolo casi podía sentir el plano del disco galáctico cortándolo por la mitad. Algunas constelaciones se veían distorsionadas, pero la vista resultaba más familiar que extraña, y reconoció por el color la mayor parte de los antiguos hitos. Una vez que se orientó, la dirección seguida quedó clara por las pérdidas o ganancias de brillo de las estrellas cercanas. La una vez impresionante Sirio era ahora la que más se había atenuado, así que Paolo buscó en el cielo a su alrededor. A cinco grado –al sur, siguiendo la dirección provinciana de la Tierra- débil pero inconfundible: el Sol.
Elena estaba a su lado, superficialmente sin haber sufrido ningún cambio, aunque los dos habían renunciado a las limitaciones de la biología. Las convenciones de este panorama imitaban la física de un objeto macroscópico real en caída libre y en el vacío, pero no estaba diseñado para modelar ninguna forma de química, y menos aún la de carne y hueso. Ahora sus cuerpos eran simples y normales iconos de C-Z, sólidos y tangibles pero carentes de cualquier microestructura compleja... y sus mentes no estaban en el panorama en sí, sino que se ejecutaban como Modelador puro en sus respectivos exoyós.
Paolo se alegraba de haber regresado a la normalidad. Regresar ceremonialmente de vez en cuando a la forma ancestral hacía feliz a su padre —y ser un carnoso era ante todo reafirmar esa forma, mientras durara— pero cada vez que salía de la experiencia se sentía como si hubiese roto unas cadenas de mil millones de años. Había polis en las que sus ciudadanos hubiesen considerado que su estructura actual era casi igual de arcaica, pero a Paolo le parecía un equilibrio adecuado; disfrutaba de la sensación de corporeidad que se obtenía al tener una superficie táctil y disponer de retroalimentación propioceptiva, pero sólo un fanático insistía en simular kilogramos de vísceras inútiles, percibiendo todos los panoramas a través de órganos sensoriales limitados y sometiendo su mente a todos los caprichos de la neurobiología carnosa.
Sus amigos se reunieron a su alrededor, presumiendo de la facilidad con que ejecutaban acrobacias en gravedad cero, saludando a Paolo y recriminándole no haber despertado antes; era el último de la pandilla en salir de hibernación.
—¿Te gusta nuestro humilde nuevo lugar de reunión? —Hermann flotaba junto al hombro de Paolo en forma de acumulación quimérica de miembros y órganos sensoriales, hablando a través del vacío empleando infrarrojos modulados—. Lo llamamos Satélite Pinatubo. Es desolado, lo sé... pero temíamos violar el espíritu de la cautela si nos atrevíamos a fingir que caminábamos sobre la superficie de Orfeo.
Paolo contempló mentalmente la visión ampliada que una sonda exploradora ofrecía de una típica zona de tierra seca, una extensión estéril de rocas rojas.
—Creo que lo de abajo es todavía más desolado. —Sintió la tentación de tocar el suelo, que su visión privada se volviese táctil, pero se resistió. Era de muy mala educación estar en otra parte en medio de una conversación.
—Pasa de Hermann. Quiere anegar Orfeo con nuestra maquinaria alienígena antes de que nos hagamos una idea de los efectos que pueda causar. —Liesl era una mariposa verde y turquesa, con una cara estilizada dibujada en oro sobre cada ala.
Paolo se sintió sorprendido; por lo que le había dicho Elena, había dado por supuesto que sus amigos debían haber alcanzado un consenso a favor de las microsondas y que sólo un dormilón, recién llegado al debate, se molestaría en discutirlo.
—¿Qué efectos? Las alfombras...
—¡Olvida las alfombras! Incluso si fuesen tan simples como parecen, no sabemos qué más hay ahí abajo. —Cuando Liesl agitaba las alas, los rostros gemelos parecían mirarse entre sí buscando apoyo—. Con sistemas de neutrinos, apenas logramos una resolución espacial de metros y una resolución temporal de segundos. No sabemos nada sobre formas de vida más pequeñas.
—Y nunca lo sabremos, si os salís con la vuestra. —Karpal, antiguo gleisner, siempre con forma de carnoso, había sido el amante de Liesl la última vez que Paolo había estado despierto.
—¡Sólo llevamos aquí una fracción de un año de Orfeo! —Hay todavía montones de datos que podríamos obtener sin intervenir y con un poco de paciencia. Podría haber embarrancamientos poco frecuentes de vida oceánica en playas...
Elena dijo secamente.
