| De muerte natural |
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| Escrito por Sergio Gaut vel Hartman | |||||||||
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Sobre el relato De muerte natural
De muerte natural
Ilustraciones de Pedro Belushi De todas las malas noticias posibles que se pueden recibir un lunes, a las ocho de la mañana, mientras se intenta desprender la resaca dominical de los infinitos problemas de una Universidad quebrada y sin futuro, la que traía Elba Trazio, mi secretaria privada y consejera –edad indefinida entre los sesenta y los ochenta—era sin lugar a dudas la peor posible. —¿Cómo, murió? ¿Así? ¿Murió? ¿Como se muere cualquier mortal?
—Discúlpeme, señor. Muerto es muerto. —Pero se está descascarando, usted lo dijo. Eso no es lo normal. —Luce como algo absurdo y anormal, además de resultar inexplicable, pero es lo que está sucediendo. Finas capas que se desprenden unas de otras, como hojas que parecen pegadas y uno sopla y son dos y uno sopla y otra vez son dos, y vuelve a soplar... —Deje de soplar, Elba, y dígame qué vamos a hacer ahora. —Vine para que usted nos diga qué vamos a hacer ahora, señor. —¿No se le ocurre nada? Elba se rascó la frente, para dar impresión de que pensaba y soltó la frase más imbécil que escuché en toda mi vida. —Podemos hacer un velorio, un decoroso funeral y un entierro como Dios manda. —¡Elba! ¿Cómo se le ocurre tal cosa? ¡Es un extraterrestre! La Universidad de Estudios Avanzados logró establecer el primer contacto del tercer tipo de la historia; teníamos a un soberbio ejemplar oriundo del quinto mundo de Sirio, un verdadero quintiriano, adecuado para elevar a nuestra casa de estudios al séptimo cielo y el tipo viene y se nos muere como un vulgar canario jaulero. ¿Eso es lo único que puede decir? —No es lo único –dijo Elba, imaginando que la siguiente observación sería ponderada por su agudeza y profundidad—. Primer contacto del tercer tipo con uno del quinto planeta de Sirio que nos hubiera llevado directo al séptimo cielo... –Se tapó la boca y emitió una risa lóbrega como el hoyo que conduce al Infierno. —¡Maldición! No está ayudando, Elba. ¿No se preguntó en qué creía el siriano? ¡Un poco de respeto para su condición de extraterrestre! ¿Qué la induce a pensar que un velorio, un decoroso funeral y un entierro como Dios manda son las aspiraciones de un siriano muerto? ¿Lo velamos hasta que se nos deshaga como un mil hojas? ¿Celebramos una misa? ¿Rezamos el Kol Nidrei? ¿Lo incineramos en una pira y enviamos las cenizas al espacio? No sabe de qué está hablando. Elba bajó la cabeza. Una cascada de canas grises le cubrió el rostro. Una cascada de lágrimas azules le arrasó los ojos. Tardó varios minutos en reponerse. Mi diatriba la había herido tan profundamente que no tuve más remedio que acercarme y abrazarla. No sin cierta repugnancia le acomodé el cabello y le enjugué las lágrimas con el pañuelo de lino que me legó mi santa madre antes de partir. —Mi hermano tiene una empresa de pompas fúnebres y un cementerio privado –dijo Elba sin dejar de sollozar—. Él se puede ocupar del tema y tal vez hasta nos proporcione algunas ideas prácticas para resolver la parte escabrosa de esta operación. —¿Puede ocuparse del... servicio? –pregunté. Pocas cosas me podían hacer feliz en ese momento; ni siquiera había evaluado el nivel de la pérdida que implicaba la desaparición del extraterrestre, pero sacarme de encima el funeral era equivalente a ganar la lotería. Reaccioné a tiempo. —¡No! Lo último que deseo es eso. Tenemos que estudiarlo, y para eso debemos conservarlo, embalsamarlo, no sé cómo detendremos ese proceso que acaba de presentarse, el deshojamiento, pero algo haremos. Llame a Pergament, a Edding, a Maxell, a Cabezón García... —¿Quiénes son esos? —No sé; son nombres que se me acaban de ocurrir; búsquelos en la guía; alguno podría ser exobiólogo, taxidermista, brujo. Dispare mientras tenga balas y, con suerte, hará algún blanco. Ahora, si no dispara... —Fui reprobada en tiro con carabina; pero manejo bien el florete. —Una luz prístina iluminó las ojos límpidos de Elba. —No queremos ensartar a nadie, Elba; queremos conseguir un especialista para preservar al extraterrestre de Sirio que nos ha caído del cielo. La Historia sostiene la puerta abierta para que pasemos, pero si vacilamos es probable que la cierre y demos de narices contra ella. Estas oportunidades se presentan una sola vez en la vida. Elba se largó a llorar de nuevo. Su incontinencia lacrimal parecía profetizar futuras e inmediatas incontinencias. Le di dos palmaditas en la espalda y la despaché rumbo a lo desconocido. A continuación extraje del último cajón del escritorio un cofre guarnecido con madrépora y conchas de bivalvos y de él saqué el código secreto de la Secretaría de Asuntos Estrambóticos. “Para usar cuando todo lo demás haya fallado”.
