ILLIUS, de R.Ansola Imprimir E-mail
Escrito por Manuel Berlanga   

IlliusAtractiva y sugerente portada, que engancha a primera vista, como la sinopsis, y una poco afortunada edición que provoca cierto rechazo, en la primera novela de Ansola, escritor y guionista que demuestra su dedicación al cine.

 

 

ILIUS de Raúl Ansola

 

por Manuel Berlanga

 

I


llius es el vacío, el espacio que queda desde el final de la recta de la vida hasta que se cierra el círculo de influencia del último de los invitados.  Es un terreno muerto que inevitablemente debe transitarse para que todo concluya y nada quede abierto...  En Illius viven los desesperados, los que han sufrido los peores finales o han escogido sufrirlos por adelantado".

¿Queda claro?  Para nada, ¿verdad?  Pero ¿a que suena fúnebre, atractivo, oculto, misterioso, paranormal...?  Pues lo mismo ocurre con la novela.

IlliusEn Illius (de él, en latín), Raúl Ansola consigue crear en el lector un cúmulo de expectativas sorprendentes en torno al misterio de una idea maravillosa: la aparición en una inocente foto de un paisaje en el monte, hecha tiempo atrás, de un niño que no estaba en aquel lugar en el momento en que fue hecha, y que señala con su dedo la cruz de hierro de una tumba; sencillamente genial.   Si -además- en su inicio deja pistas de un secuestro, el misterio está creado, las expectativas servidas, y abierta la esperanza de leer una buena historia.  Si -también- los dos personajes de la obra (el resto, excepto David, se reducen a pinceladas) están bien planteados (aunque indefinidos), la cosa promete.  Pero...

Personajes bien definidos no implica necesariamente identificarse con ellos; algo que también sucede con la obra.  La personalidad indecisa de Aurora, obsesionada por la fotografía descubierta mientras revive una ruptura que no consigue superar ni sobreponerse a ella, encuentra colofón y pareja en la de Marcos, un buen amigo, pero distinto, algo friki y estrafalario, que sigue y estimula en su amiga el misterio (¿quién es el chico de la foto... y por qué aparece en ella si no estaba en aquel lugar?) y lo traslada al lector  (¿qué tiene que ver ese niño con el secuestro del inicio?)

El estilo narrativo de Raúl Ansola, atractivo y fluido en los diálogos, utiliza sin embargo en numerosas ocasiones (como hace en La Exposición) la tercera persona del presente para describir sucesos, a veces reales, imaginados o sueños, que a mí personalmente no me convence (una sensación subjetiva que experimenté años atrás, con Zelazny y sus Criaturas de Luz y Tinieblas, y desde entonces no he abandonado).  Porque si en determinados momentos consigue el deseado efecto cinematográfico de cámara subjetiva que persigue a personajes y situaciones de forma incansable, por ese mismo motivo terminas viendo la escena desde fuera, no te introduces en ella, no la vives; la historia que te cuenta se convierte en un guión, que analizas pero no sientes (en literatura, un enfoque subjetivo lo veo efectivo en primera persona, como en aquellos thrillers clásicos de novela negra -llevadas al cine-, por ejemplo).  Una pena, porque el bagaje cineasta de Ansola impregna la obra, y por momentos me he sentido inmerso en una propuesta de suspense psicológico con pinceladas fantásticas, con recuerdos inconscientes al Amenábar de sus inicios; una historia que se complica entremezclando la vaguedad del misterio con sentimientos personales difusos y transmite la desazón de sus protagonistas, su falta de rumbo, su propia indefinición...