—Raros de verdad. Orfeo tiene mareas despreciables, olas muy planas, muy pocas tormentas. Y cualquier cosa en la playa quedaría frita por los ultravioletas antes de que nosotros descubriésemos nada más instructivo de lo que ya vemos en la superficie del agua.
—No necesariamente. Las alfombras parecen ser vulnerables, pero otras especies podrían estar mejor protegidas si viven más cerca de la superficie. Y Orfeo tiene seísmos; al menos deberíamos esperar a que un tsunami arroje algunos kilómetros cúbicos de océano contra la costa y ver qué aparece.
Paolo sonrió; eso no se le había ocurrido. Podría valer la pena esperar por un tsunami.
Liesl siguió hablando:
—¿Qué se puede perder si esperamos algunos cientos de años de Orfeo? Al menos, podríamos obtener datos fiables sobre los cambios climáticos estacionales... y podríamos buscar anomalías, tormentas y seísmos, con la esperanza de dar con algo revelador.
¿Algunos cientos de años de Orfeo? ¿Algunos milenios terrestres? La ambivalencia de Paolo se redujo. De haber querido habitar en tiempo geológico, habría emigrado a la polis Lokhandle, donde la Orden de Observadores Contemplativos se aceleraba lo suficiente como para presenciar en kilotaus la erosión de las montañas de la Tierra. Orfeo colgaba en el cielo, un rompecabezas hermoso esperando a ser resuelto, exigiendo ser comprendido.
Dijo:
—Pero ¿qué pasa si no vemos “nada revelador”? ¿Cuánto tiempo esperamos? No sabemos lo poco común que puede ser la vida... en el tiempo o en el espacio. Si este planeta es precioso, también lo es la época en la que se encuentra. No sabemos a qué velocidad evoluciona la biología de Orfeo; puede que aparezcan y desaparezcan especies mientras nosotros discutimos los riesgos de recoger datos. Las alfombras —o lo que pudiera haber además— podrían morir antes de que supiésemos nada sobre ellas. ¡Sería una pena!
Liesl se mantuvo en sus trece.
—¿Y si dañamos la ecología de Orfeo, o su cultura, al ir demasiado rápido? Eso no sería una pena. Sería una tragedia.

Paolo asimiló todas las comunicaciones almacenadas de parte de su yo en la Tierra —casi trescientos años en total— antes de escribir una respuesta. Las comunicaciones iniciales contenían injertos mentales detallados, y estuvo bien compartir la emoción del lanzamiento de la Diáspora; ver —casi de primera mano— las mil naves, que las nanomáquinas habían tallado de un asteroide, partir en un destello cegador de rayos gamma. Luego las cosas se limitaron a la cuestiones prosaicas de siempre; Elena, la pandilla, los chismes desvergonzados, los proyectos de investigación de Carter-Zimmerman, el zumbido de la tensión cultural entre polis, las convulsiones no del todo cíclicas de las artes (la estética perceptiva destronaba, de nuevo, a la emocional... aunque Valladas en Konishi afirmaba haber construido una síntesis de las dos).
Después de los primeros cincuenta años, su yo de la Tierra empezó a guardarse cosas; para cuando llegó a la Tierra la noticia de la desaparición del clon de Fomalhaut, los mensajes se habían convertido en puros monólogos gestalt-y-lineal. Paolo lo comprendía. Era lo correcto; habían divergido y no enviabas injertos mentales a un extraño.
La mayor parte de las transmisiones se habían remitido indiscriminadamente a todas las naves. Pero cuarenta y tres años antes, su yo de la Tierra había enviado un mensaje especial a su clon con destino a Vega.
—El nuevo espectroscopio lunar que terminamos el año pasado acaba de recibir una señal clara de agua en Orfeo. Debería haber grandes océanos templados esperándote, si los modelos son correctos. Por tanto... buena suerte. —La vista mostraba las cúpulas de instrumentos que surgían de las rocas en el otro lado de la Luna; gráficas de los datos espectrales de Orfeo; un conjunto de modelo planetarios—. Quizá te resulte extraño todo el trabajo que nos tomamos para entrever lo que vosotros contemplaréis pronto de cerca. Es difícil explicarlo: no creo que sean celos o impaciencia. Sólo el deseo de independencia.
