| El hombre de Azucar de Carlos F. Castrosín |
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| Escrito por Carlos F. Castrosin | |||
| Lunes, 17 de Noviembre de 2008 00:00 | |||
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Presentación
El hombre de Azucar
Autor: Carlos F. Castrosín Ilustración: Pedro Belushi
Tan en silencio se movía el bote que se podía oír el roce del agua contra el casco. Las zonas de marga no tenían profundidad suficiente para que el motor funcionara. Entre tanto, la exuberancia de los marjales permanecía estática, escondiendo la agitada vida subacuática que provocaba fantasmales ondulaciones por delante del esquife, acentuando en Ortiz el sentimiento de vacuidad que le atenazaba. -♫ El hombre de azúcar voló... Por el color pálido del cañaveral, el agua se volvía gris cuando se nublaba el sol. Y los oscuros islotes, con su continua presencia, se separaban, se alejaban y volvían a juntarse como piezas de un rompecabezas monstruoso que no acabara de completarse nunca. -♫ El hombre de azúcar se fue... Y sin embargo, el día se había levantado con fuerza. Proyectaba un horizonte plateado hacia occidente, una ventana de luz que alejó por unos momentos los vagos temores que durante la semana llevaba acumulados. -♫ El hombre de azúcar surcó los cielos... Se quedó mirando la forma en que el escuálido barquero, en pie sobre la baranda, inclinado hacia fuera por encima de la popa, se balanceaba con la espadilla que utilizaba a modo de timón, a un lado y a otro, a un lado y a otro, contra las paredes de follaje impenetrable. Se acompañaba de aquella canción absurda, sin sentido, que repetía incansable, con el cielo blanco como fondo: -♫ El hombre de azúcar llegó al hog... -¡Basta ya! ¡Cierra la boca de una vez! -le interrumpió Araujo, a su espalda. Ortiz permaneció sentado en la proa sin protestar. Dejó que fuera Ramiro el que se levantase y le preguntara en tono displicente al dueño de la embarcación-. ¿Queda mucho para llegar, Pellica? El rostro en sombras bajo el sombrero de paja no dio ninguna respuesta. Igual que siempre, como cada mañana que habían salido en busca del condenado róbalo, se fijó en silencio Ortiz, al darse la vuelta. Hasta el propio Ramiro empezaba a mostrarse inquieto ante el mutismo contumaz del hombre.
Desde el principio le había parecido ilógico pagar aquella cantidad disparatada por pasearse en un esquife de incomodísimos bancos para que los fueran empujando con una pértiga, de un sitio a otro, entre marismas olvidadas de Dios. “¿Es que no tienes sentido de la aventura, Paco? ¡El róbalo! ¡La reina del sedal! ¡Espera que nos vean en Madrid con un ejemplar entre las manos!” Al menos el pueblo era un sitio barato que, como tema de conversación, podrían utilizar con provecho cuando volvieran al despacho, se conformó revisando en su memoria las agrietadas calles cubiertas de maleza de la antigua cooperativa, aquel pequeño poblado al otro extremo de una carretera, junto a siete kilómetros de canal, que recorría el yermo de las innumerables islas, aguarrales y pantanos hasta el término con la siguiente provincia. -Paco -Araujo lo despertó de sus cavilaciones-. ¿Te has fijado? Qué extraño. Hay una bruma... Ortiz prestó atención a lo que le acababa de señalar. Una especie de calima tenue empezaba a compactarse por delante. El bosque de arbustos simulaba gravitar a unos centímetros del agua. Los vástagos largos y extendidos de las espadañas descendían arraigando en el suelo neblinoso. El sol refulgía en el cielo, se elevaba poco a poco hacia el mediodía. -¿Oyes? -¿El qué? -no se escuchaba nada. El mundo había desaparecido. Todo en los bajíos blancos parecía de repente vigilar y esperar. Se notaba una tensión invisible, de electricidad flotando. Ortiz se inclinó a un lado, metió un brazo en el agua y lo sacó rápidamente, gritando sin entender-. ¡Está caliente! ¡Está mucho más caliente! Araujo no le hizo caso. Empuñaba su caña rígido, como si sostuviese una lanza. Las gruesas hojas de los carrizos habían sido quemadas en parte. Todo el anverso superior abrasado. Un fuerte hedor inundaba la atmósfera. La maraña vegetal se apretaba, se hacía imperceptiblemente más intrincada y confusa, hasta abrirse en un claro repentino que les dejó flotando en medio con la niebla a más de un metro de la canoa. Las puntas visibles de las parrojas copudas estaban chamuscadas, pulverizadas por algo que... -♫ El hombre de azúcar voló...