El agente de la Secretaría era un tipo nervioso que parecía sentir desdén o hasta un oculto desprecio hacia los gorilas que lo acompañaban. Éstos, los gorilas, iban afeitados, con el cabello cortado al ras y usaban trajes de buen corte, aunque los lucían como pueden hacerlo boxeadores retirados. Se esforzaban por exhibir esa dureza inexpresiva, tan propia de los policías militares, mostrando una absoluta indiferencia a todo lo que no fuera proteger a su protegido. Juro que ni por un momento se me habría ocurrido amenazarlo. —Roberto Pergament —dijo el agente de la Secretaría tendiendo la mano para que yo se la estrechara. El primer hecho estrambótico se había verificado sin mayor esfuerzo de ninguna de las partes. Pergament, por si no lo recuerdan, había sido el primer nombre de la lista propuesta a mi secretaria. —Encantado de conocerlo —dije sin sonreír—. ¿Está al tanto de lo que nos ocurre? —No —dijo Pergament. Observó a los gorilas como si los viera por primera vez. Ellos, y no la criatura de Sirio, tenían el aspecto que uno asigna a un ser extraterrestre, con sus viejos músculos transformados en una masa adiposa y las cicatrices de antiguas peleas como señales de que la situación los fastidiaba mortalmente. No parecían interesados en lo que yo pudiera decir o hacer. Conduje a los presentes a través de los pasillos hasta la morgue que habíamos improvisado. El frío se había revelado como un sistema inútil para detener el proceso de descascarillado del cadáver del extraterrestre, pero no podíamos tenerlo sumergido en la piscina del campus. Por entonces yo estaba tan preocupado que me sentía capaz de venderlo al mejor postor, fuera a una potencia extranjera o a una fábrica de chacinados. Incapaz de encontrar algún sentido a lo que había sucedido, empecé a preguntarme si mis sentidos funcionaban bien. La sucesión de episodios estrambóticos en los que estaba involucrado me habían obligado a crear un escudo somático; hacía eso siempre que era posible, claro. La parte visible de mi escudo somático me hacía parecer un espantapájaros. —Un extraterrestre de Sirio —dijo Pergament sin expresar ninguna emoción. Utilizó una lapicera para separar dos laminillas; toda una sección del brazo de la criatura se desprendió suavemente, como si efectivamente se tratara de una masa muy hojaldrada. —¿Ve extraterrestres de Sirio todos los días? —De Sirio, de vez en cuando. —Pergament se metió el dedo en la nariz y lo retiró tras ensartar una interesante masa viscosa que depositó a continuación en algún lugar del cuerpo del extraterrestre. —De 37 Gem casi todos los días. —No exagere —dijo uno de los gorilas, de mal modo, interviniendo por primera vez. Tenía un voz aguda, parecida a la de Libertad Lamarque—; hace tres meses que no vemos a ninguno de 37 Gem. Pergament giró sobre sí mismo y fulminó al gorila con la mirada. —Seguramente se cansaron de sus groserías e impertinencias —dijo—. Como este gorila siga molestando de este modo —agregó dirigiéndose a mí—, ningún extraterrestre querrá pisar este planeta. —¿Quiere decir... —no sabía cómo expresarlo— que esta... visita no es algo... digamos... excepcional? Los tres representantes de la Secretaría se doblaron sobre sí mismos y empezaron a reír a carcajadas con tanta vehemencia y tal ordinariez que imaginé que se habían vuelto locos. No se habían vuelto locos. Tras calmarse y enjugar las lágrimas con pañuelos de papel me explicaron que la Secretaría venía manejando situaciones como esa desde su misma creación. —La Secretaría de Asuntos Estrambóticos es mucho más antigua que su análoga del norte, ¿entiende? Entendía, más o menos. Pero no se lo dije. A continuación recordé las palabras de Gregor Markowitz sobre el caos y las fuerzas antagónicas. Los errores en la evaluación de lo que estaba ocurriendo implicaba que no había forma de predecir lo que ocurriría a continuación. —¿Qué haremos? Pergament parecía estar leyéndome los pensamientos, porque dijo: —No hay forma de comprender y controlar los sistemas. Si