»El viejo debate ha revivido: tras el fracaso de los agujeros de gusano, ¿deberíamos considerar la idea de rediseñar nuestras mentes para cubrir distancias interestelares? Un yo que cubriese miles de estrellas, no mediante la clonación, sino aceptando la escala temporal natural impuesta por el retraso de la velocidad de la luz. Milenios entre procesos mentales. Las contingencias locales resueltas por sistemas no conscientes. —Incluía ensayos a favor y en contra; Paolo digirió los resúmenes—. Pero no creo que la idea tenga mucho apoyo... y los nuevos proyectos astronómicos son una especie de antídoto. Podemos observar las estrellas en la distancia, como siempre, pero debemos aceptar el hecho de que nos quedamos atrás.
»Pero no dejo de preguntarme: ¿adónde vamos ahora? La historia no nos puede guiar. La evolución no nos sirve de guía. La carta fundacional de C-Z dice comprender y respetar el universo... ¿Pero de qué forma? ¿A qué escala? ¿Con qué sentidos, con qué tipo de mentes? Podemos convertirnos en cualquier cosa... y ese espacio de posibilidades futuras empequeñece la galaxia. ¿Podemos explorarlo sin perder el camino? Los carnosos solían tejer fantasías sobre alienígenas que venían a “conquistar” la Tierra, a robar sus “preciosos” recursos físicos, a destruirlos por miedo a la “competencia”... como si las especies capaces de realizar semejante viaje no fueran a tener el poder, o la sabiduría, o la imaginación, de eliminar esos imperativos biológicos obsoletos. Conquistar la galaxia es algo que harían bacterias con naves espaciales... al no saber que podían hacer otra cosa, al no poder elegir.
»Nuestra situación es justo la opuesta: no tenemos sino opciones. Es por eso que necesitamos encontrar otra civilización que viaje por el espacio. Comprender Lacerta es importante, la supervivencia astrofísica es importante, pero también necesitamos hablar con otros que se hayan enfrentado a las mismas decisiones, y que descubrieron cómo vivir, en qué convertirse. Precisamos comprender qué significa habitar el universo.

Paolo contempló las toscas imágenes de neutrinos de las alfombras moviéndose con temblores de staccato por su panorama hogar dodecaédrico. Sobre él flotaban veinticuatro oblongos irregulares, hijos de un oblongo desigual de mayor tamaño que se acababa de fisionar. Los modelos daban a entender que la simple fuerza de las corrientes oceánicas podía explicar todo el proceso, que se iniciaba sin más cuando el progenitor alcanzaba un tamaño crítico. La división puramente mecánica de una colonia —si era eso— podría tener bien poco que ver con el ciclo vital de los organismos constituyentes. Era frustrante. Paolo estaba acostumbrado a un torrente de datos sobre todo lo que le resultara interesante; era intolerable que el gran descubrimiento de la Diáspora siguiese siendo nada más que una serie de toscas imágenes monocromas.
Miró el diagrama de los detectores de neutrinos de la sondas de exploración, pero no vio ninguna opción de mejora evidente. Los núcleos de los detectores se excitaban a un estado superior de energía inestable, luego se mantenían ahí por medio de láseres de rayos gamma bien ajustados que eliminaban estados propios de baja energía más rápido de lo que podían ir apareciendo y provocar una transición. Cambios en el flujo de neutrinos de una parte en diez elevado a la decimoquinta potencia podían modificar los niveles de energía lo suficiente como para alterar el acto de equilibrio. Pero las alfombras proyectaban una sombra tan tenue que incluso esa visión casi perfecta apenas la resolvía.
Orlando Venetti dijo:
—Estás despierto.
Paolo se volvió. Su padre se encontraba a la distancia de un brazo, mostrándose como un carnoso de edad indeterminada vestido muy elaboradamente. Definitivamente mayor que Paolo, sin embargo; Orlando nunca cejaba de hacer gala de su jerarquía, incluso cuando la diferencia de edad era ya sólo del veinticinco por ciento, y en descenso.
Paolo hizo que las alfombras se desvanecieran de su habitación y pasaran al espacio tras una ventana pentagonal, y tomó la mano de su padre. Porciones de la mente de Orlando se fusionaron con las suyas expresando placer por el surgimiento de Paolo de la hibernación, recordaron cariñosamente experiencias compartidas del pasado y manifestando esperanza en la continua armonía entre padre e hijo. El saludo de Paolo fue similar, una “revelación” cuidadosamente artificiosa de su propio estado emocional. Era más un ritual que un acto comunicativo, pero la verdad era que él levantaba barreras incluso con Elena. Nadie era totalmente sincero con otra persona... a menos que tuviesen la intención de fusionarse permanentemente.
Orlando hizo un gesto hacia las alfombras.
—Espero que comprendas lo importantes que son.