Pero si la imprecisión de la trama es un arma lícita de autor que posibilita un final brillante cuando se explica y aclara, un final también difuso conduce a la dispersión, y una buena propuesta inicial se convierte en obra confusa.  Esa es la impresión que me deja Illius tras leerla; que en algún momento algo se rompe en su guión.  Si un buen autor/director utiliza acertados giros -por fuertes que sean- sobre una trama bien definida, en Illius el giro es tan brusco que la historia se quiebra, los personajes se abandonan y hunden en su propia fatalidad, y la trama se desmorona y transforma en confusión.  Su última parte parece escrita por otra mente, en otro momento, bajo un punto de vista distinto; una película cortada y terminada por otro guionista y director que, además, olvida y huye de aquella propuesta inicial que hacía tan atractiva la idea, liquidada de golpe en un instante, sin aclaración suficiente… difusa entre sueños.

Hay quien dice que finales abiertos son inteligentes, porque permiten a cada uno imaginar el desenlace que mejor entiende; o varios posibles, alternativos.  No es el caso; aquí encontramos un final cerrado, pero impreciso y sin solución de continuidad, más allá de la extraña teoría de Illius que propone David sobre almas descompensadas, influenciadas por hechos que sucedieron años antes... o después, en el futuro.  He leído en algún sitio que finales poco claros apuntan a la genialidad, porque te dejan con ganas de leer de nuevo la misma obra...  Me hago viejo, sin duda: pocas veces he sentido la necesidad de re-leer una novela recién acabada, ver una película dos veces seguidas, salvo que se trate de una obra de arte; o tan atractiva que desee disfrutarla bajo un nuevo enfoque, encontrar percepciones diferentes, que enriquezcan su planteamiento inicial; pero leerla dos veces seguidas para poder entenderla o captar su idea lo considero un atraso, habiendo tantas otras obras por leer, propuestas interesantes por descubrir...  Agradezco en cambio finales sorprendentes, pero tan lógicos que te cambian la percepción de lo anterior y te hacen revisitar los hechos bajo un prisma diferente; como el El Sexto sentido, de Shyamalan, o Los Otros de Amenábar.  Y qué decir de ese final -también de influencias pasadas- que explica todo (y lo oscurece aún más) de Stephen King en El Resplandor, revivido por Kubrick...

De todas formas, voy a seguir a Raúl Ansola en el futuro; su idea y planteamiento me han parecido tan atractivos que quedo a la espera de nuevas propuestas, siempre que decida huir de inconcreciones o desenlaces rupturistas.  Confío en ello.  También en que para entonces disponga de una edición mejor que la actual, pues aunque una portada sugerente complemente una idea sugestiva, su presentación recargada, sin apenas márgenes ni espacios claros, configura una página abarrotada que provoca rechazo a su lectura; y quién sabe si no contribuye a hacer la obra aún más confusa.


© 2010 Manuel Berlanga para BEM on Line.



 
Illius, de Raíl Ansola. Ediciones Grupo AJEC. Granada, 2010. Portada de Javier Blázquez. ISBN. 978-84-96013-68-1. 216 páginas, 12,50 euros.
 

 

Texto de contraportada

Aurora encuentra en el altillo de su casa el recibo del revelado de un carrete que nuna llegó a recoger.

Corresponde al fin de semana que años atrás pasó en un pueblo de montaña con Jaime, su antiguo novio. Ya con las fotografías en la mano descubre que en una de ellas aparece un niño en el bosque, junto a una cruz de hierro.

La imagen no tendría nada de especial de no ser porque recuerda perfectamente que el pequeño no estaba en el momento de utilizar la cámara.

Su amigo Marcos, de espíritu aventurero, la convence para volver al lugar en el que tomó la instantánea de cara a traar de averiguar la identidad del muchacho.

Con este regreso se inciará un recorrido obsesivo que pondrá a prueba su entereza física y mental. Cada respuesta comportará nuevos interrogantes y situaciones que les hará adentrarse en un terreno incierto y tenebroso, descubriendo una realidad escondida bajo la normalidad cotidiana en la que viven y a la que nunca podrán regresar.

Illius es un descenso a los infiernos en el que nada es lo que parece, una búsqueda desesperada, una tragedia encubierta bajo los cimientos de una sociedad reconocible  por todos y en apariencia inocente. Pero sólo en apariencia.