-♫ El hombre de azúcar surcó los cielos. El hombre de azúcar llegó al hogar -empezó a repetir el Pellica, igual que un poseso, santiguándose con una mano. -¡Cálmalo! ¡Cálmalo! -chilló Araujo, viendo que con su histeria estaba poniendo en peligro a todos.
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El esquife oscilaba peligrosamente de un lado para otro. Ortiz abrazó al hombretón, lo sujetó por una manga de la zamarra desteñida, intentando tranquilizarlo. Sintió el olor indescriptible de su piel, el puro miedo que despedía. -Parece... algo que hubiese caído. Un asteroide. Un meteorito. Cuando al fin la embarcación recuperó el equilibrio, Ortiz soltó al Pellica, se volvió y se acercó a su amigo. Del corazón de aquella cosa salía una especie de babilla resplandeciente, un fluido que relucía bajo los rayos del sol, una mermelada de color amarillento, parecida a la miel, que se movía, brotaba de dentro de la piedra, burbujeando, hundiéndose pesadamente en los bajíos.
Un tentáculo de la abominación salió del agua en un acto defensivo. Levantó ante sus aterrorizados rostros algo que se agitaba en el aire. Un pez, ¡un róbalo!, había apresado un róbalo y se lo mostraba. Pero lo que realmente casi les hizo perder la consciencia fue ver que aquel ser, aquel monstruo venido del espacio exterior, estaba mutándose. Sintetizaba en vida al róbalo. Se apropiaba de sus características. Transformaba la constitución del pez en algo inclasificable, escamas, carne, raspa, diluyéndolo en su propia materia, como si el róbalo hubiera quedado atrapado en pegamento vivo. -¡Vámonos de aquí! -gritó Ortiz, dando un empellón al barquero al volverse hacia la popa. Cogió el timón con energía y le ordenó a Araujo que agarrara la pértiga y empezase a empujar. El Pellica, ahora de rodillas, no hacía más que mirar aquella mistura imposible de describir, parecía estar adorándola con la única cantinela que se sabía y el sentido completamente extraviado. El esquife comenzó a moverse. Cuando estaba atravesado, a punto de dar la vuelta, un pseudópodo emergió con potencia sobre el agua y empujó la canoa. Araujo emitió un chillido, perdió el equilibrio y cayó de bruces a la laguna. Ortiz se giró, horrorizado. Una parte del ser saltó de los bajíos y atrapó a su compañero en el momento que trataba de llegar a la barca. Le empezó a devorar, a digerir, a disolverlo en multitud de puntitos brillantes que se disociaban por el resto de aquel engrudo, fosilizándolo en vida. Los brazos y el tronco de Araujo se agitaban implorando una ayuda imposible, se hundían. El Pellica, saliendo de su alienamiento, se levantó, cogió una de las cañas y se la acercó para que pudiera asirse a ella. Una nueva prolongación de la sustancia salió como un látigo cogiendo al enjuto barquero de la cintura y lanzándolo a la laguna, mientras otro pseudópodo enganchó a Ortiz por una de las muñecas y tiró de él con una fuerza desconocida.