—Sabes que así es. —Pero no lo había incluido en el saludo—. La primera vida alienígena. —Al fin C-Z humilla a los robots gleisner... era probable que su padre lo viese así. Los robots habían sido los primeros en llegar a Alfa Centauri, los primeros en llegar a un planeta extrasolar, pero la primera vida era el Apolo para sus Sputnik, para quien quisiese pensar en esos términos.
Orlando dijo:
—Es el cebo que nos hace falta, para atraer a los ciudadanos de las polis marginales. Las que todavía no se han convertido al solipsismo. Esto las sacudirá... ¿no crees?
Paolo se encogió de hombros. Los ciudadanos de la Tierra eran libres de convertirse a lo que quisiesen; eso no le impedía a Carter-Zimmerman explorar universo físico. Pero para Orlando ni siquiera derrotar a los gleisners sería suficiente; como muchos refugiados del carneval, poseía una vena misionera. Quería que toda las otras polis comprendiesen que se equivocaban y que siguiesen a C-Z hasta las estrellas.
Paolo dijo:
—Ashton-Laval tiene alienígenas inteligentes. No estoy tan seguro de que un alga gigante conmocione a la Tierra.
Orlando respondió con ponzoña.
—Ashton-Laval intervino tantas veces en sus simulaciones pretendidamente “evolutivas” que bien podrían haber construido el producto final en un acto de creación de seis días. Querían reptiles parlantes y... ¡milagro!... ahí los tienen. Hay ciudadanos automodificados en esta polis que son más alienígenas que los alienígenas de Ashton-Laval.
Paolo sonrió:
-Vale. Olvida a Ashton-Laval. Pero olvida también a las polis marginales. Nosotros decidimos dar valor al mundo físico. Eso es lo que nos define, pero es tan arbitrario como cualquier otra elección. ¿Por qué no puedes aceptarlo? No es el Único Camino Verdadero que incluso los infieles deben seguir aunque sea a la fuerza. —Sabía que en parte discutía por discutir, pero Orlando siempre le incitaba a adoptar la posición opuesta.
Orlando hizo un gesto de llamada, atrayendo la imagen de las alfombras a medio camino dentro de la estancia.
—¿Votarás a favor de las microsondas?
—Por supuesto.
—Ahora todo depende de eso. Está bien empezar con una imagen tentadora, pero si no ofrecemos pronto más detalles la Tierra perderá rápidamente el interés.
—¿Perder el interés? Pasarán cincuenta años antes de que sepamos si para empezar alguien prestó la más mínima atención.
Orlando le miró con decepción.
—Si no te preocupan las otras polis, piensa en C-Z. Esto nos ayuda, nos refuerza. Tenemos que aprovecharlo al máximo.
Paolo se mostró desconcertado.
—¿Qué hay que reforzar? Haces que suene como si algo estuviese en peligro.
—Lo está. ¿Qué crees que nos habrían hecho miles de mundos sin vida?
—¿No es ahora una pregunta un poco académica? Pero vale, estoy de acuerdo contigo: esto refuerza a C-Z. Hemos tenido suerte. Me alegro. Estoy agradecido. ¿Es lo que querías oír?
Orlando dijo amargamente:
—Das demasiadas cosas por sentado.
—¡Y a ti te importa demasiado lo que pienso yo! No soy tu... heredero. —Había ocasiones en las que su padre parecía incapaz de aceptar que el concepto de descendiente había perdido toda su importancia arcaica—. No me necesitas para proteger en tu nombre el futuro de Carter-Zimmerman. O el futuro de la Coalición. Lo puedes hacer en persona.
Orlando se mostró dolido... una elección consciente, pero aun así significativa. Paolo sintió algo de remordimientos, pero no había dicho nada que sinceramente quisiese retirar.
Su padre recogió las mangas de su túnica dorada y carmesí —el único ciudadano de C-Z que podía lograr que a Paolo le incomodase estar desnudo— y repitió mientras desaparecía:
—Das demasiadas cosas por sentado.

La pandilla presenció junta el lanzamiento de la microsondas... incluso Liesl, aunque acudió de luto, en forma de un gigantesco pájaro negro. Karpal le acarició nerviosamente las plumas. Hermann apareció como una criatura sacada de Escher, un gusano segmentado con seis pies de carnosos —en piernas con codos— con tendencia a enrollarse formando un disco y rodar por las vigas del Satélite Pinatubo. Paolo y Elena no paraban de decir lo mismo simultáneamente; acababan de hacer el amor.