fuera así seríamos capaces de ganar dinero en la Bolsa de Valores o de anticipar la conducta de las hormigas. No sea reduccionista, por favor. Este no es un tema sobre el que se pueda hacer algo. —¿Entonces... para qué vino? —Había alcanzado un grado superior de desconcierto e impotencia. —No tengo nada que enseñarle sobre extraterrestres, le importa un bledo que mi criatura del quinto planeta de Sirio se desmenuce como una torta de cacao, me escupe una perorata sobre sistemas entrópicos... —A medida que desgranaba mi discurso iba acumulando dedos sobre la cara de Pergament, sólo me faltaban un par de argumentos para completar la mano y cerrarla, convirtiéndola en puño listo para descargarse con toda su fuerza sobre la mandíbula del farsante agente de la Secretaría. Pero Pergament me detuvo hábilmente. —El extraterrestre no está muerto —dijo. —No está muerto —repetí, como un imbécil. —No. —Los gorilas contuvieron la risa. —Este proceso se halla ampliamente estudiado en el tomo III de las “Conjeturas Preliminares de la Fase de Exfoliación de los Quintirianos”. Estas tendencias de la especie, ya puestas de manifiesto en el tomo I y en el II continuarán en el IV, evolucionando hacia formas menos toscas, por lo que podría plantearse la posibilidad de omitir ciertos datos ofensivos para las religiones más primitivas de nuestro planeta, como los mitrianos y los baalitas. —Pásemelo en limpio. El extraterrestre no está muerto, de acuerdo; parece muerto, de acuerdo. ¿Para qué me haría algo así? Hasta el momento se había mostrado amistoso. —Precisamente por eso —dijo Pergament con un bufido—. Esta expresión es más que amistosa. Se trata de una etapa del cortejo nupcial. La criatura expresa su deseo de aparearse, para lo cual se coloca a sí misma en la posición más vulnerable que puede concebir, muy cercana a la muerte. —¿Aparearse? ¿Conmigo? —Mi voz había subido una octava con cada pregunta. Estaba tan cerca del agudo máximo que pronto sólo me oirían los perros. —No, hombre, no con usted. —Pergament removió con una varilla un órgano oculto entre varios pliegues de tejido, aproximadamente en el sitio en el que se encuentra el esternón en los seres humanos. —Como puede apreciar el siriano es macho. El objeto de sus desvelos, aunque en este caso de desvelado no tiene nada, es su bella secretaria, la señorita Elba. Fue mi turno de doblarme y reír. Tardé cinco minutos en calmarme. —La señorita Elba es virgen —dije finalmente. Era un comentario inapropiado, pero salió sin proponérmelo. —Eso es lo que sedujo al quintiriano. A estos extraterrestres les gustan vírgenes. Y como habrá imaginado, el aspecto exterior de su secretaria, todas esas arrugas batidas sobre sí mismas como pliegues mesozoicos, esas sequedades y asimetrías, esas purulencias eczemáticas, esas fetideces, esos temblores son lo más cercano a lo que ostentaría una campeona de belleza en su mundo patrio. Discúlpeme. —Pergament hurgó en el cuerpo del extraterrestre hasta dar con la mucosidad que había plantado unos minutos antes. —¿Se da cuenta? —Exhibió una réplica de la criatura, pero de apenas quince centímetros de largo, un perfecto modelo en escala del siriano original. —Reproducción xerogenética. Usted pone cualquier trozo de materia en contacto con el cuerpo del quintiriano y éste fabrica una copia de sí mismo, hasta el más mínimo detalle, en unos pocos minutos. Pero este proceso no se verifica en todos los casos, sino solamente en la época de celo. Dicho con un lenguaje pedestre, el bicho está caliente. —Pergament me palmeó la espalda con afecto. —Usted es un hombre afortunado, profesor. En cuanto el siriano le ponga las manos encima a su fiel señorita Elba la convertirá en una reproductora digna de la Exposición Rural. ¿Me haría el favor de llamarla para acelerar el proceso de reanimación? © 2004 Sergio Gaut vel Hartman © 2004 Pedro Belushi por las ilustraciones Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
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