-¡♫ El hombre de azúcar surcó los cielos! ¡El hombre de azúcar llegó al hogar! De repente, Ortiz abre los ojos, asustado por los gritos. Está empapado en sudor. La pintura del techo resquebrajada; la lámpara con la tulipa partida; todo es mentira, ha sido un sueño. Suelta un profundo suspiro, tranquilizándose. El aire sale lentamente de su boca; la presión de la sangre fluye por todo su cuerpo. Sin hacer otra cosa, se queda mirando el vuelo hipnotizante de una mosca por encima de la cabecera oxidada de la cama. Sus movimientos reverberan por la estancia, se mezclan en una espiral de sonidos dentro de sus tímpanos con aquel estribillo que se repite, se repite, se repite, anclado a lo más profundo de su cerebro, atormentándolo, en tanto las imágenes de aquella pesadilla vuelven una y otra vez, mientras aguarda a que llegue el transporte que le saque del poblado, del cochambroso hotel, de la calurosa habitación. Ortiz no deja de recordar la monstruosidad, que, está seguro, ahora avanza en su busca por los bajíos arrasados de su memoria. En ese momento, se empieza a frotar súbitamente, no para de rascarse las rozaduras por donde intentó atraparlo en el sueño. Se restriega con furia cerca del codo, el tremendo picor que le abrasa. Cuando, muerto de miedo, descubre las redondas heridas, igual que las burbujas que salían de aquella masa, devorándolo por debajo de la piel. Dios, no puede soportar la comezón por todo su brazo. Cierra los ojos con fuerza, ahoga un grito de espanto, viendo cómo las últimas escenas de lo ocurrido se recortan contra la cortina oscura de sus párpados, retenidas, como si todavía su cerebro no hubiese sido capaz de procesarlas. Revive el horror, el instante en que se giró por la popa del esquife, Antonio el Pellica y Ramiro braceando envueltos en el tegumento translúcido de aquella locura, que los apresaba, que les consumía ya la mitad de sus cuerpos sin que se dieran cuenta, convirtiéndolos en esqueletos descarnados. El organismo se estremecía, creciendo, repitiendo cañaverales artificiales, róbalos falsos, copias imperfectas de los dos hombres. Los plagiaba, mezclando sin orden partes de Araujo con las del barquero, en tanto los originales se disgregaban átomo a átomo por el interior de la mucosidad execrable. Ortiz, escondiéndose entre las sábanas, trata de no pensar en ello, de olvidarse, de no escuchar más. Ojalá la camioneta llegue pronto. Se tapa la boca, se muerde los labios para que no salga el quejido que su escozor le demanda, mientras oye el rumor de las gargantas deformes de Ramiro y el Pellica plañendo desafinadamente, que lo arrullan gozosas desde lo más recóndito de su cabeza.
© 2008 Carlos F. Castrosín © 2008 Pedro Belushi por la ilustración Carlos F. Castrosín es madrileño, programador informático, escritor, con estudios de Exactas. En 1993 obtuvo el I Premio El escribidor con el libro Zooropa. Ha colaborado en las publicaciones Artifex, BEM, Kenbeo Kenmaro, Elfstone, Núcleo Ubik, en la revista electrónica Ad Astra, en la recopilación que edita la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción VISIONES de 1995 y ahora en BEM on Line. Ese mismo año resultó ganador en el V Concurso Grupo CAMP de Caja de Madrid con el relato "La sangre de Jesús todavía no me ha abandonado". Actualmente trabaja en el área de Planificación e Innovación Tecnológica de dicha empresa. Entre sus obras se pueden destacar Brumose (1997), Los subterráneos (1999, finalista Premio Ignotus), Cinco días antes (2002, ganador Premio Ignotus) y Terra incógnita (2003). "Un mundo invisible" en 2006 Minotauro y "Todo lo que desaparece" en 2007 EspiralCF.
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Un fuerte hedor inundaba la atmósfera. La maraña vegetal se apretaba...
Carlos F. Castrosín es madrileño, programador informático, escritor, con estudios de Exactas. En 1993 obtuvo el I Premio El escribidor con el libro Zooropa. Ha colaborado en las publicaciones Artifex, BEM, Kenbeo Kenmaro, Elfstone, Núcleo Ubik, en la revista electrónica Ad Astra, en la recopilación que edita la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción VISIONES de 1995 y ahora en BEM on Line. Ese mismo año resultó ganador en el V Concurso Grupo CAMP de Caja de Madrid con el relato "La sangre de Jesús todavía no me ha abandonado". Actualmente trabaja en el área de Planificación e Innovación Tecnológica de dicha empresa. Entre sus obras se pueden destacar Brumose (1997), Los subterráneos (1999, finalista Premio Ignotus), Cinco días antes (2002, ganador Premio Ignotus) y Terra incógnita (2003). "Un mundo invisible" en 2006 Minotauro y "Todo lo que desaparece" en 2007 EspiralCF.
Pedro Belushi, ilustrador y guionista. Ha trabajado en multiples proyectos de ilustración y comic. Entre sus obras están Melquiades y El Genio ( Dibujo y guión. Ed. Sulaco 2000) y Mighty Sixties ( Guión y diseño, junto a Carlos Vermut. Amaniaco Ed. 2001).