Hermann acababa de trasladar el satélite a una órbita virtual justo debajo de una de las sondas exploradoras, y cambió la escala del panorama de forma que la superficie inferior de la sonda, un paisaje complejo de módulos de detección y toberas de corrección de altitud, ocupara la mitad del cielo. Las cápsulas de entrada atmosféricas, gotas cerámicas de tres centímetros de ancho, salieron disparadas del tubo de lanzamiento y cayeron como piedras, desapareciendo de la vista cuando ni siquiera habían caído diez metros hacia Orfeo. Todo era escrupulosamente preciso, aunque en parte se trataba de imágenes en tiempo real, en parte extrapolación, en parte falso. Paolo pensó: Bien podríamos ejecutarlo como una simulación pura... y fingir que seguimos las cápsulas en su descenso. Elena le dedicó una mirada de vergüenza/amonestación. Sí... y luego ¿por qué molestarnos en lanzarlas? ¿Por qué no limitarnos a simular el océano de Orfeo repleto de formas de vida plausibles? ¿Por qué no simular toda la Diáspora? No existía el crimen de herejía en C-Z; la carta fundacional de la polis era una simple declaración de los valores de los fundadores, no una doctrina a aceptar so pena de exilio. Pero en ocasiones seguía pareciendo como caminar por la cuerda floja, intentando clasificar todo acto de simulación entre aquellos que contribuían a la comprensión del universo físico (buenos), aquellos que eran simplemente convenientes, recreativos, estéticos (aceptables)... y los que constituían una negación de la supremacía de los fenómenos reales (hora de plantearse emigrar).
La votación sobre las microsondas había sido reñida: setenta y dos por ciento a favor, justo por encima de la mayoría de dos tercios requerida, con un cinco por ciento de abstención. Los ciudadanos creados desde la llegada a Vega estaban excluidos... no porque a nadie en Carter-Zimmerman se le hubiese siquiera ocurrido falsear la votación. Esa idea era inconcebible. A Paolo le había sorprendido el estrecho margen; todavía no había oído ningún escenario plausible que implicase que las microsondas causaban daño. Se preguntó si habría alguna otra razón silenciosa, que no tenía ninguna relación con el temor por la ecología de Orfeo o su hipotética cultura. ¿El deseo de prolongar el placer de desentrañar los misterios del planeta? Paolo compartía parte de ese impulso, pero el lanzamiento de las microsondas no haría nada por reducir el placer a mayor y largo plazo de observar, y comprender, la evolución de la vida en Orfeo.
Liesl dijo con amargura:
—Los modelos de erosión de costas muestran que cada noventa años orfeanos, por término medio, un tsunami inunda el litoral noroeste de Lambda. —Les mostró los datos; Paolo les echó un vistazo y le parecieron convincentes, pero ahora era una cuestión más bien académica—. Podríamos haber esperado.
Hermann agitó sus pedúnculos oculares.
—Las playas están cubiertas de fósiles, ¿verdad?
—No, pero las condiciones apenas...
—¡Sin excusas! —Enrolló su cuerpo alrededor de un soporte, agitando las piernas con alegría. Hermann había sido escaneado en el siglo veintiuno, antes de que Carter-Zimmerman existiese, pero a lo largo de los terataus había borrado gran parte de sus recuerdos episódicos y había reescrito su personalidad una docena de veces. En una ocasión le había dicho a Paolo: “Me considero mi propio bis-bis-bisnieto. La muerte no está tan mal, si la realizas incrementalmente. Lo mismo vale para la inmortalidad”.
Elena dijo:
—No dejo de intentar imaginarme cómo sería si otra C-Z diese con algo infinitamente mejor, alienígenas con agujeros de gusano cortos, por ejemplo, mientras nosotros estamos aquí estudiando almadías de algas. —Su icono era más estilizado de lo habitual: sin sexo, sin pelo y liso, el rostro inexpresivo y andrógino.
Paolo se encogió de hombros.
—Si pueden acortar agujeros de gusano, puede que nos visiten. O que compartan la tecnología, para que podamos unir toda la Diáspora. Pero sé a qué te refieres: la primera vida alienígena es probable que resulte tan sofisticada como un alga. Pero rompe el gafe. Algas cada veintisiete años luz. ¿Sistemas nerviosos cada cincuenta? ¿Inteligencia cada cien? —Calló al comprender de pronto lo que sentía Elena: decidir no despertar después de la primera vida empezaba a parecer una mala elección, una forma de malgastar las posibilidades de la Diáspora. Paolo le ofreció un injerto mental manifestando empatía y apoyo, pero lo rechazó.
Elena dijo:
—Ahora mismo quiero bordes definidos. Quiero enfrentarme a esto yo misma.
—Comprendo. —Él dejó que el modelo parcial de Elena creado cuando habían hecho el amor se fuese desvaneciendo de su mente, dejando el modelo normal de Elena lleno de suposiciones, muy similar a los que tenía de todos sus conocidos. Paolo se tomaba muy en serio las responsabilidades de la intimidad; su amante antes de Elena le había pedido que borrase todo lo que sabía de ella, y más o menos había cumplido... lo único que todavía recordaba era el hecho de que él había realizado la petición.
Hermann anunció.
—¡En el planeta!
Paolo observó una repetición de la vista de una sonda de exploración que mostraba las primeras cápsulas de entrada rompiéndose sobre el océano y liberando las microsondas. Las nanomáquinas transformaron los fuselajes de cerámica (y luego a ellas mismas) en dióxido de carbono y algunos minerales simples —nada que no estuviese presente en los micrometeoritos que llovían continuamente sobre Orfeo— antes de que los fragmentos pudiesen llegar al agua. Las microsondas no emitían nada; al terminar de recoger datos, flotarían hasta la superficie y modularían su reflectancia a los ultravioletas. Sería labor de las sondas exploratorias localizar esos destellos y leer los mensajes, antes de que se autodestruyesen tan totalmente como las cápsulas de entrada.
Hermann dijo:
—Esto exige una celebración. Me voy al Corazón. ¿Quién se viene?
Paolo miró a Elena. Él negó con la cabeza.
—Ve tú.
—¿Estás segura?
—¡Sí! Vete. —Su piel había adoptado un lustre espejado; su rostro inexpresivo reflejaba el planeta—. Estoy bien. Sólo quiero algo de tiempo para pensar a solas.
Hermann se enrolló alrededor de la estructura del satélite, elongando en el proceso su cuerpo pálido, ganando segmentos, ganando piernas.
—¡Vamos, vamos! ¿Karpal? ¿Liesl? ¡Vamos a celebrarlo!
Elena se había ido. Liesl emitió un sonido desdeñoso y se alejó agitando las alas, burlándose de la ausencia de aire del panorama. Paolo y Karpal observaron mientras Hermann se hacía cada vez más largo, cada vez más rápido... y luego en una confusión de velocidad y cambio se estiró para envolver toda la estructura geodésica. Paolo dio un salto, riendo; Karpal hizo lo mismo.
Luego Hermann se contrajo como una boa y destrozó todo el satélite.
Flotaron durante un rato, dos criaturas con forma de carnoso y una de gusano gigante, rodeados por una nube de fragmentos metálicos en rotación, una colección absurda de restos imaginarios, destellando bajo la luz de estrellas reales.

El Corazón siempre estaba atestado, pero era más grande de lo que Paolo lo hubiese visto nunca, a pesar de que Hermann se había contraído hasta recuperar su tamaño original para no montar ninguna escena. La enorme cámara muscular se arqueaba sobre ellos, latiendo húmedamente al ritmo de la música, mientras ellos buscaban el lugar perfecto para empaparse de la atmósfera.
Encontraron un buen sitio y fabricaron algo de mobiliario: una mesa y dos sillas —Hermann prefería quedarse de pie— y el suelo se expandió para hacer sitio. Paolo miró a su alrededor, saludando a gritos a la gente que reconocía de vista, pero sin molestarse en comprobar firmas. Lo más probable era que conociese a todos los presentes, pero no quería pasar los siguientes kilotaus intercambiando tonterías con personas a las que apenas trataba.
Hermann dijo:
—He estado comprobando el flujo de datos de nuestro modesto observatorio estelar... mi antídoto contra el parroquialismo vegano. Están pasando cosas raras alrededor de Sirio. Estamos viendo rayos X en el orden de megakelvins, ondas de gravedad... y algunos puntos calientes inesperados en Sirio B. —Se volvió hacia Karpal y preguntó inocentemente—: ¿Qué crees que traman esos robots? Hay rumores de que planean sacar la enana blanca de su órbita y emplearla como parte de una gigantesca nave espacial.
—Nunca presto atención a los rumores. —Karpal siempre se mostraba como una reproducción fiel de su viejo cuerpo gleisner. Abandonar a su gente y acudir a C-Z debió requerir un coraje considerable; jamás le aceptarían de vuelta.
Paolo dijo:
—¿Importa lo que hagan? ¿Dónde van? ¿Cómo llegan hasta allí? Hay espacio de sobra para todos. Incluso si siguiesen la Diáspora, incluso si llegasen a Vega, podríamos estudiar juntos a los orfeanos, ¿no?
El rostro caricaturesco de insecto de Hermann mostró alarma fingida, con los ojos separándose más y más cada vez.
—¡No si se trajesen una enana blanca! Lo próxima sería querer construir una esfera de Dyson. —Se volvió otra vez hacia Karpal—. ¿Todavía sientes la necesidad de hacer... ingeniería astrofísica?
—Ninguna que explotar algunas megatoneladas de materia asteroidal de Vega no haya podido satisfacer.
Paolo intentó cambiar de tema:
—¿Alguien ha tenido noticias recientes de la Tierra? Me empiezo a sentir desconectado. —Su propio mensaje más reciente era una década más antiguo que el retraso temporal.
Karpal dijo:
—No te pierdes mucho; sólo hablan de Orfeo: las nuevas observaciones lunares, las muestras de agua. Parece que les emociona más la simple posibilidad de vida que a nosotros la certidumbre. Y tienen muchas esperanzas.
Paolo rió:
—Así es. Mi yo de la Tierra parece contar con que la Diáspora encontrará una civilización avanzada con las respuestas a todos los problemas existenciales de la Coalición. No creo que el kelp nos ofrezca mucha guía cósmica.
—¿Sabes que después del lanzamiento mucha gente emigró de C-Z? Emigración y suicidios. —Hermann había dejado de agitarse y girar, quedándose casi inmóvil, una señal de seriedad poco habitual—. Creo que eso fue el detonante inicial del proyecto de astronomía. Y parece haber detenido el flujo, al menos a corto plazo. C-Z Tierra detectó agua antes que cualquier clon en la Diáspora... y cuando sepan que hemos encontrado vida se sentirán por ello más bien como colaboradores en el descubrimiento.
Paolo empezó a sentirse incómodo. ¿Emigración y suicidio? ¿Era por eso que Orlando se mostraba tan sombrío? Tras el desastre de la Fragua, y luego otros trescientos años de espera, ¿hasta dónde habían subido las expectativas?
Un zumbido de emoción recorrió el suelo, un cambio súbito en el tono de la conversación. Hermann susurró, fingiendo reverencia:
—La primera microsonda ha salido a la superficie. Y están llegando los datos.
El Corazón no consciente era bastante inteligente para adivinar los deseos de sus parroquianos. Aunque todos podían acceder en privado a la biblioteca para ver los resultados, la música se cortó y en lo alto de la cámara apareció una gigantesca imagen pública que resumía los datos. Paolo tuvo que inclinar del todo el cuello para poder verla. Una experiencia novedosa.
Las microsondas habían mapeado en alta resolución una de las alfombras. La imagen mostraba el esperado oblongo basto, de algunos cientos de metros de ancho... pero la gruesa losa de dos o tres metros de espesor de las tomografías de neutrinos ahora se manifestaba como una superficie delicada y enrevesada... delgada como una capa de piel, pero plegada en una compleja curva que llenaba el espacio. Paolo comprobó los datos completos: la topología era estrictamente plana, a pesar de su apariencia patológica. No había agujeros ni uniones... sólo una superficie que serpenteaba tan caprichosamente que en la distancia parecía diez mil veces más gruesa de lo que era en realidad.
Un inserto mostraba la microestructura, en un punto que se iniciaba en el borde de la alfombra y luego —lentamente— se desplazaba hacia el centro. Paolo contempló el fluir de los diagramas moleculares durante varios taus antes de comprender lo que significaba.
La alfombra no era una colonia de organismos unicelulares. Tampoco era un organismo multicelular. Era una única molécula, un polímero bidimensional que pesaba veinticinco mil toneladas. Una gigantesca lámina de polisacáridos plegados, una red compleja de azúcares, pentosas y hexosas entrelazadas mediante cadenas laterales de alquilos y amidas. Un poco como la pared celular de una planta, sólo que este polímero era mucho más resistente que la celulosa y el área superficial era veinte órdenes de magnitud mayor.
Karpal dijo:
—Espero que esas cápsulas de entrada fuesen perfectamente estériles. Las bacterias de la Tierra se darían un festín. Una enorme cena de carbohidratos flotante, sin defensas.
Hermann lo pensó:
—Quizá si tuvieran enzimas capaces de romper un trozo... cosa que dudo. Pero no llegaremos a saberlo: incluso si hubiese habido esporas bacterianas en el cinturón de asteroides, dejadas por alguna expedición carnosa, todas las naves de la Diáspora fueron examinadas en ruta en busca de cualquier posible contaminación. No hemos traído la viruela a las Américas.
Paolo seguía aturdido.
—¿Pero cómo se ensambla? ¿Cómo... crece? —Hermann consultó la biblioteca y respondió antes de que Paolo pudiese hacer lo mismo.
—El borde de la alfombra cataliza su propio crecimiento. El polímero es irregular, aperiódico... no hay ni un sólo componente que simplemente se repita. Pero parece que hay unas veinte mil unidades estructurales básicas, veinte mil bloques de construcción de polisacáridos diferentes. —Paolo los vio: largos manojos de cadenas entrelazadas que recorrían las doscientas micras de espesor de la alfombra, cada uno con una sección más o menos cuadrada, unido en varios puntos a los cuatro haces vecinos—. Incluso a esta profundidad, el océano está repleto de radicales generados por los ultravioletas que llegan desde la superficie. Cualquier unidad estructural expuesta al agua convierte esos radicales en más polisacáridos... y construye otra unidad estructural.
Paolo consultó de nuevo la biblioteca, para ver una simulación del proceso. Los puntos catalíticos situados a lo largo de los laterales de las unidades retenían los radicales el tiempo suficiente para que se formasen nuevos enlaces. Algunos azúcares simples se incorporaban directamente al polímero a medida que se creaban; otros tenían libertad para vagar libres durante un microsegundo o dos, hasta que eran necesarios. A ese nivel, sólo se empleaban algunos trucos químicos básicos... pero la evolución molecular debía haber empezado con unos pocos pequeños fragmentos autocatalíticos que se habrían formado por azar, hasta llegar a este sistema complejo de veinte mil estructuras autorreplicativas. Si esas “unidades estructurales” hubiesen flotando libres en el océano, como moléculas independientes, “la vida” que formaban habría sido virtualmente invisible. Pero al unirse se convertían en veinte mil colores en un gigantesco mosaico.
Era asombroso. Paolo esperaba que Elena, allí donde estuviese, estuviese accediendo a la biblioteca. Una colonia de algas habría sido más “avanzada”... pero esta increíble criatura primordial revelaba infinitamente más sobre las posibilidades de la génesis de vida. Aquí los carbohidratos cumplían todos los papeles bioquímicos: portadores de información, enzimas, fuentes de energía, material estructural. Nada así podría haber sobrevivido en la Tierra, una vez que aparecieron organismos capaces de comerlos... y si algún día aparecían orfeanos inteligentes, era muy poco probable que acabasen encontrado rastros de este estrambótico ancestro.
Karpal mostraba una sonrisa reservada.
Paolo dijo:
—¿Qué?
—Teselas de Wang. Las alfombras están hechas de teselas de Wang.
Hermann le volvió a ganar en el acceso a la biblioteca.
—Wang como en el matemático del siglo veinte Hao Wang. Tesela en el sentido de formas que pueden cubrir el plano. Las teselas de Wang son cuadrados con bordes de distintas formas, que deben ajustarse complementariamente con las formas de los cuadrados adyacentes. Puedes cubrir el plano con un conjunto de teselas de Wang siempre que en cada punto elijas la adecuada. O en el caso de la alfombra, hagas crecer la adecuada.
Karpal dijo:
—Deberíamos llamarlas Alfombras de Wang, en honor a Hao Wang. Después de dos mil trescientos años, sus matemáticas han cobrado vida.
A Paolo le gustó la idea, pero se mostró dubitativo.
—Podríamos tener problemas para obtener una mayoría de dos tercios para el nombre. Es un poco oscuro.
Hermann rió:
—¿Quién precisa de una mayoría de dos tercios? Si queremos llamarlas Alfombras de Wang, pues las llamamos Alfombras de Wang. En C-Z se usan ahora mismo noventa y siete idiomas... la mitad de ellos inventados desde la fundación de la polis. No creo que nos exilien por inventar un nombre privado.
Paolo estuvo de acuerdo y se sintió algo avergonzado. La verdad es que había olvidado por completo que Hermann y Karpal en realidad no hablaban en Romano Moderno.
Los tres dieron instrucciones a sus exoyós para considerar el nombre adoptado: a partir de ese momento, ellos oirían “alfombra” o “Alfombra de Wang”... pero si usaban el término con algún otro, se aplicaría la traducción inversa.

© 2009 Greg Egan. Reproducido con la autorización del Grupo AJEC.